Lc 4, 1-13
La Cuaresma es el tiempo que la liturgia nos proporciona para prepararnos a la celebración de la Pascua, la principal fiesta cristiana, y comienza presentándonos el modelo de la de Jesús.
- En el momento mismo en que fue bautizado por su primo Juan, Jesús escuchó la voz de su Padre, y el Espíritu Santo se posó en Él a guisa de una paloma, ungiéndolo como el Mesías esperado (“mesías” significa “ungido”). Aquella revelación lo dejó abrumado, y entonces, inspirado por el mismo Espíritu, decidió retirarse al desierto, lugar de encuentros radicales con Dios, remembrando los 40 años que Israel anduvo vagando por el yermo. Había cobrado conciencia de que se le confiaba una tremenda misión, y que para ello, contaba con todo el poder de Dios. Necesitaba un tiempo para reflexionar sobre su tarea y planearla lo mejor posible, y para evitar distracciones, decidió ayunar (alimentarse en el desierto implicaba invertir una buena cantidad de tiempo en ello, y sin proceso digestivos, la mente suele pensar mejor); pero entonces fue tentado.
- La tentación.- Todos tenemos tendencias positivas y tendencias negativas, tal vez algunas apetencias soterradas en el subconciente: seguridad, éxito, fama, gloria, placer, poder, reproducción, autoestima, etc. Estas, en sí mismas, suelen ser legítimas; pero agazapadas detrás de aspiraciones aparentemente correctas, también esconcen deseos egocéntricos de exaltación de sí mismo y de menosprecio de los demás; y cuando nos proponemos una reflexión radical sobre decisiones trascendentales, no tardan en presentarse. Así se presenta la tentación, esa instigación hacia el mal, que es parte existencial de la condición humana y que acaece cuando se confrontan conflictivamente nuestros valores y nuestros intereses. Cualquier persona y sociedad está continuamente sometida a ellas; sentimos inclinación hacia la degradación y hacia conductas autodestructivas o destructivas de los demás, a actuar de manera irracional, indigna e irresponsable. Es posible que hayamos vencido; pero pueden quedarse adormecidas, mas no eliminadas.
- Jesús fue un ser humano semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado. No extraña, pues, que fuera tentado. Dicha tentación versó sobre el tipo de mesías que habría de desempeñar. El modelo hegemónico –difundido desde el Templo de Jerusalén- era el de un mesías-rey glorioso, más que David mismo, que ejerciendo su misión desde el poder, haría de Israel la gran potencia mundial (“todos los reinos de la tierra… Todo esto te daré…”). Un Mesías espectacular y milagrero, cuyo “lanzamiento” sería literal: lanzarse desde el pináculo del templo en un día de fiesta, y que los ángeles, con las puntas de sus alas lo bajasen suavemente hasta el suelo, y ya que Jesús se interesaba por la suerte de los pobres, convertir piedras en panas para alimentarlos… sin modificar el corazón egoísta de quienes tenían de sobra. Si Jesús hubiera elegido este estilo mesiánico, habría obtenido apoyo de los Sumos Sacerdotes Anás y Caifás, de los fariseos, y quizás, hasta de Herodes mismo, Judas hubiera sido su más ferviente apóstol, y posiblemente habría muerto de viejo, tranquilamente en su cama.
- Todos somos tentados; pero, obviamente, en aquello en que resulta más fácil hacernos caer. Ordinariamente pensamos en las tentaciones sexo-genitales, y la imaginamos con lenguaje mítico (un diablo machista y la mujer como tentadora); pero en momentos límite, como Jesús, la tentación pretenderá desviarnos del camino que hayamos descubierto ser voluntad de Dios.
- Jesús entendió entonces, que el Padre Dios quería un Mesías solidario de las víctimas del poder; que su misión la realizara desde el no-poder, y que no usara sus poderes en favor propio (p. ej., bajarse de la cruz), sino sólo usarlos por compasión y misericordia con los sufrientes.
- Jesús nos enseñó a vencer la tentación, y esto se facilita mediante la oración, el ayuno (o dominio de nuestros impulsos somáticos o adicciones) y la limosna (siempre, la compasión misericordiosa para con los pobres), que desde antiguo son las prácticas que la Iglesia recomienda, pues como sea nuestra Cuaresma, así será nuestra Pascua.
- El ayuno.- No cualquier ayuno es agradable a Dios. Hay uno que claramente Dios rechaza: el ayuno forzado de todos aquellos hijos suyos que no comen lo suficiente todo el año. Existe también el ayuno terapéutico, recomendado por los naturistas, que realizado de vez en cuando ayuda al cuerpo a purificarse y sanarse. Otro ayuno es el llamado “huelga de hambre”, cuando algún militante públicamente deja de comer, dispuesto –en casos extremos- a dejarse morir de hambre para denunciar alguna injusticia, cuando reparar el buen nombre parece importar más que la propia vida. El ayuno farisaico, reprobado por Jesús, es el que se realiza simplemente para llamar la atención (poner cara melancólica para que la gente lo note). Por último, está el ayuno solidario: me privo de ciertos alimentos; pero procuro que lo que ahorre sirva a que aquellos que ayunan siempre, tengan algo qué comer.
- La abstinencia.- Los cristianos antiguos se abstenían de comer carne durante los 40 días. Por tal razón, el día anterior al miércoles de ceniza festejaban el “Carnaval” (“carnem vale” = adiós a la carne): la carne almacenada en la fría bodega debía consumirse antes de iniciar la abstinencia, de donde los excesos o “atrancones”. Pero ahora, ir al restaurante a comer langostinos deja de ser “sacrificio”. A Dios no le gusta que nos inflinjamos sufrimientos inútiles, aparte de los que ya de por sí la vida nos da. Pero podemos aprovechar la Cuaresma para corregirnos de alguna adicción o defecto dominante. Podemos proponernos dejar de comer carne… “de prójimo”, en los chismes y críticas; o dejar de fumar o beber si tenemos ese problema, o de las galletitas que provocan nuestras “lonjas” o hacer ejercicio, o ayunar algo del Ipod o del facebook….
- La limosna.– Aquello que nos ahorramos con nuestras abstinencias (cigarros, copas, galletas, crédito al celular, etc.) lo podemos depositar en una alcancía, y en Pascua lo entregamos a alguien que lo necesite. Este es el ayuno agradable a Dios, esta es la “limosna” propia de este tiempo: las obras de misericordia solidarias en este año convocado por el Papa.
- La “oración”, podemos extenderla a una revisión profunda de nuestra vida. Los “ejercicios espirituales” de antes. Es conveniente retirarnos a nuestro “desierto”, para el silencio y la oración; aunque sea en nuestra azotea o nuestro cuarto, para reflexionar lo que Dios nos esté pidiendo. Hay que estar vigilantes, para que no se nos filtre entonces nuestro lado oscuro en las tentaciones que seguramente se nos presentarán, pues “el espíritu está pronto; pero la carne es flaca”.