IX. Conclusiones

Para una visión ingenua, la religión, portadora de los valores más sublimes y desinteresados, y la búsqueda del poder –el demoniaco Leviatán- se hallarían en los polos opuestos. Para aquellos creyentes que confunden la realidad con el ideal teológico, la Iglesia sería la comunidad fraterna, signo de unidad y conducida por el Espíritu Santo, bajo el imperativo de la caridad. Esta imagen teologal ha sido también el supuesto para algunos estudiosos de las religiones: aquellos que desde la perspectiva funcionalista, se preocupan de resaltar los indudables elementos integradores que cumple el sistema religioso. Sin embargo, los investigadores empíricos, en sus trabajos de campo, se topan frecuentemente con conflictos religiosos como los estudiados en este curso, y constatan que las creencias mitológicas o los símbolos rituales mismos, suelen expresar contradicciones y movilizar fuerzas sociales en choque. No podía ser de otra manera: la religión es un espacio en donde la sociedad se expresa a sí misma. Si dicha sociedad está surcada por intereses opuestos, la conflictividad no puede menos que formar parte de la misma dinámica religiosa.

              Este aspecto conflictivo de la religión no significa necesariamente una “disfunción”, ni debe juzgarse siempre como una “falla”,  producto de falta de congruencia con los principios de la fe. En los conflictos estudiados en el curso, pudieron verse las funciones positivas que muchas veces cumplieron: El conflicto dinamiza el sistema religioso -como se dijo varias veces- que justamente, por estar centrado en la inmovilidad de lo sobrenatural eterno, tiende a osificarse. La evolución del dogma, de la liturgia y de la pastoral no se han dado sin conflictos, y su superación trajo siempre el despertar de la creatividad religiosa. En nuestro curso definimos una tipología de conflictos precisando un campo de acción y de incidencia; pudimos describir los contendientes y la forma cómo abordaron el conflicto, así como la solución que tuvieron; la capacidad de negociación de sus objetivos intermedios, su reversibilidad, etc. Pero somos conscientes de que todavía falta mucha investigación, para la que, espero, el curso haya contribuido y motivado.

CONTEXTO CULTURAL CONDICIONANTE

  • Toda teoría del conflicto religioso debe iniciar por caracterizar el tiempo y lugar donde se realizó la investigación. En el período estudiado (Oaxaca 1976 – 1992) existían aún poblaciones indígenas en las que se conservaba con bastante pureza el “universo simbólico” con el que la colectividad integraba el mundo -la dicotomía “sacro” / “profano”- donde lo religioso constituía el núcleo de toda su cultura; aunque ese modelo ya estaba entrando en crisis, de ahí el número e intensidad de los conflictos religiosos que terminamos de ver.
  • Al mismo tiempo, iba penetrando en su ambiente el fenómeno de la secularización. En dicho fenómeno, lo sagrado se retira del ámbito de la vida social -donde lo religioso nuclea e impregna todos los sistemas sociales-, y se repliega a una esfera propia: el “sistema religioso”: un “sistema” entre otros más: (los sistemas familiar, económico, político, diversión, laboral, educativo, sanitario, etc.). Otro factor influyente fue la constitución de un moderno Estado Nacional, con fronteras bien delimitadas[1]. El nacionalismo. que ciertamente existe entre los grupos originarios, se relaciona con la identidad y la autonomía. Estos grupos también son nacionalistas: pero nacionalismo étnicos y no territorial (la “nación zapoteca”, “la nación mixe”, etc.), que impregna toda la vida cotidiana e involucra al individuo íntegro en su totalidad, en cada relación (a diferencia de cuando un individuo participa en varios grupos, entre los cuales reparte su carga confrontativa y los conflictos disminuyen de intensidad).

Proceso de modernización coaccionada

  • Los indígenas han estado sometidos a un largo proceso conflictivo con la modernidad (desde la conquista hispana, hasta el neoliberalismo). En todo este proceso, la política cultural moderna decide por ellos, oscilando entre la marginación excluyente y la asimilación desculturizadora. La modernización económica europea inició gracias a la violenta extracción del plusproducto de las nuevas tierras coloniales. Los criollos la acentuaron con la explotación inmisericorde del indio. Después de la Independencia, el capitalismo nacional incipiente se había conformado con “subsumir formalmente” la economía indígena, aprovechando el mercado para hacerse de un excedente. El latifundismo liberal expolió las tierras comunales, para lo cual fue necesario modificar la legislación corporativa que de alguna manera los protegía. El capitalismo, una vez entronizado, despoja a la comunidad de su autarquía y la monetariza. Ahora se requiere dinero y la economía indígena tiene que orientarse hacia el mercado, utilizando la nueva red de carreteras, abre la puerta a las grandes industrias (compañías cafeticultoras, forestrales, fructíferas o mineras), por lo que los indígenas tienen que implantar nuevos cultivos, ante las necesidades de un mercado a veces internacional; o se aprovechan de la producción artesanal, mercantilizando sus fiestas religiosas o folklorizando sus bienes religiosos, para allegarse divisas por la vía del turismo.
  • Estas transformaciones del medio indígena -producto de la modernización económica-, trae aparejada una violenta modificación de sus pautas culturales multiseculares, que desintegran la cotidianidad cultural de tales comunidades: los nuevos cultivos, por ejemplo, modifican hábitos de consumo; la intensa migración a las ciudades o al extranjero, la mayor escolaridad y la mejoría de comunicaciones (carreteras), los medios electrónicos (TV, Internet, etc.). Estos cambios son otros tantos aceleradores del “modernismo cultural”, en lugar de poder manejar a su ritmo el factor temporal, que controlaría el cambio desde su propia interioridad. Para conseguir este objetivo “etnocida”, la política cultural hegemónica requiere cooptar algunos elementos locales. De modo que la comunidad india deja de ser homogénea, pues se encuentran varios actores:
    • Los sectores tradicionalistas optan por repetir la estrategia de automarginación, que durante los embates del liberalismo decimonónico les dio resultado. Esta actitud es aprovechada por los caciques tradicionales, que medran con el mantenimiento inamovible de la situación imperante, y que resisten de cualquier forma (incluso violenta) a los agentes innovadores.
    • El proyecto modernizador, que fue difundido, por ejemplo, por los maestros rurales cardenistas y por los promotores del indigenismo integracionista oficial. Este proyecto puede contar con sectores al interior del pueblo (v.gr., con personas con experiencia migratoria, con mayor escolaridad, con nexos comerciales con el exterior o por agentes religiosos disidentes evangélicos). Estos agentes, con actitudes vergonzantes hacia sus propias pautas étnicas (“atrasadas”), se abren acríticamente a lo moderno. Esta actitud contribuyó a desplazar los “consejos de ancianos” y las “asambleas comunitarias” por un nuevo tipo de cacique apoyado desde el exterior, con lo que garantizan el control de la disidencia.
    • La variante neoliberal, a la que los caciques tradicionales les resultan disfuncionales, tratarán de persuadir a los oportunistas, que aprovechan ciertas utilidades inmediatas para entregar recursos que ellos no podrían utilizar, incluyendo la mercantilización de sus tradiciones.
    • Los nuevos profesionales indios, portadores de un nuevo proyecto de modernización desde la propia cultura, los cuales pueden tener contacto con otros profesionistas alternos (antropólogos, maestros bilingües, técnicos) que apoyan un proyecto político alterno, que incluya el reconocimiento auténtico a la diversidad y a los derechos de los pueblos originarios.
  • Todo este complejo de fuerzas contendientes (incluyendo formas del pasado anterior a la invasión hispánica que han logrado persistir) tienen una expresión en lo religioso. No habrá que olvidar que en el mismo espacio social en que los agentes religiosos pugnan por imponer sus propios objetivos sagrados, coexisten agentes de otros campos que persiguen objetivos de otra índole (económicos, políticos o culturales); pero que se entrecruzan con los primeros, constituyéndose una red de alianzas y de oposiciones:
    • El modelo de la religión indígena tradicional había sido fruto de un lago proceso de aculturación religiosa, en el que convergen elementos de las antiguas cosmovisiones, con elementos cristianos producto de la evangelización, principalmente, de los comprensivos primeros evangelizadores y a veces impuestos por la “conquista espiritual”. Desde este sincretismo se recompuso la identidad religiosa de los antiguos indios, una vez que tomaron conciencia de la irreversibilidad de la conquista invasora; pero esto no ha sido óbice para que se sigan dando tensiones internas entre los agentes autóctonos y los agentes del cristianismo oficial. Es lo que se ha visto en el curso (entre “universos simbólicos”, entre “religiosidades”, entre agentes portadores de tipos ideales weberianos, etc.).
    • Las fuerzas modernizadoras del indigenismo oficial a inicios del siglo pasado, representaron la visión secular de la vida, impugnando de forma antagónica al modelo religioso anterior. No tuvieron al interior de las comunidades muchos seguidores convencidos; pero lograron recabar apoyo entre los grupúsculos evangélicos. El clero fue considerado representante de la tradición y por tanto, el principal opositor. Sin embargo, después del Concilio Vaticano II, algunos religiosos críticos pudieron simpatizar con esta perspectiva modernizante, a fin de instrumentar un proyecto de pastoral más sobrio y racional.
    • El proyecto neoliberal, pretendiendo aprovechar los recursos del medio rural, a veces parece también apoyar las pautas culturales tradicionales (el culto posmoderno a la diferencia); pero subyace el interés lucrativo de aquella producción cultural. También habrá que mencionar a la “religiosidad neoconservadora” oficial, que dice “respetar la religiosidad popular” para no perder a la clientela indígena, so pretexto de “irla purificando poco a poco” (v.gr., introduciendo en la liturgia alguna simbología indígena fuera de contexto: “cuando la liberación de hizo oficial”).
    • El proyecto autónomo de acceso a la modernidad es secundado por los agentes de pastoral liberacionista, que propugnan el respeto a las culturas autónomas, la mejoría de las condiciones de vida, la resistencia hacia las formas desestabilizadoras de la modernidad y la gestación de comunidades eclesiales con cierta autonomía. Dada la debilidad política de este modelo, puede aliarse coyunturalmente con otros modelos religiosos; aunque la confrontación tenga que darse tarde o temprano (vid. “la liberación se hizo oficial”)

Valoración de las formas simbólicas propias o ajenas

       Otro elemento con el que hay que contar al analizar los conflictos religiosos es la forma como se valoran las formas simbólicas. Las creencias y las prácticas religiosas que producen o reciben los individuos, pueden ser apreciadas o denunciadas por un grupo y queridas o despreciadas por otro grupo. Tales diferencias de valoración tienen lugar en contextos estructurados por asimetrías y diferenciaciones de varios tipos (clasista, racial, cultural, religiosa…). Debemos a Thompson (1991: 154 ss) las siguientes estrategias típicas de valoración simbólica que pueden traducirse en actitudes religiosas presentes en situaciones conflictivas:

El sector modernizador puede recurrir a las siguientes:

  1. Distinción: Busca diferenciarse de los individuos tradicionalistas, que juzga como inferiores. Lo hace atribuyendo alto valor simbólico a las formas religiosas que le son propias (erudición bíblica o litúrgica), que por representar un cristianismo ilustrado, resultan inaccesibles a los sectores populares, y por tanto, constituyen signos de su identidad clasista o cultural.
  2. Escarnio: considera las creencias o prácticas de la “religiosidad popular” como infantiles, supersticiosas o ingenuas.
  3. Condescendencia: a ciertas prácticas religiosas populares (procesiones, fiestas, adornos, etc.), con fines lucrativos, como formas de folklor. De este modo, rebaja a sus productores, recordándoles su posición subordinada.

Los sectores indígenas podrán asumir las estrategias siguientes, respecto a los sectores dominantes:

  • Practicidad: mantienen aquellas formas simbólicas religiosas que les resulten de utilidad (p.ej., para confirmarles sus signos de identidad cultural), en aras de su sobrevivencia étnica.
  • Presión: considerando al cura como un simple funcionario al servicio de la comunidad, le imponen algunas prácticas tradicionales, alegando que así fueron evangelizados y que eso es “el costumbre”. El agente eclesiástico responde contemporizando con ella por necesidades clientelistas.
  • Rechazo: responden con bloqueos a las iniciativas pastorales de los agentes de la Iglesia oficial y ridiculizan innovaciones; con ello afirman los valores de sus propios productos y actividades.
  • Reinterpretaciones: dan significados diversos a formas simbólico religiosas de la Iglesia oficial, con lo que dando apariencia de aceptación, logran mantener su antigua copnsmovisión.

Los sectores intermedios, que aún perteneciendo al ámbito indígena, buscan alternativas a las tradiciones. Sus estrategias pueden ser las siguientes:

  • Moderación: valoran positivamente ciertas innovaciones religiosas a su alcance, que aceptan con tal que les sean inteligibles.
  • Autodevaluación: Denigran sus propias formas simbólicas, a las que identifican como parte de su retraso.

UNA TIPOLOGÍA DE CONFLICTOS. LAS CULTURAS TRADICIONALES Y LA MODERNIDAD

              Con los conflictos estudiados en el curso ya se podría elaborar una tipología (¿taxonomía?) de cómo la modernidad degrada las culturas étnicas, así como las formas de resistencias con las que estas últimas pueden afrontarla. Esto pudo asumir las formas de confrontación, sea entre religiones diversas, sean tensiones al interior de la Iglesia misma. En este último caso, las confrontaciones pudieron presentarse, o bien como diversas actitudes religiosas, o bien por los espacios disputados por los agentes. Por último, analizamos conflictos fuera del campo religioso (el campo político); pero con una influencia religiosa significativa. Veamos esto mismo más profundamente:

  1. Conflictos entre religiones:
    1. Estos conflictos suelen ser de tipo antagónico: se dan cuando en un campo social más o menos cerrado, se presentan dos “universos simbólicos”, cada uno de los cuales intenta organizar la colectividad en el cosmos, dando pie a “cosmovisiones” mutuamente excluyentes. Esto no sucedía en Mesoamérica antes de la invasión hispánica: toda esta región participaba del mismo modelo religioso –con sus respectivas variantes-: era un espacio estructuralmente abierto que permitía conservarse relativamente intacto, incluso después de una derrota militar. Lo hacía, simplemente incorporando los dioses vencidos al panteón de los vencedores. 
    1. Hay quien piensa que la modernidad inició en el mundo con la conquista americana, cuando Europa reafirmó su voluntad de poder sobre el “otro”, vencido. En ese contexto se dio la “conquista espiritual”, cuando la nueva religión llegó junto con la expedición militar. En estos casos violentos, es la fuerza de las armas la que define la “verdadera” religión (la conversión impuesta, o rebeliones nativistas de resistencia). El éxito de esta “conquista espiritual” es siempre relativo, pues la religión autóctona preexistente en el espacio territorial, encontrará modo de conservarse, mediante formas sincréticas (el disfraz, la yuxtaposición, la clandestinidad) para eludir la confrontación (en “los Mártires de Cajonos”, dicha religión persistía aún en los inicios del siglo XVIII). Sin embargo, tarde o temprano tiende a resolverse hacia una nueva síntesis sincrética.
    1. Este mismo tipo de “conflictos entre sistemas religiosos opuestos” se da, incluso, cuando los contendientes no sean propiamente sistemas religiosos, como en el caso de los “evangélicos”, pues de lo que se trata es de versiones heterodoxas de la misma fe; pero que en el espacio cristiano de los pueblos, cobra la forma de un antagonismo (“idolatría” católica, según los neoconversos). La colectividad se divide en sistemas contradictorios: el “sistema de los santos” (acorde al corporativismo tradicional) o el “sistema del Espíritu” (acorde con el individualismo moderno). De manera similar, la secularización, que dice superar cualquier visión religiosa y propugnar el pluralismo y la tolerancia, puede asumir actitudes fanáticas de confrontación antagónicas, con fanatismos propios del dogmatismo más integrista (Ixtlán). Estos dos casos –evangélicos y maestros rurales ateos- hubieran sido impensables en un ambiente verdaderamente “moderno”. En un proceso auténticamente secularizado, la modernización obedece a factores endógenos, y más que impugnación a la fe establecida, se da en la simple desafiliación por pérdida de interés por lo religioso. En los casos de que en esta situación se diesen conflictos, no serán confrontaciones binarias, sino conflictos “multipersonales” o “de mercado”, donde diversas denominaciones religiosas compiten entre sí disputándose una eventual clientela, que puede también imponer sus condiciones, justamente por encontrarse en situación de pluralismo. De ninguna manera se dio así con la irrupción de los evangélicos, con su agresivo proselitismo (verdaderas campañas de “conquista espiritual”), por lo que aquí sólo pudieron darse conflictos diádicos, mutuamente excluyentes.
  • Conflictos dentro de una misma Iglesia:
  • Estos conflictos tuvieron que ver con actitudes de aceptación o rechazo de la modernidad. La cultura moderna tuvo que ver con un doble proceso libertario: el primero, el modernismo cultural, en reacción contra los controles políticos de la teocracia medieval, y el segundo, contra la modernización económica (cuando la racionalidad se dirigió a acabar  con la explotación capitalista). Las fuerzas progresistas se dividieron, pues, según las clases sociales implicadas en sendos momentos –la burguesía o el proletariado-, conduciendo cada una su propio proceso revolucionario. A su vez, la resistencia a la modernidad puede ser representada, o bien, por los fundamentalismos: el radicalismo integrista, de retorno imposible a los viejos tiempos, o bien, por cierto neoconservadurismo que se conforma con moralizar los nuevos tiempos –sin acabar de comprenderlos- a través de una nueva cultura religiosa. De esta forma, las actitudes hacia la modernidad se plasmaron en las cuatro “religiosidades” vistas en el curso (integrista, modernizante, liberacionista, neoconservadora), cada una de las cuales puede engendrar ciertas variantes o formas de “espiritualidad”. Los sujetos portadores de estas religiosidades se disputan una doble presea: por un lado, el estatuto de oficialidad dentro de la misma Iglesia (el sincretismo indígena), por otro, recabar apoyos entre los pobladores. Además, cada una posee su propio proyecto hacia la religiosidad popular, buscando respectivamente sus actitudes propias hacia ella: la manipulación, el desprecio, la “purificación” o su potencialización hacia sus propios intereses sociales, sin que en estas cuatro actitudes estuviese presente la exclusión tajante de la “religiosidad popular”: apertura a cierto sincretismo y tolerancia para evitar el sectarismo.
  • Agentes religiosos en disputa:
  • En un mismo espacio social religioso existen diversos agentes disputándose sus espacios. Concretizando históricamente la tipología weberiana, la modernidad es el background de relación entre un “sacerdote” más racional y burocratizado y el “chamán” del medio indígena, que encubre la oposición tradicional entre magia y religión. Tomar esto en cuenta explicaría muchas oposiciones conflictivas entre los agentes de la antigua religión india reducidos a “brujos”, y los nuevos agentes, prestigiados con el estatuto de ser descendientes de los vencedores europeos. Las prácticas rituales de los vencidos serán calificadas de “supersticiones” por los evangelizadores, en tanto que las suyas, son consideradas “sacramentos”. En el medio modernizado, por el contrario, el ritualismo de los sacerdotes tradicionales es ahora cuestionado por los “profetas”, quienes exigen formas religiosas más éticas o secularizadas, como son la lucha por la justicia o por la libertad, formas más racionales para las creencias, etc. La cabida de cierto pluralismo eclesial interno contribuirá a que las confrontaciones no lleguen hasta la heterodoxia y permanezcan en el nivel de simples “religiosidades”.
  • Disputas por el poder legitimador religioso
  • En el medio indígena, los campos sociales no se hallan bien delimitados, por lo que es frecuente que las luchas por el poder político se revistan de sacralidad –independientemente de las “religiosidades” que se trate-. Lo sagrado proporciona medios de legitimación grupal o de deslegitimación de adversarios. Es por ello que los antagonistas del campo político se interesan por ganar agentes religiosos para su causa. Han sido muy estudiadas las funciones ideológicas que cumple la religión en sociedades complejas, para hacer aceptables los mecanismos de opresión: “La voluntad divina” se identifica con “la naturaleza de las cosas” y reviste a situaciones contingentes con el halo de la inmutabilidad. Al mismo tiempo, la religión proporciona a las clases subalternas medios para hacer más tolerable su situación (“ponerle florecitas a las cadenas”, dice Marx).
  • En la modernidad, por el contrario, lo religioso queda reducido a una esfera específica propia, como se ha insistido, y lo político reivindica su autonomía sin reivindicaciones teocráticas, lo que no impide que sigan operando mutuas relaciones. Son formas de modernización política los que hacen superar los cacicazgos o las llamadas “formas tradicionales de elección”. Son también aquellas, las que reconociéndole al clero sus derechos electorales, lo obligan a mantenerse al margen de la contienda partidista, limitando su papel a la formación de la “conciencia política general”.

NIVELES DE CAMBIO SOCIAL

  • Otro criterio para clasificar los conflictos es ver en nivel estructural en el que inciden (vid. Esquema 2 de la Introducción). La dimensión conflictiva que rompe los límites tolerados, es sólo una de las cuatro posibilidades de la acción colectiva. Melucci (1982) las encuadra en torno a dos ejes cruzados, el eje vertical es un continuum que va entre “conflicto” (X) y “no-conflicto” (X1). Y el eje horizontal será si una acción colectiva quebranta los “límites de tolerancia” (Y) o no los quebranta (Y2). El esquema abre a cuatro posibilidades de acción colectiva: el movimiento social (conflicto que quebranta), la acción conflictual (conflicto que no quebranta), la desviación (quebranta, pero sin conflicto) y la conducta de agregado (ni la quebranta ni la conflictúa). Al mismo tiempo, teniendo como centro el punto de interjección de los dos ejes de la cruz, se dan tres círculos concéntricos: el exterior (el más importante) es el de los modos de producción; el intermedio, el sistema político y el interno, el de la institución u organización correspondiente. Hay que advertir, que siendo siempre una realidad histórica, se trata  de algo complejo y heterogéneo, se pueden encontrar en un mismo conflicto los tres aspectos relacionados con los tres niveles.
  • A propósito del primer nivel (círculo periférico), un modo de producción no se reduce únicamente a una realidad económica, sino que  se extiende a formas culturales relacionadas con su modelo (v.gr., la modernización económica fue acompañada del modernismo cultural). Por tanto, cada modo de producción condiciona una forma de vivir lo religioso, y por contraparte, la religión puede ser un factor importante en la configuración cultural de dicho modo de producción. Es lo que pudimos observar en la segunda parte, donde algunos conflictos entre “religiosidades” encubrían antagonismos clasistas con proyectos globalizantes en determinado modo de producción. Por esta razón, en coyunturas revolucionarias, cuando se pone en juego el modo de producción, lo religioso pudo acompañar a movimientos sociales de envergadura, como sucedió en las crisis revolucionarias centroamericanas de los años setentas, En cambio, en otras coyunturas, cuando surge un nuevo sujeto histórico portador de valores e intereses propios del nuevo modo productivo, que no pretende trasponer el “límite de compatibilidad” del modo de producción anterior, la “acción conductual” que provoca es la propia de innovaciones religiosas (v.gr., bloqueos ante pastorales “progresistas” que no afectan demasiado la cultura indígena.
  • El segundo nivel, el de las acciones colectivas religiosas que afectaron el sistema político, lo religioso inspiró a movimientos sociales que pretendieron superar los límites funcionales del tradicional sistema político mexicano (p.ej., impugnando al sistema caciquil en que se apoyaba el PRI, para sustituirlo por un sistema realmente democrático de partidos). En cambio, otras veces lo religioso refuerza la simple competencia política, influyendo la elección de un candidato en lugar de otro, y entonces no se dan verdaderos movimientos sociopolíticos, sino simples “acciones conductuales” de competencia política.
  • El tercer círculo, más interior, abarcaría las acciones que afectan a la organización religiosa propiamente tal: son acciones que transgreden la disciplina eclesiástica, lo cual siempre resulta conflictivo.  Sin embargo, hay casos en los que una transgresión rebasa el límite de tolerancia institucional (movimientos cismáticos o heterodoxos). El esquema también facilita la medición de intensidad de los conflictos: los más intensos serían los movimientos sociales; pero puede haber casos en los que una “desviación” puede ir rompiendo los límites de compatibilidad, pero haciéndolo paulatinamente, sin provocar enfrentamientos, como inadvertidamente, como los detectados en los sectores modernizantes. En cuanto a las “conductas de agregado”, que ni siquiera traspasan los límites de compatibilidad de la reducida organización eclesial (modas religiosas, tumultos por motivos religiosos, que no provocan conflictos mayores.

PERSPECTIVAS SINCRÓNICA Y DIACRÓNICA DE LOS CONFLICTOS

Al término del curso, ya nos son familiares los esquemas didácticos utilizados metodológicamente para entender los conflictos. Se tratan de las dos dimensiones, sincrónica (el ciclo temporal de un conflicto) y diacrónica (estructura y objetivos de los sujetos actores). No se recomienda mezclarlos; pero quizás pudiéramos intentarlo tomando cada momento de la “Parábola de Freunde” como algo separado:

  1. Condicionamientos antecrisis- En poblados más cerrados al exterior, la religión proporciona el “universo simbólico” compartido por todos (quienes no lo aceptan son vistos compasivamente como dementes) y goza de la adhesión propia del sentido común (Berger/Luckman 1968, 120-170). En cambio, en los ambientes modernos, la religión pertenece a la vida privada y esto implica respeto y tolerancia. Al irrumpir imprudente o bruscamente las innovaciones modernizantes, la unidad comunitaria queda rota, y así se pasa a la pre-crisis.

El desmedido celo antiidolátrico del cura de Cajonos, el proselitismo imprudente de los Testigos de Jehová de la Sierra Sur, el fanatismo e los maestros rurales de Ixtlán, las actitudes iconoclastas del moderno misionero extranjero de Usila, las declaraciones imprudentes del nuevo arzobispo coadjutor…

  • Precrisis: En ese momento, qienes detentan el cuasimonopolio de la gestión cultural de la colectividad (caciques, ancianos, etc.) se inclinarán por estrategias de conservación de las formas religiosas tradicionales; mientras los más jóvenes, más escolarizados, con experiencia migratoria o con mayor contacto con el exterior (comerciantes, maestros, políticos) preferirán estrategias de subversión o cambio, y así se pasa a la crisis
  • Crisis- En esta etapa, la colectividad se somete a un intenso trabajo de “discernimiento” acerca del camino a seguir. SE perfilan las contradicciones y las tensiones se incrementan, pasando a campos no estrictamente religiosos. Para clasificar los posibles motivos que desata una crisis, pudimos valernos de la enumeración funcionalista que hace Parson sobre las causas de la interacción social:
  • Desacuerdo sobre los fines: los surgidos por las diversas religiosidades acerca de los fines de la misión de la Iglesia en el mundo: custodiar los valores morales de cohesión social (neoconservadora); la construcción profética de valores de justicia, fraternidad y paz (liberacionista); ; preservación de la institución eclesial y el mantenimiento de lo sagrado (tradicionalista); adaptación social al mundo moderno (modernizante).
  • Desacuerdo sobre los medios: A la religiosidad liberacionista le parecía que los esfuerzos de institucionalización de la religiosidad neoconservadora contemporizaban demasiado con los poderes establecidos; mientras que a la neoconservadora le parecía que el profetismo de aquella dedicaba demasiado a lo político. Las interpretaciones sacralizada o secularizada de la fe estuvieron a la base de los conflictos entre tradicionalistas (“anacronismos”) y modernizantes (“traición a los principios”).
  • Comunicación de las expectativas- Los símbolos culturales son producidos por agentes situados en contextos sociohistóricos específicos, y por tanto, llevan consigo trazos de las condiciones sociales de su producción. Pero al mismo tiempo, los sujetos receptores de tales símbolos religiosos también están situados en contextos sociohistóricos específicos que pueden ser diferentes a los de su producción. De ahí que las mismas ideas, frases o palabras, adquieran connotaciones distintas. De ahí los malentendidos: Por ejemplo, las diferentes formas que los curas oaxaqueños “leyeron” la misma exhortación pastoral del arzobispo primado. Paradójicamente, esos mismos malentendidos de formas simbólicas religiosas ayudaron a evitar conflictos: su ambigüedad interpretativa permitió a los indígenas conservar en tales frases o palabras, parte de su antigua cosmovisión; mientras que para la Iglesia oficial el uso popular de esos símbolos era signo de la asimilación de sus principios doctrinales.
  • La falta de motivación para cumplir con las bases normativas institucionales fueron las desobediencias del pueblo y de la Iglesia para cumplir con las disposiciones anticlericales de los gobiernos posrrevolucionarios (tomas de templos por los tradicionalistas a cargo de las Juntas de Vecinos, la conversión de los catequistas por no aceptar las normas del párroco, etc.).
  • Nudo Crítico (punto axial) Aunque estemos dentro de la perspectiva metodológica sincrónica en el estudio de los conflictos, la estamos combinando con la perspectiva diacrónica (algo desaconsejable para los metodólogos). Factible, si consideramos el punto axial, no como una etapa dentro del proceso, sino como si fuera un conflicto en sí misma. Entonces podremos a ver los actores participantes, con sus objetivos, alianzas y estrategias. Para ello, proponemos el método ya conocido, según el “Modelo Actancial Mítico” de Greimas:
    • Los actores: En los conflictos analizados en el curso, observamos una predominancia del clérigo varón. Su actuación fue disputada, primero, por mujeres y luego, por laicos. En Oaxaca, los laicos reivindican mayor independencia respecto al clero que la observada en otras regiones. Aquí se considera a los sacerdotes como simples funcionarios de la comunidad, y la autoridad municipal que la representa es celosa de sus atribuciones, incluso en asuntos religiosos. Al describir los diversos “tipos” de agentes religiosos, notamos que su caracterización jurídico-teológica no coincide con la función social señalada por Weber. Así, por ejemplo, el sacerdote perteneciente a un instituto religioso –a quien eclesialmente se le asigna la función de “profeta”-, en la práctica desempeña a veces funciones conservadoras institucionales de tipo “sacerdote” (aunque no suelen participar de reuniones del Prebiterio), en tanto que los sacerdotes diocesanos de religiosidad “liberacionista” suelen ejercer funciones “proféticas”, enfrentando a los poderes civiles o incluso, eclesiales (la cúpula jerárquica nacional). Hay laicos, como los mayordomos, que ejercen como “sacerdotes”; mientras que las religiosas, para ser reconocidas religiosamente como “sacerdotisas”, recurren al curanderismo (herbolaria), acercándose a la función del “chamán”.
    • Los objetivos que aquellos agentes persiguen, compiten entre sí, obviamente, por motivos religiosos: retener en la localidad el monopolio de la gestión sagrada, o romper ese mismo monopolio para introducir otra versión alterna; el reconocimiento o la reprobación oficiales de una religiosidad en ascenso; la ampliación o reducción para cierto tipo de agentes, etc. La peculiaridad de estos conflictos radica en que, juntamente con estos objetivos propiamente religiosos, se persiguen a la par, intereses “temporales”. Esto les permite a los actores religiosos contar con otros “aliados” u “oponentes” extraños, pertenecientes a otros campos sociales. Los intereses económicos o políticos de algunos grupos interfirieron con los objetivos pastorales de agentes religiosos, al moverse en el mismo espacio social coincidente, con acciones irreconciliables con las metas del otro grupo, y esto provoca el conflicto. Vimos ejemplos innumerables: en torno al cura de Cajonos se repliega el sector hispano colonialista; pero también, la comunidad chamánica, molesta por la interrupción de su sacrificio, obtiene el respaldo político de pueblos vecinos, en lucha por defender su propia identidad cultural. En Teojomulco, la necesidad de conservar el poder político, llevó a los líderes pentecostales, incluso contrariando sus valores de lucha “no-violenta” (contra los católicos), a aliarse con el grupo de “violentos” o incluso, a sus enemigos seculares, los “brujos” y “chamanes” de la religión precristiana. La vidente de Tututepec, portadora de mensajes celestiales no reconocidos, fue apoyada por el sector mestizo caciquil, necesitado de legitimación religiosa; mientras que el cura y los indígenas, que impugnaban la supuesta “aparición”, aceptaron el apoyo político del PRD, que cuestionaba el cacicazgo. El cura de Juquila, unido por vínculos afectivos con la familia de mayor poder económico, es cuestionado por nuevos caciques. Rivales políticos de aquella familia supieron captar a algunos movimientos apostólicos para remover al cura. El cura priísta de San Pablo Huiztepec, por sus preferencias políticas se enfrenta con sus colaboradores laicos de preferencias panistas: de pronto, los maestros vanguardistas y el grupo feminista se vieron implicados en un movimiento social de remoción al párroco, púes parecía ajeno a sus objetivos religiosos. El sacristán lefebvrista de Usila se alía con la Central Nacional Campesina, en tanto que el cura es apoyado por el Ayuntamiento, etc.
    • Las estrategias: en las confrontaciones entre sistemas religiosos opuestos, es decir, aquellos que peleaban el monopolio del campo religioso, se optó por aquellas estrategias inspiradas en los “juegos de suma cero” (lo que uno gana, el oro lo pierde), que sólo se solucionan con la aniquilación de uno de los adversarios. Es la estrategia perseguida por la comunidad tradicional, que presiona por la expulsión de las minorías evangélicas. En cambio, estas mismas minorías, al tener en contra la correlación de fuerzas, presionan por medidas de negociación (el diálogo y el “ecumenismo”). Las estrategias de los conflictos entre “religiosidades” fueron todas variaciones de “juegos diversos a los de suma cero”: ambos contendientes eran concientes de su responsabilidad de guardar la unidad eclesial y evitar  rupturas cismáticas (incluso los lefebvrianos, que pisaban esa frontera). La religiosidad oficial trató de deslegitimar a sus impugnadores por “ir contra el Papa” o porque defendía la proscrita “teología de la liberación”. En cambio, los liberacionistas se defendieron recuperando textos del Magiterio mismo y recriminando a los oficialistas sus componendas con el poder temporal.
  • Los diversos agentes diseñan estrategias propias de su respectivo tipo religioso: en la dialéctica entre el sacerdote y el profeta, el primero tenderá a apoyarse en la oficialidad, y desde allí exhortar a la unidad eclesial, o a descalificar al otro  por desviaciones heterodoxas o indisciplinares, pudiendo llegar, incluso, a la exclusión. En caso de no lograrlo, y si el profeta muestra contar con suficiente respaldo de las bases cristianas, puede optar por la cooptación. En cambio, el profeta elegirá como estrategia, autocalificarse, mediante una vida desinteresada y comprometida, y descalificar al sacerdote por su corrupción. El mago o líderchamánico, en caso de contar con la adhesión de la comunidad indígena, podrá recurrir a la amenaza velada de la no aceptación de la doctrina oficial (dado que entonces, la Iglesia disminuiría su feligresía y quedaría “asemejada a una secta”. En ese entonces, el chamán podrá arrancar concesiones para algunas  prácticas tradicionales (sincretismo de yuxtaposición). En cambio, si el grupo chamánico no cuenta con suficiente apoyo, será objeto de descalificación por el sacerdote, quien le acusará de practicar supersticiones o idolatrías (Cajonos).
  • La estrategia seguida por los agente religiosos en aquellos conflictos suscitados por las elecciones municipales del 89, fue la legitimación de su grupo laico aliado o a la deslegitimación del grupo oponente. El éxito de utilizar los símbolos sagrados, dependió en buena medida de la discreción y de la parsimonia: así lo hicieron el cura de Sola de Vega, con relecturas de la “exhortación pastoral” del arzobispo, o los mayordomos de Tlalcolula, al aprovechar las calendas o la indignación de los creyentes ante el robo de la corona del Santo Cristo. Una utilización imprudente de los símbolos resulta contraproducente, como lo comprobó Colosio en aquel mismo pueblo, al permitir el cáliz ornamental junto con el logotipo de su partido; o el cura de Itundujia, al utilizar la bandera nacional en una peregrinación en la defensa del bosque. En caso de fracasar en sus intentos manipuladores, los políticos pudieron recurrir a la amenaza o intimidación para con los religiosos.
  • La resolución de los conflictos.
  • Prosiguiendo con las etapas de la Parábola sincrónica de los conflictos, su resolución puede depender de la causa que los motivó. Volviendo a la enumeración de Parsons; cuando las diferencias religiosas internas son profundas y los disidentes no están dispuestos a someterse, los conflictos sólo se resuelven mediante la excomunión por parte del polo oficial (al cura tradicionalista), mediante la separación cismática (Lefebvre) o con la desviación heterodoxa por parte del polo objetante, instaurándose en el grupo disidente un nuevo poder religioso y un nuevo orden normativo. Cuando no se está dispuesto a llegar a tal extremo (cuando resultaría demasiado costoso para ambos contendientes), se tenderá a modificar las expectativas y las conductas mutuas o se reconstruirá totalmente la relación sobre nuevas base teológicas o disciplinares.
  • En los casos de desacuerdo normativo, es posible una resolución discursiva, apelando ambas partes a valores y normas de orden superior (la unidad de la Iglesia, el escándalo de los fieles, los principios evangélicos más generales, etc.). En principio, se descartaría la modificación del contenido simbólico, tenido como inmutable; pero siempre es posible aclarar los malentendidos surgidos del significado de palabras y frases, y resolver el conflicto negociando nuevas definiciones de la realidad social o religiosa, o construyendo un nuevo discurso teológico más conciliador. En estos casos es preciso salvar la autoridad moral oficial, mediante reinterpretaciones de textos bíblicos o magisteriales, de modo que la novedad parezca continuidad con la tradición.
  • En la mayoría de los conflictos reseñados, la resolución se dio sin rupturas clamorosas, y más bien con base a las componendas y la negociación, Esto fue favorecido por el código simbólico del cristianismo (el “Credo” aceptado por toda la cristiandad), con su insistencia en la unidad y la paz. Sin embargo, en los esfuerzos por mantener la unidad pudo parecer más importante el mantenimiento de los lazos comunitarios indígenas que aún son vigorosos. Cuando la comunidad entra en crisis, se repliega sobre sí misma con un sentimiento culpígeno y angustioso; vuelve sobre sus valores fundamentales –su historia, su identidad, su “ethos” cultural-, para situarse en aquel estadio liminal, denominado por Turner “communitas”. Desde esta, trata de recomponer la unidad religiosa con una nueva reestructuración, sea encontrando nuevas formas de coexistencia que coloquen la identidad étnica en otros aspectos diversos a lo religioso (como en algunos casos de resolución de conflictos con los evangélicos, sea que se procure restaurar la situación anterior (como en los caos de los lefebvrianos o los liberacionistas).
  • Otras veces la negociación de objetivos inmediatos no es suficiente, pues dejó insatisfecha a una de las partes. Suele acontecer que detrás de un conflicto pastoral subyace un conflicto de índole económico-político, la resolución negociada del aspecto religioso, si no va acompañada por una modificación de la correlación de fuerzas extrarreligiosas, vuelve reversible la confrontación y acaso, simplemente se posterga.
  • Como sea que el conflicto se haya resuelto, queda pendiente la tarea de explicarlo a la feligresía. El conflicto mismo se vuelve un texto susceptible de ser “leído” por los actores, bajo la clave de la fe. Las inevitables negociaciones o componendas –incluso en casos en que se hubiese llegado a la exclusión- tienen que ser explicadas desde la tradición dogmática o disciplinar.

[1] “bounderies”: bandos, contrabandos, banderas, bandidos, etc.

VIII. Dios en las urnas

  • La serie de conflictos para esta clase se agrupan propiamente en el sistema político, exponiendo la influencia que tuvo lo religioso en ellos. En Oaxaca, en 1989 se habrían de elegir las presidencias municipales de todos los 570 Ayuntamientos que tiene el Estado. Estas elecciones despertaron apasionadas expectativas, pues el año anterior se había tenido la elección presidencial, en la que se dio una fuerte exigencia democrática y se fortaleció la oposición, centralizada en el Frente Democrático Nacional (FDN). Las agrupaciones políticas agrupadas en este Frente estaban convencidas de que en aquellas elecciones presidenciales se había fraguado un fraude gigantesco. La inconformidad fue tal, que el Gobierno (quien organizaba las elecciones) tuvo que reconocer el triunfo de Acción Nacional en Chihuahua y escatimar el triunfo de la oposición en Michoacán, Durango, Chihuahua, Zacatecas y Campeche. Además, apenas se estaba conociendo la Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales (LFOPPE, que después se convirtió en la LOPPE), publicada por López Portillo en diciembre de 1977. El punto de referencia para los conflictos que analizaremos en esta parte, tratarán de oponerse a los inveterados fraudes electorales del PRI, partido que siempre ha conservado el poder y considerado como invencible; aunque ya presentaba signos de debilitamiento.
  1. Etapa Preelectoral: El PRI se hallaba dividido, y en las localidades eligió como delegados a la Asamblea a gente alejada de la política, provocando inconformidad entre sus bases. Para elegir candidatos a presidentes municipales, empleó los siguientes procedimientos:
    1. “Respeto a sus usos y costumbres”: Fue el procedimiento más usado (al menos en 468 municipios). El grupo de “Principales” (Consejo de Ancianos), libremente, proponen un candidato, de acuerdo al escalafón en el Sistema de Cargos, y luego, como mera formalidad, inscriben la planilla en el PRI (que no se ve como “Partido”, sino como mera instancia del Gobierno).
    1. Las convenciones sectoriales: Son designaciones directas del presidente del comité distrital del PRI. Se empleó en 14 municipios de poca conflictividad. Los aspirantes buscan algún padrino de influencia en el Partido, para facilitar su postulación.
    1. La consulta directa a las bases: Una modalidad novedosa, empleada en 29 municipios, en los que había mayor conflictividad (Juchitán, Tehuantepec, Huajuapan, Tlacolula, Tututepec, Sola de Vega, Zimatlán). Serán éstos los que tomaremos como ejemplos en el curso. En ellos, la selección se evidenció como una farsa y provocó gran descontento entre los priístas mismos.
  • Etapa electoral: La oposición, contra lo acordado, no se presentó unificada, integrando un solo frente: el PAN hizo una petición formal, en conformidad con la Comisión Estatal, de no aceptar candidaturas comunes postuladas por varios Partidos. La Izquierda había convenido presentarse unida, tal como lo hiciera en la elección del 88; sin embargo, hubo desacuerdos entre el PRD, por una parte, y el PPS, PARM y el Frente Cardenista de Renovación Nacional (PFCRN) por la otra. El PAN, por su parte, también estaba dividido, entre simpatizantes de su vieja guardia (de González Morfín) y los neopanistas (Clouthier). La oposición, dividida, tuvo presencia en 277 municipios y el PRI, en los 570.
  • Etapa poselectoral: Hubo elevado número de abstencionismo (65%), a diferencia de las elecciones del 86 (47%). Pese a todas las irregularidades, el PRD fue la segunda fuerza electoral, con 14 municipios ganados. En el recuento final, tuvo que reconocérsele el triunfo al FDN en 156 municipios (algunos lo extendían a 200). El electorado estaba muy iracundo: hubo bloqueo de carreteras, 20 palacios municipales tomados y marchas de protesta a la capital del estado, que obligaron a cierta negociación.

LA IGLESIA JERÁRQUICA

  • A nivel nacional, la política eclesiástica respecto a las elecciones había empezado a cambiar. Persistía aún cierto antigobiernismo visceral, vestigio  de la persecución religiosa, del laicismo estatal y del temor macartista al comunismo. Por otra parte, apenas se estaba elaborando la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, publicada en 1994, la cual, de haberse tenido ya entonces, se habrían evitado algunos de estos conflictos.
  • La jerarquía mostraba simpatías, o por el PAN o por el Partido Demócrata Mexicano, ambos de tendencias conservadoras. Sin embargo, el llamado “modus vivendi” (comunicaciones clandestinas entre representantes del Gobierno y de la Iglesia) y la libertad de acción que de hecho gozaba, la habían ido disminuyendo sus prevenciones respecto al Partido Oficial (PRI).
  • No sucedía así con respecto a la Izquierda: los prejuicios que se extendían incluso hacia la izquierda cristiana, dejando bajo sospecha a la Teología de la Liberación. Esta teología había aminorado las prevenciones de muchos comunistas que no permitían a cristianos en sus Partidos, y algunos cristianos fueron aceptados dentro del Partido Socialista Unificado de México. Estos cristianos, para las elecciones del 82 habían publicado un tríptico de gran difusión “Cristianos, a votar por el PSUM”. La respuesta del Cardenal Corripio Ahumada no se hizo esperar: publicó una Carta Pastoral prohibiendo a los católicos votar por el PSUM, esgrimiendo argumentos del pasado, ya entonces fuera de lugar. Respondiendo al Cardenal primado, los ocho obispos de la Región Pastoral Pacífico Sur (incluyendo Oaxaca) escribieron su Carta Pastoral “Vivir cristianamente el compromiso político”, fechada el 19 de marzo de 82. El ella, alentaban a votar libremente por el Partido que a su juicio fuese el mejor, aconsejando sólo tomar en cuenta la “opción por los pobres”. La Carta tuvo impacto a nivel nacional. En ella, analizaban algunas injusticias de la región y alertaban contra las acusaciones de “comunistas” o “vendepatrias”, lanzadas a cristianos comprometidos con las causas populares. Los sacerdotes y obispos, “por ser ministros de la unidad”, no pueden –ni civil, ni canónicamente- participar en política partidista, para tener mayor libertad de evangelizar y evitar abusos de su autoridad moral; pero sí pueden hacer política en sentido amplio, haciendo conciencia desde el evangelio.
  • Para las elecciones del 88, las cosas habían ido cambiando. El Delegado Apostólico, Girolamo Priggione, insistía en modificar el estatuto jurídico de la Iglesia. Algunos sacerdotes inclinaban a su feligresía hacia el PAN. El Gobierno había enmendado el art. 343 de la Ley Federal Electoral, prohibiendo al clero -incluso bajo amenaza de grandes sanciones económicas, y hasta penales-, expresar en público o en privado sus preferencias políticas. En lo intraeclesial, las tesis de los Obispos de la Región Pastoral Pacífico Sur se habían convertido dentro del episcopado, en sentir general. Fuera del país, el Papa Juan Pablo II desautorizaba a ocho sacerdotes revolucionarios de Nicaragua a ocupar puestos políticos. La reforma al derecho canónico (can 287 parr. 2) iba también en la misma línea del Gobierno: impedir al clero inmiscuirse en algún Partido político, y esto quedó confirmado en la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano tenida en Puebla en 1979. Se fue formando una normatividad eclesial al respecto: la Iglesia se reservaba su derecho de orientar a su feligresía sobre política (tomada en sentido amplio), pues era parte de la evangelización; los cristianos laicos podían comprometerse políticamente con cualquier Partido (excepto los partidos extremistas). Los ministros de culto no podrían vetar a ningún Partido político concreto; aunque, como ciudadanos, ya podrían dar su voto por el Partido de sus  preferencias (antes lo tenían prohibido). Con esta normativa, no extrañó la exhortación apostólica de Don Bartolomé Carrasco, escrita en 1989. Este documento partía de las elecciones de 1988, en la que reconocía grande avance en la conciencia cívica; pero lamentaba las irregularidades y fraudes que aún se cometieron; insistía en el deber cívico de votar y condenaba el fraude electoral. También reconocía la importancia que tienen las autoridades municipales en el medio indígena y exhortaba a los triunfadores a “servir a la comunidad y no a servirse de ella”; apoyaba el derecho que tienen las comunidades indígenas de elegir a las autoridades de acuerdo a sus costumbres; pero se opone a algunas prácticas viciadas. No manifestaba preferencia por algún Partido, con tal de que se respetase debidamente la dignidad del ser humano, y exhortaba a las comunidades a no dividirse a causa de los partidos. Apoyando esta exhortación, cada sacerdote la aplicó a su realidad. Sin embargo, los sacerdotes, en cuanto ciudadanos, no pueden dejar de tener en su fuero interno sus propias preferencias políticas. Los conflictos que en seguida reseñaremos muestran lo difícil que es mantener una supuesta neutralidad en una situación civil y religiosamente delicada.

MUNICIPIOS EN CONFLICTO

Juchitán: una efímera primavera

  • Juchitán es conocido por su actitud combativa y rebelde. Durante el tiempo colonial gestó, por lo menos, dos rebeliones hacia una restauración de tipo milenarista, y en el siglo XIX fueron frecuentes las confrontaciones entre los istmeños y el gobierno estatal. La formación de una élite local tuvo dos efectos: por un lado, hizo innecesarios los controles federales, cuyos aparatos no estuvieron presentes en la región. Por otro lado, esta élite reforzó los valores culturales regionales, tales como el uso de la lengua zapoteca y sus conocidas fiestas. Este orgullo étnico había fungido como resistencia a proyectos desarrollistas modernizadores, tales como la construcción de la presa Benito Juárez, la carretera Panamericana y la Transístmica, así como la formación de la macrounidad petrolera, con el consiguiente marginalismo de Salina Cruz.
  • Estas obras provocaron efectos sociales negativos: despojo de tierras a campesinos, paso del régimen comunal de la tierra al régimen privado, gran flujo migratorio hacia Salina Cruz, crecimiento urbano y carencia de servicios públicos. Había, pues, un clima de descontento, lo cual pudo ser canalizado por un grupo de profesionistas que habían participado en el movimiento estudiantil del 68, y se constituyeron como oposición, que desde entonces participó en planilla independiente, como la Coalición Obrero, Campesina, Estudiantil del Istmo (COCEI), que fue ganando aceptación.
  • En 1971 fue nombrado obispo de la diócesis de Tehuantepec Don Arturo Lona Reyes, de religiosidad liberacionista y de carácter espontáneo e informal. (foto) Notando que el pueblo se encontraba lejos de la Iglesia, empezó a realizar ciertas transformaciones. La élite dominante, que hasta entonces gozaba de la atención privilegiada de la Iglesia, sintió perder espacios en favor de los nuevos sujetos: los indígenas. Convencido que el mayor obstáculo para la evangelización de la zona era la injusticia social, el obispo vio como prioritario, la formación de la conciencia social y la renovación de las estructuras eclesiales. El medio preferido eran las Comunidades Eclesiales de Base, así como la capacitación de agentes laicos de pastoral con sensibilidad para estos problemas. Poco a poco fueron surgiendo organizaciones autónomas de campesinos, como la Unión de Campesinos Indígenas de la Región del Istmo (UCIRI), para mejorar el precio del café (exportando a Holanda, por medio de un religioso de aquel país).
  • Debido a las claras coincidencias entre la COCEI y la pastoral diocesana, no extrañan las coincidencias, contactos y colaboraciones, y ambas organizaciones llevaban procesos paralelos, en aquel ambiente de polarización creciente: la COCEI, fomentando la identidad y el orgullo étnico, y los cristianos, organizando comunidades y cooperativas de resistencia económica. Los cristianos descubrieron su potencial político, y para evitar el “partido católico”, lo canalizaron a través de la COCEI como mediación para concretizar su fe.
  • Las elecciones de 1980 fueron decisivas, pues la COCEI, aliada con el PSUM obtuvo el 41% de los votos, si bien el triunfo se adjudicó al PRI, supuestamente con el 44%. La COCEI, en protesta, tomó el palacio municipal, con el apoyo de intelectuales y de la izquierda nacional. El PRI se encontraba dividido, pues se acababa de elegir gobernador, y este tenía que fortalecerse entre los grupos de presión que exigían puestos en el Gobierno. Todo esto favoreció a que se anulasen las elecciones, lo que despertó gran euforia entre los coceistas  y unificó al pueblo en torno suyo. No fue extraño que en las siguientes elecciones se reconociera el triunfo del ayuntamiento popular. La COCEI en el gobierno, tuvo que enfrentar muchas presiones (como la restricción del presupuesto); pero también, como gobierno estatal, el PSUM tuvo fracasos en la economía. Los priístas locales se inconformaron con sus autoridades por haber reconocido a la COCEI, y se agruparon en el Comité de Lucha por la Defensa del Pueblo Juchiteco, en frente del cual estaba el radical Teodoro “El Rojo” Altamirano, con quien el PRI mantenía cierta distancia, debido a su pésima fama.
  • Buscando un chivo expiatorio, “El Rojo” Altamirano se ensañó contra el obispo Lona Reyes. Tuvo a su disposición la prensa y la radio locales, en una verdadera campaña de difamación, acusándolo de ser “líder coceísta”, “guerrillero” y hasta “narcotraficante”. El 14 de septiembre de 1983, al frente de 40 priístas y sectores religiosos ultraconservadores, se introdujo en la casa episcopal y dentro, disparó varias veces su arma. Estos ataques fueron secundados por otros enemigos de la COCEI: un grupo d maestros serranos también intento intimidarlo, y se habla de que sufrió un atentado. La represión se extendió a otros agentes de pastoral. El detonante fue la expulsión  de los jesuitas de la parroquia de Ixhuatán, por parte de los caciques, acusándolos de intervenir en política. Incluso sectores del mismo clero se sumaban a la inconformidad, quejándose de que la nueva pastoral “no respetaba las costumbres antiguas” (la línea eclesial entonces oficial iba contra la mercantilización de la religiosidad popular, con la que medraban). El Delegado Apostólico Girolamo Priggione realizó a la diócesis una visita apostólica, de las que suelen hacerse en casos de sospechas de graves irregularidades.
  • Por otra parte, las hostilidades contra la COCEI arreciaban: se anunció que se haría una auditoría como condicionante al envío del presupuesto, y una provocación (en la que murió un priísta) fueron pretextos para el desconocimiento del Ayuntamiento coceísta en diciembre de 1983, sin darle tiempo al presidente municipal para defenderse. También este conflicto fue aprendizaje para el PRI. Apena se nombró el Ayuntamiento interino llegó el presupuesto y dicho partido intensifico su labor propagandística dispuesto a no volver a perder ninguna otra  elección.
  • En 1988 los ataques contra el obispo Lona Reyes se intensificaron y se difundieron hasta por una radiodifusora de los Ángeles. En protesta, el clero suspendió la Semana Santa… Pero de pronto, extrañamente, cesaron estos ataques!!! el Rojo Altamirano había sido expulsado del PRI –partido que desde hacía tiempo quería desembarazarse de un personaje tan conflictivo-, y el cacique se pasó al PARM. Curiosamente, el PARM pertenecía al Frente Democrático Nacional, que apoyaba a Cuauhtémoc Cárdenas, por lo que la COCEI votó junto al cacique, su encarnizado enemigo. En 1989, nuevamente, el PRD se alió a la COCEI para proponer a Héctor Suárez, líder fundador de la Coalición. Entretanto, el PRI se dividió en luchas internas. El día de las elecciones hubo algunos zafarranchos en Juchitán, y en Xadani, los soldados se apoderaron de dos urnas y de la documentación electoral. Al término de la jornada electoral, los coceístas, espontáneamente, se concentraron en el atrio parroquial, echando porras a San Vicente Ferrer (santo patrono de aquel pueblo), por haberles ayudado en la victoria. Según la información que se tenía, la COCEI triunfó por 1,653 votos; sin embargo, el Comité Municipal Electoral acordó la anulación de las elecciones “por haber notado irregularidades en 11 de las 22 casillas”. La indignación sobrepasaba los límites, por lo que la Comisión Estatal Electoral misma reconoció la victoria de la Coalición.

Huajuapan: un bastión conservador

  • Huajuapan se encuentra en el polo opuesto del espectro político. Se le considera como bastión panista; ha sido visitado por todos los candidatos de ese Partido a la Presidencia de la República. Eclesiásticamente, se trata como una diócesis bien integrada, sede de la ciudad levítica del Estado, con un centenar de sacerdotes que atienden 65 parroquias, y todas las localidades, aún las más pequeñas, tienen su templo, es heredera de una tradición cristera. Todos los vecinos son católicos practicantes. Con un cristianismo combativo, y la Acción Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) es poderosa. Ese espíritu es compartido por la clase política misma: todos los militantes, del PRI o del PAN, son católicos practicantes, afiliados al Movimiento Familiar Cristiano. Hay priístas que son ministros extraordinarios de la Eucaristía, con escándalo para los opositores, que los tachan de complicidad con los fraudes electorales. Los priístas, por su parte, divulgan que el cuñado del candidato panista es rector del seminario.
  • El PAN afirma que su ideario está tomado de las encíclicas papales y se presenta como heredero del Partido Católico Nacional. En 1962 un movimiento integrado por antiguos cristeros se había rebelado contra el Gobierno, y como reacción, fue objeto de una represión tan violenta, que el Partido tardó veinte años en recuperarse.
  • En 1980, el PRI impuso un candidato poco popular, que ni siquiera era de la localidad, lo que provocó que para 1983, la ciudadanía se inclinara mayoritariamente por el PAN. En 1986 el PRI fue considerado vencedor (por los votos de las cuadrillas y agencias). Sin embargo, la corrupción de ese Partido salió a la luz con motivo del terremoto, pues se descubrió a funcionarios quedándose con las despensas y las ayudas. En 1989, el PRI se presentó dividido. La dirigencia había anunciado que se consultaría a las bases; pero terminó imponiendo un candidato poco popular, de modo que muchos priístas se abstuvieron de votar. El triunfo de los panistas parecía inobjetable; aunque no había voluntad política para reconocerlo.
  • Las simpatías del clero por el PAN no dejaron de traslucirse. Es cierto que la mayoría (salvo algunos curas exaltados, descaradamente panistas) se conformó con  exponer algunas tesis sobre “política general”, no partidista; pero que, curiosamente, coincidían con el discurso panista (el “bien común”, “la probidad moral”, “la dignidad de la persona humana”, “la obligación de ir a votar y no ser apáticos”, el imperativo de “no dejarse sobornar”, etc.). El obispado organizó una conferencia en un salón de sesiones de una asociación religiosa, a la que invitó a los cuatro candidatos para que expusieran sus planteamientos, a la que sólo asistieron el del PAN y el del PRD.
  • En la jornada electoral, cuando las tendencias confirmaban el triunfo del PAN, llegaron rumores de fraude: horas antes habían llegado 40,000 boletas adicionales a Huajuapan y a Solacayoapan. Un grupo de priístas y funcionarios de Banrural se robaron las urnas de la casilla de Magdalena, Tetlaltepec , lo que inclinó la balanza en favor del PRI. El Comité Municipal Electoral se apresuró a dar el triunfo al PRI, lo que enfureció a los electores. Al día siguiente, el candidato del PAN, el Dr. Luis Guevara Camacho, comenzó un ayuno de inconformidad, que habría de durar 19 días. Uno de los primeros que visitaron al candidato en su ayuno, fue el obispo, D José de Jesús Aguilera Rodríguez, quien sirvió de catalizador del descontento. Se abrió una lista de firmas de apoyo (con domicilio incluido), que a los pocos días llegaban a 6,000. El apoyo fue de todos los sectores, incluyendo militantes del PRD y del PPS, y siempre hubo curas acompañándolo.

San Pablo Huixtepec: la sacristía priísta

  • Perteneciente al politizado distrito de Zimatlán, en los Valles Centrales, San Pablo Huiztepec se había caracterizado por su apasionamiento político. Nueve años atrás, el pueblo elegía a sus autoridades de acuerdo con sus “usos y costumbres” (se elegían a personas que garantizaban buena gestión en una elección informal, y luego la registraban como planilla del PRI, como mero trámite); pero en una elección anterior, sorpresivamente, otro grupo con influencia en la capital del Estado, ya se les había adelantado. El pueblo disgustado, votó por el PAN. Este partido, sin embargo, no supo retener el poder, de modo que al período siguiente, el poder regresó al PRI,  el cual designó a un cuñado del gobernador, bastante inepto. Por tal razón, en 1986 el gobierno nuevamente recayó en el PAN, de modo que ambos partidos se estuvieron alternando en el poder.
  •    El PAN se había introducido en el pueblo por medio de un sacerdote dinámico, el P. Arguedo, fundador de cajas populares y de círculos bíblicos. Por esta razón, el PAN se consideraba como el partido de la Iglesia y a él pertenecía la mayor parte de los agentes de pastoral, tanto la tradicional Acción Católica, como los nuevos cuadros formados en la religiosidad liberacionista de la arquidiócesis, como los grupos juveniles “Amor, Paz y Esperanza” y “Monseñor Romero”, hijos de antiguos panistas y que estudiaban e la ciudad de Oaxaca, y que ahora estaban más politizados que sus padres. También pertenecían a ese partido maestros democráticos y un grupo feminista. En realidad, más que por afinidad panista, estaban allí para oponerse al PRI, pues los pueblos de la región no les importan tanto los idearios partidistas, son que más bien utilizan el membrete que les presta algún Partido.
  •   El párroco era oriundo del pueblo, hijo de un connotado expresidente del PRI, y no ocultaba sus preferencias por este partido. Como hacían astutamente los curas de los casos precedentes, cuidaba su discurso, sin salirse de la normatividad oficial, es decir, se basaba en la exhortación pastoral del arzobispo, quedándose en el nivel de “política general, no partidista”; sin embargo, los temas que seleccionaba de aquella eran distintos a los de otros casos: afirmaba que la Iglesia no tiene partido y no apoya a ninguno, y que no era cierto que el PAN fuera tan cristiano como pregonaba. Alegaba que la Iglesia estaba abierta a todos y que, por tanto, los priístas también tenían derecho a participar en la comunidad eclesial. Pasando a los hechos –con no  poco escándalo de sus antiguos colaboradores- en su organización parroquial, el P Arguedo abrió espacios para nuevos cuadros de filiación priísta: nombró como coordinadora de pastoral a una mujer, nominada como regidora de educación en la planilla del PRI. Ahora el PRI presentó como candidato a un católico que pertenecía a los Cursillos de Cristiandad, en los mítines de campaña, citaba frases bíblicas y se podía ver al cura en cualquiera de sus eventos. Curiosamente, el presidente del PRI era pastor protestante, en su prédica hablaba de la contradicción entre fe y política; pero decidió aceptar el cargo que le facilitaba su labor proselitista. Esta vez, el PRI obtuvo el triunfo, pero el cura fue objeto de resentimiento de sus colaboradores, quienes se sintieron desplazados y no le perdonaron su conducta, ventilando en volantes su mala administración económica y aspectos de su vida privada, por lo que ante presiones, tuvo que ser removido de su cargo.

ESTRUCTURA DEL CONFLICTO

Tratemos ahora de comprender los conflictos de este último apartado en los que se imbrican el sistema político y el religioso.

  1. Desde lo sincrónico.[1]
  2. En el “nudo axial” (el “acme” o punto más alto de la parábola), dentro de las etapas del conflicto (“Parábola”), no fue donde se dieron las mayores tensiones: De las tres etapas –preelectoral, electoral y postelectoral- el momento de las elecciones (el punto culmen) se llevó a cabo en un clima relativamente tranquilo (salvo algún robo de urnas); las tensiones afloraron en el momento de “crisis”, es decir, una etapa donde se evidencian las inconformidades y se rompen los pactos. Las etapas preelectoral (donde se construyeron los discursos) y postelectoral a las elecciones (fuertes protestas ante los fraudes), fueron muy importantes; pero no resultaron tan confrontativas.
  3. La “acción reparadora”, en aras de encontrar una salida, en algunos casos fue rectificar el recuento de boletas o declarar la nulidad de la elección.
  4. La “reintregración” era necesaria, pues el pueblo requería recomponer su unidad colectiva para volver a la normalidad. Hacía falta una suerte de negociación, reintegrando, de alguna forma, a la parte perdedora u optando por la solución coercitiva, que acumularía y aplazaría tensiones para más tarde (lo cual se traducirá en pérdida de hegemonía del declarado vencedor de la contienda). En esta etapa, la legitimación religiosa importa menos, pues en los conflictos políticos, el antagonismo “amigo/enemigo” es tan evidente y radical, que cualquier otra oposición de naturaleza no-política –religioso, económico o cultural-, pasa necesariamente a segundo plano (Birnbaum 1992: 257).
  • Desde lo “Diacrónico”, dos partidos políticos opuestos por contradictoriedad, se disputan como objetivo la victoria electoral, y en este caso, cada partido tiene como aliado a algunos sacerdotes, que entre sí guardan una oposición de simple contrariedad.[2]
  • En los niveles de cambio social, de las cuatro posibilidades expuestas en el esquema de Melucci, los conflictos de esta clase se encuentran en las dos posibilidades superiores (es decir, sí fueron “conflictos”) y se centran en el segundo círculo concéntrico (el “sistema político”), tendiente a romper los “límites de compatibilidad” (movimientos políticos). Se trata, pues, de “movimientos sociales”; pero a la vez, puede haber repercusiones en el círculo interior, el de la institución eclesiástica: las divergencias entre sacerdotes, los cuales no pretenden de ninguna forma “romper los límites de tolerancia institucional”, por lo que se trata de oposición de contrariedad. El caso de Tehuantepec, donde se dio un rompimiento entre la institución política y la religiosa, el nivel sería el de “modo de producción”, entre el statu quo capitalista y alguna forma de socialismo, lo que produjo un “movimiento antagonista”.[3]
  1. En cuanto al número de actores, todos estos conflictos son diádicos y no aparece un tercer actor, pues la Comisión Electoral Municipal, o la Comisión Electoral Estatal, fungieron como juez y parte.
  2. La estrategia empleada en todos los conflictos reseñados, trató de obtener el poder de legitimación del sistema religioso: los Partidos políticos, tratando de negociar o presionar al clero; pero los sacerdotes -dado el corset de la legalidad civil y religiosa-, tuvieron que utilizar la astucia para aprovechar la autoridad clerical sin desobedecer dicha normativa, mediante la “reinterpretación”.

CONTEXTO SOCIOCULTURAL: LA “MODERNIZACIÓN” DE LA POLÍTICA

              El “respeto a las formas tradicionales de elección”

  • Una de las pautas culturales con la que los indígenas mantienen su identidad étnica es su forma de elegir a sus autoridades: el “sistema de cargos”, síntesis de reminiscencias coloniales y antiguas formas autóctonas, o bien, el “Consejo de Ancianos”. Centrados en su localismo y con poca conciencia nacional, en el tiempo reseñado habían estado aún al margen de la democracia parlamentaria partidista que rige al resto del país. Según este sistema, todos los varones deben prestar a la comunidad ciertos servicios anuales no remunerados, para hacerse acreedores a aspirar a los beneficios comunitarios (tierras comunales) y a los cargos más altos (presidente municipal, síndico, regidor)- Cargo por cargo, van ascendiendo el escalafón, hasta llegar al “Consejo de Ancianos”, quien designa a los puestos superiores. Al no ser remunerados, estos cargos resultaban poco atractivos (se perdían sus trabajos agrícolas), sobre todo cuando se elevó la presidencia municipal de uno a tres años, por lo que a veces se les designaban bajo coacción. Al Gobierno central (durante el “priato”) no le preocupaba este esquema, ya que el pueblo registraba los elegidos como planilla del PRI, como un trámite meramente formal, pues el PRI no era visto como Partido, sino como un apéndice del Gobierno (incluso la Asamblea elige rotativamente al representante del Partido), y de esta forma medraba con este Sistema. Los pobladores no confían en los partidos de oposición, sobre los que piensan que “dividen al pueblo”, y si vencieran, el pueblo tendría problemas con el presupuesto.
  • Con los años, este sistema se fue degradando: algunos vecinos que fueron a la Ciudad de Oaxaca a estudiar o trabajar, se hicieron sus contactos y logran algún “padrino” en el Partido, para que desde lo estatal los apoye, a cambio de apoyos, saltándose así a los Principales. Esto reforzó a grupos caciquiles con influencia en el exterior, que se van rotando el poder. Lo que como expropiación al pueblo.
  • Pero también la cultura política del medio indígena se ha ido transformando y aumentando su nivel de conciencia. Poco a poco se han ido formando organizaciones opositoras locales como alternativas al poder de los caciques. Al principio, la planilla opositora prefiere ser reconocida por el PRI. Si lo logra, será una auténtica victoria popular; aunque esto no sea visible por los analistas políticos. Si no logran el reconocimiento del Partido Oficial, recurrirán a cualquier oposición para que les preste incondicionalmente su registro, sin atender a su orientación ideológica.
  • Esta nueva realidad ha obligado al partido oficial a implementar otras formas para elegir a sus candidatos, tales como las “convenciones sectoriales”, en las grandes ciudades en donde los conflictos son escasos, las cuales no son sino designaciones directas del comité electoral del PRI. La otra forma son las “consulta directa a las bases”, empleada en los municipios más conflictivos, que también resultó una farsa.

HISTORIA DE LA LEGITIMACIÓN RELIGIOSA

  • La legitimidad que lo religioso da a lo político no es novedad: la autoridad monárquica estaba sacralizada y se creía que el rey podía curar ciertas enfermedades (Goff, 1986; 52-64). Kantarowitz (1985) estudia las ideas teológicas que sustentaban ese poder sobrehumano de los monarcas, atribuyéndoles un doble cuerpo: en cuanto humanos, eran falibles y limitados, pero en cuanto reyes, no podían fallar. Durante el Estado confesional (alianza “Trono-Altar”), el Papa coronaba al emperador –y el arzobispo, al rey-, y si no se sometía al “corpus dogmátgico” eclesiástico, el Papa lo podía excomulgar, liberando al pueblo de su deber de obedecer a la autoridad (recordemos a Enrique IV. Rey de Francia, que se había convertido al galicanismo, y ante la amenaza del Papa, se le oyó musitar: “Paris bien vale una misa”). Este modelo persistió hasta que Napoleón, en su coronación, le arrebató al Papa la corona y el mismo se coronó, en nombre del pueblo. Aún durante el Estado liberal, cuando supuestamente la Iglesia se mantenía al margen del poder temporal, mantuvo, camuflado, cierta cuota de poder.
  • En México, según el Patronato Real, a la Iglesia se le encomendaron muchas tareas que propiamente no le correspondían (control demográfico, educación, salud, asistencia social… y hasta poder represivo, con la Inquisición). Después de la Independencia, las fuerzas más identificadas con el viejo régimen (en Consulado de Comerciantes de Veracruz, el ejército pretoriano, los peninsulares, etc.), se fueron aglutinando en torno a la institución más estable, la Iglesia católica, y formaron el Partido Conservador. La Iglesia conservó gran poder económico, sobretodo en tierras “de manos muertas” (no dedicadas a la industria agropecuaria, sino en renta), que según estudios, podían ir, desde 1/3 (Jan Bazan), hasta ¾ (Mariano Otero) de la tierra total del país, lo que motivó la Guerra de Reforma y la expropiación de dichas tierras.
  • En nuestros días, la Iglesia ha perdido ya su poder económico y va perdiendo su poder político, sin embargo, no hay que olvidar aquella modalidad de poder, estudiada por Bachrach y Baratz, en la que bajo la modalidad de neutralidad y no-decisión, frustra demandas de cambio antes de ser formuladas, lo que equivale a apoyo al Sistema (Lukes, 1985: 14-15). No sólo los conflictos sociopolíticos tienen repercusiones en el campo religioso, sino que las contradicciones al interior de dicho campo religioso tienen repercusiones en el campo político.

CLARIFICACIONES PARA LOS CONFLICTOS ESTUDIADOS

  1. Es en condiciones de convulsión política –cuando hay  la mayor incandescencia en el ambiente-, cuando en las sociedades tradicionales irrumpe la dimensión religiosa, para la movilización social. Pero también es cierto lo contrario, “todo antagonismo religioso (como también moral, étnico, económico, etc.) se transforma en antagonismo político, cuando es suficientemente fuerte para provocar un reagrupamiento bipolar de “amigos / enemigos” (Schmidt, 1963: 67).
  2. Recordemos las elecciones de 1986 en Tututepec: el PRI, recurriendo a la supuesta “consulta a las bases”, postuló una candidata impopular. La mayoría indígena había registrado en el PSUM una planilla independiente, y aunque el triunfo se lo adjudicó el PRI, obligó a su candidata a renunciar, y como “acción reparadora” para la “reintegración” del pueblo, se instaló un ayuntamiento compartido. Los indígenas recurrieron a sus símbolos religiosos -la imagen de “Tata Chu” y las “imágenes de paja”- y se reservaron las mayordomías. Como entonces el grupo mestizo priísta se quedó sin legitimación religiosa, apoyaron la supuesta aparición de la vidente y su imagen de yeso, para recuperar algo de tal tipo de legitimación.
  3. En aquellas sociedades sacralizadas y relativamente homogéneas (el medio indígena oaxaqueño), la religión proporciona el “universo simbólico” compartido por todos, de modo que esa cosmovisión común es la que posibilita el acceso a la realidad (Berger y Luckmann, 1968: 120-135). Pero si la sociedad es disimétrica, dicho universo simbólico compartido aporta un sistema de justificaciones del existir precisamente ocupando una posición social determinada. Entonces los intereses religiosos se acomodan a intereses temporales de los destinatarios privilegiados de determinada “religiosidad”: para las clases privilegiadas, legitimación del orden establecido, y para los desfavorecidos, demandas de compensación (Bordieu, 1971b: 10). El “universo simbólico” señala, pues, inclusiones, y marca los límites de lo posible y lo imposible; de lo pensable y lo impensable; de lo prohibido y lo permitido. Aunque, por otra parte, en situaciones límite, los movimientos sociales no pueden expresarse si de alguna manera no se usan categorías teológicas.
  4. En casos, como en Oaxaca, el PRI elegía a su candidato “en respeto a los usos y costumbres” del pueblo (el Consejo de Ancianos lo elige en asamblea y luego, como mero trámite, registran la planilla en el PRI), y el asignado ganaba sin conflictos. Aparentemente la religión estaba ausente en el proceso: pero sabemos que la principal función sociológica de la religión es la legitimación de las estructuras sociales imperantes, las cuales se sostienen gracias al encubrimiento realizado por los símbolos sagrados. De este modo, dichas estructuras se ven como queridas por los dioses; como formando parte de la naturaleza misma de las cosas, y por tanto, como revestida de un aura de incuestionabilidad del sentido común. La religión, de esta forma, cumple la función política de absolutizar lo relativo y legitimar lo arbitrario. Por eso, en situaciones de tranquilidad social se fortalece la religiosidad tradicional, que no requiere de explicitación y toca temas inocuos, ajenos a las concreciones de la realidad social. Es en esta forma aparente de no injerencia donde radica la mayor fuerza de lo religioso: el poder mejor constituido es el que no es cuestionado y que se acepta como lo “ya dado”. La religión reproduce en forma transfigurada, irreconocible, la estructura de las relaciones sociales en vigor en aquella sociedad. Reconoce así en límites de derecho (santificante) las barreras económico-políticas. Al presentar míticamente espacios jerarquizados y privilegiados, legitima lógicamente, la existencia de un orden jerarquizado donde existen privilegios. (Bourdieu: 1971ª: 310).
  5. Pero como se vio en el Istmo de Tehuantepec, no será extraño que, en un medio tan religioso como el indígena oaxaqueño, la subversión del sistema político imperante se dé juntamente con alguna transformación en el orden simbólico. Las fronteras tan perfectamente “naturales” como las de orden político –consolidado con la fuerza que tenía entonces el PRI-, sólo pueden ser transgredidas o abolidas  con una revolución simbólica, correlativa a una transformación política. Lo religioso contribuye a la producción de una nueva identidad opositora –la reapropiación del sentido-. Al descubrir la propia capacidad de producir su acción como ciudadanos: la posibilidad de elegir a sus propias autoridades, negada con formas de control que se habían hecho pasar como algo natural e inevitable. De este modo pareciera que la lucha política, en estas situaciones, no puede darse sin asumir las formas de una guerra de religión. Las categorías teológicas serán las más apropiadas para conducir la lucha, tras la apariencia de un conflicto religioso (negar la aparición de una Virgen en Tututepec, como modo de oposición al PRI).
  • Las diversas actitudes de todos los párrocos, durante las elecciones de 1989, se inspiraron, todas ellas, en el mismo discurso: la exhortación apostólica de D Bartolomé Carrasco para las elecciones oaxaqueñas de 1989 -glosa del  documento de la CELAM III y del Código de Derecho de la Iglesia (can 287)-. Las limitaciones jurídicas, tanto civiles como eclesiásticas, que penalizan fuertemente a los sacerdotes que las quebranten, tanto más vigiladas en estas elecciones con ambiente tan calentado, obligó a los sacerdotes a mantenerse en lo que se les concede como pertinente: “la política en general, no partidista”. Todos los curas así lo hicieron; pero es imposible que los sacerdotes, siendo hombres mejor informados que muchos de sus feligreses, no tengan sus preferencias políticas propias. La diferencia entre los tres casos presentados (COCEI, PAN, PRI), fue cuestión de énfasis, fijándose más en algunas frases del documento que en otras. Así, hablaron, p.ej., en la “opción por los pobres”, la “doctrina social cristiana” o que “la Iglesia no tiene un partido propio”.
  • A este propósito, viene bien citar a J.B. Thompson (1991: 146-154), a propósito de la contextualización social de las formas simbólicas. El autor observa que estas formas son intercambiadas por individuos localizados en contextos sociohistóricos específicos. Si las características del contexto social condicionan la forma de producción de las formas simbólicas, hacen otro tanto los condicionamientos en que dicha forma es recibida y entendida. Dichos contextos variarán, sea por el marco espacio temporal específico del destinador y el de los destinatarios, sea por la posición estructural (sincrónica) o de la trayectoria (diacrónica) al interior del campo  de interacción de los individuos (en el sentido de Bourdieu), sea por la modalidad propia de la institución social de referencia (en este caso, la Iglesia Católica). El arzobispo, por ejemplo, conoce la situación social del Estado y se haya condicionado por su posición jerárquica.  Pero en determinada parroquia, las fuerzas opositoras se estructuran de forma diferente de lo contemplado y presionan al sacerdote de diversas maneras. Al recibir e intercambiar las formas simbólicas, los individuos se involucran en procesos de constitución y reconstitución de significados, que reproducen el campo de luchas sociales.
  • Contra las teorías funcionalistas, para las cuales la religión cumple siempre funciones integrativas o de cohesión social, y contra el marxismo, para el que la religión se reduce a ser mero reflejo de las contradicciones infraestructurales, fungiendo como “opio del pueblo”, los ejemplos narrados muestran cómo la religión puede cumplir funciones diversas. Si bien en muchos casos refuerza el sistema imperante ocultando la dominación, en otros casos ha sido medio de toma de conciencia para movimientos subversivos al orden vigente. Hay que advertir, empero, que mientras que el mantenimiento del orden simbólico contribuye directamente al mantenimiento del orden político, la subversión del orden simbólico no puede darse si no está acompañado de una subversión política de dicho orden.

        A veces, cuando la conflictividad social aflora, los grupos dominantes procuran apropiarse –al menos indirectamente- del aparato religioso, y entonces tratan de que las Iglesias produzcan discursos explícitos que deslegitimen a los oponentes. Una forma es presentar a los oponentes como herejes, y su transgresión, como una rebeldía contra el orden querido por los dioses. En todo caso, procurarán evitar que los opositores produzcan discursos religiosos que los legitimen, arguyendo que los agentes religiosos vinculados a ellos se salieron de sus funciones y del terreno que les corresponde –de apoyo al sistema-, para invadir el campo político que no les corresponde. De ahí las acusaciones de “guerrillero” que el “Rojo” Altamirano indilgó al obispo Lona Reyes, o la prédica del cura priísta que niega que el PAN sea partido de la Iglesia. Siendo lo religioso espacio privilegiado de lo simbólico, se nota gran interés en utilizar el discurso no-verbal de los símbolos (el cáliz, la flor, la campana, las bendiciones de obras públicas, etc.).

  • Si la Iglesia contribuye a la conservación del orden público, esto no quiere decir que no haya tensione entre ambas instituciones. Nuestra historia patria es un claro ejemplo de esto: la relación entre Iglesia y Estado  -o más bien entre Jerarquía y Gobierno- ha pasado por situaciones muy conflictivas: desde el momento mismo de la consumación de la Independencia, cuando el país independiente de la Corona española quedó sin gobernanza. Entonces, los sectores más identificados con el viejo régimen (el consulado de comerciantes de Veracruz, el ejército pretoriano, la aristocracia criolla, etc.) se fueron plegando en torno a la institución más sólida y estable: la Iglesia Católica, formando el frente conservador clerical-terrateniente. Frente a dicho bloque, el débil sector liberal se propuso degradar aquel bloque, como una tarea para implementar el Estado liberal laico, y logró dividirlo y debilitarlo. La Iglesia sufrió los embates del Estado liberal, en el momento en que pudo identificar cuál era su contradicción principal: las tierras “de manos muertas”, monopolizadas por la Iglesia. Al disminuir su poder económico y político –e incluso, su acción propiamente religiosa-, esta tendencia se incrementó en los tiempos prerrevolucionarios, el Porfiriato, cuando tuvo cierta recuperación. La facción anarquista del grupo de Sonora persiguió no solamente a la Iglesia, sino a la religión misma (la persecución religiosa). La Iglesia, empero, seguía conservando su ascendiente entre el pueblo (movimiento cristero), por lo que la clase gobernante vio que era preferible evitar confrontaciones ideológicas estériles, prefiriendo pequeñas negociaciones clandestinas (el llamado “modus vivendi”, según el cual, sendos representante del Gobierno y de la Iglesia se reunían en algún lugar muy discreto (v.gr., un restaurante campestre de La Marquesa). En cambio, cuando el Estado mexicano se consolidó, la legitimación de la Iglesia declinó, pues su legitimación ya no fue necesaria.

     Sin embargo, la autoridad del Partido hegemónico PRI comenzó a menguar, cuando ya no pudo satisfacer las demandas consumistas de las clases medias, teniendo su momento álgido con el movimiento estudiantil del 68. Al mismo tiempo, la creciente aceptación dela Teología de la Liberación devolvió la confianza en la Iglesia de los sectores progresistas. El Gobierno vio que tenía que modificarse la Constitución en sus artículos anticlericales, pues ya eran imposibles de aplicar y devaluaban la obligatoriedad de todos los demás artículos, de donde la propuesta del presidente Carlos Salinas de estudiar una regulación moderna de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, en la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público (LARCP) del 15 de julio de 1994.

      En Oaxaca, la religiosidad liberacionista de los obispos Bartolomé Carrasco, Arturo Lona y las prelaturas, mazateca (josefinos) y mixe (salesianos) brindaron ocasión para que lo religioso siguiese siendo un elemento catártico para que se expresara el descontento público. Esta teología hace que los indígenas sean más concientes de su dignidad como personas, de la posibilidad de transformación que tiene el orden existente y de la aspiración de otro orden basado en la justicia y el amor, alentando la obligación del compromiso político.

  • La influencia de lo religioso en la política
  • En la etapa final del arzobispado de Carrasco (tiempo  fijado en nuestro estudio), la ficción de los artículos anticlericales no podía sostenerse más, y como acabo de mencionar, se estaban estudiando los cambios constitucionales. Al mismo tiempo, se reformaban las leyes electorales y se creaba el IFE; se normaba, en forma realista, el papel del clero y se reconocía personalidad jurídica a la Iglesia (algo importante, pues si la Iglesia no existía legalmente, incluso para varios antropólogos, la Iglesia estaba también ausente en sus monografías etnográficas (siendo la realidad oaxaqueña tan conflictiva). Algunos eclesiásticos criticaron que para el proceso de negociación de la nueva normativa (la Ley de Cultos), los obispos quedaron al margen, y sólo participó el Delegado Apostólico, ahora convertido en “nuncio” (los clásicos acuerdos cupulares, entre el Gobierno y el líder sindical). El cambio legal, por un lado favorecía, pues se reconocían ciertos derechos de los sacerdotes (v-gr-, a votar; aunque no a ser votados, a menos que a cinco años atrás hubiesen abandonado su ministerio); la Iglesia podía tener bienes; pero entrando al régimen común similar al de otras instituciones. Los obispos, por su parte, vieron bien este nuevo régimen constitucional, pues con él podían controlar mejor a su clero.
  • Las elecciones del 89 fueron más legales y democráticas. Se integró la Alianza Cívica, para vigilar mayor número de casillas. La regulación para el clero era a la vez, más clara y menos visible. Se preveía que esta nueva situación atrajera mayor número de cristianos laicos más maduros en su fe: pero los resultados sorprendieron por el mayor número de votos para el PRI (¿miedo a la libertad?).
  • La presencia de lo religioso no sólo incumbe al clero (curas, obispos, catequistas) sino también, como telón de fondo, afecta a la cosmovisión compartida por todo el pueblo, que persiste, en su inconsciente colectivo, aún con la modificación del estatuto jurídico de las Iglesias y con el protagonismo mayor de los evangélicos. La imagen colonial de la madre indígena vituperada por el padre conquistador (actualizada en la Madre Iglesia y el Gobierno patriarcal), se pierde con el nuevo protagonismo de los evangélicos, a no ser que se recupere en la memoria peligrosa de los movimientos mesiánicos, en la religiosidad liberacionista.

CUESTIONARIO

  1. Recordar la situación política del país en su conjunto, durante el período reseñado en Oaxaca.
  2. A tu parecer, los procedimientos empleados por el PRI para elegir a sus candidatos, tal como estaban enunciados, ¿podrían seguir gozando de simpatía y credibilidad en la población durante algunos años más?
  3. ¿Cómo te parece el llamado “modus vivendi” de simulación en las relaciones entre el Gobierno laico y la jerarquía católica?
  4. ¿Por qué se sigue viendo en ciertos sectores, al PAN como Partido de la Iglesia?
  5. Un sector cristiano ve en la Izquierda (o en algunas de sus variantes) la opción política más cercana al Evangelio, ¿Cuál sería tu opinión al respecto?
  6. ¿Cómo te parecen las restricciones –civiles y canónicas- puestas a los ministros de culto para su participación política?
  7. Expusimos tres experiencias muy diferentes de participación del clero en las elecciones de Oaxaca en 1989 (el PRI, el PAN y la Izquierda Istmeña). En las tres, los sacerdotes decían aceptar las restricciones legales en política partidista, y las tres se remitían a la “exhortación apostólica” de Bartolomé Carrasco. Sion embargo, en la práctica, astutamente la evadieron. Aduce diferencias entre ellas.
  8. El PRI las supo aprovechar al Estado confesional para retener su poder y degradó a las instituciones tradicionales. El sistema liberal de Estado laico, del siglo XIX, ponía restricciones al clero, dado su gran poder que conservaba. Ante esta disyuntiva, ¿cuál de estas dos alternativas te parece actualmente mejor? ¿Crees que podría mejorarse la actual Ley de Asociaciones Religiosas y Culto?
  9. En las sociedades sacralizadas y homogéneas (el medio indígena oaxaqueño de aquel tiempo), la religión proporcionaba el “universo simbólico” compartido por todos y era el aglutinante de toda la colectividad. En la modernidad, en cambio, se da el pluralismo de subculturas y de opciones de vida. ¿Te parece que la Iglesia actual comprende suficientemente este cambio cultural? ¿Qué implicaciones pastorales comportaría su modificación?
  10. Ante casos como el de Tehuantepec, ¿crees que haya que precisar mejor la crítica marxista que ve la religión como “opio del pueblo”?

[1] “la Parábola del Conflicto” de Freunde: Introducción, esquema 1

[2] Vid Introducción; esquema 7: “posibilidad del conflicto”, posibilidad 1

[3] Melucci A “Niveles de cambio social”: Introducción, esquema 2

VII. El campo religioso y sus agentes 

Hemos abordado sendos conflictos religiosos emprendidos por (a) las cuatro articulaciones simbólicas distintas y (b) las cuatro religiosidades. Estas articulaciones simbólicas no actúan en abstracto, sino que requieren de “soportes” concretos para operar, y justamente estos soportes son los “agentes religiosos”. Estos pueden tener o no,  sus propias denominaciones religiosas o sus propias “religiosidades”; pero desempeñan, además, determinadas funciones dentro del mismo “campo religioso”. Existe en Oaxaca gran diversidad de estos agentes, disputando cuotas de poder en la división del trabajo religioso:  

Mayordomos encargados de las fiestas de los santos confrontándose con el pastor evangélico que califica estas fiestas como “idolátricas”; los chamanes siguen yendo a la clandestinidad de las cuevas; pero un grupo de emigrados, dejando sus ritos tradicionales, ha organizado en el pueblo la “Legión de María”; un maestro, trasnochado heredero de la “educación socialista” del cardenismo, disputa con el médico del Centro de Salud, que pertenece a los Cursillos de Cristiandad; el rezandero, solicitado para el novenario de un difunto, se opone a que vayan los curanderos a “limpiar” la casa después del levantamiento de la cruz, contra posible maleficio de los brujos; una comunidad de religiosas feministas que practica la herbolaria, tiene problemas con el sacristán , quien de acuerdo con el presidente municipal, no les quiere abrir el templo para sus clases de Biblia; un párroco tiene que contener a un grupo de “cruzados” fundados por el párroco anterior, y a la vez, tiene problemas con un grupo de seminaristas “liberacionistas” que van allá a sus prácticas pastorales…. 

  •      Poner un poco de orden en esta abigarrada realidad es la tarea propuesta para esta clase. Nos valdremos del útil instrumental proporcionado por Max Weber (1922), reelaborado por Bourdieu (1971a y 1971b). Las necesidades de la moralización y de la religión, exigidas por la complejidad de la vida urbana, lleva a la división del trabajo religioso. En aras de alguna forma de simplificación, Weber toma como “corpus” las cinco religiones más importantes (Catolicismo, Protestantismo, Judaísmo, Islam, Budismo). Atendiendo a la gran variedad de agentes religiosos, observa que todas las funciones que desempeñan pueden reducirse a tan sólo tres “tipos” ideales: el Sacerdote, el Profeta y el Mago, notando que cada uno de estos “tipos” guarda relación -de colaboración o de antagonismo- con las demás, así como con el poder secular –el cuarto “tipo”–: el “Rey”. 
  • Un cuerpo de “sacerdotes” producirá complicados sistemas teológicos y sofisticados rituales, procurando que sean inaccesibles a la gran masa de laicos, para mantener su poder de control 
  • El “sacerdote” se opone al “mago”, calificando sus prácticas como “supersticiones” o atribuye sus sorprendentes efectos a los demonios.  
  • El “sacerdote” y el “mago se oponen al “profeta”, sea  descalificándolo como hereje, sea copándolo o prestigiándolo (en el siglo XIV, San Francisco, en el siglo XV, Hus: ambos se oponían a la mundanización de la Iglesia; pero el primero fue canonizado y el segundo, declarado hereje). 
  • El brujo suele ser el sacerdote de antiguos rituales de una religión vencida. A veces recurre al sacerdote para robarle algún elemento (agua bendita, la llave del Santísimo, el óleo sagrado, etc.), al que da una connotación mágica. 
  • El profeta cuestiona la inevitable “rutinización del carisma” y las componendas mundanas del clero con el poder temporal.  
  • El brujo y el profeta se oponen al sacerdote: el primero utiliza un ritual mágico (apoderarse de las fuerzas naturales), mediante ciertos rituales que, indefectiblemente, conseguirán sus demandas; mientras que el profeta, expone su conducta ética personal, portadora de los mejores valores de la religión.  

   En esta parte, expondremos una abigarrada relación de conflictos entre diversos agentes religiosos, ubicados en algunos pueblos de Oaxaca: 

1. TEOJOMULCO: EL PODER DE LA NO-VIOLENCIA 

  • Santo Domingo Teojomulco es un pueblo mestizo, en la Sierra de Sola de vega, al sur del Estado de Oaxaca, y está en secular conflicto con el pueblo colindante San Lorenzo Texmelucan, en donde coexisten indígenas zapotecos, mixtecos y chatinos. Ambos pueblos se han estado disputando más de 3,500 HAS por cuestión de linderos, desde tiempos multiseculares (ambos pueblos tienen sus títulos primordiales del siglo XVI, quizás traslapados deliberadamente por las autoridades coloniales mismas). Han habido resoluciones presidenciales favorables a uno o a  otro pueblo, y enfrentamientos violentos, que han causado cerca de 200 muertos (demasiados para pueblos de pocos habitantes, por lo que hay muchas viudas). Aunque las tierras disputadas sean unos cuantos surcos, se agravan por cuestiones míticas: El caballo de Santo Domingo trazó los linderos y se le ha visto combatiendo al lado de los suyos; pero Texmelucan alega que en esos linderos tienen enterrados a sus muertos. En 1927 ambos pueblos se reunieron en Oaxaca, llevando sus títulos primordiales y se comprobó que las tierras estaban mancomunadas (acaso originalmente fuera un solo documento, que se dividió en dos, o que en el siglo XVI se traslaparon deliberadamente los Títulos, para administrar los conflictos). Desde entonces, repetimos, Se ha mantenido estado de guerra y de pleitos jurídicos. 
  • En  1981 fue elegido como Presidente Municipal a Don Justino Díaz, el hombre fuerte de la región, propietario de la única tienda de compra-venta y de dos camiones, únicos vehículos del pueblo. El cacique tiene el control comercial de las cuadrillas, y por si fuera poco, también el control religioso. En efecto, su padre se convirtió de su mala vida por un misionero pentecostal norteamericano, hospedado en su casa, y no le fue difícil formar su grupo de conversos. De hecho, el templo evangélico comparte su muro con su casa, y Don Justino pone o quita al pastor. Tuvo la astucia de que su primera obra fue reconstruir la casa parroquial con  lo que se ganó a los católicos- 
  • Un diácono, bien preparado, era el encargado por la parroquia católica para satisfacer las demandas religiosas del pueblo. Después de su ordenación diaconal, decidió no ordenarse sacerdote para ejercer más libremente su pastoral liberacionista, y formó un grupo de catequistas que le apoyaban. Ante el conflicto secular, este grupo católico optó por la “no-violencia”. Redactaron un documento con lenguaje profético muy convincente, al que varios ciudadanos se adhirieron.  
  • El grupo evangélico, en principio, también era partidario de la no-violencia; pero interpretaban textos bíblicos que advertían en la necesidad de apoyar a la autoridad (“no en balde lleva la espada”).  
  • Un grupo de matones era partidario de la guerra, y presionaban al Presidente Municipal para atacar a San Lorenzo (población indígena).  
  • Hubo un enfrentamiento en que resultaron muertas 23 personas, varias de ellas de Teojomulco. Los pueblos recurrieron a las autoridades agrarias, que viendo la magnitud del conflicto, lo interpretaron que no se trataba de un conflicto agrario, sino de “rencillas entre familias y venganzas personales”. Don Justino respondió a la demanda de los violentos alegando que no podía apoyarlos; pero les dio dinero para que fueran a un pueblo vecino a buscar apoyo en unos brujos (chamanes), herederos de la antigua tradición. Estos brujos dijeron que no tenían poder para garantizarles apoyo, y únicamente les dieron amuletos contra las balas enemigas. 

La dinámica de actores en este conflicto: 

  •       Con el instrumental weberiano podemos ahora analizar el conflicto precedente: el tipo “sacerdote” oficial sería el párroco, que por vivir en otra comunidad, delegó a un diácono permanente (realizó brillantemente todos sus estudios teológicos). Según Weber, el “sacerdote”, encargado del culto oficial, suele aliarse con  el “Rey” a fin de facilitar las funciones del gobierno político y de la institución religiosa. En el presente caso, el “Rey” sería el cacique Don Justino Díaz, presidente municipal. Aunque es pentecostal, astutamente, la primera obra que realizó recién nombrado, fue construir la casa parroquial para el sacerdote católico, y le insistía al párroco (residente en otra comunidad de la misma parroquia) para que nombre a un sacerdote ordenado para el pueblo, ya que el actual “no ha terminado su carrera y no desarrolla las actividades cultuales”. El cacique (“rey”) le disputa al diácono el tipo weberiano de  “sacerdote”. 
  • El grupo pentecostal, siendo portador de un nuevo discurso religioso, que cuestiona las supuestas “desviaciones” de la Iglesia Católica, podría caracterizar al “Profeta”, cuyos discípulos integrarían una “secta herética” (no en una concepción teológica, sino sociológica), al tratarse de un grupo minoritario de disenso. Su líder carismático, el mismo cacique Justino, en el conflicto político con el pueblo vecino, desactivó al grupo de “violentos” (es decir, ejerció aparentemente una gestión pacificadora), y a la vez ejerció una acción moralizante (prohibir el alcohol, el tabaco, los bailes y las modas “indecentes”).  
  • Cuando Justino obtuvo un fuerte reconocimiento por parte de la mayoría de la población, el pentecostalismo se volvió oficial y el cacique se convirtió en “sacerdote”  (se aprovechó un muro de su casa para construir el templo pentecostal, con un potente aparato de sonido). Al apoyar a su líder (“sacerdote”), el grupo pentecostal tuvo que reposicionarse, pues se hizo oficial (“rutinización del carisma”). Ahora tuvo que moderar su intransigencia de “profeta” y apoyar el pluralismo religioso, a la vez de procurarse mayor solidez doctrinal (demandar a las autoridades católicas otro sacerdote mejor preparado). En aras de legitimación, se aproximó al grupo de “violentos”, también necesitado de cierta legitimidad. Estos últimos se autoproclamaban herederos de la memoria ancestral (precristiana) y ofrecen a los pentecostales una legitimación tradicional (tipo “mago”) a cambio de apoyo en la lucha contra el pueblo vecino de San Lorenzo Texmelucan. Los pentecostales tuvieron que transar, por un lado, moderando su posición “no-violenta”, y por otro lado, con los mayordomos (“sacerdote”), al no objetar (contra sus principios) la hierofanía de su santo patrono, Santo Domingo, quien durante anteriores conflictos por linderos, se le veía a caballo, apoyando al pueblo. 
  • Como se dijo, el “diácono”, por su estatuto, preservaba el tipo oficial de “sacerdote”; aunque limitado al no ejercer el culto regular. Era apoyado por un grupo de varones catequistas, muy formados por el diácono en la Teología de la Liberación, que por congruencia, apoyaban al sector más pobre y vulnerable de la parroquia (San Lorenzo Texmelucan), en comparación con el pueblo mestizo Santo Domingo Teojomulco, de mayor poder económico.  
  • Los pentecostales, en principio, eran partidarios de la “no-violencia”, y desde su fe se oponían a la actitud del Presidente Municipal y líder religioso, quien a cambio, disminuyó un poco su apoyo a los “violentos”. El grupo pentecostal, confundido, trataba de conciliar sus principios no-violentos con el apoyo a su líder religioso y gobernante (obedeceremos a la autoridad, porque “no en valde lleva su espada”. Iremos a luchar; pero pidiéndole a Dios no encontrarnos con el enemigo”). Los violentos, al no sentirse apoyados por la autoridad, negociaron con el “Rey”, para que, al menos, les diera financiamiento para acudir a una ranchería cercana para hablar con los “chamanes” que mantenían ciertas formas de religión autóctona (“Mago”).  

2. LOS SACERDOTES: ENTRE LA TEOCRACIA Y EL “CESAROPAPISMO” 

  • Los sacerdotes, por su administración continua y repetitiva del culto ordinario, por su formación recibida (que les permite realizar trabajos intercambiables con otros tipos de burócratas) y por su influencia entre la gente del poblado, tienen que relacionarse con el “Rey” (según la tipología weberiana), en este caso, con la autoridad política municipal (a la cual suele venirle bien esa misma relación; aunque con frecuencia tenga tensiones y conflictos. 
  • En la arquidiócesis de Oaxaca, en el tiempo reseñado, ejercían su ministerio unos 150 ministros, tanto del clero diocesano, como religioso. Por diócesis: Tehuantepec tiene 42; Huajuapan tiene 108, Tuxtepec apenas 18 sacerdotes (varios de ellos, combonianos). Existen también “prelaturas”1 (pequeñas, en zonas indígenas, atendidas por religiosos): la mazateca, con 11 sacerdotes josefinos, y la mixe, con 28 (de los cuales 25 son salesianos). La extensión y abrupto del territorio y la falta de vocaciones hacen que el párroco tenga que atender varias localidades: hay parroquias con uno o dos sacerdotes que atienden a 20, 40 y hasta 80 poblados o rancherías (Tlaxiaco) mal comunicadas y con caminos sin pavimentación, con perjuicio para sus vehículos. La variedad de razas y lenguas indígenas, la situación de pobreza, la soledad del pastor y las injusticias a las que está sujeta la gente, hacen del trabajo del ministro de culto un heroísmo cotidiano. Por lo mismo, resulta inevitable algún tipo de relación entre el sacerdote y la autoridad municipal. 

Juquila y el cesaropapismo chatino 

  • Ocho años atrás del período reseñado tuvo lugar un caso insólito: en 1969, el pueblo eligió como presidente municipal de Panixtlahuaca al sacerdote franciscano Fr. Edmundo Ávalos ofm. El hecho tomó desprevenidas a las autoridades civiles y religiosas, que optaron por la tolerancia. La gestión política del padre fue bastante favorable: se sustituyó el cargo oneroso de mayordomías (asignadas a quien mejor le iba en  su cosecha), por otra forma más participativa (la cooperación de todos los vecinos); el cambio del cargo obligatorio de los topiles policías por una comisión de cincuenta voluntarios; se planificó el trazado de las calles, y se inició una cooperativa de café.  
  • Muy pronto, fray Edmundo entró en conflicto con el poderoso cura-cacique de Juquila -principal santuario de Oaxaca y cabecera parroquial-, don Cornelio Bourget, llegado a Juquila en 1942, quien en unión con el cacique local controlaba toda la región y exigía altos aranceles. En sus primeros años pacificó la región y dio realce al santuario, arreglando el camino y publicitando el santuario por todo el Estado, con gran flujo de peregrinos.2 A principios de los 60’s el cura entabló relaciones amorosas públicas con la hija de una prominente familia, con la cual construyó su cacicazgo, llegando el cura ser quien ponía a las autoridades civiles, y aumentó la fortuna de la familia de su amante. A comienzos de los años 80´s su hegemonía fue cuestionada por otra familia rival, representantes de un cacicazgo de nuevo cuño. Este grupo de inconformes tomó el palacio municipal y recurrió al arzobispo para quejarse del cura. Éste, a pesar de ser oficialmente removido, rehusó salir, hasta que el pueblo, ya más conciente, lo expulsó. 

La Cruz Mesiánica 

  • Al contrario de estos curas-caciques, a veces el liderazgo del sacerdote se pone al servicio del pueblo, asociándose con los sectores desprotegidos: El Comisariado de Bienes Comunales de Santa Cruz Itundujia, Putla, formalizó un acuerdo con la compañía Forestal Bosques de Oaxaca, S. de R. L., para la explotación de 81,756 m3 de sus bosques; además, se apropió de un crédito de Banrural para equipo forestal el pueblo. El párroco trató de despertar la conciencia de los vecinos para oponerse a esta infamia, y logró que se integrara el Comité de Defensa de la Problemática del Pueblo. El 12 de octubre de 1985, organizaron una peregrinación desde Buenavista –comunidad distante 35 kms. de la cabecera-, que reunió a 300 personas, llevando consigo una bandera y la Santa Cruz patronal del pueblo (de origen maravilloso), apelando a su devoción a este símbolo patronal. En una entrevista, los peregrinos declararon:  

“Estamos haciendo esta peregrinación en favor del pueblo, pidiendo perdón a Dios porque esta Compañía Maderera está acabando con nuestros bosques y hemos estado parados…. Esta crucecita la tenemos aquí como reliquia del madero del Señor y esa es la que nos acompaña en esta peregrinación… porque tenemos la esperanza que Él también sufrió para redimirnos… incluso la muerte de cruz… y que nosotros podamos también sufrir algo como Él. Por eso nos pusimos a caminar desde hace 12 horas… Ya nos metimos en la defensa del pueblo y si nos hacen algo que quede de su parte, no de nuestra parte. Con eso damos fortaleza a todos los demás, para que no tengan miedo, para que no sean tímidos…” 

  • La peregrinación terminó en el palacio municipal, donde fueron recibidos por una asamblea convocada por el Comisionado de Bienes Comunales y la Secretaría de Reforma Agraria, en ella, los ejidatarios le pidieron al Comisionado cuentas de su gestión. Mucha gente no había sido concientizada o tuvo miedo: los partidarios del cura no lo supieron cuidar bien, por lo que los del Comisionado aislaron al sacerdote y lo encarcelaron… aunque se les pudo rescatar. 

Entre el clericalismo y el cesaropapismo.3 

  • A la seducción que mueve a los sacerdotes el ejercicio del poder político, corresponde la tentación de las autoridades políticas a inmiscuirse en los asuntos religiosos. En los pueblos de Oaxaca en este tiempo reseñado, el ámbito político y el religioso no tienen una separación clara: Hay numerosos signos de sacralización de la autoridad: entre los huaves, la víspera de la entrega, el bastón de mando se pone sobre el altar lateral, se vela y al día siguiente se tiene la misa que precede a la ceremonia del relevo de mando. Por el contrario, en algunas partes, el presidente municipal es el encargado de buscar sacerdote para la Semana Santa y asigna, incluso, hasta el horario para las confesiones. Otras veces es el cura quien pretende controlar a la autoridad política: en San Miguel Tlacotepec (Huajuapan), el cura, por medio de la Acción Católica, organizó una asamblea para desconocer a la autoridad. El evento terminó con un homicidio. Se registran casos en que se usa el púlpito para fustigar a las autoridades, o el cura trata a las autoridades como a sus empleados: el cura de Puerto Escondido los reprende: “Los quiero ver a todos ustedes de la autoridad para platicar cosas serias… Porque no se van a arreglar las cosas con lo que Ud. piense. Necesitamos platicar, porque se están dando saltos muy altos, estando el suelo tan parejo”. Sintiéndose los amos del pueblo, muchos curas tienden a dictar la moralidad pública y se oponen a bailes de beneficencia, a deportes o a otros eventos. Se inmiscuyen en cuestiones que no son de su competencia: en San Juan Mixtepec (Juxtlahuaca), acusan al cura que haberle quitado a la escuela pública la mitad de su terreno y oponerse a una escuela agropecuaria, etc.  

CONTEXTO HISTÓRICO CULTURAL 

  •      Las expectativas del desempeño sacerdotal dependen de la estructuración concreta que se dé en el campo religioso, y ésta siempre es histórica. La concurrencia entre los clérigos y otros agentes oscila entre dos formas de campo religioso: uno, con límites bien definidos, visibles y tajantes (uso de la sotana), y otro, con fronteras que parece diluirse, pudiendo salirse de los límites, sin percibirlo (Bourdieu 171ª, 255-261).  
  • En la remota antigüedad, el sacerdote y el rey se imbricaban: cada paterfamilias del clan satisfacía las necesidades religiosas de los suyos, mediante ciertos rituales mágicos domésticos. Algunos individuos, dotados de carisma especial, se fueron destacando, y el pueblo les reconocía una posición de autoridad, quedando así convertidos en reyes (Frazer, 1974: 113-123). Al mismo tiempo que la autoridad se sacralizaba, también la burocracia religiosa regente de la acción sagrada, gozaba de reconocimiento en lo temporal, de modo que ambos poderes quedaban compartidos. En el siglo IX, con la coronación de Carlomagno, se oficializó la unión trono-altar: El Papa coronaba al emperador (o el arzobispo, al rey) y éste quedaba obligado a proteger a la Iglesia. Se hizo célebre el caso del Borbón Enrique IV, rey de Francia, a quien, por abrazar el galicanismo, el Papa amenazó con excomulgarlo (lo que quitaba al pueblo la obligación de obedecer al monarca), y entonces, supuestamente arrepentido, se le oyó decir “París bien vale una misa”. Los “Reyes Católicos” –Isabel y Fernando- delegaron en la Iglesia Católica muchas atribuciones (el control demográfico, la asistencia social, la educación, la salud… y hasta la fuerza coercitiva (la Inquisición). Según el Real Patronato, los Reyes presentaban al Papa una terna de obispos y éste tenía que elegir a alguno de los tres, lo que sometía a la Iglesia a la Corona. La legitimación de la Iglesia, por otro lado, implicaba hacer pasar determinada estructura política como algo querido por Dios; como si formara parte de la naturaleza de las cosas. La separación tajante y radical entre la autoridad política y la Iglesia, data del Estado moderno, con el liberalismo occidental del siglo XVIII, con sus consiguientes conflictos y persecuciones, y la consolidación del Estado Laico. 
  • En Oaxaca, la autoridad civil imbrica elementos religiosos: en el “Sistema de Cargos”, el escalafón puede correr por dos vías (tres mayordomías dan derecho a postularse para los cargos mayores). Por otra parte, no necesariamente el sacerdote tiene que apoyar a la autoridad. En ciertos momentos, puede vincularse a sectores laicos subordinados y oponerse a las eventuales injusticias, comprometiendo su liderazgo en movimientos sociales contestatarios. 

LAS RELIGIOSAS: SACERDOTIZAS Y CURANDERAS 

  •     La falta de sacerdotes y la extensión y complejidad del territorio, posibilitó que, durante la gestión del arzobispo D Bartolomé Carrasco, se diese algo totalmente inusual. Se encomendaron varias parroquias a grupos de religiosas. Ellas predican, distribuyen la eucaristía, bautizan, celebran matrimonios, y si no pueden confesar, sí reciben confidencias y dan consejos. Ya que son ellas quienes tienen la jurisdicción, si alguna pareja invita a un sacerdote para que los case, tiene que contar antes con la autorización de la religiosa párroca, pues de no hacerlo, el matrimonio sería inválido (no sólo ilícito). Su compromiso y sacrificio va a la par de sus colegas sacerdotes varones: transitan por caminos difíciles, pasan situaciones de precariedad, pues a los parroquianos les cuesta trabajo aceptarlas (en un pueblo, condicionaron su aceptación a que al menos una de ellas se casase, “para que haya respeto en la casa”). Ya que la atención a la salud es una función femenina, se preocuparon por adquirir formación en herbolaria, lo que facilitó su aceptación. En Zaniza, cuando una religiosa se queda sola en la casa, un grupo de viudas se organizó para hacerle compañía por las noches. En Betaza, un catequista varón, de pronto, cobró una importancia inusitada para neutralizar a las religiosas, etc. Quizás su principal logro haya sido la promoción de la mujer indígena. Las catequistas, cuya función es la transmisión de la fe, adquirieron mayor significado por el cambio cultural que representa en estas sociedades patriarcales. Así, en Sola de Vega, la influencia de las catequistas fue decisiva para que un grupo político independiente lanzara como candidata a una mujer. 

Contexto Cultural 

  • La mujer, por sus mismas actividades fisiológicas, se encuentra más inclinada hacia el misterio de la vida –el cuerpo, la cotidianidad, el amor-. Las culturas animistas, inclinadas a actividades agrícolas, tuvieron un culto predominante hacia lo telúrico: la fecundidad, la salud, el éxtasis, es decir, hacia lo “dionisiaco” (las “bacantes”, séquito de Dionisio, sobreviviente durante el medievo, convertidas en “brujas”). Mientras que las culturas patriarcales androcéntricas, como la judía, dedicadas al pastoreo seminómada, se inclinaron hacia cultos uránicos “apolíneos”.4 Dado que para los pastores, su fuente de riqueza era la fecundidad del ganado, la valoración de la mujer se centró en su función reproductiva, y eso contribuyó a su exclusión del sacerdocio y a su relegación a actividades secundarias, tales como la catequesis (prolongación de la educación de los niños). En la repartición de funciones por razón del género, los varones ven bien que las mujeres se ocupen de lo religioso, constituyendo la gran mayoría del clientelismo eclesiástico (el cura es un aliado del patriarcado para evitar adulterios y las abuelas, cercanas al cura, influyen cuando se tenga alguna demanda). Esto no obsta para que el poder de decisión lo conserve el varón. En el caso oaxaqueño que nos ocupa, las religiosas tuvieron que ocuparse de la herbolaria, lo que las acerca al curanderismo chamánico. 

FORMAS DE SACERDOCIO LAICAL 

Los sacerdotes, para su ejercicio, comparten sus funciones con algunos laicos: 

  1. Los relacionados con el culto festivo regular: los mayordomos, los encargados de custodiar el templo (sacristán, fiscales, topiles) 
  1. Los relacionados con el ritual sacramentario: los rezanderos (responsos en latín), los ritos del levantamiento de la cruz de difuntos y los novenarios, etc. 
  1. Los relacionados con la evangelización  y catequesis: las catequistas, los celebradores de la Palabra, los animadores de comunidades de base, los misioneros campesinos, etc.  

    Estos agentes religiosos laicos pueden tener tensiones entre sí o con respecto al párroco: 

  1. Los mayordomos  
  • En los inicios de la primera evangelización, los frailes delegaron a algunos laicos (mayordomos) la organización de las fiestas patronales. De los bienes comunales, se apartaban las “cofradías”: el Santo Patrono “recibió” un predio, en el que se pastoreaba su ganado. El mayordomo mataba una o dos reses para la fiesta y del tesoro del Santo sacaba el dinero requerido para los gastos. Se juzgaba como una buena gestión, cuando el mayordomo saliente entregaba acrecentado el tesoro del santo.  
  • El oaxaqueño Benito Juárez, al expropiar al clero sus tierras “de manos muertas”, expropió también los terrenos de las cofradías, que en realidad, no eran de la Iglesia, sino del pueblo (los utilizaban en caso de alguna catástrofe natural). Entonces, el Cabildo nombraba mayordomo a quien le había ido mejor en la cosecha, cargo que lo empobrecía; pero que a la vez, lo prestigiaba: por el “sistema de cargos” -en los que se imbrican trabajos municipales y eclesiales (fiscal, sacristán, topil, etc.)- 5 es el presidente municipal quien nombra a los mayordomos, pues con tres mayordomías se tiene derecho a postularse para los cargos mayores (presidente municipal, síndico, regidor). No es extraño que los mayordomos se sientan más obligados ante la autoridad civil que ante el párroco.  
  •      Llegó el momento en que nadie quería aceptar las gravosas mayordomías, y se decidió que las fiestas patronales se organizaran con cooperaciones forzosas de todos los  vecinos, de modo que al mayordomo sólo le tocaba la organización de la fiesta. Para mayor ayuda, el mayordomo en turno recibía la llave de la alcancía del santo. Siendo este sistema algo complicado, a veces el párroco no acababa de comprenderlo (o algún mayordomo truhan se posesionaba del cargo y de la alcancía, y no soltaba ninguno de los dos), por lo que había muchos conflictos entre el párroco y el mayordomo. 
  1. Los encargados del templo.  
  • Durante la persecución religiosa, se expropiaron los templos y su control se les dio a las “Juntas Vecinales”, nombradas por la autoridad civil. Ellos son quienes tienen las llaves del templo y de la casa parroquial misma, lo que originan conflictos de competencia, entre un párroco celoso de recuperar el control del templo y una Junta que siente que el cura es un funcionario temporal; pero que el templo pertenece al pueblo, o desvían limosnas de la alcancía para su provecho personal… de modo que si el cura quiere oficiar misa en horarios no previstos, tiene que recurrir a la junta vecinal. El párroco ni siquiera tiene las llaves del curato (sólo las de su cuarto personal). En algunos lugares se llegó hasta desconocer al párroco y sacarle sus cosas a la calle. Los párrocos en estos casos suelen apoyarse en los vecinos nuevos clase media (alguna asociación piadosa), quienes recurren al arzobispo y éste suele apoyar al clérigo; mientras que los lugareños iban a Gobernación, pues según la nueva Ley de Cultos y Asociaciones Religiosas de 1994, los templos antiguos son propiedad del pueblo, y deben permanecer abiertos (San Felipe del Agua, Mitla).  

II EL CHAMÁN: LA COMPETENCIA PROSCRITA 

El “MAGO”, de la tipología weberiana, goza de reconocimiento en la religiosidad popular de Oaxaca. Si el “sacerdote”, en dicha tipología, es el encargado del culto regular, estos otros agentes emergen en momentos extraordinarios de crisis; aunque sea al margen de lo tolerado. 

La vidente de Tututepec 

  •     Aquel 29 de septiembre de 1987, Alma Rosa, originaria de Guerrero y recién llegada al pueblo, dice que oyó que le hablaban fuera del camino. En los dos días consecutivos, sucedió otro tanto.  Al tercer día, la curiosidad la empujó y notó en la corteza de un árbol la figura de la Virgen de la Soledad (una figura triangular). Obedeciendo a la Virgen, dio parte a los encargados del templo y al sacerdote; pero no la creyeron. En cambio, varias personas la fueron acompañando los 15 kms. que separaban al pueblo del lugar donde trabajaba su amante y donde estaba la supuesta aparición. El sacerdote no le dio crédito y se negó caminar esa distancia para celebrar la misa. Los simpatizantes crédulos fueron aumentando, si bien, muchos veían sólo una mancha. El 11 de diciembre, la concurrencia fue grande, ya que la Virgen supuestamente había prometido que en esa fecha se dejaría ver. Alma Rosa, en determinado momento, se echó a llorar; la gente estaba expectante… entonces la vidente fue hacia una cubeta con flores y de allí sacó una imagen “kitch” de la Virgen. La gente decidió llevarla al templo, conforme a la supuesta voluntad de la Virgen. Topó con otra procesión a la Guadalupana, y la gente de la vidente aprovechó para obligar al sacerdote a recibir la imagen de yeso; pero sin celebrarle la misa. No sólo era el párroco quien no le creía, muchas personas más cultivadas la tachaban de “loca”. Los partidarios de Alma Rosa improvisaron un altar delante del sagrario y lo velaban día y noche. Entonces los devotos recurrieron al P. Manuel Esteban Camacho, que como ya vimos, era lefevbrista, suspendido por el arzobispo. La vidente dijo que la virgen se sentía incómoda en el templo y que prefería una casa particular, en donde el P. lefebvrista celebró una misa. Unas socarronerías del párroco provocaron que fuera expulsado del pueblo a pedradas.  
  • La división entre aparicionistas y escépticos encubría otras divisiones más profundas:  
  • Entre mestizos y mixtecos. Los mestizos controlaban todos los símbolos de poder, salvo los símbolos religiosos, de los cuales, los indígenas se encargaban (aún a costa de resultarles gravoso). 
  • Entre grupos políticos. Uno de los defensores de la aparición era el encargado de los Bienes Comunales y ejerce un cacicazgo en la región (había puesto a una mujer como presidenta municipal). Esto despertó la indignación del Consejo de Ancianos, quienes tradicionalmente eran quienes elegían a los candidatos para este puesto. Esto abrió el conflicto, primero, el interior del PRI, que propusieron sacar al Comisario de Bienes Comunales y proponer su propio candidato. Ante la renuencia del PRI, abandonaron este partido y se acercaron al Partido Socialista Unificado de México (PSUM), de fuerte presencia regional. La solución  fue la formación de un Consejo para gobernar, con representación de ambas facciones. La gente cayó en apatía política y se alejó. Los enfrentamientos políticos dividieron a los mixtecos, al punto de haber dos encargados del templo, con pugnas de competencia.  
  • Afectó a la mayordomía, de la que se hizo cargo  la Sra. Juana, por tres años consecutivos, lo que le resultaba demasiado gravosa, y -aparte de los gastos-, los enseres estorbaban en su casa. Ella apoyaba a los opositores de la vidente, y se quedó con los “santitos”, con lo que despojó a ésta de legitimación religiosa. Los partidarios de la vidente, ni siquiera entregaron el sello del municipio, ni los enseres de los “santitos”, y molestaban a los devotos que se acercaban a las imágenes. Los mestizos al quedar privados de legitimidad, apoyaron a la vidente y convirtieron su “virgen” en emblema, para hacerse de una imagen para su grupo. 

Contexto cultural 

  • Mientras la autoridad del “Sacerdote” estriba en la administración de la revelación heredada, en el caso presente, la autoridad de la vidente la recibe de su comunicación directa con lo sobrenatural, con la seguridad que brinda la inmediatez. Participa de una forma específica del carisma personal: la del “extático” (Bourdieu, 1971ª: 18), la cual, por el poder que tiene de manipular lo sagrado y por la posibilidad que tiene de dispensar bienes de sanación inmediata (apelando a manifestaciones extraordinarias: voces, milagros, oráculos), en el medio indígena se  asemeja al “mago”. Sin embargo, en este caso, tiene también otros rasgos que la asemejan al “profeta”, pues la aparición se dio en momentos de crisis  social, en la que cambiaba la correlación de fuerzas en Tututepec: la división política y cultural del pueblo y la pérdida de lo simbólico-religioso de la facción caciquil mestiza.  
  • Las apariciones semejantes observadas en Oaxaca, parecen apegarse a un guión paradigmático de las apariciones guadalupanas (preferencia de la Virgen a una india más que al sacerdote, recurso a la autoridad al arzobispo, imagen milagrosa, petición de un templo como un nuevo espacio de culto alterno al oficial). El pueblo  está predispuesto a aceptar estas apariciones marianas, ya que en estas, lo sobrenatural comparte su hábitat: su tierra, un árbol, etc.  
  • Para tener éxito, el vidente necesita, tarde o temprano, del reconocimiento oficial: la institución eclesial no acepta revelaciones particulares, pues aparte del subjetivismo que implican, representan una religión libre, no sujeta al control. La vidente y su grupo lograron atraer gran cantidad de gente; si hubiesen logrado mantener la movilización de grandes contingentes laicales en forma duradera y constante, y satisficieran de alguna forma sus necesidades religiosas y políticas, es posible que la autoridad religiosa terminara dándole cierto reconocimiento, a cambio de que la vidente renunciara a cualquier tipo de magisterio paralelo, con lo que la autoridad ganaría tiempo para que el entusiasmo popular decreciera y se apoyará en otro sector laical para recuperar el monopolio de la gestión religiosa. 

La apropiación sacral 

  • El tipo weberiano de “Mago” tiene en Oaxaca gran variedad de exponentes: (a) algunos son supervivencia del antiguo sacerdocio prehispánico, reducidos por los sacerdotes de la situación vencedora, a la categoría de “brujos”; (b) están los “adivinos” que consultan el futuro interpretando la forma en que caen, al arrojar granos de maíz sobre una prenda del cliente; (c) los “chamanes”, especializados en el trance producido por plantas alucinógenas; (d) los “curanderos” especializados en diversas técnicas: sobadores, curadores de “espanto”, sopladores, etc.; (e) los letrados que saben qué tipo de animal hay que ir a sacrificar en las cuevas (v.gr., para demandar lluvia)…. y por supuesto, (f) los propiamente dichos “brujos”, sea en magia negra o blanca, herederos del antiguo nagualismo.  
  • Todos estos agentes tuvieron cierta forma de iniciación (un llamado en sueño durante alguna enfermedad), que después, perfeccionaron su formación con otros agentes semejantes. Suelen trabajar en una semiclandestinidad tolerada y cobran alto por su trabajo. Algunos de estos agentes necesitan del sacerdote, al que reconocen grandes poderes que no quieren usar, y aconsejan algunas prácticas furtivas: esconden extrañas ofrendas (cabello, sangre, plumas, etc) en algún lugar del templo. Un cura me contaba que al bautizar a un niño, al momento de echarle el agua, por consejo del curandero, el padrino sacó del ropón del niño un pajarito disecado para que quede “bautizado”, o se llevan “prestada” las llaves del sagrario para ponerla en la boca de un niño al que se le dificulta hablar, o piden aceite del santísimo, etc.  
  • Los conflictos entre estos agentes y los sacerdotes remiten a los tensionamientos sempiternos entre magia y religión, distinguidos por los antropólogos (v.gr., Malinowski, 1929: Frazer, 1974). El “mago” –describen- trabaja apoderándose coercitivamente de las fuerzas naturales, mientras que en la religión, los “sacerdotes” dirigen plegarias a los dioses para convencerlos a actuar, si en su benevolencia se dignan hacerlo. Dice Weber que en la oposición entre los poderes sobrenaturales –dioses y demonios- se expresa mediante diferentes tipos de acción religiosa, originados en la misma división del trabajo religioso. Los brujos, agentes de rango inferior, atienden las necesidades de las clases subordinadas, siempre más apremiantes e inmediatas, en tanto que los sacerdotes atienden al culto regular y atienden las necesidades e legitimación de las clases urbana, justificando el orden social vigente. 
  • El “profeta” se distingue del “mago” en que éste demanda de sus adeptos comportamientos ciertos rituales meticulosamente prescritos; mientras que el “profeta” exige un comportamiento ético ejemplar como condición para agradar a la divinidad. No era así el caso de Alma Rosa, que vivía en amasiato y realizaba fraudes descarados, tal y como lo hacía su padre. No importa mucho si el “mago” da muestras de alguna enfermedad mental, no así el profeta, a quien se le exige para ser creído, mostrar plena salud mental. 

LA DINÁMICA DE LOS AGENTES EN OAXACA 

  • Bourdieu critica a Max Weber por caracterizar a los tres tipos de protagonistas como “tipos ideales” comunes a todas las religiones, lo que le resultó un obstáculo epistemológico al empujarlo hacia un tratamiento abstracto y general. Para evitar esto, el autor propone un “interaccionismo simbólico”, superando la perspectiva sicosocial de aquel. Para Bourdieu, habría que contemplar primeramente la estructura completa de las relaciones objetivas que los protagonistas establecen entre sí y respecto a los diversos tipos de laicado. De ahí la necesidad de verificar su dinámica en la concreticidad del campo religioso que se analiza, tal como lo expuse en esta parte. 
  • Una de las razones que explican la supervivencia viva y actuante de la Iglesia católica durante dos milenios, es su capacidad para dar cause institucional a la profecía, lo que le permite la renovación constante y su adaptación –no sin conflictos- a las diversas circunstancias históricas. Por esto, junto al presbiterio diocesano encargado de las diversas demarcaciones territoriales de las parroquias, reconoce la diversidad de institutos religiosos, herederos del carisma espiritual de su fundador y una espiritualidad propia derivado de esto, en cada época.  

En principio, el presbiterio diocesano representa al “sacerdote”, y el clero religioso, al “profeta”, quien puede reclutar laicos a través de sus movimientos apostólicos vinculados a su carisma. Sin embargo, dada la “rutinización del carisma”, en la práctica, tanto los institutos religiosos como los movimientos apostólicos suelen estar ya demasiado institucionalizados y jurídicamente regulados, de modo que ambos cleros no difieren tanto. En el curso hemos visto como a veces, el arzobispo -forma plena de “sacerdote”- funge como “profeta”: mientras que hay algunos institutos religiosos (Opus Dei o Legionarios de Cristo, y por otra parte, jesuitas) que se comportan más como “Sacerdote”. 

  • Ya que gran parte del clero local de Oaxaca es de extracción indígena y que su seminario (el SERESURE) procuraba no “desculturizar” a sus formandos, no extraña que un sacerdote anciano recurra al curandero para que le devuelva su “espíritu”, perdido en el “espanto” que sufrió cuando el río arrastró su camioneta, o aquel clérigo joven convencido que tenía un “tona” alacrán;6 o el seminarista mazateco hijo de un chamán, que cuando su padre viajaba en hongo, le dijo que le preguntase si llegaría a ser sacerdote.  
  • Otro tanto sucede con los “rezanderos” que interpretan su ritual también en forma mágica (“mago”) y que combinan cierto carisma con su capacitación (“saber hacer”), pues hacen sus responsos cantados en latín; son vitalicios y cobran bastante por sus servicios, por lo que no son dados a enseñar sus saberes a otros qe no sean sus hijos. De modo que el papel del cura y de los laicos oaxaqueños no se diferencian mucho del “mago”. 
  • Los nuevos grupos pentecostales, que en la tipología weberiana fungirían como seguidores de algún “profeta” (formarían una “secta herética”), ejercen un carisma extático o místico, proponiendo una religiosidad alterna a la “idolatría” del culto a los santos católicos; sin embargo, su gusto por el trance, la sanación por la fe, la glosolalia (hablar en lenguas desconocidas) los aleja de una propuesta moral profética y los acerca al “mago”. Al mismo tiempo, tienen una organización interna bastante rígida (“pastores” intercambiables, apostolado proselitista y suficiente formación doctrinal), que los acerca al “sacerdote”. 

OBSERVACIONES METODOLÓGICAS 

  • La forma de conflictos vistos en esta clase, es de tipo “multipersonal”, según la tipología de  Caplow (1971) y Rex (1985, 31-47). En ellos, aparece el rol del “tercer actor”: varios agentes religiosos compiten entre sí para ganarse una base social de vecinos. Lo vimos en Teojomulco, donde el antagonismo bipolar de dos pueblos en guerra pudo ser desactivado por el diácono y su grupo de catequistas, que deslegitimó a los “violentos” (tercer actor). Estos violentos trataron de deslegitimar a los catequistas acusándolos de traidores; pero ahora, desempeñar el “tercer actor” tocó a la comunidad pentecostal (como “juez”), con un discurso no-violento, que inclinó la balanza en favor de los catequistas, impidiendo represalias. Al haber perdido apoyo del “rey”, los “violentos” tuvieron que recurrir a los brujos del pueblo, recibiendo cierta legitimaron en nombre de la religión ancestral. Este ejemplo muestra, además, que pese a su “multipolaridad”, todos los enfrentamientos que se dieron fueron binarios (sacerdote/profeta; profeta/brujo; sacerdote/brujo); pero fue a la colectividad laical del pueblo la que, finalmente, tocó ejercer el rol del “tercer actor”. 
  • La estrategia de cada actor dependerá del “tipo” que juegue:  
  • Los “magos”, degradados a la categoría de “brujos”, quedan en situación muy precaria -perseguidos, desautorizados o ridiculizados por el sacerdote oficial- evitarán toda confrontación abierta con éste y con los “profetas”. Sin embargo, no dejan de ejercer una oposición práctica con sus respectivas estrategias, como la de simulación y clandestinidad (penetran en el espacio religioso mismo, escondiendo amuletos, refugiándose, camuflados, en el curanderismo (menos proscrito), reinterpretando la materia de los sacramentos para usos mágicos; yuxtaponiendo sus prácticas clandestinas (sacrificio en las cuevas), junto con su asistencia a los rituales oficiales. 
  • El “profeta” (pentecostal) denunciará la corrupción o contemporización del cuerpo sacerdotal con el “paganismo idolátrico” chamánico (imágenes de los santos). 
  • El “sacerdote” aprovechará su condición de oficialidad para deslegitimar al “profeta” y al “chamán” o para entrar en componendas con ellos. Así sucedió en la primera evangelización, que para aceptar una nueva fe obtenida por coerción, se hicieron los ciegos para tolerar la simulación que se relacionaba con sus antiguas deidades, al disfrazarlas de santos católicos (Santo Domingo luchando con los suyos en Teojomulco). De igual forma, los párrocos renunciaron a su derecho de nombrar a los mayordomos, cediendo a que fuesen elegidos por la autoridad  civil o por asamblea. Aquellas deidades que no lograron pasar el disfraz, por la magia sacerdotal quedaron convertidos en demonios, y sus adoradores, en “brujos” (lo cual no quita que en ciertas catástrofes vayan a adorar a sus ídolos ocultos en cuevas en la clandestinidad de la noche). 
  • El “sacerdote” y el “rey”, Por el carácter oficial, cada uno en su respectivo sistema; pero actuando en el mismo campo social, no puede dejar de relacionarse en acercamientos y distanciamientos, “clericales” o “cesaropapistas”. En caso de conflictos entre actores, la autoridad política del “rey” puede ser el fiel de la balanza (“tercer actor”), apoyando a un bando o a otro, en aras de obtener legitimación religiosa. Finalmente, como dice Bourdieu, la resolución de todos estos conflictos no dependerá tanto de la fuerza simbólica que cada actor maneje, sino de la fuerza de los grupos laicales que logre movilizar. 

CUESTIONARIO 

  1. ¿Cómo te parece el instrumental metodológico de Max Weber sobre los “tipos” (sacerdote, profeta, mago)? Al ser “ideales” (por su método comparativo de las cinco grandes religiones), ¿No será en mengua de la “concreción” sociológica? 
  1. La degradación de los antiguos sacerdotes a la categoría de “brujos”, realizada por los primeros evangelizadores aparece falsa e injusta. ¿Qué otra forma más digna podría haberse implementado? 
  1. Explica cómo entiendes la expresión weberiana de la inevitable  “rutinización del carisma” a la que tiende la profética “secta herética”. 
  1. Dada la imbricación de poderes religioso y civil en las culturas indígenas del período reseñado, ¿Cómo escapar a las tentaciones “clericalistas” o “cesaropapistas”, si no es mediante el recurso liberal del Estado laico? 
  1. Entre el “Estado confesional” colonial y el “Estado laico” propuesto por el liberalismo decimonónico, ¿cuál de ellos sería menos dañino para la función evangélica de la Iglesia? 
  1. ¿Cómo verías la posibilidad o conveniencia de un sacerdocio femenino? 
  1. ¿Puedes aportar algún caso que hayas sabido de alguna variante del “mago” weberiano (brujo, curandero, nagual, adivino, chamán, etc.)? 
  1. Entre la magia, la ciencia y la religión ¿cuál te parece más acorde, la diferencia evolutiva (Comte) o la relación de coexistencia (Malinovski)?  
  1. En la realidad concreta, ¿estarías e acuerdo en que los sacerdotes religiosos fungen como “profetas” y los diocesanos como “sacerdotes? 
  1. ¿Cómo entender el “tercer actor” (en la caracterización de Rex), propio de los conflictos de este tema? Además de “juez”, ¿sabes de casos en los que el “tercer actor” haya jugado el papel de “mediador” o de “tercero ladrón” en discordia?