Lc 3, 1-6
Podemos leer la liturgia de Adviento como el drama en un texto discursivo. Es propio de este género teatral tener un protagonista, que en este caso, prepara el advenimiento de otro personaje más importante: ¿Quién será el personaje que nos guíe en la preparación de la Navidad? Será un personaje singular, algo exótico y fuera de serie…
- ¿Cómo es su complexión somática? ¿será un anciano rechoncho, obeso y de barba blanca?
- ¡No! Es enjuto, alto, delgado y fuerte, criado en lo agreste.
- ¿Pues qué come? ¿galletitas, pastelitos y chocolates?
- ¡No! Come chapulines (como oaxaqueño) y miel silvestre
- ¿Cómo viste? ¿Con un pijama rojo y una gorra de dormir?
- ¡No! Viste con piel de camello ceñida de un cinturón de cuero
- ¿Y de dónde viene? ¿Del polo Norte? ¿De tierra de trineos, renos, pinos y chimeneas?
- ¡No! Del Norte nos llegan junto con algunas cosas buenas, calamidades, películas enajenantes, modas, enajenaciones, comida chatarra… Viene del desierto, viviendo entre las bestias.
- ¿Y cuál es su mensaje? ¿¡Compre en esta Navidad!? ¿¡Consuma esta Navidad!? ¿¡Cene y beba en esta Navidad!? ¿¡Regale esta Navidad!”?
- ¡No! El mensaje es “Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos. Todo valle será rellenado; toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados y todos verán la salvación de Dios”.
No puede haber mayor contraposición entre ambos posibles protagonistas y sus respectivos mensajes. ¡Cual sea el personaje que elijamos para el tiempo prenavideño, así será nuestra Navidad! La Navidad de Santa Claus puede ser seductora y atractiva, como la esferita del árbol de Navidad: muy brillante y colorida; pero frágil, y si se aprieta un poco, se rompe… y se descubre vacía. Para festejar el Nacimiento de un Niño que no tuvo para nacer sino un pesebre de ganado, la Sociedad de Consumo realiza su Gran Venta de Fin de Año, en la que los regalos no son pan y requesón -como los de los pastores-, sino objetos del consumismo: inútiles, superfluos y efímeros… Esa Navidad podría quizás ser “alegre”; pero no feliz.
En cambio, la Navidad que prepara Juan Bautista es la de otro mundo posible que esperamos habrá de venir, en el que no haya, ni aquellas altas montañas –las del 1% de la población que controla el 99% de la riqueza-, ni aquellos hoyancos, del 20% que sobrevive en la miseria. Un mundo de Paz y de Amor; de luz que oriente caminos tortuosos y ásperos de confusión y extravío, para que se manifieste la misericordiosa salvación de Dios. Sin embargo, este mundo renovado no nos vendrá del Cielo. Lo tenemos que ir construyendo nosotros ya en la Tierra, y esto cuesta “un bautismo de penitencia”, de ahí el color morado del Adviento, como el de la Cuaresma.
- Pero, entonces, ¿Quién es Santa Claus?
- (¡Shhhh, hay niños!)
Santa Claus es una deformación del nombre de San Nicolás, cuya fiesta cabalmente es hoy: (“Sant Nichocolai—Saint Colaus – Sint Klaes”). Nació en Parara de Licia, antigua provincia de Asia Menor, hacia el año 280. Sus padres murieron cuando era muy joven, dejándole una gran fortuna, y fue muy caritativo. De él se cuentan muchas leyendas: en una de ellas, ayudó a un vecino para que casara a su hija mayor, evitando así que la prostituyera -arrojó por la chimenea un saquito de monedas de oro-. Cuando la segunda hija se debía casar, intentó hacer lo mismo; pero con más mala puntería, de modo que el saquito cayó en una media colgada en el tendedero. Se hizo monje y se decía que por la noche se escapaba del monasterio para socorrer a los niños pobres o colgar alguna fruta en el arbolito. Posteriormente fue consagrado obispo de Mira, capital de Licia, donde fue arrestado durante la persecución de Dioclesiano, y finalmente martirizado. Unos marinos rescataron su cuerpo cuando los musulmanes invadieron Mira y lo llevaron a Bari, en la costa Adriática. Su culto cobró auge en Europa, particularmente en Amsterdam, y unos marinos holandeses llevaron su devoción a la isla de Manhattan (NY). Allí su imagen fue despojada de sus ornamentos episcopales (rojo, por su muerte martirial) y convertido en un hombre mayor, con sombrero de anchas alas y pipa holandesa, generoso y bonachón, que montado en un caballo volador, en Navidad echaba regalos por las chimeneas, hasta que la Coca Cola, para su campaña publicitaria de 1930, lo caracterizó en la figura que hoy conocemos, con los colores de aquella trasnacional. Lo malo es que como Santa Claus vive en el Polo Norte, comienza a repartir los juguetes de norte a sur y nunca alcanza a cruzar el Ecuador: en la Navidad, el niño pobre –el más cercano al niño Jesús- debe conformarse a mirar los juguetes en el aparador. Esta Navidad de consumo más bien refuerza la situación en la que coexisten altísimas montañas y tremendos abismos de la desigualdad provocadora de violencias. Si queremos que Navidad sea Noche de Paz y Noche de Amor, preparémosla con el espíritu de Juan Bautista y San Nicolás; pero no con el de “Santa Claus”.