2. PRIMEROS POBLADORES DE AMÉRICA

Hace unos 15,000 años que los humanos pisaron suelo americano y se asentaron aquí. Pasaron por el Estrecho de Bëring, en Alaska, cuando aún no terminaba la última glaciación (posiblemente antes habrían llegado algunos vikingos o alguna migración por la Antártida o algunas canoas de polinesia; pero fuera de ciertas palabras en nuestras lenguas nativas, no dejaron muchos rastros). ¿De dónde provienen y qué motivó esta aventura? Sabemos que el sapiens sapiens fue una de las ocho especies de humanos que existieron, evolucionando de los grandes primates, durante cientos de años (unos 300,000 años). Teniendo su origen en el África Oriental -debido a una cordillera que emergió, impidiendo que la humedad selvática pasara al lado oriental- no pudieron vivir en los árboles y adoptaron el bipedismo y alcanzaron el nivel humano. Se trataba de pequeños grupos, de no más de 150 personas, que habitaban durante corto tiempo en cierto territorio, deslazándose dentro del mismo hábitat (que podría variar entre varias decenas o varios centenares de kilómetros cuadrados). Después de cierto tiempo, por algunas razones (dificultades de convivencia, razones demográficas, precariedad de alimento, etc.), salían a explorar otros lugares, o bien, el grupo se dividía, y como si algo sobraba en un planeta casi vacío era el territorio, el nuevo grupo se desplazaba unos 100 kms., para establecer allá su propio hábitat. De este modo, si cada escisión grupal se daba cada 40 años, hace unos 70,000 años llegarían a la península arábiga; hace 60,000 a la India; hace 45,000 años a Europa y a Australia… y hace unos 16,000 años, llegaron a este continente.

Después de cientos de miles de años, fueron ensayando y adoptando un estilo peculiar de vida, el cual, como es de imaginar, quedó muy arraigado en nuestro inconciente colectivo, de modo que aún podemos reconocer algunos vestigios. Podemos detallar un poco más.[1]

  • Sexualidad y familia.– El grupo estaba organizado como un clan, a modo de “horda”. Se vivía en promiscuidad y los niños eran considerados hijos del clan. La madre, en todo caso, podría saber quién era el padre; pero se pensaba que un embarazo no era fruto de una sola relación sexual y más bien se prefería la contribución de varios padres, para que el hijo conjuntara cualidades de distintos varones. En situaciones en las que algunos clanes eran más o menos vecinos, solían apoyarse, y a veces, se constituían en tribus.
  • Salud. Mediante la experimentación, fueron adquiriendo conocimientos sobre las cualidades y usos de algunas plantas o hierbas, y los transmitieron a las sucesivas generaciones, con lo que se fue formando lo que sería un embrión de la herbolaria. Los accidentes no eran infrecuentes, y era elevada la mortalidad infantil. En general eran fuertes y sanos (las enfermedades infecciosas llegaron con los animales domésticos): corrían, trepaban, saltaban… Podían vivir entre 60 y 80 años.
  • Mantenimiento-
    1. Vivienda y vestido. Sufrían las inclemencias de los climas. Quienes pasaron a América, tuvieron que soportar mucho frío, y la vivienda adolecía de condiciones de precariedad (una cueva, en el mejor de los casos).
    2. Dieta. El alimento recolectado era bastante variado, diferente cada día -termitas, bayas, raíces, mamut, búfalo o ciervos, pescado, etc.- al punto de que se habla de la “opulencia primitiva” (una mujer, por ejemplo, podía desayunar bayas y raíces; almuerzo de frutas y caracoles o pescado y cenar conejo y cebolla). Algún incendio de la pradera, motivado por el rayo, les enseñó a comer carne cocida. Cuando fueron capaces de producir fuego, incendiaban toda una pradera y luego recogían, ya cocidas, setas, animalitos y raíces. Les agradaba lo dulce y las grasas, (como hoy, nos siguen gustando, la “comida chatarra” que causa obesidad; pero entonces eran raros) Cuando los encontraban se daban atracón.
  • Lealtad.– Poco antes de que los mongoles de Siberia decidieran cruzar el Estrecho, habían ya domesticado al perro, de mod que este animal llegó con ellos. La gente era más colaboradora que competidora. Cuando dos grupos se encontraban, era más para ayudarse que para enfrentarse.
  • Placer. Gozaban de bastante tiempo de ocio: hacían una cacería de pieza mayor cada tres días, y para la recolección les bastaban de 4 a 6 horas; unas 40 horas semanales (nosotros, entre 60 y 80 hrs/sem). El resto del tiempo, holgazaneaban, jugaban con los niños, chismeaban.
  • Comunicación: Había muchas lenguas y costumbres. A veces la tribu tenía una misma lengua y normas comunes para todos los clanes. vagabundeaban o viajaban en busca de comida. Cambiaban de lugar por alguna calamidad, por cuestiones demográficas o por voluntad de un gran jefe
  • Pedagogía- Aprendían mucho cada día; conocían de todo, eran habilidosos
  • Propiedad- Ya que cambiaban continuamente de hábitat (meses o semanas), procuraban no tener muchos bienes. Lo que llevaban consigo, era lo necesario (pieles, armas rústicas, objetos curiosos), y podían comerciar con ellos.
  • Producción.– La caza era exclusiva de los varones, los cuales se organizaban en equipo (según Carl Sagan, de ahí viene el gusto de los varones al fútbol). Llevaban el animal al grupo, y allí cada cual comía según sus necesidades (salvo los consabidos abusos del macho-alfa). Más que edad de piedra, era la edad de la madera.
  • Seguridad. Fabricaban cuchillos filosos de piedra, para cazar o para defenderse. En realidad, había pocas guerras con los grupos vecinos, y por otra parte, tampoco tenían mucho qué defender.
  • Organización. El grupo se constituía a modo de clan familiar; pero solían habitar cerca de otros grupos. Con ellos podían formar tribus, compartiendo lengua, normas y ritos.
  • Jurídico. Vivían con bastante libertad; aunque tenían algunas normas orales flexibles.
  • Prestigio. El prestigio a veces se obtenía por la posesión de ciertos objetos curiosos (conchas, ámbares, pigmentos), que intercambiaban. También contaba mucho la fuerza física y las habilidades de los varones

LO RELIGIOSO ENTRE LOS PRIMEROS POBLADORES DE MÉXICO

Es importante conocer cómo se daba lo religioso en los primeros humanos que pisaron nuestro suelo. Entonces, en ninguna parte del mundo existía una “religión” propiamente dicha (las primeras datan de hace unos 6,000 años). Sin embargo, ya existían en nuestro continente ciertas formas pre-religiosas comunes, tanto entre quienes posteriormente serán llamados “indios”, como entre los mongoles siberianos. No es extraño que estas formas, mantenidas durante decenas de miles de años, hayan quedado grabadas en el inconciente colectivo de nuestros pueblos, en especial, entre los descendientes más directos, y pueden encontrarse supervivencias de ellas en la llamada “religiosidad popular” actual de los pueblos originarios o grupos étnicos de México. Es de suponerse que muchas de estas formas provienen de Siberia, por lo que podrían ser rastreadas, gracias a la disciplina de “religiones comparadas”, detectando elementos comunes de aquí y de allá. Veamos algunas:

Culto a los muertos. Se han encontrado varios vestigios de objetos o arreglos en torno a cadáveres humanos; pero como bien distinguió Durkheim, una cosa son los rituales funerarios y otra el culto a los ancestros propiamente dicho. Es verdad que se han encontrado objetos que podrían ser indicio de algún tipo de veneración: en Rusia, cerca de Siberia, se encontró un cementerio de hombres cazadores de mamut de hace 30,000 años. Entre los cadáveres, estaba el de un hombre de 50 años cubierto con 3,000 cuentas de marfil, un sombrero decorado con dientes de zorro y 25 brazaletes de marfil. Elaborar estos objetos habría requerido un gran número de horas de trabajo, es decir, de mucha gente dedicada a ello, bajo una dirección. Puede denotar cierta veneración a quién posiblemente fue un gran líder; pero nada denota algún tipo de culto latréutico.

Los antropólogos que se preocupan de indagar los orígenes de la religión, discrepan en indagar cuál fuese el elemento más antiguo. Parece que el animismo y el concepto de “espíritu” estaban ya presentes entre los primeros pobladores del Continente. Es muy probable que hayan llegado a él, a partir del supuesto, que en toda persona existe un componente anímico, el cual, durante el sueño, se separaba del cuerpo para vagabundear, y que eso explicase los sueños. En cierta noche, esa ánima, al regresar a su cuerpo, lo halló muerto y tuvo que quedarse vagabundeando, con lo que se convirtió en “espíritu”. Cuando, en el clan, llegaron a ser muchos los antepasados que compartían esa condición de “espíritus”, se les empezaron a brindar ciertas ofrendas, para congraciárselos y evitar que los dañaran, con lo que se derivaría en religión.

Esta creencia tiene mucho arraigo, y es de suponer que pudo derivar en mitologización de algunos antepasados insignes, a veces convertidos en algún animal, del que el clan se dice descender. De hecho, entre los indios de Norteamérica el totemismo ha sido muy estudiado. Es posible que, al irse constituyendo en tribus, la clasificación de los clanes mediante respectivos tótems se haya introducido pronto; aunque, a diferencia del totemismo australiano estudiado por Durkheim, en América preponderó el tótem individual, que después derivará en el nagualismo, arraigado en México.

Otra supervivencia, también rastreada aquí, es el culto a elementos naturales: entre los aborígenes de Norteamérica, la identidad de los diversos clanes y tribus se exhibe por la distinción binaria dentro de un gran esquema clasificatorio del género sexual del Sol y de la Luna, divinizados.[2] También estos mismos astros se adoraron entre los grupos precursores de los aztecas: Huitzillopoctli y Texcatlipoca. Entre los chatinos actuales, el culto a Stina Jo’o Kucha” o “Santo Padre Sol”, y en varias etnias de México se siguen venerando el Rayo, los Vientos, etc.

La magia fue otro elemento prerreligioso: al inicio, cada persona realizaba sus propias prácticas o delegaba su capacidad mágica en una forma de chamanismo doméstico; pero pronto, algunos magos destacaban por sus poderes y pasaron a ocupar liderazgos, incluso político-administrativos. El chamanismo, según Mircea Elíade, es un fenómeno siberiano, originado posiblemente por perturbaciones epilépticas, frecuentes en aquellos climas extremos.[3] En nuestro país, el chamanismo cuenta con larga tradición y desarrollo. Presupone cierto carisma personal, se requiere también una predisposición de quienes creen en sus poderes, y también, cierto aprendizaje sistemático, de cuyos lugares y formas sabemos muy poco.

Notas

  1. Para esta clase nos valimos, principalmente, del excelente libro “De Animales a Dioses. Breve historia de la humanidad”, de Yuval Noah Harari, 2013. Primera edición española en México, diciembre 2014, Penguin Random House, Grupo Editorial.
  2. LÉVI-STRAUSS, Claude; Antropología estructural: mito, sociedad, humanidades, Siglo XIX, México, 1983, pp. 203-211. El autor hace una clasificación de todos los clanes de los pueblos originarios de Norteamérica, distinguiéndolos en binas dicotómicas en todas las acepciones posibles en cuanto al género de estos astros (iguales o distintos, parientes o no parientes, ambos masculinos, ambos femeninos, o si son de diverso género, cuál le toca a cada astro, etc.).

  3. ELIADE, Mircea: El Chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis”, F.C.E., México 1982

0. LO RELIGIOSO EN LA HISTORIA DE MÉXICO

Introducción

HISTORIA E HISTORIOGRAFÍA

La historia no es otra cosa que el devenir de la humanidad, integrando formaciones sociales diversas y enfrentando de manera conjunta retos, desafíos y posibilidades. Tiene que ver con la memoria colectiva, pues trasciende las generaciones, para heredarla a las nuevas. Decía Gramsci: “Se estudia la historia, no por un vano afán de erudición, sino en, para y por los intereses del presente”. El mejor conocimiento del pasado nos ayuda a situarnos mejor en el presente, aprendiendo de los intentos anteriores; aunque hayan resultado fracasados. Por tal función, los antiguos consideraban a la historia como maestra de la vida (“magistra vitae”).

Es el conjunto de aprendizajes y fracasos lo que genera la Memoria en una colectividad, es decir, su “Tradición”. En la sucesión de las generaciones, ciertos elementos de su memoria logran persistir en alguna región; mientras que otros se pierden. Además, se reconoce que los elementos seleccionados para la transmisión son diversos a los similares de otros pueblos o regiones conocidos, y tales rasgos constituyen la identidad cultural, que perdura, si bien con modificaciones. Esa percepción de lo propio, se verifica en contraposición a lo diverso, que pertenece a “los otros pueblos”. Tener una identidad grupal es indispensable para situarnos frente a grupos distintos o antagónicos, de dentro o de fuera.

Historia y Política

Entroncamos aquí con la diferencia entre “Historia” e “historiografía”. La tradición oral es una forma nada despreciable de conservar el pasado; pero es indudable que lo mejor para este fin es la recopilación de testimonios escritos. Sin embargo, tan pronto como iniciamos esta tarea nos damos cuenta de su complejidad, pues no existe consenso entre los historiadores, y que la narración de los mismos hechos del pasado depende de la diversa perspectiva epistemológica en la que nos coloquemos. Esto, por la finalidad misma que se propone: “se escribe historia –dijo Gramsci- por y para los intereses del presente”. El historiador es también un agente político. Lo que en el pasado fue “política”, en el presente es “historia”, y lo que en el presente es política, en el futuro será historia. Se da, pues, una identidad entre historia y política. En cualquier sociedad existen sectores diversos, con intereses definidos, y el aporte de cada historiador es presentar el pasado como justificación de su grupo, haciendo ver que “desde siempre” las cosas han sido más o menos como son ahora o que siempre se había tendido a realizar “este” presente…, con lo cual se desalientan transformaciones revolucionarias.

Filosofía de la historia

De facto, la historia la escriben los vencedores (aunque suele existir -más o menos solapada- una “versión de los vencidos” (León Portilla). Cada clase o grupo hegemónico repiensa la historia como justificativo de sus intereses propios. Al proyectar sus prospectivas hacia el futuro, otorgan un sentido interesado a la totalidad del devenir humano, en beneficio del grupo por quien esos historiadores hablan. Así, el mundo antiguo tenía una visión circular o cíclica de la historia (la serpiente mordiéndose la cola). Es “el eterno retorno de lo idéntico”: todo lo que ha sido, seguirá siendo así; Los acontecimientos se repiten, quizás variando sólo las formas. La visión lineal de la historia, tendiente hacia un futuro ideal, fue el aporte que dio el judeo-cristianismo en su teología escatológica, retomado posteriormente por las utopías laicas, imaginadas desde su visión de “vencedores”. El futuro, así proyectado, percibido como mejor al momento actual, encarna los sueños, las utopías y los ideales que se han ido forjando y que constituyen las motivaciones que pueden compartirse entre grandes sectores y es lo que mueve a los sacrificios personales, en aras de la sociedad colectiva (los héroes y los mártires). Pero también esta visión ha sido utilizada como justificativo ideológico de grupos o clases dominantes, que quisieran que se perpetuara la situación que les beneficia. Es así que Fukuyama, uno de los primeros ideólogos del neoliberalismo, sentenció que la humanidad ya alcanzó “el fin de la historia”, el nivel culmen al que realistamente podíamos alcanzar. Un “fin del mundo” que no corresponde a lo que nos gustaría o a lo que habíamos imaginado; pero que, de hecho, sería “el mejor de los mundos posibles”.

La filosofía de la historia de Vico, en el siglo XVIII, conjuga ambas visiones, dando un sentido espiral: de alguna forma es cíclica, pero no cierra el círculo, sino que va ascendiendo hacia un futuro mejor. Hegel, en cambio, añade la dialéctica y el conflicto, pues el progreso no es uniforme y lineal, como pretenderá luego el positivismo, sino que avanza entre conflictos y rupturas, superando las contradicciones: “tesis- antítesis- síntesis”; afirmación, negación y superación de alternativas mediante negociaciones.

Esto plantea interrogantes: ¿es la historia una ciencia?, y si lo fuera, ¿de qué tipo? (ciencias duras, ciencias blandas, arte). Lo que se pretende del historiador ¿es la verdad o simplemente, la veracidad (la honestidad intelectual)? Si lo que se demanda del historiador es la “objetividad” ante el pasado, esto no equivale a la “neutralidad”, pues antes que historiador, se trata de un ciudadano que tiene una postura política.

Un ejemplo es la “objetividad” de las fuentes seleccionadas. Por ejemplo, para conocer la realidad de los antiguos habitantes de lo que hoy llamamos México, contamos con testimonios recogidos durante la época Colonial. Se trata de fuentes escritas, siendo así que los antiguos nativos preferían la tradición oral, en las que las mitificaciones suponían una manera peculiar de narrar. Además, pasaban por los filtros de los frailes evangelizadores, con sus inevitables prejuicios y deformaciones. Supongamos que, dentro de 200 años, un historiador quisiera estudiar el presente sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Si se redujera a revisar las hemerotecas de los diarios de este tiempo (incluyendo, quizás, videotecas de los noticiarios televisivos), tendrían una visión muy sesgada, de no contar con fuentes oficiales alternas.

La historia como disciplina académica, pretende recoger el pasado que, considerándolo de forma total, es obviamente imposible. De ahí que todos los historiadores aporten algo en la frustrante recopilación. La realidad de cualquier colectividad constituye una cultura, en la cual podemos distinguir varios sistemas completos. Por esta razón, algunas disciplinas intentan hacer historia desde el sistema que les corresponde (Historia de la Economía, Historia de las Ideas, Historia de la Filosofía, Historia de la Sexualidad, Historia de la Medicina, Historia de la Educación, etc.). Esto es legítimo; pero una garantía de historicidad sería ubicar el área de interés desde un contexto global histórico.

Nosotros pretendemos en este curso realizar una historia de la religión como se ha dado en México. En la currícula de los seminarios eclesiásticos suele existir una materia que se denomina “Historia de la Iglesia en México”. En este curso pretenderemos, por un lado, dar mayor amplitud, y no reducirnos exclusivamente a la Iglesia Católica, sino incluir de alguna manera la participación de los grupos cristianos no católicos (“evangélicos”, diversos protestantismos, sectas, denominaciones, “nuevos movimientos religiosos”, etc.); pero también poner atención a las religiosidades populares, que son, en sus formas sincréticas, la religión realmente existente en México. Además, el título de los cursos arriba mencionados, suelen estudiar la Iglesia Católica universal, con énfasis a su actuación en México. Esta perspectiva arriesga a un enfoque eclesiocéntrico, centrándose en lo institucional clerical (creación de diócesis, relevo de obispos, vocaciones, etc.). Alguien podría proponer como título para un curso “Historia de la Iglesia Mexicana”, lo cual se prestaría a confundir con una asociación religiosa cismática, aquella fundada por el presidente Elías Calles con el Patriarca Pérez. Evitar estos reduccionismos implica situar la actuación de la Iglesia Católica dentro del contexto nacional, pues la Iglesia habrá de ser juzgada por su real participación en los diferentes momentos de la historia del país, teniendo como criterio evaluativo de referencia, las tareas que se supone deben realizar los cristianos en las diferentes situaciones que les toca vivir, y que, para nosotros, lo adecuado sería desde la perspectiva de los pobres. Por eso, preferimos titular nuestro curso: “Lo Religioso en la Historia de México”

En cuanto al deslinde entre historiografías, es conocida la polarización ideológica que se tiene de nuestro pasado, en especial, del siglo XIX y los dos primeros tercios del siglo XX. Nos topamos con dos historiografías opuestas, la liberal y la conservadora. Pongamos, por ejemplo, la imagen de Benito Juárez, que para los primeros sería un santo (se celebra la fiesta de aniversario de su nacimiento) y para los segundos, casi un demonio. Igual las leyes de Reforma, hasta la guerra de la Cristiada. Afortunadamente, se ha ido abriendo espacio un nuevo paradigma, que trata de mayor objetividad científica; que evita las ideologizaciones liberal jacobina o el triunfalismo clerical, por lo que su criterio de juicio no es el de los logros o fracasos de la Institución eclesial como tal, sino lo que hace respecto a los pobres (la “opción por los pobres”, declarada en Medellín 68). El ejemplo más claro es el que realiza la Comisión de Estudios de Historia de la Iglesia en Latinoamérica (CEHILA)

Un punto de partida elemental es de la periodización de la historia. Tomamos como una base para ello, la categoría que utiliza el marxismo (si bien ya se había utilizado anteriormente): el concepto de Modo de Producción. Los humanos nos agrupamos en sociedad para producir lo necesario a nuestras necesidades básicas, y para reproducirnos como especie. Se da, por tanto, la primacía a lo económico, pues según se organice la producción general, así se estructurará la organización política y el sistema de ideas y hábitos que lo justifican y aglutinan. Nos damos cuenta que el subcontinente americano fue recibiendo los modelos fundamentales europeos, si bien, desde una impronta peculiar. Esto nos permite un breve esquema a modo de índice:

  1. Los primeros pobladores (MP Comunismoprimitivo)
  2. Las primeras civilizaciones agrícolas (MP Asiático o Despótico-tributario)
  3. El feudalismo español (MP Feudal). El esclavismo (MP Esclavista)
  4. (Des)encuentro de dos mundos
  5. El liberalismo industrial (MP Capitalista embrionario)
  6. La Independencia
  7. El liberalismo político. Las Leyes de la Reforma
  8. El Porfiriato restauracionista
  9. La Revolución Mexicana
  10. El Desarrollo estabilizador (1950-1968)
  11. El neoliberalismo