Mt 11, 2-11
- Seguramente todos nos estamos preparando para la Nochebuena. ¿Cómo? un poquito con el modelo consumista de “Santa Claus” (los adornos, el arbolito, los foquitos de colores, la cena, los regalos, etc.). Otro poco con el modelo de San Juan Bautista (allanar el camino para la Última Venida de Cristo en nuestro mundo más igualitario; la “matánoia” o conversión para posibilitarlo), ¿y por qué no preparar también la Navidad con las tradiciones de nuestro pueblo? Muchos países tiene formas culturales muy propias para estas fiestas, y México es uno de los que poseen tradiciones prenavideñas con mayor identidad. Provienen de la creatividad de nuestros primeros misioneros, aquellos grandes franciscanos que supieron adaptar sus costumbres andaluzas para fines de evangelización. Las “posadas” nos recuerdan los acontecimientos que les dieron origen, lo que nos remonta al pueblo de Nazareth.
- Nazareth era una pequeña aldea perdida de las montañas de Galilea. Con una población de cerca de 300 habitantes, la vida transcurría monótona, sin que sucediera nada extraordinario: siempre la misma pobreza, el mismo trabajo, la misma rutina. Pero un buen día algo sorprendente ocurrió en el poblado. Llegaron unos romanos. Los paisanos nunca habían visto esos soldados, pues aunque Roma sostenía una ocupación militar en la región, las legiones se encontraban acuarteladas en Siria o en Cesarea del Mar, aunque dispuestas a intervenir y sofocar cualquier levantamiento. Uno de los soldados tenía un tambor que repicaba sin cesar, y los niños, curiosos como en cualquier parte, se arremolinaban en torno suyo, no sin temor de sus madres, que se mantenían vigilantes detrás de las ventanas. Cuando los hombres comenzaron a llegar después del trabajo, el otro soldado sacó una trompeta y dio varios toques (que sonaron como el chillido de algún animal). Todo el pueblo se reunió, a sabiendas de que se trataba de un mensajero que seguramente traería alguna noticia importante.
- El mensajero es alguien que está entre el simple correo y el embajador. El “correo” es aquella parte del sistema de comunicación social encargado de hacer llegar las noticias lo más pronto posible; era el “servicio postal” -la posta era un lugar donde estaban “apostadas” caballerías, a 2 o 3 leguas de distancia una de otra, para que el correo pudiera cambiar de caballo y llegar más de prisa)- Hoy es el cartero que echa por la puerta un sobre con su timbre postal; En el antiguo Israel, escrito con punzón en dos tablillas enceradas, atadas y lacradas-. A diferencia del correo, el embajador tiene una consigna a la que debe ser fiel; pero se le otorga cierto margen de maniobra para negociar o ajustar el tono. El mensajero, en cambio, es un portador. Puede ser un “pregonero” que convoca y pregona, y por lo mismo, tiene una función más personal que el simple correo.
- A veces la noticia que pregona el mensajero no era “fasta” (o peor aún, puede ser “ne-fasta”), y en algunos casos, al mensajero enviado al campamento enemigo se le mataba (desquitando así la ira que provocara la noticia). Pero otras veces se trataba de un portador de buenas nuevas (un “eu-angelion”). Probablemente se anunciaba la próxima venida de algún personaje importante, y el mensajero invitaba entonces a preparar el camino: para que pudiera pasar bien el carruaje, habría que rellenar hoyancos y rebajar chipotes; quizás enderezar un poco el sendero. Esa función de “mensajero de buenas nuevas” es la que cumplió San Juan Bautista (introducido el domingo pasado).
- Hijo del sacerdote Zacarías, le habría correspondido heredar el sacerdocio; pero el joven no quiso seguir la tradición de la tribu (Leví) y se fue al desierto, en busca de un tiempo de reflexión profunda. Y fue en el desierto donde tuvo la visión de la llegada inminente de aquel personaje misterioso del que ya habían hablado los profetas anteriores. Entonces fue fraguando su misión de preparar su llegada. Se instaló en un recodo del río Jordán, justo en el lugar donde mucho tiempo atrás, Gedeón había guiado al pueblo hebreo, prófugo de Egipto, quien después de cuarenta años en el desierto, cruzó el Jordán y conquistó la Tierra prometida.
- Como todo profeta, Juan realizaba una denuncia y un anuncio. Anunciaba la venida del Mesías, y con él un tiempo de bendición, de justicia y de paz. Al mismo tiempo, inflamado por la cólera divina, denunciaba que la antigua alianza pactada por Dios con Abraham ya se había corrompido. El pueblo había caído en un formalismo vacío, de simples sacrificios expiatorios en el Templo –de ese Templo de donde había salido huyendo–. No bastaba, pues, considerarse “pueblo escogido”, sino que se precisaba de una respuesta ética personal. Ya era la última oportunidad (el hacha ya estaba puesta a la raíz del árbol), y quienes se comprometían a ese “cambio de mentalidad” (metanoia) eran bautizados, sumergiéndolos en el río, para salir en la orilla opuesta, repitiendo simbólicamente el cruce de los tiempos originarios, del desierto a la Tierra Prometida donde mana leche y miel.
- Con la audacia y valor de otros profetas, conminaba también al rey Herodes mismo, para que dejara a la mujer de su hermano Filipo con quien vivía en concubinato, y con el agravante de que el padre de la muchacha era nada menos que el rey de La Perea, región a la que pertenecía el lugar donde Juan se había establecido. Obviamente, a Herodías, mujer de Herodes, molestaba tales prédicas y convenció a su marido para que si no lo mataba de una vez, al menos lo encarcelara.
- Jesús fue también bautizado por Juan, quedándose con su primo un tiempo, ayudándolo a bautizar. Es verdad que su discurso había cambiado: no se trataba tanto de amenazas, sino de una alegre invitación a entrar a una nueva comunidad de un Reino que ya comenzaba a visibilizarse. Por eso, a aquellos mensajeros enviados por Juan desde la cárcel a preguntarle “¿eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”, los remitió con el encargo de que como respuesta simplemente le narraran lo que veían y oían “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el evangelio”. Esto le haría recordar a Juan la profecía de Isaías, que acabamos de leer.
- Regresando a Nazaret, el soldado de la trompeta sacó un rollo y con voz fuerte anunció: “Por orden de Su Majestad Imperial, Tiberio Cesar Augusto, se ordena que tendrá lugar un “censo”. No era una buena noticia: ¿para qué querrían los romanos contar la población?, pues obviamente, para mayor control y sacar más tributo. Este mensajero, más que anunciar una llegada, prescribía una salida: había que partir al lugar de origen para ser empadronados. Ya que las familias tanto de José como la de María eran de aquellos judíos emigrantes que respondieron a la política demográfica de repoblamiento de la región Norte, les correspondía, por tanto, emprender un viaje a la región montañosa de Judea, y no quedaba más que realizar ese molesto viaje. Y esta es la forma con que tradicionalmente en México nos preparamos a la Navidad, recorriendo el novenario con los Santos Peregrinos en las “posadas” que comienzan el viernes próximo. Tratemos, pues, de ir evocando los mismos sentimientos que nos motiva la liturgia de hoy: Con el Apóstol Santiago, esperemos la venida del Señor pacientemente, “como el labrador aguarda las lluvias tempraneras y las tardías” que habrán producir “los frutos preciosos de la tierra”. Con Isaías, agudicemos nuestros ojos, fortalezcamos las manos cansadas y afiancemos nuestras rodillas vacilantes” para seguir a estos “peregrinos”, caminito de Belén, sin acobardarnos por los rigores del “yermo sediento”, pues “el desierto se alegrará… y se cubrirá de flores”.