Mt 5, 17-37
- La moral judía era tenida como muy exigente: los fariseos se ufanaban de observar los 647 preceptos escritos en la Ley y ayunaban dos veces por semana. Jesús, en cambio, gustaba de las fiestas, de celebraciones populares y resumía toda normatividad en una sola palabra: AMOR (San Agustín glosaría: “Ama y haz lo que quieras”). Por tanto, parecía válida la crítica que le hacían a Jesús, quien supuestamente invalidaba la Ley me Moisés y sostenía a cambio una propuesta moral era demasiado “light”. En la perícopa del Evangelio de hoy Jesús responde que “no ha venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a darles su plenitud”, a recuperar su sentido original. Muestra, además, que el amor que propone, llevado a sus últimas consecuencias, resulta más exigente que lo normado por la Ley mosaica, y lo ejemplifica con cuatro casos:
- El insulto- Ante el precepto del Decálogo -¡”No matarás”!- que exige competencia de los tribunales, Jesús lo extiende al simple “enojo” o al “insulto”. Por supuesto, no habla de la ira normal suscitada ante una agresión, sino de actitudes deliberadas, como la de quitar definitivamente la palabra a alguien, (voltear al otro lado para no verlo), que en como considerar que el hermano ha dejado de existir para uno; que ha muerto. En cuanto al insulto, no consiste en los fonemas (el sonido de las palabras). En realidad no hay “malas palabras”, pues el significado es convencional. Muchas veces se trata de expresiones clasistas: las “palabras vulgares” son las que emplea el “vulgo”, de la que las clases favorecidas se deslindan utilizando otro léxico considerado correcto. Entre nosotros, se utilizan calificativos que connotan a sectores de personas estigmatizadas, sea por su nacimiento (bastardos, hijos de mujeres violadas o de prostitutas), por discapacidades (retrasados mentales), por su orientación sexual (homosexualidad). Ya las palabras mismas si se dirigen hacia estos sectores resultan discriminatorias y ofensivas; pero además, se las endilgan a otros que no entran en tales grupos; a los que les reduzco par ofenderlos; es no reconocerles en lo que son y cambiarles su ser por otro inferior o discriminado (además del tono y el volumen de la voz). Jesús dice que al antes de llevar una ofrenda hay que reconciliarse, pues esos supuestos actos religiosos no son compatibles con conductas que lesionan la Caridad. ¿Cómo acercarse al sacramento de la “comunión” (eucaristía) si al mismo tiempo “excomulgo” (saco de mi comunión) a otro?
- El adulterio divide el corazón, que uno entregó a su cónyuge por entero. Jesús afirma de un mal deseo ya divide el corazón. Obviamente no se trata de alguna mirada furtiva que haya provocado cierta fantasía efímera, sino de verdaderos “deseos”, es decir, propósitos de ver cómo podría uno llevar a cabo la infidelidad; aun cuando esta no se dé.
- El divorcio.- Hoy como antaño, las tensiones de muchas parejas llegan a un punto en que la convivencia resulta demasiado difícil. La autoridad, en estos casos, debe apoyar a la parte más débil (dar un “certificado de divorcio” o llevar un proceso jurídico). En nuestro tiempo, la cultura actual no predispone a superar las dificultades, sino que parece más fácil romper los compromisos. Sin embargo, la lógica de la Caridad propuesta por Jesús implica un esfuerzo continuo de afrontar incompatibilidades y entrenar el diálogo, que si se practica desde el inicio día a día, muy probablemente no se llegue a las situaciones límite. Salvo casos en que la dignidad de una de las partes se vulnere sistemáticamente, la superación de las diferencias por medio de un amor auténtico ayudará a madurar
- El juramento.– Jurar en nombre de Dios se da cuando no existe confiabilidad en la palabra dada. La contraparte en alguna controversia puede tener cierta garantía (en ambientes de religiosidad social) si se apela a Dios (o a la madre, etc.), pues se presupone que la persona no querrá comprometer su salvación eterna. Por eso, “jurar en vano” es pecado grave, y para Jesús, un discípulo suyo movido por la Caridad no necesita jurar de ninguna manera, pues su palabra goza de crédito. Por supuesto, esos juramentos o promesas que hacemos a la ligera pueden ser objeto de revisión honesta.
- De este modo, la exigencia del Amor resume toda la moral cristiana, que si bien es más exigente que cualquier ética puritana del deber, resulta más normal y llevadera, pues cuando actuamos por amor, no cuestan los sacrificios.