Lc, 11, 1-13
- En la vida social, por nuestra condición de interdependientes, frecuentemente necesitamos de otros. La autosuficiencia, aparte de ser una ilusión, responde a actitudes de soberbia -no hay nadie tan rico que no tenga que pedir alguna vez, y no hay nadie tan pobre que no pueda dar alguna vez-. En sí mismo, el pedir no humilla; aunque hay que saber cómo hacerlo.
- Nuestro ser de creatura nos coloca en situaciones de precariedad en varios aspectos, y es lo que justifica nuestra necesidad de dirigirnos a Dios, reconociéndole su disposición de atendernos dados su inmenso poder y bondad.
- Sin embargo, hay que hacer algunas precisiones:
- Dios no es un proveedor ilimitado; ni podemos recurrir a Él para conseguir cualquier cosa que deseemos; ni su poder se manifestará quebrantando las leyes naturales que Él mismo fijó y contando con el inevitable azar (el mundo sería un caos sin regularidades). Dios no es un titiritero que mueva a su capricho sus piezas, y sería absurdo pretender chantajearlo ofreciéndole algo a cambio (¿qué podríamos darle que lo beneficiara a Él?). Un ejemplo de esto es el regateo que hace Abraham intercediendo por la pecadora Sodoma.
- Por otra parte, Dios conoce mejor que nosotros mismos lo que necesitamos (no tenemos que indicarle lo que nos debe dar), y sufre con nosotros nuestra precariedad y vulnerabilidad de creaturas. Esto nos lleva a precisar lo que podemos pedir y podemos esperar.
- La oración del “Padre nuestro” nos proporciona los contenidos de nuestras peticiones. Parte del reconocimiento de la Gloria de Dios, que se manifiesta en un proyecto central para nosotros. El núcleo central de nuestras peticiones es cabalmente, que nos permita sintonizar nuestra voluntad con la suya, concretizada con el ideal formulado por Jesús –el “Reino de Dios”, que será a la vez, don suyo y conquista de nuestra lucha. Pedimos en plural la satisfacción de nuestras necesidades (el pan nuestro) -que también es don y conquista-, y pedimos el perdón, condicionado al que nosotros demos a nuestros agresores, y que nos mantenga libres de mal.
- Para ello, nos exige una actitud permanente y atenta hacia su presencia eficaz –insistencia en la petición (pedir los tres panes a una hora inoportuna), no para ablandarlo, que no es necesario, sino para nosotros, mantener “la presencia de Dios”.
- Una petición confiada, pues no nos dará lo que no nos convenga: ni dará serpiente si pedimos pescado, o alacrán si pedimos huevo; pero tampoco nos dará algo que nos perjudique (como la niña que pida a su madre el cuchillo de la cocina para jugar con su hermanita).
- La oración de petición puede fomentar actitudes pasivas: atenernos a que todo nos venga de Dios, conformándonos con hacerle “mandas” para moverlo. Pero el texto más bien espera de nosotros actitudes activas: “A Dios rogando, y con el mazo dando”. Buscar con ansia y método; tocan insistentemente; pedir con sabiduría. Como los padres de los 43 y todos los familiares de desaparecidos, que tocan puertas, buscan sin desesperar y piden y exigen investigaciones.
- La mayoría de nuestras oraciones son de petición, debido a nuestra situación precaria. Dios no las necesita para atendernos, ni nuestras súplicas mueven su corazón. La constancia en la oración es más bien para nosotros: mantener una actitud de confianza hacia nuestro Padre Dios. Mantengámonos sintonizados con Él y más bien escuchémoslo a Él, para ver si no nos está pidiendo algo a nosotros.