Mt 25, 1-13
- El año litúrgico ya vislumbra su fin (este mes, la fiesta de Cristo Rey). La reflexión de este tiempo nos evoca “el fin de los tiempos”. Hoy, sin embargo, hablaremos del llamado “fin del mundo”, la última venida del Señor; pero sí de esas venidas de Cristo a través de la historia que se dan, y esto nos invita a estar atentos a ese “paso” (“kairós”) en nuestros tiempos, ya que si somos capaces de descubrir esa presencia, podremos aprovechar mejor su Gracia y responder como Dios quiere a nuestra misión histórica en el “aquí y ahora”.
- La parábola de hoy nos presenta una escena del ritual nupcial de aquel tiempo: las bodas eran fiestas muy importantes, que con frecuencia solían prolongarse. Finalmente, tales festejos terminaban cuando los novios regresaban a la casa del novio. Previamente se había acordado con algunas muchachas del pueblo para que esperaran a los recién casados con lamparitas de aceite, acompañándolos para dar comienzo a la cena. En el caso presente, todas las muchachas se durmieron, y en el momento en que ya se acercaban los esposos, fueron despertadas y se dispusieron a preparar sus lámparas. Sin embargo, algunas de estas muchachas no fueron previsoras y no llevaron aceite de repuesto, de modo que cuando fueron a comprarlo, se quedaron fuera del festejo y sólo las previsoras cumplieron su cometido y pudieron entrar.
- Jesús nos previene con una actitud importante: “estar atentos”, como el vigía en el mástil del barco; como el centinela que vigila en la atalaya por si llegara el enemigo, y dar entonces el toque de alarma: ¡Alerta! Un descuido puede ser fatal. En cambio, si se advierte a tiempo, la fortaleza estará preparada para cualquier eventualidad.
- En la historia humana, el Espíritu de Jesús resucitado está siempre actuando. Cada momento presenta una coyuntura diferente, y Jesús desea que sus discípulos estemos atentos a los signos de los tiempos, para descubrir por dónde va el paso de Dios en cada preciso momento. No hemos de quedarnos esperando pasivamente, siendo juguetes del destino y de los acontecimientos, sino percibir el ritmo, la coyuntura, las posibilidades y las limitaciones que nos ofrece cada momento histórico, para ver cómo se ha de adelantar siempre la construcción del Reino de Dios. Esto lo haremos gracias a la virtud de la prudencia, que no es ir con cuidado, sin movernos mucho, sino más bien atender a lo que las circunstancias permitan o impidan hacer: percibir si es tiempo de correr, de alentar el paso o incluso, de retroceder, para agarrar impulso y siempre avanzar.
- Hemos de prepararnos a la Venida del Señor, con ánimo esperanzador, optimista y confiado; pero también sintiéndonos interpelados por las situaciones, a nivel personal, familiar o social, para que vayamos haciendo realidad esa voluntad del Padre en la tierra como se hace en el Cielo: “¡Venga a nosotros tu Reino”
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