B-15 CONSEJO PARA MISIONEROS EN CIERNES

B- XV CONSEJOS PARA MISIONEROS EN CIERNES

Mt 6, 7-13

  • Jesús era conciente de que su misión –como todo gran cambio a profundidad, requería mucho tiempo, que superaría, incluso, el tiempo de su propia vida, máxime si esa, previsiblemente, iría a ser más bien breve. Por tanto, vio la necesidad de enseñar y entrenar a su grupo cercano de colaboradores que habrían de continuar su proyecto. Además, era conveniente enviar una avanzadilla a los lugares donde pensaba ir, para que le fueran preparando la infraestructura y creando expectativas.
  • Sabemos que cualquier campaña requiere de cuantiosos recursos (las campañas para las elecciones de julio de 2018 costaron más de 1,250 millones de dólares). Curiosamente, los recursos invertidos en publicidad van en relación inversa con la calidad del producto: los buenos productos se recomiendan por sí solos; mientras que los de baja calidad requerirán de más recursos para que su consumo sea inducido. Para que se viera de que el proyecto de Jesús es de máxima calidad, envía a sus difusores prácticamente con lo que llevan puesto: ni túnica de repuesto, ni dinero en el cincho, ni bolsa para guardar sobras de comida. Tan sólo- en la versión de Mateo- les concede bastón para defenderse de los perros y sandalias para correr. Tendrán que ir tan sólo munidos de la Palabra de la que son portadores y totalmente confiados con ella, y de este modo su evidente desinterés será lo que les de credibilidad, por lo que en caso de no ser recibidos, constará que de allí no se llevan ni el polvo de sus sandalias. Les pide estabilidad en dónde se queden, justamente para favorecer la comunidad, como lo es también al enviarlos por parejas, para obligar a ponerse de acuerdo. Además, y como complemente del mensaje, les otorga dos poderes: expulsar demonios y curar enfermedades: Toda colectividad tiene sus demonios y sus enfermedades, y el propagador del Evangelio participa del poder sobrehumano de compasión de Jesús, que es lo que permite que la fe realice estos prodigios: liberar a las sociedades de demonios y enfermedades que les impiden su pleno desarrollo.

Hoy como entonces, la Iglesia no necesita de cuantiosos recursos, por más que la complejidad de la vida moderna no permita la total desposesión. Más que cadenas televisivas, requiere del testimonio de desinterés, sencillez y compasión, justamente para que el mensaje de Jesús mantenga su credibilidad.

A-02 EL BUEN MAESTRO FORMA DISCÍPULOS INDEPENDIENTES

Jn 1, 29-34

El tema de este domingo es otra versión del de la semana pasada, en versión de otro evangelista. La clave de la diferencia lo da el clima del tiempo litúrgico. El domingo pasado -primer domingo del tiempo ordinario-, sirvió de gozne entre la Epifanía (Dios manifiesta a Jesús) y e Tiempo Ordinario, en este domingo se inicia la misión de Jesús como Mesías. En la Epifanía, era el Padre quien manifiesta que Jesús es su Hijo unigénito y el Espíritu lo unge como Mesías. Ahora será un creyente, Juan Bautista, quien lo da a conocer.

  • Después de regresar del desierto, Jesús regresa una temporada con su primo Juan, ayudándole al movimiento; aunque tenca cierta discrepancia con él. En cierto momento, cuando Juan está enseñando a sus discípulos, Jesús pasó por ahí, y Juan lo señaló a sus discípulos, dándoselos a conocer como “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, el encargado de vencer al mal. Juan reconoce que aquel hombre que pasó de largo “es más importante que yo, ya que existía antes que yo”, y les narró la “epifanía” al momento de bautizarlo. Dos de esos discípulos (Andrés y alguien más), comprendiendo que el señalamiento era, en realidad, una invitación a que se fueran con Él, deciden seguirlo, a prudente distancia, quizás con curiosidad, reverencia y decisión. Jesús, que sintió que lo seguían, volvió la cabeza y los jóvenes se encontraron directamente con esos ojos penetrantes que no olvidarían jamás. “¿Qué quieren?”, les preguntó Jesús, y ellos, en su turbación no acertaron a balbucear lo primero, más que lo primero que les vino a la mente: “Maestro, a dónde vives?”, y Jesús los invitó a su casa, a pasar la tarde con Él.
  • Juan se muestra como un verdadero guía y maestro. No retiene para sí a sus mejores alumnos (algo que da satisfacción a cualquier guía, dar preferencia a los mejores y más dispuestos, quienes captan mejor sus enseñanzas, sino que, buscando la mejor formación de ellos, los canaliza hacia otro maestro mejor.
  • Un mal guía, aunque sea conciente de que su función debe mostrar a otro maestro mejor que él, no deja de tener cierto celillo, y hasta trata de restarle foco de atención; pero Juan nunca dejo de tener conciencia de que su misión se reducía a “preparar el camino del Mesías”, el mismo que ahora pasaba por el camino.
  • Para el encuentro personal con Jesús, Juan condujo hacia Él a Andrés y su compañero; Andrés, a su vez, condujo a su hermano Simón. Se establece así una cadenita, pues ahora Jesús no es dado a conocer mediante una señal del Cielo, como en la Epifanía a Juan, sino mediante el testimonio de otro creyente que lo ha encontrado antes. Así es cómo se transmite la fe y la vocación, por contagio (no por proselitismo de ideas).
  • ¿Quién fue la persona que nos condujo a Jesús y nos lo mostró como ese Alguien, cuyo contacto y enseñanza colma nuestra vida? ¿Podemos también testimoniarlo a otro? Esto no se da por un “meme” en las redes sociales, sino de persona a persona, de testimonio de vida.

A-48 PENTECOSTÉS

Hch 2,1-11. 

  • La fiesta Judía de Pentecostés (shavei), celebrada a los 50 días (7 semanas + 1) después de su Pascua, tenía un carácter agrícola, y era día de regocijo, de acción de gracias, de ofrecimiento de las primicias de la cosecha. Muchos israelitas subían a Jerusalén a pasar allí la fiesta, incluyendo emigrantes y prosélitos de ciudades en el extranjero.
  • En ese mismo día, actualmente los cristianos celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Desde que Jesús subió al Cielo, los apóstoles se quedaron en Jerusalén en oración continua, “alabando a Dios en el templo”. Pero aprovechando que durante esa fiesta había mucha gente y podían pasar más desapercibidos, María los convocó. Llegaron temerosos, pues ya se había iniciado la persecución. Ella mandó atrancar la puerta, y probablemente habría cuestionado algo semejante a esto: “!Esto es una “encerrona”! ¡De aquí nadie sale hasta que decidamos que vamos a hacer! ¿Ya damos todo por terminado? ¿O decidimos continuar? Nos mantenemos en un perfil bajo esperando a que pasen estas calamidades, o de una vez nos lanzamos con coraje y pasión”. Los apóstoles se pusieron a orar intensamente, y fue así que descendió el Espíritu de Jesús, y fue entonces que nació la Iglesia.
  • Resulta difícil encontrar alguna representación del Espíritu Santo. La que prepondera es la figura de la palomita, pues en el bautismo de Jesús, dice Marcos que el Espíritu “bajó sobre Él como si fuese una paloma”. Sin embargo, este símbolo no parece tan afortunado como los que se habla en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles. Estando en oración, de repente se escuchó el rugido de un viento impetuoso que hizo cimbrar la casa, y apareció una bola de fuego: Viento impetuoso y fuego son los fenómenos naturales más impactantes, incontrolables. ¿Cómo no atemorizarnos ante un tornado, que vuelca trailers o hace volar tinacos? ¿Cómo no atemorizarnos ante el incendio de un bosque, en donde el fuego únicamente puede vencerse con otro fuego? (los guardias forestales se adelantan en dirección al fuego, hacen una zanja y prenden fuego a la orilla, para que ambos fuegos se encuentren y se extingan) Esto no puede menos de connotar fuerza, dinamismo, ímpetu. Eso es el Espíritu Santo (aunque a Elías no se manifestó en el terremoto o el ciclón, sino en una brisa muy suave).
  • Lenguas de fuego: los fragmentos de fuego tenían la forma de lenguas, símbolo que connota los idiomas. Esto se comprende mejor si la ubicamos como contrapunto al relato de la Torre de Babel. Los hebreos habían sido deportados a Asiria y allí, en el valle de Sinaar, quedaron impactados por las ruinas de una gran construcción inconclusa, se trataba de un “zigurat” (aún hoy persisten algunas de ellas), templos sobre pirámides cuadrangulares construidas con ladrillos cocidos. Era propio del “modo de producción asiático” la construcción de grandes monumentos, símbolos del Imperio. Dice el relato del Génesis que los asirios se habían propuesto construir una gran torre, “que llegase hasta el Cielo” –es decir, pretendían autodivinizarse-. Para esto se requería la imposición de una lengua única -la imperial- para obligar a los habitantes de diversos pueblos conquistados a construirla. Pero los esclavos, como mecanismo de resistencia, se replegaron sobre sus lenguas locales y sabotearon la obra… Pero así no se haría ninguna cosa, Tuvieron que separarse -el localismo es poco eficiente y termina por debilitarse-. Quedó sólo el recuerdo y el sueño de recomponer sobre nuevas bases de autonomía la unidad perdida.
  • En el cenáculo se suscita en los apóstoles un impulso irresistible por proclamar a gritos su testimonio. Quitan la tranca, abren la puerta y quedan asombrados ante una gran multitud. Atraídos por el ruido y movimientos de aquella casa, se habían ido congregando muchos judíos extranjeros que habían llegado a la ciudad con motivo de la fiesta. Habitando en la “Diáspora” (ciudades griegas de las orillas del Mar Mediterráneo) llegaban de diversas partes. Pedro les predica, y cada cual lo escucha en su propia lengua (no en la uniformadora lengua del Imperio). Es lo que significa el símbolo de las lenguas de fuego.
  • La acción del Espíritu Santo –contra la supuesta glosolalia del hablar lenguas desconocidas u otros fenómenos paranormales al gusto de movimientos carismáticos maravillosistas– el fenómeno connota una auténtica interculturalidad, que evita el imperialismo lingüístico de Babel (como ahora el inglés); pero que al mismo tiempo, se abre hacia un auténtico “diálogo de culturas”, la verdadera “catolicidad”.
  • Contra la visión intimista –tan difundida- de la acción del Espíritu Santo en nuestra interioridad, pensemos en la Misión del Padre: Habiendo enviado a su Hijo, ahora ambos – Padre e Hijo- nos envían al Espíritu para continuar en la historia su proyecto, enseñado por su Jesús. Del Espíritu procede toda “misión”. La Iglesia no envía, sino más bien es enviada, aliada suya, para realizar aquel proyecto. El Espíritu sopla donde quiere, y ya que la Iglesia suele quedase corta, suscita otros profetas en religiones diversas o en movimientos cívicos, en manifestaciones intelectuales o en diversas y múltiples “espiritualidades”, y en todo aquello que converja de alguna manera en el proyecto de Cristo, y que se oponga al Anticristo, con lo que se llevará, finalmente, a cabo la misión del Padre.
  • La acción del Espíritu Santo se manifiesta hoy a través de sus siete dones:
    • Sabiduría- La palabra viene de “sabor”: algo que se saborea. Ayuda a ubicarse en el mundo. No se trata de un estudio racional, ni menos de erudición. Es la experiencia conciente de la propia vida, digerida para ser transmitida (la puede tener, por ejemplo, un anciano campesino analfabeto). Las religiones, en general, suelen ser fuente de sabiduría.
    • Entendimiento.– para conocer (no “comprender”) a Dios. Al menos, entender la “no-repugnancia” racional de la fe; la intuición, la “teología negativa” (“apofática”, lo que no es Dios), el ansia de saber de Dios y de nuestro estar en el mundo.
    • Ciencia.– el estudio sistemático de la teología o de la doctrina; no para repetir fórmulas dogmáticas de memoria, sino como un estímulo al pensamiento creyente para adentrarse en el conocimiento de la fe, con audacia y fidelidad (tradición e innovación). Para ello, tenemos que comprender mejor la propia cultura (espacial y temporal) que hoy no puede ser sino globalizada, para que se generen síntesis entre fe y vida actual. Este don también ayuda para una comprensión histórico- política y distinguir lo que sean realmente “signos de los tiempos”, de lo que meramente sean azarosos o actitudes de moda. También para comprender los mecanismos sociales, esperanzadores o amenazantes, como desafío para nuestra actuación. Finalmente, para conocer teorías de la personalidad que ayude a la maduración de la fe.
    • Consejo.– No basta profundizar en la sabiduría creyente para uso personal, sino ponerla a disposición de quien tenga la solicite. Con la humildad de la escucha previa, de ponerse en el lugar del otro, de corregirlo fraternalmente, de testimoniarlo con el propio ejemplo, atento a lo que el otro sea en este momento capaz de comprender y confiando que él seguirá su propio proceso, probablemente por caminos diversos al de uno.
    • Fortaleza.– Valentía, audacia; pero al mismo tiempo, prudencia (hacer lo que las circunstancias permiten hacer: quizás correr, quizás alentar el paso, quizás detenerse; quizás dar marcha atrás). Vencer los miedos, o mejor, hacérselos aliados. Pero por otra parte, evitando fanatismos (que denotan inseguridad) o integrismos. Esto no es tanto algo producto de nuestra débil voluntad, sino un don del Espíritu.
    • Piedad.– Es compasión, sensibilidad y amor a Dios y a los que sufren. También es la necesaria oración, para abrirnos al Tú divino y escuchar sus mociones. Para irnos configurarnos con Cristo, conociéndolo, imitando su ejemplo, suscitando sentimientos similares.
    • Temor de Dios.– Que no es “tenerle miedo a un Dios lejano e imponente”, sino custodiar el “Mysterium Tremendum”, la insondable majestad de Dios, ante el cual exponemos simplemente nuestra humilde, pequeña e insignificante presencia.
  • Con estos dones, a nosotros se nos encomienda continuar el proyecto del Padre, vinculándonos a la Misión de Jesús y su Espíritu que nos ha sido enviado.