DECIDIR EL FUTURO:
“REINO DE CRISTO” VS “REINO DEL “ANTICRISTO”
De la utopía al “utopismo”
Para mantener su posición hegemónica, el grupo dominante cambia su discurso. ahora habla de “la muerte de las utopías”. El famoso politólogo neoliberal norteamericano, Francis Fukuyama (1952), hace unos años afirmó, sin ambages, que ahora, el mundo había llegado al “fin de la historia”. Ciertamente, no será ese el “final feliz” utópico en el que habíamos soñado y que el consumismo neoliberal nos había prometido; pero al menos, será “el mejor de los mundos posibles” (“The Wondefull World”, como cantaba Louis Armonstrong). Junto a la demolición de los nacionalismos, las economías y las creencias, vivimos la demolición de los sueños y de las esperanzas (y cuando la esperanza se pierde, no caben las resistencias, sino la sumisión total). ¿Estamos ante la derrota del Bien bajo el Mal?
Futuro probable, futuro deseable, futuro posible
Para el fin del mundo, todo hace parecer que ya no habrá cabida para un futuro deseable utópico, y que su futuro más probable será distópico; aunque todavía, un fin así no es inevitable. Ahora nuestro campo de disputa se centra en el futuro posible: lograr salvar de nuestro mundo lo más que se pueda.
- Pensar el presente desde el futuro
El tiempo y la historia iniciaron con la especie humana, y habrán de concluir cuando dicha especie se extinga. Por ser temporales, somos capaces de rastrear el pasado, llegando aún hasta la memoria y el inconciente colectivos. De igual manera, también somos capaces de prever el futuro al que, tendencialmente, nos dirigimos (el “pensamiento prospectivo”). El “sapiens sapiens”-el “mono sabio”- aprendió que todo lo que vemos tuvo un inicio y tendrá un fin. Cada uno de nosotros, también, sabemos que, así como fuimos engendrados, algún día moriremos. Somos, dice Heidegger en su “Ser y Tiempo”, un “ser-para-la muerte”, y de ahí la angustia existencial. Los animales no saben que van a morir, y por eso no se angustian. Pero como a nuestro “Dasein” (el humano como “Ser-ahí”) la angustia le resulta insoportable, prefiere evadirse de ella, sumergiéndose en la “enajenación” –como describe Heidegger- “andar de aquí para allá, curioseándolo todo, chismeando de todo, viajando a cualquier parte”. Pero si por alguna circunstancia, cobrara conciencia de su muerte, de la fragilidad de su ser y de su nada, entonces recobraría el sentido de la vida y la autenticidad.
Por cierto, esta idea ya la había planteado San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales. En una de sus primeras meditaciones, ponía al “ejercitante” tendido en el piso, entre cuatro candeleros, evocándole el momento de su agonía:
“Imagínate a ti mismo en el momento de la agonía, con el semblante pálido y cadavérico, la respiración difícil y casi apagada”.
Algunas personas que hubieron superado una agonía relatan haber visto una especie de túnel con una gran luz a la salida, y que entonces vieron pasar rápidamente su vida entera, como una especie de “flash back”. San Ignacio supone algo parecido a ese “flash back”, e imagina que entonces, se detiene justo en la etapa que está viviendo el ejercitante. Viendo su actual situación “sub specie mortis” (desde la perspectiva de la muerte) ¿seguiría viviendo de la misma manera como lo hace ahora? La experiencia del fin, “desenajena” el presente, hace que vivamos la vida con mayor conciencia, sin enredarnos en los múltiples pasatiempos con los que la sociedad de consumo nos divierte o entretiene, para apartarnos del angustiante pensamiento de morir.
Los films del danés Ingmar Bergman (1918- 2007), inspirados en su paisano el filósofo Kierkegaard, hablan de esto. En “Fresas Salvajes” (1956). El sueño premonitorio de un anciano (en una calle solitaria, pasa una carreta, de la cual cae un ataúd. El anciano se acerca y lo abre, sorprendiéndose al verse a sí mismo como el difunto), le provoca ir a visitar a su anciana madre quien, durante la visita, sólo le recrimina el abandono en que la tiene. En el trayecto, sube a su auto a dos muchachos autostopistas, con quienes entabla un diálogo sobre la muerte (teniendo como fondo simbólicamente el mar), y esto le hace replantear su existencia.
En “El Séptimo Sello” (1957) durante la peste medieval, un caballero tiene un encuentro con la Muerte quien se lo quiere llevar. El caballero utiliza como recurso retar a la Muerte a un juego de ajedrez, y la partida se prolonga durante toda la película. Simultáneamente, el trovador de un teatro ambulante escenifica una obra sobre la muerte. El teatrero, biófilo y tierno amante de su mujer, sirve de contrapunto en la película. Durante el desarrollo del tema, el caballero va viendo su vida de otro modo. Mediante un engaño (la Muerte se disfraza de confesor) le revela cuál será su táctica, y finalmente se lleva al caballero, terminando con la Danza Macabra.
Una anécdota de San Isidro Labrador o jornalero agrícola: en un descanso para el almuerzo, un compañero les plantea a los demás una pregunta: “¿Qué harían ustedes si supieran que van a morir mañana?”. Uno de ellos se da un palmazo en la frente y de inmediato responde: “Iría a hacer el testamento para mis hijos, pues lo he estado posponiendo”. Otro dice: “Iría a la Capital, pues no quisiera morir sin haberla conocido”, y así los demás. Finalmente le preguntan al santo –“Y tú, Isidro ¿qué harías?” –“Yo -dice-, seguiría arando”. –“¿Pero ya para qué, si ya te vas a morir?” -Bueno -dice Isidro- a alguien le servirá. El santo estaba ya totalmente preparado para el Encuentro.
Esta dinámica puede sernos útil para evitar la probable “distopía”. Afrontarla hoy, imaginando que ya estamos en ese horrible futuro, y pensar qué nos hubiera tocado hacer hoy (en el tiempo que vivimos), para evitarla o al menos, retrasarla. Saliendo del negacionismo, que nos enajena pensando este futuro probable como algo muy lejano, o que la Providencia desde el Cielo lo solucionará, ¿proseguiríamos tranquilos nuestra vida, engañándonos con el imaginario del Planeta ilimitado? ¿La peor de las alternativas distópicas sobre nuestro futuro, será fatalmente inevitable?
Tenemos que ser concientes, además, del poco tiempo que contamos para implementar un plan alterno, pues parece que ya está llegando el implacable punto de “no retorno”, la irreversibilidad, que acelerará los procesos de destrucción: el calentamiento de la tierra ya está provocando migraciones ecológicas, la desaparición de islas y ciudades costeras, nuevas enfermedades tropicales en países donde antes no había… de hecho, ya es constatable que la agresividad de los trastornos meteorológicos se va acelerado: baste consultar el registro de los últimos cincuenta años de ciclones, tempestades, inundaciones, sequías, ondas cálidas, etc. Parece que la última y trascendental decisión que tiene la humanidad para no entrar al punto de no-retorno, la habrán de tomar los niños que han nacido ya.
- ¿Cómo queda la Utopía de Jesús?
Frente a la fatalidad de un inminente futuro distópico probable, antes de caer precipitadamente en la frustración y darnos por derrotados, los creyentes hemos de apoyarnos en nuestro futuro deseable: la utopía que Jesús nos prometió. La esperanza es constitutiva del ser humano. El interés por el futuro -que nunca se ha perdido en la historia- es una prueba de que la vida siempre es búsqueda de un futuro mejor. Los humanos vivimos en la medida en que estamos abiertos a la esperanza.1 Cuando falta la esperanza, perdemos el futuro y nos quedamos tan sólo con el presente, al que hay que extraerle el máximo de placer posible. De ahí el “entre-devoramiento” egoísta y las vidas vacías.
Jesús llamó a su utopía, “Reino de Dios” que, para un pueblo teocrático, era subyugante. Se trata de una sociedad universal -primer proyecto de globalización en toda la historia-, en la que todos convivamos en la fraternidad, la verdad, la justicia y la paz. Como creyentes, sabemos que ese sueño será realidad, pues Jesús mismo vivió y murió por ese futuro, que tanto le apasionaba. Aunque la crucifixión podría dar pie a una esperanza ilusoria y a la apariencia de que el mal prevalecería sobre el bien, Dios nos dio una prenda de esperanza, resucitando a su Hijo. Es verdad que esa utopía podría realizarse, simplemente, proyectándola hacia un futuro escatológico; pero podemos -y debemos- irla construyendo desde aquí, en la historia (¡ya; pero “aún no”!). La principal función de las utopías es inspirar el rumbo de nuestras luchas, hasta que llegue el fin del mundo; por más que Jesús no haya predicho ni el cuándo, ni el cómo sería. Habiendo conocido el distópico futuro probable, quienes nos comprometamos a hacer algo por evitarlo, hemos de tener nuestra cabeza puesta en el Cielo de esta utopía, soñando en nuestro futuro deseable; pero al mismo tiempo, tener nuestros pies bien arraigados en la Tierra, trabajando, humildemente, por un futuro posible. Hay que confiar en ese poder que siempre ha tenido el ser humano de trascender el momento y mejorarse a sí mismo. Tan sólo no olvidar el ritmo de urgencia de nuestras decisiones. Dados el avance del proyecto de muerte, la inminencia de su llegada y la lentitud de la toma de las conciencias, esto tendrá que hacerse en el tiempo en que nos toca vivir y en la situación en que cada uno de nosotros se encuentre.
Salvar al Mundo
Estamos en el momento de la acción: ¿qué puedo hacer yo para salvar el mundo? Para responder esta interpelación, presento dos sugerencias: atender a los “Signos de los Tiempos” y soñar en posibles “Arcas de Noé”
- Escudriñar los “Signos de los Tiempos”
En cierta ocasión en que Jesús enseñaba a sus discípulos -la mayoría, gente de campo-, los recriminó con estas palabras:
“Cuando ustedes ven que una nube se levanta del ocaso, ustedes dicen: tenemos tempestad, y así sucede; y cuando ven que sopla el aire del mediodía, dicen: hará calor, y lo hace. Hipócritas, si saben pronosticar por los varios aspectos del cielo y de la tierra, ¿cómo no conocen los signos del tiempo presente?” (Lc 12, 54-56).
Sabemos que el Espíritu de Cristo resucitado está actuando en el mundo –no de una manera directa (moviendo directamente el curso de los acontecimientos), sino mediante acciones humanas–. Para ello nos comunica sus dones y sus virtudes (entendimiento, prudencia, fortaleza…). Entre estos, está el don de discernimiento: conocer qué espíritu anima tal moción, tal movimiento, tal discurso, tal persona… Porque junto con el Espíritu de Cristo resucitado, también está actuando el espíritu del Anticristo, que -como dice San Juan de la Cruz- “con frecuencia se disfraza de Ángel de Luz”, o también puede satanizar aquellas mociones o personas que son guiadas auténticamente por el Espíritu Santo, para desprestigiarlas (pecado imperdonable contra el Espíritu).
El “Altermundismo”, signo de nuestro tiempo
Uno de los “signos de los tiempos” más esperanzadores, es el “movimiento altermundista”. En 1998, en la ciudad de Seattle, se reunió una Cumbre organizada por el Foro Económico Mundial, para impulsar el modelo neoliberal. Para esta coyuntura, grupos coordinados de movimientos y organizaciones no gubernamentales de todo el mundo -que en esos momentos estaban impulsando la “Carta de la Tierra”- se congregaron en la misma ciudad de Seattle para formar el “Foro Social Mundial”, como alternativa para el Foro Económico Mundial (de los ricos). De allí inició el movimiento altermundista, que más tarde se confirmó en Génova, Italia y en Porto Alegre, Brasil, con el slogan de “Otro Mundo es Posible” (no en el sentido consolador de “otro mundo” escatológico, que nos llegaría del Cielo después de la destrucción del Mundo actual, sino para darle a nuestro Planeta un final diverso al que probablemente se avecina). Prevén que el modelo actual de desarrollo, depredador e irresponsable, nos está llevando a la inminente catástrofe apocalíptica, a causa del error cosmológico de considerar a nuestro Planeta como ilimitado, como algo “nuestro”, poseído en propiedad (“Tomad la Tierra y sometedla”), del que podríamos hacer con él lo que nos viniera en gana.
Se requiere ponerle límites éticos al desarrollo y al mercado, y para ello, se propone el “desarrollo autosustentable”, imponiendo al consumismo las “tres erres RRR” (Reciclar, Reducir, Rechazar). Hay grupos que se reúnen periódicamente para educarse en común (“yendo contra nuestros propios intereses”), o para incorporar de alguna forma los energéticos alternativos renovables… Con esto y con algunos cambios socioculturales en favor de la ecología, los derechos humanos, la igualdad de género, la democracia participativa, etc…, podríamos tener un Planeta para varios siglos más.
- Soñar nuevas “Arcas de Noé”
Quizás ya sea demasiado tarde para detener los procesos irreversibles; quizás no logremos evitar grandes catástrofes que ocasionen numerosas defunciones. Aún entonces podríamos hacer algo entre los sobrevivientes, creando una red de comunidades que funjan como “Nuevas Arcas de Noé”.
Es momento de fijarnos en la “autosustentabilidad de los pueblos originarios, que gracias a la discriminación que sufrieron en sus “zonas de refugio”, quedaron ahora al margen del mortal sistema tecno-científico. Pero también podemos fijarnos en otras utopías alternativas, como las dos que presento a continuación.
- La “Era de Acuario”
La astrología nació en Asiria. Para orientarse en aquel inmenso desierto, donde sopla el “Simún” –fuerte viento que en poco tiempo cambia de lugar las dunas de arena o hace aparecer otras nuevas–, no hay otra forma de orientarse más que por las estrellas (según los astrónomos, aquella es la región donde pueden verse mayor número). De modo que las caravanas de comerciantes, observando el cielo, localizaron conjuntos de estrellas agrupadas de cierta manera. Se fijaron en doce, que forman un sistema giratorio. Para reconocerlas, las imaginaron con ciertas figuras: las constelaciones zodiacales. Dentro de ese circuito, hay un punto fácil de localizar, que funge como referencia, al que llamaron “Casa”, la cual es ocupada aproximadamente cada mes, por una constelación diferente, y que cambian en el hemisferio Sur. Los asirios pensaban que los astros influían en las personas, así que a aquellos que nacen en mismo mes -cuyo su signo ocupa la “Casa” principal-, se les atribuyen ciertos rasgos caractereológicos comunes y ciertas oportunidades favorables.
No sólo las personas son objeto de influencia astral, las constelaciones zodiacales también influyen en los rasgos generales de larga época. Decíamos que el zodiaco se mueve en un circuito marcado por la “Casa” dominante; pero, además, todo ese circuito gira en torno a cierta constelación zodiacal aparentemente fija; aunque, en realidad, también gira, cambiando cada 2,000 años, y es la que marca las Eras Astrológicas. Hace aproximadamente 4,000 años, ese centro le tocó a Aries, el Cordero, que recordando a Abraham y el intento de sacrificio de su hijo Isaac, marcaría el Antiguo Testamento. Dos mil años después entro la Era de Piscis, que es Cristo, cuyo signo, el Pez, se expresa en el acróstico ,“ixzys” (Iesus Xristós, Zeus Uyos Soteros, “Jesucristo, Hijo de Dios”). Esta Era se caracterizó por la fe y las religiones: edad de dogmatismos y luchas religiosas. La entrada del III Milenio marcaría la “Era de Acuario”, la “New Age”.
Esta coincidencia astrológica fue reinterpretada y manipulada por la esoteria Rosacruz (el grado XVII de la masonería), para difundir su ideología, según la cual, la llegada de la “Era Acuario”, se caracterizaría por Paz, Amor, Iluminación, Libertad, Tolerancia, Ecología y el sincretismo de religiones (ya no se confrontarían, sino que se complementarían). Todo esto dio pie movimiento “New Age”, que fue, una moda, una espiritualidad con influencia oriental, una etiqueta que concentrará todo un estilo generacional (incluyendo las nuevas tecnologías de comunicación y el relativismo que estas provocan).
También la ideología de cambio de época fue aprovechada por el narcotráfico mundial para promover las drogas alucinógenas, y con ellas, el rock electrónico sicodélico, modas, posters, pipas de agua… y cierto estilo de vida: el movimiento “hippie”. El consumo de estas nuevas drogas modificó comportamientos y conflictos familiares: muchachos y muchachas tuvieron que abandonar prematuramente su hogar, se hacinaron en cuartuchos y haciendo de la precariedad, poesía, se dejaron crecer el cabello, denunciaban el consumismo y se reconocieron como embrión de “comunas”. Los más concientes o con más posibilidades, se trasladaron al campo, formando “comunas rurales”, donde realizaron su utópico estilo de vida: plantaban sus propias verduras, acarreaban agua, cortaban leña, hacían sus propios adobes para construir sus propias casas y liberaban mayor tiempo de ocio, para la música, el dibujo o la meditación trascendental.
Este movimiento llegó a México; pero no de forma mimética. En Estados Unidos, los hippies provenían de los “Beatnicks”, literatos adictos a las drogas heroicas, y para buscarlas, se conectaron con los guetos negros. Aquí en México, los “xipitecas” 2exploraron con drogas sicoactivas naturales, como el peyote de los huicholes o los hongos de los mazatecos. Los indígenas los consumían ritualmente, bajo guía y en cantidades prescritas. Para conseguirlos, tomaron contacto con los pueblos originales y con la naturaleza exuberante de la Sierra. Modificaron su atuendo, incluyendo a la manta y paliacates en sus pantalones acampanados, morrales, huipiles, jorongos, huaraches, etc.
Se decían ser los pioneros de una nueva cultura universal, en la que todo mundo tendría que irse a vivir al campo. Aparte de la ingenuidad de esa propuesta, la principal objeción que se les planteaba era que ese mundo utópico no iba a venir de las estrellas (astrológicas), sino que nosotros teníamos que construirlo, y que eso implicaba una transformación cultural total. Alguien respondía que, “en todo caso, si el “Sistema” (Stablishment) se derrumbara, la propuesta xipiteca podría brindar ensayos para ser aprovechados el día de mañana”.
- La “Sociedad Convivial” de Iván Illich (Viena 1926- Bremen 2002)
El pensamiento de este autor, de cierto anarquismo, cuestiona el modelo moderno y capitalista de la sociedad de masas, y centra su crítica en las instituciones claves de dicha sociedad: la educación escolar, la medicina profesional, el modelo del trabajo explotador del fordismo, el consumo voraz de energía, la denuncia a la falta de equidad y la negación de la justicia social.
Su institución más conocida en México fue el “Centro Intercultural de Documentación” (CIDOC), fundado en 1966, en Cuernavaca, México. Inicialmente, fue un centro de enseñanza del español para los misioneros extranjeros que venían a trabajar pastoralmente en Latinoamérica: pero se fue convirtiendo en un lugar de reflexión y crítica, al que asistieron grandes personalidades, como Peter Berger, Paulo Freire, Erich Fromm, Sergio Méndez Arceo, etc. (los dos últimos, avecindados en la misma Cuernavaca). Logró recabar una gran colección de documentos sobre la problemática de Latinoamérica. Lamentablemente, diez años después de su fundación, por conflictos con el Vaticano y con el presidente Echeverría, el CIDOC tuvo que cerrar.
Illich es implacable en sus críticas hacia las instituciones de la sociedad moderna, infectadas por el “consumismo” de los especialistas. Critica a la institución educativa: “para la mayoría de los seres humanos, el derecho a aprender se ve restringido por la obligación de asistir a la escuela». La educación, tal y como se vive en las escuelas, se reduce al consumismo, forzando a los aprendices a cursar un currículo obligatorio. Sostiene que, en su mayoría, los aprendizajes obtienen su capacitación fuera de las aulas.
En “La Mafia Blanca” cuestiona la institución médica, que, dice, “causa más enfermedades de las que dice curar”; el sistema de transporte está diseñado para fomentar el uso del automóvil. Las carreteras permiten al 1% privilegiado de la población, trasladarse a grandes velocidades; mientras que la mayoría de la gente no pasa de los 60 kms., en una red de caminos locales. En la sociedad industrializada la herramienta se vuelve contra el hombre, poniendo a este al servicio de aquella. En contraposición, la “sociedad convivencial” que él propone, sería “aquella en la que la herramienta moderna esté al servicio de la persona integrada a la colectividad y no al servicio de un cuerpo de especialistas. Convivencial es la sociedad en la que el hombre controla la herramienta”.
Iván Illich no presenta un modelo para un fin de la historia, sino, según lo entiendo, un estilo de vida alternativo, más bien pequeño, de buen ingenio inventivo y que iría gestando formas nuevas de aprendizaje, viviendo con mayor autonomía y relacionadas con otras similares, mediante trueque de productos y servicios. Ante la amenaza distópica que estudiamos, sus propuestas serán de gran utilidad para los sobrevivientes.
JUICIO DE LA ESPECIE HUMANA EN SU TOTALIDAD
En el tiempo que nos tocó vivir, la pregunta sobre el fin del mundo vuelve a flotar en el ambiente. Dándole la espalda al “negacionismo” -indiferente, enajenante, irresponsable-, que piensa que el fin del mundo no es tan probable, o que tardará mucho el llegar, o que la Providencia Divina no lo permitirá, etc., otros muchos están convencidos, por los argumentos ya expuestos y se preguntan por lo que nos tocará hacer en favor de ese “otro mundo posible”. Todos estamos interpelados a optar entre apoyar el “Reino de Cristo” o apoyar el “Reino del Anticristo”. No querer pronunciarnos es ya una forma de optar, por omisión. Nos encontramos ante el Juicio de Dios a la historia.
Para la teología cristiana el “fin del mundo”, coincide con la II Venida Escatológica de Cristo, para realizar su Reino cósmico y universal. Para San Marcos (Cap. 13) el discurso de Jesús no es propiamente una premonición visionaria, sino más bien advierte sobre acontecimientos de máxima importancia. Como en casos parecidos del Antiguo Testamento, los hebreos utilizaban narraciones simbólico-míticas, rubricada por el cosmos mismo (“El sol se oscurecerá, la luna no alumbrará, y las estrellas caerán o amenazará ruina” v.24- 25). Los primeros destinatarios de su Evangelio conocían este estilo y sabían que era el adecuado para tratar el tema y, como sucedía con el Apocalipsis, no creo que los cristianos de entonces lo tomaran al pie de la letra.
En segundo lugar, parece que los evangelistas mezclaron dos profecías de Jesús: la conquista de Jerusalén por Tito –que sucedió en el año 70 AC, cuando muchos contemporáneos de Jesús aún vivían (“En verdad les digo que no pasará esta generación sin que estas cosas se cumplan” v 36)-, y otro discurso sobre el fin del mundo. Es probable que Marcos haya escrito este texto después de la revuelta, y el vaticinio de Jesús se aluda a algunos detalles: —“Ved estos magníficos edificios, pues no quedará piedra sobre piedra; todo será destruido” (v.2)-, quizás les dejó impresionados el recuerdo de que, cuando quemaron el templo, el fuego fundió el oro de ofrendas y recubrimientos, por lo que los soldados tuvieron que raspar “piedra sobre piedra” para extraer el oro.
En Jesús no nos aclara mucho sobre el fin de la historia: deja inciertos el cuándo sería el fin del mundo (“en cuanto el día o la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, para revelároslo, sino sólo el Padre” v.32) y, en cuanto al dónde, su Segunda Venida no será en un lugar definido, sino “como esos relámpagos que iluminan todo el firmamento simultáneamente”. Su Reino no se concretizará plenamente en ninguna situación histórica concreta, como en algunos casos se ha abusado, tratando de justificar determinado régimen, como si esa institución fuera ya el cumplimiento pleno de la llegada del Reino (“Entonces, si alguno os dijere: Ve aquí el Cristo o vele allí, no lo creáis”. v. 21). Así como dejó a su creatura humana, al crearla, la libertad de terminar su propio proceso evolutivo, le deja ahora a su libre elección, decidir cómo será fin de la especie.
En su “Parusía”, Jesús convocará a todos los humanos nacidos en este mundo -desde hace unos 300,000 años hasta el momento en que perezca el último sobreviviente de dicha especie-. Entonces volverá el Hijo del Hombre rodeado de su Gloria, y dividirá a toda la humanidad en dos grupos, poniendo a los ovinos a su izquierda y a los caprinos a su derecha,3 y les preguntará a todos: “A ver hijitos: ¿qué hicieron ustedes con la Tierra que les encomendé desde el principio? Yo se las dejé muy bonita: el Paraíso de la “Edad de Oro”. Es cierto que su primera elección resultó fallida: pero mi Padre les dio una segunda oportunidad, y me envió a mí, su Hijo único, para redimirlos. Yo me entregué con todo amor, a luchar por mi Utopía, y les dejé los fundamentos para construirla. Aunque sé que la carne es flaca y que la línea divisoria de esta tremenda opción suele atravesar por en medio de cada uno de ustedes, la opción no se dio en un instante -no se decide así en algo tan trascendente). Se trata de un proceso que se va dando, mediante una serie de pequeñas decisiones… pero finalmente, se tiene que tomar partido: o bien optar por mi Reino, o bien, optar por el Reino del Anticristo y estropear el plan amoroso de Dios. ¿Por cuál alternativa optó cada uno de ustedes?
Entonces, responderán las ovejitas “siniestras” (zurdas): “Señor, mira que fuimos de cabeza dura; pero finalmente, aprendimos que nuestro desarrollo tendría que ser “autosustentable”, reciclando lo sobrante, evitando la contaminación, cuidando nuestros recursos, solucionando nuestros conflictos con la no-violencia y la legalidad internacional. Aprendimos a vivir mejor, utilizando racionalmente los recursos del Planeta, evitando el consumismo, y distribuyendo equitativamente la riqueza de nuestra Madre Tierra, para que alcanzara para todos; aunque tuviéramos que cambiar nuestro insensato estilo despilfarrador de vida. Aquí tienes la Tierra que nos diste en custodia, te la devolvemos un poco estropeada; pero nos acogemos a tu misericordia”. Entonces el Señor invitó a sus corderitos a que se alegraran, descubriendo los “Nuevos Cielos y la Nueva Tierra”, transfigurados en la resurrección, quedando inmersos en la totalidad amorosa del Padre.
Entonces el Señor se dirigió a los “diestros” de la Derecha caprina, indignado porque, debido su irresponsabilidad, la Tierra concluyera en el caos apocalíptico, y fueron condenados a vivir en ese caos. Los de la Derecha no tuvieron mucho que alegar, y despreciaron el mezquino Planeta que les tocó. Les sorprendió que en su infierno no hubiese llamas; sino la tremenda soledad en una vida vacía.
A diferencia de San Marcos, el relato que hace San Mateo sobre el Juicio Final (25, 31-46), parece no versar explícitamente sobre la especie humana en su conjunto, sino que se dirige a cada persona concreta. Extraña que el objeto del juicio no sean los pecados por “acción” (los Diez Mandamientos), sino los pecados de “omisión” (las Obras de Misericordia), la falta de solidaridad que, pudiendo remediar fuertes carencias de otro, por indiferencia, “pasaron de largo”. Jesús se pone Él mismo como sacramento en cada persona vulnerable: “tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, fui peregrino y me hospedaste estuve enfermo y me visitaste, estuve en la cárcel y viniste a verme…” Es verdad que están los grande culpables: los de la pandilla de hampones neoliberales que se han apoderado de casi la totalidad de la riqueza mundial; quienes se enriquecieron con la corrupción y evasión de impuestos; quienes gastan en armamento lo que podría resolver el hambre, los que organizan sistemas de espionaje prácticamente totales; los que se acaban los recursos naturales y contaminan con sus “desechos” (“sobrantes”); los “informadores” que, en lugar de educar al pueblo haciéndoles ver la realidad como es, les vendan los ojos con las fake news, o compran a los comunicadores con sobornos “chayoteros”… Pero, en verdad, este sistema sólo se sostiene gracias a multitud de complicidades diluidas; no sería posible dar un mal fin a la historia, sin la cómplice tolerancia o indiferencia de muchos que, de una u otra manera se beneficiaron.