C-Cuaresma IV: PARÁBOLA DEL PADRE MISERICORDIOSO

Lc 15, 11-33

Estando dentro del Año de la Misericordia, la presente parábola resulta adecuada para motivar nuestra conversión cuaresmal. San Lucas nos obsequia esta joya, este relato en el que nada falta y nada sobra. Vale la pena leerlo, pues más que buscar interpretaciones, simplemente bastará destar algunos elementos:

  • “Un hombre”- Un padre. Curiosamente no aparece la figura de la madre. ¿Sería viudo? En caso de familias monoparentales, el progenitor tiene que hacer las veces de padre y de madre.
  • “tenía dos hijos”- Por más que los progenitores amen mucho a sus hijos, al irlos conociendo inevitablemente se hacen comparaciones (sobre todo si son sólo dos). La personalidad de cada cual se conoce mejor por contraste. En este caso, el mayor –como corresponde a todo primogénito, quien introyecta más el “superego”- era responsable, trabajador, obediente… en fin, un modelo de hijo-. En cambio, el menor –el “benjamín”- podría definirse como un “soñador”. Cuántas veces su padre lo había visto recostado sobre la yerba, mirando las nubes: quería ser libre, como el viento, como los pajarillos… y había tenido que llamarle la atención para que se pusiera a trabajar.
  • “y el menor de ellos le dijo al padre”- Le anunció que se iba a ir de la casa. El padre le respetó su libertad. Veía que el muchacho quería probarse y correr la aventura…, y confió en él: “Mira, hijo, me parece que aún te falta crecer y madurar un poquito; pero si es esta tu decisión, yo la respeto y no te voy a retener a la fuerza. Ya sabes que esta sigue siendo tu casa, y si alguna vez quieres regresar, me alegraré verte convertido en un hombre maduro y de provecho”.
  • “dame la parte de la herencia que me toca”- Ya que no piensa regresar, le pide su herencia. Esto podría connotar que para él, su padre ya habría fallecido. Destino de todo hijo: “matar” al padre, para poder realizarse.
  • “y él les repartió sus bienes”- Vendió algunos animales y alguna parcela; se endeudó, y le entregó una buena suma de dinero: “Mira, hijo, esto es lo que pienso que te corresponde. No es mucho; pero si lo cuidas, te será suficiente para que te abras camino”.
  • “no muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue…”- Contento; por fin libre como el viento, como los pajarillos… y ni siquiera se despidió de su padre.
  • “a un país lejano”- donde nadie lo conocía y pudiera hacer lo que le placiera.
  • “allá derrochó su dinero viviendo de una manera disoluta”- Joven, galán, alegre y con dinero, donde estaba siempre había algarabía, amigos, mujeres dispuestas, vino y fiesta.
  • “Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y comenzó a pasar necesidad”. A ese tren de vida no hay fortuna que aguante mucho tiempo. Y para colmo, la consabida “crisis”: hambruna y desempleo. Y cuando se acaba el dinero, se acaban los “amigos” y las fiestas. El mesonero no le fiaba, de modo que tuvo que enfrentarse a su condición real.
  • “Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos” Si cuando había sido hijo de papá le desagradaba hacer algunas faenas en el campo, ahora tenía que conformarse con lo que fuera, incluso con “cuidar cerdos”, animales repugnantes para los hebreos.
  • “Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos; pero no le dejaban que se las comiera”- Un día lo sorprendieron –y se sorprendió a sí mismo- en el fango, disputándoles los desperdicios a los cerdos… y fue castigado con azotes. Difícilmente San Lucas pudo plasmar mejor la degradación en la que aquel muchacho había caído.
  • “Se puso entonces a reflexionar”- El estómago vacío favorece la reflexión –o como decíamos en el latín “macarrónico”: “intellectus apretatus, discurrit”-
  • “¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobre, y yo aquí me estoy muriendo de hambre!”- Fue entonces cuando comenzó a conocer a su padre: la forma como trataba a los trabajadores. ¡Qué diferencia! Allá, en su finca, siempre tenían comida suficiente, y los sábados llevaban a sus familias y hasta bailaban. En cambio aquí sólo había humillación, maltrato y explotación.
  • “¡Me levantaré! Volveré a mi padre…” Descubrió la capacidad de amor de su padre; se sintió amado y respetado por él, y eso motivó la decisión que le salvaría. Entonces comprendió su mal comportamiento, que ahora lo avergonzaba…. Y pensar que ni siquiera se había despedido y agradecido. Y tomó la resolución: ¡Me levantaré! Lo malo no es caer, sino el no levantarse. Había clarificado su meta: regresar a la casa paterna.
  • “y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores”. En su arrepentimiento no hay señales de espíritu calculador, ni pretensiones de recuperar su status perdido. Ya había recibido su parte, no había nada qué reclamar. Regresar, sin importar las recriminaciones o burlas que –sabía- su hermano seguramente le habría de hacer. Estaba dispuesto a soportar todo eso, pues, finalmente, se lo merecía. A cambio, tendría la oportunidad de estar cerca de aquel hombre excelente que no había apreciado y del que tanto tenía todavía que aprender… Y preparó unas pocas palabras, honestas, humildes, sinceras…
  • “En seguida se puso en camino hacia la casa de su padre”- “Coming back home”, cantaban los Beatles, después del “dropp-out” de “She’s living hombre”. El retorno a la casa paterna. Hölderling: “El retorno al país natal” después de una larga estancia en el extranjero, es reconocer lo abandonado. Desandar el camino, un trabajo que hay que realizar bien, el proceso de conversión.
  • “Estaba aún lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente”- Aquel anciano solía subir a la azotea y otear aquel camino por donde, hacía ya tanto tiempo (quizás no tanto), su hijo menor había partido. Se recriminaba: “Quizás no debí permitirle irse. Estaba aún demasiado pequeño. ¿Cómo le estará yendo? ¿No estará enfermo?”-, y cualquier caminante que pasaba por allí le recordaba a su hijo, como aquel, de andar cansado… ¡Pero si era él!… Y se le “removieron sus entrañas” (se “compadeció”, “tuvo misericordia”, son términos sinónimos).
  • “Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo colmó de besos”- No había ningún rastro de resentimiento. El regresar mismo denotaba aprendizaje y arrepentimiento. Perdón y olvido. Ni siquiera le dejó que le echara su “rollito”. Atento a su comunicación no verbal, quedaba sobre entendido.
  • “Su padre les dijo a los criados:¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; Traigan el becerro gordo y mátenlo, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’”.- San Lucas multiplica los signos de desbordante alegría de aquel padre, enloquecido de amor gozoso. Daba órdenes aquí y allá (¡“preparen su baño! ¡Tráiganle perfumes!”); se le veía por igual, todo alborotado, en el establo o en la cocina… “y empezó el banquete.”
  • “El hijo mayor estaba en el campo, y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos”- Ahora cambia la escena hacia el otro personaje, el hijo mayor, el “cumplidito”. Lo vemos volver del trabajo, cansado, siempre haciendo su deber… Pero ahora había algo que no era la rutina habitual, algo que interrumpe las tareas cotidianas. Es lo que hacen las fiestas, interrumpir lo utilitario y dar cabida a una celebración alegre y amorosa.
  • “Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Este le contestó: ‘tu hermano ha regresado, y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo´. El hermano mayor se enojó y no quería entrar”.- El hermano no sólo no se alegró con el regreso del menor, sino que positivamente se enojó. Seguramente habría pensado que su padre, en caso de recibirlo, le habría hecho una buena reprimenda, y no matar aquel becerro, reservado para alguna ocasión muy especial.
  • “Salió entonces el padre y le rogó que entrara”- El padre ahora tiene que desempeñar una función de mediador entre los hermanos, y dedicarle al mayor alguna enseñanza: “Te tengo una sorpresa, ¿qué crees? Tu hermano regresó. Estamos de fiesta, ándale, pasa a alégrate”
  • “pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comerlo con mis amigos. Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’”- “Ya apareció el cobre”. El hermano mayor se mueve dentro de la ética del deber (“hace tanto tiempo que te sirvo sin desobedecer jamás una orden tuya”). El cumplidor de normas es incapaz de comprender al padre misericordioso. Quien sí comprendió a su padre fue paradójicamente su hermano menor, que se movía dentro de la ética de la compasión. Se percibe un espíritu ambicioso y calculador (“nunca me has dado ni un cabrito”, “pero mandas matar al becerro gordo”).
  • “El padre repuso: “Hijo, tu siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo”- El hijo mayor seguramente tenía a su padre por un viejo ingenuo y bonachón, y que sería capaz de hacer “borrón y cuenta nueva”, y que volvería de nuevo a repartir la herencia, que en justicia, ahora sólo a él le toca en exclusiva. Pero como buen padre, aquel hombre es justo. “Si lo que te preocupa es la herencia, tranquilo, tu hermano ya recibió su parte. Todo lo mío es tuyo, por eso no tengo que darte ningún cabrito, pues todos serán tuyos. No se trata de eso.
  • “Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”- Corrige ahora a su hijo. La misericordia y el perdón del Padre pasa por la misericordia y el perdón que se tenga con los hermanos (“perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”). Hasta que no consideres que ese “hijo tuyo” es también “hermano tuyo” no eres merecedor de la fiesta; no descubrirás la alegría de la fraternidad.

Ante el cuadro icónico de Rembrandt, se ha observado que de las dos manos que el padre coloca sobre los hombros de su hijo, una es masculina y otra femenina. La ternura, compasión y festejo maternos va de la mano con la justicia exigente paterna, que hace respetar el precio de la aventura. Ya se gastó la herencia material, en esto no cede; pero bien puede ahora disfrutar de la herencia moral, de la enseñanza de compasión que le hará feliz en la vida, y de la fiesta. La parábola nos ayudará a vivir nuestra Cuaresma.

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