C-02 LA SIGNIFICACIÓN DEL VINO

C-II- Jn 2, 1-11

Cuando Jesús estuvo en el desierto, después de haber cobrado conciencia de ser el Mesías y consecuentemente, que tenía todo el poder de Dios en sus manos, seguramente se habría pensado algo sobre sus milagros. En principio, tendría que hacer algunos, para manifestarse; pero superada la tentación de presentarse un Mesías milagrero espectacular –arrojarse desde la torre del Templo, salvar al mundo desde el poder- manifestaría la omnipotencia de Dios, no tanto desde el poder, sino desde la misericordia (que es desde ella como se manifiesta su omnipotencia). Por supuesto, renunciaba emplear sus capacidades divinas en beneficio propio (como lo tentaba el ladrón en la cruz), pues le quedaba claro que se mantendría siempre fiel a su condición humana. Sus milagros no se producirían para mostrar su poder, sino la compasión hacia los sufrientes. Pero, de cualquier manera, su primer milagro necesariamente habría de ser “epifánico”; pero discreto y no espectacular. De modo que Jesús todavía no tenía claro cómo podría ser esto.

Quién le dio la clave fue su madre. Ella había sido invitada a la boda de unos amigos de Caná, y asistió con su hijo, quien se hizo acompañar de algunos discípulos. Perspicaz, como toda mujer, María notó que el vino ya estaba escaseando (llegó más gente de la prevista). Siendo los banquetes de bodas tan importantes en aquella cultura, el vino era un elemento central, y sus amigos estaban en apuros. Así que le lanzó a su hijo una indirecta –“¡Ya no tienen vino!”-. Jesús captó en seguida la petición; pero respondió evasivo: “Mujer, ¿qué podemos hacer tú y yo? Todavía no llega mi hora”. María pensaría: ¡Cómo que aún no llega su hora! ¡Pero si ya hasta se le está pasando! Ya estaba impaciente para que su hijo se diese a conocer e iniciase su misión; pero veía que se seguía preparando y preparando… Conociéndolo, probablemente tendría cierto temor o indecisión. María no era de esas madres posesivas que piensan siempre que sus hijos son todavía pequeños y que deben esperar aún para salirse del hogar y hacer su vida. Su hijo necesitaba un empujoncito, así que lo comprometió con los sirvientes: “Hagan lo que Él les diga”. Jesús cayó entonces en la cuenta de que no podría haber mejor ocasión para manifestarse por vez primera que un banquete de bodas. Esto encajaba con la tradición profética, que comparaba los tiempos mesiánicos con un espléndido banquete con “manjares exquisitos y vino de solera”… y justamente, en una boda, pues Isaías había profetizado que el Justo surgiría esplendoroso y los pueblos verían su gloria, constatando el amor de Dios hacia Jerusalén, “como un joven se desposa con una doncella, se desposará contigo tu hacedor; como el esposo se alegra con su esposa, así se alegrará tu Dios contigo”-. Así que convirtió en vino el agua de seis tinajas para purificación.

Como hemos estado viendo, la fiesta de la Epifanía originalmente (y aún hoy en algunas Iglesias) comprende los tres acontecimientos que hemos venido recordando en sendos domingos: la adoración de los Reyes, el bautismo de Jesús y la conversión de agua en vino. Como en las demás epifanías, examinamos: el “manifestante”, esta vez no es Dios Padre, como en las dos anteriores, sino Jesús mismo, quien a su vez es el “manifestado”. El signo epifánico fue su primer milagro, con esa modalidad de compasión y misericordia que posteriormente marcaría todos sus demás milagros, y que en este caso sacaría de apuros a sus amigos pobres. Los “destinatarios” de la manifestación no fueron todos los concurrentes, sino tan sólo los mínimos; ni siquiera el padrino, quien después de probar el vino reprendió al joven inexperto (las mejores bebidas se sirven al principio, pues luego, cuando los invitados ya están algo tomados, ni se fijan en lo que beben). Los principales destinatarios los menciona explícitamente el evangelista: “así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en Él”.

El episodio es un ejemplo para la proyección de nuestra personalidad. El ansia de notoriedad nunca conviene (fue esa, quizás, la que perdió al “Chapo”, con sus aspiraciones fílmicas). La fama nos hace perder piso y pervierte la finalidad de nobles metas. Cuando sea conveniente darnos a conocer, procuremos hacerlo con suficiente discreción, sin perder de vista la recta intensión de las finalidades que nos proponemos.

El milagro nos hace apreciar lo importante que son de las fiestas para convocar personas unidas por un mismo ideal. Esos momentos de celebración, de alegría compartida, dan a la rutina de la vida un descanso necesario, y expresan el goce del vivir. El vino, cuando no se busca por la peligrosa embriaguez hedonista, tiene ese significado, de alegrar el corazón humano.

C-01 El bautismo de Jesús: SIGNOS EPIFÁNICOS II

Bautismo de Jesús – Dom I Ord (Lc 3, 15-16. 21-22)

  • La Epifanía, como ya dijimos, significa “brillo”, “iluminación”, “manifestación, “revelación”. Ese Jesús de Nazaret, en todo semejante a sus vecinos, fue dado a conocer en su ser profundo, de Mesías, Hijo de Dios. En las iglesias católicas de Oriente, en esta fiesta se celebran todavía tres de estas manifestaciones –la Adoración de los Reyes Magos, el Bautismo de Jesús y la conversión de agua en vino en las bodas de Caná-. En cambio, en las iglesias católicas de Occidente (de Rito Latino), dichas tres epifanías se separan en tres domingos distintos.
  • Juan era hijo de Zacarías, sacerdote levítico de Jerusalén. Estaba, pues, destinado a continuar con la profesión familiar –desempeñar un ministerio reconocido- y podría haber escalado un digno lugar; pero desde joven rompió con esa tradición, salió de la casa y pasó unos años en el desierto. Allí hizo un diagnóstico religioso acerca del Pueblo: éste no había respondido a la misión que Dios le confiara en la Alianza; se había pervertido, y ahora Dios ya estaba cansado. Era la última oportunidad. Ya el hacha estaba puesta a la raíz del árbol…. Eligió un ligar en la ribera del río Jordán, frente a la ciudad de Jericó, y predicaba un bautismo de penitencia. Los baños de purificación por inmersión en agua no eran infrecuentes –los tenían los monjes del Qumram y en el templo de Jerusalén mismo-; pero lo original era que los discípulos se sumergieran en un río, simbolizando que las aguas corrientes se llevaran los pecados (obviamente, este bautismo sólo aparentemente se asemeja al sacramento cristiano, que simboliza y realiza la muerte y resurrección de Jesús). La gente, en vez de seguir yendo al Templo de Jerusalén, prefería visitar al profeta y hacerse bautizar por él. Lo hacían en la ribera oriental, del lado del desierto, y salían del otro lado –justo por dónde, muchos años atrás, el pueblo hebreo había cruzado para entrar en la Tierra Prometida-, y de este modo emulaba un reingreso en la Alianza.
  • No perdamos de vista que Jesús era un ser humano “en todo semejante a nosotros, menos en el pecado”. Parte de nuestra condición humana es la de ser buscadores; de ir a tientas y a oscuras tratando de descubrir una posible misión en la vida. Jesús se sentía llamado por Dios; presentía que quería algo de Él; aunque no tenía muy claro lo que fuera. Después de examinar las distintas corrientes espirituales de su tiempo, percibió que el movimiento desencadenado por su primo Juan representaba la opción espiritual más elevada, y decidió visitarlo y hacerse su discípulo. Se acercó humildemente para ser bautizado, pidiendo a su Padre que le revelara su voluntad, y justo en ese momento “se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre Él en forma sensible, como de una paloma, y del cielo llegó una voz que decía: ´Tú eres mi Hijo, el predilecto, en quien me complazco’”.
  • En cualquier “epifanía” es necesario conocer: ¿Quién manifiesta? (siempre es Dios Padre). ¿A quién se manifiesta? (el manifestado es siempre Jesús). ¿Quiénes son los destinatarios de dicha manifestación? (el domingo pasado, los reyes magos, y a través de ellos, a todas las naciones, incluso paganas). ¿Para qué medio o señal se manifiesta? (una estrella). En el caso presente, no parece que los destinatarios de esta manifestación hayan sido las multitudes seguidoras de Juan, pues no se narra ningún cambio en ellas. Parece que los únicos que pudieron escuchar la vez fueron Juan y Jesús (para el resto de la gente, se trató sólo de un rayo). El Espíritu Santo bajó en forma sensible (dice que “algo parecido a una paloma”, que fue esta ave la que quedó plasmado la iconografía) y se posó sobre su cabeza. Esto evoca una especie de “unción”. Jesús, pues, en ese mismo momento fue el Ungido (el Cristo, el Mesías). Cobra conciencia de su ser. Es el Mesías esperado desde siglos, el Hijo de Dios, tiene todo el poder divino en sus manos… Jesús queda anonadado, y quizás por consejo de Juan, se retira al desierto para discernir y poner en claro esta revelación, para poder iniciar su vida pública.
  • Si nosotros nos mantenemos abiertos, como Jesús, dispuestos a hacer la voluntad del Padre sobre nuestra vida, se podrá dar una “epifanía”. Esta vez no se nos revelará por un signo celestial -la estrella o la voz del Cielo- que con toda claridad nos diga lo que tenemos qué hacer. A nosotros nos toca descubrirlo. Serán ahora los “Signos de los Tiempos”, los hechos de la vida, los que pueden ser “leídos” en clave epifánica. Para esto, sintamos que Dios nos dice a cada uno “Tú eres mi hijo, el predilecto, en ti me complazco”. Sentirnos amados por Dios nos interpela a una generosa respuesta. Pero hemos de tener cuidado de no interpretar mal los signos. Se requiere del discernimiento para asegurarnos de que es voz de Dios y no alucinaciones o engaños del Mal. Para ello, conviene “retirarnos al desierto” y clarificar nuestra respuesta.

B-006 LA SAGRADA FAMILIA: ¿SIGUE SIENDO PARADIGMA HOY?

Lc 2, 22-40

  • Dentro del clima navideño, nuestra mirada se dirige espontáneamente hacia aquella casita de Nazareth, donde vivía José y María, y donde el niño Jesús “crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y el favor de Dios lo acompañaba”
  • La familia es una institución primordial; es la “célula de la sociedad”, el oasis en medio del ajetreo citadino; aunque también puede ser causa de tensiones, abusos y problemas. La antropología cultural registra gran variedad de estructuras de parentesco, que se han dado y se dan en diversos tiempos y lugares. La familia de José estaba organizada de modo muy diverso a las familias nucleares modernas.
    • En Galilea, el núcleo familiar era el del clan. En el solar patriarcal (del varón de más edad), los hijos o hermanos casados construían sus respectivas viviendas, compartiendo un mismo patio, dónde guardaban sus aperos comunes, lavaban la ropa, tenían el horno para el pan, e incluso, un lagar. Una barda rodeaba ese espacio y un portón que se atrancaba por la noche. En ese espacio convivían los niños, considerados como “hermanos”, que entraban indiferentemente en cualquier vivienda.
  • Frente a este modelo (aún presente no hace mucho entre las familias del campo mexicano), la actual familia nuclear urbana presenta claras diferencias. En primer lugar, la pareja vive en un pequeño departamento con pocos hijos (el recurso a los anticonceptivos). No son raros otros tipos de familia, como la monoparental o en la que conviven los hijos de la pareja con hermanastros, hijos de una pareja anterior. Pero no hay que olvidar que aunque esté distante, los miembros ancestrales del clan siguen influyendo en la dinámica personal y familiar.
  • Los ancianos, que en la familia tradicional eran los “patriarcas” que controlaban la economía y el poder, y gozaban de prestigio y autoridad, ahora quedan solos, acaso internados en alguna casa de reposo, careciendo de poder
  • Antes, el varón era el que salía a trabajar y la mujer se dedicaba exclusivamente a los quehaceres domésticos. En cambio, ahora ambos cónyuges trabajan fuera y por tanto, ambos hacen las tareas del hogar, quedando menos tiempo para la convivencia intrafamiliar
  • Los adolescentes se dedicaban únicamente al estudio, y les quedaba tiempo para jugar en la calle con los vecinos. Ahora, en cambio, la escuela organiza mucha actividad extracurricular y en casa se quedan solos. entretenidos con las redes sociales o los videojuegos.
  • En efecto los bienes tecnológicos de hace apenas unas décadas eran los electrodomésticos, destinados para toda la familia. Los bienes tecnológicos actuales, en cambio, son individuales -cada cual sus cosas-, y cada cual tiene su propia televisión, su laptop, su IPhon, quizás su auto, y el horno de microondas permite comer cada cual cuando puede. Ya no es posible el control total de los programas por parte de los padres y se les tiene que formar en la responsabilidad personal…
  • Estos cambios sociológicos se convierten en desafíos para la construcción creativa de nuevos estilos familiares, que al mismo tiempo conserven algunos valores y virtudes tradicionales. En la Biblia se recomiendan a los hijos el respeto, el honor, la obediencia y el cuidado hacia sus padres. Estas virtudes son imprescindibles; pero ahora aquel autoritarismo patriarcal, que antes funcionaba, tiene que ser complementado o sustituido por relaciones más circulares, de diálogo, respeto recíproco, tolerancia, participación, equidad, escucha y libertad; y esto no sólo entre los cónyuges, sino también para con los hijos, quienes por su parte deberán reconocer que hay límites a respetar y el sentido de corresponsabilidad, superando el individualismo. Se habrán de respetar las metas y el propio proceso de desarrollo de cada miembro de la familia; pero al mismo tiempo, se exige un correlato sentido de comunidad familiar, comenzando porque todos compartan las labores domésticas.
  • Aunque la estructura familiar se modifique, existen ciertos valores vividos por la Sagrada Familia en Nazareth y que no tienen por qué desaparecer. De entrada está el amor, que es la argamasa que construye esta convivencia. Sin embargo, a veces este amor se presupone, una vez expresado solemnemente en el rito nupcial de los esposos y vivido en la intimidad familiar de lo cotidiano, se da por supuesto, como si el amor fuese algo ya asegurado y que bastaría simplemente con cumplir las tareas habituales. Se olvida así de las muestras de afecto en detalles simples, pero que implican virtudes domésticas, tales como la amabilidad, la mansedumbre, la cortesía o la atención… y que tienen su correlato en la otra parte, en la reciprocidad y el agradecimiento. San Pablo (Col 3, 12-21) exhorta a “revestirnos de compasión”, es decir, ponernos en el lugar de los otros y participar de sus sufrimientos y de sus alegrías, y cultivar mucho la paciencia.
  • Algo que las condiciones de vida moderna requiere de prevención es la virtud de la humildad: ahora, cuando la mujer tiene que salir también del ámbito doméstico para un trabajo remunerado, puede darse una especie de competencia entre los cónyuges, cuando por ejemplo, uno de ellos obtiene un puesto mejor o un ascenso. El otro cónyuge puede sentir esto como una especie de rebajamiento, por lo entonces se tiene que cultivar más la humildad, estando alerta para no dejarse llevar por la envidia, la competencia o la presunción. La oración en familia puede ser una fuente de energía para superar las dificultades.
  • La comunicación frecuente es algo ineludible. Especialmente, el diálogo, en el que lo primero es la escucha sincera y humilde al otro, dejándonos interpelar y reconociendo nuestros errores; pero acto seguido es el momento del “habla”, realizado con claridad, sin temor, buscando el momento oportuno, un hablar que puede a veces requerir de la energía y de rigor; pero que siempre se deba combinar con el afecto. Hoy más que nunca, cuando las condiciones actuales hacen pasar tiempo fuera del hogar, se necesita de la comunicación intrafamiliar. Se requiere de gran esfuerzo para no abandonar a los hijos y para acompañarlos en el reconocimiento de los límites existentes, que no pueden transgredirse sin riesgos. Las tecnologías de información digitalizada son algo que ya se nos impone. La computadora y el celular, al mismo tiempo que acerca a los lejanos, también aleja a los cercanos. Si aprendemos a emplear mejor estas tecnologías podrían ser fuente de comunicación profunda y ser aprovechadas para la transmisión de la fe y para la formación de los hábitos cívicos, que anteriormente eran tareas delegadas a las abuelas.
  • En fin, la Sagrada Familia es un icono simbólico, un paradigma que no hemos de perder de vista ante los cambios culturales actuales y la crisis de la institución familiar, justamente para ser repensada y adaptada a los desafíos culturales de la vida moderna.