LA VIRGEN DE GUADALUPE. INCULTURACIÓN, LEGITIMACIÓN, MARAVILLOSISMO

ENRIQUE Marroquín

EL CONTEXTO HISTÓRICO

Cuando llegaron los españoles, el territorio correspondiente al México actual estaba habitado por un mosaico de más de 600 grupos indígenas que hablaban unas 80 lenguas, pertenecientes a unas cuantas grandes familias étnicas. América del Norte -hasta la actual laguna de Chapala, en Jalisco- estaba habitada por bandas de nómadas de cazadores y recolectores, burdamente considerados como «apaches». Al sur de esta frontera natural, llegando hasta Nicaragua, se encuentra Mesoamérica -según la clasificación ,de Kirchner-, con algunos núcleos urbanos que podían concentrar a miles de habitantes; si bien la mayoría de la población vivía en pequeños poblados. Fue en estos asentamientos donde se desarrollaron las grandes civilizaciones, aztecas, mayas y mixteco-zapotecas, que tienen en común algunas pautas culturales.

LA FUENTE: EL “NICAN MOPOHUA”

La fuente que narra los hechos guadalupanos es el “Nican Mopohua” (“aquí se cuentan…”), el texto más antiguo y detallado. Según el historiador novohispano Carlos de Sigüenza y Góngora («Piedad heroica de Don Fernando Cortés»), quien goza del consenso de todos los investigadores, su autor es el indígena Antonio Valeriana, natural de Atzcapozalco, quien lo escribió en papel de masa de maguey, entre 20 y 30 años después de 1531 (fecha de las apariciones). Según el testimonio de Fray Bernardino de Sahagún, Valeriana era «el principal y más sabio» de sus discípulos y destacaba en letras. El escrito fue publicado por primera vez en 1649 por el bachiller Luis Lasso de la Vega, quien lo utilizó como base de su escrito «Huey tlamahuizoltica «, y según los análisis de León Portilla, posee un t:stilo y un pensamiento auténticamente indígena. Sigüenza y Góngora afirmó bajo juramento que lo halló entre los papeles de Fernando de Alva Ixtli.xóchitl, descendiente directo del rey de Acolhuacán, quien le hizo algunos añadidos y lo tradujo al español. Antes de morir Sigüenza y Góngora, legó sus documentos en herencia a los padres jesuitas, quienes los cedieron al Colegio de San Pedro y San Pablo en la ciudad de México. El insigne historiador, anticuario y cronista de las culturas indígenas, D. Lorenzo Boturini, a principios del siglo XVHI, recopiló numerosos documentos indígenas antiguos en su Catálogo del Museo Indiano, incluyendo el de Antonio Valeriano. En el último tercio del siglo XVIII el nahuatlato Joseph Julián Ramírez hizo una traducción de esta obra, afirmando que había pertenecido a Lorenzo Boturini. A fines del siglo XVIII, dicha traducción se hallaba en la Real Universidad de México, de donde alguien lo vendió al coleccionista José Fernández Ramírez, siendo finalmente adquirido por la Biblioteca Pública de Nueva York.[4]

HISTORICIDAD DEL RELATO

Es muy conocido el relato de las apariciones guadalupanas narrado por el Nican Mopohua: El 9 de diciembre de 1531, Juan Diego, un indio originario de Cuauhtitlán, muy de mañana caminaba hacia Tlaltelolco para oír misa y asistir a la catequesis, y al pasar por el cerro del Tepeyac, escuchó un bello coro de pajarillos que le atraía. Entonces se encontró con una mujer, quien le reveló ser la Virgen María, y le dio como encomienda, convencer al obispo de México, Fray Juan de Zumárraga, que le construyera un templo en ese lugar. El indio tuvo problemas para entrevistarse con el obispo, quien, cuando por fin lo vio Juan Diego, se mostró razonablemente escéptico. Para colmo, su tío Juan Bernardino enfermó, por lo que Juan Diego intentó, en vano, evitar a la Señora. Ella le salió al encuentro, asegurándole que su tío ya estaba curado, y como Juan Diego le mencionara la Incredulidad del obispo, quien le pedía una señal de la veracidad de la aparición, la Virgen le puso unas rosas «de Castilla» en su «ayate»,[5] mismas que el vidente llevó al obispo, y cuando el indio extendió su manto, apareció estampada en él la imagen mariana.

Las apariciones marianas no pertenecen al contenido de la fe, ya que se consideran “revelaciones privadas”. En cambio, la existencia de Juan Diego ya no cuestionable, puesto que la canonización de un santo compromete la infalibilidad papal. Desde luego, por tratarse de «apariciones»‘, no son posibles pruebas históricas directas; pero en torno a los elementos indirectos, ha existido un largo debate, entre «aparicionistas» y «antiaparicionistas». Algunas inconsistencias históricas son las siguientes:

-En primer lugar está el silencio de Zumárraga, el destinatario de la imagen. Llama la atención que en ninguno de sus escritos, ni siquiera en su testamento, haga ninguna alusión a estas apariciones o a la imagen, que supuestamente tuvieron tanta importancia. Al parecer, el primer testimonio que habla sobre la Virgen de Guadalupe fue negativo: Fray Francisco de Bustamante, Provincial de los franciscanos, en un sermón pronunciado el 8 de septiembre de 1556, advirtió sobre la sospecha de idolatría en dicho culto.[6] Como erasmiano, al franciscano le molestaba que este culto contradijera la insistente predicación que se hacía a los naturales contra las imágenes idolátricas. No fue sino hasta 1648, cuando el bachiller mexicano Miguel Sánchez publicó «Imagen de la Virgen Ma­ ría Madre de Dios de Guadalupe, milagrosamente aparecida en México» que se menciona la veracidad de las apariciones.[7]

-Según varios testimonios (entre ellos, de Torquemada), desde antiguo, en el cerro de Tepeyac (o Tepeacac) se rendía culto a la diosa, Tonantzin, “Nuestra Madrecita” (que algunos identificaban con Cihualcóatl, diosa de primer rango). Los misioneros, por insistencia de Sahagún, temían que los indios introdujeran sus antiguas prácticas bajo disfraz cristiano, de dónde las sospechas de la devoción guadalupana.

-El nombre mismo de “Guadalupe” resulta también un indicador. Los lingüistas analizan la etimología del nombre, homónimo de la imagen extremeña. Allá, por influencia árabe, el prefijo árabe «guad», en la toponimia hispana, hace referencia al agua o río (Guadalquivir). Pareciera extraño que combinara con el sufijo «lupus» (lobo), del latín clásico, por lo que con el artículo «al», unido al sufijo «upe» (escondido), podría significar “río encajonado”.[8] La referencia a la «morena» Guadalupe extremeña puede revelar algo. Según las crónicas primitivas del santuario español,[9] la Virgen extremeña -se apareció a un pastor que guardaba vacas, mandándole que llamase a los clérigos y escarbasen en dicho lugar, donde encontraron la imagen. Se trata de un esquema no extraño para los españoles, pues era bastante común en aquel tiempo (y que se repite posteriormente, por ejemplo, en Fátima): Durante la invasión árabe a la Península, los lugareños de varios pueblos ocultaron sus imágenes religiosas enterrándolas u ocultándolas en cuevas o troncos de árboles huecos, etc. Con el tiempo, se fueron olvidando las imágenes, permaneciendo vagamente, eh el inconsciente colectivo, cierta sacralidad del lugar donde habían sido escondidas. Cuando vino la pacificación, después de ocho siglos de guerra de Reconquista, sucedía que algunos pastorcillos encontraban dichas imágenes, atribuyendo tales hallazgos al poder de las imágenes mismas. También en la Nueva España sucedía que personas sencillas encontraban imágenes en lugares ocultos, acaso como estrategia evangelizadora de los misioneros (existen varias leyendas, como la del Señor de Chalma, la Virgen de la Soledad, etc.).

A algunos historiadores les parece poco probable que Juan Diego fuese corriendo aquella mañana para pasar lista de asistencia a la misa y doctrina en Tlaltelelco, ya que en Cuahutitlán había convento. Además, para hacer este recorrido s habría tenido que dar un rodeo para pasar por el cerro de Tepeyac. Es posible que el indio no viviera en Cuauhtitlán, sino en otro poblado, como Tulpetlac.

Con motivo de la beatificación de Juan Diego, realizada por el Papa Juan Pablo II el 6 de mayo de 1990, se dio un intenso debate sobre su existencia real, contra quienes lo consideraban un mero símbolo religioso. El principal impugnador de su existencia -que le costó su destitución como abad de la Basílica- fue Mons. Guillermo Schulemburg quien estuvo al frente del Centro de Estudios Guadalupanos durante 33 años y que fuera apoyado por el canonista Carlos Wahrnolz y el historiador P. Manuel Olimón.[10] La investigación realizada para fines de la canonización adujo varias pruebas sobre su existencia: (1) se halló el testimonio de 18 testigos que afirmaban haber escuchado de sus padres ·sobre las apariciones y mencionaban a Juan Diego. (2) Excavaciones arqueológicas encontraron, debajo de una capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe cerca del convento de Cuauhtitlán, ruinas de casa prehispánica con una capilla adjunta, que probablemente fuera la casa Juan Diego. (3) En un testamento de 1559, la testadora, originaria del pueblo de San Buenaventura, aledaño a Cuauhtitlán, del barrio de San José Milla, afirma «aquí se crió el Mancebo Juan Diego», dejando el terreno a la Virgen de Guadalupe.

Yo le pregunté al reconocido historiador J. Lafaye su opinión, y me respondió asegurando la existencia, no de uno, sino de muchos «juandiegos». Hay que recordar que los bautizos al principio de la Colonia eran masivos y por aspersión, todos los varones llevaban el nombre del padrino (español) y las mujeres, el de la madrina. «Diego» era nombre frecuente (es una derivación de “San-tiago”, “San-Yago”, San-Diego). De hecho, en el mencionado testamento de Cuauhtitlán, se habla de cinco personas con el nombre de Juan Diego, que los aparicionistas interpretan como signos de devoción al actual santo. Entre los varios posibles Juan Diegos que en esos años eran oriundos de Cuautitlán, se eligió a Juan Diego Cuauhtlatoatzin (“el águila que habla”), quien tenía fama de piadoso. El inconveniente es que dicho «Juan Diego» no cuadra con el supuesto «macebual» (los estratos más bajos del mundo indígena), que aparece en el relato, sino alguien con más solvencia económica, propietario de un taller. Para más, se eligió como iconografía oficial un cuadro de Miguel Cabrera, máximo exponente de la pintura barroca del virreinato en el siglo XVIII, quién pintó al indio vidente con rasgos que más parecen españoles. El caso es que la devoción a San Juan Diego no prendió entre el pueblo, como se esperaba.

LA IMAGEN

Desde el punto de vista artístico, la imagen de la Virgen de Guadalupe es muy ella. Cumple con los cánones estéticos de este estilo. Pintada sobre el burdo tejido de un ayate formado por dos trozos unidos, la cara inclinada de la Virgen elude la costura. Hay algunos elementos (la corona, los rayos solares que la circundan, etc.) que se están borrando, lo que indica fueron pintadas posteriormente. Sobre la autoría de la imagen, es algo seguro que no fue obra de ningún español.[11] Lo más significativo es que la imagen constituye un auténtico códice indio, que sólo puede ser descifrado con un conocimiento profundo de la cultura azteca. Por ejemplo, el pañuelo negro en el cinto del vientre significaría la maternidad de la doncella, y sus extremos trapezoidales, el fin de un ciclo y nacimiento de una nueva era. Sobre el vestido parece haber un sutil encaje en el que aparecen los glifos toponímicos de Tepeyacac (o “Tepeacac” = “en la nariz del cerro”).

Entre esos dibujos, destaca una florecilla de cuatro pétalos en el vientre de la Virgen. El dibujo no es otro que el símbolo más sagrado de aquella cultura: el “Ollín”, símbolo que hace referencia a la creación del quinto Sol y que significa a la divinidad, que trasciende todo nombre. Vincula el tiempo y el espacio, y según los estudiosos, es el signo más profundo de la filosofía mexica que remonta hasta Quetzalcóatl mismo.[12] Compendia toda la cosmología mexica, centrada en “la permanencia en el movimiento”. Se basa en dos explicaciones astronómicas. La primera se refiere a las posiciones del sol en su recorrido por el firmamento durante los solsticios: Trazando dos líneas divergentes -una del lugar por donde el sol sale hasta donde se pone en verano, y otra de donde sale y se pone el sol en invierno-, resulta una cruz, más abierta que la de 90º en torno a un centro. El trazado señala los puntos cardinales, que a diferencia de la Rosa ele los Vientos, no son puntuales, sino más bien “ámbitos” que pueden unirse mediante curvas, lo que dibujaría esa flor de cuatro pétalos en torno al centro. Éste, a su vez, marca otras tres direcciones más -el cielo de arriba, el inframundo de abajo y la tierra- dando como resultado 7 direcciones.[13] La segunda observación astronómica se fija en las estrellas: las constelaciones de la Osa Mayor y la Osa menor, que en el transcurso exacto de un año dan una vuelta entera teniendo como eje al planeta Venus (hoy se sabe que es la Estrella Polar), considerado como punto permanentemente inmóvil.[14]Los astrónomos nahuatls pudieron fijar así las fases de dicha rotación, importante para marcar el calendario agrícola para la siembra y la cosecha. Como en el caso anterior, pueden trazarse dos líneas divergentes entre ambas constelaciones, unidas respectivamente en los tiempos de los equinoccios y los solsticios, formando así una especie de cruz gamada.

Estas alusiones, sólo captadas por alguien que conoce a fondo la cultura náhuatl, también se hallan, como luego veremos, en el «Nican Mopohua». Un ejemplo es la aplicación de esta misma numerología simbólica a la fecha misma de las apariciones de la Virgen: el número de estrellas de la Osa mayor es 7 y el de la Osa menor, 5, que junto al supuesto Planeta Venus suma 13. Ahora bien, mientras que el extenso ámbito cultural indoeuropeo es temario,[15] la estructura mental de América es cuaternaria, derivada de la importancia de los cuatro puntos cardinales y de las cuatro estaciones. Si se multiplica el número 13 de las estrellas guía por 4 (las posiciones durante los solsticios y equinoccios), da 52, que es el siglo mesoamericano. A su vez, multiplicando 52 X 4 da 208. Según interpretaciones del P. José Luis Guerrero, estudioso de la Guadalupana, si de 1531, año el de las Apariciones, retrocedemos 208 años, llegamos a 1323, año de la fundación de Tenochtitlan, y retrocediendo otros 208 años sería supuestamente la fecha de la salida de los aztecas de la mítica Aztlán. Por tanto, ese año auguraba expectativas de algún suceso de la magnitud de los anteriores. Incluso los días mismos: el solsticio de invierno de aquel año era el día del nacimiento del sol, que coincidió con un fenómeno que los astrónomos nativos preveían para esas fechas: la conjunción de Venus con el Sol, que se da cada ocho años y que los mexicas interpretaban como el regreso de Quetzalcóatl y símbolo de plenitud.

Mientras los mencionados signos denotan importantes elementos que pueden interpretarse como ejemplo de una “inculturación» de la nueva religión a la cultura receptora, los “aparicionistas” encuentran otros signos informados por el maravillosismo y que lamentablemente es ahora el aspecto más difundido. El término proviene de la sociología de la religión y se refiere a la tendencia a buscar elementos que no son fácilmente explicables y que connotarían intervenciones milagrosas. Ya desde el siglo XVIII, Miguel Cabrera, analizando la imagen, afirmó que el material de la pintura no es de origen, ni mineral, ni vegetal, ni animal, sino que más bien parece como un estampado.[16] Empero, el elemento curioso más conocido es el de los ojos de la Virgen. Hará unos cincuenta años, amplificando una fotografía de los ojos de la Virgen, alguien había encontrado reflejado, en !a niña del ojo, un rostro humano, que probablemente fuese el de Juan Diego. Posteriormente, en 1979, el Ing. José Aste Tönsmann, del Centro de Estudios Guadalupanos, mediante técnicas en computación, amplificó fotografías del iris de los ojos de la Virgen, en una escala 2,500 veces superior al tamaño real y descubrió, supuestamente, no só1o al vidente, sino toda la escena de la aparición: localizan al obispo, al vidente y a varias personas más, observando incluso elementos muy detallados (como el arete de una india o la correa del huarache, etc.). El asombro es mayor si se toma en cuenta lo burdo del tejido del

“ayate” (de fibra de maguey), En lo personal me parece que a tal nivel de amplificación, las manchas que se ven son las de las fibras, a las que se les puede dar interpretaciones subjetivas, sobre todo si son ayudadas por la eliminación del “ruido” de otras manchas. Otros hablan de las estrellas del manto de la Virgen, que se dice equivaler a la posición que tenían las estrellas en la fecha de las apariciones, sólo que vistas al revés, es decir, como si fuesen miradas desde el Cielo (los diseños de las supuestas constelaciones parecen muy arbitrarios). Otros colocan la imagen sobre un mapa de determinado tamaño de la República Mexicana, que inclinada de cierta manera, hacen coincidir la punta de los glifos del encaje con los volcanes del país. Se habla también de la milagrosa conservación de la tilma, teniendo, sobre todo, en cuenta que durante mucho tiempo estuvo expuesta sin protección, etc. En realidad tales signos, que a muchos impactan, me parecen irrelevantes y opacan lo realmente importante, que es el mensaje.[17]

LA VIRGEN QUE FORJÓ UNA PATRIA[18]

Una unción que cumplen las apariciones marianas en todas partes es el reforzamiento de las «matrias», es decir, la fuerza del clan, apoyando, con su apariencia (inculturada) regional, su identidad étnica. En México tenemos varias de estas imágenes regionales, algunas con su respectiva leyenda fundacional (la Virgen de Juquila para Oaxaca y la de La Soledad en la -capital de dicho Estado; la Virgen de San Juan de los Lagos en Jalisco y la de Zapopan en la capital de dicho Estado, etc.). Sin embargo, la Virgen de Guadalupe se vincula a la constitución de la «patria» mexicana y a la formación de la cultura nacional. Así como las «matrias» se construyen sobre la base de la sangre y de la raza y se remontan hasta las raíces ancestrales, las «patrias» son artificiales y relativamente recientes (en Latinoamérica, los Estados Nación se constituyeron antes que muchos países europeos). El patriotismo es una actitud legítima, que sirve para defensa económica y política del territorio frente al extranjero; pero de ahí surge el nacionalismo, que si bien hunde algunas de sus raíces en el inco11sciente ancestral y síquico, es sobre todo una ideología, más bien conservadora, gestora de la unidad territorial, cultural y lingüística, aglutinando varias etnias vecinas y subordinándolas a la nacionalidad dominante[19]. Las fronteras son trazos artificiales en los mapas (desde el cielo no se notan) y se construyeron como producto de guerras y violencias, frecuentemente por razones de proteccionismo o de seguridad interna. A veces, las fronteras dividen las etnias, tal corno sucede en España con los catalanes y vascos, o en Latino­ américa (en especial, Centroamérica), donde los intereses imperiales pulverizaron territorios sin razón justificante.

En Europa, a principios del siglo XVIII, una vez pasada la sorpresa y admiración iniciales que .siguieron al descubrimiento del Continente, se difundía una concepción denigrante del Nuevo Mundo. Buffon, por ejemplo, criticaba hasta a sus animales mismos, que supuestamente eran más pequeños que los europeos, y lo atribuía a su geografía pantanosa, más propicia para aves y reptiles que para mamífero$: los avestruces -mencionaba a guisa de ejemplo- que tienen dos de­ dos, en ese continente son más pequeños y tienen cuatro (dicho en referencia a los pavos o «guajolotes»). Tal desprecio alcazaba a sus habitantes, supuestamente indolentes, débiles y sensuales, como puede verse, incluso, en la «Filosofía de la Historia» del mismo Hegel.

La composición social de la Nueva España mantenía la segregación racial. Los pobladores vivían separados en «República de Indios» y «República de Españoles», cada una regida por normatividad diferente. En la cúspide de la segunda estaban, obviamente, los «Peninsulares»; pero los criollos, especialmente los clérigos, mantenían la dirigencia en la sociedad novohispana. Los indios tenían también su propia jerarquía: caciques, nobles («pillín») y campesinos («macehuales»). En los estratos más bajos de la Nueva España estaban las «castas» (mestizos, negros, mulatos, choznos, etc.). Los criollos mantenían a principios del siglo XVIII actitudes nostálgicas y resentidas. Se sentían despojados por las nuevas oleadas migratorias de peninsulares, que en la metrópoli .tenían bajo estatus; pero que al llegar pasaban a ocupar los principales cargos civiles y eclesiásticos; mientras que ellos —descendientes de conquistadores— que habían desarrollado la producción local y que con su trabajo sostenían la economía y los recursos que iban hacia In metrópoli, eran relegados. La ideología de los peninsulares denigraba a los criollos, como gente poco confiable, pues —decían— el clima y la geografía había afectado no sólo a los nativos, sino a los criollos mismos .que llevaban más tiempo habitando el lugar. Muchos de los criollos eran hijos «segundones», ya que el primogénito se quedaba en España, encargado del «mayorazgo» hereditario. Estaban preocupados por demostrarles a los «gachupines» (como llamaban despectivamente a los «peninsulares») que ellos, los criollos, eran también capaces de una alta cultura, la cual se desarrollaba, sea en la corte virreinal, sea en los locutorios de los conventos, y ponían como muestras a Sor Juana Inés de la Cruz y a un arte arquitectónico barroco exageradamente recargado. [20] Fue así que se desarrollaba un nacionalismo novohispano, es decir, estaban inventando un país. Entre sus principales ideólogos podemos contar con algunos jesuitas expulsados en dicho siglo, tales como Francisco Javier Alegre y Francisco Javier Clavijero·, así como a Carlos María Bustamante.

En la recopilación realizada en 1615 por Juan de Torquemedad en su Monarqía Indiana, se recuperaba la grandeza del pasado de la antigua civilización azteca. Basándose en esta obra, los criollos del siglo XVIII elevaron a categoría de «clásicos» los héroes indios, reconociéndolos como uno de los principales signos identitarios de su reciente nacionalismo. Pero su principal signo fue la Virgen de Guadalupe, a quien aplicaron las palabras del Salmo que puede leerse todavía en el pórtico de entrada de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe: «Non fecít taliter omni nationi» («no hizo cosa igual con ninguna otra nación»).[21] Sí inicial­ mente, la Guadalupana fue signo de su opción preferente por el indio pobre (la “matria”), ahora se convirtió signo nacionalista del criollo oligarca (la «patria»), El mensaje guadalupano se distorsionaba, haciéndolo patrimonio exc1usivo de un país en beneficio de algunos adinerados. Los indios, destinatarios de la Guadalupana, quedaban fuera. Eran exaltados sus ancestros ilustres, los indios muertos¡ pero a los indios vivos se les explotaba y discriminaba.

El mayor ejemplo de esta controversia lo tenemos en un insigne sermón que cambió la vida de su predicador. Me refiero al célebre sermón predicado el 12 de diciembre de 1794 en la Real Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe por Fray Servando Teresa de Mier, o.p.[22] El dominico era un sacerdote criollo, joven y brillante; aunque de ideología conservadora (había predicado una apología en f!1vor de Hernán Cortez y un sermón contra la decapitación del rey francés Luis XVI); pero tenía fama de buen predicador. Por esto, el Ayuntamiento de la Ciudad de México, compuesto por criollos, le encomendó este importante sermón al que carla año concurría lo más granado de la oligarquía novohispana. Fray Servando entró en contacto con el Lic. Borunda, quien le proporcionó su tesis principal. Su sermón, según cuenta él mismo, fue bien acogido; pero al día siguiente no pudo salir de su celda, pues el obispo Núñez de Haro le mandó poner candado. Quedó suspendido de su ministerio, prohibiéndosele expresamente predicar y oír confesiones, y se le mandó entregar el escrito de su sermón; pero dado que ya no lo tenía, que lo escribiese lo más fielmente posible. Se le castigó con 10 años de destierro a España, y mientras presentaba su defensa, fue recluido en fa prisión de San Juan de Ulúa, en una fortaleza de Veracruz. A nosotros nos podrá parecer un castigo excesivo, aun sin conocer su contenido, cuya tesis principal exponemos a continuación:

El famoso ayate, donde está estampada la imagen mariana, no fue entre­ gado a Juan Diego por la Virgen de Guadalupe. Lo que Ella hizo fue simplemente indicarle al indio· dónde se encontraba oculto, pues no era otra cosa que el manto del apóstol Santo Tomás, primer evangelizador de estas tierras, quien lo recibiera de la Virgen María estando todavía en carne mortal, para que él lo utilizara corno signo en su evangelización. Fray Servando recogía una leyenda en boga entre los criollos, que afirmaba la presencia de este apóstol, recordado bajo la figura, nada menos, que de Quetzalcóatl, el legendario rey-filósofo y creador de la cultura olmeca, quien fuera expulsado por los «brujos» a Yucatán, donde los mayas lo veneraron como Kꞌuꞌukꞌul Kaan. Ante las objeciones de que en tiempo de los apóstoles no se conocía el continente americano, respondían que ellos tenían ciencia infusa; y explicaban su viaje hasta estos lugares de manera similar a cómo un ángel había trasladado al apóstol Felipe hasta Samaria, tomándolo por los cabellos. No había, pues, ningún problema para el traslado de Santo Tomás a esta tierra. El predicador fundamentaba la presencia de un cristianismo prehispánico en la semejanza de algunos ritos y creencias autóctonos con la fe cristiana (v.gr., un ritual de comunión, que sacrificaban a un esclavo con las vestiduras de Huitzillopochtli y luego se lo comían, o al menos, unos panecillos en figura de aves, símbolo del dios). El método argumentativo de Fray Servando es etimológico: » Huitzillopochtli, por ejemplo, se traduciría como «Señor de la espina en el costado», en alusión a Cristo, y que como Él, había nacido sin concurso de varón.[23] Es así como llega a etimologías forzadas. Los censores Uribe y Omaña ridiculizan al predicador: por ejemplo,

«Tomatlán» que para éste era un topónimo que significaría «lugar de Tomás», en realidad significa «lugar de los tomates»…Y le cuestionan, además, porque Quetzalcóatl habría vivido unos 700 años después del apóstol.

En realidad la condena fue más bien política. La tesis central —»la Virgen, viviendo aún en carne mortal, le da a un apóstol un objeto para ayudarlo a la con­ versión de un pueblo—, no es otro esquema que el de la Virgen de Zaragoza: María, viviendo en carne mortal, le entregó al apóstol Santiago un pilar para evangelizar España. Pero políticamente era peligroso, porque si la fe ya se encontraba en estas tierras, los conquistadores perdían legitimidad, cuya justificación era la de haber traído la fe. México sería nada menos que una «iglesia-madre», es decir, fundada por un apóstol… y, entonces, los españoles, carentes de legitimidad, tendrían que retirarse. Ya en España, Fray Servando fue defendido por la Real Academia de Historia, pues según estos historiadores, se trataba de un sacerdote «ilustrado», y el obispo, un integrista crédulo. Los jueces absolvieron al fraile; pero les pareció prudente que i10 regresara a. México sino después de los diez años solicitados por el obispo, y lo enviaron a un convento dominico en Burgos, de frailes ilustrados. Como la sentencia era injusta, Fray Servando se escapó, cruzó la frontera, y en Francia se conectó con el preceptor de Simón Bolívar, convirtiéndose, en el exilio, en el principal ideólogo de la Independencia de México. Se integró con Javier Mina en su expedición a los Estados Unidos, desde donde entraron para apoyar a los insurgentes; pero fue apresado y enviado de nuevo a San Juan de Ulúa. Allí escribió sus memorias, retractándose de su tesis y presentándose como «ilustrado», se volvió antiaparicionista. Entre tanto, el cura Miguel Hidalgo, tomando en Atotonilco como estandarte a la imagen de la Guadalupana, había iniciado la guerra contra los reaalis1as, .cuyo estandarte era la Virgen de los Remedios («la gachupina»). Una vez consumada la Independencia de México, se nombró el primer Congreso Constituyente, y la Provincia de Nuevo León eligió a Fray Servando como su representante, saliendo de la prisión de San Juan de Ulúa para hospedarse en el Palacio Nacional. El Congreso, presidido por la imagen de la Guadalupana, lo recibió con una ovación, y allí defendió, sin estar convencido, la tesis aparicionista, por las mismas razones políticas que el obispo Núñez de Haro las había defendido sin creer en ella.

Además de estar presente en los inicios de la nueva civilización y además de hacerse presente en la Independencia de 1810, la Virgen de Guadalupe ha estado en todos los acontecimientos de la historia de México, siempre del lado . de los oprimidos, por ejemplo, en estampas colocadas, a guisa de altar, en los grandes sombreros zapatistas, durante la Revolución Mexicana de 1910. La devoción a la Virgen de Guadalupe está extendida sobre todo entre los pobres (bajo la advocación de «Reina de México»). Los obreros, el día de su fiesta, piden que se les celebre misa en su fábrica. Sin embargo, las clases hegemónicas consideran el guadalupanismo como un signo de identidad nacional, bajo el título aglutinante de «Madre de todos los mexicanos», que encubre las contradicciones de clase bajo – la ideología nacionalista. La devoción mariana, en los pueblos, se dirige principal­ mente, como ya se dijo, a la imagen regional (la «matria«); pero se va identificando con La Guadalupana en la medida que se va adquiriendo conciencia del «Estado Nacional» y su cultura unificadora (la «patria»). No es extraño que entre los emigrantes mexicanos a los Estados Unidos (los «chicanos»), la Virgen de Guadalupe sea su principal signo de la Raza, a veces estilizada y secularizada en tatuajes o en su arte moderno.

El nacionalismo fue recuperado a principios del siglo XX, después de la Revolución Mexicana, como núcleo .de la ideología hegemónica del actual Partido Revolucionario Institucional (PRI). Una pléyade de intelectuales (Manuel Gamio, Martín Luis Guzmán, Andrés Malina Enríquez, Justo Sierra, Vasconcelos, etc.) fue­ ron hablando sobre «el mexicano»; pero sobre todo a partir de 1930, con la revista «Contemporáneos» dirigida por Samuel Ramos. Con la bendición de Alfonso Reyes y la dirección de Leopoldo Zea, se publicaron una serie de estudios al respecto (Jorge Carrión, José Gaos, Santiago Ramírez y muchos otros). Roger Bartra escribió un estudio que tuvo como «corpus» los principales estudios sobre «el mexicano», concluyendo que los rasgos que supuestamente caracterizan a los mexicanos, más bien <;ar-responden al campesino convertido en subproletariado urbano, e incluso, son los propios de cualquier sector empobrecido. Tales estudios, por tanto, son algo meramente ideológico, carentes de sustento antropológico y obedecieron a los intereses políticos del momento.[24]

El ensayo mejor elaborado y el más difundido entre los de este tipo, es «El Laberinto de la Soledad», escrito con la fina pluma de Octavio Paz. En dicha obra encontramos al capítulo “Los hijos de la Malinche.”[25] Paz parte de una mala palabra. Todas las lenguas tienen palabras impronunciables; pero cada pueblo tiene «su» palabra prohibida, su Mala Palabra, su insulto que no puede ser tolerado. En México, esa palabra es femenina, lo que identifica el hermetismo y opacidad del mexicano con la misteriosa incognoscibilidad de la mujer. Esa palabra es «la chingada«.[26] Se tiene que haber nacido en un ambiente popular de México, o haber pasado muchos años en este país, para comprender su variada polisemia y pluralidad de usos. Pronunciada como insulto, se dirige hacia la madre del «otro» y el mexicano la emplea para afirmarse ante los extranjeros («¡Viva México, hijos de la chingada!»). A diferencia del «hijo de puta», una mujer que voluntariamente se entrega, la «chingada» es una mujer que ha sido violada, por el poder sádico del macho. La última referencia son aquellas indias que fueron violadas por el impulso libidinal de los conquistadores, de cuyo acto nacimos los mexicanos. El prototipo es la «Malinche»: Doña Marina, princesa oriunda de Veracruz que pasó a ser esclava del Señor de Tabasco y fue obsequiada a Cortez, quien además de usarla como su concubina, la aprovechó como traductora e intérprete, por lo que fue vista como traidora[27] (de ahí la denigración del «malinchismo», de quienes prefieren lo extranjero a lo nacional). La figura simbólica de la Madre, para «el mexicano» asume el doble simbolismo, antagónico y complementario: La Malinche y la Virgen de Guadalupe. La primera, se entregó pasivamente a la opresión[28]; la segunda se nos entregó activamente, para protección contra el opresor. Roger Bartra, en su obra mencionada, continúa esta reflexión en su capítulo “A la chingada”, en donde trata de comprender «la peculiar combinación del malinchismo exacerbado y el fanático amor a la Virgen de Guadalupe», en aras de la reconstrucción imaginaria del arque­ tipo mexicano de la mujer. Se trataría del clásico canje de mujeres: los españoles entregaron a la Virgen María y los aztecas, a su diosa Tonantzin. Los primeros mestizos, hijos de padre desconocido y lejano (los mexicanos seríamos un pueblo sin padre), quedan fijados en la madre, que a la vez es la madre purísima y la hembra violada.

Ahora, cuando uno de cada cinco mexicanos ha dejado de ser católico y se ha convertido a los grupos sectarios protestantes, la Virgen de Guadalupe deja de ser ese signo aglutinante del país, ya reconocido como «multiétnico y multicultural». Ahora, cuando los Estados Nación no pueden tomar las principales decisiones y van decayendo en aras de un Estado Global de facto, la Guadalupana ha visto disminuir su función nacionalista; pero no ha dejado de animar a las clases populares en sus reivindicaciones sociales. Es quizás ahora, más que en su origen, cuando cobra relevancia su mensaje, convertido en patrimonio para toda la Iglesia universal.

PERSPECTIVATEOLÓGICA

Más allá del debate entre aparicionistas y antiaparicionis1as; más allá del “maravillosismo” de la imagen; más allá de las ideologías nacionalistas, tenemos un bellísimo texto, joya de la literatura náhuatl y reflejo de su cultura; pero sobre todo, una obra teológica que ilumina el concepto de la evangelización, no en un estilo doctrinal abstracto, sino de teología narrativa. El mensaje guadalupano entronca con la insistente invitación del Papa Francisco hacia un nuevo impulso evangelizador, por lo que meritaría ser reflexionado con profundidad. Afortunadamente tenemos varios estudios en qué apoyarnos, a los cuales me remito.[29] En un análisis semiótico de este discurso teológico, me parece que su estructura puede encuadrarse en el «modelo actancial mítico» propuesto por Greimas, cuyo esquema es el siguiente:[30]

DESTINADOROBJETODESTINATARIO
OPONENTESSUJETOALIADOS

Una aplicación de este esquema lo realiza Vladimir Propp en su obra “los cuentos maravillosos rusos”,[31] que se repite igual en todo su corpus de 100 cuentos. Fijémonos en el siguiente ejemplo: Ante una situación de terror generalizado, el rey (“destinador”’) encomienda a Iván (“sujeto”) la misión de matar al dragón que asolaba la región (“objeto”), para rescatar a la princesa y liberar al pueblo (“destinatario”). En su proeza, Iván se enfrenta con algún rival envidioso («oponentes») y encuentra alguien que le ayuda: una pobre anciana, que en realidad es una maga, quien le da un anillo mágico (“aliado”).

En el relato, la Virgen de Guadalupe (“destinadora”) da a Juan Diego (“sujeto”) la misión de convencer al obispo para que le construya una ermita («objeto»), para desde·allí, ayudar al pueblo indígena victimizado («destinatario»). Los criados del obispo le estorban y sus espías lo denigran (oponentes). La Virgen, para ayudar al mediador en su misión, le da unas flores como señal (aliado). Veamos más detalladamente este esquema en el relato:

Análisis de la realidad.- Como todo proceso evangelizador, se parte de la situación de carencia o necesidad de los evangelizandos (n.3) “A los diez años de conquistada la ciudad de México, yacen ya en tierra la flecha y el escudo, por donde quiera están rendidos los habitantes del lago y del monte.” Evoca el dramático escenario con el que comenzamos este ensayo, de la cual, la Señora del Cielo se compadeció y quiso venir ella misma a iniciar la evangelización de esta  Aquel por quien vivimos, del verdadero Dios, Téotl» (n.4) .

María, la “destínadora” (22). -La iniciativa siempre parte de Dios. Es ti Espíritu quien “mira” la situación opresiva por la que atraviesa su pueblo y decide actuar. En la cultura náhuatl, como dijimos, su imagen paterna de Dios estaba demasiada deformada por los conquistadores. Se requería su imagen materna, amorosa y protectora, que es asumida por María. Ella, al engendrar a Jesús, se halla presente en todo proceso evangelizador, conduciéndonos hacia su hijo. “Su ropa parecía sol y echaba rayos” (17), en alusión a la Mujer del Apocalipsis. Al manifestarse, como acto inicial, un ser sobrenatural se presenta dando a conocer su nombre (como Yahvé a Moisés). La Señora que sale al encuentro del indio se le presentó: «Soy la madre de Téotl Ipalnemohuani, Teyocoyani, Totecuyo, Tloque Nahuaque, Ilhuicahua, Tlalticpaque, (n. 22) es decir, de todo el panteón indígena prehispánico. La “inculturación” de María fue mucho más allá que los más audaces misioneros. Ellos se preocuparon por aprender las lenguas nativas para transmitir en ellas el mensaje evangélico; pero no se atrevieron a traducir la palabra “Dios”, ya que los dioses mesoamericanos les parecieron demonios, por su crueldad y fealdad (según los cánones estéticos europeos). Por ello optaron por introducir el neologismo “dios”. La Virgen no tuvo ese escrúpulo; aunque más adelante explicitará ser la Madre de Nuestro Salvador y Nuestro Señor Jesucristo. (53)

Sólo al final de1 relato, por boca de Bernardino, el tío de Juan Diego curado milagrosamente, la Virgen dio el nombre con el que quería ser venerada: “y (dijo) que llamaría y nombraría bien aquella preciosa imagen la siempre Virgen Santa. María de Guadalupe” (N.119). No parece posible que la Virgen haya dado ese nombre, ya que en náhuatl no existe el prefijo “gua” Seguramente que fue una deformación de los conquistadores, provenientes de Extremadura, cuyo nombre les habría recordado su venerada imagen. No hay seguridad sobre el nombre original. Yo había escuchado que María debió haber dicho ser la “Coatlalopeu”, nombre cuyo prefijo “coatl” significa “serpiente” (Quetzal-cóatl= “serpiente emplumada”), “a” es una proposición que rige al acusativo, y “lopeu”, participio del verbo “lopau” (machacar con el pie). Significaría, por tanto, «la que aplastó con el pie a la serpiente»: una connotación demasiado obvia a la Inmaculada Concepción y qu además contradice la connotación de la «serpiente», que en el Génesis representa a Satanás; mientras que en Mesoamérica lo refiere a Quetzalcóatl, la fertilidad de lo húmedo. Para algunos, el nombre dado por la Virgen pudo ser “Tequantlanopeuh” (“la que nació en las cumbres de las peñas”) o bien Tecuauhtlacupeuh (“La que viene volando de la luz como el Águila de Fuego”).

El elegido (“sujeto”) (5).- Como en muchos episodios bíblicos, la llamada (vocación) se dirige a una persona pobre, vulnerable, carente de poder, para que quede más patente que el mérito de la acción no es del profeta, sino de Dios. En el relato, “sucedió que había un pobre digno, campesino de por allí.[32] Su nombre amaina, y confiado en su “dueña y reina”, insistirá, con esa paciencia característica de los indígenas que aún conservan.

Se hace notar que la mediación del indio no se reduce a un papel de mero mensajero transmisor de un correo, sino que asume una actitud activa, más bien como la de un embajador, a quien compete cierta iniciativa. Es, por tanto, un auténtico “sujeto” de la evangelización. A veces los clérigos consideramos al pueblo como “objeto” de nuestra pastoral, o como meros transmisores doctrinales y no le reconocernos su calidad de “sujeto” activo y responsable. “Pero aunque se lo dijo lodo, cómo era su figura, y todo lo que había visto y admirado, en lo que bien se descubría que ella era la amable, siempre Virgen, la admirable Madre du Nuestro Salvador y Nuestro Seiior Jesucristo, sin embargo, aún no le dio crédito” (53). Para hacer creíble el mensaje de la Señora, el indio no se reduce a transmitir literalmente el encargo de la Virgen, sino que clarifica su narración con elementos que hagan a la autoridad eclesiástica más fácil su aceptación. Como decía Pablo VI, en éste, «el evangelizado tiende a convertirse en evangelizador» y —añadimos nosotros— el evangelizando, en evangelizador, un ejemplo de lo que ahora se afirma, que «los pobres nos evangelizan». Juan Diego progresa en su proceso de evangelizado: ante la grave enfermedad de su tío, se muestra responsable y comprende que la Señora lo esperará, pues justamente vino para ayudar a los necesitados, y por tanto, lo prioritario ahora es ir por el médico y por los sacerdotes. Por eso, pretende evitar a la Señora, rodeando el cerro; pero Ella misma le salió a su encuentro y le aseguró que su tío ya estaba curado.

La misión (“objeto”) (n.23)-. María le da al indio como misión, convencer al obispo para que le erija una ermita en aquel lugar. Semióticamente quedan separados y contrapuestos dos espacios: por un lado, Tlaltelolco, el espacio hegemónico de los conquistadores, sede de los poderes civiles, y también el espacio sagrado oficial, asignado por el poder eclesiástico “en lo que toca a las cosas de Dios”, no siempre comprensibles (6). Ahora la Virgen abre otro lugar sagrado alterno, el Tepeyac, el espacio del indio. El cerro, un erial pedregoso, queda transfigurado en “La Tierra de la Flor”: “Y la piedra y los peñascos donde ella estaba en pie, al recibir como flechas los rayos y la claridad, parecían de esmeraldas preciosas («chalchihuite»), joyas parecían; la tierra relumbraba como los resplandores del arco iris. Los mezquites, nopales y las hierbas que por allí se dan parecían como de pluma de quetzal y sus tallos de turquesa; las ramas, el follaje y hasta las espinas brillaban como el oro.” (n.18). El trato que recibe Juan Diego en Tlaltelolco es muy distinto del respeto con que lo trata la Señora. Allá se tiene que arrodillar ante el obispo y se le hace esperar y espiar. Por eso, ante el escepticismo del obispo, decepcionado, Juan Diego se disculpa y se queja: “me envías a un lugar por donde no ando y no paro” (n.40). Por eso, la Virgen va a invertir los espacios: en vez de que el indio siga yendo al lugar centro del poder eclesiástico, será ahora el obispo quien se traslade al cerro, lugar del indio. Una evangelización desde el poder no llega a calar hasta el fondo.

Destinatarios (n.23).- Obviamente, la finalidad de la Virgen no era la edificación de un templo más, pues esto lo hacían los misioneros. El objetivo era más amplio: “en ella mostraré y daré a las gentes todo mi amor, mí compasión, mi ayuda y mi defensa”. La evangelización no debe confundirse a la mera introyección de fórmulas doctrinales ortodoxas en la mente de los evangelizandos, sino que implica sentimientos amorosos, solidarios y que tengan eficacia frente a situaciones de opresión. Es, justamente, todo lo contrario de la “Conquista Espiritual”[33] hacer que el pueblo sea el destinatario del mensaje guadalupano. Esto se corrobora en la figura de Bernardino, tío de Juan Diego, que se enferma de viruela, epidemia traída por los extranjeros, que ante el cuerpo indio, carente de defensas, estaba haciendo estragos. En esta cultura, el «tío» es el hermano de la madre, quien era el que heredaba (no a los hijos, sino a los sobrinos, para que el patrimonio no saliese del clan). El tío, en realidad, representaba a todo el vulnerable pueblo mexica conquistado.

Una vez que se ha constatado que el principal destinatario de la evangelización guadalupana es la población india, sojuzgada, humillada, sufriente, apa­ rece la importancia de los signos referidos a la cultura nahuatl. La IV Conferencia Episcopal Latinoamericana reunida en Santo Domingo en 1992, con motivo de los 500 años del mal llamado «descubrimiento de América» -con et mismo derecho podría decirse que los indios «descubrieron» a los crueles extranjeros-, insistió mucho en la «incultutación del Evangelio», un modelo arquetípico del cual es, precisamen­ te, nuestro «Nican Mopohua». El texto encriptado de Antonio Valeriana sólo podía ser descifrado por sus destinatarios principales (los indios, no los españoles). Baste como ejemplo el uso de los numerales simbólicos -que ya aparecían en la imagen de la tilma-; en especial, signo del «Ollin», en el que el número 4, número simbólico por excelencia (cuatro puntos cardinales y cuatro estaciones; cuatro dioses crea­ dores; cuatro creaciones fracasadas del sol), es el número que unificad·espacio y el tiempo y denota plenitud. En el relato, el indio se formula 4 preguntas ante el canto maravilloso de las aves;36 tiene 4 encuentros con la Virgen, 4,veces aparecen las aves, 4 criterios con los que Juan Diego discernió la aparición;37 4 características del mensaje evangelizador, 4 objetivos de la ermita/ª 4 las condiciones que pide la Virgen a sus devotos de todas las naciones del territorio,39 etc. •

El signo.- La llamada se produce muchas veces mediante alguna señal

(pesca milagrosa, voz en la noche en Samuel). El momento de la llamada a Juan Diego es el amanecer, que en aquella cosmogonía fue la hora·cuando sucedió la[1] Enrique Semo: «Historia del capitalismo en México», Ed. Era, 1973, México (pp 29· 30). Cita los estudios de Sh Cook («La despoblación de México central en el siglo XVI»),

LB. Simpson, W Borah, entre otros.

[2] Torquemada, Juan: Los veinte ivn libro rituales i Monarcbia Indiana, con el origen y guerras de los Indios Occidentales, de sus poblazones, descubrimientos, conquista, conversión y otras cosas maravillosas de la mesma tierra. Producto de la recopilación de varios documentos antiguos, fue realizada entre 1592 y 1615. Impresa en Sevilla en 1615 y reimpresa en Madrid en 1723.

[3] Fray Martín de Valencia calculó en 1,200,000 bautizados entre 1524 y 1531; Fr. Pedro de Gante calculaba 14, 000 bautizados por día; Motolinía estimaba que cada fraile habría bautizado unos 100,000 indios (algunos hasta 300,00) y que en total, hasta 1536 se habrían bautizado unos cinco millones.

[4] Entre los numerosos estudios de esta fuente, está “Tonantzin Guadalupe”, de Miguel León Portilla y El Nican Mopobúa: Un intento de exégesis, por el P. José Luis Guerrero Rosado. Puede consultarse la WebSite http://www.luxdomini.com/gpe/contenido1/ guadalupe.nican1.htm

[5] “Ayate”: manto de fibra de maguey, atado detrás del cuello, que además de abrigo, era utilizado para cargar objetos.

[6] El manuscrito autógrafo de dicho sermón forma parte de una investigación dispuesta por el obispo de México Fray Alfonso de Montúfar, sucesor de Zumárraga.

[7] J. Lafaye: “Quetzalcóatl y Guadalupe: La formación de la conciencia nacional de México”, Fondo de Cultura Económica, México, 1977.

[8] Ibíd., p. 303-304.

[9] El autor cita el riguroso estudio del P Germán Rubio: «Libro de la invención de Nuestra Señora de Guadalupe».

[10] Hay que recordar el contexto de la polémica: se estaba pretendiendo una división de la Arquidiócesis de México en varias diócesis sufragáneas. Lo que el abad deseaba, apoyado por el nuncio Girolamo Priggione, era que la Basílica fuese una diócesis aparte, dependiente directamente de Roma.

[11] En una investigación ordenada en 1556 por el obispo Montufar, un testigo. asegura que, en: su sermón antiguadalupanista, Fr Francisco Bustamante atribuyó la pintura a un indio Marcos (Aquino). Algunos opinan que se trata de uno de los tres excelentes pintores indios, alumnos del Colegio de Santa Cruz de Tlaltelolco.

[12] Jacques Soustelle: El universo de los aztecas, F.C.E., México 1982. Sejourné, Laurette: La pensée des anciens mexicaines, François Maspero, París, 1982, La loi du centre, pp 90-96.

[13] Luppo, Alessandro: Los tres ejes de la Cruz. «Scansione del tempo e calendario “Latinoamericano” Roma Edizioni Lettere e Filosofia – La Sapienza, a.a. 2002/2003.

[14] Landa Ábrego, María Elena: Ollín y Cruz en la simbología náhuatl, INAH, Centro Regional de Puebla, 1985.

[15] Dumézil, Georges: Los dioses indoeuropeos. Ed. Sebe Barral, Barcelona 1970 (P.U.F., 1952).

[16] Parece ser que dicho parecer ha sido compartido por el premio Nobel de Química, Richard Kuhn.

[17] Estas curiosidades pueden verse n la Página Web de la Basílica de Santa María de Guadalupe: http://www.virgendeguadalupe.mx Estudios, 17 de febrero de 2007.

[18] El título de este apartado es el de un importante fil mexicano: La Virgen que forjó una patria, guion y dirección de Julio Bracho, con fotografía del célebre Gabriel Figueroa, para Films Mundiales en 1942.

[19] La “nación” se distingue del “Estado” en que aquella tiene sus bases en lo étnico-cultural y éste es una organización política basada en un pacto social entre diversos grupos y clases sociales.

[20] Paz, Octavio: «Las trampas d ela fe», F.C.E., México,1982.

[21] Bradlng, David: “Los orígenes del nacionalismo mexicano”, Ed. Era, México, 1973. También J. Lafaye, o. c., libro I, cap. 1: «hermanos enemigos: españoles y criollos», pp. 43-49.

[22] Servando Teresa de Mier. Obras Completas: II «El heterodoxo guadalupano». Selección de obras por Edmundo O’ Gorman, Universidad Autónoma de México, 1981. O´ Gorman, Edmundo: «Destierro de sombras: Luz y origen de la imagen y culto de Nuestra Señora de Guadalupe del Tepeyac«. UNAM, México, 1986.

[23] Según la leyenda, su madre·, la Coyoxauctli, había encontrado una pluma de colibrí, que guardó en su seno y ésta la fecundó para el nacimiento del dios.

[24] Bartra, Roger: “La jaula de la melancolía, identidad y metamorfosis del mexicano”,

Ed Grijalba, México, 1987, p. 20.

[25] Paz, Octavio: “El laberinto de la Soledad”: Cuadernos .Americanos 1950. F.C.E.,

México, 1993, p.p. 72-98.

[26] Para el autor, esa palabra existente a varios países de habla hispana con referencia a bebidas embriagantes tiene probablemente un. origen náhuatl: “xinaxtl” (chingaste), que es el aguamiel fermentado del maguey, de dónde sale el «pulque».

[27] Transgredió el precepto ancestral: «no mezclarás tu sangre con la del opresor».

[28] En un mural, el pintor José Clemente Orozco pinta a La Malinche como la Eva mexicana.

[29] El análisis exegético, ya clásico, del Nican Mopohua desde el náhúatl, ya clásico, es el realizado por Glodomiro Siller Acuña: La evangelización guadalupana, CENAMI, México, 1984. Vide: books.google.com.m.x – En la Internet se encuentran varios estudios y versiones.

[30] Greimas, A.].: «Semántica estructural»(1966),Gredos, Madrid, 1976, pp 263-281.

[31] Propp, Vladimir: Morfología del cuento, Rusia, 1928. Traducción al español: Ed.

Akal, México 1998.

[32] En náhuatl, se trataba de un “macehualtzintli», o sea, de las castas más pobres; aunque “creado con la sangre de los dioses”.

[33] En referencia a la obra clásica de Ricard, Robert: «La conquista espiritual de México. Ensayo sobre el apostolado y los métodos misioneros de las órdenes mendicantes en la Nueva España de 1523-1524 a 1572», con la que el autor obtuvo el doctorado en la Sorbona en 1933.Editado por Fondo de Cultura Económica. México 2004 (8ª reimpresión).

Introducción: Historia e historiografía

La historia no es otra cosa que el devenir de la humanidad, integrando formaciones sociales diversas y enfrentando de manera conjunta, retos, desafíos y posibilidades. Tiene que ver con la memoria colectiva, pues trasciende las generaciones para heredarla a las nuevas. Decía Gramsci: “Se estudia la historia, no por un vano afán de erudición, sino en, para y por los intereses del presente”. El mejor conocimiento del pasado nos ayuda a situarnos mejor en el presente, aprendiendo de los intentos anteriores; aunque hayan resultado fracasados. Por tal función, desde antiguo. Cicerón consideraba a la historia como maestra de la vida (“magistra vitae”).

El conjunto de aprendizajes y fracasos genera la “memoria” en una colectividad, es decir, su “tradición”. En la sucesión de las generaciones, ciertos elementos de esta memoria logran persistir en alguna región, mientras que otras se pierden. Además, los elementos seleccionados para la transmisión son diversos a los similares de otros pueblos o regiones conocidos, y tales rasgos constituyen la identidad cultural, que perdura, si bien, con modificaciones. Esa percepción de lo propio, se verifica en contraposición a lo diverso, que pertenece a “los otros pueblos”. Tener una identidad grupal es indispensable para situarnos frente a grupos distintos o antagónicos, de dentro o de fuera.

Historia y Política. Entroncamos aquí con la diferencia entre “Historia” e “historiografía”. La tradición oral es una forma nada despreciable de conservar el pasado; pero es indudable que lo mejor para este fin es la recopilación de testimonios escritos. Sin embargo, tan pronto como iniciamos esta tarea nos damos cuenta de su complejidad, ya que no existe entre los historiadores una visión consensuada de los hechos y que la narración de los mismos hechos del pasado depende de la diversa perspectiva epistemológica en la que nos coloquemos. Esto, por la finalidad misma que se propone: “se escribe historia –dijo Gramsci- por y para los intereses del presente”. El historiador es también un agente político. Lo que en el pasado fue “política”, en el presente es “historia”, y lo que en el presente es política, en el futuro será historia. Se da, pues, una identidad entre historia y política. En cualquier sociedad existen sectores diversos, con intereses definidos, y el aporte de cada historiador es presentar el pasado como justificación de su grupo, haciendo ver que “desde siempre” las cosas han sido más o menos como son ahora, o que siempre se había tendido a realizar “este” presente…, con lo cual se desalientan transformaciones revolucionarias.

Filosofía de la historia. De facto, la historia la escriben los vencedores (aunque suele existir -más o menos solapada- una “versión de los vencidos”, según León Portilla). Cada clase o grupo hegemónico repiensa la historia como justificativo de sus intereses propios. Al proyectar sus prospectivas hacia el futuro, otorgan un sentido interesado a la totalidad del devenir humano, en beneficio del grupo por quien esos historiadores hablan. Así, el mundo antiguo tenía una visión circular o cíclica de la historia (la serpiente mordiéndose la cola). Es “el eterno retorno de lo idéntico”: todo lo que ha sido, seguirá siendo así: los acontecimientos se repiten, quizás variando sólo las formas. La visión lineal de la historia, tendiente hacia un futuro ideal, fue el aporte que dio el judeo-cristianismo en su teología escatológica, retomado posteriormente por las utopías laicas, imaginadas desde su visión de “vencedores”. El futuro, así proyectado, percibido como mejor al momento actual, encarna los sueños, las utopías y los ideales que se han ido forjando y que constituyen las motivaciones que pueden compartirse entre grandes sectores, y es lo que mueve a los sacrificios personales en aras de su colectividad (los héroes y los mártires). Pero también, esta visión ha sido utilizada como un justificativo ideológico de grupos o clases dominantes, que quisieran que se perpetuara la situación que les beneficia. Es así que Fukuyama -uno de los primeros ideólogos del neoliberalismo- sentenció que la humanidad ya alcanzó “el fin de la historia”, el nivel culmen al que realistamente podíamos alcanzar. Un “fin del mundo” que no corresponde a lo que nos gustaría o a lo que habíamos imaginado; pero que, de hecho, sería “el mejor de los mundos posibles”.

La filosofía de la historia de Vico, en el siglo XVIII, conjuga ambas visiones, dando un sentido espiral: de alguna forma es cíclica, pero no cierra el círculo, sino que va ascendiendo hacia un futuro mejor. Hegel, en cambio, añade la dialéctica y el conflicto, pues el progreso no es uniforme y lineal, como pretenderá luego el positivismo, sino que avanza entre conflictos y rupturas, superando las contradicciones: “tesis- antítesis- síntesis”; afirmación, negación y superación de alternativas mediante negociaciones.

Esto plantea interrogantes: ¿es la historia una ciencia?, y si lo fuera, ¿de qué tipo? (ciencias duras, ciencias blandas, arte). Lo que se pretende del historiador, ¿es la verdad? ¿o simplemente la veracidad (la honestidad intelectual)? Se demanda del historiador la “objetividad” ante los hechos del pasado, lo cual no equivale a la “neutralidad”, pues antes que historiador, se trata de un ciudadano que tiene una postura política.

Un ejemplo es la “objetividad” de las fuentes seleccionadas: para conocer la realidad de los antiguos habitantes de lo que hoy llamamos México, contamos con testimonios recogidos durante la época Colonial, es decir, de fuentes escritas, siendo así que los antiguos nativos preferían la tradición oral, en las que las mitificaciones suponían una manera peculiar de narrar. Pero además, los hechos así escritos pasaban por los filtros de los frailes evangelizadores, con sus inevitables prejuicios y deformaciones. Supongamos que, dentro de 200 años, un historiador quisiera estudiar el presente sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Si se redujera a revisar las hemerotecas de los diarios de este tiempo (incluyendo, quizás, videotecas de los noticiarios televisivos), tendrían una visión muy sesgada, de no contar con fuentes oficiales alternas.

La historia -como disciplina académica- pretende recoger el pasado que, considerándolo de forma total, sería, obviamente, imposible. De ahí que todos los historiadores aporten algo en la frustrante recopilación. La realidad de cualquier colectividad constituye una cultura, en la cual podemos distinguir varios sistemas completos. Por esta razón, algunas disciplinas intentan hacer historia desde el sistema que les corresponde (Historia de la Economía, Historia de las Ideas, Historia de la Filosofía, Historia de la Sexualidad, Historia de la Medicina, Historia de la Educación, etc.). Esto es legítimo; pero una garantía de historicidad sería ubicar el área de interés desde un contexto global histórico.

Consideraciones sobre el curso

El objetivo de este curso será dar una rápida visión panorámica del fenómeno religioso, desde que los primeros habitantes, procedentes de la actual Mongolia, pisaron tierra del Continente, hará unos 15,000 años, hasta el sexenio pasado (el de Enrique Peña Nieto). Siendo su objetivo simplemente despertar en los alumnos interés por el tema, esta ambiciosa pretensión ha tenido que privilegiar la interpretación sobre la información y la fluidez sobre el aparato crítico.

Con el título “lo religioso”, en lugar de algún otro de los que suelen aparecer en la currícula de los seminarios eclesiásticos del país, tales como “Historia de la Iglesia en México”, se pretende dar mayor amplitud, para no reducirnos exclusivamente a la Iglesia Católica, sino para incluir, de alguna manera, la participación de los grupos cristianos no católicos (“evangélicos”, diversos protestantismos, sectas, denominaciones, “nuevos movimientos religiosos”, etc.), así como atender a las diversas religiosidades populares, incluso en sus formas sincréticas, que son la religión realmente existente en amplios sectores del país… todo lo cual configura nuestra galaxia religiosa.

Los otros títulos similares a que hacíamos referencia, tratan de apegarse a la curricula oficial de la Santa Sede, que dispone un curso de “Historia de la Iglesia”, en todo caso, con énfasis a su actuación en México. Esta perspectiva, además de eurocentrismo (“la historia de la Iglesia” sería la de la Iglesia Europea, con algún añadido a África, Oriente o Latinoamérica),  connota también cierto eclesiocéntrismo, institucional y clerical (creación de diócesis, relevo de obispos, vocaciones, etc.). Alguien puede proponer el, simplemente, llamar al cruso “Historia de la Iglesia Mexicana”; pero se prestaría a confundirlo con aquella asociación religiosa cismática, fundada por el presidente Elías Calles con el Patriarca Pérez.

Evitar estos reduccionismos situamos la actuación de la Iglesia Católica dentro del contexto nacional, pues la Iglesia habrá de ser juzgada por su real participación en los diferentes momentos de la historia del país, teniendo como criterio para su evaluación, las tareas que supuestamente, deben realizar los cristianos en las diferentes situaciones que les toca vivir. En todo caso, un título podría ser “La Iglesia en la Historia de México”; pero con lo dicho anteriormente, se prefiere el título de “Lo Religioso en la Historia de México”

Historiografías

En cuanto al deslinde entre historiografías, es conocida la polarización ideológica que se tiene de nuestro pasado, en especial, del siglo XIX y los dos primeros tercios del siglo XX. Nos topamos con dos historiografías opuestas, la liberal y la conservadora. Pongamos, por ejemplo, la imagen de Benito Juárez, que para los primeros sería un santo (se le celebran dos aniversario: su nacimiento y su muerte) y para los segundos, casi un demonio. Igual las leyes de Reforma, hasta la guerra de la Cristiada. Afortunadamente, se ha ido abriendo espacio un nuevo paradigma, que trata de mayor objetividad científica; que evita las ideologizaciones -la liberal jacobina o el triunfalismo clerical-, por lo que su criterio de juicio no es el de los logros o fracasos de la Institución eclesial como tal, sino lo que hace respecto a los pobres (la “opción por los pobres”, declarada en Medellín 68). El ejemplo más claro es el que realiza la Comisión de Estudios de Historia de la Iglesia en Latinoamérica (CEHILA)

Periodización

Tomamos como una base para ello, la categoría de “Modos de Producción” utilizada por el marxismo, si bien ya Lewis Henry Morgan bridó algunos antecedentes (New York, 1818-1881).[1] Los humanos nos agrupamos en sociedad para producir lo necesario a nuestras necesidades básicas, y para reproducirnos como especie. Se da, por tanto, la primacía a lo económico, pues según se organice la producción general, así se estructurará la organización política y el sistema de ideas y hábitos que lo justifican y aglutinan. Nos damos cuenta que el subcontinente americano fue recibiendo los modelos fundamentales europeos, si bien, desde una impronta peculiar. Esto nos permite un breve esquema a modo de índice:

PARTE I

  1. Los primeros pobladores (MP Comunismo primitivo)
    1. El Neolítico Mesoamericano (MP Asiático o Despótico-tributario)  Los Aztecas
    1. El feudalismo español (MP Feudal). El esclavismo (MP Esclavista)
    1. (Des)encuentro de dos mundos
    1. Régimen Colonial
    1. Génesis del Estado Liberal (MP Capitalista embrionario)
    1. La Independencia
    1. El liberalismo político. Las Leyes de la Reforma
    1. El Porfiriato restauracionista

PARTE II

  1. La Revolución Mexicana (1910-1950). La Cristiada
    1. El Priato I “El Desarrollo Estabilizador” (1950-1968)
    1. El Priato II “La Decadencia” (1968-1982)
    1. El neoliberalismo (1982-2018)

ALGO DE BIBLIOGRAFÍA

ALAMÁN, Lucas. “Historia de México”, Ed. Jus, 1972

BLANCARTE, Roberto: “Historia de la Iglesia en México”, F.C.E., México, 1993

BRADING. D.A., El clero de México y el movimiento insurgente de 1810”, Relaciones, El Colegio de Michoacán, 1981, No. 5

CUEVAS, Mariano: “Historia de la Iglesia en México”, El Paso, Texas, 1928. 6 vols.

GARCÍA UGARTE, Marta Eugenia. “La nueva relación Iglesia-Estado en México: Un análisis de la problemática actual”, Ed. Nueva Imagen, 993.

HALE, Charles A: “El liberalismo mexicano en la época de Mora 1821-1853”, México Siglo XXI. 1972

MARROQUÍN, Enrique: “La Génesis del Estado Liberal”, en “Hacia una Historia Mínima de la Iglesia en México” Alicia Puente Lutteroth (comp), Ed. Jus, CEHILA, 1993, pp 193-110

MARROQUÍN Z, Enrique: “¿Persecución Religiosa en Oaxaca?”  (coord.) Instituto Oaxaqueño de las Culturas, Oaxaca, 1994

MARTÍNEZ ASSAD, Carlos (coord) “A Dios lo que es de Dios” Ed. Aguilar, 1994


[1] Véase Engels. Federico,  “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”.

7. JUICIO Y PASIÓN

El drama y su desenlace. Preparativos. Jesús decide asumir Él sólo las consecuencias. Ritual simbólico de despedida. Huida de los discípulos. Juicios religioso y político. Condena. El silencio del Padre. Fracaso de la causa de Jesús.

1) Preparativos para el drama (14, 1-16)

A. Preparativos del Centro judío (miércoles) (14, 1-2)

B. Preparativo simbólico de la sepultura: Unción (14, 3-9)

C. Preparativos de Judás (14, 4-11)

D. Preparativos de la cena (jueves am) 14, 12-16)

2) Opción de Jesús: asumir Él sólo las consecuencias (14, 17-21-42)

A. Jesús frente a la traición (viernes judío) (14, 17-42)

B.  Acción profético-simbólica sobre el pan y el vino (14, 22-26)

C.  Jesús frente a la inminente huida de los discípulos (14, 27-31)

D.  Jesús frente a la muerte. Silencio del Padre; resistencia y

sumisión (14, 32-42)

3) Juicio y condena: el fracaso de la causa de Jesús (14, 53 al 15, 47)

       Juicio de Judas: entrega y traición (14, 43 al 15, 4)

A1. Juicio religioso: (14, 53-65) (Sanedrín)

A2. Juicio de Pedro: (14, 66-72) (patio)

B1. Juicio político (15, 1-5) (adentro pretorio)

B2. Juicio popular (15, 6-20) (afuera pueblo y soldados)

C. Camino de cruz y crucifixión (15, 21-27)

D. En la cruz: tres burlas y tres juicios (15, 29-39)

  1. Preparativos para el drama

A y B- Preparativos del Centro judío, y de Judas (miércoles) (14, 1-2). “entrega – traición”

Las autoridades religiosas querían matar a Jesús antes de la Pascua, para evitar motines; pero no podían acercarse a su círculo íntimo por temor a que el pueblo fuera contra ellos, y no pueden entrar en su círculo. Necesitaban de alguien “de dentro” que se los entregase a los de “fuera”. Lo quieren matar durante la preparación a la fiesta celebrativa de la liberación de Israel, condenando a quien vivió para dicha liberación. Judas los contacta (goza de cierta libertad de acción por su cargo de proveedor). Acuerdan darle 30 monedas (el precio de un esclavo), y desde entonces, Judas estuvo buscando la oportunidad de entregarlo. Extraña las razones de la traición de uno de los Doce (bien elegidos y formados). El evangelio de San Juan le supone un motivo económico; pero, incluso, les botó las monedas. Quizás hayan sido sus tendencias zelotas, las que lo ilusionaron de creer que después de la toma del Templo se proclamaría rey, y los zelotas, seguramente, lo habrían ayudado. Creyó que Jesús habría traicionado la causa del reino.

C. Preparativo simbólico para la sepultura-unción (14, 3-9) En Betania

Jesús se refugia en la casa de un leproso. Entra una mujer con un frasco de perfume de nardo puro, muy costoso, lo quebró y lo derramó sobre la cabeza de Jesús, para ungirlo. Algunos (según Juan, fue Judas) criticaron a la mujer, pues con esos 300 denarios se habría podido ayudar a pobres; pero Jesús la defiende: “a los pobres los tendrán siempre entre ustedes y podrán socorrerlos cuando quieran; pero a mí no siempre me tendrán” (v-7). Intérpretes de Derecha, apoyados en esa frase, afirman que para Jesús, siempre habrá pobres, y por tanto, ayudarlos -aparte de inútil-, sería ir contra la voluntad de Dios que, en su Providencia, así lo dispuso. Pero para Jesús, lo que realizó la mujer fue adelantar un ritual de unción para la sepultura, que ya se temía venir.

D. Preparativos de la cena (jueves am) (14, 12-16)

    Los discípulos le preguntaron a Jesús dónde quería celebrar la Pascua y Él envió a dos de ellos a la ciudad, donde les saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua, al que debían seguir. Aquí me detengo, para presentar un estudio exegético que aporta un dato algo curioso[1]: ir por agua a la fuente era tarea de mujeres, las cuales llevaban el cántaro sobre la cabeza (los varones, cuando llevaban agua, lo hacían con dos botes y un palo). Las instrucciones de Jesús, según el autor, connotaban que tenían que seguir a un varón homosexual, y adonde entrase, tenían que hablar con el propietario sobre el sitio donde el Maestro celebraría la Pascua, quien les mostraría una “sala grande, en el piso superior y preparado con divanes”, lo que podría dar pie a pensar que habría, además, otros discípulos (o discípulas) que tal vez habrían podido también estar presentes.

2) Jesús asumirá Él sólo las consecuencias (14, 17-21-42)

  1. Acción profético-simbólica sobre el pan y el vino (14, 22-26)

    La Cena jueves anterior a la Pascua, Jesús y los suyos tuvieron una cena ritual, recordando el contexto del Éxodo (liberación). Implicaba una acción profética simbólica que condensaba toda su práctica y su suerte: la Alianza, por la que Israel se constituyó “Pueblo de Dios”, que en aquel momento se sellaría partiendo el pan y compartiendo (entregado) el vino. Con esto, Jesús entrega su vida como pan (multiplicado) y su sangre como vino (“tomen, esto es mi cuerpo… esta es mi sangre”). Esta entrega será certeza escatológica (“No beberé vino hasta que llegue el Reino”). El cordero, centro de la cena, no es la víctima expiatoria del sacrificio levítico, sino el cordero Pascual, signo de liberación.

  • Previsión de la inminente huida de los discípulos (14, 27-31)

    Jesús previó la cobardía de sus discípulos, secuela normal de la condición humana. Después de los salmos rituales, salieron del “cenáculo” camino al Monte de los Olivos y Jesús les enfrenta con su premonición –“Todos van a fallar, como está escrito”- pero también les reconoce una conversión, que tendrá lugar cuando resucite y los vuelva a ver en Galilea. Pedro alardea: “Aunque todos falle, yo no”; pero Jesús lo pone en su lugar: “Te aseguro que hoy mismo, esta noche, antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres”.

  • Jesús frente a la opción final (14, 32-42)

    Jesús es conciente de que llega el momento -previsto, aceptado, temido-: ya no huirá, pues esto desautorizaría su práctica y su causa (pero ¡qué más desautorización que su muerte!). Quizás pudo haber modificado a última hora la decisión de ir a Getsemaní, pero eso evidenciaría a Judas. Llegados al huerto de Getsemaní, Jesús  se aparta del grupo, llevándose consigo a sus apóstoles más concientes –Pedro, Santiago y Juan-, objeto de las mayores oportunidades formativas, y les pide -les ruega- quedarse cerca y despiertos, para el apoyo que necesita en su angustia mortal. Postrado en tierra, demanda que, de ser posible, se evite un desenlace violento (por supuesto, sin recurrir a salidas mágicas o milagrosas): “Abbá, tú lo puedes todo, aparta de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Sabe que no hay equivalencia entre su Padre y el poder; que Dios respeta la libertad humana, y que la voluntad de su Abbá, como siempre en la historia, será “kénosis” (abajamiento). Sabe que su muerte no es para satisfacer a un Dios vindicativo, necesitado de expiación, y que con esto, desenmascarará al poder homicida del Centro y de la Ley de la pureza… pero choca con el silencio del Padre. Aflora dramáticamente la condición humana de Jesús: necesita cualquier tipo ayuda; pero tropieza con la incomprensión de sus discípulos. Va a verlos cómo están… y los haya dormidos.

     Dirigiéndose al “envalentonado” Pedro, le recrimina no haber estado despierto ni siquiera una hora: “Despierten y oren para no caer en la tentación. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”. Jesús, siendo humano, conoce nuestra naturaleza caída. No pretende quitarnos las tentaciones, sino aprender a superarlas, y para ello, aconseja la oración y la vigilancia. Nuevamente se retiró a orar -dos y tres veces- y los encuentra dormidos. Ha llegado el momento terrible; los despierta bruscamente: “¡Todavía dormidos y descansando! Basta, ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre será entregado en poder de los pecadores. Vamos, levántense, se acerca el traidor.”

  • Juicio y condena: el fracaso de la causa de Jesús (14, 53 al 15, 47)

       Juicio de Judas: entrega y traición (14, 43-52). El beso, de ser signo de intimidad, ahora se vuelve signo de traición (contraseña de la entrega). Al percibir aquella señal, de inmediato se le echaron encima. Hubo un connato de resistencia: uno de los presentes sacó una espada de sicario, y de un tajo cortó la oreja al sirviente del sumo sacerdote. Finalmente, todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Marcos anota un detalle embarazoso que los otros evangelistas y los traductores mismos prefieren pasar en silencio: en la trifulca, “agarraron a un joven cubierto tan sólo con una sábana; pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo” (vv. 14, 51-52). ¿Qué hacía ese joven desnudo aquella noche? ¿Será otro detalle de la supuesta homosexualidad de Marcos? ¿O se tratará de Marcos mismo?

A. El Juicio religioso

   Dentro del Sanedrín (14, 53-65)

  • El juicio se desarrolló con varias irregularidades: para una pena capital, no podía convocarse Al Sanedrín por la noche, ni en sábado, ni en las fiestas; no se podía pronunciar sentencia de muerte el mismo día del juicio oral. Entre todos los testigos, Jesús era el único veraz (los discípulos habían huido). Habría, al menos, que cubrir las apariencias formales, por lo que Caifás le preguntó directamente a Jesús si era “el Mesías, Hijo del Bendito”. Dado que Caifás era la autoridad legítima, esta vez Jesús no quiso salirse “por la tangente”, como en otras ocasiones, y dio una respuesta afirmativa, clara e inequívoca: “Yo soy. Verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y llegando entre las nubes del cielo” (v.62, aludiendo a Dan. 7, 13). Caifás aprovechó la respuesta, presentándola como blasfemia; aunque en realidad no lo era (Jesús decía la verdad) y menos aún en aquel tiempo de expectativas mesiánicas.

  Fuera del Sanedrín (14, 66-72)

  • Marcos distingue dos juicios: mientras que en la interrogación del Sumo Sacerdote, Jesús afirmaba a Dios, comprometiendo su vida; Pedro, calentándose en una fogata del patio del palacio de Caifás, ante el interrogatorio de una sirvienta del sumo sacerdote –que lo había reconocido como seguidor del reo-, reniega de cuanto, desde la llamada de Jesús en la playa de Cafarnaúm, hasta ese momento, había sido su identidad: seguidor de Jesús; negándolo tres veces bajo juramento y poniendo a Dios por testigo. Volviendo al comentario de Manuel Villalobos quien, como se dijo, trata de resaltar elementos homosexuales en San Marcos, bajo el título “Rebequita la hocicona”.[2]  Villalobos Llama a la criada “Rebequita”, en alusión a una experiencia autobiográfica, y la pone como juez y parte, imaginándola como “marimacha” (en el pueblo de Villalobos, las reuniones nocturnas en torno a una fogata callejera es espacio solo para varones) y recuerda a una tal Rebequita, marimacha, quien habiéndose quedado sola, participaba en las asambleas de varones y tenía comportamientos similares.
  • En el episodio del evangelio, los criados se calientan en una fogata, en la que, además, está esta criada (“Rebequita”), y es quien  pone a Pedro en su lugar. Al corregir al apóstol es como si quisiera decirle: “tu lugar debía estar allá adentro, con el reo”. Villalobos rescata aquí toda una fenomenología de la mirada “observante”: los varones son quienes de ordinario miran a las mujeres; pero aquí, fue la mujer quien “se le quedó mirando” a Pedro, y le interrogó. Ante su respuesta negativa, en otro lugar, nuevamente la mujer volvió a ver a Pedro y empezó a confirmarles a los presentes que era uno de ellos. Lucas hace que Jesús se asome al patio, se vuelva y mire Pedro, y entonces el gallo cantó (Lc 22, 61).

B. El Juicio político

Afuera del Pretorio (15, 1-5)

  • Ya que el juicio religioso no reunió la legalidad necesaria, ante ciertas críticas de algunos miembros del Sanedrín, temprano al día siguiente, Caifás lo convocó de nuevo. Las autoridades quieren que Jesús sea condenado por el poder romano, y de la forma más cruenta posible, la crucifixión.

    Pilato interrogó a Jesús sobre sus pretensiones de hacerse rey:; pero Jesús le responde: “Eso eres tú quien lo dice” (en realidad, lo está negando). Es proverbial la justicia romana (el Derecho Romano), y Pilato querría obrar correctamente. Después de interrogarlo, hizo algunos intentos: intentó aplacarlos liberando a Barrabás -un zelota arrestado por un homicidio “durante el motín” (probablemente, el borlote del domingo anterior). Según San Lucas, Pilato le envió a Herodes al preso, quien lo regresó… en fin, hizo lo posible; pero sin comprometerse, cuidando más su prestigio que hacer justicia, y viendo que la gente estaba furiosa y obcecada, liberó a Barrabás y entregó el reo a la soldadesca.

 Dentro del Pretorio (15, 16-20)

  • Dentro del Pretorio, los soldados convocaron a toda la guardia (la “corte”). Le pusieron las insignias del Imperio (andrajos de púrpura, corona de espinas y una caña a guisa de cetro) y le hacían reverencia, golpeándolo en la cabeza con esta. De allí lo llevaron a crucificar.

C. Camino de cruz y crucifixión (15, 21-27)

  • El camino al Calvario, Jesús cargaba sólo el palo transversal de la cruz (el vertical ya estaba fijo para las crucifixiones). Ya se veía agotado y maltratado por los azotes y los golpes. El centurión teme que el reo no llegue a la cruz, lo que le representaría problemas, por eso, obliga a un emigrante (un vulnerable) a que ayude al reo cargando el madero. Se trataba de uno de los primeros conversos, conocido por la comunidad cristiana –“Simón de Cirene, padre de Alejandro y Rufo”-. Lo condujeron al Gólgota, “Lugar de la Calavera”, le ofrecieron vino mezclado con mirra (una especie de analgésico) que Jesús no tomó; lo desnudaron, repartiendo, por suertes, su ropa y a las 8 de la mañana lo crucificaron, en medio de dos asaltantes (“lestai”).

D. En la cruz: tres burlas y tres juicios (15, 29-39)

Tres burlas contra su proyecto de reinado (15, 29-36)

  1. “No puede destruir el templo y salvarse” (29 ss)- Esta burla proviene del poder religioso y se trata de la “ordalía”: si no puede salvarse, es señal de que es culpable, pues Dios no permite que un inocente sufra.
  2. “No puede slavarse a sí mismo y a los otros dos ajusticiados.” (31-32) La hacen los sumos sacerdotes -secundada sólo por uno de los ajusticiados-, “Que baje de la cruz y creeremos en Él”. denota una fe débil, condicionada a la victoria sobre los enemigos, realizado de manera maravillosista, connotando poder.
  3. “¡Veamos si lo salva Elías!” (35-36). Jesús agoniza, y sufre al sentir el abandono de Dios. Lo increpa. Ahora ya no lo llama “Abbá”, sino “Eloí, Eloí, lamá sabatacní” (Dios mío, por qué me has abandonado?). Los soldados (que no entienden el arameo) piensan que invoca a Elías.

Tres juicios (15, 34-39)

  1. Primer juicio: el silencio de Dios (34). Jesús está desconcertado ante el silencio de Dos, quien en esa hora, guardó silencio. Es lo que más le entristece. Jesús no reclama, sino sólo expresa su desconcierto, sólo quiere saber… Y dando un fuerte grito, encomendando al Padre su espíritu, expiró.
  2. Segundo juicio: el velo rasgado (38). Comienza el juicio de Dios. Una señal escatológica: ha llegado el Día de Yahvé. El Templo ya no retiene la presencia de Dios. Se cumple la condena que había hecho Jesús frente al Templo. Es importante también para nosotros: saber, en la historia, dónde se encuentra Dios.
  3. Tercer juicio: el comienzo de la fe (39). En contraste con las condiciones de los sacerdotes, el Centurión no puso condiciones, sino creyó y confesó a Jesús como Hijo de Dios. Una fe que contrastaba con quienes lo insultaban. Tampoco las mujeres necesitaron señales mágicas. El silencio de Dios fue su última palabra. Las mujeres mantienen su gran confianza en el Padre, por encima de aquel tremendo silencio y de aquella infame muerte. La última palabra es la resurrección.

EL EPÍLOGO (16, 1-8)

Marcos concluye su evangelio con el episodio del primer día de la semana, muy temprano, cuando María Magdalena, María de Santiago y Salomé van con perfumes a ungir el cuerpo, preocupadas por encontrar a alguien que les Ayude a mover la gran piedra del sepulcro; pero la encuentran ya corrida. Al entrar al sepulcro, vieron a un joven vestido de blanco, quien les dice que, si buscan a Jesús Nazareno, el crucificado, no está  ahí, ha resucitado; y les manda decirles a Pedro y a los demás, que vayan delante a Galilea y allá lo verán. Y Marcos en su último versículo: “Ellas salieron corriendo del sepulcro, asustadas y fuera de sí, y de puro miedo, no dijeron nada a nadie.”  Con estas palabras, también a los lectores nos deja desconcertados, como habrá quedado el mismo evangelista.

            En las versiones aprobadas de este Evangelio, se halla un epílogo que –por acuerdo unánime de los exégetas- no pertenece a Marcos, sino a otra pluma y otro estilo. En este epílogo. Jesús aparece a María Magdalena, quien va a ver a los apóstoles, los halla llorando y no la creyeron. Luego habla de los dos discípulos de Emaús, a quienes tampoco les creyeron. Por último, narra la aparición a los Once en la mesa; les reprende su obstinación por no haber creído a los que lo habían visto, y los envía por todo el mundo proclamando la Buena Noticia a toda la humanidad… y así, mientras hablaba, se fue elevando al cielo.


[1] VILLALOBOS MENDOZA, Manuel: “Cuerpos abyectos en el evangelio de Marcos”, Ediciones El Almendro, Córdona /Uniclaretiana (Edición Universitaria Claretiana. Quibdó, Chocó. Colombia, 2016. El autor es un biblista “chicano” claretiano, que se reconoce abiertamente homosexual, y que pretende visibilizar estos elementos de género en el evangelista. Utiliza el lenguaje “chicano” popular lúdico; pero no carente de sólidos fundamentos exegéticos (Para este pasaje, vid. “Nachín el Machín” pp 119-149). El autor observa que, mientras  Lucas simplemente sigue a Marcos, Mateo –quien siempre suele añadir detalles a Marcos- en esta ocasión, los elude completamente para no comprometerse.

[2] “Marimachas, descaradas, malcriadas y hociconas”, o.cit., pp 81-111