C-Ascensión: Para subir al Cielo se necesita…

Hch 1, 1-11; Lc 24, 46-53

  • “Subir al Cielo”, en la cosmología hebrea presupone una Tierra plana cubierta por una gran bóveda, sobre la cual, las aguas celestiales (para la lluvia), y arriba, Dios. Así tiene sentido. ¿Pero cómo pensar “subir al cielo” en una tierra redonda y en un universo en expansión? ¿Hacia dónde?
  • “Cielo” se entiende de dos formas: “firmamento” (Sky) y “Cielo religioso” (heaven). Se trata de pasar a otra dimensión (podría estar aquí mismo). Gagarín, primer astronauta que salió de la estratósfera: “Ahora estoy más convencido que Dios no existe: ¡Estuve en el cielo y no lo ví!” A veces lo pensamos el Cielo materialmente, como este mundo; pero mejor. En realidad no es sino el estar en Dios, quien sacia plenamente todas nuestras aspiraciones.
  • Se dice que al morir pasamos por un juicio particular y nuestra alma se sumerge totalmente en Dios. Pero también habrá un juicio universal, cuando perezca el último miembro de la especie humana, y Jesús nos tome cuenta de lo que, como especie, hicimos de nuestra Tierra, y sobre las tareas que tocaron a cada colectividad histórica. Entonces resucitaremos “en la carne.”
  • ¿Qué será de nuestro cuerpo, sin las funciones biológicas que aquí necesitamos para subsistir? Quizás sólo el cerebro, y su base material podría ser un planeta para cada uno.
  • Pero dejemos de tanta “fanta-teología” y ciñámonos al relato, tal como lo relata el evangelista: Los apóstoles, en el monte, vieron cómo Jesús iba subiendo, hasta que una nube se los ocultó. Se quedaron atónitos y contristados, fijos los ojos en la nube…. Hasta que unos ángeles les dijeron: Ucha!, “Galileos ¿qué hacen allí parados nomás mirando al Cielo? Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al Cielo, volverá como lo han visto alejarse”.
  • El camino para ir al Cielo está en la Tierra. No nos podemos conformar nomás con mirar el Cielo (“Un día yo iré, al Cielo, Patria mía…”). Para ir al Cielo tenemos que construir una Tierra más humana. De lo contrario, desinteresándonos de la Tierra, sólo sería enajenación y así tampoco hay llegada al Cielo.
  • En un himno litúrgico de la Patrística dice que “Jesús sube al Cielo, llevando cautiva a la cautividad”. “Subir”- Evoca “superarse”, “evolucionar”, “crecer”. “Subir al Cielo” evoca todos los esfuerzos humanos vinculados a la Ascensión de Jesús (superación, evolución…): los artistas afanados de poner belleza a la Tierra, los inventores e ingenieros que la humanizan, los campesinos y obreros que la transforman, los buenos políticos que tratan de mecanismos mejores de convivencia, los médicos, las madres educadoras, los maestros….
  • Así, esta fiesta es de nuestro compromiso por una nueva Tierra, que será también los nuevos Cielos.

C-Pascua VI: SI TE DICEN QUE NO SE SIENTEN LAS DESPEDIDAS, DILE AL QUE TE LO DIJO QUE SE DESPIDA

Jn 21, 10-14; 22-23

  • Para el establecimiento de una relación interpersonal afectiva, son importantes el saludo y la despedida. En todas las culturas se siente necesidad de ritualizar los momentos que abren y cierran ciclos de convivencia. Podemos imaginarnos como pudo iniciarse el saludo ritual más usual: darse la mano. Pensemos en un caminante solitario en medio del desierto o en una vereda no hay nadie cerca, el caminante ve venir hacia él otra persona. Ambos llevan escondida bajo el manto su mano derecha. Al acercarse, uno saca la mano y la tiende: no hay arma alguna, es sólo un simple ofrecimiento de ayuda. La otra persona hace otro tanto, se dan la mano sellando así un pacto de viandantes.  
  • Aquel acompañamiento de un trecho del camino pudo dar lugar a una posterior amistad, con lo que nos habremos “domesticado” (en expresión de la zorra de “El Principito” de Saint-Exupery); pero luego, la vida hace que los amigos transiten por caminos diversos y tengan que separarse. Duele la partida, y de alguna manera habrá que realizar ciertas actividades para cerrar esta separación -durante cierto tiempo o quizás para siempre-. Quizás el hijo o el esposo parte a la aventura como emigrante, con tantos peligros e ilusiones soñadas
  • Nos estamos acercando a la fiesta de la ascensión de Jesús. Después de una cincuentena de fugaces apariciones, apenas las suficientes para testimoniar su resurrección, llega el momento en que los apóstoles ya no lo verán: no se reflejarán más en aquella mirada que penetraba hasta lo más íntimo del alma; no mirarán más ese rostro que serenaba al verlo; no escucharán más aquellas palabras de sabiduría con que los confortaban… y se hallan tristes. La liturgia toma para la ocasión, el discurso de despedida de la Última Cena, antes de ser aprehendido; pero ahora, para ser releído en enclave de la ascensión. Se hallan varios elementos:
    • Tratándose de una relación demasiado estrecha, que ha generado dependencia, y que quisiera retener a la otra persona, convencerla para que desista de su intensión de partir (“¿para qué te vas?”), y la respuesta madura se da en clave de amor: “Si realmente me amas, me dejarías partir, pues sabes que a mí me conviene”, o como dijo Jesús: “Si me amaran, se alegrarían de que me vaya”: Jesús estará con el Padre, participando de la vida trinitaria, lo que para Él su mayor anhelo.
    • Entonces, quien se va argumenta: “conviene que yo me vaya” por bien de los dos, pues “voy a prepararles un lugar”, pues en el Cielo “hay muchas habitaciones”, y cuando ya tenga lista una bonita morada, volveré por ustedes. Jesús dice: “me voy; pero volveré a su lado”. Regresará en su Ultima Venida, a llevarnos consigo al Cielo.
    • Si la separación es definitiva (la muerte), la despedida será el momento cuando se digan las últimas palabras: aquellas que se grabarán para siempre, las que se habrían querido pronunciar, pero que cierto pudor lo impedía. Serán las palabras más sentidas, las que quedan grabadas, la enjundia extraída de las más valiosas experiencias. Son las recomendaciones que podrán guiar en los caminos oscuros, cuando ya no se hallen presentes… Jesús les deja a sus discípulos un encargo, un consejo, una consigna: “El que me ama, cumplirá mi Palabra”. De esta forma, “el Padre los amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada”. Habrá otro tipo de presencia, menos visible o tangible; pero más íntima, estrecha y fecunda.
    • Es frecuente que quienes se despiden se deprendan de objetos preciados que se obsequien como “recuerdo”, pues dicho objeto deja de ser una simple “cosa” y se convierte en una prenda que simboliza a quien se va, para que de alguna manera mantenga memoria de su presencia. Otras veces, en la ´+ultima conversación, quien se va deja un consejo: el “legado” de Jesús es la Paz (“les doy mi paz, les dejo mi paz); pero no la paz que da el “mundo”. ¿Cómo sería esa falsa paz? Presentamos algunos ejemplos:
      • La “Pax Romana”. La Paz Porfiriana, llamada “la Paz de los Sepulcros”. Porfirio Díaz alardeaba que durante su gobierno disminuyeron los delitos callejeros y que no había concentraciones que obstaculizaban el tránsito; pero se trataba de la paz del miedo, que reprimía cualquier oposición o rebeldía.
      • La paz de la “coexistencia pacífica”, cuando la Guerra Fría: el equilibrio del terror de dos superpotencias que se amenazaban mutuamente, concientes de que si alguno decidía apretar el botón que comandaba el bombardeo atómico, el enemigo haría otro tanto, y no habría ni vencedor ni vencido.
      • La paz según Benito Juárez: “Entre sociedades y entre individuos, el respeto al derecho ajeno es la paz”. Se trata de una paz jurídica: de respeto a lo que al otro corresponde, con una ley que deslinda espacios.
      • La paz entre complicidades e indiferencias:  el mero respeto pasivo: “yo te respeto a ti, tú me respetas a mí; yo no me meto contigo; pero tú tampoco debes meterte conmigo”; cada cual encerrado en su propia esfera, en la indiferencia o la complicidad; es la paz que evade el conflicto.
      • La paz de la sumisión cobarde. La que no contradice para no disgustar a la otra parte; prefiere callar ante injurias y someterse, acumulando resentimientos. La paz no es sólo la ausencia de conflictos, sino aquella que se construye buscando juntos los acuerdos.
      • La Paz que ofrece Jesús proviene de hacer la voluntad del Padre; es la paz consigo mismo, con los hermanos y con Dios, tomando como referencia las palabras que dejó Jesús.
  •      En la primera lectura vemos una de las primeras manifestaciones de la actuación del Espíritu en la Iglesia. La nueva fe, no sólo sale de las fronteras geográficas de Israel (la persecución religiosa fue providencial para ello, pues los cristianos se instalan en las Ciudades-Estado helénicas, a las orillas del Mar Mediterráneo, en los guetos judíos); ni siquiera las fronteras raciales (muchos griegos se están convirtiendo a la nueva fe, que deja ya de ser patrimonio hebreo). Ahora se está a punto de salir de las fronteras culturales: ya dejarán de compartir los signos de identidad confesional con los judíos (la circuncisión, la privación de carne de cerdo, etc.). Según la interpretación de la Ley, ningún varón no circuncidado podía vivir en Israel. Al eliminar la circuncisión como signo de identidad religiosa, se inaugura la necesaria “inculturación” de la fe y de la Iglesia: superando la condición de ser una religión nacionalista o circunscrita a un área geográfica, comienza a ser “católica”, es decir, “universal”. Para nosotros, nuestra tarea es continuar dicha “inculturación”; pero en la cultura global actual, será también interreligiosa, sin perder su profetismo “crítico” hacia las demás culturas.

C-Pascua V: NUESTRA IDENTIDAD CONFESIONAL

Jn 10, 27-30

  • La identidad es algo que nos configura a nosotros mismos y que nos distingue de los demás. Uno forma su propia identidad en referencia a las “alteridades” (“yo no soy como…. los otros”). Igual sucede con las identidades colectivas, se construyen seleccionando algunos rasgos característicos del grupo, en contraposición a cómo otras colectividades presentan los mismos rasgos.  Por tanto, una persona o un grupo puede tener diversas identidades, de acuerdo al rasgo que sirve de criterio de comparación, y dichos rasgos pueden cambiar con los tiempos o lugares. Así, por ejemplo, tenemos:
    • Identidad de género, expresada en serían signos que reforzaban la diferenciación sexual: color (azul/rosa), prenda de vestir (falda/pantalón), trabajos (cocineras, azafatas, enfermeras /chefs, médicos), emociones (“los machos no lloran”. El varón no debe manifestar ternura; la sumisión de la buena esposa), etc.
    • Identidad nacional.- Arbitrariamente se eligen ciertas costumbres o productos de una región como características de todo un país, como el chile, la Guadalupana. A veces son rasgos de una región, como el folklore de Jalisco para todo México (mariachi, tequila), (ahora ya es la música norteña y los burritos).
    • Identidad generacional.- tipo de música, tatuajes, corte de pelo, redes sociales
    • La identidad confesional, como en las anteriores, selecciona algunos rasgos: dieta (los budistas son vegetarianos, los judíos no comen la carne de cerdo, los musulmanes no toman alcohol, los mormones, café, etc.), vestuario o apariencia (el velo -“burka” o “chador”, “nakaba”- de las mujeres musulmanas; la barba larga de los varones judíos; la túnica roja o cabeza rapada de los budistas…), posición orante (flor de loto budista, postración cabeza en suelo islámica, de rodillas cristiana, de pie judía, etc), conducta (la proclividad islámica a la guerra “santa” –yihad-, la racionalidad económica del judaísmo, el pacifismo y meditación budistas, etc.),.
  • Las primeras comunidades cristianas tuvieron ciertos problemas con su identidad confesional. Al principio compartieron varios rasgos con la religión judía (circuncisión, reposo del sábado, prohibición de comer cerdo); pero poco después de que se dieron las primeras conversiones de griegos, a quienes repugnaban algunos de dichos rasgos no esenciales a la nueva fe, para construir una identidad propia buscaron algún símbolo (la “señal” de la cruz). Legión tebea
  • Para Jesús esto estaba claro: “en eso los conocerán los demás que son mis discípulos”,en la forma de relacionarse basada en el amor. Él quería que los cristianos nos identificáramos por el modo amoroso de comportarnos en nuestras comunidades. No sólo el amor de una buena convivencia (comunidades cálidas) sino, incluso, llegando al grado heroico con que Jesús nos amó: hasta entregar la vida por nosotros (“como yo los he amado”).
  • Este rasgo distintivo podría ser impactante en los tiempos actuales, cuando se habla y se canta mucho sobre el amor, acaso porque nos falta en un mundo egocéntrico. A veces se confunde con un sentimiento (el amor romántico) o con la codependencia. En realidad, el amor tiene más que ver con una decisión opcional (“contigo hasta la muerte”), con la actitud de aceptación por encima de divergencias o defectos, con la capacidad madura ante la separatividad existencial a partir del parto.
  • ¿Es realmente esta nuestra identidad confesional actual? Muchas veces las comunidades cristianas son terrenos de luchas internas y de politiquerías. Existen actitudes egoístas, ambiciosas o hedonistas de cristianos que causan escándalo y que provocan rechazos, justamente, porque en la Iglesia, muchos creyentes no nos amamos como debiéramos. Esto no quiere decir que no existan conflictos en la Iglesia, sino la manera cómo los manejamos y solucionamos. Ante esta falta, construimos nuestra identidad confesional en algún signo externo (la cruz, el rosario), lo que se presta al escándalo (alguien que lleva un rosario en su coche y conduce imprudentemente o insulta a otros automovilistas).
  • Los cristianos deberíamos caracterizarnos por ser especialistas en el amor. Dondequiera que haya convivencia humana se darán los conflictos -estos son inevitables-; pero sí tendríamos que mostrar cómo dichos conflictos son posibles de manejar de modo que lo “cordial” no se pierda.
  • Las comunidades cristianas están llamadas a ser difusoras de amor en el despiadado mundo actual, teniendo especial cuidado de los más vulnerables. En la medida en que nuestra conducta eclesial vaya siendo congruente con lo que nos debiera identificar, desencadenaremos una gran fuerza de atracción, pues es justamente la compasión misericordiosa lo que el mundo necesita. Así iremos construyendo el “cielo nuevo y la tierra nueva” de los que habla el Apocalipsis, y veremos descender del Cielo la Nueva Jerusalén, engalanada como una novia, es decir, otro mundo posible, en el que “las lágrimas sean enjugadas y no haya penas ni llantos”. Tal polo de atracción reproduciría al que se dio al inicio, cuando Pablo y Bernabé lograron interesar y “abrir a los paganos las puertas de la fe.