Clase 2. ANÁLISIS DE LA REALIDAD

OBJETIVOS

  1. Transformación de la realidad, para que la sociedad sea más justa

No deseamos conocer nuestra realidad por fines de erudición, académicos o periodísticos. Menos aún para hacer “estudios de mercado” que generen mejores ventas- Lo que pretendemos con este estudio es colaborar para una sociedad más justa.

  • Conformar un sujeto histórico

Entendemos por “sujeto histórico” un sujeto colectivo, que represente cierto sector, sea este de clase social (obreros o campesinos), de género (mujeres), edad (jóvenes), de etnia o raza (indígenas), etc., y que tenga una propuesta hacia toda la sociedad, o al menos, que desde un nuevo proyecto socopolítico sus intereses como minorías queden mejor garantizados. Cuando se cuenta con un análisis de la sociedad desde el que se vean derechos conculcados o intereses legítimos y cuando este se difunda en amplias capas, es más fácil conformar dicho “sujeto histórico”

  • Discernir las mejores alternativas para cada situación

La lucha política tiene su ritmo, momentos de avance y momentos de retroceso. No tomar en cuenta esto lleva al fracaso. Se precisa también conocer la correlación de fuerzas y la posibilidad de hacer alianzas con otros sujetos. Todo esto lo muestra un buen análisis de la realidad.

  • Conocer transformando y transformar conociendo

Un buen método de análisis es la “observación participante”. Cuando el investigador acompaña a un “sujeto histórico” con el que él mismo se identifica, percibe muchos elementos que desde fuera se le escapan. Es justamente en la lucha política o social donde se manifiestan muchas contradicciones sociales. Al mismo tiempo, cuando un grupo comparte un buen análisis social conoce elementos que le eran desconocidos y que son otras tantas luces para su acción transformadora.

  • Unir fe y vida (contemplativos en la acción)

   Este método de integrar el trabajo intelectual y la práctica transformadora es lo que se conoce como “praxis”, que combina e integra ambas actividades. Puede ser también útil para una espiritualidad cristiana, pues a veces se separan estas, como las “dos vías”, contemplativa y activa, que al separarse se empobrecen. Integrar fe y vida es un buen método para la “revisión de vida”. Que a modo de espiral, ayuda no poco a madurar una espiritualidad abocada a la acción.

      Para un creyente comprometido con la transformación de la realidad, la elaboración del análisis se presta para ser reflexionada y orada, en un proceso amoroso tanto para los destinatarios directos como para la sociedad en su conjunto, y este “trabajo” puede ser una fuente de espiritualidad, que implique no perder de vista a las personas concretas, a amarlas, a ejercitar la fidelidad a la verdad, la fortaleza para enfrentar las objeciones ideológicas, la prudencia en detectar los ritmos y momentos (si permiten avanzar aprisa o si recomiendan ir más lentos). Descubrir la presencia del Espíritu de Jesús resucitado

¿Con quiénes y para quiénes se hacen estos análisis?

Un científico social comprometido con la transformación de su entorno social no es un sabio solitario, encerrado en su gabinete y aislado. Es conciente de formar parte de un “sujeto histórico” al que ofrece humildemente sus servicios. Esto implica un equipo de trabajo, así como cierta colectividad a quienes se pretende acompañar en sus conflictos, sin manipulaciones ni protagonismos. Este doble sujeto –el de su equipo y el de sus destinatarios- condiciona modos, temas y pedagogía de trabajar.

Con el equipo central, el investigador puede pedir colaboración en colecta de información y de interpretación. Sus compañeros suelen estar más cercanos a la gente y pueden verificar si las conclusiones van siendo aceptadas o rectificadas.

Con los destinatarios del análisis, el sector territorial donde se trabaja, procurará integrarlos, con una pedagogía concientizadora, cuestionándolos y escuchándolos. Seguramente aportarán elementos en los que el equipo central no tomaba en cuenta. Esa pedagogía partirá de las necesidades sentidas (aquellas que la gente siente como más urgentes), para ir poco a poco, haciendo ver las causas más profundas y los efectos a un plazo mayor, en contextos más amplios cada vez, hasta que comprendan que la solución de aquellos problemas cotidianos dependerá de causas que no se conocían bien o que parecían incontrolables, lo que proyectará la organización hacia sectores más amplios.

TIPOS DE ANÁLISIS

Dependiendo de los fines para los que elaboremos nuestro análisis, se distinguen dos tipos alternativos –no pueden realizarse al mismo tiempo–, el ANALISIS ESTRUCTURAL y el ANÁLISIS COYUNTURAL.

También se conoce el primer tipo, como “análisis diacrónico” y se emplea para analizar cómo está estructurada u organizada una realidad social, de cualquier nivel (el prefijo griego dia quiere decir “corte” (v.gr.: el “diámetro” corta una circunferencia en dos mitades); mientras que el segundo se le llama “análisis sincrónico” (el prefijo “sin” “con”, el conjunto en su totalidad (sinfonía, síntesis), ya que este análisis da cuenta de los procesos extendidos en la línea del tiempo. Representando esto en un cable de computadora, la longitud del cable sería el “Análisis Sincrónico” o el proceso en continuidad de todo un trayecto; mientras que si le hacemos un corte al cable, observamos que en su interior, abarca varios filamentos delgados, que suelen ser de distintos colores para reconocerlos, y ese sería el “análisis diacrónico”


ANÁLISIS SINCRÓNICO
Otro tipo de herramienta es este que posibilita dar cuenta del dinamismo procesual que tuvo determinado evento o conflicto, en su devenir a través del tiempo
ANÁLISIS DIACRÓNICO
Toda sociedad es un complejo de instituciones, grupos, peso social, sectores, poderes, etc., los cuales están interactuando estructurados de determinada manera.

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Clase 1. APRENDIENDO A VER.

El trabajo por la Justicia, la Paz y la Ecología (“Integridad de la Creación”), no depende sólo de buenas voluntades, ni es algo improvisado y espontáneo. Requiere de mucho rigor y de planteamientos garantizados por las ciencias sociales y humanistas. Para ello se necesita de aprendizajes y educación de nuestros sentidos, de nuestra mente y nuestra voluntad.

  1. ¿Por qué necesitamos “aprender a ver”? (en el “ver” implicamos todos nuestros sentidos: ver, oír, tocar, oler, gustar).
  2. El conocimiento científico parte de los sentidos, para a partir de la percepción de la realidad, abrir el pensamiento crítico.

Necesitamos educar nuestros sentidos, ya que sólo vemos lo que queremos ver”; “no hay peor sordo que el que no quiere oír”. Un mismo objeto (digamos un gato) es percibido de acuerdo a nuestros intereses: para el varón, es útil para cazar ratones; para su esposa, una bonita mascota que acariciar.

  • Cuántas veces, por mirar espectaculares o aparadores, invisibilizamos a una mujer migrante, madre soltera, que solicita ayuda.
  • Tendemos a creer en rumores, a hechos “de oídas” (“me dijeron”).

Hacemos generalizaciones simplistas: visitamos un pueblo: a la entrada vemos un borracho tumbado en la acera. Poco más adelante, vemos otro borracho igual. Estacionamos el carro frente a la tiendo y allí está otro borracho. Generalizamos: “en este pueblo, todo mundo es borracho”… y luego resulta que fueron tres juerguistas trasnochados.

  • Somos víctimas de la manipulación mediática: damos crédito a los mass-media que más que informar, desinforman. Con la aparente “objetividad” de la cámara, la TV nos presenta aquel fragmento de realidad que a los dueños de tales medios interesa que conozcamos.
  • De ahí que tengamos necesidad de “aprender a ver”.

¿Por qué analizar la realidad?

  • Por razones de eficacia.- El trabajo en JPIC no es un trabajo sólo de buena voluntad, de sensibilidad (aunque es necesaria), de providencialismo. Se requiere responsabilidad y por tanto, de eficacia. Si no hacemos un análisis correcto de la realidad, equivocamos nuestros esfuerzos y a veces se produce más daño que provecho.

  • Por razones sicológicas.- Un análisis objetivo de la realidad puede ser interferido por razones sicológicas:
    • Algunos militantes son protagónicos -“¡Qué venga la justicia! Pero que sea yo quien la logre, y que se me reconozca”-, y así se echan a perder procesos.
    • Otros militantes son víctimas de miedos desproporcionados. Es verdad que la lucha por la justicia implica riesgos; pero muchos son riesgos más o menos controlados. Cuando el miedo es desproporcionado, nos paraliza, y no hacemos ya nada.
    • Otros militantes luchan contra autoridades corruptas… pero la sicología revela que contra quien realmente lucha es contra su padre autoritario.

En estos casos, un buen análisis de realidad ayuda a corregir esas motivaciones deformadas.

  • Por razones teológicas.- El Concilio Vaticano II añadió a los “lugares teológicos”, junto con la Revelación bíblica, el magisterio eclesiástico o la auténtica tradición (“quod ab ómnibus, semper et ubiquae credatur”) los “signos de los tiempos”. Estos son fenómenos históricos (sociopolíticos o culturales), que debidamente analizados e interpretados revelan las mediaciones a través de las cuales actúa el Espíritu Santo. “Cuando ven levantarse una nube de oriente, enseguida dicen que lloverá, y así sucede. Cuando sopla el viento del sur dicen que hará calor, y así sucede. ¡Hipócritas! Saben interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo entonces no saben interpretar el momento presente?
  • Por razones espirituales. – El criterio por el que seremos juzgados será por la indiferencia hacia las víctimas de las injusticias (“tuve hambre y me diste de comer…”). Ver a Jesús en los desvalidos es la fuente más cristiana de espiritualidad. Cultivar los dones del Espíritu para actuar conforme a la realidad analizada (sabiduría, ciencia, entendimiento, fortaleza…)

¿Para qué analizar la realidad?

Podemos elaborar nuestros análisis de realidad para atender a diversas finalidades:

  • Para fines académicos.- Las ciencias sociales han avanzado mucho. Si queremos elaborar científicamente estos análisis, se requerirán muchos elementos: elección de paradigma, allegarse suficiente información y datos, estudiar a fondo interpretaciones, someterlos a revisión en debates, congresos, publicaciones, etc. Estos análisis, lo más rigurosos posibles, no suelen requerirse por militantes; pero si se tienen, habrá que utilizarlos.
  • Por razones políticas.- Los políticos, en sus campañas, no piden análisis exhaustivos –muchas veces su elaboración lleva a la esterilidad-, sino que bastan mínimos suficientes. Esto hace que a veces yerran, y esto es una causa de pérdida de confiabilidad.[1]
  • Para fines de planificación.- Para un proyecto de pastoral o de trabajo social, se suele requerir que se parta de VER el conocimiento de la realidad. A veces, se suele tomar de algún informe ya existente; pero lo mejor es elaborarlo por el equipo mismo. Muchas veces no se requiere de demasiada profundidad. De ahí se pasa al JUZGAR, que muchas veces se toma también de alguna revista, con lo que se pierde su utilidad; para terminar con el ACTUAR, que de antemano es lo que se proponía realizar, sin necesidad de proyectos. Por eso se fracasa.
  • Para fines pedagógicos.- El trabajo de JPIC se aboca a la toma de conciencia de las personas. Para ello, un instrumento insustituible es elaborar los análisis con la gente misma implicada. Para ello, habrá que partir de las “necesidades sentidas” y no necesariamente de las “necesidades objetivas”. Pero para de allí, ir ampliando la conciencia a niveles más amplios y mejores.

¿Con qué criterios?

Partiendo ya de la necesidad de que los análisis de realidad sean los adecuados, los cristianos que pretendemos hacer un trabajo digno de JPIC necesitamos de ciertas actitudes criteriológicas:

  • Ver la realidad con los ojos de Dios.- Esto es un supuesto para los creyentes que deseamos que el “nombre de Dios sea glorificado”. Partimos de nuestra disposición de cumplir con la voluntad del padre (“Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo”). Dios nos mira con amor y misericordia; quiere nuestra salvación y un mundo donde se haga realidad el “Reino de Dios”: (“venga a nosotros tu Reino”).  Sabemos que tiene un proyecto y que el Espíritu Santo actúa en la historia.
  • Ver la realidad desde el pobre.- Es consecuencia de lo anterior: si queremos ver la realidad con los ojos de Dios, sabemos que Dios la ve desde los pobres, los vulnerables, los que lloran, los que padecen injusticias y carencias. Es desde los pobres que se realiza la construcción del Reino. De ahí que la Iglesia haga su opción por el proyecto, el anhelo de los pobres. Por tanto, aquellos “análisis de realidad”, como por ejemplo, los “estudios de mercado” para beneficio de las empresas, deben descartarse en los trabajos de JPIC.
  • Verla sin pretensiones de “neutralidad”.- No obstante lo que se acaba de decir, el conocimiento general y amplio de la realidad global que puedan brindarnos las ciencias sociales –supuesta la necesaria vigilancia espistemológica para la “objetividad”- nos descubre que en ningún caso es posible la “neutralidad”.  Esto lo observamos incluso en la ciencia física, que comprueba que el observador (en este caso, el aparato o instrumento con el que se mide) interfiere en el objeto observado (v.gr., la ruta del electrón). En la actuación humana sobre la realidad global se están debatiendo dos concepciones antagónicas.
  • Ver la realidad objetivamente.- Si pretendemos que nuestros análisis tengan un mínimo de cientificidad se requiere contar con información suficiente y confiable, vigilar que en nuestros juicios no interfieran las “vísceras” (emociones o sentimientos. Ira, envidia, afectos); pero tampoco nuestras ambiciones, neurosis, intereses de cualquier tipo… que puedan bloquear la racionalidad
  • Una de ellas, actualmente representada por el modelo neoliberal, propone hacia las minorías privilegiadas, la maximalización de la ganancia, sin reparar en costos medioambientales, el acrecentamiento de las desigualdades sociales o la violencia que genera. Hacia los pobres, su destino futuro es el “descarte”, ya que son considerados como “población sobrante”. Hacia los sectores medios ofrece el consumismo utilitario, depredador de los recursos naturales, que es lo que produce riqueza.
  • El segundo proyecto –el alternativo representado justamente por la propuesta de “Justicia, Paz y Ecología”—pretende cambiar la fatalidad hegemónica neoliberal, de modo que la riqueza y los adelantos tecnológicos se dirijan en beneficio de todos, especialmente los más pobres. El científico social se encuentra él mismo inmerso en la realidad que investiga, con sus intereses y su inevitable opción de clase. Es conciente de que epistemológicamente, “la vista de un punto es siempre un punto de vista”; que toda percepción está socialmente situada (a no ser para los extraterrestres de otra galaxia), desde cualquiera de los dos modelos anteriores. La mirada desde los pobres es un punto de vista privilegiado, pues su perspectiva garantiza mayor objetividad: los ricos tienden a deformar su visión de realidad para justificarse o legitimarse; mientras que los pobres tienen necesidad de los estudios más exactos posibles de la realidad, pues lo que ellos pretenden es transformarla. Las ciencias sociales no tienen, pues, la misma cientificidad de las llamadas “ciencias duras” (física, química, matemáticas). La economía, concretamente, es como un arte, más que ciencia, para el cuidado de la “casa común”. Un equipo de economista puede organizar “científicamente” una colectividad, con cualquiera de los dos modelos arriba descritos: o bien organizar la economía para canalizar hacia las elites económicas y políticas que los contrataron todos los recursos producidos, o bien organizarla de modo que se procure que TODOS los ciudadanos –partiendo de los más vulnerables- satisfagan del mejor modo posible sus necesidades básicas (Marx diría: “burgueses” o “proletarios”). Ambos análisis pueden ser más o menos “objetivos”; pero previo al análisis concreto existe una opción de índole extraeconómica, que depende de la correlación de las fuerzas políticas y de la clase social con la que se vincula el economista (no tanto de la clase a la que pertenece).

 Ver la realidad en aras de la acción.- No se trata de analizar la realidad por el vano afán de erudición o de estéril justificación. Se trata de cambiarla. Al estar trabajando con esta finalidad, se manifiestan muchos elementos de la realidad que con una mirada meramente contemplativa quedan invisibilizados.

 

Texto complementario:

Otro mundo es posible. Descargar

Ver libro páginas 309-319

Utopía 13. LA UTOPÍA DE JESUS

 

¿CÓMO SE CUMPLE LA UTOPÍA DE JESÚS? 

Frente a la fatalidad de un inminente futuro distópico probable, antes de caer precipitadamente en la frustración y darnos por derrotados, los creyentes hemos de apoyarnos en nuestro futuro deseable: la utopía que Jesús nos prometió. La esperanza es constitutiva del ser humano. El interés por el futuro -que nunca se ha perdido en la historia- es una prueba de que la vida siempre es búsqueda de un futuro mejor. Los humanos vivimos en la medida en que estamos abiertos a la esperanza.1 Cuando falta la esperanza, perdemos el futuro y nos quedamos tan sólo con el presente, al que hay que extraerle el máximo de placer posible. De ahí el “entre-devoramiento” egoísta y las vidas vacías. 

Jesús llamó a su utopía, Reino de Dios” que, para un pueblo teocrático, era subyugante. Se trata de una sociedad universal -primer proyecto de globalización en toda la historia-, en la que todos convivamos en la fraternidad, la verdad, la justicia y la paz. Como creyentes, sabemos que ese sueño será realidad, pues Jesús mismo vivió y murió por ese futuro, que tanto le apasionaba. Aunque la crucifixión podría dar pie a una esperanza ilusoria y a la apariencia de que el mal prevalecería sobre el bien, Dios nos dio una prenda de esperanza, resucitando a su Hijo. Es verdad que esa utopía podría realizarse, simplemente, proyectándola hacia un futuro escatológico; pero podemos -y debemos- irla construyendo desde aquí, en la historia (¡ya; pero “aún no”!). La principal función de las utopías es inspirar el rumbo de nuestras luchas, hasta que llegue el fin del mundo; por más que Jesús no haya predicho ni el cuándo, ni el cómo sería. Habiendo conocido el distópico futuro probable, quienes nos comprometamos a hacer algo por evitarlo, hemos de tener nuestra cabeza puesta en el Cielo de esta utopía, soñando en nuestro futuro deseable; pero al mismo tiempo, tener nuestros pies bien arraigados en la Tierra, trabajando, humildemente, por un futuro posible. Hay que confiar en ese poder que siempre ha tenido el ser humano de trascender el momento y mejorarse a sí mismo. Tan sólo no olvidar el ritmo de urgencia de nuestras decisiones. Dados el avance del proyecto de muerte, la inminencia de su llegada y la lentitud de la toma de las conciencias, esto tendrá que hacerse en el tiempo en que nos toca vivir y en la situación en que cada uno de nosotros se encuentre.  

Estamos en el momento de la acción: ¿qué puedo hacer yo para salvar el mundo? Para responder esta interpelación, presento dos sugerencias: atender a los “Signos de los Tiempos” y soñar en posibles “Arcas de Noé”.

  1. ESCUDRIÑAR LOS “SIGNOS DE LOS  TIEMPOS” 

En cierta ocasión en que Jesús enseñaba a sus discípulos -la mayoría, gente de campo-, los recriminó con estas palabras:  

“Cuando ustedes ven que una nube se levanta del ocaso, ustedes dicen: tenemos tempestad, y así sucede; y cuando ven que sopla el aire del mediodía, dicen: hará calor, y lo hace. Hipócritas, si saben pronosticar por los varios aspectos del cielo y de la tierra, ¿cómo no conocen los signos del tiempo presente?” (Lc 12, 54-56). 

El Concilio Vaticano II declaró que los Signos de los tiempos eran un lugar teológico. Hasta ahora, se reconocían como lugares teológicos, la Palabra de Dios (la Biblia), el Magisterio de la Iglesia y la tradición, es decir, lo que todos, siempre y en todas partes ha creído (“quod ab ómnibus, semper et ubique creditur”) y a este nivel, ahora están los “signos de los tiempos”. 

Sabemos que el Espíritu de Cristo resucitado está actuando en el mundo –no de una manera directa (moviendo directamente el curso de los acontecimientos), sino mediante acciones humanas–. Para ello nos comunica sus dones y sus virtudes (entendimiento, prudencia, fortaleza…). Entre estos, está el don de discernimiento: conocer qué espíritu anima tal moción, tal movimiento, tal discurso, tal persona… Porque junto con el Espíritu de Cristo resucitado, también está actuando el espíritu del Anticristo, que -como dice San Juan de la Cruz- “con frecuencia se disfraza de Ángel de Luz”, o también puede satanizar aquellas mociones o personas que son guiadas auténticamente por el Espíritu Santo, para desprestigiarlas (pecado imperdonable contra el Espíritu). Propongo ahora dos signos de nuestro tiempo:

El “Altermundismo”, signo de nuestro tiempo 

Uno de los “signos de los tiempos” más esperanzadores, es el “movimiento altermundista”. En 1998, en la ciudad de Seattle, se reunió una Cumbre organizada por el Foro Económico Mundial, para impulsar el modelo neoliberal. Para esta coyuntura, grupos coordinados de movimientos y organizaciones no gubernamentales de todo el mundo -que en esos momentos estaban impulsando la “Carta de la Tierra”- se congregaron en la misma ciudad de Seattle para formar el “Foro Social Mundial”, como alternativa para el Foro Económico Mundial (de los ricos). De allí inició el movimiento altermundista, que más tarde se confirmó en Génova, Italia y en Porto Alegre, Brasil, con el slogan de “Otro Mundo es Posible” (no en el sentido consolador de “otro mundo” escatológico, que nos llegaría del Cielo después de la destrucción del Mundo actual, sino para darle a nuestro Planeta un final diverso al que probablemente se avecina). Prevén que el modelo actual de desarrollo, depredador e irresponsable, nos está llevando a la inminente catástrofe apocalíptica, a causa del error cosmológico de considerar a nuestro Planeta como ilimitado, como algo “nuestro”, poseído en propiedad (“Tomad la Tierra y sometedla”), del que podríamos hacer con él lo que nos viniera en gana.  

Se requiere ponerle límites éticos al desarrollo y al mercado, y para ello, se propone el “desarrollo autosustentable”, imponiendo al consumismo las “tres erres RRR” (Reciclar, Reducir, Rechazar). Hay grupos que se reúnen periódicamente para educarse en común (“yendo contra nuestros propios intereses”), o para incorporar de alguna forma los energéticos alternativos renovables… Con esto y con algunos cambios socioculturales en favor de la ecología, los derechos humanos, la igualdad de género, la democracia participativa, etc…, podríamos tener un Planeta para varios siglos más. 

  1. Soñar nuevas “Arcas de Noé”  

Quizás ya sea demasiado tarde para detener los procesos irreversibles; quizás no logremos evitar grandes catástrofes que ocasionen numerosas defunciones. Aún entonces podríamos hacer algo entre los sobrevivientes, creando una red de comunidades que funjan como “Nuevas Arcas de Noé”.  

  1. Los pueblos originarios, Es momento de fijarnos en la “autosustentabilidad” que, gracias a la discriminación que sufrieron en sus “zonas de refugio”, quedaron ahora al margen del mortal sistema tecno-científico.  
  1. La “Era de Acuario” 

La astrología nació en Asiria. Para orientarse en aquel inmenso desierto, donde sopla el “Simún” –fuerte viento que en poco tiempo cambia de lugar las dunas de arena o hace aparecer otras nuevas–, no hay otra forma de orientarse más que por las estrellas (según los astrónomos, aquella es la región donde pueden verse mayor número). De modo que las caravanas de comerciantes, observando el cielo, localizaron conjuntos de estrellas agrupadas de cierta manera. Se fijaron en un sistema giratorio de doce constelaciones. Para reconocerlas, las imaginaron con ciertas figuras: las constelaciones zodiacales.  

Dentro de ese circuito, hay un punto fácil de localizar, que funge como referencia, al que llamaron “Casa”, la cual es ocupada aproximadamente cada mes, por una constelación diferente, y que cambian en el hemisferio Sur. Los asirios pensaban que los astros influían en las personas, así que a aquellos que nacen en mismo mes -cuyo su signo ocupa la “Casa” principal-, se les atribuyen ciertos rasgos caractereológicos comunes y ciertas oportunidades favorables. 

Pero no sólo las personas son objeto de influencia astral, las constelaciones zodiacales también influyen en los rasgos generales de larga época. Decíamos que el zodiaco se mueve en un circuito marcado por la “Casa” dominante; pero, además, todo ese circuito gira en torno a cierta constelación zodiacal aparentemente fija; aunque, en realidad, también gira, cambiando cada 2,000 años, y es la que marca las Eras Astrológicas. Hace aproximadamente 4,000 años, ese centro le tocó a Aries, el Cordero, que recordando a Abraham y el intento de sacrificio de su hijo Isaac, marcaría el Antiguo Testamento. Dos mil años después entro la Era de Piscis, que es Cristo, cuyo signo, el Pez, expresadp en el acróstico ,“ixzys” (Iesus Xristós, Zeus Uyos Soteros, “Jesucristo, Hijo de Dios”). Esta Era se caracterizó por la fe y las religiones: edad de dogmatismos y luchas religiosas. La entrada del III Milenio marcaría la “Era de Acuario”, la “New Age”. 

 Esta coincidencia astrológica fue reinterpretada y manipulada por la esoteria Rosacruz (el grado XVII de la masonería), para difundir su ideología, según la cual, la llegada de la “Era Acuario”, se caracterizaría por Paz, Amor, Iluminación, Libertad, Tolerancia, Ecología y el sincretismo de religiones (ya no se confrontarían, sino que se complementarían). Todo esto dio pie movimiento “New Age”, que fue, una moda, una espiritualidad con influencia oriental, una etiqueta que concentrará todo un estilo generacional (incluyendo las nuevas tecnologías de comunicación y el relativismo que estas provocan). 

También la ideología de cambio de época fue aprovechada por el narcotráfico mundial para promover las drogas alucinógenas, y con ellas, el rock electrónico sicodélico, modas, posters, pipas de agua… y cierto estilo de vida: el movimiento “hippie”. El consumo de estas nuevas drogas modificó comportamientos y conflictos familiares: muchachos y muchachas tuvieron que abandonar prematuramente su hogar, se hacinaron en cuartuchos y haciendo de la precariedad, poesía, se dejaron crecer el cabello, denunciaban el consumismo y se reconocieron como embrión de “comunas”. Los más concientes o con más posibilidades, se trasladaron al campo, formando “comunas rurales”, donde realizaron su utópico estilo de vida: plantaban sus propias verduras, acarreaban agua, cortaban leña, hacían sus propios adobes para construir sus propias casas y liberaban mayor tiempo de ocio, para la música, el dibujo o la meditación trascendental. 

Este movimiento llegó a México; pero no de forma mimética. En Estados Unidos, los hippies provenían de los “Beatnicks”, literatos adictos a las drogas heroicas, y para buscarlas, se conectaron con los guetos negros. Aquí en México, los “xipitecas” 2exploraron con drogas sicoactivas naturales, como el peyote de los huicholes o los hongos de los mazatecos. Los indígenas los consumían ritualmente, bajo guía y en cantidades prescritas. Para conseguirlos, tomaron contacto con los pueblos originales y con la naturaleza exuberante de la Sierra. Modificaron su atuendo, incluyendo a la manta y paliacates en sus pantalones acampanados, morrales, huipiles, jorongos, huaraches, etc.  

Se decían ser los pioneros de una nueva cultura universal, en la que todo mundo tendría que irse a vivir al campo. Aparte de la ingenuidad de esa propuesta, la principal objeción que se les planteaba era que ese mundo utópico no iba a venir de las estrellas (“La Era Acuario”), sino que nosotros teníamos que construirlo, y que eso implicaba una transformación cultural total. Alguien respondía que, “en todo caso, si el “Sistema” (Stablishment) se derrumbara, la propuesta xipiteca podría brindar ensayos para ser aprovechados el día de mañana”. 

  1. La “Sociedad Convivial” de Iván Illich (Viena 1926- Bremen 2002) 

El pensamiento de este autor, de cierto anarquismo, cuestiona el modelo moderno y capitalista de la sociedad de masas, y centra su crítica en las instituciones claves de dicha sociedad: la educación escolar, la medicina profesional, el modelo del trabajo explotador del fordismo, el consumo voraz de energía, la denuncia a la falta de equidad y la negación de la justicia social.  

Su institución más conocida en México fue el “Centro Intercultural de Documentación” (CIDOC), fundado en 1966, en Cuernavaca, México. Inicialmente, fue un centro de enseñanza del español para los misioneros extranjeros que venían a trabajar pastoralmente en Latinoamérica: pero se fue convirtiendo en un lugar de reflexión y crítica, al que asistieron grandes personalidades, como Peter Berger, Paulo Freire, Erich Fromm, Sergio Méndez Arceo, etc. (los dos últimos, avecindados en la misma Cuernavaca). ​Logró recabar una gran colección de documentos sobre la problemática de Latinoamérica. Lamentablemente, diez años después de su fundación, por conflictos con el Vaticano y con el presidente Echeverría, el CIDOC tuvo que cerrar. 

Illich es implacable en sus críticas hacia las instituciones de la sociedad moderna, infectadas por el “consumismo” de los especialistas.  

  • Critica a la institución educativa: “para la mayoría de los seres humanos, el derecho a aprender se ve restringido por la obligación de asistir a la escuela». La educación, tal y como se vive en las escuelas, se reduce al consumismo, forzando a los aprendices a cursar un currículo obligatorio. Sostiene que, en su mayoría, los aprendizajes obtienen su capacitación fuera de las aulas. 
  • En “La Mafia Blanca” cuestiona la institución médica, que, dice, “causa más enfermedades de las que dice curar”  
  • El sistema de transporte está diseñado para fomentar el uso del automóvil. Las carreteras permiten al 1% privilegiado de la población, trasladarse a grandes velocidades; mientras que la mayoría de la gente no pasa de los 60 kms., en una red de caminos locales.  
  • En la sociedad industrializada la herramienta se vuelve contra el hombre, poniendo a este al servicio de aquella.  

En contraposición, la “sociedad convivencial” que él propone, sería “aquella en la que la herramienta moderna esté al servicio de la persona integrada a la colectividad y no al servicio de un cuerpo de especialistas. Convivencial es la sociedad en la que el hombre controla la herramienta”. ​ 

Iván Illich no presenta un modelo para un fin de la historia, sino, según lo entiendo, un estilo de vida alternativo, más bien pequeño, de buen ingenio inventivo y que iría gestando formas nuevas de aprendizaje, viviendo con mayor autonomía y relacionadas con otras similares, mediante trueque de productos y servicios. Ante la amenaza distópica que estudiamos, sus propuestas serán de gran utilidad para los sobrevivientes.

JUICIO DE LA ESPECIE HUMANA EN SU TOTALIDAD 

En el tiempo que nos tocó vivir, la pregunta sobre el fin del mundo vuelve a flotar en el ambiente. Dándole la espalda al “negacionismo” -indiferente, enajenante, irresponsable-, que piensa que el fin del mundo no es tan probable, o que tardará mucho el llegar, o que la Providencia Divina no lo permitirá, etc., otros muchos están convencidos, por los argumentos ya expuestos y se preguntan por lo que nos tocará hacer en favor de ese “otro mundo posible”. Todos estamos interpelados a optar entre apoyar el “Reino de Cristo” o apoyar el “Reino del Anticristo”. No querer pronunciarnos es ya una forma de optar, por omisión. Nos encontramos ante el Juicio de Dios a la historia. 

Para la teología cristiana el “fin del mundo”, coincide con la II Venida Escatológica de Cristo, para realizar su Reino cósmico y universal. Para San Marcos (Cap. 13) el discurso de Jesús no es propiamente una premonición visionaria, sino más bien advierte sobre acontecimientos de máxima importancia. Como en casos parecidos del Antiguo Testamento, los hebreos utilizaban narraciones simbólico-míticas, rubricada por el cosmos mismo (“El sol se oscurecerá, la luna no alumbrará, y las estrellas caerán o amenazará ruina” v.24- 25). Los primeros destinatarios de su Evangelio conocían este estilo y sabían que era el adecuado para tratar el tema y, como sucedía con el Apocalipsis, no creo que los cristianos de entonces lo tomaran al pie de la letra.  

En segundo lugar, parece que los evangelistas mezclaron dos profecías de Jesús: la conquista de Jerusalén por Tito –que sucedió en el año 70 AC, cuando muchos contemporáneos de Jesús aún vivían (“En verdad les digo que no pasará esta generación sin que estas cosas se cumplan” v 36)-, y otro discurso sobre el fin del mundo. Es probable que Marcos haya escrito este texto después de la revuelta, y el vaticinio de Jesús se aluda a algunos detalles: —“Ved estos magníficos edificios, pues no quedará piedra sobre piedra; todo será destruido” (v.2)-, quizás les dejó impresionados el recuerdo de que, cuando quemaron el templo, el fuego fundió el oro de ofrendas y recubrimientos, por lo que los soldados tuvieron que raspar “piedra sobre piedra” para extraer el oro.  

En Jesús no nos aclara mucho sobre el fin de la historia: deja inciertos el cuándo sería el fin del mundo (“en cuanto el día o la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, para revelároslo, sino sólo el Padre” v.32) y, en cuanto al dónde, su Segunda Venida no será en un lugar definido, sino “como esos relámpagos que iluminan todo el firmamento simultáneamente”. Su Reino no se concretizará plenamente en ninguna situación histórica concreta, como en algunos casos se ha abusado, tratando de justificar determinado régimen, como si esa institución fuera ya el cumplimiento pleno de la llegada del Reino (“Entonces, si alguno os dijere: Ve aquí el Cristo o vele allí, no lo creáis”. v. 21). Así como dejó a su creatura humana, al crearla, la libertad de terminar su propio proceso evolutivo, le deja ahora a su libre elección, decidir cómo será fin de la especie.  

En su “Parusía”, Jesús convocará a todos los humanos nacidos en este mundo -desde hace unos 300,000 años hasta el momento en que perezca el último sobreviviente de dicha especie-. Entonces volverá el Hijo del Hombre rodeado de su Gloria, y dividirá a toda la humanidad en dos grupos, poniendo a los ovinos a su izquierda y a los caprinos a su derecha,3 y les preguntará a todos:  

“A ver hijitos: ¿qué hicieron ustedes con la Tierra que les encomendé desde el principio? Yo se las dejé muy bonita: el Paraíso de la “Edad de Oro”. Es cierto que su primera elección resultó fallida: pero mi Padre les dio una segunda oportunidad, y me envió a mí, su Hijo único, para redimirlos. Yo me entregué con todo amor, a luchar por mi Utopía, y les dejé los fundamentos para construirla. Aunque sé que la carne es flaca y que la línea divisoria de esta tremenda opción suele atravesar por en medio de cada uno de ustedes, la opción no se dio en un instante -no se decide así en algo tan trascendente)-; Se trata de un proceso que se va dando, mediante una serie de pequeñas decisiones… pero finalmente, se tiene que tomar partido: o bien optar por mi Reino, o bien, optar por el Reino del Anticristo y estropear el plan amoroso de Dios. ¿Por cuál alternativa optó cada uno de ustedes? 

Entonces, responderán las ovejitas “siniestras” (zurdas):  

“Señor, mira que fuimos de cabeza dura; pero finalmente, aprendimos que nuestro desarrollo tendría que ser “autosustentable”, reciclando lo sobrante, evitando la contaminación, cuidando nuestros recursos, solucionando nuestros conflictos con la no-violencia y la legalidad internacional. Aprendimos a vivir mejor, utilizando racionalmente los recursos del Planeta, evitando el consumismo, y distribuyendo equitativamente la riqueza de nuestra Madre Tierra, para que alcanzara para todos; aunque tuviéramos que cambiar nuestro insensato estilo despilfarrador de vida. Aquí tienes la Tierra que nos diste en custodia, te la devolvemos un poco estropeada; pero nos acogemos a tu misericordia”. Entonces el Señor invitó a sus corderitos a que se alegraran, descubriendo los “Nuevos Cielos y la Nueva Tierra”, transfigurados en la resurrección, quedando inmersos en la totalidad amorosa del Padre.  

Entonces el Señor se dirigió a los “diestros” de la Derecha caprina, indignado porque, debido su irresponsabilidad, la Tierra concluyera en el caos apocalíptico, y fueron condenados a vivir en ese caos. Los de la Derecha no tuvieron mucho que alegar, y despreciaron el mezquino Planeta que les tocó. Les sorprendió que en su infierno no hubiese llamas; sino la tremenda soledad en una vida vacía. 

A diferencia de San Marcos, el relato que hace San Mateo sobre el Juicio Final (25, 31-46), parece no versar explícitamente sobre la especie humana en su conjunto, sino que se dirige a cada persona concreta. Extraña que el objeto del juicio no sean los pecados por “acción” (los Diez Mandamientos), sino los pecados de “omisión” (las Obras de Misericordia), la falta de solidaridad que, pudiendo remediar fuertes carencias de otro, por indiferencia, “pasaron de largo”. Jesús se pone Él mismo como sacramento en cada persona vulnerable: “tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, fui peregrino y me hospedaste estuve enfermo y me visitaste, estuve en la cárcel y viniste a verme…” Es verdad que están los grande culpables: los de la pandilla de hampones neoliberales que se han apoderado de casi la totalidad de la riqueza mundial; quienes se enriquecieron con la corrupción y evasión de impuestos; quienes gastan en armamento lo que podría resolver el hambre, los que organizan sistemas de espionaje prácticamente totales; los que se acaban los recursos naturales y contaminan con sus “desechos” (“sobrantes”); los “informadores” que, en lugar de educar al pueblo haciéndoles ver la realidad como es, les vendan los ojos con las fake news, o compran a los comunicadores con sobornos “chayoteros”… Pero, en verdad, este sistema sólo se sostiene gracias a multitud de complicidades diluidas; no sería posible dar un mal fin a la historia, sin la cómplice tolerancia o indiferencia de muchos que, de una u otra manera se beneficiaron.