El aborto es una práctica que reprueban las conciencias de las mayorías. Como confesor, puedo testimoniar el trauma que ocasiona a muchas jóvenes que tuvieron que practicarlo y que se confiesan en medio de llantos y gemidos. En caso un embarazo no deseado, son las mujeres quienes lo sufren, aunque haya gran responsabilidad en varones: Comienza por el enojo del padre (“te dije que si salías con tu chistecito, no volverías a poner un pie en esta casa”); sigue con la instigación el novio (“Eso es cosa tuya: te advertí que te cuidaras. A lo más, te ayudo a que abortes”); continúa con la terrible práctica de los curanderos (remember “El Padre Amaro”) que practican abortos en condiciones espeluznantes, y termina, con los curas: el confesor le niega la absolución, pues tratándose de una excomunión “latae sententiae”, tiene que remitir a la penitente con el canónigo penitenciario (temiendo que vaya a ser un anciano mal geniudo que la sermonee). Las consecuencias del aborto la llevan, pues, las mujeres en su soledad. Precisando más, son las mujeres pobres -hasta hace poco, las jóvenes ricas, iban a San Antonio de “shoping” y regresaban tres días después ya sin la criatura.
Aunque no hay ningún dogma declarado, hay prácticamente unanimidad entre los católicos de que existe un ser humano desde el momento mismo de la concepción, hasta el momento de la muerte natural. No tengo razones para oponerme a mi Iglesia. Podríamos recurrir para ilustrarlo, al evangelio de San Lucas, en los pasajes de la Anunciación y de la Visitación. Cuando el Arcángel Gabriel pidió a María su consentimiento para la Encarnación del Verbo, ella no respondió: “en principio, sí; pero dame tres meses para pensarlo mejor”. En el preciso instante de su consentimiento, el Emmanuel, el Hijo mismo de Dios, se hizo “carne”, y desde entonces, habitó entre nosotros. De modo que cuando María, en un silencio imposible de guardar, decidió visitar a su prima (el ángel mismo le dio a entender que ella estaba en el secreto), la saludó diciendo “¿De dónde a mí que me visite la madre de mi Señor?” Esta era la creencia casi unánime de los moralistas.
Sin embargo, desde hace pocos años, la sexología científica se ha desarrollado mucho, y el movimiento feminista –reconocido por Juan XXIII como el primer signo de los tiempos- lucha por cuestionar la postura católica. Piensan que el embrión empieza a ser “humano” cuando el cerebro ya se encuentre maduro. Postura que incluso coincide con la de Santo Tomás, para quien el “alma humana” se va formando en un proceso que pasa por tres estadios sucesivos –vegetativo, animal y humano-, y que esto dura, tres meses si es masculino y cuatro meses si es femenino. Según esto, el aborto simplemente interrumpe el proceso; pero no sería “infanticidio”.
Actualmente, la Iglesia Católica no acepta esto y considera su doctrina como “derecho natural” (jusnaturalismo). Siendo congruente, exige al Gobierno que reconozca jurídicamente a la vida humana, a partir de su concepción. La otra posición alega en su favor al “Estado laico”, contrapuesto al “Estado Confesional” (“unión trono y altar”).
La posición del Estado laico es la siguiente: en casos de que haya controversia, no es legítimo que los Gobiernos se inclinen por alguna de las posturas –aunque sea la mayoritaria-. Por supuesto, las Iglesias tienen derecho a normar a sus fieles dentro del marco moral derivado de sus creencias; pero no tienen derecho a usurpar el aparato de gobierno para obligar a toda la colectividad a una postura determinada. Hace algunos años, la Iglesia alegaba representar a la mayoría de la población (hasta 1970 los católicos eran más del 99%); pero ahora el Estado le niega a la Iglesia esta facultad, aunque representase a la mayoría (cada vez menor: hoy 74%). El papel del Estado, según esto, se reduciría a convocar a las partes (al menos aquellas que sostengan argumentaciones con cierta solidez) para que confronten sus respectivos puntos de vista, e insta a ambas partes para que, si fuera posible, lleguen a consensuar un acuerdo (juspositivismo).
Tales negociaciones se ya realizaron: descartando los máximos extremos (reconocer humanidad desde la concepción, vs reconocerla sólo desde el nacimiento). Coincidieron en que al menos desde las doce semanas hay un ser humano –que es cuando el embrión ha alcanzado el inicio de su humanización cerebral)-. Por supuesto, el Estado laico reconoce el derecho de las Iglesias a pedir a sus cofrades la moral derivada de sus principios de fe, con tal de que renuncien a imponerlos a toda la colectividad. Incluso, sería aceptable la objeción de conciencia de realizar abortos, que presentasen los médicos católicos de las instituciones públicas de salud.
La Iglesia, sin embargo, insiste en su punto de vista, y esto la lleva a oponerse a la laicidad del Estado, que esto sólo pudiera darse en un “Estado confesional” (históricamente ya superado). Esta posición es respaldada, además, por los movimientos “Pro-Vida”, lo que coloca a la Iglesia en la ultraderecha, respaldada por poderosos sectores del empresariado y de Partidos políticos de Derecha. En los Foros Internacionales, la Iglesia tiene que aliarse con los países musulmanes o con extremistas evangélicos. La posición de los sectores jerárquicos dirigentes parece contaminada de prejuicios –complejo de persecución religiosa-, y que confunde privilegios con derechos. La laicidad estatal es ya una conquista irreversible y no es posible empeñarse en retrasar el reloj de la historia. Habrá que aprender a trabajar sin apoyos estatales, a establecer diálogo humilde con sectores que tengan otros puntos de vista y mantener su oposición al aborto no de modo intransigente (tachar a sus adversarios de “asesinos” o “infanticidas”). Se requerirá la reeducación a la feligresía para cambiar de una postura de oposición beligerante, a la del humilde diálogo que expone simplemente la postura católica, respetando a quienes, desde sus fundamentos, sostengan lo contrario.