El Misterio
Adorar es una actitud de respuesta ante el “Misterio”, esto es, lo oculto, lo ignoto, la experiencia sacral. Suele suscitarse ante un evento impactante (un rayo, una tempestad), o también, ante el embeleso ante una experiencia de gran belleza (un ocaso en la playa). Irrumpe en un instante efímero -el relámpago de una tormenta eléctrica, que ilumina fugazmente todo el firmamento-, causa un profundo impacto y, luego se evanesce, esfumándose; pero cuyo recuerdo perdura convertido en memoria. Algunos creyentes lo llaman Dios; aunque según Rudolph Otto,[2] ese impacto se infunde ante presencias que hacen que “se paren los pelos” o que se “ponga la carne de gallina”, que no necesariamente son deidades, pues también puede ser una aparición fantasmagórica, un “espanto” o incluso, el demonio mismo. Otto lo describe como “Mysterium Tremendum”, pues se trata de algo que sobrecoge, una forma de “temor y temblor” (Kierkegaard) y suele conocerse como “temor de Dios” (diferente del miedo a condenarnos). Es el “pavor” ante la inmensa grandeza divina y su enceguecedora iluminación,[3] contrastado con el “sentimiento de creatura” (“Somos polvo, ceniza, pura nada, y peor aún que la misma nada, a causa de nuestros pecados”).
El evangelio nos presenta el siguiente pasaje hierofánico:
Los apóstoles viajan en la barca sin Jesús, quien se quedó despidiendo a la gente. Les señaló la playa adonde los encontraría después. Al poco rato se desencadenó una tormenta inusualmente fuerte: el mar encrespado y un fuerte viento en contra. El agua inundaba la barca, ganándoles a quienes trataban de “achicarla”. Todos tenían miedo, incluso Pedro, capitán de la barca y experto marinero; pero era un miedo especial, según su cosmología cultural: Era de noche, la “Hora de las Tinieblas”, cuando actúan sin límite algunas “Fuerzas” llamadas “daimones” (no necesariamente malignas; pero sí peligrosas); las mismas que habitaban bajo el mar, como Leviatán, el monstruo marino, o que irrumpían a través del viento. La situación era de “terror”. En eso, ven un espectro caminando sobre las aguas del mar, y que, al parecer, se dirige hacia ellos. Les gana el “pánico” y gritan aterrorizados. Jesús los calma, “´Soy yo’.[4] No teman” Pedro le propone: “Si eres Tú, Señor, mándame ir a tu encuentro sobre el agua”, y Jesús le responde –“Ven”-. Entonces Pedro, aún sin darse cuenta cabal de lo que pidió, baja de la barca, embelesado, con los ojos fijos en Jesús, y confiado camina hacia Él. De pronto cobra conciencia de lo que está sucediendo: “¡¡¡Estoy caminando sobre el agua!!!” Recobra la razón y se hunde. Jesús le toma del brazo y le reprocha –“¿Por qué dudaste? Hombre de poca fe”. Ambos suben a la barca. Jesús, puesto de pie, increpa fuertemente al mar –“¡Cálmate”!- y al viento –“Enmudece!”. Entonces, lejos de tranquilizarse, su pánico se transforma en “pavor”: ¿Quién es ese Jesús? Maestro y amigo, ciertamente; pero también alguien a quien “el viento y el mar obedecen”? y postrado, agobiado por el “sentimiento de creatura”, Pedro exclama: “Apártate de mí, que soy un pecador”.
Inmanencia y Trascendencia[5]
Quienes han profundizado en el “misterio”, distinguen en él dos dimensiones: la “trascendencia” y la “inmanencia”. Algunos tratan de compaginar ambas y otros, optan por una de ellas excluyendo – o dando simplemente más preponderancia a la otra.
La “Trascendencia”.
- Dios, desde la dimensión trascendental, sería el “totalmente Otro”, el absolutamente diferente a sus creaturas, al punto que, según la “teología negativa”, sólo podríamos referirnos a Él de forma negativa, afirmando “lo que no es”: incomprensible, inabarcable, infinito, infalible, inconmensurable, intemporal, impecable, etc… La trascendencia de Dios sobre todo se manifiesta en la creación: “Los cielos proclaman la Gloria de Dios”
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” (Salmo 8, 3-6).
- La astronomía actual habla de “polvo cósmico”, compuesto –según conocemos- por sólo los 63 elementos químicos encontrados en la tabla periódica de Mendeleiev, los cuales se fueron agrupados en átomos – moléculas – cuerpos- estrellas – soles – sistemas planetarios –galaxias – miles de millones de nebulosas cada una con sus miles de millones de estrellas y “sistemas planetarios”[6], que se separan unas de otras. Esto hace presuponer que hubo un “Big-Bang” inicial que estalló hace unos 15 mil millones de años y que, según Newton, al moverse en el vacío y sin fricción alguna, se distancian a velocidades vertiginosas. ¿Habrá en el inmenso espacio otros Big-Bangs similares? Esas regiones llamadas “hoyos negros” (la mayor parte del espacio), donde no hay luminosidad que refracte y haga visible ciertos cuerpos, ¿serán la simple ausencia de materia? La biología balbucea rastreando el origen de la vida, en este pequeño planeta azul, que reúne las condiciones óptimas para hacerla posible.[7] También asombran las formas tan variadas de su evolución, que han llegado a alcanzar la complejidad del cerebro humano. Y si de la inmensidad espacial pasamos a la inmensidad microscópica, el asombro crecerá aún más. El creacionismo teísta constituye la hipótesis más racional y plausible que la ingenuidad del ateo (es por azar)… si bien, el “motor inmóvil” de Aristóteles a nadie ha convertido.
- Pero, si bien la trascendencia describe la “omnipotencia divina”, nuestro Credo también reconoce otro atributos complementario: el “Padre”, ese “Otro” contra-distinto al “nos-otros”, que nos invita a un diálogo de intimidad. Podemos aceptar su invitación y relacionarnos con Él, mediante el “habla” y la “escucha”, con las características dialogantes del “personalismo comunitario”.[8] Muchos devotos le hablan a su modo: repitiendo oraciones piadosas redactadas por otros (algunas, muy bellas, de autores místicos, otras, las del pietismo ingenuo, se enredan en peticiones y palabrerías).
La “Inmanencia”
- Es la otra dimensión del Misterio, opuesta a la anterior. Se trata de lo más cercano, lo más íntimo, lo más profundo. Los cristianos nunca hemos negado esta característica; pero durante mucho tiempo, preferimos la “trascendencia” y descuidamos la “Inmanencia”. Recientemente, con la moda orientalista del New Age, pudimos conocer mejor el panteísmo budista como forma inmanente del “Ser en su totalidad”. Esta intuición alerta a quien practica la meditación trascendental, contra la supuesta ilusión del “ego”: un “sujeto” contrapuesto a un “objeto”.
- La conciencia de que existo dentro de una totalidad de la que formo parte, y su conclusión lógica -no existo por mí mismo, pues si así fuera, sería inmortal- me lleva a concluir que mi ser depende de Alguien más íntimo y profundo que yo: el Espíritu Santo, quien actúa en mí con su Gracia y con quien puedo relacionarme, adorándolo sin necesidad de palabras. Esta introspección contemplativa, según testimonian los místicos, provoca un estado de gran bienestar, semejante al del enamoramiento.
- Este inmanentismo contemplativo es legítimo y gratificante; pero corre el riesgo de que este embeleso nos ancle en una actitud intimista, olvidando la realidad del pavoroso mundo que asesina día con día a millones de hermanos nuestros. Una contemplación indiferente al sufrimiento de estas multitudes, nos enajena y nos aleja de la “misión transformadora”.
- Si, como vimos, la dimensión “trascendente” nos condujo al Dios todopoderoso, algunos místicos y poetas testimonian que también desde la dimensión “inmanente” se puede llegar al Dios creador, no mediante la razón, sino mediante la búsqueda apreciativa. Se trata del Espíritu, a quien San Juan llamó “el Amor”. El arrobamiento embriagó a estos místicos, quienes también vivieron ese momento “evanescente” y fugaz, que los flechó; pero que se fue esfumando, despertando el apremio de la búsqueda: “Como busca la sierva, corrientes de agua, así mi alma te busca a Tí, Dios mío”: mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios”? (Sal 41) (“No lo buscarías, si no lo hubieses ya encontrado”).
- A esa nostalgia de un gran amor fugazmente experimentado, San Juan de la Cruz llamó “Noche Oscura del Alma”. En su Cántico Espiritual comunica esa conocida añoranza:
“¿A dónde te escondiste, amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti clamando, y ya eras ido”.
Con Isaías, San Juan podría exclamar: “Es verdad: tú eres un Dios escondido” (45, 25). Pareciera que Dios juega a las escondidillas, incentivando nuestro anhelo: “Pastores los que fuéredes allá por esos sotos sin fronteras, si por ventura viérdes a aquel que yo más quiero, decidle que adolezco, peno y muero” (San Juan de la Cruz).
Y esos “pastores” (“deseos, afectos, gemidos”) le responden al alma nostálgica: “Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando, con sola su figura, vestidos los dejó de su hermosura.
- La Revelación es la “palabra segunda” de Dios; pero la creación es su “palabra primera”; y así como el artista deja su firma en la obra pictórica o escultórica, Dios deja su huella en las creaturas, que -excelentes y bellas- alaban al Creador (cántico de alabanza de las creaturas, de Daniel 3, 57-88). Por eso, San Francisco de Asís, extasiado ante ellas, las consideraba sus “hermanas”, hijas del mismo Dios (hermano sol, hermana agua, hermano fuego).
- Pero ni siquiera los místicos mismos conocen ahora a este Ser, “cara-a-cara”, sino tan sólo en enigma, “como en un espejo”, en las múltiples imágenes de Dios que, muchas veces, las creamos a nuestra imagen y semejanza.
¿Con que Dios identificamos al Misterio?
- El politeísmoMuchos creyentes identifican a “Dios” con el “Misterio”. Pero la palabra “dios” nos confunde, pues existe gran variedad de dioses, en guerra unos contra otros. En el proceso de cristianización de la época colonial se dio un sincretismo de yuxtaposición: los antiguos mesoamericanos se convertían sinceramente al Dios cristiano, dándole el culto prescrito; pero luego, iban a ritos clandestinos a satisfacer a sus antiguas deidades. El sincretismo que Jesús condena es el que intenta combinar dos cultos antagónicos: “Nadie puede estar al servicio de dos señores, pues u odia a uno y ama al otro o apreciará a uno y despreciará. No se puede estar al servicio de Dios y de Maimón (el dios de las riquezas)” (Mt. 6, 24). O la condena de Josué al llegar a la tierra prometida, cuando los israelitas daban culto a Yahvé; pero también a Baal (el dios local de los cananeos).Los profetas luchaban contra los ídolos, considerándolos como “falsos”, fabricados de madera o piedra. Actualmente seguimos adorando ídolos; ahora más crueles y sofisticados: los ídolos del “tener”, del “poder” y del “placer” egoísta.Ateniendo a los orígenes etimológicos, nos muestra la insuficiencia del término “dios”, para nuestra adoración, pues la palabra se identifica con el politeísmo: La lengua de los pueblos indoeuropeos (su territorio abarcaba desde la India hasta Francia, pasando por los pueblos germánicos, eslavos, grecorromanos, etc.). En su lengua, el sánscrito, la palabra “dios” era “Dyaus” (el Cielo diurno), que pasó al griego como “Theus” –participando de la mitología de aquella cultura: “Zeus”, padre de los dioses, sería la deidad del trueno. Del griego pasó al latino “Deus” y de allí a las lenguas germánicas o eslavas -Theo o Teo (“teología”), Thio, Dío o Día (el cielo diurno)-. La palabra original fue consubstancial al politeísmo griego, con sus abigarradas mitologías de dioses emparentados, quizás personificaciones de elementos de la Naturaleza; pero creados “a imagen y semejanza” de sus creadores, con sus mismos defectos, odios, envidias, adulterios, etc.[9]
- El Monoteísmo
- Las tres religiones monoteístas se remontan a un primer hombre, Abrahám, a quien Yahvé se le reveló pidiéndole que creyera que sólo Él era el único Dios verdadero. Para probar su fe, lo sacó de su ciudad -Ur de los caldeos- y lo mandó al desierto, prometiéndole la mejor tierra de Oriente Medio, Palestina. De él derivaron las tres religiones monoteístas -el judaísmo, el Islam y el cristianismo- que radican en esa misma región, que consideran a Jerusalén como su ciudad santa, las tres religiones se consideran descendientes de Abraham, el padre en la fe, si bien, una de ellas, desciende de la estirpe de Ismael, hijo de Agar, la esclava (en aquel entonces, cuando la esposa era estéril y le prestaba su esposo a una esclava para procrear, el hijo se considera descendiente legítimo del marido). Las tres religiones creen en el mismo Dios, cuyo nombre original sería Yahvé (Adonai), “Yo soy el que existo”: unDios sin nombre y sin imagen. Siendo el mismo Dios, recibió distintos nombres: el lejano Yahavé, el belicoso Alá o el compasivo Abbá. Las tres son “religiones del libro”, considerado su principal fuente de fe: (El Antiguo Testamento, el Corán, los Evangelios); las tres tienen su propio “enviado” (Moisés, Mahoma, Jesús); su tipo propio de “santo”: el “profeta”, el “kamikaze” (que se deja matar o mata por su fe), el “santo canonizado” (la Iglesia lo acredita como auténtico discípulo de Jesús). Su propia postura de orar (postrado rostro en tierra y brazos adelante; de pie, alabando con los brazos en alto; de rodillas).
- Nuestro Abbá
- El Dios de Jesús es el “Abbá”, padre compasivo y misericordioso. Pero Dios no posee ningún nombre ni con en ninguna imagen. Ni siquiera con este “Abbá”, pues también ese nombre está condicionado culturalmente: el fuerte patriarcado semita le impidió a Jesús llamar a Dios, p.ej., como “Madre” o como “Padre-Madre”. Además, la palabra “padre” connota imágenes de nuestras experiencias subjetivas del “papá” que nos tocó: el padre-juez castigador, implacable, que nos azotaba para corregirnos; el padre distante, que delegaba en la madre la educación de los hijos y no se interesaba por ellos; el papá-cuate o “abuelito consentidor”, buena onda y compasivo, que nos deja hacer todo lo que se nos antoje, aunque así lo haga inseguro.
- Más interesante es constatar que, más que diversos dioses, existe una gran pluralidad de “imágenes de Dios”. Cada uno de los “adoradores” construye su propia imagen de Dios y su forma de adorarlo. Se precisa de un trabajo de discernimiento, que implica la deconstrucción de la imagen que nos hemos formado, a partir de nuestra subjetividad, de nuestros recuerdos, de nuestra provisionalidad, para la reconstrucción de otra imagen que percibimos ahora como preferible a la que teníamos.
- El criterio definitivo para elegir a nuestro Dios como objeto de adoración, lo aporta San Juan al término de su prólogo: “A Dios nadie lo ha visto jamás; la Palabra nos lo dio a conocer” (Jn 1, 18).Creo que la referencia es a la Segunda Persona trinitaria, el llamado “Dios-Hijo”, obedeciendo a cómo lo llamó Jesús, y esa es la Persona “por quien todo fue hecho”. Todo lo que conocemos de ella es por lo que Jesús nos mostró por sus enseñanzas; pero, sobre todo, por su vida. Es conociendo a Jesús -el Dios encarnado- como aprendemos cómo es ese “Abbá”: ¿Cómo pensaba, de qué le gustaba hablar, con quiénes se juntaba, que le hacía enojar, de que temas hablaba más y qué temas apenas los tocaba, como oraba, como planificaba y evaluaba, cómo descubrió y cumplió con la importante y difícil misión, aparentemente fracasada? El único camino para conocer a la Segunda Persona trinitaria es Jesús de Nazaret, y así se cierra una espiritualidad trinitaria: el Padre creador trascendente, la Palabra enviada del Padre para redimirnos y el Espíritu Santo, Amor y Santificador inmanente.
[1] Charla a exclaretianos (noviembre 2023)
[2] “Das Heilige”, en español traducido como “Lo Santo”; pero quizás fuese mejor “Lo Sacro”
[3] El Éxodo” narra que cuando Moisés hablaba “cara a cara” con Dios, su rostro quedaba resplandeciente y intimidante, por lo la gente le obligaba a cubrirse el rostro con un velo.
[4] “Soy yo”, expresión impronunciable, el nombre de Yahvé, “Yo soy el que existo”, que sólo se pronunciaba al revés, “Adonai”.
[5] Inspirado en Michael P. Moore: “Pedro Casaldáliga: Cuando la fe se hace poesía” Ediciones Claretianas, Buenos Aires, 2021.
[6] La nuestra, la “Vía Láctea”, tiene 7 sistemas planetarios
[7] La teoría más aceptada hoy sobre el origen de la vida, la atribuye a polímeros y aminoácidos, con préstamos de átomos de oxígeno y ayudados por la energía del sol.
[8] Manuel Mounier, Levinas, Laín Entralgo, etc.
[9] Zeus, esposo de Juno, comete adulterio con Selene, una humana mortal, con quien engendra a Dionisio. Juno, vengativa, le mete celos a la mortal Selene, diciendo que no se trataba de Zeus, sino de un impostor, y que le pida mostrarle su Gloria. A base de tanto insistir, Zeus se la muestra y su fuerte esplendor mata a Selene. Zeus esconde a su hijo dentro del muslo, mientras se desarrolle y nazca