C-23 EL CÁLCULO DE RECURSOS EN TODA PLANIFICACIÓN

Lc 14, 25-33

  • El “espontaneísmo” es aquella actitud que prefiere la improvisación a la hora de planear. El “espontaneísta” confía en su intuición en cualquier momento dado, y sabe aprovechar las circunstancias, con lo que a veces hace buen papel. En el argot taurino, “espontáneo” es un aficionado al toreo, que de pronto se “lanza al ruedo”, sin mayor entrenamiento. Puede hacer una buena faena; pero lo más seguro es que haga el ridículo o peor aún, que reciba alguna embestida. El camino más seguro para el éxito no es sino la disciplina y la planificación racional.
  • Todas las técnicas de planificación empresarial parten del cálculo de los recursos, y esto, para cualquier tipo de objetivo, sea económico, sea político. Fallar en este cálculo es condenarse al ridículo, al perjuicio o a la derrota. Los ejemplos que pone Jesús caen de su propio peso.
  • La falta de cálculo presupuestal –aunque parezca inverosímil- no es infrecuente, y tiene que ver, más que a simples errores, a la corrupción administrativa. Recordamos un ejemplo escandaloso en la llamada “Estela de la Luz”, construida como conmemoración del bicentenario de nuestra Independencia política. Aparte de la entrega tardía (el monumento fue inaugurado en enero de 2012, año y medio después del Aniversario), su costo registró un impúdico error de cálculo: presupuestado para 200 millones de pesos, costó finalmente $1,575 mdp. ¿Cómo entender a funcionarios expertos en economía no sean capaces de prever situaciones mundiales adversas, no desconocidas a la hora de elaborar el presupuesto anual? La falta de cálculo puede causar demasiado dolor, como en el caso de lanzarse a una guerra que era previsible perder. Un error de cálculo en los costos políticos puede rayar en la ignominia: ¿Cómo comprender que se invite al país a un candidato presidencial que no ha dejado de insultar al país anfitrión?
  • Por el lado contrario, a veces la pastoral de la Iglesia se está pareciendo más a la gestión empresarial. Estamos cayendo en un exceso de planificación, de reuniones administrativas, evaluaciones, informes, consejos, organigramas… y casi no dejamos espacios para la acción del Espíritu Santo. ¿No nos estaremos yendo al extremo opuesto al espontaneísmo? Cuando todo se tiene calculado y sopesado, no queda lugar a la “locura” del espíritu.
  • Una vez más hay que ir más allá de lo aparente en las parábolas de Jesús. Su interpretación no puede reducirse a elementales consejos administrativos. Queda patente al contextualizar los ejemplos narrados: Jesús los expuso yendo de camino en medio de una gran muchedumbre de seguidores. Era comprensible el magnetismo irresistible que su persona ejercía, y mucha gente, seducida por su gran corazón y su capacidad de milagros, dejándose llevar del entusiasmo que les despertaba, se lanzaban en pos de Él. A Jesús los números le espantaban un poco, y más que aprovechar a estas multitudes para una propaganda vocacional, más bien trata de disuadirlos. Es una empresa que requiere la inversión de grandes recursos, y lanzar un proyecto implica renunciar a varias cosas. Seguir a Jesús es el mayor proyecto concebible, y pide para lanzarnos a su proyecto –el “Reino de Dios”- la entrega de toda la vida, y esto no es nada fácil. Supone renunciar a los propios bienes presentes o que pudieran adquirirse luego, despojarse de ambiciones e intereses, preferirlo incluso a los más sagrados lasos consanguíneos (padre, madre, hijos, hermanos), a los legítimos deseos personales (“a sí mismo”) y disposición para sufrir problemas, persecuciones e incomprensiones (“cargar su cruz”). Por supuesto, la inversión lo compensa, pues una vida dedicada a este proyecto es la que consigue la mayor plenitud.

C-22 UNA CUESTIÓN DE PERSPECTIVA

Lc, 14, 1. 7-14

  • Los protocolos son de vital importancia en la etiqueta formal. La precedencia: ¿en qué lugar sentar a cada cual, y con quién? Equivocarse suele traer consecuencias a los anfitriones, ya que en sociedades donde el prestigio está sobrevaluado, se hieren susceptibilidades con odiosas comparaciones sobre quién tenga mayor dignidad que otro.
  • Reivindicar supuestos derechos de precedencia raya a veces en la ridiculez, como parece sucedía en aquel banquete al que fueron invitados Jesús y sus amigos. Seguramente que Él se divertía viendo tamaños papelones, y lo aprovecha para dar una enseñanza: “Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, no sea que haya algún otro invitado más importante que tú, y (como ya todos habrían ocupado sus lugares) el que los invitó a los dos venga a decirte: ‘Déjale el lugar a este´, y tengas que ocupar, lleno de vergüenza, el último asiento”. Aconseja, en cambio, ocupar más bien el último lugar, para que el encargado del orden ceremonial te ascienda y quedes así honrado ante los demás.
  • Obviamente, no parece que el consejo de Jesús se reduzca a una mera treta protocolaria, una calculada táctica para llamar positivamente la atención. Por lo pronto, expone una sabia enseñanza: –“El que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla será enaltecido”-: la grandeza de una persona se mide por su humildad, por su capacidad para “abajarse” y conectar mejor con los demás. Como nos dice el libro del “Sirácide” en la primera lectura: “hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas, y hallarás gracia ante el Señor”. Un hombre o mujer grande no se desdeña en convivir con supuestos “inferiores”; mientras que quien lo es tanto, tiende a deslindarse de aquellos.
  • Sin embargo, parece que hay algo más en esto. Quizás haya querido llamarnos la atención sobre la privilegiada perspectiva de los últimos lugares. Todo banquete preparado con esmero habrá de ser evaluado y criticado; pero la objetividad del juicio dependerá de una cuestión de perspectiva. Por mis recuerdos en mis experiencias de barriadas populares, en las comidas de bodas, a los invitados especiales –aquellos a quienes se les sienta en la misa de presidencia- siempre les va bien: (“¿Qué piececita de pollo quiere?” “¿gusta una copa de brandy?” “¿gusta un poco más de mole?”). Por lo que quienes tienen mejor perspectiva de la totalidad del banquete son los “gorrones” de la segunda mesa (la puerta del patio, en los barrios, permanece abierta y cualquier vecino puede entrar sin invitación, una vez que se levantaron los comensales de la primera mesa). A lo mejor estos últimos sólo alcanzaron arroz con frijoles…; pero si también ellos alcanzaron de todo y en buenas porciones, testificarán con autoridad que el banquete en su conjunto fue bueno. En las bodas de Caná, los de la mesa principal no notaron el milagro. El padrino se redujo a aconsejar al novio inexperto que no dejara el mejor vino para el final. Fueron sólo los criados y los de los últimos lugares quienes se dieron cuenta de lo que pasó.
  • Otro tanto sucede con el “banquete” social. A los de la mesa principal -aquellos que disfrutan de todos los recursos de la colectividad- siempre les va bien, y declararan que la economía es sana, que los indicadores macroeconómicos auguran futuros promisorios… pero los afectados en la microeconomía, los de las últimas mesas, los que se quedaron sin comer o a quienes sólo les tocaron migajas, podrán criticar con razón y mayor objetividad el rumbo de la economía total del país. El mejor observatorio para juzgar el Neoliberalismo, no es Davós, sino Ciudad Juárez. Son, pues, los de los últimos lugares a los que corresponde juzgar de los sistemas, pues la economía (“oikos” = casa) es el arte de administrar los recursos de modo que todos puedan satisfacer del mejor modo posible al menos las necesidades básicas, y no el procurar la maximalización de la ganancia para unos cuantos.
  • Es una cuestión epistemológica: las clases privilegiadas tienden a ideologizar, justificar o desfigurar la realidad, ya que el “status quo” les beneficia. En cambio, los sectores empobrecidos, tienen una necesidad apremiante de conocer la realidad con la mayor objetividad posible, puesto que lo que se proponen transformarla. Por ello, quienes hemos optado por construir otro mundo posible, necesitamos colocarnos desde el punto de vista de los pobres, que es la privilegiada perspectiva epistemológica para la transformación. Es, pues, importante que en nuestros eventos (pastorales, académicos, políticos) “invitemos” a los pobres, lisiados, cojos y ciegos… y también a las víctimas; que conozcamos su versión (“la versión de los vencidos”). En cambio, si “invitamos” sólo a nuestros amigos, parientes o “vecinos ricos”; si para nuestros análisis sólo atendemos la versión de los “importantes” o allegados por vínculos afectivos, quizás lo único que hagan sea corresponder cortésmente a nuestra invitación, y eso si es que no quieran ofrecernos algún ofensivo presente corruptor, a cambio de difundir su versión.

C-21 LA IGLESIA COMO MANICOMIO

Lc 13, 22-30

  • Ante una pregunta de curiosidad intrascendente –“¿Es verdad que son pocos los que se salvan?”- Jesús nos alienta a “entrar por la puerta, que es angosta”. No creo que se refiera a una salvación transmundana del “alma”: quizás, dada su infinita misericordia y compasión, Dios comprenda a tantos que por debilidad, ignorancia o inconsciencia, cometan faltas, muchas veces por omisión. La perícopa[1] parece responder a esa interpretación que tenían muchos israelitas sobre la Alianza o pacto que Dios había hecho con el pueblo “elegido”: bastaba que cumplieran los minuciosos preceptos rituales y confesaran el monoteísmo de Yahvé, para salvarse.
  • Así se comprende la imagen evocada por Jesús, de aquellas personas desconsoladas que tocan la puerta para que les dejen entrar al banquete de bodas, alegando una supuesta familiaridad amistosa –“¡Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas!”-; pero que el dueño de la casa, al término del banquete, los desconoce y los deja afuera. Jesús hace una denuncia a aquellos israelitas que alegando una especie de “derecho de salvación”, vivían confiados, con una religiosidad formal y legalista, indiferentes a la suerte de los sufrientes y con pocas implicaciones éticas para la vida cotidiana. Defraudados en sus vanas expectativas, veían, en cambio, abrirse las puertas del convite “a muchos de oriente y poniente, del norte y sur” -es decir, a los despreciables “perros paganos”-, de modo que “los últimos serían los primeros, y los primeros, los últimos”.
  • El ejemplo de lo sucedido a Israel, El “pueblo elegido”, nos alerta sobre concepciones facilonas de salvación: La Iglesia es ahora el nuevo “Pueblo de Dios”, es decir, el instrumento elegido por el Espíritu, su “aliado”, para llevar a cabo la misión del Padre –la construcción de una fraternidad universal; de un proyecto global de armonía, justicia, paz y libertad-. Sin embargo, suelen generarse actitudes similares a la del pueblo israelita: pensar que tenemos una especie de salvación asegurada, por la misma pertenencia de pueblo. No hace mucho se creía en el apogtema:[2] “extra ecclesia nulla salus” (“fuera de la Iglesia no hay salvación”), con el cual, no sólo se mandaba al infierno a todos los budistas, los musulmanes, hinduistas, las religiones animistas (por supuesto, a los “infames” judíos), a los antiguos mayas, aztecas, e incluso a cristianos de otras denominaciones (evangélicos, Testigos de Jehová, mormones y demás), y se da por supuesto a todos los ateos. Bastaría, por tanto, estar bautizados, casados por la Iglesia, morir “extremaunciados”… y evitar los pecados de índole sexual. Pero ya que dicha moral (la sexual, las inasistencia a misas y acaso los problemas de convivencia) no siempre es fácil, se tienen otros recursos supletorios garantizados: morir teniendo puesto el escapulario de El Carmen, haber comulgado consecutivamente durante nueve primeros viernes de mes, etc.[3]
  • Ante esto, no podemos desdeñar la advertencia de Jesús, de “entrar por la puerta, que es angosta”, es decir, la pertenencia al Reino de Dios se consigue con la total entrega al proyecto del Padre: la construcción de dicho ideal, de otro mundo posible (no en el sentido de un mundo ultraterrenal, sino de organizar este nuestro mundo de otra manera novedosa). Y en esta tarea, lamentamos que no nos acompañen muchos cristianos (piadosos, honestos, castos…); pero indiferentes a la suerte de las mayorías empobrecidas. Quizás escuchen a Jesús que les diga “No los conozco”, y responderán “¿cómo que no me conoces? Yo soy aquella anciana de la primera banca que nunca faltaba a las misas de entre semana, ni a los rosarios”… Y en cambio veremos, con gusto, que nos acompañamos en estas luchas, codo con codo, con “gente de oriente y occidente, de norte y sur”, de otras religiones, e incluso de ateos. Pues con la Iglesia sucede como en los manicomios, que “ni están todos los que son, ni son todos los que están”.
  1.  Perícopa (del griego περικοπη, pericopé, «corte») la denominación de cada uno de los pasajes de la Biblia que han adquirido gran notoriedad por leerse en determinadas ocasiones del culto religioso.
  2. Apogtema: frase o sentencia breve en la cual se expresa un pensamiento o enseñanza.
  3. Los claretianos, la “promesa consoladora”, de morir dentro del Instituto.