A-15 TIPOLOGÍA DE RECEPTORES

Mt 3, 1-23

  • La Palabra de Dios apasiona y seduce, es fecunda y eficaz. Isaías la simboliza con la lluvia conforme a la cosmología de entonces: sobre la Tierra plana existe una bóveda con las estrellas, arriba de las cuales están las aguas celestiales, y más arriba se encuentra Dios. Él abre las compuertas de la bóveda y hace caer la lluvia, que fecunda los campos y luego se evapora regresando a su lugar de origen. Jesús es el “Verbo” (en latín, “palabra”), la Palabra de Dios que bajó del Cielo, empapó la tierra del mundo con su sangre, la fecundó y en la Ascensión, subió de nuevo a la diestra del Padre, de donde salió.
  • La metáfora de la lluvia (en aquella cosmología) nos muestra el ciclo climático como un proceso regular y equilibrado que garantiza perfectamente las labores agrícolas. Hoy en cambio, dada la irresponsabilidad humana -el calentamiento global- se trastornan las estaciones: “La creación está ahora sometida al desorden –dice San Pablo en la segunda lectura-, no por su querer, sino por voluntad de aquel que la sometió”.
  • Jesús opta por enseñar a través de parábolas, las cuales, además de ser claras y didácticas, le protegen contra sus adversarios que no están en el contexto, “viendo no ven y oyendo no oyen” y el poco sentido religioso que les queda, lo pierden; pero a sus discípulos, ya familiarizados con la enseñanza que van teniendo, a ellos se les dará más todavía, y en privado les interpretaba las parábolas. Para referirse a la Palabra de Dios, Jesús prefiere la metáfora de una profusa derrama de semilla de trigo que produce cosechas con resultados muy variables: a veces, la cosecha se logra y es abundante; pero otras veces queda frustrada. ¿A qué se debe esta desigualdad?
  • No depende de la semilla, pues esta es de excelente calidad, capaz de producir, en condiciones apropiadas, cosechas hasta del ciento por uno.
  • Tampoco depende del sembrador, quien es un trabajador capaz y generoso hasta el derroche: desparrama abundante semilla en todas las partes, en terrenos buenos, medianos o pésimos. Incluso –como hacían los campesinos de entonces agobiados por la pobreza- hasta en las orillas mismas de los caminos. Este sembrador -Jesús mismo- es la Palabra (el Verbo) Eterna, que bajó del Cielo, fecunda y da fruto y regresa nuevamente, ascendiendo hasta su origen, a la derecha del Padre.
  • La tecnología utilizada es más bien rústica. Ni siquiera era la coa mesoamericana, ni como hacen todavía nuestras campesinas tradicionales, enterrándola con ayuda de los dedos del pie; ni siquiera el arado que en Israel ya se estaba difundiendo más. Mucho menos el agresivo tractor agroindustrial actual, para que quedara patente que la eficacia de la Palabra no depende de tecnologías, sino de ella misma (el contenido evangélico). No está sostenida por costosos recursos, como esas palabras manipuladoras que producen resultados mediocres a base de repeticiones machaconas a través de los espectaculares, las radiodifusoras y televisoras.
  • El condicionante principal no fue, pues, ni el sembrador, ni la semilla, ni la tecnología, sino los terrenos, es decir, los receptores del mensaje. De modo que en vez de la “parábola del sembrador” tendría que llamarse la “parábola de los terrenos”. Jesús nos ofrece una tipología de receptores (¿o será una “taxonomía”, es decir, la que abarca la totalidad posible de respuestas?).
  1. La semilla que cayó en el camino encontró el piso bien apisonado por los pasos de caminantes. En la interpretación de Jesús, serían los oyentes que se encuentran bloqueados de antemano a la Palabra de Dios: acaso la rechazan por los malos testimonios de los “sembradores”, o los de su institución demasiado burocratizada y dogmática. También son quienes están totalmente comprometidos con intereses contrarios a los valores del Reino, impermeables, por tanto, a todo aquello que los ponga en riesgo; o serían también los atrapados por sus prejuicios inamovibles. Todos estos son terreno impenetrable para la semilla. No es de extrañar que tal Palabra sea comida por los pajarracos voraces, aquellos que fagocitan todo cuanto a ellos aproveche, sin atender las necesidades alimenticias de los demás.
  2. Los del terreno pedregoso, dice, sí están abiertos a la Palabra y la reciben con alegría; pero al nacer la plantita se seca pronto con los rayos del sol, pues tiene poca raíz. Son gente superficial, que parecen entusiasmarse fácilmente; pero les falta constancia y profundidad, por lo que con cualquier contrariedad la abandonan. Es actitud propia de nuestro tiempo, en que las redes transmiten gran cantidad de información; pero poca reflexión. Vivimos una cultura de la imagen –imágenes que nos cautivan por doquier–, pero la imagen no invita a la reflexión, sino que burla el sentido crítico. El activismo y las múltiples tareas nos impiden hacer algo con hondura. Recibir la Palabra requiere de custodiarla, y nada mejor que la oración frecuente.
  3. La que cayó entre espinas y abrojos que sofocaron la plantita apenas nacida. También es un terreno “moderno”, pues ahora somos abrumados por una gran cantidad de mensajes que se neutralizan unos a otros; por múltiples entretenimientos para divagar o por espectáculos pasivos que van adormeciendo nuestro sentido crítico. Aceptamos una multitud de tareas, de relaciones, de traslados, cayendo en un activismo frenético. Nos despertamos con multitud de problemas que nos consumen, y nos la pasamos rumiando dichos problemas en lugar de encontrarles una pronta solución. El consumismo moderno nos bombardea de publicidad de mercancías seductoras, que en poco tiempo se vuelven obsoletas; todo pasa de moda rápidamente, todo es relativo, y por tanto, no hay valores absolutos, no hay convicciones firmes, no hay ideales que sobrevivan a las continuas pruebas.
  4. Finalmente, la Palabra llega a destinatarios receptivos, abonados y regados por búsquedas honestas y aventuradas, y cada cual dio fruto en proporción a sus disposiciones, y quien más recibe, tiene que fructificar y comunicar más. Tenemos, pues, que preparar los terrenos, abonarlos, cuidarlos, para que la Palabra de Dios dé en nosotros todo el fruto de que es capaz.

A-14 ALEGRÍA, ENCRIPTADA PARA “ENTENDIDOS”, DESCIFRABLE PARA LOS SENCILLOS.

Mt 11, 25-30

  • Jesús se encuentra entusiasmando a sus discípulos con su ideal, y de pronto, interrumpe su prédica y dirige espontáneamente una oración a su Padre. San Mateo, en la perícopa de hoy, nos obsequia con el único registro de una oración de Jesús que disponemos (el “Padrenuestro”, en realidad, fue un discurso didáctico ante una pregunta que le hicieron). Por lo tanto, resulta de interés para nosotros -cristianos que nos esforzamos por imitar al Maestro-, atender a ésta, su forma peculiar de oración.
  • Llama la atención que se trata de una oración de acción de Gracias, y por lo tanto, es una oración alegre y jubilosa. Hay una anécdota sobre la curiosidad del sabio abad de un monasterio, intrigado por dos monjes -ambos piadosos, ambos ejemplares, ambos amigos-; pero que sin embargo tenían de caracteres totalmente opuestos; uno de ellos vivía siempre alegre y el otro, apesadumbrado. Al observarlos mejor descubrió que la razón de la diferencia de su humor estribaba en su modo de orar. El primero hacía oración de acción de gracias y el segundo, oración de petición. Quien da gracias se fija en el bien que posee, y eso da alegría; quien pide o demanda se fija en el bien que carece y esto genera frustración.
  • ¿De qué da gracias Jesús? Es que de momento cayó en la cuenta de que su auditorio estaba compuesto exclusivamente de gente sencilla; que no había entre sus discípulos “sabios ni entendidos”, y esto le agrada, pues finalmente la Palabra llegó a los receptores a quienes estaba destinada: los pobres, los sencillos, los sufrientes, las víctimas… Para ellos su mensaje es εὐ αγγέλιον [euangelion], (“buena noticia”).
  • Su alegría es la misma que la de los fieles israelitas, expresada por Zacarías: “Alégrate sobremanera, hija de Sión; da gritos de júbilo, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti, justo y victorioso, humilde y montado en un burrito”… No se trata de un general victorioso montado en su corcel, sino de un anuncio de tiempos de paz, que sólo puede ser construida desde la sencillez y la justicia.
  • La alegría es un sentimiento positivo vinculado con otros similares, con matices específicos. Por un lado están sentimientos de euforia, derivados a veces de causas bioquímicas, como los niveles de serotonina y otras sustancias producidas por nuestro cuerpo mismo, y esto lo expresan términos tales como “estar contento”, gozo y la exaltación del júbilo. Otras veces se trata de estados más permanentes y espirituales, como la serenidad, la tranquilidad, el bienestar, etc. En nuestro tiempo van siendo frecuentes las situaciones negativas ocasionadas por elementos externos, tales como la depresión o el estrés, ocasionados por entornos adversos, como la rapidización, el aumento considerable de tareas que la vida moderna nos impone (aunque parece que la maquinización ahorra tiempo) y sobre todo, esa sensación de orfandad o desamparo a que la producción industrial condena al trabajador, “liberado” de aquellas corporaciones que antaño lo protegían y limitaban (la familia extensa, la parroquia, el gremio, la gleba, la comunidad rural, etc.). El individuo solitario, inerme, se siente agobiado por demasiados peligros y abusos sufridos y trata de buscar seguridades que no encuentra.
  • Las semanas anteriores vimos las exigencias de Jesús a sus seguidores a quienes invita a sumarse a su causa. Les augura trabajos y problemas; ahora, en cambio, los conforta: Sí habrá yugo (como el que se pone a los bueyes para arar); sí habrá carga (como se pone sobre los burros); pero estos son suaves y ligeros. Nos invita a poner en Él nuestros afanes, pues es “manso y humilde de corazón”. Los místicos testifican hasta la saciedad la utilidad de la oración para mantener la serenidad en medio de las preocupaciones de la vida. Cuando uno es conciente de estar haciendo la voluntad del Padre, y cuando uno restringe sus deseos y ambiciones, se puede vivir sin estar agobiado ni afligido. ¡Intentémoslo!

A-13 DEFENDER A LOS DEFENSORES

Mt 10, 37-42

  • Jesús no fue un demagogo, ni un propagandista religioso en busca de prosélitos. Ciertamente su utopía es seductora y cautiva, y que promete que sus seguidores serán bienaventurados; pero no les ofrece tranquilidad ni confort. Jesús es muy exigente. A diferencia de esos políticos mexicanos que persiguiendo un “hueso”, reparten despensas, regalos o tarjetas electrónicas a quienes voten por ellos, a Jesús no le interesan los “números” o cantidad de discípulos, sino más bien demanda de ellos la entrega absoluta a su proyecto sobre cualquier otro afecto, interés u objetivo: Pocos; pero buenos. La semana pasada les exigía valentía a denuncias riesgosas. En el evangelio de hoy da una consigna que ahora nos parecería escandalosa o irracional; pero que en su tiempo lo fue mucho más: Imaginémonos a un hombre, por importante que fuese (un obispo, un predicador televisivo, por ejemplo) que nos dijese: “el que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”… simplemente lo tendríamos por un “deschavetado”. Por supuesto no se trata de comparar afectos asignando cantidades desiguales: pienso que más bien lo que quiere Jesús es que nuestro amor a nuestros parientes y seres más queridos se desde DESDE ÉL; desde su nuevo proyecto religioso.
  • De todos modos, ese amor implica una preferencia incomprensible. Jesús pide la radicalidad extrema: preferir su causa sobre la propia vida: “el que salve su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la salvará”: Todos nos preocupamos por el sentido de nuestra existencia: salvar nuestra vida del sin sentido… De hecho, solemos tener como prioridad absoluta salvarla, y la forma como lo hacemos es defenderla a cualquier precio, aferrarnos a las seguridades de la vida (la solidez económica, las relaciones sociales, el trabajo estable, el seguro de vida, de salud o de vejez, las medidas de protección contra robos, etc. Sin embargo, tales seguridades son demasiado precarias (hackeo de cuentas bancarias, extorciones, amistades influyentes que caen en desgracia). A tales afanes Jesús prefiere a los aventureros flexibles, aquellos que saben improvisar, aquellos que saben arriesgar la vida en pro del ideal que vino a proponer. Quizás estos tales vivan menos; pero su vida tiene un mayor sentido. ¡Vale la pena! La propuesta de Jesús es sólo para aquellos que se buscan los problemas y las dificultades que lleva aparejado su seguimiento: “quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Es para quienes en lugar de eludir las contrariedades las buscan precisamente para evitárselas a los más débiles.
  • Aunque si bien es cierto que a todos sus seguidores les pide su entrega total, las circunstancias colocarán a algunos de ellos en situaciones que brinden mayores oportunidades. Tales situaciones mucho dependen del azar, del momento o –quizás- de sus disposiciones y capacidades. Aquellos luchadores sociales, líderes de movimientos, defensores comunitarios, teóricos de relieve que clarifican procesos, etc., son personas muy valiosas para la causa del Reino, y si nosotros no podemos hacer lo que ellos hacen, o si no estamos nosotros en su situación, por lo menos apoyémoslos y hagámoslos más fuertes, para que defiendan mejor. Esto no es desdeñable; una bonita tarea solidaria, “defender a los defensores”, recibir, esconder o proteger a esos grandes luchadores. Jesús dice que incluso “dar un vaso de agua fría a un profeta en cuanto profeta, merece un premio de profeta”; “recibir a un justo por ser justo recibirá recompensa de justo”. Así como esa pareja de Sunem que recibía a Eliseo cuando iba a aquel poblado, a quienes el profeta les concedió la descendencia anhelada. Es la solidaridad que encuentran siempre los que entregan plenamente su vida a una causa noble.