II. Los mártires de Cajonos

IMPLICACIONES SOCIOCULTURALES DE UNA CAUSA DE CANONIZACIÓN

            En esta primera parte, dedicaremos tres clases para ejemplificar conflictos entre diversos universos simbólicos religiosos. Entendemos por “universo simbólico” a “un cuerpo de tradición teórica que integra zonas de significación diferentes y que abarquen el orden institucional en una totalidad simbólica”. Toda colectividad requiere de alguno que ordene el “caos” (la realidad en sí), con lo que brinda seguridad y sentido de pertenencia, asignan rangos y jerarquías, conectan con los antepasados, etc. (Berger/ Luckmann, 1976: 120-163). Los tres conflictos de esta primera unidad corresponden a las siguientes contradicciones:

  1. Conflicto entre el sincretismo religioso indígena y el Catolicismo oficial de fines del siglo XVII.
  2. Conflicto entre la religiosidad indígena de inicios del siglo XX y el secularismo ateo de los “maestros rurales del Cardenismo.
  3. Conflicto al interior del cristianismo, entre los llamados “evangélicos” y los católicos de municipios rurales de Oaxaca, entre 1979 y 1980
  • La mitología es el primer mecanismo conceptual y el más arcaico, para mantener un universo simbólico: sostiene el “ethos” cultural y presenta una visión del mundo en armonía con la propia cosmovisión (Geertz 1990: 89).
  • Cuando en un territorio dominado por la mitología, irrumpe otro universo simbólico más elaborado, suele darse un conflicto, que una vez resuelto (quizás por una imposición coercitiva), coexistirán dos universos simbólicos religiosos, los cuales, paulatinamente tenderán a cierto sincretismo. Algunas veces dicho sincretismo puede ser “de síntesis”; pero otras veces se da cierta ruptura al interior del sistema religioso mismo (que en general no llega a la ruptura total). Entonces tendremos una mitología popular, más o menos solapada (religiosidad popular”) y una teología sofisticada entre las élites (“religión oficial”), lo cual puede derivar hacia fuertes, como en el caso presente

Los Mártires de Cajonos

En 1982 se formó una comisión para recolectar información para tramitar ante la Santa Sede una causa de beatificación. Diez años después, el 18 de agosto de 1993, el día de su 75 cumpleaños mismo, renunciaría el Arzobispo titular Bartolomé Carrasco, un prelado indigenista, progresista y muy estimado por el presbiterio y por la gente. El nuevo Arzobispo Coadjutor, D Héctor González, recién llegado y con poca prudencia, pensó legitimarse, aprovechando el debate histórico en torno al supuesto “descubrimiento” de América. La coyuntura se dio cuando en el descuidado archivo de la Arquidiócesis, se encontró el original del libro “Apuntes Históricos”, publicado en 1889 por el célebre don Eulogio Gillow y Zavalsa, primer Arzobispo de Oaxaca, en el que se recogían los pormenores del martirio de dos indígenas que fungían como “fiscales”[1] en el pueblo de San Francisco Cajonos, de la Sierra Norte de Oaxaca, con la finalidad de promover su beatificación. El Arzobispo Coadjutor decidió fuertemente impulsar la causa; aunque al inicio recibió la repulsa de historiadores oaxaqueños, maestros, indígenas y muchos sacerdotes de la arquidiócesis. Por el otro lado, un gran impulsor fue un sacerdote oriundo de ese pueblo, con apoyos de algunos sectores laicales (pensaban en una supuesta derrama económica si el pueblo se convertía en santuario regional).

Los hechos

  • Los hechos sucedieron el 14 de septiembre de 1700, cuando la Iglesia novhispana, daba por terminada la primera evangelización, pues la mayor parte de los habitantes del pueblo ya estaban bautizados (a vapor), y siguiendo el espíritu del Concilio de Trento, se organizaban “campañas antiidolátricas”. Si algunos ya bautizados (por tanto, ya católicos) practicaba algún rito de la antigua religión autóctona, se consideraba como “apostasía” o retorno a la idolatría.
  • El evento sucedió en el pueblo de San Francisco Cajonos, uno de los cuatro pueblos de la región de Cajonos, del distrito de Villa Alta, en la Sierra Norte de Oaxaca. Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, fiscales del templo, recurrieron al párroco Fray Gaspar de los Reyes OP, para denunciar que esa noche el pueblo iba a idolatrar (una de las obligaciones de los fiscales era detectar y denunciar idolatrías). Desde el campanario, los fiscales mostraron al novato cura aterrado, como una “prueba”, que en la casa vecina estaban matando guajolotes. Al anochecer se vio al síndico con una pequeña capa extraña dirigirse hacia la casa vecina. El cura recurrió al municipio, donde había dos funcionarios españoles, mandó sendos mensajes a la guarnición de Villa Alta y a su Provincial y retuvo a dos españoles que estaban de paso por el pueblo: en total, fueron ocho personas –contando a los dos fiscales- los que integraban el contingente del Novhispano. Ya entrada la noche, este grupo entró sigiloso, con espadas desenvainadas, reprendieron al pueblo y después de amonestarlo, secuestraron la ofrenda (una venada destripada) y la guardaron en una bodega en la planta baja del convento.
  • Por la noche, todo el pueblo se reveló: un tamborcito estuvo tocando toda la noche, los indios se reunieron con la cara embadurnada para no ser reconocidos y  corría el aguardiente. Advertían al párroco que no tuviese miedo, que no le harían daño a los sacerdotes, y que único que pedían era que les entregara a los delatores, a lo que el párroco se negó, pues el templo tenía derecho de asilo. Fueron llegando contingentes de 18 pueblos vecinos, los gritos e insultos aumentaban… El párroco salió al balcón a calmar los ánimos, con un estandarte de la Virgen María, y no sin estupor, escuchó el grito de “¡Quita esa!”. Para entonces, ya habían forzado la puerta del local para recuperar la ofrenda, y los más audaces, se treparon el techo para quitar las tejas. Entonces el Capitán D Antonio Pinelo salió al balcón, y constatando lo violento de la multitud,  condicionó la entrega de los fiscales a la promesa de que no los harían daño. Estos, sabiendo que serían linchados, pidieron confesión y la comunión. Al tener en su poder a los fiscales, los azotaron, los amarraron a la picota y los exhortaron a retractarse del cristianismo (“¿Qué no ven que la “idolatría” fue lo que siguieron nuestros padres y nuestros abuelos”?). El jueves 16 llegó, por fin, la justicia de Villa Alta. Por la tarde unas 80 personas demolieron -a plena luz y delante de la guarnición- las casas de los fiscales y amenazaron que si aprehendían a uno, toda la gente se iría al monte y se perdería el tributo. Más tarde, los indios solicitaron la reconciliación. A la pregunta por los fiscales, dijeron que ignoraban su paradero, pues simplemente los habían expulsado del pueblo, exigiéndoles que se fuesen lejos.
  • Las diligencias judiciales españolas fueron rápidas, discretas y rigurosas y dieron parte al virrey. Recorrieron el terreno y encontraron los restos de los ajusticiados. La Real Audiencia, el 24 de enero de 1701 promulgó el Real Acuerdo en el que se aprehendían a las 15 autoridades de los pueblos rebeldes y los sentenciaron a garrote vil, les cortaron la cabeza y las fijaron a estacas prohibiendo su remoción.

Religión autóctona

  • A los españoles debió inquietarles la existencia de otra religión, con sus rituales, mitologías y funcionarios diferentes a los suyos.
  • La primera reacción ante aquel shock cultural fue reducir la religión nativa a “lo ya conocido”. Por tal razón Mon. Gillow creyó la versión de “La Cruz de Huatulco”,[2] supuestamente traída por Santo Tomás Apóstol, de quien se dice que llegó hasta la India (confusión de Colón).
  • Cuando se descartó aquella hipótesis, la cambiaron por otra teología: La religión vencida habría sido traída por Satanás mismo, para engañar a los indios. Basaban el “engaño diabólico” a las semejanzas con el cristianismo. De modo que gracias a la magia de los misioneros, los dioses –expresión más excelsa de la religión mexica- quedaron convertidos en demonios; los ritos –que aseguraban la supervivencia-, en “supersticiones”, y sus venerables sacerdotes, en “brujos”. Por lo nuclear de aquel “universo simbólico”, la demonización de los dioses significó una autodenigración de aqauella cultura, de la que aún no se reponen muchas comunidades indígenas (sincretismo de yuxtaposición). Los misioneros denigraron aquella religión, fijándose en sus cruentos sacrificios humanos, la antropofagia y horrendos pecados. El etnocentrismo europeo descalificó la moral de los vencidos, por descripciones hoy increíbles, con las que justificaban la Conquista: la Providencia había traído a los españoles para redimir a los indios de la esclavitud del demonio.
  • Hoy se sabe que aquellos pueblos no fueron tan burdamente politeístas: se trataba, ciertamente, de “naturalismo religioso”, que divinizaba astros, árboles o fenómenos naturales; pero esas Fuerzas quedaban supeditadas a cierta deidad suprema genérica y omniabarcante –Pitao, Conquibezelao, Tloque-Nahuaque, etc.-.[3] Para el siglo XVIII, tiempo que nos ocupa, aquella teología “solapadora” de los misioneros no sólo sobrevivía al siglo XVII, sino que se había vuelto mucho más rígida, pues a los criollos, para poder explotar mejor la mano indígena, tuvieron antes que deshumanizarlos religiosamente. Como es de suponerse, los procesos sincréticos no corrieron al mismo ritmo. En los lugares más abruptos,  lejos de la influencia colonial, las supervivencias perduraron más tiempo, y se cita concretamente a Los Cajonos como uno de estos pueblos más apartados.

Evangelización y cultura

  •     Algunos historiadores han justificado ciertas prácticas de aquella evangelización alegando que no se puede juzgar la ética de sucesos del pasado a la luz de los principios éticos del presente. La afirmación puede tener cierta racionalidad; sin embargo, otros historiadores contraponen lo que llaman “textos reveladores”, es decir, testimonios de la misma época del pasado, y que sin embargo opinan en sentido opuesto.
  • Un ejemplo de “textos reveladores” que se contraponen, en el mismo tiempo histórico -la “teología solapadora” y la “teología profética”-; pero desde distintos actantes políticos (el español vencedor y el indio vencido) fue la llamada “Controversia de Valladolid”. Narrémoslo secuencialmente por sus protagonistas mismos, comenzando con el ala progresista de entonces, los frailes dominicos:
    • Fray Antonio Montesinos OP, fraile residente en la isla de Santo Domingo (hoy República Dominicana, Haití y Puerto Rico). El 21 de diciembre de 1511, predicó un apasionado sermón criticando el régimen de la Encomienda y decretando la excomunión a los encomenderos. Según el testimonio de Bartolomé de las Casas, hasta entonces, un laico encomendero intelectual, el obispo habría sentenciado, entre otras cosas, lo siguiente:

“Los españoles en la isla están todos en pecado mortal y viven y mueren en él, por la crueldad y tiranía que practican entre estos pueblos inocentes (los taínos) (…). «Ni yo ni ninguno de los otros misioneros permitiría a estos esclavistas participar en la confesión». (…) “Decidme ¿con qué derecho de justicia tenéis a estos indios en tan cruel y horrible servidumbre? ¿Con qué autoridad habéis librado guerras tan detestables contra este pueblo que habitaba tranquila y pacíficamente en sus propias tierras?” 

  • Fray Bartolomé de Las Casas. Había llegado a la Nueva España como laico. Fue encomendero; pero versado en la teología y filosofía. En 1515, al escuchar a Montesinos, renunció a su Encomienda y abogó, ante Fernando el Católico, por los derechos de los nativos. Ordenado sacerdote y nombrado obispo de la Diócesis de San Cristóbal, erigida en 1539, que abarcaba todo Chiapas, hasta Nicaragua.  Fue autor de algunos libros en los que denunciaba os malos tratos de los indios, siendo su principal obra la “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, publicado en 1552.
    • La Controversia de Valladolid. El 3 de julio de 1549, el Consejo de Indias, a instancias del rey Carlos V, mandó detener la conquista. Las denuncias hechas por Fray Bartolomé de las Casas, apoyado por Francisco de Vitoria, también dominico, escritor, catedrático de la Universidad de Salamanca y especializado en derecho internacional y economía moral, se distinguió en oponerse a los abusos cometidos por los conquistadores. Se trató de un fecundo debate contra Juan Ginés Sepúlveda, sacerdote, filósofo, jurista e historiador. Quedaban enfrentados dos gigantes exponentes de sendas teologías (la solapadora y la profética), ambas polemizando sobre la legitimidad de la conquista y el derecho de la corona a someter a los indios. La teología solapadora de Sepúlveda queda en evidencia cuando abogaba por el dominio sobre los indígenas, con el argumento de que estos no respetaban la “ley natural”.[4]
    • Fray Antonio de Valdivielso OP, tercer obispo de León, Provincia de Nicaragua y Costa Rica, asesinado el 26 de febrero de 1550, por los dos hijos del Gobernador Rodrigo Contreras (Hernando  Rodrigo). La enemistad contra el obispo se debía a su oposición a la explotación de los indios.
  • “El Parecer de Yucai”

Un ejemplo de “teología solapadora” es la de otro dominico, García de Toledo, quien en 1571 escribió, desde el Perú, “El Parecer de Yucay”, donde se lee que el oro de las minas fue lo que logró la evangelización, pues sin este, los españoles no habrían venido, la fe no habría sido predicada y los indios se habrían ido al infierno.  Concluye su diatriba contra Las Casas, obispo de Chiapas, de quien dice que sus denuncias estaban inspiradas por el demonio, cuando osaba afirmar que “el oro se había convertido en la idolatría de los españoles”.[5]

La Iglesia oficial frente a la religiosidad popular

  • Como se ha podido ver hasta aquí, se han contrapuesto dos posibilidades antagónicas de relación entre la Iglesia oficial y la religiosidad popular. Para evidenciarlo recurro al llamado “cuadrado semiótico” de Greimás, citado por Landowski al estudiar la relación entre la opinión pública y la clase política (1989: 38), que visualmente resulta patente en el siguiente basado en su esquema que ya conocimos.
Esquema 10. El cuadro de Greimas. Relación entre la iglesia frente a la religiosidad popular
  • Podríamos habernos colocado desde el polo de la Iglesia Oficial: la religión vencedora se presenta como “la verdadera religión”. Por lo mismo, nos colocaremos desde la religión de los vencidos (la “religiosidad popular”). Los agentes que administran una religión, no obstante su tendencia a controlar la producción, la distribución y el consumo de los bienes religiosos, reconocen que nunca lo logran del todo (“desviaciones”). La religiosidad popular goza, empero, de cierta autonomía y modalidades sincréticas (disfraz, yuxtaposición, síntesis).
  1. Relación de contradictoriedad. Aquella en la que ambas alternativas religiosas se oponen respectivamente como “Destinador” (la Iglesia acepta la RP) y “Antidestinador” (la Iglesia confronta la RP), en los “juegos de suma cero”: imágenes o ritos proscritos (dios cristiano vs dioses autóctonos).
  2. Relación de contrariedad. Ambas se oponen negándose mutuamente su rol de “destinador”; pero suponiendo intensiones honestas  (La Iglesia no reconoce realmente a la RP; pero disimula hacerlo) para no perder su base social (“desviaciones”); o visto desde el otro polo, la RP se dice católica; pero “a su manera”; realiza ritos o prácticas, pero dándole otras funciones) Esta oposición implica divergencia en cuanto a las formas; pero convergencia en cuanto a la intención atribuida a los significados.
  3. Relación de Subalternidad. Esta relación no enfrenta una verdadera oposición, y se conforma con reconocer convergencia de significantes, sin indagar precisión de significados.
  4. Por lo tanto, tenemos cuatro modalidades posibles de relación entre la Iglesia Oficial y la Religiosidad popular:  confrontación, desafío, simulación, aceptación:
      1. Relación de confrontación,  como vimos a propósito de los “textos reveladores” (Dios o el Demonio) (Cajonos)
      1. Relación de desafío. Bastó que un ingenioso pastoralista anónimo convirtiera la “idolatría” de las “campañas antiidolátricas” (apostasía) en simple “superstición” (pecado venial). Así pueden coexistir católicos ilustrados con católicos de fe sencilla, sin anatemas. La actitud de los primeros evangelizadores, que consideraban pacientemente a los neoconversos “en proceso de conversión”. Los indígenas, por su parte, recurrieron a ingeniosas formas de sincretismo para preservar sus signos (los ritos con mayor capacidad de sobrevivencia que los mitos): sincretismo de “disfraz” (sustitución de antihguas deidades por imágenes católicas: Tlaloc convertido e, San Isidro Labrador, San Juan Bautista o San Marcos); sincretismo de “yuxtaposición”: los indios iban fervorosamente a las “rogativas” católicas para implorar buen clima, y luego, clandestinamente, iban a las cuevas a pedir lo mismo a sus deidades: practicidad: el pueblo, conociendo la ambición clerical, permite que se mercantilicen o manipulen ciertas manifestaciones devocionales, para salirse con la suya.

El esquema de este conflicto, según el modelo actancial mítico de Greimás, sería de la siguiente forma:

Esquema 11.

En este cuadrado habíamos suprimido al “destinador” como actante, pues en la mayoría de conflictos no se necesita y mete ruido; pero en este caso concreto, resulta importante incorporarlo. Puede ser visto, sea desde el punto de vista de la Iglesia oficial, sea desde la religión indígena evangelizada

o   Desde el punto de vista de la Iglesia Oficial, la religión vencedora se presenta como “la verdadera religión”, y por tanto, la religión de los vencidos sería una religión  falsa (o incluso, con Satanás como anti-destinador), con quien se establece una relación de contradictoriedad. Sin embargo, aunque la religión oficial sea la que administre el campo religioso, y que controle la producción, la distribución y el consumo de los bienes religiosos, reconoce que nunca lo logra del todo (hay “desviaciones”). La religiosidad popular, por su parte, goza de cierta autonomía y a ésta se le toleran modalidades sincréticas (“supersticiones”).

o   Desde el punto de vista de los indios rebeldes, su destinador serían los dioses autóctonos. Pero dado que fueron derrotados, y gracias al testimonio y a la evangelización de los frailes, el Dios invasor no tiene para con sus dioses relación de contradictoriedad fuerte, sino de simple contrariedad, es decir, adopta cierto sincretismo de disfraz (simulación) o de yuxtaposición (cierta aceptación no exclusiva). 

Intensidad del conflicto 

Según el esquema de Melucci el conflicto presentado: a primera vista pudo aparecer como un mero conflicto religioso- sólo reivindicaría el derecho indígena de practicar su propia religión nativa, en realidad cuestionaría la conquista misma y toda la organización colonial. Estaríamos ante un conflicto, que afectaba al modo de producción, es decir, una “acción conflictual que superaba los límites de tolerancia permitidos”  (esquema de Melucci, diagrama 3: niveles de cambio social).

La beatificación de los Mártires de Cajonos

A diferencia de otras ocasiones, en la que es primeramente el pueblo quien canoniza a un santo (La Santa de Cabora, el Niño Fidencio, San Jesús Malverde, resignificación de San Judas Tadeo o de la Santa Muerte) esta beatificación no respondió a cierta devoción previa, sino al contrario, fue impuesta. Tomando como “texto revelador” algunas citas de Mons. Eulogio Gillow, primer promotor de la causa, la recomendaba “para que sirviera de aliento a la fidelidad e los buenos indios para que denunciasen las idolatrías con valor y celo” (1889: 157). Amigo personal de Porfirio Díaz, al obispo le preocupaban ciertos fenómenos de retorno idolátrico, ya que desde los tiempos de la Reforma liberal, el campo se había abandonado, por estar la Iglesia más preocupada por recuperar sus tierras que por la pastoral rural, y empezaban a surgir santos espontáneos.


[1] “Fiscal”: en las comunidades indígenas, a partir de la época colonial, se instauró el “Sistema de Cargos”, según el cual, cada miembro varón adulto de la comunidad debe prestar, a lo largo de su vida, ciertos servicios no remunerados, los cuales suelen fungir como escalafón hacia servicios de mayor rango (incluso la presidencia municipal). Hay dos vías de ascenso, a elección: la Iglesia o el Municipio. Entre los cargos inferiores están el fiscal y el topil, que pueden pertenecer a cualquiera de las dos vías (en el caso presente, los protagonistas eran fiscales del templo)

[2] En el siglo XVI, unos misioneros llegaron a la playa de Huatulco, en el Pacífico, y encontraron una gran Cruz (posiblemente algún cristiano habría llegado antes). Se dice que unos piratas trataron, en vano de arrancarla, atándola a su barco.

[3] Antonio Valeriano, en el “Nican Mopoua”, el relato guadalupano clásico, hace decir a la Virgen: “Yo soy la madre del Dios de Gran Verdad, Téotl, (Ipalnemohuani, nelli Téotl), de Aquel por quien vivimos, el Creador de Pesonas…”

[4] Con frecuencia se cofunde la “ley natural” con la moralidad de la cultura hegemónica. Así se han justificado, p.ej., la subordinación de la mujer, la propiedad privada o el derecho de conquista.

[5] En GUTIÉRREZ, Gustavo: 1989. “Dios y el oro en las Indias. Siglo XVI”. Instituto Bertolomé de las Casas, CEP, Lima.

I. Introducción

EL CONFLICTO RELIGIOSO. OAXACA 1976-1992

El presente curso es resumen de mi tesis para el Doctorado en Ciencias Sociales, defendida en la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco en marzo de 1997. Mi asesor de tesis fue el Dr. Gilberto Giménez, nacido en Paraguay en 1927 (tiene actualmente 96 años), con prestigio internacional como sociólogo de la cultura. En ese entonces, él solía viajar cada año a Francia, para averiguar y adquirir la bibliografía reciente sobre su especialidad. Gentilmente me prestó los libros que iba necesitando, razón por la cual, la mayoría de mi bibliografía está en francés. Un resumen de esta tesis fue publicada por el Centro de Investigaciones Interdisciplinares en Ciencias y Humanidades de la UNAM, junto con el Instituto de Investigaciones Sociológicas de la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca en 2007. Como se verá, ejemplifico con una multitud de ejemplos en caos concretos. La mayor parte los tomo de mi propio trabajo de campo (mis publicaciones: libro “La Cruz Mesiánica”,[1] “El Botín Sagrado”[2]) o relatos de sacerdotes amigos de Oaxaca.

I TEORÍA DEL CONFLICTO

  • Las ciencias sociales registran un cambio de orientación  reciente, en cuanto a la dimensión conflictiva de la realidad. Hasta el siglo XIX privaba la visión armónica de la naturaleza, sujeta siempre a leyes inmutables y precisas; en cambio, actualmente, crece la atención sobre los elementos del “caos”, de la turbulencia y del desorden -incluso en las ciencias exactas mismas­-, motivo que desarrolló de la teoría del conflicto. En los conflictos, las caretas suelen caer, de modo que son momentos privilegiados para el estudio de los fenómenos sociales.
  • Pareciera de entrada, que la religión, portadora de los valores más sublimes, y el poder, el demoníaco Leviatán, estarían en polos antagónicos, sin contacto entre sí; sin embargo, suelen imbricarse, al punto que los conflictos de mayor intensidad son –junto con los de motivaciones nacionalistas- los provocados por motivaciones religiosas y lo religioso no está ausente de muchos conflictos sociales de otras instancias.
  • Una advertencia en mi calidad de autor: siempre he tratado de combinar mi identidad de sacerdote católico en ejercicio ministerial, con mi profesionalidad como científico social. Las ciencias sociales han ayudado a la comprensión de la antigua cultura hebrea y el desempeño de la Iglesia en la historia, y mi teología, a las investigaciones del fenómeno religioso. Es verdad que la vista de cualquier punto, es siempre un punto de vista, de ahí la necesidad de una doble vigilancia epistemológica: fidelidad a la realidad social y fidelidad a mi profesión de creyente. Consciente de que la objetividad no equivale a neutralidad, una teología crítica, abocada a la transformación de la realidad hacia estructuras más justas, lejos de distorsionar la percepción de la realidad están en consonancia con los postulados científicos debidamente fundamentados, y que estos no encontraron ninguna contradicción con el “corpus revelado”, ni con una dogmática eclesial actualizada.  
  • El curso propone una teoría del conflicto religioso
    • Que precise un campo de acción e incidencia,
    • Que describa los contendientes (objetivos, estrategias, capacidad de negociación),
    • Que defina una tipología,
    • Que dé una perspectiva sincrónica de su proceso,
    • Que desde una perspectiva diacrónica, ilustre la estructura operativa de los contendientes.
  • El conflicto puede visualizarse, sea desde un punto de vista procesual (sincronía), sea desde lo estructural (diacronía), estudiarlo en sus diversas etapas de desarrollo o en la forma como está estructurado; pero sería muy difícil analizarlo simultáneamente desde estos dos niveles. Una imagen que puede ilustrar esta distinción: el cable grueso de las antiguas computadoras: lo sincrónico sería dicho cable; pero si le hiciéramos un corte en alguna parte del cable, notaríamos que en su interior hay varios cablecitos de colores, que sería los diversos actores relacionándose y estructurándose.
  1. SINCRONÍA DEL CONFLICTO

Para visualizar aspecto sincrónico, se presenta la “parábola del conflicto” en las distintas fases que se explicarán en seguida (Freund 1976, 25).

Esquema 1. Parábola del conflicto
  1. Condicionamientos remotos- aquellos factores que, en ciertas circunstancias podrían desencadenar un conflicto (v.gr., la mitología utópica –los cuatro soles azteca, los milenarismos medievales, la destrucción apocalíptica, etc-; la sociobiología, que dio pie a la filosofía política de los siglos XVII y XVIII -si el ser humano es bueno o malo por naturaleza-.)
  2. La antecrisis- Se trata de las motivaciones subjetivas que suscitan la crisis ante lo que el actor espera o teme de otro actor, cuyas expectativas pueden frustrarse.  Pueden deberse a cualquiera de los siguientes defectos:
    1. Comunicación de las expectativas: pues como cualquier comunicación, nunca es perfecta (los “malentendidos”).
    1. Aprobación o rechazo de lo expuesto (aún cuando se haya entendido bien)
    1. Insuficientes motivaciones para que la acción se adecúe a la norma dada: que el beneficio esperado o que el significado que tendría la aprobación del otro
    1. Discrepancia en el control normativo de los fines
    1. Discrepancia en el control normativo de los medios.

Los cambios, con sus alteraciones o rupturas, pueden ser también factor de tensiones. Las innovaciones, aunque suelen ser refrescantes y vitalizadoras, pueden generar conflictos cuando tales modificaciones aparecen de modo repentino y turban el desarrollo ordinario de vida, provocando incertidumbre.

  • La crisis.
  • En ese momento salen a la luz las intrigas, anteriormente encubiertas; caen máscaras y se hace manifiesta la estructura social. Son momentos cruciales, peligrosos y decisivos; forman parte de la vida misma, tanto de los organismos biológicos, como de las sociedades. Son situaciones colectivas caracterizadas por contradicciones, rupturas, tensiones que hacen dudar sobre la línea de conducta a seguir (“cernir”= separar, juzgar); momentos en que se disciernen o se deciden rumbos. Pueden ser producto de un factor exógeno que altera el desarrollo normal, o bien, puede provenir de un desarrollo interno, por el desarrollo paulatino de pequeños cambios que se van juntando (de desarrollo o de retraso).
  •   En las crisis aumenta el número de mensajes y de manifestaciones significantes; se observan más movimientos de los actores, o más desordenados, entran nuevos protagonistas; una dramatización del espectáculo, un embrollo de los aparatos en juego, etc.
  • No toda crisis es necesariamente negativa. Hay crisis de crecimiento que revitalizan a las sociedades cansadas o rutinarias. No todo cambio desemboca en crisis, así como tampoco, toda crisis da lugar a conflictos. Pero todo conflicto es precedido por alguna crisis. Toda crisis tiene posibilidad en convertirse en conflicto, pero hay algunos factores que lo facilitan (falta de voluntad, de sensibilidad, mentalidades, tipo de sociedad, frecuencia de las crisis en esa sociedad –generan mecanismos de bloqueo a crisis-, etc).
  • El nudo crítico o “axial”

      Pasando ya al conflicto propiamente dicho, se requiere un modelo metodológico, que permita visualizarlo en su totalidad. Así como en cada una de sus etapas. Curiosamente, son las categorías religiosas las que ofrecen el mejor modelo para la “teoría del conflicto.” Así, Víctor Turner advierte que la realidad total sólo se conoce por una “metáfora radical”. Y que estas han ido pasando, de las más estáticas (tradicionales) a otras más dinámicas. Así, para comprender a la sociedad en su conjunto, en el siglo XVIII se pensaba en una máquina (con sus engranes, palancas, etc); el funcionalismo la comparó con un animal (con sus distintos “aparatos” digestivo, respiratorio, circulatorio, sexual, etc); y hoy, gracias a las ciencias del lenguaje, las metáforas más sugerentes son el “juego”, el “rito” y el “drama”, etc.

  • La resolución del conflicto

Finalmente, todo conflicto tiene un término, un anticlímax, un momento de resolución. Su forma de resolución puede variar: va desde la victoria por aniquilamiento del contrario, al compromiso, la negociación, la reconciliación, una nueva coexistencia… o la desviación para que se genere, desde allí, una nueva crisis. Puede resultar el triunfo de una de las partes, el reconocimiento de los derechos de ambos, una decisión legal, un acuerdo amistoso, etc. (Freund: 1976 p 105).

    Para el funcionalismo, el conflicto se resolverá cuando se satisfagan los factores que los generaron (aquellos mismos señalados por Rex, 1985, 9-18):

  • Los malentendidos surgidos del significado de las palabras y frases se resuelven negociando nuevas definiciones.
  • Las expectativas y la conducta mutua se modifican mediante las negociaciones, cuando el uso de la fuerza puede resultar más costoso para ambos. También por reconstruir totalmente la relación, sobre nuevas bases.
  • El desacuerdo normativo sobre los fines o los medios considerados legítimos, pueden resolveré con el conflicto abierto (¿guerra?) o resolución discursiva, apelando a valores de orden superior, o por la sumisión de una de las partes.
  • 2. LA DIACRONÍA DEL CONFLICTO

Analiza cómo se confrontan dos o más voluntades hostiles, a causa de algún derecho mantenido o recuperado. El conflicto se ha ejemplificado con una metáfora, la cual, nuevamente, nos lleva a la religión: la catarsis de la fiesta y el trance estático, donde también aparecen períodos de ruptura. Para muchos antropólogos, la fiesta es la disolución momentánea de la vida social organizada; es una ruptura de las rutinas laborales, de la división del trabajo, de los roles establecidos para los actores, etc. Entonces todo es posible (la noche se convierte en día, los hombres se visten de mujeres, etc.). En las fiestas, los sentimientos calificados por estos autores sería “efervescencia”, “exaltación”, “explosión” (Duvignaud, 1977, 71).

     Estas características alborotadas de las festividades colectivas podrían compararse –con todas las reservas al caso-, con los conflictos en su momento más álgido: los diversos actores implicados, sus objetivos propuestos, sus estrategias, etc.

Tipología de los conflictos. Toda teoría desemboca en alguna tipología, prefiriendo llegar a una taxonomía.[3] Los teóricos de conflictos distinguen tipos diversos de acuerdo a determinados parámetros, que para mayor precisión, podrían visualizarse desde una perspectiva más amplia, en torno a dos coordenadas, según diversos aspectos (Melucci 1982):[4]

Esquema 2. Niveles de cambio social
  1. Según su intensidad. Según este criterio, los dos ejes variarían, el eje vertical, iría entre CONFLICTO  — NO CONFLICTO; mientras el eje horizontal iría, cuando los límites de compatibilidad del sistema en referencia implican RUPTURA — NO RUPTURA. Con lo cual, el esquema queda dividido en cuatro  bloques; dos en la parte superior: la ACCIÓN CONFLICTUAL (X- Y) y los MOVIMIENTOS SOCIALES (X-Y´), y dos en la parte inferior: CONDUCTAS DE AGREGADO (Y- X´) y DESVIACIÓN (X´y Y´).
    1. Según el lugar en que se den: la pareja, la familia, los pequeños estados vecinos, las facciones de una misma organización política, sindical, religiosa, etc. Los de mayor intensidad se desencadenarían por motivaciones religiosas, nacionalistas o ideológicas; pero también depende del grado de intimidad entre contendientes (Simmel)
    1. Según razones subjetivas, incluso inconcientes, o que obedecen causas colectivas consideradas imparciales o muy nobles.
    1. Según el sistema de referencia: del”sistema o “en” el sistema.- El sistema, a su vez, puede ser el “modo de producción”, el “sistema político” o a nivel de “institución”.
  1. Los actores: Su número: Pareciera que lo propio del conflicto es la polarización de dos actores (amigos/enemigos). Pero junto a estos actores diádicos, existen otros multipersonales, v.gr., los empresarios compiten entre sí, sea para ganarse más clientes, sea ante determinados proveedores, y los compradores, a su vez, buscarán las mejores ofertas, etc.

  Algunos señalan  la importancia del “tercer actor”, que tiende a disminuir las tensiones, disminuyendo la dimensión afectiva del conflicto. Este nuevo actor puede fungir como un “tercer ladrón”, o como un déspota que “divide y vencerás”, o el estadista del “bonapartismo”, que puede fungir como “instigador de problemas” para sacar ventaja, etc….: pero también se observa que al surgir un tercer actor la crisis no evoluciona en conflicto; el tercero es el actor de la “tolerancia”, del soporte de las contradicciones, del pluralismo, del mediador, del árbitro, etc. (Birnbaum, 1992: 237-239).

  • El peso de cada uno:  Recursos, alianzas, legitimación  
    • Su intencionalidad: Para el marxismo, los sujetos históricos son condicionados estructuralmente y persiguen claros objetivos de clase social. Algunos, aceptando esta visión determinante (o mejor, “condicionante”), tratan de salvar el factor de libertad, si bien restringida. Algunos protagonistas son capaces de influir en otros actores para producir ciertos “efectos contrainductivos” no buscados. Quienes insisten en el individualismo metodológico lo ejemplifican en la tendencia a la “cooperación”, en acciones colectivas que les dan seguridad entre compañeros y que confían en valores comunes. Estudiosos de la “acción colectiva” indagan, no sólo los motivos por los que los actores se involucran en conflictos, sino también los motivos por qué no se involucran en ellos. Un ejemplo de no involucración sería una acción colectiva de barriada en favor de los servicios públicos: hay vecinos que no lo hacen, pues saben que, de todos modos, si llegan tales servicios, también ellos serán beneficiados. Por fortuna, la realidad da la razón a los solidarios, pues hay más personas dispuestas a la colaboración, aún a costa de sacrificios.
    • Sus estrategias: Para conseguir sus objetivos, cada actor pone en juego sus fuerzas materiales o humanas: amenazas, intimidación, negociación, violencia si fuese adecuada. Thomas Schelling (1960) clarifica esto recurriendo la metáfora del juego: hay “juegos de suma cero” (lo que uno gana, el otro lo pierde), y los “juegos diversos de suma cero”, en los que ambos jugadores, separados e incomunicados, pero estando en la misma situación  de peligro si no concuerda, ponen en práctica acciones encaminadas a descubrir lo que el otro jugador haría en su lugar. Un ejemplo sería un juego de guerra: un helicóptero lanza en paracaídas a dos terroristas con encargos distintos, a quienes se les dio un mapa de la región, advirtiendo que no podrá aterrizar más que una sola vez, por corto tiempo y a determinada hora. Viendo el mapa y la situación, cada uno de ellos imaginaría adónde iría su compañero. Si logran encontrarse, ambos ganan, y si no, ambos pierden.
  • Los objetivos:
  • Estructura:
  • Para los fines de esta introducción, podemos suponer, teóricamente, que cada actor obra por objetivos conscientes, racionales y definidos, y que persigue objetivos o metas claros. En la práctica, vemos que los objetivos de muchos actores son ambiguos, imprecisos o variados, y que, por tanto, pueden cambiar a mitad del camino, a veces obedeciendo a una “falsa conciencia” respecto a sus intereses reales. Además, al interior de cada grupo contendiente habrá individuos que tengan sus propios objetivos más o menos divergentes.
  • Víctor Turner, nuevamente, recurre al ritual para clarificar la teoría del conflicto, y la asemeja de un drama, en donde vemos que ambos –conflicto y drama- presentan intensas acciones concentradas, en tiempos muy breves y en juegos de alianzas y oposiciones.
  • Quien mejor ilustra esto es el lingüista Greimas (1976, 263-281) en su modelo actancial mítico.[5] Después de haber estudiado al libro de Vladimir Propp: “los cuentos maravillosos rusos” (un corpus de 100 cuentos, según la antología más confiable), concluye que en este corpus de 100 cuentos de este género, sólo existen 7 “actantes” (no personajes, que son múltiples) y 30 funciones. También estudió a Saussure (“Las 200,000 situaciones en los escenarios teatrales”), y las funciones de la gramática misma. Con todo este material elabora un esquema muy simple, que se repite en cualquier situación conflictiva. En su esquema, existe únicamente seis actantes y 32 funciones (no necesitan aparecer todas; pero las que aparecen, guardan siempre al mismo orden. Greimas las ejemplifica en uno de los cuentos maravillosos rusos más clásicos: el de “Iván y el dragón”
    • Destinador (Dr): El rey, quien ante un grave daño recibido,
    • Sujeto (S): recurre a Iván y le encomienda una tarea:
    • Objeto (O): matar al dragón, que secuestró a la princesa. Para motivar a eventuales héroes, promete entregar por esposa a la princesa.
    • El Destinatario (Do) Es la princesa misma, a quien el rey desea liberar del dragón.
    • Un Aliado (A): Otro actante que ayudará al héroe, a cambio de alguna prueba (una anciana pobre que fue ayudada por Iván, y que en realidad era un hada, y que le da, en pago, un anillo mágico (o un caballo volador)
    • Oponente (O). El héroe tropieza con un adversario, quizás envidioso del éxito de Iván. Podría ser un falso héroe que reivindique la muerte del dragón

Como se ve, hay entre actores juegos de alianzas y oposiciones de diversa intensidad. Siendo dicha intensidad de vital importancia para el análisis de los conflictos, la complementamos con el “Cuadrado Semiótico” de Greimas, citado por Landowski (1989: 38). En el cuadro vemos las zonas de oposición o alianza posibles, presentes en todos los conflictos analizados aquí.

Esquema 3. Cuadrado de Greimas

Ahora sí con este cuadro podemos entender mejor cuál es el modelo actancial mítico de Greimas.

Esquema 4. Modelo actancial mítico

Aveces el destinador es un metadestinador divino: (“Dios lo quiere”, La Historia, el Destino) o demasiado amplio (“toda la humanidad”, “el mundo entero”, “el fin de los tiempos”). Y el destinatario puede ser muy genérico (el pueblo, los pobres). Por tal razón, preferimos excluirlos del esquema:

Esquema 5.

De este modo, modificado el esquema de Greimas, para los fines del curso, quedaría así:

Esquema 6. Modelo actancial mítico actualizado

Para su aplicación en este curso le damos un giro al esquema del modelo actancial para incorporar las posibilidades de los conflictos del curso.

Modelo actancial aplicado al curso
  • Objetivo a alcanzar:

Objetivo perseguido por dos antagonistas. Este conflicto, a su vez, permite dos posibilidades:

  • Cuando ambos persiguen un mismo objetivo
  • Cuando dos antagonistas persiguen objetivos distintos; pero que tales objetivos se encuentran situados en un mismo espacio cultural compartido, teniendo que enfrentar dificultades en su respectiva actuación.
Esquema 7. Posibilidad de conflicto I
Esquema 8. Posibilidades de conflicto II

Aunque el curso queda delimitado en Oaxaca, durante la gestión del Arzobispo Carrasco, está sobredelimitado por el contexto nacional y mundial:

  1. En México, el campo religioso está transitando:
    1. De una situación de monopolio, a otra de pluralismo religioso.
    1. De un Estado confesional o jacobino, a otro auténticamente laico.
    1. Del uniformismo eclesial, a la diversidad de catolicismos (camino a  la sinodalidad).
  2. El mundo vive una democracia de libre mercado. La que incentiva la conflagración étnica y guerras localistas. Occidente va pasando una etapa denominada “posmodernidad”, que más bien es la modalidad de la modernidad tardía; menos racionalista y más subjetiva. Las redes sociales favorecen la comunicación de la imagen y permiten la simultaneidad comunicativa global

ESQUEMA DEL CURSO

Esquema 9. Tipología del conflicto religioso

Observaciones para el curso

  1. Delimitación espacial.  El curso es resultado de una investigación realizada en el Estado de Oaxaca, con población dispersa en sus 570 municipios (aparte de sus comunidades, rancherías, etc.). Como se sabe, es un Estado pobre, dividido en 7 regiones. Además, es un Estado de gran riqueza étnica (su habla de 16 grupos étnicos, siendo los principales, las familias mixteca y zapoteca). Esta riqueza étnica condiciona lo religioso, por su propia forma de sincretismo, y recientemente, presencia de grupos evangélicos. La Iglesia Católica, en su demarcación canónica, la arquidiócesis metropolitana, con sus 115 parroquias, tiene otras diócesis sufragáneas (Tehuantepec, Tuxtepec y Huajuapan, así como las prelaturas Mixepolitana y Huautla). En aquel tiempo, el territorio nacional estaba dividido en 18 zonas pastorales, Oaxaca pertenecía a la Región Pastoral del Pacífico Sur, junto con las tres diócesis chiapanecas (San Cristóbal, Tuxtla y Tapachula).
  2. Delimitación temporal. La investigación se realizó durante el tiempo del arzobispo Don Bartolomé Carrasco Briseño, cuya gestión fue desde su toma de posesión, el 1| de agosto de 1976 hasta su renuncia por motivos de edad, el 18 de agosto de 1992, el mismo día de su cumpleaños. Durante este tiempo, su prioridad fue la población indígena y su orientación más afín a la teología de la liberación.
  3. Estructura del curso. Estará dividido según los tipos de conflicto religioso. Quizás se trate de una taxonomía.

BIBLIOGRAFÍA DE LA

SOCIOLOGÍA DEL CONFLICTO RELIGIOSO

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[1] “La Cruz Mesiánica: una aproximación al sincretismo católico indígena”, Palabra Ediciones, México, 1999

[2] IISUABJO, Oaxaca, 1992

[3] “tipología” es cuando se enuncian sólo algunas formas, sin excluir otras posibles; mientras que una “taxonomía” es cuando se dan por agotados los tipos expuestos, probando que ya no hay otros posibles. 

[4] Véase el esquema

[5] Greimas considera “actante” a los actores considerados según las funciones que realizan en un género narrativo

LA VIRGEN DE GUADALUPE. INCULTURACIÓN, LEGITIMACIÓN, MARAVILLOSISMO

ENRIQUE Marroquín

EL CONTEXTO HISTÓRICO

Cuando llegaron los españoles, el territorio correspondiente al México actual estaba habitado por un mosaico de más de 600 grupos indígenas que hablaban unas 80 lenguas, pertenecientes a unas cuantas grandes familias étnicas. América del Norte -hasta la actual laguna de Chapala, en Jalisco- estaba habitada por bandas de nómadas de cazadores y recolectores, burdamente considerados como «apaches». Al sur de esta frontera natural, llegando hasta Nicaragua, se encuentra Mesoamérica -según la clasificación ,de Kirchner-, con algunos núcleos urbanos que podían concentrar a miles de habitantes; si bien la mayoría de la población vivía en pequeños poblados. Fue en estos asentamientos donde se desarrollaron las grandes civilizaciones, aztecas, mayas y mixteco-zapotecas, que tienen en común algunas pautas culturales.

LA FUENTE: EL “NICAN MOPOHUA”

La fuente que narra los hechos guadalupanos es el “Nican Mopohua” (“aquí se cuentan…”), el texto más antiguo y detallado. Según el historiador novohispano Carlos de Sigüenza y Góngora («Piedad heroica de Don Fernando Cortés»), quien goza del consenso de todos los investigadores, su autor es el indígena Antonio Valeriana, natural de Atzcapozalco, quien lo escribió en papel de masa de maguey, entre 20 y 30 años después de 1531 (fecha de las apariciones). Según el testimonio de Fray Bernardino de Sahagún, Valeriana era «el principal y más sabio» de sus discípulos y destacaba en letras. El escrito fue publicado por primera vez en 1649 por el bachiller Luis Lasso de la Vega, quien lo utilizó como base de su escrito «Huey tlamahuizoltica «, y según los análisis de León Portilla, posee un t:stilo y un pensamiento auténticamente indígena. Sigüenza y Góngora afirmó bajo juramento que lo halló entre los papeles de Fernando de Alva Ixtli.xóchitl, descendiente directo del rey de Acolhuacán, quien le hizo algunos añadidos y lo tradujo al español. Antes de morir Sigüenza y Góngora, legó sus documentos en herencia a los padres jesuitas, quienes los cedieron al Colegio de San Pedro y San Pablo en la ciudad de México. El insigne historiador, anticuario y cronista de las culturas indígenas, D. Lorenzo Boturini, a principios del siglo XVHI, recopiló numerosos documentos indígenas antiguos en su Catálogo del Museo Indiano, incluyendo el de Antonio Valeriano. En el último tercio del siglo XVIII el nahuatlato Joseph Julián Ramírez hizo una traducción de esta obra, afirmando que había pertenecido a Lorenzo Boturini. A fines del siglo XVIII, dicha traducción se hallaba en la Real Universidad de México, de donde alguien lo vendió al coleccionista José Fernández Ramírez, siendo finalmente adquirido por la Biblioteca Pública de Nueva York.[4]

HISTORICIDAD DEL RELATO

Es muy conocido el relato de las apariciones guadalupanas narrado por el Nican Mopohua: El 9 de diciembre de 1531, Juan Diego, un indio originario de Cuauhtitlán, muy de mañana caminaba hacia Tlaltelolco para oír misa y asistir a la catequesis, y al pasar por el cerro del Tepeyac, escuchó un bello coro de pajarillos que le atraía. Entonces se encontró con una mujer, quien le reveló ser la Virgen María, y le dio como encomienda, convencer al obispo de México, Fray Juan de Zumárraga, que le construyera un templo en ese lugar. El indio tuvo problemas para entrevistarse con el obispo, quien, cuando por fin lo vio Juan Diego, se mostró razonablemente escéptico. Para colmo, su tío Juan Bernardino enfermó, por lo que Juan Diego intentó, en vano, evitar a la Señora. Ella le salió al encuentro, asegurándole que su tío ya estaba curado, y como Juan Diego le mencionara la Incredulidad del obispo, quien le pedía una señal de la veracidad de la aparición, la Virgen le puso unas rosas «de Castilla» en su «ayate»,[5] mismas que el vidente llevó al obispo, y cuando el indio extendió su manto, apareció estampada en él la imagen mariana.

Las apariciones marianas no pertenecen al contenido de la fe, ya que se consideran “revelaciones privadas”. En cambio, la existencia de Juan Diego ya no cuestionable, puesto que la canonización de un santo compromete la infalibilidad papal. Desde luego, por tratarse de «apariciones»‘, no son posibles pruebas históricas directas; pero en torno a los elementos indirectos, ha existido un largo debate, entre «aparicionistas» y «antiaparicionistas». Algunas inconsistencias históricas son las siguientes:

-En primer lugar está el silencio de Zumárraga, el destinatario de la imagen. Llama la atención que en ninguno de sus escritos, ni siquiera en su testamento, haga ninguna alusión a estas apariciones o a la imagen, que supuestamente tuvieron tanta importancia. Al parecer, el primer testimonio que habla sobre la Virgen de Guadalupe fue negativo: Fray Francisco de Bustamante, Provincial de los franciscanos, en un sermón pronunciado el 8 de septiembre de 1556, advirtió sobre la sospecha de idolatría en dicho culto.[6] Como erasmiano, al franciscano le molestaba que este culto contradijera la insistente predicación que se hacía a los naturales contra las imágenes idolátricas. No fue sino hasta 1648, cuando el bachiller mexicano Miguel Sánchez publicó «Imagen de la Virgen Ma­ ría Madre de Dios de Guadalupe, milagrosamente aparecida en México» que se menciona la veracidad de las apariciones.[7]

-Según varios testimonios (entre ellos, de Torquemada), desde antiguo, en el cerro de Tepeyac (o Tepeacac) se rendía culto a la diosa, Tonantzin, “Nuestra Madrecita” (que algunos identificaban con Cihualcóatl, diosa de primer rango). Los misioneros, por insistencia de Sahagún, temían que los indios introdujeran sus antiguas prácticas bajo disfraz cristiano, de dónde las sospechas de la devoción guadalupana.

-El nombre mismo de “Guadalupe” resulta también un indicador. Los lingüistas analizan la etimología del nombre, homónimo de la imagen extremeña. Allá, por influencia árabe, el prefijo árabe «guad», en la toponimia hispana, hace referencia al agua o río (Guadalquivir). Pareciera extraño que combinara con el sufijo «lupus» (lobo), del latín clásico, por lo que con el artículo «al», unido al sufijo «upe» (escondido), podría significar “río encajonado”.[8] La referencia a la «morena» Guadalupe extremeña puede revelar algo. Según las crónicas primitivas del santuario español,[9] la Virgen extremeña -se apareció a un pastor que guardaba vacas, mandándole que llamase a los clérigos y escarbasen en dicho lugar, donde encontraron la imagen. Se trata de un esquema no extraño para los españoles, pues era bastante común en aquel tiempo (y que se repite posteriormente, por ejemplo, en Fátima): Durante la invasión árabe a la Península, los lugareños de varios pueblos ocultaron sus imágenes religiosas enterrándolas u ocultándolas en cuevas o troncos de árboles huecos, etc. Con el tiempo, se fueron olvidando las imágenes, permaneciendo vagamente, eh el inconsciente colectivo, cierta sacralidad del lugar donde habían sido escondidas. Cuando vino la pacificación, después de ocho siglos de guerra de Reconquista, sucedía que algunos pastorcillos encontraban dichas imágenes, atribuyendo tales hallazgos al poder de las imágenes mismas. También en la Nueva España sucedía que personas sencillas encontraban imágenes en lugares ocultos, acaso como estrategia evangelizadora de los misioneros (existen varias leyendas, como la del Señor de Chalma, la Virgen de la Soledad, etc.).

A algunos historiadores les parece poco probable que Juan Diego fuese corriendo aquella mañana para pasar lista de asistencia a la misa y doctrina en Tlaltelelco, ya que en Cuahutitlán había convento. Además, para hacer este recorrido s habría tenido que dar un rodeo para pasar por el cerro de Tepeyac. Es posible que el indio no viviera en Cuauhtitlán, sino en otro poblado, como Tulpetlac.

Con motivo de la beatificación de Juan Diego, realizada por el Papa Juan Pablo II el 6 de mayo de 1990, se dio un intenso debate sobre su existencia real, contra quienes lo consideraban un mero símbolo religioso. El principal impugnador de su existencia -que le costó su destitución como abad de la Basílica- fue Mons. Guillermo Schulemburg quien estuvo al frente del Centro de Estudios Guadalupanos durante 33 años y que fuera apoyado por el canonista Carlos Wahrnolz y el historiador P. Manuel Olimón.[10] La investigación realizada para fines de la canonización adujo varias pruebas sobre su existencia: (1) se halló el testimonio de 18 testigos que afirmaban haber escuchado de sus padres ·sobre las apariciones y mencionaban a Juan Diego. (2) Excavaciones arqueológicas encontraron, debajo de una capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe cerca del convento de Cuauhtitlán, ruinas de casa prehispánica con una capilla adjunta, que probablemente fuera la casa Juan Diego. (3) En un testamento de 1559, la testadora, originaria del pueblo de San Buenaventura, aledaño a Cuauhtitlán, del barrio de San José Milla, afirma «aquí se crió el Mancebo Juan Diego», dejando el terreno a la Virgen de Guadalupe.

Yo le pregunté al reconocido historiador J. Lafaye su opinión, y me respondió asegurando la existencia, no de uno, sino de muchos «juandiegos». Hay que recordar que los bautizos al principio de la Colonia eran masivos y por aspersión, todos los varones llevaban el nombre del padrino (español) y las mujeres, el de la madrina. «Diego» era nombre frecuente (es una derivación de “San-tiago”, “San-Yago”, San-Diego). De hecho, en el mencionado testamento de Cuauhtitlán, se habla de cinco personas con el nombre de Juan Diego, que los aparicionistas interpretan como signos de devoción al actual santo. Entre los varios posibles Juan Diegos que en esos años eran oriundos de Cuautitlán, se eligió a Juan Diego Cuauhtlatoatzin (“el águila que habla”), quien tenía fama de piadoso. El inconveniente es que dicho «Juan Diego» no cuadra con el supuesto «macebual» (los estratos más bajos del mundo indígena), que aparece en el relato, sino alguien con más solvencia económica, propietario de un taller. Para más, se eligió como iconografía oficial un cuadro de Miguel Cabrera, máximo exponente de la pintura barroca del virreinato en el siglo XVIII, quién pintó al indio vidente con rasgos que más parecen españoles. El caso es que la devoción a San Juan Diego no prendió entre el pueblo, como se esperaba.

LA IMAGEN

Desde el punto de vista artístico, la imagen de la Virgen de Guadalupe es muy ella. Cumple con los cánones estéticos de este estilo. Pintada sobre el burdo tejido de un ayate formado por dos trozos unidos, la cara inclinada de la Virgen elude la costura. Hay algunos elementos (la corona, los rayos solares que la circundan, etc.) que se están borrando, lo que indica fueron pintadas posteriormente. Sobre la autoría de la imagen, es algo seguro que no fue obra de ningún español.[11] Lo más significativo es que la imagen constituye un auténtico códice indio, que sólo puede ser descifrado con un conocimiento profundo de la cultura azteca. Por ejemplo, el pañuelo negro en el cinto del vientre significaría la maternidad de la doncella, y sus extremos trapezoidales, el fin de un ciclo y nacimiento de una nueva era. Sobre el vestido parece haber un sutil encaje en el que aparecen los glifos toponímicos de Tepeyacac (o “Tepeacac” = “en la nariz del cerro”).

Entre esos dibujos, destaca una florecilla de cuatro pétalos en el vientre de la Virgen. El dibujo no es otro que el símbolo más sagrado de aquella cultura: el “Ollín”, símbolo que hace referencia a la creación del quinto Sol y que significa a la divinidad, que trasciende todo nombre. Vincula el tiempo y el espacio, y según los estudiosos, es el signo más profundo de la filosofía mexica que remonta hasta Quetzalcóatl mismo.[12] Compendia toda la cosmología mexica, centrada en “la permanencia en el movimiento”. Se basa en dos explicaciones astronómicas. La primera se refiere a las posiciones del sol en su recorrido por el firmamento durante los solsticios: Trazando dos líneas divergentes -una del lugar por donde el sol sale hasta donde se pone en verano, y otra de donde sale y se pone el sol en invierno-, resulta una cruz, más abierta que la de 90º en torno a un centro. El trazado señala los puntos cardinales, que a diferencia de la Rosa ele los Vientos, no son puntuales, sino más bien “ámbitos” que pueden unirse mediante curvas, lo que dibujaría esa flor de cuatro pétalos en torno al centro. Éste, a su vez, marca otras tres direcciones más -el cielo de arriba, el inframundo de abajo y la tierra- dando como resultado 7 direcciones.[13] La segunda observación astronómica se fija en las estrellas: las constelaciones de la Osa Mayor y la Osa menor, que en el transcurso exacto de un año dan una vuelta entera teniendo como eje al planeta Venus (hoy se sabe que es la Estrella Polar), considerado como punto permanentemente inmóvil.[14]Los astrónomos nahuatls pudieron fijar así las fases de dicha rotación, importante para marcar el calendario agrícola para la siembra y la cosecha. Como en el caso anterior, pueden trazarse dos líneas divergentes entre ambas constelaciones, unidas respectivamente en los tiempos de los equinoccios y los solsticios, formando así una especie de cruz gamada.

Estas alusiones, sólo captadas por alguien que conoce a fondo la cultura náhuatl, también se hallan, como luego veremos, en el «Nican Mopohua». Un ejemplo es la aplicación de esta misma numerología simbólica a la fecha misma de las apariciones de la Virgen: el número de estrellas de la Osa mayor es 7 y el de la Osa menor, 5, que junto al supuesto Planeta Venus suma 13. Ahora bien, mientras que el extenso ámbito cultural indoeuropeo es temario,[15] la estructura mental de América es cuaternaria, derivada de la importancia de los cuatro puntos cardinales y de las cuatro estaciones. Si se multiplica el número 13 de las estrellas guía por 4 (las posiciones durante los solsticios y equinoccios), da 52, que es el siglo mesoamericano. A su vez, multiplicando 52 X 4 da 208. Según interpretaciones del P. José Luis Guerrero, estudioso de la Guadalupana, si de 1531, año el de las Apariciones, retrocedemos 208 años, llegamos a 1323, año de la fundación de Tenochtitlan, y retrocediendo otros 208 años sería supuestamente la fecha de la salida de los aztecas de la mítica Aztlán. Por tanto, ese año auguraba expectativas de algún suceso de la magnitud de los anteriores. Incluso los días mismos: el solsticio de invierno de aquel año era el día del nacimiento del sol, que coincidió con un fenómeno que los astrónomos nativos preveían para esas fechas: la conjunción de Venus con el Sol, que se da cada ocho años y que los mexicas interpretaban como el regreso de Quetzalcóatl y símbolo de plenitud.

Mientras los mencionados signos denotan importantes elementos que pueden interpretarse como ejemplo de una “inculturación» de la nueva religión a la cultura receptora, los “aparicionistas” encuentran otros signos informados por el maravillosismo y que lamentablemente es ahora el aspecto más difundido. El término proviene de la sociología de la religión y se refiere a la tendencia a buscar elementos que no son fácilmente explicables y que connotarían intervenciones milagrosas. Ya desde el siglo XVIII, Miguel Cabrera, analizando la imagen, afirmó que el material de la pintura no es de origen, ni mineral, ni vegetal, ni animal, sino que más bien parece como un estampado.[16] Empero, el elemento curioso más conocido es el de los ojos de la Virgen. Hará unos cincuenta años, amplificando una fotografía de los ojos de la Virgen, alguien había encontrado reflejado, en !a niña del ojo, un rostro humano, que probablemente fuese el de Juan Diego. Posteriormente, en 1979, el Ing. José Aste Tönsmann, del Centro de Estudios Guadalupanos, mediante técnicas en computación, amplificó fotografías del iris de los ojos de la Virgen, en una escala 2,500 veces superior al tamaño real y descubrió, supuestamente, no só1o al vidente, sino toda la escena de la aparición: localizan al obispo, al vidente y a varias personas más, observando incluso elementos muy detallados (como el arete de una india o la correa del huarache, etc.). El asombro es mayor si se toma en cuenta lo burdo del tejido del

“ayate” (de fibra de maguey), En lo personal me parece que a tal nivel de amplificación, las manchas que se ven son las de las fibras, a las que se les puede dar interpretaciones subjetivas, sobre todo si son ayudadas por la eliminación del “ruido” de otras manchas. Otros hablan de las estrellas del manto de la Virgen, que se dice equivaler a la posición que tenían las estrellas en la fecha de las apariciones, sólo que vistas al revés, es decir, como si fuesen miradas desde el Cielo (los diseños de las supuestas constelaciones parecen muy arbitrarios). Otros colocan la imagen sobre un mapa de determinado tamaño de la República Mexicana, que inclinada de cierta manera, hacen coincidir la punta de los glifos del encaje con los volcanes del país. Se habla también de la milagrosa conservación de la tilma, teniendo, sobre todo, en cuenta que durante mucho tiempo estuvo expuesta sin protección, etc. En realidad tales signos, que a muchos impactan, me parecen irrelevantes y opacan lo realmente importante, que es el mensaje.[17]

LA VIRGEN QUE FORJÓ UNA PATRIA[18]

Una unción que cumplen las apariciones marianas en todas partes es el reforzamiento de las «matrias», es decir, la fuerza del clan, apoyando, con su apariencia (inculturada) regional, su identidad étnica. En México tenemos varias de estas imágenes regionales, algunas con su respectiva leyenda fundacional (la Virgen de Juquila para Oaxaca y la de La Soledad en la -capital de dicho Estado; la Virgen de San Juan de los Lagos en Jalisco y la de Zapopan en la capital de dicho Estado, etc.). Sin embargo, la Virgen de Guadalupe se vincula a la constitución de la «patria» mexicana y a la formación de la cultura nacional. Así como las «matrias» se construyen sobre la base de la sangre y de la raza y se remontan hasta las raíces ancestrales, las «patrias» son artificiales y relativamente recientes (en Latinoamérica, los Estados Nación se constituyeron antes que muchos países europeos). El patriotismo es una actitud legítima, que sirve para defensa económica y política del territorio frente al extranjero; pero de ahí surge el nacionalismo, que si bien hunde algunas de sus raíces en el inco11sciente ancestral y síquico, es sobre todo una ideología, más bien conservadora, gestora de la unidad territorial, cultural y lingüística, aglutinando varias etnias vecinas y subordinándolas a la nacionalidad dominante[19]. Las fronteras son trazos artificiales en los mapas (desde el cielo no se notan) y se construyeron como producto de guerras y violencias, frecuentemente por razones de proteccionismo o de seguridad interna. A veces, las fronteras dividen las etnias, tal corno sucede en España con los catalanes y vascos, o en Latino­ américa (en especial, Centroamérica), donde los intereses imperiales pulverizaron territorios sin razón justificante.

En Europa, a principios del siglo XVIII, una vez pasada la sorpresa y admiración iniciales que .siguieron al descubrimiento del Continente, se difundía una concepción denigrante del Nuevo Mundo. Buffon, por ejemplo, criticaba hasta a sus animales mismos, que supuestamente eran más pequeños que los europeos, y lo atribuía a su geografía pantanosa, más propicia para aves y reptiles que para mamífero$: los avestruces -mencionaba a guisa de ejemplo- que tienen dos de­ dos, en ese continente son más pequeños y tienen cuatro (dicho en referencia a los pavos o «guajolotes»). Tal desprecio alcazaba a sus habitantes, supuestamente indolentes, débiles y sensuales, como puede verse, incluso, en la «Filosofía de la Historia» del mismo Hegel.

La composición social de la Nueva España mantenía la segregación racial. Los pobladores vivían separados en «República de Indios» y «República de Españoles», cada una regida por normatividad diferente. En la cúspide de la segunda estaban, obviamente, los «Peninsulares»; pero los criollos, especialmente los clérigos, mantenían la dirigencia en la sociedad novohispana. Los indios tenían también su propia jerarquía: caciques, nobles («pillín») y campesinos («macehuales»). En los estratos más bajos de la Nueva España estaban las «castas» (mestizos, negros, mulatos, choznos, etc.). Los criollos mantenían a principios del siglo XVIII actitudes nostálgicas y resentidas. Se sentían despojados por las nuevas oleadas migratorias de peninsulares, que en la metrópoli .tenían bajo estatus; pero que al llegar pasaban a ocupar los principales cargos civiles y eclesiásticos; mientras que ellos —descendientes de conquistadores— que habían desarrollado la producción local y que con su trabajo sostenían la economía y los recursos que iban hacia In metrópoli, eran relegados. La ideología de los peninsulares denigraba a los criollos, como gente poco confiable, pues —decían— el clima y la geografía había afectado no sólo a los nativos, sino a los criollos mismos .que llevaban más tiempo habitando el lugar. Muchos de los criollos eran hijos «segundones», ya que el primogénito se quedaba en España, encargado del «mayorazgo» hereditario. Estaban preocupados por demostrarles a los «gachupines» (como llamaban despectivamente a los «peninsulares») que ellos, los criollos, eran también capaces de una alta cultura, la cual se desarrollaba, sea en la corte virreinal, sea en los locutorios de los conventos, y ponían como muestras a Sor Juana Inés de la Cruz y a un arte arquitectónico barroco exageradamente recargado. [20] Fue así que se desarrollaba un nacionalismo novohispano, es decir, estaban inventando un país. Entre sus principales ideólogos podemos contar con algunos jesuitas expulsados en dicho siglo, tales como Francisco Javier Alegre y Francisco Javier Clavijero·, así como a Carlos María Bustamante.

En la recopilación realizada en 1615 por Juan de Torquemedad en su Monarqía Indiana, se recuperaba la grandeza del pasado de la antigua civilización azteca. Basándose en esta obra, los criollos del siglo XVIII elevaron a categoría de «clásicos» los héroes indios, reconociéndolos como uno de los principales signos identitarios de su reciente nacionalismo. Pero su principal signo fue la Virgen de Guadalupe, a quien aplicaron las palabras del Salmo que puede leerse todavía en el pórtico de entrada de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe: «Non fecít taliter omni nationi» («no hizo cosa igual con ninguna otra nación»).[21] Sí inicial­ mente, la Guadalupana fue signo de su opción preferente por el indio pobre (la “matria”), ahora se convirtió signo nacionalista del criollo oligarca (la «patria»), El mensaje guadalupano se distorsionaba, haciéndolo patrimonio exc1usivo de un país en beneficio de algunos adinerados. Los indios, destinatarios de la Guadalupana, quedaban fuera. Eran exaltados sus ancestros ilustres, los indios muertos¡ pero a los indios vivos se les explotaba y discriminaba.

El mayor ejemplo de esta controversia lo tenemos en un insigne sermón que cambió la vida de su predicador. Me refiero al célebre sermón predicado el 12 de diciembre de 1794 en la Real Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe por Fray Servando Teresa de Mier, o.p.[22] El dominico era un sacerdote criollo, joven y brillante; aunque de ideología conservadora (había predicado una apología en f!1vor de Hernán Cortez y un sermón contra la decapitación del rey francés Luis XVI); pero tenía fama de buen predicador. Por esto, el Ayuntamiento de la Ciudad de México, compuesto por criollos, le encomendó este importante sermón al que carla año concurría lo más granado de la oligarquía novohispana. Fray Servando entró en contacto con el Lic. Borunda, quien le proporcionó su tesis principal. Su sermón, según cuenta él mismo, fue bien acogido; pero al día siguiente no pudo salir de su celda, pues el obispo Núñez de Haro le mandó poner candado. Quedó suspendido de su ministerio, prohibiéndosele expresamente predicar y oír confesiones, y se le mandó entregar el escrito de su sermón; pero dado que ya no lo tenía, que lo escribiese lo más fielmente posible. Se le castigó con 10 años de destierro a España, y mientras presentaba su defensa, fue recluido en fa prisión de San Juan de Ulúa, en una fortaleza de Veracruz. A nosotros nos podrá parecer un castigo excesivo, aun sin conocer su contenido, cuya tesis principal exponemos a continuación:

El famoso ayate, donde está estampada la imagen mariana, no fue entre­ gado a Juan Diego por la Virgen de Guadalupe. Lo que Ella hizo fue simplemente indicarle al indio· dónde se encontraba oculto, pues no era otra cosa que el manto del apóstol Santo Tomás, primer evangelizador de estas tierras, quien lo recibiera de la Virgen María estando todavía en carne mortal, para que él lo utilizara corno signo en su evangelización. Fray Servando recogía una leyenda en boga entre los criollos, que afirmaba la presencia de este apóstol, recordado bajo la figura, nada menos, que de Quetzalcóatl, el legendario rey-filósofo y creador de la cultura olmeca, quien fuera expulsado por los «brujos» a Yucatán, donde los mayas lo veneraron como Kꞌuꞌukꞌul Kaan. Ante las objeciones de que en tiempo de los apóstoles no se conocía el continente americano, respondían que ellos tenían ciencia infusa; y explicaban su viaje hasta estos lugares de manera similar a cómo un ángel había trasladado al apóstol Felipe hasta Samaria, tomándolo por los cabellos. No había, pues, ningún problema para el traslado de Santo Tomás a esta tierra. El predicador fundamentaba la presencia de un cristianismo prehispánico en la semejanza de algunos ritos y creencias autóctonos con la fe cristiana (v.gr., un ritual de comunión, que sacrificaban a un esclavo con las vestiduras de Huitzillopochtli y luego se lo comían, o al menos, unos panecillos en figura de aves, símbolo del dios). El método argumentativo de Fray Servando es etimológico: » Huitzillopochtli, por ejemplo, se traduciría como «Señor de la espina en el costado», en alusión a Cristo, y que como Él, había nacido sin concurso de varón.[23] Es así como llega a etimologías forzadas. Los censores Uribe y Omaña ridiculizan al predicador: por ejemplo,

«Tomatlán» que para éste era un topónimo que significaría «lugar de Tomás», en realidad significa «lugar de los tomates»…Y le cuestionan, además, porque Quetzalcóatl habría vivido unos 700 años después del apóstol.

En realidad la condena fue más bien política. La tesis central —»la Virgen, viviendo aún en carne mortal, le da a un apóstol un objeto para ayudarlo a la con­ versión de un pueblo—, no es otro esquema que el de la Virgen de Zaragoza: María, viviendo en carne mortal, le entregó al apóstol Santiago un pilar para evangelizar España. Pero políticamente era peligroso, porque si la fe ya se encontraba en estas tierras, los conquistadores perdían legitimidad, cuya justificación era la de haber traído la fe. México sería nada menos que una «iglesia-madre», es decir, fundada por un apóstol… y, entonces, los españoles, carentes de legitimidad, tendrían que retirarse. Ya en España, Fray Servando fue defendido por la Real Academia de Historia, pues según estos historiadores, se trataba de un sacerdote «ilustrado», y el obispo, un integrista crédulo. Los jueces absolvieron al fraile; pero les pareció prudente que i10 regresara a. México sino después de los diez años solicitados por el obispo, y lo enviaron a un convento dominico en Burgos, de frailes ilustrados. Como la sentencia era injusta, Fray Servando se escapó, cruzó la frontera, y en Francia se conectó con el preceptor de Simón Bolívar, convirtiéndose, en el exilio, en el principal ideólogo de la Independencia de México. Se integró con Javier Mina en su expedición a los Estados Unidos, desde donde entraron para apoyar a los insurgentes; pero fue apresado y enviado de nuevo a San Juan de Ulúa. Allí escribió sus memorias, retractándose de su tesis y presentándose como «ilustrado», se volvió antiaparicionista. Entre tanto, el cura Miguel Hidalgo, tomando en Atotonilco como estandarte a la imagen de la Guadalupana, había iniciado la guerra contra los reaalis1as, .cuyo estandarte era la Virgen de los Remedios («la gachupina»). Una vez consumada la Independencia de México, se nombró el primer Congreso Constituyente, y la Provincia de Nuevo León eligió a Fray Servando como su representante, saliendo de la prisión de San Juan de Ulúa para hospedarse en el Palacio Nacional. El Congreso, presidido por la imagen de la Guadalupana, lo recibió con una ovación, y allí defendió, sin estar convencido, la tesis aparicionista, por las mismas razones políticas que el obispo Núñez de Haro las había defendido sin creer en ella.

Además de estar presente en los inicios de la nueva civilización y además de hacerse presente en la Independencia de 1810, la Virgen de Guadalupe ha estado en todos los acontecimientos de la historia de México, siempre del lado . de los oprimidos, por ejemplo, en estampas colocadas, a guisa de altar, en los grandes sombreros zapatistas, durante la Revolución Mexicana de 1910. La devoción a la Virgen de Guadalupe está extendida sobre todo entre los pobres (bajo la advocación de «Reina de México»). Los obreros, el día de su fiesta, piden que se les celebre misa en su fábrica. Sin embargo, las clases hegemónicas consideran el guadalupanismo como un signo de identidad nacional, bajo el título aglutinante de «Madre de todos los mexicanos», que encubre las contradicciones de clase bajo – la ideología nacionalista. La devoción mariana, en los pueblos, se dirige principal­ mente, como ya se dijo, a la imagen regional (la «matria«); pero se va identificando con La Guadalupana en la medida que se va adquiriendo conciencia del «Estado Nacional» y su cultura unificadora (la «patria»). No es extraño que entre los emigrantes mexicanos a los Estados Unidos (los «chicanos»), la Virgen de Guadalupe sea su principal signo de la Raza, a veces estilizada y secularizada en tatuajes o en su arte moderno.

El nacionalismo fue recuperado a principios del siglo XX, después de la Revolución Mexicana, como núcleo .de la ideología hegemónica del actual Partido Revolucionario Institucional (PRI). Una pléyade de intelectuales (Manuel Gamio, Martín Luis Guzmán, Andrés Malina Enríquez, Justo Sierra, Vasconcelos, etc.) fue­ ron hablando sobre «el mexicano»; pero sobre todo a partir de 1930, con la revista «Contemporáneos» dirigida por Samuel Ramos. Con la bendición de Alfonso Reyes y la dirección de Leopoldo Zea, se publicaron una serie de estudios al respecto (Jorge Carrión, José Gaos, Santiago Ramírez y muchos otros). Roger Bartra escribió un estudio que tuvo como «corpus» los principales estudios sobre «el mexicano», concluyendo que los rasgos que supuestamente caracterizan a los mexicanos, más bien <;ar-responden al campesino convertido en subproletariado urbano, e incluso, son los propios de cualquier sector empobrecido. Tales estudios, por tanto, son algo meramente ideológico, carentes de sustento antropológico y obedecieron a los intereses políticos del momento.[24]

El ensayo mejor elaborado y el más difundido entre los de este tipo, es «El Laberinto de la Soledad», escrito con la fina pluma de Octavio Paz. En dicha obra encontramos al capítulo “Los hijos de la Malinche.”[25] Paz parte de una mala palabra. Todas las lenguas tienen palabras impronunciables; pero cada pueblo tiene «su» palabra prohibida, su Mala Palabra, su insulto que no puede ser tolerado. En México, esa palabra es femenina, lo que identifica el hermetismo y opacidad del mexicano con la misteriosa incognoscibilidad de la mujer. Esa palabra es «la chingada«.[26] Se tiene que haber nacido en un ambiente popular de México, o haber pasado muchos años en este país, para comprender su variada polisemia y pluralidad de usos. Pronunciada como insulto, se dirige hacia la madre del «otro» y el mexicano la emplea para afirmarse ante los extranjeros («¡Viva México, hijos de la chingada!»). A diferencia del «hijo de puta», una mujer que voluntariamente se entrega, la «chingada» es una mujer que ha sido violada, por el poder sádico del macho. La última referencia son aquellas indias que fueron violadas por el impulso libidinal de los conquistadores, de cuyo acto nacimos los mexicanos. El prototipo es la «Malinche»: Doña Marina, princesa oriunda de Veracruz que pasó a ser esclava del Señor de Tabasco y fue obsequiada a Cortez, quien además de usarla como su concubina, la aprovechó como traductora e intérprete, por lo que fue vista como traidora[27] (de ahí la denigración del «malinchismo», de quienes prefieren lo extranjero a lo nacional). La figura simbólica de la Madre, para «el mexicano» asume el doble simbolismo, antagónico y complementario: La Malinche y la Virgen de Guadalupe. La primera, se entregó pasivamente a la opresión[28]; la segunda se nos entregó activamente, para protección contra el opresor. Roger Bartra, en su obra mencionada, continúa esta reflexión en su capítulo “A la chingada”, en donde trata de comprender «la peculiar combinación del malinchismo exacerbado y el fanático amor a la Virgen de Guadalupe», en aras de la reconstrucción imaginaria del arque­ tipo mexicano de la mujer. Se trataría del clásico canje de mujeres: los españoles entregaron a la Virgen María y los aztecas, a su diosa Tonantzin. Los primeros mestizos, hijos de padre desconocido y lejano (los mexicanos seríamos un pueblo sin padre), quedan fijados en la madre, que a la vez es la madre purísima y la hembra violada.

Ahora, cuando uno de cada cinco mexicanos ha dejado de ser católico y se ha convertido a los grupos sectarios protestantes, la Virgen de Guadalupe deja de ser ese signo aglutinante del país, ya reconocido como «multiétnico y multicultural». Ahora, cuando los Estados Nación no pueden tomar las principales decisiones y van decayendo en aras de un Estado Global de facto, la Guadalupana ha visto disminuir su función nacionalista; pero no ha dejado de animar a las clases populares en sus reivindicaciones sociales. Es quizás ahora, más que en su origen, cuando cobra relevancia su mensaje, convertido en patrimonio para toda la Iglesia universal.

PERSPECTIVATEOLÓGICA

Más allá del debate entre aparicionistas y antiaparicionis1as; más allá del “maravillosismo” de la imagen; más allá de las ideologías nacionalistas, tenemos un bellísimo texto, joya de la literatura náhuatl y reflejo de su cultura; pero sobre todo, una obra teológica que ilumina el concepto de la evangelización, no en un estilo doctrinal abstracto, sino de teología narrativa. El mensaje guadalupano entronca con la insistente invitación del Papa Francisco hacia un nuevo impulso evangelizador, por lo que meritaría ser reflexionado con profundidad. Afortunadamente tenemos varios estudios en qué apoyarnos, a los cuales me remito.[29] En un análisis semiótico de este discurso teológico, me parece que su estructura puede encuadrarse en el «modelo actancial mítico» propuesto por Greimas, cuyo esquema es el siguiente:[30]

DESTINADOROBJETODESTINATARIO
OPONENTESSUJETOALIADOS

Una aplicación de este esquema lo realiza Vladimir Propp en su obra “los cuentos maravillosos rusos”,[31] que se repite igual en todo su corpus de 100 cuentos. Fijémonos en el siguiente ejemplo: Ante una situación de terror generalizado, el rey (“destinador”’) encomienda a Iván (“sujeto”) la misión de matar al dragón que asolaba la región (“objeto”), para rescatar a la princesa y liberar al pueblo (“destinatario”). En su proeza, Iván se enfrenta con algún rival envidioso («oponentes») y encuentra alguien que le ayuda: una pobre anciana, que en realidad es una maga, quien le da un anillo mágico (“aliado”).

En el relato, la Virgen de Guadalupe (“destinadora”) da a Juan Diego (“sujeto”) la misión de convencer al obispo para que le construya una ermita («objeto»), para desde·allí, ayudar al pueblo indígena victimizado («destinatario»). Los criados del obispo le estorban y sus espías lo denigran (oponentes). La Virgen, para ayudar al mediador en su misión, le da unas flores como señal (aliado). Veamos más detalladamente este esquema en el relato:

Análisis de la realidad.- Como todo proceso evangelizador, se parte de la situación de carencia o necesidad de los evangelizandos (n.3) “A los diez años de conquistada la ciudad de México, yacen ya en tierra la flecha y el escudo, por donde quiera están rendidos los habitantes del lago y del monte.” Evoca el dramático escenario con el que comenzamos este ensayo, de la cual, la Señora del Cielo se compadeció y quiso venir ella misma a iniciar la evangelización de esta  Aquel por quien vivimos, del verdadero Dios, Téotl» (n.4) .

María, la “destínadora” (22). -La iniciativa siempre parte de Dios. Es ti Espíritu quien “mira” la situación opresiva por la que atraviesa su pueblo y decide actuar. En la cultura náhuatl, como dijimos, su imagen paterna de Dios estaba demasiada deformada por los conquistadores. Se requería su imagen materna, amorosa y protectora, que es asumida por María. Ella, al engendrar a Jesús, se halla presente en todo proceso evangelizador, conduciéndonos hacia su hijo. “Su ropa parecía sol y echaba rayos” (17), en alusión a la Mujer del Apocalipsis. Al manifestarse, como acto inicial, un ser sobrenatural se presenta dando a conocer su nombre (como Yahvé a Moisés). La Señora que sale al encuentro del indio se le presentó: «Soy la madre de Téotl Ipalnemohuani, Teyocoyani, Totecuyo, Tloque Nahuaque, Ilhuicahua, Tlalticpaque, (n. 22) es decir, de todo el panteón indígena prehispánico. La “inculturación” de María fue mucho más allá que los más audaces misioneros. Ellos se preocuparon por aprender las lenguas nativas para transmitir en ellas el mensaje evangélico; pero no se atrevieron a traducir la palabra “Dios”, ya que los dioses mesoamericanos les parecieron demonios, por su crueldad y fealdad (según los cánones estéticos europeos). Por ello optaron por introducir el neologismo “dios”. La Virgen no tuvo ese escrúpulo; aunque más adelante explicitará ser la Madre de Nuestro Salvador y Nuestro Señor Jesucristo. (53)

Sólo al final de1 relato, por boca de Bernardino, el tío de Juan Diego curado milagrosamente, la Virgen dio el nombre con el que quería ser venerada: “y (dijo) que llamaría y nombraría bien aquella preciosa imagen la siempre Virgen Santa. María de Guadalupe” (N.119). No parece posible que la Virgen haya dado ese nombre, ya que en náhuatl no existe el prefijo “gua” Seguramente que fue una deformación de los conquistadores, provenientes de Extremadura, cuyo nombre les habría recordado su venerada imagen. No hay seguridad sobre el nombre original. Yo había escuchado que María debió haber dicho ser la “Coatlalopeu”, nombre cuyo prefijo “coatl” significa “serpiente” (Quetzal-cóatl= “serpiente emplumada”), “a” es una proposición que rige al acusativo, y “lopeu”, participio del verbo “lopau” (machacar con el pie). Significaría, por tanto, «la que aplastó con el pie a la serpiente»: una connotación demasiado obvia a la Inmaculada Concepción y qu además contradice la connotación de la «serpiente», que en el Génesis representa a Satanás; mientras que en Mesoamérica lo refiere a Quetzalcóatl, la fertilidad de lo húmedo. Para algunos, el nombre dado por la Virgen pudo ser “Tequantlanopeuh” (“la que nació en las cumbres de las peñas”) o bien Tecuauhtlacupeuh (“La que viene volando de la luz como el Águila de Fuego”).

El elegido (“sujeto”) (5).- Como en muchos episodios bíblicos, la llamada (vocación) se dirige a una persona pobre, vulnerable, carente de poder, para que quede más patente que el mérito de la acción no es del profeta, sino de Dios. En el relato, “sucedió que había un pobre digno, campesino de por allí.[32] Su nombre amaina, y confiado en su “dueña y reina”, insistirá, con esa paciencia característica de los indígenas que aún conservan.

Se hace notar que la mediación del indio no se reduce a un papel de mero mensajero transmisor de un correo, sino que asume una actitud activa, más bien como la de un embajador, a quien compete cierta iniciativa. Es, por tanto, un auténtico “sujeto” de la evangelización. A veces los clérigos consideramos al pueblo como “objeto” de nuestra pastoral, o como meros transmisores doctrinales y no le reconocernos su calidad de “sujeto” activo y responsable. “Pero aunque se lo dijo lodo, cómo era su figura, y todo lo que había visto y admirado, en lo que bien se descubría que ella era la amable, siempre Virgen, la admirable Madre du Nuestro Salvador y Nuestro Seiior Jesucristo, sin embargo, aún no le dio crédito” (53). Para hacer creíble el mensaje de la Señora, el indio no se reduce a transmitir literalmente el encargo de la Virgen, sino que clarifica su narración con elementos que hagan a la autoridad eclesiástica más fácil su aceptación. Como decía Pablo VI, en éste, «el evangelizado tiende a convertirse en evangelizador» y —añadimos nosotros— el evangelizando, en evangelizador, un ejemplo de lo que ahora se afirma, que «los pobres nos evangelizan». Juan Diego progresa en su proceso de evangelizado: ante la grave enfermedad de su tío, se muestra responsable y comprende que la Señora lo esperará, pues justamente vino para ayudar a los necesitados, y por tanto, lo prioritario ahora es ir por el médico y por los sacerdotes. Por eso, pretende evitar a la Señora, rodeando el cerro; pero Ella misma le salió a su encuentro y le aseguró que su tío ya estaba curado.

La misión (“objeto”) (n.23)-. María le da al indio como misión, convencer al obispo para que le erija una ermita en aquel lugar. Semióticamente quedan separados y contrapuestos dos espacios: por un lado, Tlaltelolco, el espacio hegemónico de los conquistadores, sede de los poderes civiles, y también el espacio sagrado oficial, asignado por el poder eclesiástico “en lo que toca a las cosas de Dios”, no siempre comprensibles (6). Ahora la Virgen abre otro lugar sagrado alterno, el Tepeyac, el espacio del indio. El cerro, un erial pedregoso, queda transfigurado en “La Tierra de la Flor”: “Y la piedra y los peñascos donde ella estaba en pie, al recibir como flechas los rayos y la claridad, parecían de esmeraldas preciosas («chalchihuite»), joyas parecían; la tierra relumbraba como los resplandores del arco iris. Los mezquites, nopales y las hierbas que por allí se dan parecían como de pluma de quetzal y sus tallos de turquesa; las ramas, el follaje y hasta las espinas brillaban como el oro.” (n.18). El trato que recibe Juan Diego en Tlaltelolco es muy distinto del respeto con que lo trata la Señora. Allá se tiene que arrodillar ante el obispo y se le hace esperar y espiar. Por eso, ante el escepticismo del obispo, decepcionado, Juan Diego se disculpa y se queja: “me envías a un lugar por donde no ando y no paro” (n.40). Por eso, la Virgen va a invertir los espacios: en vez de que el indio siga yendo al lugar centro del poder eclesiástico, será ahora el obispo quien se traslade al cerro, lugar del indio. Una evangelización desde el poder no llega a calar hasta el fondo.

Destinatarios (n.23).- Obviamente, la finalidad de la Virgen no era la edificación de un templo más, pues esto lo hacían los misioneros. El objetivo era más amplio: “en ella mostraré y daré a las gentes todo mi amor, mí compasión, mi ayuda y mi defensa”. La evangelización no debe confundirse a la mera introyección de fórmulas doctrinales ortodoxas en la mente de los evangelizandos, sino que implica sentimientos amorosos, solidarios y que tengan eficacia frente a situaciones de opresión. Es, justamente, todo lo contrario de la “Conquista Espiritual”[33] hacer que el pueblo sea el destinatario del mensaje guadalupano. Esto se corrobora en la figura de Bernardino, tío de Juan Diego, que se enferma de viruela, epidemia traída por los extranjeros, que ante el cuerpo indio, carente de defensas, estaba haciendo estragos. En esta cultura, el «tío» es el hermano de la madre, quien era el que heredaba (no a los hijos, sino a los sobrinos, para que el patrimonio no saliese del clan). El tío, en realidad, representaba a todo el vulnerable pueblo mexica conquistado.

Una vez que se ha constatado que el principal destinatario de la evangelización guadalupana es la población india, sojuzgada, humillada, sufriente, apa­ rece la importancia de los signos referidos a la cultura nahuatl. La IV Conferencia Episcopal Latinoamericana reunida en Santo Domingo en 1992, con motivo de los 500 años del mal llamado «descubrimiento de América» -con et mismo derecho podría decirse que los indios «descubrieron» a los crueles extranjeros-, insistió mucho en la «incultutación del Evangelio», un modelo arquetípico del cual es, precisamen­ te, nuestro «Nican Mopohua». El texto encriptado de Antonio Valeriana sólo podía ser descifrado por sus destinatarios principales (los indios, no los españoles). Baste como ejemplo el uso de los numerales simbólicos -que ya aparecían en la imagen de la tilma-; en especial, signo del «Ollin», en el que el número 4, número simbólico por excelencia (cuatro puntos cardinales y cuatro estaciones; cuatro dioses crea­ dores; cuatro creaciones fracasadas del sol), es el número que unificad·espacio y el tiempo y denota plenitud. En el relato, el indio se formula 4 preguntas ante el canto maravilloso de las aves;36 tiene 4 encuentros con la Virgen, 4,veces aparecen las aves, 4 criterios con los que Juan Diego discernió la aparición;37 4 características del mensaje evangelizador, 4 objetivos de la ermita/ª 4 las condiciones que pide la Virgen a sus devotos de todas las naciones del territorio,39 etc. •

El signo.- La llamada se produce muchas veces mediante alguna señal

(pesca milagrosa, voz en la noche en Samuel). El momento de la llamada a Juan Diego es el amanecer, que en aquella cosmogonía fue la hora·cuando sucedió la[1] Enrique Semo: «Historia del capitalismo en México», Ed. Era, 1973, México (pp 29· 30). Cita los estudios de Sh Cook («La despoblación de México central en el siglo XVI»),

LB. Simpson, W Borah, entre otros.

[2] Torquemada, Juan: Los veinte ivn libro rituales i Monarcbia Indiana, con el origen y guerras de los Indios Occidentales, de sus poblazones, descubrimientos, conquista, conversión y otras cosas maravillosas de la mesma tierra. Producto de la recopilación de varios documentos antiguos, fue realizada entre 1592 y 1615. Impresa en Sevilla en 1615 y reimpresa en Madrid en 1723.

[3] Fray Martín de Valencia calculó en 1,200,000 bautizados entre 1524 y 1531; Fr. Pedro de Gante calculaba 14, 000 bautizados por día; Motolinía estimaba que cada fraile habría bautizado unos 100,000 indios (algunos hasta 300,00) y que en total, hasta 1536 se habrían bautizado unos cinco millones.

[4] Entre los numerosos estudios de esta fuente, está “Tonantzin Guadalupe”, de Miguel León Portilla y El Nican Mopobúa: Un intento de exégesis, por el P. José Luis Guerrero Rosado. Puede consultarse la WebSite http://www.luxdomini.com/gpe/contenido1/ guadalupe.nican1.htm

[5] “Ayate”: manto de fibra de maguey, atado detrás del cuello, que además de abrigo, era utilizado para cargar objetos.

[6] El manuscrito autógrafo de dicho sermón forma parte de una investigación dispuesta por el obispo de México Fray Alfonso de Montúfar, sucesor de Zumárraga.

[7] J. Lafaye: “Quetzalcóatl y Guadalupe: La formación de la conciencia nacional de México”, Fondo de Cultura Económica, México, 1977.

[8] Ibíd., p. 303-304.

[9] El autor cita el riguroso estudio del P Germán Rubio: «Libro de la invención de Nuestra Señora de Guadalupe».

[10] Hay que recordar el contexto de la polémica: se estaba pretendiendo una división de la Arquidiócesis de México en varias diócesis sufragáneas. Lo que el abad deseaba, apoyado por el nuncio Girolamo Priggione, era que la Basílica fuese una diócesis aparte, dependiente directamente de Roma.

[11] En una investigación ordenada en 1556 por el obispo Montufar, un testigo. asegura que, en: su sermón antiguadalupanista, Fr Francisco Bustamante atribuyó la pintura a un indio Marcos (Aquino). Algunos opinan que se trata de uno de los tres excelentes pintores indios, alumnos del Colegio de Santa Cruz de Tlaltelolco.

[12] Jacques Soustelle: El universo de los aztecas, F.C.E., México 1982. Sejourné, Laurette: La pensée des anciens mexicaines, François Maspero, París, 1982, La loi du centre, pp 90-96.

[13] Luppo, Alessandro: Los tres ejes de la Cruz. «Scansione del tempo e calendario “Latinoamericano” Roma Edizioni Lettere e Filosofia – La Sapienza, a.a. 2002/2003.

[14] Landa Ábrego, María Elena: Ollín y Cruz en la simbología náhuatl, INAH, Centro Regional de Puebla, 1985.

[15] Dumézil, Georges: Los dioses indoeuropeos. Ed. Sebe Barral, Barcelona 1970 (P.U.F., 1952).

[16] Parece ser que dicho parecer ha sido compartido por el premio Nobel de Química, Richard Kuhn.

[17] Estas curiosidades pueden verse n la Página Web de la Basílica de Santa María de Guadalupe: http://www.virgendeguadalupe.mx Estudios, 17 de febrero de 2007.

[18] El título de este apartado es el de un importante fil mexicano: La Virgen que forjó una patria, guion y dirección de Julio Bracho, con fotografía del célebre Gabriel Figueroa, para Films Mundiales en 1942.

[19] La “nación” se distingue del “Estado” en que aquella tiene sus bases en lo étnico-cultural y éste es una organización política basada en un pacto social entre diversos grupos y clases sociales.

[20] Paz, Octavio: «Las trampas d ela fe», F.C.E., México,1982.

[21] Bradlng, David: “Los orígenes del nacionalismo mexicano”, Ed. Era, México, 1973. También J. Lafaye, o. c., libro I, cap. 1: «hermanos enemigos: españoles y criollos», pp. 43-49.

[22] Servando Teresa de Mier. Obras Completas: II «El heterodoxo guadalupano». Selección de obras por Edmundo O’ Gorman, Universidad Autónoma de México, 1981. O´ Gorman, Edmundo: «Destierro de sombras: Luz y origen de la imagen y culto de Nuestra Señora de Guadalupe del Tepeyac«. UNAM, México, 1986.

[23] Según la leyenda, su madre·, la Coyoxauctli, había encontrado una pluma de colibrí, que guardó en su seno y ésta la fecundó para el nacimiento del dios.

[24] Bartra, Roger: “La jaula de la melancolía, identidad y metamorfosis del mexicano”,

Ed Grijalba, México, 1987, p. 20.

[25] Paz, Octavio: “El laberinto de la Soledad”: Cuadernos .Americanos 1950. F.C.E.,

México, 1993, p.p. 72-98.

[26] Para el autor, esa palabra existente a varios países de habla hispana con referencia a bebidas embriagantes tiene probablemente un. origen náhuatl: “xinaxtl” (chingaste), que es el aguamiel fermentado del maguey, de dónde sale el «pulque».

[27] Transgredió el precepto ancestral: «no mezclarás tu sangre con la del opresor».

[28] En un mural, el pintor José Clemente Orozco pinta a La Malinche como la Eva mexicana.

[29] El análisis exegético, ya clásico, del Nican Mopohua desde el náhúatl, ya clásico, es el realizado por Glodomiro Siller Acuña: La evangelización guadalupana, CENAMI, México, 1984. Vide: books.google.com.m.x – En la Internet se encuentran varios estudios y versiones.

[30] Greimas, A.].: «Semántica estructural»(1966),Gredos, Madrid, 1976, pp 263-281.

[31] Propp, Vladimir: Morfología del cuento, Rusia, 1928. Traducción al español: Ed.

Akal, México 1998.

[32] En náhuatl, se trataba de un “macehualtzintli», o sea, de las castas más pobres; aunque “creado con la sangre de los dioses”.

[33] En referencia a la obra clásica de Ricard, Robert: «La conquista espiritual de México. Ensayo sobre el apostolado y los métodos misioneros de las órdenes mendicantes en la Nueva España de 1523-1524 a 1572», con la que el autor obtuvo el doctorado en la Sorbona en 1933.Editado por Fondo de Cultura Económica. México 2004 (8ª reimpresión).