Lc 7, 1-10
- Se piensa que los milagros de Jesús son signos de su gran poder divino. Creo que más bien son signos de su gran capacidad de compasión, de donde deriva su capacidad sanadora. Pero para que haya milagro no basta la parte divina. Ésta queda infecunda sin la colaboración humana, que representa la fe.
- En este texto nos encontramos a la vez, ante una sorprendente capacidad sanadora y ante la sorprendente fe en un pagano. Jesús cura al criado “muy querido” del oficial romano, sin alguno de los recursos conocidos entonces -ni le dio remedios, ni le impuso las manos, ni pronunció fórmulas mágicas-, sino que fue una inusitada curación a distancia. El oficial romano, por su parte, era respetuoso de la cultura del pueblo invadido por su Imperio; le había cobrado cariño: incluso le construyó una sinagoga, es decir, un lugar de culto para una religión que no era la suya. Muestra delicadeza al no querer molestar al maestro, ni exponerlo a una eventual “contaminación” (entrar a casa de un pagano podría acarrear impurezas). Cree y confía en el profeta hebreo, a pesar de no compartir sus creencias, y esa confianza es total: le brinda el reconocimiento de autoridad, pues así como un oficial, con soldados a sus órdenes, puede mandar a alguno de ellos que vaya a alguna parte, Jesús pude también mandar a algún mal espíritu (que según la concepción israelita eran los causantes de enfermedades) a que salga del cuerpo de su amigo. El romano no sólo respeta la religión de los conquistados, sino que comparte su cosmovisión y dialoga con ella.
- En la primera lectura, Salomón, al dedicar el Templo que acababa de construir, pidió al Señor que a los extranjeros que acudieran allí les concediera cuanto pidieran, para que así pudieran reconocer la grandeza del Dios hebreo. El texto evangélico sería, pues, un ejemplo de tal cumplimiento.
- En la situación actual de globalización cultural, los pueblos y las culturas se están acercando entre sí, e incluso, las religiones mismas entran en contacto y dialogan. Antiguamente, cuando había poca comunicación entre regiones, las religiones eran “territoriales”, exclusivas de alguna nación. El creyente de cualquiera de estas, estando inmerso en su ambiente cultural, sentía que su cosmovisión y sus costumbres eran parte del sentido común. Si al entrar en contacto con pueblos vecinos aparecía la diversidad, la religión se volvía parte esencial de su identidad y generaba un “etnocentrismo”, considerando que la suya era superior. Ahora, en el pluralismo religioso generado por los contactos frecuentes, se relativizan las identidades y se deriva hacia el diálogo de culturas y religiones.
- Sin embargo, estamos convencidos que la propuesta de Jesús es para todo el mundo (es “católica”, en el sentido de universal). Sus elementos básicos son susceptibles de ser aceptados, adaptados o reinterpretados por otras religiones. Todas ellas son respetables; pero se potenciarán cuando colaboren en favor de un mundo más unitario, justo y respetuoso, y puedan ser “contagiados” por el Evangelio.
- El problema estriba en que la profecía está siempre amenazada por la “rutinización”. La necesidad de institucionalizarse para su efectividad la condena a perderse en el formalismo. Esto es su inevitable destino. El proyecto de Jesús requirió de una Iglesia; pero ahora, el aspecto humano de lo institucional está provocando más repulsión que atracción. Quizás sea tiempo de regresar a Jesús, pues su proyecto resulta ahora más atractivo que en su tiempo. La dinámica del Anticristo neoliberal está conduciendo hacia la destrucción irreversible del hábitat ecológico y hacia la muerte por empobrecimiento de grandes sectores, apenas mantenidos a nivel de subsistencia. Pero afortunadamente la utopía sigue siendo un impulso hacia la esperanza, y es posible que diversas religiones extraigan de sus contenidos elementos valiosos para un diálogo: “Así te conocerán y temerán todos los pueblos de la tierra, lo mismo que tu pueblo Israel”.