Lc 14, 25-33
- El “espontaneísmo” es aquella actitud que prefiere la improvisación a la hora de planear. El “espontaneísta” confía en su intuición en cualquier momento dado, y sabe aprovechar las circunstancias, con lo que a veces hace buen papel. En el argot taurino, “espontáneo” es un aficionado al toreo, que de pronto se “lanza al ruedo”, sin mayor entrenamiento. Puede hacer una buena faena; pero lo más seguro es que haga el ridículo o peor aún, que reciba alguna embestida. El camino más seguro para el éxito no es sino la disciplina y la planificación racional.
- Todas las técnicas de planificación empresarial parten del cálculo de los recursos, y esto, para cualquier tipo de objetivo, sea económico, sea político. Fallar en este cálculo es condenarse al ridículo, al perjuicio o a la derrota. Los ejemplos que pone Jesús caen de su propio peso.
- La falta de cálculo presupuestal –aunque parezca inverosímil- no es infrecuente, y tiene que ver, más que a simples errores, a la corrupción administrativa. Recordamos un ejemplo escandaloso en la llamada “Estela de la Luz”, construida como conmemoración del bicentenario de nuestra Independencia política. Aparte de la entrega tardía (el monumento fue inaugurado en enero de 2012, año y medio después del Aniversario), su costo registró un impúdico error de cálculo: presupuestado para 200 millones de pesos, costó finalmente $1,575 mdp. ¿Cómo entender a funcionarios expertos en economía no sean capaces de prever situaciones mundiales adversas, no desconocidas a la hora de elaborar el presupuesto anual? La falta de cálculo puede causar demasiado dolor, como en el caso de lanzarse a una guerra que era previsible perder. Un error de cálculo en los costos políticos puede rayar en la ignominia: ¿Cómo comprender que se invite al país a un candidato presidencial que no ha dejado de insultar al país anfitrión?
- Por el lado contrario, a veces la pastoral de la Iglesia se está pareciendo más a la gestión empresarial. Estamos cayendo en un exceso de planificación, de reuniones administrativas, evaluaciones, informes, consejos, organigramas… y casi no dejamos espacios para la acción del Espíritu Santo. ¿No nos estaremos yendo al extremo opuesto al espontaneísmo? Cuando todo se tiene calculado y sopesado, no queda lugar a la “locura” del espíritu.
- Una vez más hay que ir más allá de lo aparente en las parábolas de Jesús. Su interpretación no puede reducirse a elementales consejos administrativos. Queda patente al contextualizar los ejemplos narrados: Jesús los expuso yendo de camino en medio de una gran muchedumbre de seguidores. Era comprensible el magnetismo irresistible que su persona ejercía, y mucha gente, seducida por su gran corazón y su capacidad de milagros, dejándose llevar del entusiasmo que les despertaba, se lanzaban en pos de Él. A Jesús los números le espantaban un poco, y más que aprovechar a estas multitudes para una propaganda vocacional, más bien trata de disuadirlos. Es una empresa que requiere la inversión de grandes recursos, y lanzar un proyecto implica renunciar a varias cosas. Seguir a Jesús es el mayor proyecto concebible, y pide para lanzarnos a su proyecto –el “Reino de Dios”- la entrega de toda la vida, y esto no es nada fácil. Supone renunciar a los propios bienes presentes o que pudieran adquirirse luego, despojarse de ambiciones e intereses, preferirlo incluso a los más sagrados lasos consanguíneos (padre, madre, hijos, hermanos), a los legítimos deseos personales (“a sí mismo”) y disposición para sufrir problemas, persecuciones e incomprensiones (“cargar su cruz”). Por supuesto, la inversión lo compensa, pues una vida dedicada a este proyecto es la que consigue la mayor plenitud.