C-06 RICOS Y POBRES

Un hecho inocultable, doloroso e insultante es la abismal distancia entre ricos y pobres: Se sabe que tan sólo 6 personas poseen una riqueza equivalente a la de 3,600 millones de personas; mientras que al mismo tiempo, hay 2,500 millones de personas bajo el umbral de la pobreza. Este hecho sociológico no puede dejar de interpelarnos como cristianos, y nos demanda una reflexión de fe. San Lucas es el evangelista que más se cuestionó esta realidad, que ya desde tiempos de Jesús existía. Es la diferencia evidente que Jeremías describe con metáforas botánicas: el cardo que sobrevive en la estepa y el junco plantado junto al río, símbolos diferenciales, respectivamente, entre quienes confían en sus propias fuerzas y en los recursos acaparados; y por otra parte, quienes ponen su confianza en el Señor.

El texto evangélico que hoy nos inspira es el llamado «sermón de la montaña» o «las 7 Bienaventuranas», en referencia a San Mateo. Para Lucas pone 4 buenaventuranzas y 4 malaventuranzas: la contraposición entre ricos y pobres, que además, están relacionados entre sí: los pobres son pobres PORQUE otros son ricos, y los ricos son ricos PORQUE otros son pobres. Esta diferencia de modos de vida lo es también por sentimientos y actitudes: En el presente: para los pobres, precariedad, llanto, exclusión y desprestigio (se les piensa borrachines, perezosos, descuidados, raterillos); mientras que para los ricos, su presente es de saciedad, y aparente alegría. Sin embargo, si miramos el futuro, vemos a los pobres saciados y alegres, y los ricos, con hambre y el vacío.

Para ser justos, tendríamos que complementar a San Lucas con San Mateo, para quién más que categorías sociológicas añade una adjetivación con categorías éticas: habla de pres «de espíritu», connotando personas sensibles, solidarias y compartidas, a pesar de sus riquezas; mientras que puede haber pobres «con espíritu de ricos», que actúan con la indiferencia a sus vecinos, que se dejan sobornar «hasta por un par de sandalias» una cubeta de huachicol; que denuncias a sus amigos y viven en el entre-devoramiento. Son quienes lloran con los que llora, quienes luchan por la justicia, a pesar de que con ello caen en el desprestigio; que tienden puentes para el diálogo que mitigue la violencia.

La Iglesia se debe a todos -buenos y malos; ricos y pobres-; pero, como Dios, hace «opción por los pobres», por los débiles, los vulnerables, las víctimas. Esto no es «opcional» para ningún cristiano; aunque haya algunos generosos que, además de eso, salga de su burbuja de confort para trasladarse a los lugares geográficos de pobreza. Si están con los ricos no es para proporcionarles aspirinas tranquilizadoras, sino para que, como Zaqueo, si han defraudado a alguien lo reparen con cuatro veces más, y donen la mitad de sus bienes para el combate contra la corrupción y la pobreza.

B-Pascua I LA RESURRECCIÓN

  • La presentación que los evangelistas hicieron de la Resurrección de Jesús sigue el esquema judicial. Las circunstancias habían colocado al pueblo ante un difícil discernimiento. Jesús les había planteado una propuesta religiosa basada en el “Sistema del Amor” a partir de los más vulnerables; pero aunque decía que no había venía a destruir la Ley antigua, sino “a darle su plenitud”, en la práctica resultaba un rompimiento respecto a aquella interpretación legalista y acartonada de los fariseos, con ese ritualismo y abusos del “Sistema del Sacrificio” (transferir las impurezas del oferente a su “chivo expiatorio”, le alienándolo de cualquier responsabilidad ética). Por la contraparte estaban las legítimas autoridades religiosas que gozaban del respaldo de la ley y de la tradición y que rechazaban a Jesús: no podía venir de Dios ya que no observaba el sábado -el respetable “Día del Señor”-, no cuidaba de “mancharse” tocando a leprosos, sus discípulos comían sin las lustraciones (lavarse las  manos antes de los alimentos), comía con publicanos y se rodeaba de pecadores, y esto, sin mencionar frases provocativas, como cuando llamaba a Dios “padre” suyo y que incluso pretendía identificarse con Él (“el Padre y yo somos la misma cosa”). Los indudables milagros que hacía –y que podrían probar la aprobación divina- también podrían provenir de un pacto diabólico y que los realizara “por el poder de Belzebú, príncipe de los demonios”.
  • Ambas propuestas religiosas se habían enfrentado como antagónicas e irreversibles y una de ellas tendría que caer. La gente estaba confundida. El único que podría resolver el dilema era Dios mismo; pero Él no le permitió a Jesús utilizar el poder divino en su propio beneficio. Lo que se le pedía era su fidelidad a su humanidad, incluso hasta la muerte. Si como decían las autoridades religiosas Jesús era un blasfemo, merecía la muerte por lapidación; pero los romanos se habían abrogado la pena capital, y no entendían ellos de cuestiones religiosas judías, de modo que la única forma de que los romanos mataran a Jesús había sido fabricarle un delito: la sedición, que merecía la crucifixión. Pero incluso en el último momento, la agonía en la cruz, Dios calló y Jesús experimentó el abandono de su Padre. Todo parecía que Jesús habría fracasado y que Dios estaba de parte de las legítimas autoridades religiosas. Pero una vez que Jesús murió y fue sepultado, finalmente, Dios se pronunció por Él, resucitándolo de entre los muertos. El libro de los Hechos de los Apóstoles repite varias veces el mismo esquema a propósito de la Resurrección: “a ese Jesús, a quien ustedes dieron muerte entregándolo a los paganos, a ese, ¡Dios lo resucitó!” Dios no estaba de parte de las autoridades religiosas, sino del ajusticiado, del rechazado.

·         Ciertamente el pronunciamiento de Dios fue muy discreto; apenas lo necesario; pero suficiente (fenómenos meteorológicos -el terremoto, el oscurecimiento del sol- podrían aparecer azarosos). Siendo la resurrección un hecho histórico, su veracidad dependerá de testigos, con las cualidades requeridas: ser sujetos de crédito, tener conciencia y que les constara personalmente. Las mujeres que fueron al sepulcro a ungir el cuerpo con perfumes, únicamente vieron removida la losa de entrada y asomándose, sólo vieron los lienzos. Los testigos que confirman la resurrección fueron, ciertamente, allegados suyos; pero no parecían predispuestos a creer cualquier alucinación (por eso Jesús pide que lo toquen, que le den de comer). Tan no estaban predispuestos que a pesar de estar tan familiarizados con su persona, lo confundían y sólo lo reconocen mediante algún signo: las llagas, las espinas del pescado, la palabra “María” pronunciada con ese tono tan peculiar, la pesca milagrosa, la fracción del pan, etc. ¿Será que el cuerpo resucitado sufre algunas transformaciones (atraviesa puertas cerradas, viaje rápidamente a Galilea, etc.)? ¿O será que más bien estaban inclinados a no aceptar la resurrección (lo habían visto: ¡tan bien muerto!)?

·         También es cierto que hubo testigos de la versión contraria: los soldados que guardaban el sepulcro afirmaron que mientras dormían, los apóstoles habían hurtado el cuerpo del sentenciado para hacer creer en la resurrección. Pero su versión era claramente un falso testimonio, ya que si estaban durmiendo, no pudieron saber si realmente algunos discípulos robaron el cadáver; máxime, como se supo posteriormente, que los Sumos Sacerdotes les habían dado monedas para sobornarlos.

·         De todos modos, aceptar la resurrección de Jesús no es fácil. Menos después de dos milenios de aquel suceso. Si aquel hecho sólo pudo ser creíble por el testimonio de alguien a quien le consta, ¿cómo pueden nuestros contemporáneos creer en este hecho, tan fundamental para nuestra fe? ¿Quién podría testimoniarlo? Sólo los auténticos creyentes. ¿De qué manera podemos ser creíbles de esta fe? Sólo mediante actitudes testimoniantes:

o   Vivir alegres.- Si la muerte subyace en cualquier tristeza profunda (enfermedades, separaciones, fracasos), la actitud de alguien que cree que la muerte puede superarse es la alegría. “La alegría –dijo Chesterton- es el gigantesco secreto de los cristianos”, pues como decía Santa Teresa, “un santo triste es… un triste santo”.

o   La valentía.- El miedo más hondo se produce ante el riesgo de morir; es el pavor ante nuestra desaparición. Pero quien cree realmente que la muerte no es definitiva; que hay vida más allá de la tumba, puede enfrentarse a los riesgos con valentía. Un cristiano cobarde no merece ser tomado en serio por nadie.

o   La esperanza.- Para actuar necesitamos de ideales que proyecten hacia el futuro nuestra vida. Pero la muerte frustra todos nuestros anhelos y proyectos, y esta llega fatalmente, tarde o temprano, de modo que la frustración parece inevitable. Pero al creer que hay vida más allá, se genera la esperanza, virtud que nos da seguridad y confianza de que nuestros anhelos más profundos –nuestra ansia de justicia, de paz, de libertad, de amor– habrán de tener cumplimiento.

o   El amor.- Por último, es una actitud que no se comprende plenamente sin un más allá: “El amor es más fuerte que la muerte”. El egoísmo siempre acecha e impide una entrega amorosa total, por lo que en toda entrega generosa siempre hay algo de muerte al “ego”. Podemos negarnos a nuestros intereses más fácilmente cuando tenemos fe en la resurrección. ·         Por eso la alegría de la Pascua no trata simplemente del “happy-end” de nuestro héroe, quien después de muchas desventuras logra triunfar. El Misterio pascual –la muerte y resurrección de Jesús- es también el misterio de nuestra propia muerte y de nuestra propia resurrección. La liturgia nos permite un doble salto mortal mistérico: primero, morir con la muerte de otra persona (¡¡¡), y segundo, con la muerte de aquella persona que vivió dos milenios atrás (!!!). Este proceso se inició el día de nuestro bautismo y se irá completando en el día-a-día, hasta que nos llegue el momento crucial de nuestra propia Pascua, “paso”) de nuestra muerte a la vida eterna.

B-28 SOBRE CAMELLOS ELÁSTICOS Y AGUJAS GIGANTES

Mc 10, 17-30

  • Es escandalosa e incomprensible la desigualdad económica mundial: el 1% de la población posee el 99% de la riqueza mundial. La riqueza de 8 empresarios es igual a la de la mitad de la población mundial. Un puñado de superricos (unas 6,000 personas, entre financieros, militares, políticos, líderes de las comunicaciones, del deporte y del espectáculo, etc.) controlan el mundo y constituyen un gobierno mundial. Las riquezas acumuladas por unas cuantas megacorporaciones y sus instituciones financieras imponen sus decisiones a los Gobiernos, defendidas con sofisticado armamentismo y espionaje. Aquí, 10 mexicanos tienen tanta riqueza como la de la mitad de la población.
  • El principio de la maximalización de la ganancia provoca efectos amenazantes: el agotamiento de los recursos naturales, la destrucción de medio ambiente y el empobrecimiento creciente de miles de millones de seres humanos. Es lo que el Papa denomina “la cultura del descarte” (se “descartan” como obsoletos millones de toneladas de productos diseñados para ser desechados, igual que se descartan centenares de millones de personas, que se quedan sin país donde sobre vivir y sin satisfacer sus necesidades más elementales). Esto, al mismo tiempo de indudables “avances” tecnológicos, jamás soñados; pero destinados a minorías hiperconsumistas gracias a una tecnología diseñada para prescindir del trabajo humano: grandes masas en calidad de “descarte”.
  • Como el legendario Frankenstein que mató a su creador, toda esta maquinaria (que podría calificarse de “infernal”) cobra autonomía. Quienes se encuentran identificados con ella se convierten en servidores suyos, sin que nadie pueda hacer nada para desmontarla. El Capital mundial se ha convertido en un ídolo cruel, que exige el sacrificio humano por hambre o por las armas, y lo que es peor, exige el sacrificio de la propia conciencia.
  • Este “rico” es incompatible con el Evangelio, que busca fraternidad y justicia. Entre Dios, Padre de Jesús y el sistema de ganancias actuales hay incompatibilidad radical. En tiempos de Jesús: Israel estaba abandonando su vocación inicial fraguada en el desierto, con sus estructuras fraternas (las tierras volvían a sus propietarios originales…). Con las Ciudades, deudas e impuestos despojaban a los campesinos de sus tierras. Un “rico” urbano era un saqueador. Como decían los Santos Padres, “en el origen de los grandes capitales hubo siempre rapiña”.
  • Esto escandalizó a los apóstoles –“¿Entonces quién puede salvarse?”-. Los ricos eran visto como los justos, mientras que los pobres estaban hundidos en sentimiento de culpabilidad, considerados como “impuros”. También hoy, son la “gente decente”, con su peculiar “moral” centrada en “los 10 mandamientos”: no se roban ni una fruta del mercado. En cambio, los pobres son rateros, promiscuos, borrachos, flojos…
  •  El joven rico de hoy llevaba, ciertamente, una vida “moral”; tenía su concepción de lo bueno y lo malo según la moralidad vigente, lo convencional (los “mandamientos”). Jesús lo remite a otra perspectiva ética fundamentada, donde lo Absoluto sólo lo son Dios y el pobre, todo lo opuesto a los principios de la Economía de mercado y sus axiomas técnicos, sagrados e inmutables. Pero desde el Evangelio, los “negocios” deben juzgarse desde la dimensión ética, que no suele tomarse en cuenta.
  • Estos “ricos” suelen justificarse con interpretaciones forzadas del Evangelio, donde camellos elásticos ambulan a través de agujas gigantes. Por eso, para Jesús es importante que sus seguidores se desprendan de la propiedad individual, que se desconecten de este sistema de mercado conducido por el criterio de la maximalización de la ganancia, que emprendan un difícil éxodo del sistema actual (incluso con ruptura de lasos de sangre), para trabajar, poco a poco, por un nuevo proyecto de economía solidaria en el que se vuelvan a recuperar “casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras”. Obviamente, esto no podrá darse, más que “con persecuciones”, pues los ricos se sentirán amenazados, ya que no los podrán explotar, y tratarán de deshacerse de ellos.
  • Pero Jesús no se cierra totalmente a personas ricas: “Para Dios nada es imposible”. Hay ricos que formación, contactos, capacidades, han sido muy importantes en la construcción del Reino. Sólo queda, pues, o el proyecto de la maximalización de la ganancia que lleva a la muerte y al exterminio, o el proyecto de Dios que busca la fraternidad construida desde los desposeídos, y para lo cual, renunciar a intereses particulares lleva a recuperarse en una economía solidaria, enriquecida de lasos compasivos más profundos que los de la sangre. Quizás ahora, con la nueva coyuntura política, se posible colaborar todos para un México más justo y por tanto, más pacífico. ¿Somos cómplices inconcientes de este proyecto de muerte (por nuestra indiferencia, ambiciones, pasividades, falta de información, etc.) o intentamos entrar en el proyecto de Vida, que es el de Dios?