Mt 23, 1-12
- San Pablo denominó como “Iglesia” a la organización de discípulos seguidores de Jesús. La etimología de esta palabra “Ecclesia” (del latín, se remite al griego, ekklesia (ἐκκλησία), aplicada originalmente a la asamblea de ciudadanos que en Atenas se reunía para debatir problemas políticos. Dicha asamblea es considerada como el origen y modelo de la democracia (directa, no representativa), organización más circular más piramidal, si bien los asistentes eran los patriarcas varones libres. Otra palabra griega también aplicada a la comunidad cristiana era la de “laós”, el “pueblo de Dios”, como el antiguo Israel, que no tenía reyes, sino líderes que surgían ante determinada situación crítica. Curiosamente, del sustantivo “laós” se derivó el adjetivo “laikós” (popular), contrapuesto a klerikós, el clérigo, cuando apareció cierta separación entre ambos sectores eclesiales. Aunque en el sujeto de la eclesiología original era propiamente la “comunidad” de creyentes en su conjunto, cuando dicha comunidad creció y se volvió más compleja fueron surgiendo diversos “servicios” (“ministerios”, empleos, cargos) para responder a diversas necesidades; pero sin que tales “ministros” se vieran por encima de ella. Poco a poco, algunos de estos ministerios se fueron separando más y más del “pueblo”. Ya que se reconocía que estos ministros eran los sucesores de los apóstoles, de quienes habrían recibido el “poder” consacratorio sacramental, se les empezó a asemejar a aquellos funcionarios de la religión judía, los “sacerdotes”, pertenecientes a determinada tribu (Leví), separada y especial.
- Es común a todas las religiones la separación entre el funcionario que administra lo sagrado y los cofrades o feligreses en cuyo favor se administra. Los funcionarios sacerdotes realizan actividades sacrificiales y son considerados como “mediadores” respecto a la divinidad; son “pontífices” (“pontis- facere”), es decir constructores de “puentes”, entre Dios y el pueblo. Para remarcar más esa “separación” respecto al resto del pueblo religioso, supuestamente para el desempeño de sus funciones, y para manifestar una supuesta pertenencia a la esfera de lo divino, los sacerdotes o funcionarios religiosos han tendido siempre a usar vestiduras llamativas -los ornamentos- diferentes a los que usan los “profanos”; exigen del pueblo un trato especial, privilegios y ciertos beneficios: todavía hoy, según el Derecho Canónico, si alguien golpea a un clérigo, queda excomulgado “ipso facto”, sin necesidad de declaración. Se reclaman lugares honoríficos (asientos de honor) y títulos especiales (“padres”, “maestros”, “ulemas”, “ayatolas”, “rabinos”, “excelencias”, “monseñores”, “Santidades”, etc.). Hay que advertir que en la medida que los cristianos vayan siendo más adultos, esta separación tenderá a irse superando; pero todavía los cristianos laicos, afectuosamente nos siguen brindando a los sacerdotes signos de respeto a nuestra investidura: nos llaman “padres”, nos besan la mano, nos ceden las cabeceras en los banquetes, etc. Ya que el desempeño de guía religioso exigía mayor información doctrinal, se vio conveniente una larga preparación de estudios. Su conocimiento de la teología moral les permitía ciertas “epikeias” (como denominaba Aristóteles a esas ocasiones excepcionales en que se permiten acciones contrarias a la ley civil, ya que obedecen más a la justicia moral, supera la justicia legal), por lo que conocían interpretaciones laxas de las leyes morales aplicadas a su fuero interno; mientras que el común de la gente se quedaba sólo con la generalidad en todo su rigor.
- Parece que en este sentido va la crítica de Jesús hacia los escribas y fariseos, que “se han sentado en la cátedra de Moisés”. Jesús no descarta que algunas de sus interpretaciones de la Escritura sean aceptables (“hagan y cumplan lo que ellos les digan”); pero lo que condena enérgicamente es su incongruencia –“no los imiten, porque dicen y no hacen. Atan fardos pesados difíciles de llevar, y se los cargan a la espalda de la gente; mientras ellos se niegan a moverlos con un dedo”–, sus malos ejemplos y antitestimonios, tanto más condenables cuanto que hablan en nombre de Dios.
- Actualmente se conoce como “clericalismo” esa modalidad a la que tendemos los ministros religiosos de sobreponerse a los demás cristianos, obsesionándonos de ocupar cada vez puestos más altos en la Iglesia. En la Edad Media se fue inventando toda una jerarquía de dignatarios (Papa, cardenales, arzobispos, obispos, monseñores canónigos, etc.), a semejanza de la jerarquía de la nobleza. Igualmente, tendemos a acaparar muchas actividades que podrían realizar los “laicos”, considerándolos como menores de edad o ignorantes de la religión, por lo que tendrían que someterse a sus “pastores”. El Concilio Vaticano II trató de recuperar la comunidad cristiana como “pueblo de Dios”, evitando la separación abusiva de los clérigos, simples servidores de ella. Ahora se reconoce la dignidad de los “laicos” como parte de la Iglesia entendida como pueblo, junto-con (no debajo-de) los sacerdotes y de los y las religios@s. En el momento actual de crisis vocacional, la asunción de laicos en la dirección de nuestras comunidades va siendo una necesidad.
- Igualmente el clericalismo se manifiesta en la vida social extraeclesial. El clericalismo tiende a considerarse en situación de exención en cuanto al poder civil: No hace mucho, la jerarquía clerical reclamaba sus “fueros”, a semejanza de otras corporaciones (como los militares): los clérigos tienen sus tribunales propios, sus legislaciones especiales, llegándose a considerar como al margen de las leyes civiles (penales o administrativas), lo que fácilmente degenera en inmunidades. En un Estado “laico” (es decir, no clerical o “confesional”) la Iglesia no tiene ya “fueros”. Los clérigos hemos de comportarnos como los demás ciudadanos, cumpliendo con nuestros deberes cívicos, exceptuando hacer propaganda política a un Partido o aceptar cargos de elección popular conforme a las legislaciones, sólo para evitar la utilización de nuestra investidura con fines de manipulación política.
- La Iglesia no acaba de encontrar la fórmula de relacionarse con el poder civil: manejando cierto moralismo abstracto, como mecanismo de poder y de control, se reivindica la defensa de una supuesta moralidad pública supuestamente “natural”; pero que no es compartida ni consensuada por sectores sociales no católicos, la sienten como imposición de esos “fardos difíciles de llevar y que ni con el dedo queremos mover”. Hay, pues, cierto “anticlericalismo” acorde a nuestra fe, cuando se confunde la exigencia de las “libertades” indispensables para el cumplimiento profético de nuestra misión en el mundo, con “privilegios” de exención cívica por intereses de grupo. Esto es diferente de esos otros tipos de “anticlericalismo” que encubren fobias antirreligiosas, sea por ignorancia, sea por reacción a los abusos clericales.
- Es preciso que los sacerdotes aprendamos humildemente la lección de aquellos funcionarios religiosos de tiempos de Jesús; que nos sintamos más “pueblo de Dios”, abriendo mayores espacios a ustedes, los laicos, para que asuman mayor participación en la común misión de nuestra Iglesia común, a la que amamos, que está siempre renovándose y pareciéndose cada vez más a lo que Jesús deseaba de nosotros. Al mismo tiempo, debemos los ministros sentirnos más como pueblo civil, con los mismos deberes de los demás ciudadanos, y ejercer nuestra misión como servicio a la comunidad eclesial y civil.
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