A-37 Cuaresma II: PERSISTENCIA DE LA TENTACIÓN

Mt 7, 1-9

  • Como vimos la semana pasada, Jesús en el desierto superó la tentación. Pero cuando vencemos las tentaciones, estas no suelen desaparecer del todo, sino que se quedan por ahí, agazapadas. De hecho, la imagen de Mesías hegemónica en aquel tiempo y compartida casi universalmente (ejercer el mesianismo desde el Poder), aparte de resultar más fácil y tener ciertos fundamentos bíblicos (Satanás conoce bien las Sagradas Escrituras), ofrecía posibilidades no desdeñables; trabajar desde el poder da muchos recursos, por lo que la Iglesia, desde Constantino cayó frecuentemente en esta tentación: en la Nueva España, gracias al Patronato Real, las autoridades cobraban el diezmo, construían templos y conventos, prohibían cualquier otra religión, daban a la Iglesia el monopolio del matrimonio civil, etc… Pero en el desierto Jesús quedó convencido que el Padre quería un Mesías que trabajase desde el no-poder, ya que era lo que correspondía para superar la primera desobediencia de Adán y Eva, pues el fruto prohibido fue justamente el “poder de dominación”.
  • La tentación, empero, no quedó destruida y se volvía a presentar por medio de quienes menos podría pensarse, por ejemplo, Simón Pedro: cuando Jesús le advierte que el Mesías será rechazado y asesinado, lo llama aparte y le corrige: “eso no te puede suceder a ti: no te olvides, eres el Mesías, tienes el poder de Dios: ¡Compórtate como tal! Jesús le llama “Satanás” (tentador) y lo pone en su lugar: el discípulo de seguir al maestro y no ponérsele al frente y darle la clase.
  • Realizar el proyecto del Padre desde el no-poder –el “Reino de Dios”- implicaba renunciar a la utilización de sus poderes divinos para utilidad propia, o incluso para la realización del proyecto (los milagros serían una forma de poder). Preveía que un Mesías solidario con los oprimidos de todos los tiempos (crear fraternidad) le iba a acarrear la enemistad del Poder mismo, de los opresores y poderosos, cuyos intereses y privilegios quedarían afectados con esa forma alterna de organización desde los que menos poder tienen. Seguramente que las autoridades religiosas lo “excomulgarían” (expulsión de la Sinagoga) y tratarían de eliminarlo, pero ya que los romanos se habían reservado la pena capital, seguramente le tendrían que fabricar un delito político (una supuesta rebeldía contra el Cesar) para que los romanos pudieran condenarlo a la crucifixión. Esta tentación, pues, continuaba soterrada.
  • Había algo más: ese rechazo iba a resultar muy escandaloso para sus discípulos, que no concebían un Mesías fracasado y reprobado por la religión oficial. Por lo mismo, más que para confirmarse Él (que sí lo necesitaba), le preocupaba ir preparando a sus discípulos, al menos los más concientes. Jesús recomendará más tarde: “Vigilen y oren para que no caigan en tentación”, y dándonos ejemplo, cuando le volvía la tentación se retiraba a orar a un lugar solitario, y fue lo que hizo en esta ocasión, cuando decidió subir a un monte elevado para orar: invitó a que lo acompañaran los tres más despabilados -Pedro, Santiago y Juan- y ante ellos se “transfiguró”, es decir, permitió que se revelara claramente su divinidad. Es lo que significan los símbolos empleados por San Mateo: el rostro resplandeciente denota el rostro de Moisés después de estar en el Sinaí (que incluso tuvo que cubrirlo con un velo); la vestidura blanca, la visión del profeta Daniel; la nube, la presencia de Dios en el campamento o en el templo de los hebreos, la voz del Cielo (incluso con las mismas palabras), su propio bautismo… La conversación de Jesús con Moisés y Elías significa que Jesús se está confrontando con la Palabra de Dios: la Biblia que entonces existía se dividía en dos partes (obviamente distintas de las actuales): la Ley (atribuida a Moisés) y los Profetas (cuyo principal exponente era Elías). En la Escritura hay varios textos referentes al Mesías. Algunos, ciertamente, dan pie a ser interpretados como un nuevo David, con gloria, grandeza, para una redención desde el poder; pero observando con más finura, otros textos (por ejemplo, lo referente al “Siervo de Yahvé” de Isaías) hablan de un Mesías sencillo, solidario con los pobres, perseguido, rechazado por la oficialidad religiosa; pero eficaz en cuanto a promover la justicia y el derecho.
  • Los apóstoles, arrobados por la visión y cautivados por ese rostro resplandeciente y sereno, apenas se fijaron en lo que se discutía. Pedro, hablando por los tres, expresó su deseo de instalarse allí. Habló de “tres chozas”, para cada uno de los personajes (no pedía una para ellos. No importaba que se quedaran a la intemperie); pero de inmediato, la voz atronadora y la visión desapareció: ¡No, Pedro! El maestro no subió al monte para quedarse allí, huyendo de los conflictos. Hay que bajar del monte, allá, adonde están Anás y Caifás, Herodes, Pilatos, los fariseos… La oración que huye del mundo, para refugiarse en un intimismo confortable, dulce, tranquilizador… es “opio del pueblo”. En cambio, una oración para recargar las baterías, para fortalecerse; una oración que se nutre de las Escrituras y de los Signos de los Tiempos para discernir la voluntad del Padre, es “levadura” que informa toda la masa, que sostiene a luchadores y mártires, que cambia el corazón.
  • En nuestra Cuaresma, cuando, si la tomamos en serio, nos estaremos dejando cuestionar y revisar el rumbo de nuestra vida, seguramente volverán tentaciones que creíamos superadas. Recordemos el ejemplo de Jesús. Volvamos a las Escrituras (Moisés y Elías; pero sobre todo, los Evangelios) y prestemos atención a los Signos de los Tiempos, y no nos refugiemos en una oración tranquilizadora para nuestra “zona de confort”, sino una oración que nos ayude a vencer esta tentación, que nos inquiete, nos sacuda y nos empuje hacia un mayor compromiso

A-36 Cuaresma I: LA TENTACIÓN

Mt 4, 1-11

  • El cambio de color de ornamentos es signo de cambio de un tiempo litúrgico. Los dos ejes: el nacimiento y la muerte de Cristo, ambos dependientes de los ciclos astronómicos: la Navidad, el “sol invictus” (el sol-sticio de Invierno, cuando el sol, que parecía morir, comienza a crecer) y Pascual, la luna, el sábado más cercano al plenilunio próximo al equinoccio de primavera. Las dos fiestas principales en nuestra liturgia son enmarcadas, antes y después, por sendos períodos de 40 días. La apertura del ciclo inició el “miércoles de ceniza”, que este año “cayó” en el pasado 1° de marzo.
  • El sentido de la Cuaresma lo da el Evangelio de hoy. Hay que ubicarlo en el relato evangélico: En el momento de su bautismo por Juan, Jesús cobró conciencia de su misión como Mesías: era el Hijo primogénito de Dios, tenía todo el poder divino en sus manos. ¿Cómo iba a diseñar y realizar su misión de acuerdo a la voluntad de su Padre Dios? Al escuchar esa voz quedó abrumado. Necesitaba poner en orden sus pensamientos, y para ello, quizás su primo le sugirió irse al desierto, el lugar más apropiado: es lugar de penitencia, de silencio, propicio a la búsqueda y la reflexión. Fue al desierto adonde Dios envió a Abraham, sacándolo de la seguridad de la civilizada ciudad de Ur de los Caldeos.
  • Allí habría de pasar 40 días ¿Por qué precisamente 40? Se trata de un número religioso que evoca los 40 años que pasó el naciente pueblo de Israel viajando a través del desierto desde su liberación de Egipto hasta la Tierra Prometida. También los 40 días de Diluvio y los otros 40 de la predicación de Jonás en Nínive. Tiempo, pues, de purificación y discernimiento.
  • “Pasó allí cuarenta días y cuarenta noches sin comer”- Para el tiempo de Cuaresma se aconseja practicar lo que Jesús recomendaba -oración, ayuno y limosna-, realizados con discreción, sin exhibicionismo. Para nosotros, para que este ejercicio tenga sentido cristiano es atender las razones que tuvo el Maestro: La supervivencia en el desierto era trabajosa. Comer significaba ir a buscar alimento -algún roedor y algunas hierbas (cacería y recolección), y luego, encender una fogata para cocer la presa: a nosotros se nos dificulta hacer una fogata en el campo, teniendo gasolina y cerillos, en aquella aridez barrida por el viento, podría resultar toda una proeza. Por tanto, si alimentarse iba a costa del precioso tiempo de su reflexión, parecía más práctico pasarlo en ayuno. Aquellas personas que pasan largo tiempo con poca comida dicen que después de los primeros días -cuando se siente el hambre-, uno se habitúa, y sin los procesos digestivos, la mente queda despejada y serena.
  • Hay, pues, diversas formas de ayuno, algunas más agradables a Dios.
    • El ayuno forzado y crónico de esas casi mil millones de personas que pasan hambre crónica en el mundo. Este ayuno, decididamente, no le agrada a Dios, pues no quiere que sus hijos sufran injustamente el hambre, mientras otros desperdician alimento.
    • El ayuno ascético, que algunos practican para disciplinar el cuerpo, fortalecer la voluntad y remedio de algunas compulsiones (no sólo de comida). Esta es una forma de ayuno cuaresmal que en otro tiempo se practicaba durante este tiempo.
    • El ayuno terapéutico, recomendado por los naturistas. Sus partidarios lo recomiendan para que el cuerpo se purifique, no teniendo trabajo de digestión y que sane de algunas afecciones. Algunos comen únicamente un solo tipo de fruta y otros, algo de limón o potasio para no descompensar.
    • El ayuno de protesta: la llamada “huelga de hambre”, con el que algunos activistas pretenden atraer la atención del público a una causa que ellos consideran más importante que la vida propia. Efectivamente, para algunos esto ha sido útil, como para Ghandi en su lucha por la Independencia de la India. La Iglesia no lo ve mal, cuando se pone como límite el riesgo de la pérdida de la vida.
    • El ayuno solidario: “partir el pan con el hambriento”, compartir: quedarse con algo de hambre para que algunos de los que ayunan habitualmente puedan comer un poco mejor. Este es un recurso muy recomendable para este tiempo. Se trata de que lo que uno ahorra al abstenerse de comer algunos alimentos lo vaya depositando en una alcancía y que al llegar la fiesta de la Pascua, ese dinero se destine a una buena limosna en beneficio de personas realmente necesitadas (p. ej.: cuando estudiaba en una Universidad católica de Bélgica, el ayuno de los universitarios de ese año se destinó para iniciar una biblioteca en un país africano).
  • Juntamente con el ayuno que tuvimos el miércoles pasado y tendremos el Viernes Santo, la Iglesia manda también la abstinencia de carne los cuatro viernes de Cuaresma. Quizás la razón inicial se haya dirigido a favorecer la oración, ya que para la gente del medievo, hartarse de la carne de alguna presa de cacería entorpecía la mente. En la austeridad medieval, los cristianos se abstenían de comer carne roja durante toda la cuaresma. La carne se guardaba en el sótano bajo tierra, el lugar más fresco, para conservarla algunos días, y la víspera del Miércoles de Ceniza –el Martes de Carnaval- se sacaba toda la carne que quedaba en la bodega para consumirla en un atracón y despedirse de ella. La palabra deriva del italiano “carne-vale” (adiós a la carne), como se ve también con la expresión latina “carnis tollendas” (quitar la carne). La Iglesia prohíbe la carne de animales de la tierra; pero no de las del mar.
  • Por supuesto, si de lo que se tratara era “hacer penitencia”, comer langosta o un coctel de mariscos saldríamos ganando. Ahora, más que “carne” habría que abstenernos de aquellas compulsiones, adicciones o malos hábitos que no nos permiten vivir libres: no comer carne… “de prójimo”, abstenernos del cigarro, el alcohol, los pastelitos, la pereza, la falta de ejercicio, el juego… y lo que nos ahorremos… ¡va para la alcancía! La mejor “penitencia” cuaresmal es trabajar por corregir alguno de nuestros defectos dominantes.
  • “Entonces se acercó el tentador”… En esos momentos de discernimiento radical, cuando nos enfrentamos a alguna decisión importante o cuando planeamos un proyecto de vida, no faltan las tentaciones. La tentación es un componente de la vida humana, por lo cual, incluso Jesús –hombre como nosotros en todo, menos en el pecado- también sufrió. En la oración del Padre nuestro, no dice que pidamos a Dios que no seamos tentados, sino sólo que “no nos deje caer en tentación
  • El Tentador sabe bien qué nos puede tentar y qué no. La tentación de Jesús no fue invitarlo a algo pecaminoso (era obvio que no caería), sino presentar un tipo de Mesías diferente del que Dios quería y que se apartaba del modelo de Mesías prevalente en el medio ambiente (difundido desde el Santuario), es decir, un Mesías espectacular y milagrero (tirarse desde el pináculo del templo en un día de fiesta y esperar a que los ángeles lo depositaran suavemente en el suelo), un Mesías que remediara compasivamente el problema del hambre en el mundo en forma mágica (convertir piedras en panes), sin modificar el corazón egoísta del ser humano –cuando “multiplicó” los panes, lo hizo haciendo que la gente compartiera sus “cinco panes y dos peces”, o sea, lo que se traía para remediar individualmente el hambre del día-, un Mesías que salvara a la humanidad desde el poder, haciendo de Israel la potencia mundial hegemónica, en vez de Roma (“te daré todo esto si te postras y me adoras”). Si Jesús hubiera escuchado al Tentador, no sólo hubiera muerto anciano tranquilamente en la cama, sino que hubiera recibido los apoyos de Anás y Caifás, quizás de Herodes mismo, y Judas hubiera sido su más entusiasta colaborador. Pero por otro lado, Jesús percibía en algunos textos clave de las Escrituras (Moisés y Elías), la figura del “Siervo de Yahvé” iba en la línea de solidaridad con los oprimidos y por tanto, no emplear sus poderes para sí mismo, ni para reforzar la imagen del Poder coercitivo de Dios, sino que siempre trabaja desde el “no-poder”, como María comprendió cuando le ofreció a Dios su virginidad (la fecundidad, único poder retenido por las mujeres).
  • La primera tentación se dio justamente a nuestro inicio como humanidad: si lo que nos caracteriza como tales -“imagen y semejanza de Dios”- es nuestra razón y nuestra libertad, al despuntar la libertad (ante la cual el Creador mismo se arrodilla), primer acto plenamente libre de aquellos homínidos libertad versaría sobre la caracterización de la nueva especie y por tanto, quedaría inscrito en el ADN mismo de todos los descendientes. Se trataba de optar en una alternativa para la especie: o bien que cada uno de sus miembros se corresponsabilizara de todos los demás -y que por tanto, los más fuertes defendieran a los más débiles-, o bien, desde el “poder de dominación”, que los más fuertes se aprovecharan de los débiles. Y así fue que nuestros primeros ancestros, seducidos por aquel fruto, descubriéndolo como bueno para satisfacer el cuerpo y la mente, cayeron en la tentación.
  • Jesús, en cambio, supero la tentación, al menos por esta ocasión. Nunca se supera una tentación para siempre. La Cuaresma, pues, nos coloca en la misma situación de Jesús: la búsqueda de la voluntad del Padre. Para ello, necesitamos retirarnos a nuestro “desierto” (los tradicionales ejercicios espirituales cuaresmales, o algún rato en la tranquilidad del campo, o en nuestra azotea, incluso). Sabemos de antemano que seremos tentados a implementar decisiones más cómodas, menos radicales y menos exigentes; pero con la ayuda de Dios, las venceremos, como Jesús, por más que tengamos que hacerlo una y otra vez. En Getzemaní Jesús recomendó “vigilar y orar para no caer en la tentación” para desenmascararla. Se requiere una actitud constante de alerta, ya que la tentación es ubicua y sutil. Viviremos la Cuaresma en penitencia, no tanto sufrir por sufrir, sino en beneficio de nuestra libertad-de vicios, compulsiones o adicciones- compartiendo lo que tenemos con algunos necesitados, sin recurrir a lo mágico (convertir piedras en panes). Como sea nuestra Cuaresma será nuestra Pascual, por tanto, aprovechemos esta circunstancia para crecer en nuestro compromiso.

A-47 Ascensión

Hch 1, 1-11 / Mt 28, 16-20

  • La expresión “subió a los Cielos” es una expresión simbólica religiosa y no una posición astronómica. Nuestras lenguas latinas confunden ambas -usamos la palabra “Cielo”, tanto para referirnos al cielo empíreo (firmamento) como a la dimensión religiosa transhistórica; pero el inglés, p.ej., distingue entre el sky y el heaven. Esta confusión favoreció el error de ubicar el Cielo en algún lugar del firmamento, que ciertamente correspondía a la cosmología hebrea. Entonces se pensaba que la tierra era plana y cubierta por una bóveda formada por una capa de estrellas, y sobre esa cápsula estaban las aguas celestiales, encima de las cuales habitaba Yahvé. Para hacer llover, Dios simplemente abría la llave a guisa de una regadera.
  • En cambio para la cosmología actual, la Tierra es un pequeño planeta que gira en torno al Sol, al interior de nuestra galaxia, la cual, además, se ha ido distanciando de otras muchas más. Tomando en cuenta los movimientos de rotación y traslación del Planeta y la ubicación exacta de la partida, a modo semejante al lanzamiento de un cohete espacial, nos resultaría muy difícil conocer la dirección astronómica hacia dónde Jesús se habría dirigido Jesús. Es esta confusión que explica por qué pudo suscitar una supuesta crisis de fe la afirmación del astronauta ruso Gagarín, cuando negó la existencia de Dios al afirmar “estuve en el Cielo y no vi a Dios”.
  • La liturgia, transcurridos 40 días después de la Resurrección celebra la fiesta de la Ascensión del Señor. Contamos con dos narraciones (San Lucas en la primera lectura y San Mateo en el Evangelio), las cuales divergen del lugar del punto de partida de Jesús para su viaje trasmundano: mientras que para San Lucas Jesús les manda no salir de Jerusalén, para San Mateo los hace ir a un monte de Galilea. En ambas, la ascensión de Jesús tuvo lugar al momento de transmitirles a los apóstoles sus últimas recomendaciones: el tiempo y la hora de la última venida del Señor para establecer su reinado, en San Lucas, o el envío de los apóstoles, no ya al territorio de Israel, como la primera vez, sino “a todo el mundo”, en San Mateo, suscitando en los habitantes de cualquier tiempo y cultura la fe, que rubricarían el bautismo, y prometiéndoles su presencia por medio de su Espíritu, “hasta el fin del mundo”. Ambas narraciones coinciden que mientras Jesús dirigía sus últimas palabras, se fue elevando ante sus ojos, de modo que su enseñanza continúa hasta el final, en una especie de eco, hasta que una nube lo cubrió. Jesús, pues, pasa a otra dimensión, reincorporándose a su divinidad de origen. La nube, en la simbología veterotestamentaria, acompaña todas las teofanías: la divinidad oculta la humanidad de Jesús.
  • San Pablo dice que Jesús está sentado a la derecha del Padre. Pero si el Cielo no es un lugar físico, no habrá ni trono, ni derecha ni izquierda. Pablo resalta el reinado cósmico de Jesús. Esto se dará en su última venida, cuando regrese a juzgar la historia.
  • Algunos suelen vivir su vida desde el Cielo futuro –“nuestra verdadera Patria celestial”-. Es bueno cuando nuestro punto de referencia es la meta y anhelo sobre todas las cosas. Pero también hay riesgo de que por andar pensando siempre en el Cielo descuidemos nuestras responsabilidades aquí en la Tierra, un “Valle de Lágrimas” del que no vale la pena preocuparse, pues es efímero. Entonces la mirada en el Cielo nos enajena y nos vuelve indiferentes ante los problemas de los demás. Cuando la nube ocultó a Jesús, los apóstoles se quedaron como alelados, mirando la nube. Fue necesario que unos ángeles aparecieran y les dijeran: “¡Usha, Galileos! ¿”Qué hacen así no más mirando al Cielo?” Ese Jesús al que vieron partir, volverá; pero entre tanto, a ustedes les toca mirar para abajo, a esta Tierra, un “valle de alegría y de dolor”, como dijo el Papa en Fátima. Tenemos que construir aquí las bases del Reino de Dios, para que cuando regrese, pueda reinar sobre lo que hayamos logrado conseguir. El camino para llegar al Cielo pasa por esta Tierra, y no hay otro.