Introducción
HISTORIA E HISTORIOGRAFÍA
La historia no es otra cosa que el devenir de la humanidad, integrando formaciones sociales diversas y enfrentando de manera conjunta retos, desafíos y posibilidades. Tiene que ver con la memoria colectiva, pues trasciende las generaciones, para heredarla a las nuevas. Decía Gramsci: “Se estudia la historia, no por un vano afán de erudición, sino en, para y por los intereses del presente”. El mejor conocimiento del pasado nos ayuda a situarnos mejor en el presente, aprendiendo de los intentos anteriores; aunque hayan resultado fracasados. Por tal función, los antiguos consideraban a la historia como maestra de la vida (“magistra vitae”).
Es el conjunto de aprendizajes y fracasos lo que genera la Memoria en una colectividad, es decir, su “Tradición”. En la sucesión de las generaciones, ciertos elementos de su memoria logran persistir en alguna región; mientras que otros se pierden. Además, se reconoce que los elementos seleccionados para la transmisión son diversos a los similares de otros pueblos o regiones conocidos, y tales rasgos constituyen la identidad cultural, que perdura, si bien con modificaciones. Esa percepción de lo propio, se verifica en contraposición a lo diverso, que pertenece a “los otros pueblos”. Tener una identidad grupal es indispensable para situarnos frente a grupos distintos o antagónicos, de dentro o de fuera.
Historia y Política
Entroncamos aquí con la diferencia entre “Historia” e “historiografía”. La tradición oral es una forma nada despreciable de conservar el pasado; pero es indudable que lo mejor para este fin es la recopilación de testimonios escritos. Sin embargo, tan pronto como iniciamos esta tarea nos damos cuenta de su complejidad, pues no existe consenso entre los historiadores, y que la narración de los mismos hechos del pasado depende de la diversa perspectiva epistemológica en la que nos coloquemos. Esto, por la finalidad misma que se propone: “se escribe historia –dijo Gramsci- por y para los intereses del presente”. El historiador es también un agente político. Lo que en el pasado fue “política”, en el presente es “historia”, y lo que en el presente es política, en el futuro será historia. Se da, pues, una identidad entre historia y política. En cualquier sociedad existen sectores diversos, con intereses definidos, y el aporte de cada historiador es presentar el pasado como justificación de su grupo, haciendo ver que “desde siempre” las cosas han sido más o menos como son ahora o que siempre se había tendido a realizar “este” presente…, con lo cual se desalientan transformaciones revolucionarias.
Filosofía de la historia
De facto, la historia la escriben los vencedores (aunque suele existir -más o menos solapada- una “versión de los vencidos” (León Portilla). Cada clase o grupo hegemónico repiensa la historia como justificativo de sus intereses propios. Al proyectar sus prospectivas hacia el futuro, otorgan un sentido interesado a la totalidad del devenir humano, en beneficio del grupo por quien esos historiadores hablan. Así, el mundo antiguo tenía una visión circular o cíclica de la historia (la serpiente mordiéndose la cola). Es “el eterno retorno de lo idéntico”: todo lo que ha sido, seguirá siendo así; Los acontecimientos se repiten, quizás variando sólo las formas. La visión lineal de la historia, tendiente hacia un futuro ideal, fue el aporte que dio el judeo-cristianismo en su teología escatológica, retomado posteriormente por las utopías laicas, imaginadas desde su visión de “vencedores”. El futuro, así proyectado, percibido como mejor al momento actual, encarna los sueños, las utopías y los ideales que se han ido forjando y que constituyen las motivaciones que pueden compartirse entre grandes sectores y es lo que mueve a los sacrificios personales, en aras de la sociedad colectiva (los héroes y los mártires). Pero también esta visión ha sido utilizada como justificativo ideológico de grupos o clases dominantes, que quisieran que se perpetuara la situación que les beneficia. Es así que Fukuyama, uno de los primeros ideólogos del neoliberalismo, sentenció que la humanidad ya alcanzó “el fin de la historia”, el nivel culmen al que realistamente podíamos alcanzar. Un “fin del mundo” que no corresponde a lo que nos gustaría o a lo que habíamos imaginado; pero que, de hecho, sería “el mejor de los mundos posibles”.
La filosofía de la historia de Vico, en el siglo XVIII, conjuga ambas visiones, dando un sentido espiral: de alguna forma es cíclica, pero no cierra el círculo, sino que va ascendiendo hacia un futuro mejor. Hegel, en cambio, añade la dialéctica y el conflicto, pues el progreso no es uniforme y lineal, como pretenderá luego el positivismo, sino que avanza entre conflictos y rupturas, superando las contradicciones: “tesis- antítesis- síntesis”; afirmación, negación y superación de alternativas mediante negociaciones.
Esto plantea interrogantes: ¿es la historia una ciencia?, y si lo fuera, ¿de qué tipo? (ciencias duras, ciencias blandas, arte). Lo que se pretende del historiador ¿es la verdad o simplemente, la veracidad (la honestidad intelectual)? Si lo que se demanda del historiador es la “objetividad” ante el pasado, esto no equivale a la “neutralidad”, pues antes que historiador, se trata de un ciudadano que tiene una postura política.
Un ejemplo es la “objetividad” de las fuentes seleccionadas. Por ejemplo, para conocer la realidad de los antiguos habitantes de lo que hoy llamamos México, contamos con testimonios recogidos durante la época Colonial. Se trata de fuentes escritas, siendo así que los antiguos nativos preferían la tradición oral, en las que las mitificaciones suponían una manera peculiar de narrar. Además, pasaban por los filtros de los frailes evangelizadores, con sus inevitables prejuicios y deformaciones. Supongamos que, dentro de 200 años, un historiador quisiera estudiar el presente sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Si se redujera a revisar las hemerotecas de los diarios de este tiempo (incluyendo, quizás, videotecas de los noticiarios televisivos), tendrían una visión muy sesgada, de no contar con fuentes oficiales alternas.
La historia como disciplina académica, pretende recoger el pasado que, considerándolo de forma total, es obviamente imposible. De ahí que todos los historiadores aporten algo en la frustrante recopilación. La realidad de cualquier colectividad constituye una cultura, en la cual podemos distinguir varios sistemas completos. Por esta razón, algunas disciplinas intentan hacer historia desde el sistema que les corresponde (Historia de la Economía, Historia de las Ideas, Historia de la Filosofía, Historia de la Sexualidad, Historia de la Medicina, Historia de la Educación, etc.). Esto es legítimo; pero una garantía de historicidad sería ubicar el área de interés desde un contexto global histórico.
Nosotros pretendemos en este curso realizar una historia de la religión como se ha dado en México. En la currícula de los seminarios eclesiásticos suele existir una materia que se denomina “Historia de la Iglesia en México”. En este curso pretenderemos, por un lado, dar mayor amplitud, y no reducirnos exclusivamente a la Iglesia Católica, sino incluir de alguna manera la participación de los grupos cristianos no católicos (“evangélicos”, diversos protestantismos, sectas, denominaciones, “nuevos movimientos religiosos”, etc.); pero también poner atención a las religiosidades populares, que son, en sus formas sincréticas, la religión realmente existente en México. Además, el título de los cursos arriba mencionados, suelen estudiar la Iglesia Católica universal, con énfasis a su actuación en México. Esta perspectiva arriesga a un enfoque eclesiocéntrico, centrándose en lo institucional clerical (creación de diócesis, relevo de obispos, vocaciones, etc.). Alguien podría proponer como título para un curso “Historia de la Iglesia Mexicana”, lo cual se prestaría a confundir con una asociación religiosa cismática, aquella fundada por el presidente Elías Calles con el Patriarca Pérez. Evitar estos reduccionismos implica situar la actuación de la Iglesia Católica dentro del contexto nacional, pues la Iglesia habrá de ser juzgada por su real participación en los diferentes momentos de la historia del país, teniendo como criterio evaluativo de referencia, las tareas que se supone deben realizar los cristianos en las diferentes situaciones que les toca vivir, y que, para nosotros, lo adecuado sería desde la perspectiva de los pobres. Por eso, preferimos titular nuestro curso: “Lo Religioso en la Historia de México”
En cuanto al deslinde entre historiografías, es conocida la polarización ideológica que se tiene de nuestro pasado, en especial, del siglo XIX y los dos primeros tercios del siglo XX. Nos topamos con dos historiografías opuestas, la liberal y la conservadora. Pongamos, por ejemplo, la imagen de Benito Juárez, que para los primeros sería un santo (se celebra la fiesta de aniversario de su nacimiento) y para los segundos, casi un demonio. Igual las leyes de Reforma, hasta la guerra de la Cristiada. Afortunadamente, se ha ido abriendo espacio un nuevo paradigma, que trata de mayor objetividad científica; que evita las ideologizaciones liberal jacobina o el triunfalismo clerical, por lo que su criterio de juicio no es el de los logros o fracasos de la Institución eclesial como tal, sino lo que hace respecto a los pobres (la “opción por los pobres”, declarada en Medellín 68). El ejemplo más claro es el que realiza la Comisión de Estudios de Historia de la Iglesia en Latinoamérica (CEHILA)
Un punto de partida elemental es de la periodización de la historia. Tomamos como una base para ello, la categoría que utiliza el marxismo (si bien ya se había utilizado anteriormente): el concepto de Modo de Producción. Los humanos nos agrupamos en sociedad para producir lo necesario a nuestras necesidades básicas, y para reproducirnos como especie. Se da, por tanto, la primacía a lo económico, pues según se organice la producción general, así se estructurará la organización política y el sistema de ideas y hábitos que lo justifican y aglutinan. Nos damos cuenta que el subcontinente americano fue recibiendo los modelos fundamentales europeos, si bien, desde una impronta peculiar. Esto nos permite un breve esquema a modo de índice:
- Los primeros pobladores (MP Comunismoprimitivo)
- Las primeras civilizaciones agrícolas (MP Asiático o Despótico-tributario)
- El feudalismo español (MP Feudal). El esclavismo (MP Esclavista)
- (Des)encuentro de dos mundos
- El liberalismo industrial (MP Capitalista embrionario)
- La Independencia
- El liberalismo político. Las Leyes de la Reforma
- El Porfiriato restauracionista
- La Revolución Mexicana
- El Desarrollo estabilizador (1950-1968)
- El neoliberalismo
