C-12 IMÁGENES DE DIOS: LAS QUE CIRCULAN, LA MÍA, LA DE JESÚS

Lc 9, 18-24

  • Una de las cuestiones de mayor importancia es el saber quién soy yo. No se trata, obviamente, de algún problema siquiátrico de esquizofrenia, sino de la propia identidad sicológica. No es fácil conocerme, pues si lo fuera, Filón de Alejandría no habría pasado a la historia por su recomendación –como en el oráculo de Delfos- “Conócete a ti mismo” (“Gnosce te ipsum”). Algunos tienen un concepto sobrevalorado de sí -“se cree mucho”; “se cree la gran cosa”, decimos-; mientras otros tienen muy baja su autoestima y viven acomplejados.
  • Para conocernos físicamente a nosotros mismos, utilizamos un espejo. De la misma manera, para nuestra identidad social necesitamos un espejo social: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. De esta forma, la “heteroimagen” complementa mi “autoimagen”, y el complemento de ambas me garantizará mayor objetividad en tan vital cuestión.
  • Ya Jesús había pasado algún tiempo en su misión como Mesías. Conforme a lo que el Padre exigía, había sido muy discreto en darse a conocer, para evitar expectativas erróneas; pero le interesaba saber si ya algunos lo habrían descubierto en su función, por lo que pregunta a sus apóstoles sobre la imagen suya que circulaba.
  • Por lo general, las imágenes públicas suelen corresponder a “lo ya conocido”, la mera repetición de lo habitual o la expectativa futura desde el imaginario colectivo: el retorno de Juan Bautista, de Elías, arrebatado en vida por un torbellino de fuego; Jeremías, de quien se decía que volvería poco antes del fin del mundo…
  • Hay que saber no sólo lo que se dice de mí, sino quién lo dice: para quienes resulto antipático, seré de lo peor; para mis incondicionales o lambiscones, soy “lo máximo”, el “megasimpático”. Si se tiene la suerte de tener un buen amigo –quien me conoce y me habla con verdad; aunque sepa que no me agrade lo que diga-, si opinión es la que realmente cuenta. Por eso Jesús contrapone “la gente” y “para ustedes”
  • Jesús se había propuesto un test: al primero de sus apóstoles que le reconociera como Mesías lo nombraría su sucesor, pues esto denotaba capacidad de discernimiento en la fe, y fue Pedro quien lo reconoció: “¡el Mesías de Dios!”.
  • Para nosotros, este reconocimiento de Jesús como Mesías –e incluso, como “Hijo de Dios”- ya se nos da por default; lo sabemos por el Catecismo. Pero no basta esto, pues la tendencia vuelve a ser la misma, interpretar estas categorías desde lo “ya conocido”: un “mesías” -o podría ser un dios- creado por nosotros a nuestra imagen y semejanza; “dios de bolsillo”, lo llamaba un cantoautor, “mansito, bien educadito, que me permite hacer buenas digestiones”. ¿Qué imágenes tenemos de Dios? ¿Un dios juez? ¿un abuelito consentidor? ¿un mago? ¿Un Dios lejano, incomprensible? ¿un titiritero?
  • En efecto, la imagen de Mesías que circulaba en el ambiente y que se difundía oficialmente, era el de un profeta milagrero espectacular, un rey glorioso, un guerrero invencible… algo totalmente opuesto al tipo de Mesías –ciertamente presente en algunos textos claves veterotestamentarios-, solidario con los vulnerables, humilde y servicial… Un mesías así, como Dios quería, necesariamente sufriría el rechazo del Poder (el Imperio Romano, la teocracia judía, la oligarquía herodiana). Por eso, en la versión de Marcos, Pedro se erige como maestro de mesías y pretende enseñarle a Jesús cómo ejercer esa misión, conforme a la imagen que él tenía. Jesús lo llama “Satanás”, pues justamente esa fue su tentación: realizar su mesianismo desde el poder, al gusto de la teocracia. Por eso Jesús les ordena a sus apóstoles que no lo digan a nadie, para evitar futuras presiones o desilusiones: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día.
  • Tal vez sea necesario revisar la imagen de Dios que tenemos ahora, y en su caso, modificarla. Jesús advirtió a aquellos que querían seguirlo sobre la necesidad de entregar la vida, como Él, a una causa incluso más valiosa que la propia existencia. En efecto, cuando vivimos sólo para nosotros mismos, egocéntricamente, nuestra vida carece de sentido y sentimos que no tiene caso vivir. Pero cuando entregamos la propia vida a una causa valiosa, como es el proyecto del Reino de Dios, quizás pasemos por dificultades y sufrimientos; pero moriremos satisfechos y felices.

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