A-La transfiguración ¿OPIO O LEVADURA?

Mt 17, 1-9

  • La oración peculiar de Jesús (aparte de formas de orar como cualquier israelita piadoso), la que hacía en momentos de decisiones importantes, cuando se retiraba a orar, era sintonizar su voluntad con la de su Padre; hacer lo que hoy se llamaría un “discernimiento de espíritus”. En esta ocasión vemos que Jesús se ha dado cuenta de que no le van a permitir mucho tiempo continuar en su misión de Mesías tal y como Él la eligió. Ha ido demasiado lejos y no queda otra posibilidad que matarlo. Lo más probable era que las autoridades religiosas lo excomulgaran de la Sinagoga y lo entregaran a los romanos en falsas acusaciones; que lo torturaran y lo mataran. ¿Era esto inevitable? ¿No habría ideo más allá de lo prudente? ¿quedaría frustrada su misión? ¿Era realmente esa la voluntad del Padre? ¿Habría que hacer ciertas concesiones o fortificarse y continuar? En momentos como esos, en tiempos de tentación, dudas o incertidumbres, Jesús solía retirarse a orar. Ahora lo vemos subir a la una montaña (allí era como estar más cerca del cielo) para fortificarse y clarificar. Se proponía, además, un segundo objetivo: suponiendo que esto fuese inevitable, conforme a la modalidad que había elegido para llevar a cabo su obra, ¿qué pasaría con sus discípulos? ¿Desistirían de su seguimiento en aquella hora? De acuerdo a la imagen de Mesías que circulaba en el entorno ¿habría provocado escándalo? De modo que llamó a los tres apóstoles más despabilados (Pedro, Santiago y Juan) para que lo acompañasen en ese momento.
  • Y fue entonces que decidió manifestarse a sus apóstoles en todo su ser, humano y divino. Para describir esa transfiguración que revelara su divinidad los evangelistas no encontraron palabras, de modo que recurrieron a los símbolos de las “teofanías” con que en el Antiguo Testamento señalaban a Dios: La vestidura blanca, como en el anciano de la visión de Daniel (“vestidura blanca como la nieve y cabellos blancos como la lana”), en rostro resplandeciente (como el de Moisés cuando hablaba con Dios), la nube (como en o la misma visión de Daniel, el Sinaí, la tienda de sagrada en el desierto o en el Templo); la voz del Cielo (como en su bautismo), testificada por Pedro mismo en la segunda lectura. San Mateo está diciendo que se Jesús orante era Dios, en su identidad plena con el Padre.
  • Pero al mismo tiempo, ese Jesús también era humano, y por serlo, expuesto a la tentación o al error. Por eso, en su oración se le ve “conversando con Moisés y con Elías”, es decir, con los mejores exponentes de las dos partes con que se dividía la Biblia de entonces: la Ley (atribuida a Moisés) y los Profetas (su prototipo era Elías): Jesús, pues, está dialogando con la Palabra de Dios. En los pasajes más claros respecto al Mesías –como el de “El Siervo de Yahvé”- aparece que el Mesías sería solidario de los empobrecidos y los perseguidos, y que por tanto, habría de correr su misma suerte. Nos enseña que para los cristianos ningún discernimiento de la voluntad del Padre es confiable si no está conforme a la Palabra de Dios.
  • Pedro, hablando a nombre del grupo, comentó “Señor: ¡que agradable es estar aquí!” ¿Podríamos instalarnos aquí? Mira, haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (Conste: Pedro no pedía otra para ellos. No habría problema quedare en la intemperie; pero quedarse definitivamente allí.
  • No, Pedro: una oración que se quede sólo en el sentimiento agradable de la serenidad mística, intimista y desvinculada de la vida, es siempre enajenante, aparta del compromiso, es “opio del pueblo”, refugio de los oprimidos para no enloquecer, para lo cual hay que distorsionar la realidad, buscando compensaciones ultramundanas´. Es bueno subir al monte, propiciar una oración y contemplación; pero no para instalarse allí, sino para cargar la batería (como a nuestro celular); para retroalimentarse y fortalecerse y poder así bajar del monte y continuar con mayores bríos la misión.
  • Fue entonces cuando una nube luminosa los cubre y escuchan la voz del Cielo: “¡Este es mi Hijo amado, en quien yo me complazco!”: el reconocimiento explícito de su filiación divina. Los discípulos se llenan del temor de Dios, el “mysterium tremendum”, la divinidad ante la cual no somos sino insignificantes creaturas. En ese desaparece la visión. Comienza el descenso de la montaña, la verdadera realidad, donde se encuentran los sumos sacerdotes Anás y Caifás, donde está Poncio Pilato, y los fariseos, y Judas… Jesús les advertirá que no hablen de esta visión hasta que resucite, para que no se escandalicen los discípulos ante el aparente fracaso del Mesías derrotado.
  • También para nosotros, nuestra oración no debe ser opio, sino levadura; ser motor del compromiso y no alienación. En ella haremos nuestro honesto discernimiento; aunque no nos guste lo que Dios nos pide; pero que es necesario para nuestro compromiso transformador. Para ello, consultaremos la Palabra de Dios, con disponibilidad y honestidad, y hoy renovaremos nuestra fe en ese Jesús al que reconocemos como verdadero Dios y verdadero hombre.

A-17 EL ROPERO DE LA ABUELA

Mt 13, 44-52

  • La sabiduría es el mayor tesoro que puede haber. Cuando Dios le ofreció a Salomón, destinado a gobernar al pueblo elegido, cumplirle cualquier deseo (como el genio de la lámpara de Aladino), pidió sabiduría, prefiriéndola a las riquezas, la larga vida o el poder sobre otros pueblos conquistados… Curiosamente todos estos bienes le vinieron juntamente con ella. Alcanzar sabiduría no depende tanto de los estudios que se tengan, cuanto de la capacidad de reflexionar sobre la vida misma –tal vez en el campo hayamos conocidos a ancianos sabios y analfabetos-. Jesús –observador acucioso, contemplativo en la realidad y maestro “instruido en el Reino de los Cielos”—alcanzó gran sabiduría extraída de la vida ordinaria de su pueblo, y todo ese saber lo compartía luego a sus discípulos. Él mismo se compara a aquel padre de familia que cuando está de humor, abre su viejo arcón y va recuerdos interesantes “viejos o nuevos”. A las personas mayores seguramente les gustaban las canciones de Cri-cri (aquel gran compositor para niños que fue Gabilondo Soler). Una de ellas, “El ropero de la abuela” narra como una abuela va sacando sus “recuerdos” del ropero mostrándoselos a sus atentos nietecitos, contándoles juntamente sus respectivas historias: la espada del abuelo, “el Coronel”, el vestido de “frufrú” (tela de algodón que hace ruido al caminar), la muñequita “de grandes ojos color de mar”, el libro viejo de mil estampas, etc. Me gusta particularmente esa canción que me recuerda el ropero de mi papá, que cuando estaba de buenas lo abría y nos iba mostrando “sus cosas” o recuerdos (la granada sin estallar que durante la Revolución tiró la pared de su casa, la cajita cerrada totalmente con una pieza secreta para abrirla, etc.). Seguramente que ahora Jesús nos obsequiaría con algunos videos sobre escenas de su tiempo colección de su videoteca… y nos invita a que también nosotros hagamos otro tanto de nuestro tiempo actual.
  • Muchas de sus parábolas eran eventos que sucedían o podían suceder en su tiempo, de los que extraía enseñanzas. Al hacerlo, no pretendía legitimar ninguna conducta ética del suceso, sino más bien aprovechar lo significativo de ella (algunos de sus protagonistas, de hecho, eran hábiles comerciantes en aquella cultura poco escrupulosa en sus transacciones). En esta ocasión nos presenta tres casos al respecto:
  • El primero trata de un jornalero contratado para preparar la siembra en una propiedad. De repente, el arado topa con algo duro y extraño. Remueve la tierra y se da cuenta de que hay un cofre enterrado. Esto no era extraño: en épocas anteriores la población había sufrido invasiones de pueblos extranjeros, habían desterrado a muchos, los cuales, antes de partir, enterraron sus pertenencias (seguramente haciendo un pequeño mapa). Al correr del tiempo esos antiguos propietarios no regresaron y el tesoro se perdió. El jornalero, cauteloso, volvió a cubrir con tierra su hallazgo y se presentó al propietario interesado en comprar el terreno que supuestamente le había gustado (callando el hallazgo). Sin que ese predio fuese de especial interés para el propietario, accedió a vendérselo. El jornalero vendió sus propiedades, pidió dinero prestado y compró la finca, a sabiendas de que iba a hacer un buen negocio
  • En el segundo evento, llega al pueblo un comprador de joyas. Quizás una anciana le lleva un prendedor con una perla, que el ojo experto del comprador valoró de inmediato, dándose cuenta que la mujer no tenía idea de lo que costaba, y aunque ella le pidió una cantidad elevada, quedaba muy por debajo de su precio real, de modo que el negociante vendió alguna mercancía, pidió dinero prestado y compró la perla.
  • La tercera escena es simplemente la de unos pescadores que revisan la red y que los peces pequeños los vuelven a arrojar al lago –“regresen cuando sean grandes”-. Es la selección que tendrá lugar al fin de la historia: quienes hayan contribuido al Reino serán reconocidos y “salvados”, y aquellos que se opusieron o indiferentes, fueron peso inerte, se habrán perdido.

A-16 ¿BUENOS VS MALOS?

Mt 13, 24-43

  • La sabiduría no depende sólo de los estudios, sino más bien es la enseñanza extraída de la vida –a veces encontramos en el campo a ancianos sabios y analfabetos-. Jesús fue un gran contemplativo de la realidad, se crio entre campesinos y pescadores, y la vida pueblerina de Nazaret nutrió su sabiduría. Esa vivencia nos la transmitió por medio de parábolas, género discursivo original de Él: además de ser ameno y claro (“una imagen vale más que mil palabras”), es didáctico, apto para “anunciar lo que estaba oculto desde la creación del mundo”; es sugerente, de significación abierta, estimula la inteligencia (no como aquella de significación cerrada, única, de enseñanzas ya masticadas que se “depositan” pasivamente en nuestra cabecita). A la vez le protegía de sus adversarios, ya que quienes no están familiarizados con su mensaje, “aunque tengan oídos sanos, no oirán”, y ya en privado, a sus discípulos Jesús les interpretaba a su significado.
    1. Hoy Jesús nos obsequia con algunas de estas parábolas. La primera de las cuales muestra a aquel campesino que guardó la mejor semilla de su cosecha para sembrar; pero que al crecer el trigo lo encontró mezclado con cizaña (esa planta espinosa cuyo fruto resulta tóxico). Estando seguro de la calidad de su semilla, dedujo que debió haber sido obra de algún enemigo suyo, el cual seguramente le tendría demasiada tirria, ya que tuvo la paciencia de recorrer, con mucho esfuerzo, todo el terreno, para ir sembrando en él semilla de cizaña que además, previamente recolectó. Contra el celo de sus jornaleros, que se ofrecieron a cortar la cizaña, la experiencia de aquel sembrador le hizo preferir a que crecieran juntas, para que a la siega pudieran separarse con más facilidad, evitando que algunas espigas fuesen a perderse con aquella limpia.
      • Así sucede en el campo del mundo. El bien y el mal no están separados, claramente definidos en sendos campos, no son patrimonio de ningún grupo o sector –por religión, raza, etnia, clase social o Partido político–. “En todos lados se cuecen habas”, dice el dicho popular. Incluso en nosotros mismos, es probable que la línea de separación entre bien y mal pase por en medio de nuestra persona, pues somos a la vez víctimas y victimarios; cómplices y afectados. Hay, pues, que trabajar por los valores del Reino, junto con todos aquellos con quienes fundamentalmente coincidamos, aunque “no sean de los nuestros”, y no tanto otros cristianos de peso inerte. Tarde o temprano llegará el momento de definición (“en la cosecha del fin del mundo”) y entonces, quienes a pesar de sus defectos, errores o pecados estuvieron primordialmente en favor del Reino, “brillarán como el sol”.
  1. La segunda parábola es la mostaza. Esta planta -del género Sinapis, de la familia de las crucíferas, que para los romanos era un “mosto”-, como todos sabemos, es una especia usada en la gastronomía por su agradable sabor picante y se usa como condimento. Su semilla es “la más pequeña de todas las semillas”, pues es casi del tamaño de la cabeza de un alfiler. Las hay de dos colores, la “brassica negra” y la “blanca” (“color mostaza”). El arbusto puede llegar a medir en aquellas tierras (estando erecto) hasta 2,5 mts.
      • Jesús la compara con el Reino de Dios (su mensaje central), que aparentemente es desdeñable por su pequeño tamaño; pero que está dotado de gran potencial de crecimiento y que tendencialmente resultará muy significativo en la historia. Esto nos da esperanza a quienes apostamos por el Reino, y que ahora nos parece insignificante en comparación con la magnitud del proyecto de muerte que nos agobia. Lo que sucede es que el mal hace mucho ruido; pero es estéril; el bien, en cambio, es discreto, pero fecundo. Las noticias que suelen publicar los diarios y en general los grandes media, nos abruman de calamidades, pues no es noticia la callada labor de aquella religiosa del orfanatorio o de una madre soltera que cuida a sus hijos y a su madre a la vez que trabaja arduamente, pero que estos son pequeños signos que custodian nuestra esperanza y alientan nuestro compromiso.
  2. La tercera parábola nos presenta la levadura, esa cucharadita de polvo “Royal” que se le pone a la masa del pastel para que, horneado, quede bien esponjadito. Jesús exagera, pues fermenta “tres medidas de harina”, que según algunos sería toda una panadería.
      • Sabemos que Jesús no se fija en los “números”. Habituados a la cultura de la eficacia, de las estadísticas, medimos el éxito por los números logrados. El número de votos mediría la capacidad de un candidato; el número de ventas, la calidad de un producto… incluso los proyectos de pastoral se cuantifican: tantas comuniones, tantas confesiones, tantos asistentes… ¿Cuántas entradas tiene nuestro video? ¿Cuántos “like” tuvo nuestra meme en el face?. A Jesús no le interesaba el número de sus seguidores. Incluso más bien desalienta a quienes se ofrecen a seguirlo por una emoción repentina. Lo que le importa es la calidad de sus discípulos: pocos pueden informar a las sociedades. No apuesta a cierto tipo de “estado de Cristiandad”, cuando todo mundo tenía que ser católico y cuando el Estado tenía que velar por la religión dominante. Ahora no se busca esto, sino que haya personas concientes y comprometidas que sepan dar testimonio de su fe.
  • A quienes intentamos ser en nuestro tiempo anunciadores del mensaje de Jesús, nos viene bien releer estas parábolas, tan actuales entonces como ahora en nuestro moderno medio urbano, siempre y cuando seamos capaces de relocalizarlas en la problemática actual.