C-19 ¡ALERTA!

Lc 12, 32-48

  • Parte de nuestra condición humana es la tendencia a vivir en la enajenación de la semiconciencia. Mucha gente realiza sus ocupaciones habituales por rutina, distraídos en tantas impresiones, rumiando recuerdos, tarareando mentalmente canciones insulsas o escuchándolas en nuestros audífonos, pendientes del último estúpido meme del Facebook; buscando pokemones mientras se conduce el auto… Se dice que habitualmente, el 90% del tiempo lo pasamos en un “stand-by” perpetuo. El fenomenólogo que mejor ha descrito esto es Martín Heidegger: según él, esta tendencia se debe a nuestra resistencia para vivir enfrentados a nuestra propia muerte, y para evitarlo, “andamos de aquí para allá, curioseándolo todo”
  • Vivir la vida en plena conciencia es prestar atención a lo que estamos haciendo. Leemos en un antiguo koan budista, que un discípulo preguntó a su maestro zen acerca del secreto de su sabiduría, y que el anciano respondió con este consejo: -¡Cuando comas, come; cuando duermas, duerme!” –maestro –respondió el discípulo-, eso lo hace todo el mundo. -¡No! –respondió el maestro-, la mayoría, cuando come, piensa, y cuando duerme, sueña. Por eso, Aldos Houxley en su novela “La Isla”, imagina un pájaro parlante que continuamente va repitiendo “Be here, now”, “¡Vive en el aquí y el ahora!” “Haz lo que estás haciendo”, prestando atención plena.
  • “¡Alerta!”, es una antigua palabra en desuso: en cualquier fortaleza hay siempre un centinela en vela, atento para percibir, en la oscuridad de la noche, el menor ruido o algunas lucesillas encubiertas… y si colige que se trata de algún enemigo embozado que pretenda sorprender… da el toque de “¡Alerta!”
  • De la videoteca de Jesús extraemos tres imágenes. En la primera, un antiguo criado visita a su expatrón y le confía lo que escuchó en la cantina -el viernes por la noche algunos malhechores piensan meterse a su casa-, y le recomienda que no diga a nadie que él se lo contó. Ese día, el paterfilias invita a unos amigos y a un policía, y se quedan en la casa, a oscuras y en silencio. A la madrugada, un silencioso forcejeo en la ventana y entran unas sombras. En eso, se encienden las luces y -¡Sorpresa te da la vida! ¡La vida te da sorpresas!-.
  • En la otra imagen, el paterfamilias regresa a su casa de una boda. Las buenas bodas de aquel tiempo solían durar hasta dos o tres días. No importaba, pues el viejo criado fiel estaba advertido. Una leve llamada a la puerta y se escucha el chancleteo del servidor, que después de cerciorarse que se trata del patrón, quita la tranca de la puerta y lo recibe con el candil en mano. El hombre encuentra la chimenea encendida, las pantuflas junto al sillón preferido y el café en la estufa esperando ser encendido en cualquier momento. ¡Todo en orden!
  • Pero en cambio, la tercera imagen hace referencia al paterfamilias que se fue de viaje, habiéndole encargado la casa al nuevo mayordomo. Después de llamar varias veces -¡por fin!- le abre un criado amodorrado, medio tomado. Encuentra la casa en completo desorden, dos borrachos desconocidos roncan tumbados en los sillones, la puerta de la alacena abierta y restos de longanizas y del vino. Más tarde vendrán las quejas de las criadas que fueron molestadas. Obviamente vendrán los castigos…
  • “Kayrós” es una palabra griega empleada en la teología bíblica para describir ciclos, tiempos, momentos trascendentes… “Kayrós” nos invita a “salir un poco de la autopista de nuestra vida, pisar el freno y a sentirnos un poco más ‘peregrinos´, en contacto con las maravillas que nos rodean, de las que somos parte y generalmente no nos tomamos el tiempo de apreciar”.
  • Estar atentos, vigilantes, fue la actitud que encargó Moisés a los hebreos la noche de su liberación. Debían tener todo listo, esperando la señal para salir de inmediato. Ya habían marcado la puerta con sangre del cordero, de modo que cuando el Ángel exterminador (acaso colectivo) entrara a las casas egipcias no marcadas (en todas esas casas había esclavos hebreos que pudieron quitar trancas de las puertas), estuvieron atentos al “paso” del Señor.
  • Aunque el Señor siempre está siempre presente, en algunas circunstancias llega cargado de Gracia. Por eso, un cristiano conciente está atento a los “Signos de los Tiempos” –serie de eventos significantes que indican el rumbo hacia donde el Espíritu guía la historia, en conexión con el proyecto de Dios conforme al Evangelio. Nos hace despertar y mantenernos vigilantes, escudriñando, cual centinela en su atalaya, para estar dispuestos a responder a dicha interpelación.
  • Es también nuestra atención prestada a la “presencia de Dios”, custodiando el Misterio de su existencia, en soberana majestad, desde nuestra pequeñez de creatura. Es la preparación habitual de nuestra muerte: En un momento de descanso, unos labradores charlan bajo la sombra de los árboles para tomar su almuerzo. “¿Ustedes qué harían si supieran que habrían de morir mañana?” –pregunta uno de ellos-, y los demás van respondiendo: haría mi testamento, viajaría a la ciudad a conocerla, hablaría con mi hijo diciéndole lo que siempre quise y no me atreví, etc. –¿Y tú, Isidro, qué harías?- y responde el santo –Seguiría labrando-. Se encontraba siempre preparado. ¿Pero ya para qué seguir labrando la tierra, si no vas a disfrutar la cosecha? No importa. Otro la aprovechará. Seguir haciendo lo que se está haciendo, con plena conciencia y pleno sentido.
  • La vida moderna nos proporciona múltiples distractores que obstaculizan vivir vigilantes, prestando atención a lo que es verdaderamente importante en la vida. Hemos de tratar liberarnos de tales impedimentos y vivir la vida con mayor atención, al Dios que existe y sale siempre a nuestro encuentro; al paso del Señor por la historia, atentos siempre a indagar lo que Él quiera de nosotros. No sea que pase de largo y desaprovechemos esos momentos trascendentes que pudieran haber marcado hitos en nuestra existencia, sacándonos del aletargamiento, dedicados a “comer, beber y emborracharse, como los malos servidores.

C-18 LAS RIQUEZAS

Lc 12, 13-21

  • El ansia de riqueza es una de las mayores motivaciones de la humanidad así como una de las principales causas de los problemas que nos aquejan. Aunque siempre ha existido, en los tiempos antiguos se realizaba mediante la acumulación de bienes; mientras que ahora, más que bienes acumulados, la economía financiera se realiza mediante derivados financieros, mercado de dinero, transacciones de control, de lo que se llama “economía de casino”, en la que ni el dinero ni los bienes se ven; pero que corren virtualmente, y los “bienes” del consumismo a veces son “experiencias de realización” (tales como los viajes). La finalidad, empero, sigue siendo la misma: buscar la maximalización de la ganancia.
  • La concentración de la riqueza ha llegado a límites hasta hace poco inimaginables: que el 1% de la población mundial controla el 99% de la riqueza globalmente producida; que el capital de las 63 personas más ricas equivalga a más de la mitad de la población mundial; que en México, el 0.18% de la población concentra la mitad de la riqueza nacional, y que haya 10 mexicanos que tengan 133 mmdd.
  • La actitud acumulativa revela primeramente su INSENSATEZ, pues después de cierto nivel de bienes poseídos ya no es posible añadir más para una vida confortable, hedonista y placentera. Revela también su CARÁCTER ILUSORIO, pues supone que el tener todas aquellas mercancías que ofrece la publicidad sea la vía para la felicidad. La avaricia, además –dice San Pablo en la segunda lectura-, “es una forma de idolatría”. Revela su FALTA DE ÉTICA: La ambición es fuente de otras actitudes pecaminosas, como la vanidad, la soberbia, la insensibilidad, la envidia. Pero sobre todo, comporta INJUSTICIA: la otra cara de la riqueza aberrante es la pobreza mundial. Los números estadísticos varían; pero digamos que la mitad de los habitantes del Planeta son pobres, de los cuales, hay unos mil millones en extrema pobreza (en México, el 55% es considerado pobre). Con la riqueza mundialmente producida, nadie tendría por qué pasar hambre o quedarse sin satisfacer sus necesidades básicas. Por eso, los antiguos Santos Padres dejaron escrito que “nadie tiene derecho de gozar de lo superfluo, mientras haya quien carezca de lo necesario”. Amontonar bienes conduce a ACTITUDES OPRESIVAS, ya que implica poder, que muchas veces se obtiene mediante la violencia y la expoliación. Por último, el principio de maximalizar la ganancia está conduciendo a la DESTRUCCIÓN DE LOS RECURSOS MUNDIALES y afectar el medio ambiente, al punto de poner en peligro la sobrevivencia misma de la especie humana.
  • Jesús lo expresa claramente con aquel terrateniente que obtiene cosechas abundantes, y que haciendo planes para ver dónde puede almacenarlas, muere esa misma noche. Todos moriremos algún día, y no nos llevaremos ninguna riqueza, obtenida muchas veces mediante la austeridad avariciosa. Una justificación del rico es pensar que está dejando un patrimonio para sus descendientes. Esto también es “ilusorio y gran desventura”, pues como denuncia el libro del Cohelet, en la primera lectura, “Hay quien se agota trabajando y pone en ello todo su talento, su ciencia y su habilidad, y tiene que dejárselo a otro que no lo trabajó”. Todos sabemos de jóvenes que derrochan frívolamente la herencia de sus padres, pues ya que no lo trabajaron, no aprecian el valor de trabajo que tal formar tal capital comportó. Además, los progenitores, pensando heredarles a sus descendientes un gran patrimonio, muchas veces dividen a los hijos mismos, pues es casi imposible agradar a todos (el 80% de los testamentos son impugnados por los descendientes). La mejor herencia para los hijos es el ejemplo de una vida virtuosa, dejarles una educación para la solidaridad y y proporcionarles herramientas para que ellos, con su propio esfuerzo, se realicen mejor que sus padres. Por esto Jesús no quiso ser juez en la repartición de herencias.
  • Esto es lo que habría que enseñar a las nuevas generaciones, y no una “reforma educativa” que sólo estimula la competencia y la inserción en el Mercado. Una buena herencia a los que vienen es una educación en los valores, en el civismo, en la conciencia de nuestra historia y nuestra idiosincrasia, en la conciencia crítica.
  • Lo sabio entonces, no es “amontonar riquezas para sí mismos”, sino “hacerse rico de lo que vale ante Dios”. Jesús exigía a sus seguidores cercanos la renuncia total de los bienes, pues en esos momentos trataba de ir realizando ya la nueva familia: sus discípulos entonces recuperaban en la Comunidad aquellos bienes que les hacía falta. Ahora esto ya no es posible; pero en nuestro memento histórico sí podemos ir renunciando a adquirir bienes innecesarios simplemente por la presión de la publicidad consumista; sí podemos dar pasos adelante hacia una economía solidaria y trabajar por cambios estructurales. Aprovechar los recursos, materiales, intelectuales y relacionales, para trabajar, todos por igual, por una sociedad más igualitaria. De esta forma, “con las riquezas de iniquidad” nos podemos ir haciendo amigos de los pobres, y ellos nos recibirán un día en el Reino de los Cielos.

C-17 CUANDO HAYA QUÉ PEDIR

Lc, 11, 1-13

  • En la vida social, por nuestra condición de interdependientes, frecuentemente necesitamos de otros. La autosuficiencia, aparte de ser una ilusión, responde a actitudes de soberbia -no hay nadie tan rico que no tenga que pedir alguna vez, y no hay nadie tan pobre que no pueda dar alguna vez-. En sí mismo, el pedir no humilla; aunque hay que saber cómo hacerlo.
  • Nuestro ser de creatura nos coloca en situaciones de precariedad en varios aspectos, y es lo que justifica nuestra necesidad de dirigirnos a Dios, reconociéndole su disposición de atendernos dados su inmenso poder y bondad.
  • Sin embargo, hay que hacer algunas precisiones:
    • Dios no es un proveedor ilimitado; ni podemos recurrir a Él para conseguir cualquier cosa que deseemos; ni su poder se manifestará quebrantando las leyes naturales que Él mismo fijó y contando con el inevitable azar (el mundo sería un caos sin regularidades). Dios no es un titiritero que mueva a su capricho sus piezas, y sería absurdo pretender chantajearlo ofreciéndole algo a cambio (¿qué podríamos darle que lo beneficiara a Él?). Un ejemplo de esto es el regateo que hace Abraham intercediendo por la pecadora Sodoma.
    • Por otra parte, Dios conoce mejor que nosotros mismos lo que necesitamos (no tenemos que indicarle lo que nos debe dar), y sufre con nosotros nuestra precariedad y vulnerabilidad de creaturas. Esto nos lleva a precisar lo que podemos pedir y podemos esperar.
    • La oración del “Padre nuestro” nos proporciona los contenidos de nuestras peticiones. Parte del reconocimiento de la Gloria de Dios, que se manifiesta en un proyecto central para nosotros. El núcleo central de nuestras peticiones es cabalmente, que nos permita sintonizar nuestra voluntad con la suya, concretizada con el ideal formulado por Jesús –el “Reino de Dios”, que será a la vez, don suyo y conquista de nuestra lucha. Pedimos en plural la satisfacción de nuestras necesidades (el pan nuestro) -que también es don y conquista-, y pedimos el perdón, condicionado al que nosotros demos a nuestros agresores, y que nos mantenga libres de mal.
    • Para ello, nos exige una actitud permanente y atenta hacia su presencia eficaz –insistencia en la petición (pedir los tres panes a una hora inoportuna), no para ablandarlo, que no es necesario, sino para nosotros, mantener “la presencia de Dios”.
    • Una petición confiada, pues no nos dará lo que no nos convenga: ni dará serpiente si pedimos pescado, o alacrán si pedimos huevo; pero tampoco nos dará algo que nos perjudique (como la niña que pida a su madre el cuchillo de la cocina para jugar con su hermanita).
    • La oración de petición puede fomentar actitudes pasivas: atenernos a que todo nos venga de Dios, conformándonos con hacerle “mandas” para moverlo. Pero el texto más bien espera de nosotros actitudes activas: “A Dios rogando, y con el mazo dando”. Buscar con ansia y método; tocan insistentemente; pedir con sabiduría. Como los padres de los 43 y todos los familiares de desaparecidos, que tocan puertas, buscan sin desesperar y piden y exigen investigaciones.
  • La mayoría de nuestras oraciones son de petición, debido a nuestra situación precaria. Dios no las necesita para atendernos, ni nuestras súplicas mueven su corazón. La constancia en la oración es más bien para nosotros: mantener una actitud de confianza hacia nuestro Padre Dios. Mantengámonos sintonizados con Él y más bien escuchémoslo a Él, para ver si no nos está pidiendo algo a nosotros.