Durante tres años Jesús desarrolló intensamente su misión itinerante como Mesías, recorriendo todos los pueblitos de Galilea. Los sábados predicaba en sus sinagogas; a campo traviesa, relataba sus bellas parábolas a partir de lo que se vivía; curaba a los enfermos, y denunciaba acremente a los escribas y a los omnipresentes fariseos, por su interpretación distorsionada de las Escrituras, su ritualismo, legalismo y obsesión por las impurezas, que habían vuelto opresiva la religión para el pueblo pobre. Mucha gente lo seguía entusiasmada. Jesús veía que los frutos estaban ya maduros y la cosecha, pronta. Lo que ahora procedía era dar un pronunciamiento fuerte y claro; una denuncia profética contra la Teocracia judía, y ¿dónde mejor que en el Templo de Jerusalén mismo? Se enfrentaban dos formas antagónicas de interpretar las Escrituras, sin componendas posibles entre estas ellas. Estaba claro que no se iban a convertir las autoridades religiosas, bloqueadas por defensa de sus intereses; y Jesús tampoco iba a dar marcha atrás. Se preparaba un “choque de trenes”, y una de las dos interpretaciones habría de caer. Jesús era conciente que corría riesgo de muerte; pero era necesario este pronunciamiento para culminar su misión.
Decidió, pues, su
bir a Jerusalén. Por seguridad, se instaló unos días en las riveras del Jordán, justo donde Juan había estado bautizando, en espera de la fiesta de la Pascua, la principal del año ritual judío. Para ella, subían al templo unos 60,000 peregrinos, muchos de ellos, de la “diáspora”, con mayores recursos económicos. Jesús subió con un grupo, y pronto fue reconocido –había estado en su pueblo, sanado a algún familiar y recordaban sus enseñanzas-. Entusiasmada la gente, lo aclamó con el canto mesiánico del “Hossana”, señal de que, por fin, lo habían reconocido como tal. Los muchachos subían a los árboles a cortar palmas y ramos de olivo, también éstos, signos mesiánicos. Quizás, aprovechando ese tumulto, algún grupo de zelotas –patriotas que, con motivaciones religiosas, combatían a los romanos mediante actos terroristas-, y uno de ellos mató a un soldado romano (Barrabás será condenado «por un homicidio durante el motín») . Los sacerdotes del Santuario estaban alarmados. El pueblo aclamaba a ese galileo como el Mesías, y si los romanos descubrían que no podían ya controlar al pueblo, les quitarían sus privilegios (su templo, su Ley, su diezmo…).
Como cualquier israelita, a poco de llegar Jesús a la Ciudad Santa, se dirigió al templo. Éste era una gran fortaleza, donde los ricos guardaban sus tesoros. En ese tiempo, estaba en restauración, empleando para ello unos 18,000 obreros por turnos. Jesús, como en otras de sus visitas al Santuario, se topó con el desagradable espectáculo del mercadeo religioso. El sistema de sacrificios implicaba la venta de animales para las ofrendas, para evitar que los peregrinos los trajeran desde su pueblo o del exterior. Los varones mayores de 21 años que llegaban de lejos, aprovechaban para pagar su diezmo. Los sacerdotes rehusaban recibirlo en las monedas romanas en circulación, pues el denario tenía grabada la efigie del “Divus Caesar Augustus” –la divinización de la autoridad imperial-, lo que lo convertía en una medalla idolátrica. Para evitarlo, el Templo acuñaba su propia moneda, tan sólo con el sobrio nombre de Yahvé. Esto implicaba gran cantidad de funcionarios -cambistas, certificadores de la pureza de los corderos, vendedores de alimento y bebida-. Los sacerdotes del Templo toleraban todo ese tráfago, con pretextos prácticos; aunque según las malas lenguas, era negocio personal del Sumo Sacerdote Annás (cobraba derecho de piso). Esta vez, Jesús se detuvo recriminador. Al fijarse en la actitud del Profeta de Galilea, los mercaderes (una buena turba) se arremolinaron expectantes, frente a Él. Pero ahora, Jesús tenía detrás de sí a bastantes partidarios. Si, como suele pintarse, Jesús hubiera arremetido a “riatazos”, se hubiera armado la gresca. Más verosímil parece imaginar que Jesús, con su autoridad amorosa, comenzara atacando la conciencia de aquellos judíos, en el fondo, religiosos –“Mi casa es casa de oración. Ustedes la han convertido en un mercado; en cueva de ladrones”-. No podían dejar reconocer esto; pero allí estaba su negocio. Quedaron indecisos. Entonces Jesús comenzó a arriar a algún becerro, que se fue tumbando cualquier mesa de cambio. El dueño se fue tras del animal y otros más lo siguieron. Lo más importante del episodio es su valor simbólico: al condenar el mercadeo de lo sagrado, Jesús estaba poniendo el dedo en la llaga de esa religiosidad del Santuario: era el Sistema de Sacrificio, con sus ofrendas y holocaustos, lo que fundamentaba el comercialismo religioso. Su denuncia, embonada con la tradición profética, fue tan clara, que mereció que al punto que el Sanedrín se reuniera. El Sanedrín era el poder legislativo y sobre todo, el judicial. Estaba integrado por los Sumos Sacerdotes (puestos por Herodes), los escribas (en ese tiempo, algunos eran «saduceos» helenizantes que no creían en la resurrección) y por los «ancianos» o patriarcas terratenientes. SE sintieron amenazados y decidieron entonces su condena.
Durante los breves días que pasó Jesús en Jerusalén, aprovechó para enseñar a sus discípulos y simpatizantes en el Templo mismo, sin que los sacerdotes pudiesen impedírselo –los soldados enviados a arrestarlo, terminaron convertidos-. Durante el día, sus seguidores lo protegían, y por las noches, se escondía. No se podría, pues, arrestarlo antes de la fiesta, sin algún traidor. Mucho se ha especulado sobre las razones que tuviera Judas para entregarlo. No parece creíble la versión de Juan de que su único móvil hayan fuesen las 30 monedas (que, además, devolvió). El grupo de apóstoles habían sido reclutados representando los diversos grupos sociales: Santiago simpatizaba con los fariseos; Judas, Simón “El Fanático” y quizás Pedro, con los zelotas; en cambio, Leví (Mateo) pertenecía a los publicanos, quienes al cobrar los impuestos y extorsionar, eran colaboracionistas de los romanos; Felipe se relacionaba con los prosélitos griegos de la Diáspora… (la convivencia entre ellos no ha de haber sido fácil). Es probable que Judas, fascinado por la acogida tumultuosa del Domingo de Ramos, se haya sentido defraudado, pues Jesús desaprovechaba estos momentos favorables para instaurar su Reino mesiánico y expulsar a los corruptos sacerdotes del Santuario, y desilusionado, lo entregó.
El Sanedrín conde
nó al profeta subversivo con una apariencia de celo por la ortodoxia, deslegitimándolo con falsos testimonios y tergiversando sus enseñanzas. Sin embargo, los romanos se habían reservado la pena capital, y los Sumos Sacerdotes sabían bien que aquellos no darían importancia a estas cuestiones, como la blasfemia. Habría, pues, que fabricarle un delito de índole política, único que podría merecerle la muerte: la instigación a la subversión –decirse rey y prohibir el pago de impuestos-, lo cual era castigado con el suplicio de la cruz, la forma más ignominiosa y cruel de morir.
Se ha especulado también sobre la volubilidad de las masas, que el domingo lo aclamaron y el viernes exigieron su crucifixión. Desde luego, pudo contar la manipulación de los Sumos Sacerdotes y el clima de hostigamiento que ya se había formado; pero no podemos dejar de contar que la multitud que lo acompañó a la entrada estaba compuesta principalmente por galileos, mientras que la “turba de Jerusalén” estaba formada por los judíos a quienes Jesús quitó su negocio. Los romanos eran conocidos por su sentido de la justicia legal (el Derecho Romano), y Pilato se mostró simpatizante con el reo; pero pudieron más las razones de Estado…
Estos hechos de todos conocidos han requerido siempre de alguna interpretación. La que prevalece y goza de larga tradición es la del sacrificio redentor: en la concepción jurídica del Derecho Romano, un agravio es tanto mayor, cuanta más distancia media entre el ofensor y el ofendido. En este caso, entre Dios, de inmensa grandeza y santidad, y la criatura humana, empequeñecida e ingrata. Su expiación, pues, requería nada menos que el sacrificio de su propio Hijo, para así pagar el precio por nuestra redención. ¿A quién se le pagaría? Para algunos, a Dios mismo, para satisfacerlo. Para otros, nada menos que a Satanás, el perpetrador del pecado. Era, por tanto, precisa la muerte, e incluso, la muerte de cruz: entre mayores torturas, humillaciones y sangre derramada, mejor. Esto lo podemos ver hasta el exceso en el film de Mel Gibson (2004), “La Pasión de Cristo”. Por supuesto, esta entrega es un signo de su amor inconmensurable por nosotros, que es lo que nos conmueve profundamente y nos invita a arrepentirnos de nuestros pecados personales.
Esta interpretación, fundamentada, ciertamente, en algunos textos del Nuevo Testamento y transmitida en larga tradición que nos remonta hasta San Anselmo de Canterbury, en el siglo XI, presenta algunos inconvenientes: En primer lugar, la imagen de Dios, distante y cruel, muy alejada del misericordioso Abbá de Jesús. Además, su referente es el Sistema del Sacrificio, mismo que Jesús rechazó: Para borrar las numerosas impurezas y transgresiones a la Ley, los israelitas debían entregar un cordero sin mancha a los sacerdotes del Templo, quienes lo sacrificaban en expiación, quedándose con una parte de la carne. Implica, por último, un “Destino” ineludible que tenía que cumplir fatalmente lo escrito en las antiguas profecías, a modo de guión preestablecido, y que Jesús conocía al detalle por ser Dios (aunque fingía decisiones libres, pues actuaba como humano).
Conciente de que navegamos entre los arrecifes dogmáticos, pienso si esta tradición se deba una interpretación inexacta de la Carta a los Hebreos. Dirigida a los judíos neoconversos que añoraban el esplendor del culto en el Santuario y los impresionantes holocaustos, su autor pretendió presentar a Jesucristo, por un lado, en similitud al rito sacrificial; pero por otro (menos notorio; pero más importante) su deslinde de dicho sistema sacrificial. El sacrificio expiatorio, realizado continuamente, era sustituido por un único sacrificio, una vez por todas: la sangrienta muerte de Jesús en la cruz. El sacerdocio de Jesús no debe, pues, asimilarse al sacerdocio levítico, y esa misma Carta lo acerca al sacerdocio “natural” de Melquisedech, “Rey de Justicia y de Paz”. ¿De qué tipo de sacerdocio se trata?
Para responder, tendríamos que remontarnos hasta cierto desorden en el origen mismo del género humano, hasta la primera decisión plenamente libre de toda la Creación. Dicha decisión debió versar sobre la definición misma de la nueva especie. La voluntad divina habría sido que esta especie se caracterizara en que cada uno de sus miembros se correponsabilizara de todos los demás –los fuertes, protegiendo a los débiles-; pero cabía otra alternativa: que los fuertes se aprovecharan de los débiles, es decir, el poder de dominación. Esta era el verdadero “fruto prohibido”, que sin embargo, estaba al alcance: ante la libertad humana, Dios mismo se arrodilla. Los antiguos sabios israelitas habrían quedado consternados al constatar por doquier abusos e injusticias. Como dijo aquel filósofo, “El hombre es lobo del hombre”. ¿Se habría equivocado Dios en esta obra suya, “corona de la Creación”?
¡No!, responde el mito primigenio. Dios puso al hombre y a la mujer en una tierra paradisíaca, encomendándole el trabajo placentero de “ser su jardinero”; las relaciones de ellos eran transparentes con Él, con la pareja, con la Naturaleza, consigo mismo; pero condicionado a la aceptación libre de su proyecto divino. Al rechazarlo, el hombre tuvo que conseguir su sustento en sistemas de explotación laboral, “con el sudor de su frente”; la relación entre los géneros fue de opresión (la maternidad se volvió fuente de sufrimiento); Dios se le ocultó, y la Naturaleza, objeto de ambición, habría de quedar devastada (el “poder de dominación”, acompañado de la tecnología, llega al punto de poner en peligro la sobrevivencia misma del Planeta).
Pero la voluntad misericordiosa del “Abbá”, compadecido de la suerte actual de hombres y mujeres, quiso recomponer su proyecto original enviando a su propio “Hijo”, a quien encomendara sentar las bases para dicho proyecto: hacer de toda la familia humana una sola familia, regida por el amor fraterno, en la que Él fuese su único padre; la utopía del “Reino de Dios”. La redención de Cristo se debió, primeramente, a su extraordinaria entrega,- sublime, plena, total-. Este fue la
esencia de su sacerdocio y manifestación del amor misericordioso del Padre. Obviamente, el “poder de dominación” –la coalición del Imperio, la Teocracia y el reinado local- se sintió amenazado y no pudo permitirlo consumar. La muerte fue una consecuencia no buscada (incluso, trató de evitar); pero amorosamente asumida. Es verdad que cuando le fue evidente su suerte, durante la Cena Pascual, configuró su asesinato como un holocausto; aunque el Cordero no era tanto la víctima del sacrificio levítico, cuanto el Cordero Pascual, en clara referencia a la liberación del Éxodo. Pero su resurrección gloriosa manifestó que ese gigantesco poder ha sido ya vencido, y con concurso de todos, será posible aquel ideal.
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