C-Adviento IV: PREPARAR LA NAVIDAD CON JOSÉ Y MARÍA

Miq 5, 1-4/ Lc 1, 39-45

  • Ya casi es Navidad. Nos preparamos a esta fiesta con nuestros adornos, nuestros planes para la misa y Cena, nuestros regalos. Poco a poco, a medida que nos acercamos a la fiesta, se ha ido densificando el tema. Ahora dirigimos nuestra atención en dos protagonistas que concentraron la larga espera veterotestamentaria: Israel, los profetas, el “resto”, los “Anawin, y finalmente quedaba reducida a Simeón, Zacarías, Isabel y sobre todo, María y José, quienes ahora peregrinan.
  • ¿Y qué mejor preparación para el nacimiento del Niño-Dios, que la espera de una madre al nacimiento de su primogénito? Nosotros los varones nos conformamos con imaginarlo. Son ahora las mujeres quienes tienen la voz. Pedimos nos compartan cuáles eran sus sentimientos en aquel entonces (nerviosismo, ansiedad, temor). También con esperanza. Una madre embarazada espera el parto; también con la esperanza de un hijo a ser educado para ser alguien que aporte a la humanidad.
  • Pero preparamos la Navidad con Esperanza. Hay diferencia entre la “espera” y la “esperanza”. La lengua castellana confunde ambos términos; pero esto no se da en otras lenguas -en inglés se distingue “to wait” y “to hope”; en francés, entre “attendre” y “spoir”; en italiano, entre “Attendere” y “sperare”-. La espera es pasiva (esperamos que llegue el camión, nuestro turno para el dentista, la cita en el café…); mientras que la esperanza es activa (es una bendición posible que guía en cierta dirección nuestros esfuerzos). ¿Y cómo esperaba María? ¿Con “espera” o con qué “esperanza”?
  • Cuando los peregrinos se desviaron de Jerusalén hacia Belén, María iba replegada sobre sí misma, en actitud orante, llena de gozosa esperanza, contemplando lo que sucedía al interior de su cuerpo… El Evangelio testimonia el júbilo de María al saber que el Esperado de los siglos iba ya a llegar, y que ella tendría el privilegio de conocerlo tan de cerca. Su pudor no le permitía compartir la noticia; pero el gozo era tan grande que no podía contenerlo para ella sola. Corre, pues, presurosa, a visitar a su prima, sabiendo que ella también estaba en el secreto.
  • Pero ahora sabemos que en los momentos anteriores a un parto, no sólo en las mujeres, sino también en sus esposos suceden cosas nuevas (un “embarazo” sicológico). Ahora es el turno de los varones. ¿Cuáles eran sus sentimientos antes de que naciera su primogénito? (temor a la responsabilidad, atención a su mujer…).
  • El embarazo de María fue muy doloroso para José. Cuando ella le comunicó que iba a visitar a su prima que sentía la necesitaba, se quedó preocupado. Respetaba a esa muchacha tan impredecible, y hasta la encaminó un trecho de camino… pero a su regreso, tuvo un duro golpe al notar los primeros signos de su embarazo, hasta que el ángel le tranquilizó con las profecías…
  • Al ver a Belén, José recuerda sus orígenes y la profecía: “de ti, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti nacerá el Jeque de Israel… Por eso el Señor abandonará a Israel mientras no dé a luz la que ha de dar a luz… La grandeza del que ha de nacer llenará la Tierra y él mismo será la paz”. El Mesías esperado sería un rey de la dinastía de David, y en José había algo de sangre real. Gracias a José, Jesús (Cristo-Rey) pudo alegar la legitimidad de su reinado, por más que su reino “no fuese de este mundo”.
  • Mientras María viajaba en contemplación introspectiva, José iría preocupado: las incomodidades del viaje para su esposa; la frustración por no encontrar lugar donde pernoctar, justamente cuando ya comenzaban las contracciones de su esposa.
  • ¿Qué mejor preparación para nuestra Navidad que hacerlo con María y con José? Junto con la espera, nuestra esperanza; ahora cuando no parece haber cabida para una esperanza que sea ingenua. Confiar que nuestro mundo reclama la futura venida de Jesús (ya vino; pero sigue viniendo, y hemos de preparar su última venida, trabajando porque su reinado vaya siendo posible).

C-Adviento III: ALEGRES POR EL CAMINO

Lc 3, 10-18

  • Cada pueblo tiene sus tradiciones populares propias. Las tradiciones religiosas son importantes –en especial las navideñas, pues son ocasión de creatividad, de recreación, de integración comunitaria. Además, cada pueblo expresa en ellas su propia identidad colectiva.
  • En los tiempos actuales, la cultura hegemónica impone a todo el mundo sus propias tradiciones. Así, por ejemplo, la Navidad norteamericana se impone incluso en el Sur, cuando son los tiempos de más calor y dónde no hay ni chimeneas, ni pinos, ni renos, ni nieve. La Sociedad de Consumo pervierte las tradiciones populares convirtiéndolas en folklore, despojándolas de su significado religioso o simplemente las desintegra. Es importante conservar las tradiciones como forma de resistencia cultural contra la cultura imperial; pero la única forma de hacerlo es actualizarlas con creatividad.
  • En México, la forma de prepararnos a la Navidad son las “posadas”, iniciativa de los frailes franciscanos de la Colonia y hoy reconocidas en todo el mundo. En ellas recordamos el viaje que realizaron los “santos peregrinos”, y que iniciarán el día 16, en la semana que hoy empieza.
  • Nuestra imaginación podría volar hacia aquella aldea de Galilea de no más de 300 habitantes, de esas aledas pobres en que nunca sucede nada extraordinario: siempre la misma rutina, el mismo trabajo, la misma pobreza. Pero un bien día, los aldeanos escucharon un redoble de un tambor y el sonido de una trompeta. Nunca antes habían visto un soldado romano… y ahora llegaban dos, acompañando a un mensajero. Los niños fueron los primeros en congregarse, en la placita fuera de la sinagoga. Luego fueron saliendo, curiosas, las mujeres, quedándose lejos de los soldados. Por la tarde, cuando los varones regresaban del campo, el soldado tocó fuerte la trompeta, y cuando ya estaba la mayoría del pueblo. El mensajero desenrolló un pergamino (o separó unas tablitas enceradas) y con ronca voz leyó fuerte: “Por orden de Su Majestad, Cesar Augusto, se decreta un censo que habrá de realizarse cuanto antes y sin apelación” (en esos tiempos, el censo no era como hoy, cuando una delicada señorita toca nuestra puerta para enterarse de nuestros chismes: ¿cuántos viven aquí? ¿qué comen? ¿tienen regadera?….). El decreto obligaba a todos los varones a trasladarse al lugar de origen del clan, y lo firmaba Quirino mismo, Gobernador de Siria.
  • Los vecinos murmuraban, malhumorados.
  • ¿Un censo? ¿Y para qué quieren saber cuántos somos?
  • ¿Pues para qué ha de ser? pues para controlarnos mejor los tributos.
  • La familia de José pertenecía a aquella migración favorecida por la política demográfica de Judea, de repoblar Galilea, dado su despoblamiento debido al exilio asirio. Por tanto, José tendría que viajar hasta Belén, y justamente entonces, cuando había tanto trabajo por la reconstrucción de Séforis, y cuando María, su mujer, está prácticamente a punto de dar a luz. Pero no había alternativa. Se tenía que ir. Se enteró que en los pueblos cercanos se estaba preparando una caravana. Ni modo de dejar a María en ese estado. Lo menos malo es que también ella lo acompañase, esperando que el viaje no le resultara demasiado molesto. Los animales se podrían encargar con los parientes vecinos; el burro lo llevarían, para más comodidad. Y después de asegurar bien la puerta, se unieron a la caravana.
  • El orden de la caravana no tuvo problema, pues el modelo no podía ser otro que el de los habituales viajes anuales al Templo: adelanta iban los varones, recitando salmos y alabanzas; seguían los jóvenes con los camellos y atrás, las mujeres con los alimentos y los enseres de la cocina, y los niños, correteando entre los grupos. Cuando llegaba la noche, mientras los muchachos llevaban los camellos a abrevar, los hombres instalaban las tiendas. Dado el estado de su mujer, José prefirió viajar cerca de ella.
  • Nuestras “posadas” suponen que el viaje duró un novenario; pero para recorrer los 100 kms de Nazaret a Jerusalén, más otros 20 kms para Belén, un pueblo de pastores podría recorrer tranquilamente 20 kms diarios. Es verdad que la comarca de Judea es montañosa; pero aun así, el viaje pudo hacerse en 6 o 7 días… (las posadas ponen 9 días). Cerca de la Ciudad, la caravana se divide y un grupo se dirige hacia Belén. Hacia el atardecer puede verse, la “ciudad de David”, la “ciudad blanca”, la “ciudad del pan”. Los hornos humean y ya se puede oler ese pan tierno.
  • Nosotros podemos acompañar a José y María en su peregrinar por el desierto. Para eso, reproducir los sentimientos propios de todos los peregrinos. Priomeramente, el lugar que se deja, donde “habitamos”, es decir, donde tenemos nuestros hábitos; donde está lo habitual: nuestras ideas ya fijadas, nuestras rutinas cotidianas, nuestras relaciones… Pero también el lugar adonde nos dirigimos: donde están nuestros sueños, nuestros ideales y utopías. El peregrinar es incierto, nos movemos entre el “ya no” de lo habitual dejado y el “aún no” del destino de llegada.
  • Llegan; pero hay demasiada gente, con eso del censo. Se dirigen con el primo de José; pero ya se les habían adelantado otros parientes y no había lugar. La posada estaba atestada, y en tales condiciones no sería decoroso que María diera allí a luz. Buscan en otras partes; pero fue imposible hallar dónde quedarse. El pariente le ofreció a José una cueva donde él guardaba sus animales, en las afueras del pueblo.
  • La tradición mexicana, después del rosario se recitan las letanías (“ora pro nobis”), se cantan los versos transmitidos desde tiempos coloniales y con velitas de colores, se pide posada. Los peregrinos, contando el burrito y el angelito, se topan con la insensibilidad de la gente: “aquí no es mesón”, “yo no puedo abrir, no sea algún tunante”. “déjenme dormir”… pero finalmente, la conocida anfitronería mexicana se impone y abre la puerta para que entren los “santos peregrinos”, entre luces de bengala.
  • Inmediatamente los niños van a romper la piñata. La clásica tiene 7 picos, que dicen que son los 7 pecados capitales. Se vendan los ojos, pues así procede la fe, que sólo ve con el corazón; con un palo se trata de romper la dura olla de barro, que es el caparazón de nuestro egoísmo, sin atender las desorientaciones del público, y finalmente, se quiebra y caen la fruta y los dulces, que son los frutos del Espíritu Santo.
  • Así nos preparábamos los mexicanos a la Navidad, antes de que estas fiestas se secularizaran. Las de ahora son bulliciosas, quizás divertidas; pero hay poca alegría autentica. Habría que recuperar el espíritu, al que nos invita San Juan Bautista: recuperar la ética en las profesiones, compartir lo que se tiene con quien lo necesita y evitar la corrupción –“no cobren más de lo establecido”, “no extorsionen a nadie, ni denuncian falsamente”, “conténtense con su salario”. Se comprobará así que siempre hay más gozo en dar que en recibir.
  • Ya pronto habrá de nacer el Niño Dios. “traerá el bieldo en la mano para separar el trigo y la paja”, para aquilatar lo auténtico de las apariencias; por más que éstas nos tienten y nos encandilen. Navidad será un tiempo de verdad y de misericordia, de compasión para quienes poco tienen, para los que sufren y para abrir los ojos de tanta enajenación. Preparemos jubilosos el camino, con el Bautista y abramos la puerta a los Santos Peregrinos.

C-Adviento II: ¿QUIEN ES EL PROTAGONISTA?

Lc 3, 1-6

Podemos leer la liturgia de Adviento como el drama en un texto discursivo. Es propio de este género teatral tener un protagonista, que en este caso, prepara el advenimiento de otro personaje más importante: ¿Quién será el personaje que nos guíe en la preparación de la Navidad? Será un personaje singular, algo exótico y fuera de serie…

  • ¿Cómo es su complexión somática? ¿será un anciano rechoncho, obeso y de barba blanca?
  • ¡No! Es enjuto, alto, delgado y fuerte, criado en lo agreste.
  • ¿Pues qué come? ¿galletitas, pastelitos y chocolates?
  • ¡No! Come chapulines (como oaxaqueño) y miel silvestre
  • ¿Cómo viste? ¿Con un pijama rojo y una gorra de dormir?
  • ¡No! Viste con piel de camello ceñida de un cinturón de cuero
  • ¿Y de dónde viene? ¿Del polo Norte? ¿De tierra de trineos, renos, pinos y chimeneas?
  • ¡No! Del Norte nos llegan junto con algunas cosas buenas, calamidades, películas enajenantes, modas, enajenaciones, comida chatarra… Viene del desierto, viviendo entre las bestias.
  • ¿Y cuál es su mensaje? ¿¡Compre en esta Navidad!? ¿¡Consuma esta Navidad!? ¿¡Cene y beba en esta Navidad!? ¿¡Regale esta Navidad!”?
  • ¡No! El mensaje es “Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos. Todo valle será rellenado; toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados y todos verán la salvación de Dios”.

No puede haber mayor contraposición entre ambos posibles protagonistas y sus respectivos mensajes. ¡Cual sea el personaje que elijamos para el tiempo prenavideño, así será nuestra Navidad! La Navidad de Santa Claus puede ser seductora y atractiva, como la esferita del árbol de Navidad: muy brillante y colorida; pero frágil, y si se aprieta un poco, se rompe… y se descubre vacía. Para festejar el Nacimiento de un Niño que no tuvo para nacer sino un pesebre de ganado, la Sociedad de Consumo realiza su Gran Venta de Fin de Año, en la que los regalos no son pan y requesón -como los de los pastores-, sino objetos del consumismo: inútiles, superfluos y efímeros… Esa Navidad podría quizás ser “alegre”; pero no feliz.

En cambio, la Navidad que prepara Juan Bautista es la de otro mundo posible que esperamos habrá de venir, en el que no haya, ni aquellas altas montañas –las del 1% de la población que controla el 99% de la riqueza-, ni aquellos hoyancos, del 20% que sobrevive en la miseria. Un mundo de Paz y de Amor; de luz que oriente caminos tortuosos y ásperos de confusión y extravío, para que se manifieste la misericordiosa salvación de Dios. Sin embargo, este mundo renovado no nos vendrá del Cielo. Lo tenemos que ir construyendo nosotros ya en la Tierra, y esto cuesta “un bautismo de penitencia”, de ahí el color morado del Adviento, como el de la Cuaresma.

  • Pero, entonces, ¿Quién es Santa Claus?
  • (¡Shhhh, hay niños!)

Santa Claus es una deformación del nombre de San Nicolás, cuya fiesta cabalmente es hoy: (“Sant Nichocolai—Saint Colaus – Sint Klaes”). Nació en Parara de Licia, antigua provincia de Asia Menor, hacia el año 280. Sus padres murieron cuando era muy joven, dejándole una gran fortuna, y fue muy caritativo. De él se cuentan muchas leyendas: en una de ellas, ayudó a un vecino para que casara a su hija mayor, evitando así que la prostituyera -arrojó por la chimenea un saquito de monedas de oro-. Cuando la segunda hija se debía casar, intentó hacer lo mismo; pero con más mala puntería, de modo que el saquito cayó en una media colgada en el tendedero. Se hizo monje y se decía que por la noche se escapaba del monasterio para socorrer a los niños pobres o colgar alguna fruta en el arbolito. Posteriormente fue consagrado obispo de Mira, capital de Licia, donde fue arrestado durante la persecución de Dioclesiano, y finalmente martirizado. Unos marinos rescataron su cuerpo cuando los musulmanes invadieron Mira y lo llevaron a Bari, en la costa Adriática. Su culto cobró auge en Europa, particularmente en Amsterdam, y unos marinos holandeses llevaron su devoción a la isla de Manhattan (NY). Allí su imagen fue despojada de sus ornamentos episcopales (rojo, por su muerte martirial) y convertido en un hombre mayor, con sombrero de anchas alas y pipa holandesa, generoso y bonachón, que montado en un caballo volador, en Navidad echaba regalos por las chimeneas, hasta que la Coca Cola, para su campaña publicitaria de 1930, lo caracterizó en la figura que hoy conocemos, con los colores de aquella trasnacional. Lo malo es que como Santa Claus vive en el Polo Norte, comienza a repartir los juguetes de norte a sur y nunca alcanza a cruzar el Ecuador: en la Navidad, el niño pobre –el más cercano al niño Jesús- debe conformarse a mirar los juguetes en el aparador. Esta Navidad de consumo más bien refuerza la situación en la que coexisten altísimas montañas y tremendos abismos de la desigualdad provocadora de violencias. Si queremos que Navidad sea Noche de Paz y Noche de Amor, preparémosla con el espíritu de Juan Bautista y San Nicolás; pero no con el de “Santa Claus”.