Estuve en Guadalajara al regresar de Roma, en el 2003 y me quedé hasta el 2010. Además de superior de la Comunidad, con Benjamín, Paco y Domingo, estuve dando clases en el IFFIM. Antropología y Sociología de la Religión fueron la vía por la que me vinculé muy estrechamente a varios grupos de seminaristas de unas 15 congregaciones religiosas, compartiendo con excelentes compañeros maestros. La presentación de mis memorias fue el 15 de agosto, estando a cargo el
Centro de Estudios sobre Religión y Sociedad (CERYS) de la UdeG. Debo agradecer especialmente a los organizadores, Dr. Darío Flores y Dra. Celina Vázquez. El evento tuvo lugar en el Museo Regional, a un costado de catedral: un bonito convento colonial de religiosas agustinas. Comencé yo con mi texto narrativo, siendo comentado por Teresa, una hermana carmelita, la propia Celina y Ulises, un feligrés de nuestra Rectoría, que trabaja en la Universidad de Guadalajara, y ante la asistencia de unas 40 personas amigas. Un amigo, Adrian, me compuso un acróstico muy inspirado.
Mi excelente amigo Gustavo Aguilar se encargó de organizar todo y atenderme, con gran entrega y generosidad. También debo mencionar los apoyos de Daniel Martínez y de la Comunidad claretiana (en especial, a los seminaristas). Gustavo, después de recibirme en el aeropuerto, me llevó a conocer las nuevas instalaciones del IFFIM, donde me recibieron muy bien, invitándome a dar clases de nuevo. Comí con la Comunidad claretiana, conociendo los arreglos de la casa y a los seminaristas, y por la nochecita me reuní con algunos
sobrevivientes de los grupos que eché a andar.
Celebré mi misa jubilar en nuestro templo de San Antonio Ma. Claret, donde estuve hasta 2010, el domingo 17 de agosto. Por tal motivo, hubo mucha asistencia, con muchas personas
conocidas. Manuel Vílchis me acompañó a concelebrar y dirigió la liturgia, la cual fue muy solemne, gracias a los seminaristas y al coro de Maricielo. En el Seminario fue la comida, en medio de un ambiente estupendo: En el corredor del seminario, con su hermoso jardín, nos acomodamos unas 30 personas en sendas mesas. Se sirvió una taquiza. El ambiente estuvo muy animado, y yo iba de mesa en mesa para estar un ratito con cada grupo. Gustavo llevó mariachi y nos obsequió con un concierto de piano que él ejecutó.

Estuve en Puebla de 1978 a 1983. Allí me tocó participar activamente en la III CELAM “extramuros”. La comunidad “El Parral” fue hasta ahora, la mejor que he tenido (con Fernando Macedo, Gidardo Valencia y Laco). Trabajamos en CCBs en las vecindades del barrio. Mi grupo preferidofue el Movimiento de Estudiantes y Profesionistas, integrado a Paco Merino. Por esto quise celebrar aquí también mi Aniversario. Lamentablemente, a última hora, cambiaron de sede, día y hora la presentación de mis Memorias (por razón de un evento que impediría el acceso a Ciudad Universitaria), adelantándose para el 21 de agosto. Con todo, ya que dicha presentación marcó el inicio del XXXV Aniversario del Colegio de Antropología, estuvieron presentes las autoridades universitarias: el Secretario General, Dr. René Valdiviezo; el director de Facultad de Filosofía y Letras, Dr. Alejandro Palma, y el Director del Colegio de Antropología, Dr. Ernesto Lecuona, quien fue el comentarista. Llegaron algunos amigos de El Parral, dos condiscípulos, dos
ex-colaboradores de mi “Síntesis Noticiosa de Puebla” y los jóvenes del MEP. El pequeño auditorio se llenó completamente con los alumnos del Colegio, quienes se mostraron muy interesados e incluso compraron mi libro. La discusión que siguió se alargó y terminamos hablando de teología.





Con esta visita clausuré mi gira celebrativa. Estuve en Monterrey, entre 1994 y 1999, cuando hice un discernimiento para entregar la parroquia a la Arquidiócesis. Los claretianos habíamos llegado a la ciudad a principios del siglo XX, teniendo que salir durante la Revolución (por ser sacerdotes extranjeros). Hacia 1940 regresamos; pero ya no al Santuario de Nuestra Señora del Roble, que se nos había otorgado. Después de una controversia en que se nos reconoció el derecho, la entregamos voluntariamente a cambio de otra parroquia en algún lugar pobre. Los empresarios de La Vidriera habían construido esta colonia para sus empleados y solicitaron al obispo que nosotros nos hiciéramos cargo desde 1952, con demasiado cambio personal. En mi discernimiento, constataba que la arquidiócesis ya contaba son suficiente personal, con 625 sacerdotes y 600 seminaristas, y me tocó a mí entregarla, con lo cual pudimos abrir una parroquia fronteriza en Ciudad Juárez, más acode al modelo de parroquia misionera.

La misa fue muy solemne, con varios estudiantes para el diaconado. En mi sermón hice “memoria” con ellos, recordando mi estancia en aquella ciudad; les hablé de la presencia claretiana y del sacerdocio, adaptándolo a las lecturas elegidas para la misa. Me dieron un ramillete espiritual, grabado en una placa. Después de la misa, tuvimos la cena, en el jardín, con mesas y sillas, a la luz de sus lámparas, para toda la gente, con un grupo de música. Al día siguiente, domingo, tres familias me acompañaron al aeropuerto y almorzamos allá. Todo, de maravilla. 


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