Utopía 11. FACTOR POLÍTICO

  1. La economía no es una ciencia “dura” 

No se puede comprender la situación económica mundial únicamente por la automática regulación de las leyes económicas. La economía no es una “ciencia dura”, sujeta a la implacable objetividad de la experimentación y la comprobación empírica (como son las matemáticas, la física, la química, la astronomía). En las “ciencias blandas”, por el contrario, los resultados dependen, en buena parte, del paradigma adoptado, y esto, más que a consideraciones racionales, obedece a factores extra- económicos: la economía es el arte de calcular los resultados y las consecuencias, y este cálculo dependerá de los objetivos para los que se programe, es decir, de factores políticos. Imaginemos a un equipo de economistas competente e independiente, que ofrece sus servicios a los Gobiernos (o a las grandes instituciones económicas mundiales). Antes de ser contratados, estos economistas preguntarán cuáles serán los criterios y el objetivo final propuesto para organizar esa la economía. Por lo tanto, la decisión no será económica, sino política, es decir, basada en la correlación de fuerzas o, quizás, por criterios éticos: Es igualmente posible organizar la economía, o bien garantizándole a la instancia que los contrató la maximalización de sus ganancias, o bien, organizarla de modo que la mayoría de la población satisfaga del mejor modo posible las necesidades básicas de todos los ciudadanos, de acuerdo a los recursos con que se cuente. 

  1. El Neoliberalismo 

El paradigma y el equipo que programa la economía social, visto en el ejemplo anterior, existe realmente. Se encuentra perfectamente organizado y controla las principales instancias económicas -el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM)-. Interviene en los diarios y medios de comunicación de mayor circulación. Para lograr esto, les fue necesario prestigiarse como los asesores más confiables, mediante una cuidadosa propaganda manipuladora. Así allegaron poder suficiente para tomar las decisiones económicas más importantes de muchos Gobiernos. Al mismo tiempo, se crea una capa media aspiracionista, en la que se alienta el hiperconsumismo con bienes desechables (como frecuentes cambios de moda), que es lo que está produciendo el agotamiento de los recursos. 

Se entiende como neoliberalismo una serie de teorías y propuestas, que fueron impuestas a todo el mundo, a partir de la década de los 70’s del siglo pasado, por políticos de influencia (como Ronald Riegan y Margaret Thatcher). Sus economistas más connotados son Milton Friedman y Friedrich Von Hayek. Sus principales características son el libre mercado y un Estado mínimo; pero con un Banco central autónomo, regulador de la moneda, las privatizaciones, la reducción del gasto público, la desregulación financiera, la reducción de impuestos a las personas más ricas, etc… con el fin de impulsar una «economía de la oferta», bajo la figura de una fuente de tres bandejas, de tamaño mayor entre más abajo se encuentre. De este modo, hay que favorecer a la minoría más rica, pues después se dará la filtración descendente. DE ahí que se conozca como la “teoría del derrame”. Además, se impone a las naciones menos favorecidas los llamados «planes de ajuste estructural», supuestamente para una inicial acumulación de capital, y el apoyo al proceso de globalización económica.1 Obviamente, lo que este modelo ha producido son tremendas desigualdades: concentración inimaginable de la riqueza, a cambio del empobrecimiento de la mayor parte de la población mundial. 

Esta ideología afirma ser continuadora del antiguo liberalismo”, ideología que impulsó la Revolución Francesa y sustituyó el “antiguo régimen” feudal-monárquico. Este nuevo sujeto histórico liberal fue el creador del Estado Moderno y sus ideales democráticos de “Libertad- Igualdad y Fraternidad”, y de los “Derechos del Hombre y del ciudadano”, desplazando así a la opresiva oligárquica y su alianza “Trono-Altar”. Los liberales iban contra todo lo que frenara la libertad de pensamiento y de organización. En su versión socialdemócrata, consideraba válidas la propiedad estatal de algunas empresas, la redistribución de la riqueza y las intervenciones regulatorias del mercado, para evitar monopolios y la guerra sucia. A principios del siglo XX, para afrontar la gran crisis de la I Guerra Mundial, aparecieron las versiones “clásica” (Adam Smith, David Ricardo) y “neoclásica” (J.M. Keynes). Con ellos también se difundieron algunos dogmas de la supuesta “ciencia” económica. 

Aunque los neoliberales se digan estar en continuidad con el liberalismo económico, sus propuestas son claramente diferentes. Los neoliberales proponen el mercado sin limitaciones, la propiedad privada absoluta, la maximalización de la ganancia y la minimalización de los costos. Propugnan también el crecimiento económico sostenido como base para el bienestar, lo que produce también desastres ecológicos. Además, si el liberalismo clásico se deslinda del régimen monárquico feudal y su nexo con la Iglesia Católica, ahora ellos pactan con sus antiguos rivales conservadores y apoyan ciertas corrientes de espiritualidad, intimistas y desvinculadas de todo compromiso social (incluyendo algunas versiones cristianas). 

  1. Conquista militar del mundo  

La inquietante guerra suscitada por la invasión de Rusia a Ucrania, visibilizó mejor la fragilidad del actual orden mundial. Aunque se trata de una guerra multifactorial -se combinan los factores militar, económico, financiero, geopolítico, comunicativo, etc.-, lo militar aparenta ser la causa principal: la industria armamentista es el gran negocio del mundo. Según el informe anual del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), en 2020, pese a la pandemia, el mundo gastó casi dos billones de dólares en armamentismo (1,98 bdd), un 2,6% más que el año anterior. Con ese dinero el hambre crónica quedaría desterrada y tendríamos un mundo más seguro. Quince días después de la invasión rusa a Ucrania, del 24 de febrero 2022, la industria de las armas había ganado un 10% más.  

No es gratuito que el negocio de las armas goce en Estados Unidos de absoluta libertad. El aspecto comercial está estrechamente unido a lo financiero y a lo militar, y estos factores, a su vez, se subordinan al objetivo principal, que es de orden geopolítico. Estados Unidos parece estar perdiendo su hegemonía en el mundo, a pesar de mantener aún la fortaleza de su moneda y de su potencial bélico. Según el analista geopolítico Alfredo Jalife, el mundo estaría pasando, de la globalización neoliberal a la regionalización, el refuerzo a las soberanías y a los nacionalismos, y el paso hacia la bipolaridad. Aunque en lo financiero, China se encuentra aún por debajo de Estados Unidos, en lo comercial ya le ganó la partida; mientras que Rusia ha desarrollado mejor tecnología militar que Occidente (por ejemplo, sus misiles ultrasónicos, indetectables por los radares). La pretensión de neutralizar a Rusia ya se veía venir desde los años 80’s, con la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La OTAN, aliada de Norteamérica, fue incorporando varios de aquellos países, instalado en ellos bases militares, con armas nucleares, químicas y biológicas (que se pueden esparcir desde el aire). La invasión rusa a Ucrania pudo tener argumentos defensivos válidos; pero la torpeza de Putin –amenazar a Estados Unidos de bombardeo nuclear–, y la respuesta de este país, con imposición de sanciones económicas irracionales, pusieron al mundo al borde de una guerra nuclear, con riesgo del exterminio de la especie humana e incluso de la vida misma del Planeta (el calentamiento global se dispararía enormemente). Entre las declaraciones que se cruzaron en esos días, destaco la de un funcionario importante estadunidense, advirtiendo que su país no está dispuesto a perder la hegemonía mundial y su papel histórico del dominio mundial. 

Para posesionarse del mundo, más que el armamento, Estados Unidos se propone el control del trinomio energéticos, agua y alimentos. Si la causa de todas las guerras del siglo XX fue el “oro negro” (petróleo), la del siglo XXI será el “oro azul” (agua). Enormes empresas, vinculadas a los grandes Bancos, se están apoderado del agua del mudo, a base de privatizaciones (en Bolivia llegaron, incluso, a privatizar el agua de lluvia).2 La rapacidad para apoderarse del agua es total y acelerada. Pese al énfasis en las energías “limpias”, el petróleo seguirá siendo insustituible por varios años más. Estados Unidos, para extraer petróleo por la técnica del “fracking”, necesita de grandes cantidades de agua (para un solo pozo requiere entre 2.5 y 7.5 millones de litros). No obstante que Estados Unidos tiene suficientes reservas de petróleo para su consumo, al menos hasta que las energías renovables se impongan, para su ambición de la hegemonía mundial requiere de más. No hay que olvidar que Rusia y China tienen cantidades de gas muy superiores a las de EEUU, y que Ucrania es el principal país en alimentos.

Espionaje generalizado 

La hegemonía -como dijo Gramsci- no puede darse sin coerción y sin consenso. Este último se obtiene mediante la ideología de la economía como “ciencia dura”, inalcanzable para los profanos. Pero como este dogma va perdiendo credibilidad, la coerción tendrá que incrementarse. Por ahora parece bastar la simple intimidación, mediante un espionaje generalizado, pero sin ocultarse del todo, bastando que se sepa que existe y que es omnipresente. 

El espionaje actual es total, invasivo e invisible; supera a la ubicua cámara del Big Brother –en la novela prospectiva de George Orwell— que al mismo tiempo que difundía mensajes y órdenes, escuchaba y vigilaba. Estos televisores se instalaban obligatoriamente en todas partes, hasta en las habitaciones del hogar y no se podían apagar. Actualmente, la televisión orwelliana es sustituida, con mayor eficacia, por nuestro IPhone. Algunos celulares -televisores, refrigeradores, laptops, etc.- tienen micrófono incluido, que funciona incluso cuando están apagados. Se apoderan de nuestras conversaciones íntimas que, aunque se borren de la pantalla, ya quedaron archivadas. 

Por este omnipresente espionaje, el Uber se encarga de informar dónde vivo, a quienes frecuento, a dónde suelo ir, a qué médicos consulto, etc. Para mi primer viaje, una empresa de taxis por teléfono me pidió mi fotografía (ahora ya pueden localizarme en una manifestación de protesta). Mi tarjeta de crédito bancario proporciona información sobre mi condición económica, los movimientos periódicos que hago y cuál es mi estilo de vida. Por mis facturas de farmacias, saben las enfermedades que padezco. Al darme una tarjeta de puntos para descuento, tuve que enterar a la Tienda de Conveniencia (autoservicio) sobre lo que suelo comer, en qué cantidad y cuando suelo hacer mis compras… Toda esta información, se combina y se almacena en megabases de datos en cierto país, a las que -lo más terrible-, dos millones de personas tienen acceso.     

Por supuesto, ninguna persona nos está escuchando. Podrían hacerlo: una camioneta estacionada cerca de mi casa, podría estar grabando una conversación entablada con unos amigos en la sala de mi hogar; pero esto lo hacen los robots, programados con el método lingüístico de frecuencia verbal: un bot selecciona una palabra identitaria (p.ej., “socialismo”, “gay”, “Dios”), y automáticamente, el bot cuenta las veces que se repite, y si dicha palabra posee en la frase connotación positiva, negativa o neutra, así como las palabras con las que se relaciona más. Un dron, desde el espacio, posee una cámara de amplificación, capaz de ver y fotografiar, por ejemplo, la hora que marca el reloj de un bañista acostado en una playa remota. El espionaje puede completarse con acciones represivas ilocalizables: un dron invisible puede dirigir una bomba “inteligente” al número del celular de alguien que está dentro de un auto estacionado (como la bala islámica que -según se dice- asesinó al director de la revista francesa de caricaturas irreverentes sobre Mahoma, “Charlies Hebdó” o, quizás, Bin Laden haya sido asesinado cuando salió de su cueva escondida en algún lugar de Afganistán)… y esto, por no hablar de los programas “legales” de espionaje político, como el “Pegasus” israelí 

Actualmente, una inteligencia artificial crea 40 000 armas químicas más letales en 6 horas (revista “Muy Interesante”) 

 

 

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