A-41 PASCUA DE RESURRECCIÓN

  • La presentación que los evangelistas hicieron de la Resurrección de Jesús sigue el esquema judicial. Las circunstancias habían colocado al pueblo ante un difícil discernimiento. Jesús les había planteado una propuesta religiosa basada en el “Sistema del Amor” a partir de los más vulnerables; pero aunque decía que no había venía a destruir la Ley antigua, sino “a darle su plenitud”, en la práctica resultaba un rompimiento respecto a aquella interpretación legalista y acartonada de los fariseos, con ese ritualismo y abusos del “Sistema del Sacrificio” (transferir las impurezas del oferente a su “chivo expiatorio”, le alienándolo de cualquier responsabilidad ética). Por la contraparte estaban las legítimas autoridades religiosas que gozaban del respaldo de la ley y de la tradición y que rechazaban a Jesús: no podía venir de Dios ya que no observaba el sábado -el respetable “Día del Señor”-, no cuidaba de “mancharse” tocando a leprosos, sus discípulos comían sin las lustraciones (lavarse las  manos antes de los alimentos), comía con publicanos y se rodeaba de pecadores, y esto, sin mencionar frases provocativas, como cuando llamaba a Dios “padre” suyo y que incluso pretendía identificarse con Él (“el Padre y yo somos la misma cosa”). Los indudables milagros que hacía –y que podrían probar la aprobación divina- también podrían provenir de un pacto diabólico y que los realizara “por el poder de Belzebú, príncipe de los demonios”.
  • Ambas propuestas religiosas se habían enfrentado como antagónicas e irreversibles y una de ellas tendría que caer. La gente estaba confundida. El único que podría resolver el dilema era Dios mismo; pero Él no le permitió a Jesús utilizar el poder divino en su propio beneficio. Lo que se le pedía era su fidelidad a su humanidad, incluso hasta la muerte. Si como decían las autoridades religiosas Jesús era un blasfemo, merecía la muerte por lapidación; pero los romanos se habían abrogado la pena capital, y no entendían ellos de cuestiones religiosas judías, de modo que la única forma de que los romanos mataran a Jesús había sido fabricarle un delito: la sedición, que merecía la crucifixión. Pero incluso en el último momento, la agonía en la cruz, Dios calló y Jesús experimentó el abandono de su Padre. Todo parecía que Jesús habría fracasado y que Dios estaba de parte de las legítimas autoridades religiosas. Pero una vez que Jesús murió y fue sepultado, finalmente, Dios se pronunció por Él, resucitándolo de entre los muertos. El libro de los Hechos de los Apóstoles repite varias veces el mismo esquema a propósito de la Resurrección: “a ese Jesús, a quien ustedes dieron muerte entregándolo a los paganos, a ese, ¡Dios lo resucitó!” Dios no estaba de parte de las autoridades religiosas, sino del ajusticiado, del rechazado.

·         Ciertamente el pronunciamiento de Dios fue muy discreto; apenas lo necesario; pero suficiente (fenómenos meteorológicos -el terremoto, el oscurecimiento del sol- podrían aparecer azarosos). Siendo la resurrección un hecho histórico, su veracidad dependerá de testigos, con las cualidades requeridas: ser sujetos de crédito, tener conciencia y que les constara personalmente. Las mujeres que fueron al sepulcro a ungir el cuerpo con perfumes, únicamente vieron removida la losa de entrada y asomándose, sólo vieron los lienzos. Los testigos que confirman la resurrección fueron, ciertamente, allegados suyos; pero no parecían predispuestos a creer cualquier alucinación (por eso Jesús pide que lo toquen, que le den de comer). Tan no estaban predispuestos que a pesar de estar tan familiarizados con su persona, lo confundían y sólo lo reconocen mediante algún signo: las llagas, las espinas del pescado, la palabra “María” pronunciada con ese tono tan peculiar, la pesca milagrosa, la fracción del pan, etc. ¿Será que el cuerpo resucitado sufre algunas transformaciones (atraviesa puertas cerradas, viaje rápidamente a Galilea, etc.)? ¿O será que más bien estaban inclinados a no aceptar la resurrección (lo habían visto: ¡tan bien muerto!)?

·         También es cierto que hubo testigos de la versión contraria: los soldados que guardaban el sepulcro afirmaron que mientras dormían, los apóstoles habían hurtado el cuerpo del sentenciado para hacer creer en la resurrección. Pero su versión era claramente un falso testimonio, ya que si estaban durmiendo, no pudieron saber si realmente algunos discípulos robaron el cadáver; máxime, como se supo posteriormente, que los Sumos Sacerdotes les habían dado monedas para sobornarlos.

·         De todos modos, aceptar la resurrección de Jesús no es fácil. Menos después de dos milenios de aquel suceso. Si aquel hecho sólo pudo ser creíble por el testimonio de alguien a quien le consta, ¿cómo pueden nuestros contemporáneos creer en este hecho, tan fundamental para nuestra fe? ¿Quién podría testimoniarlo? Sólo los auténticos creyentes. ¿De qué manera podemos ser creíbles de esta fe? Sólo mediante actitudes testimoniantes:

o   Vivir alegres.- Si la muerte subyace en cualquier tristeza profunda (enfermedades, separaciones, fracasos), la actitud de alguien que cree que la muerte puede superarse es la alegría. “La alegría –dijo Chesterton- es el gigantesco secreto de los cristianos”, pues como decía Santa Teresa, “un santo triste es… un triste santo”.

o   La valentía.- El miedo más hondo se produce ante el riesgo de morir; es el pavor ante nuestra desaparición. Pero quien cree realmente que la muerte no es definitiva; que hay vida más allá de la tumba, puede enfrentarse a los riesgos con valentía. Un cristiano cobarde no merece ser tomado en serio por nadie.

o   La esperanza.- Para actuar necesitamos de ideales que proyecten hacia el futuro nuestra vida. Pero la muerte frustra todos nuestros anhelos y proyectos, y esta llega fatalmente, tarde o temprano, de modo que la frustración parece inevitable. Pero al creer que hay vida más allá, se genera la esperanza, virtud que nos da seguridad y confianza de que nuestros anhelos más profundos –nuestra ansia de justicia, de paz, de libertad, de amor– habrán de tener cumplimiento.

o   El amor.- Por último, es una actitud que no se comprende plenamente sin un más allá: “El amor es más fuerte que la muerte”. El egoísmo siempre acecha e impide una entrega amorosa total, por lo que en toda entrega generosa siempre hay algo de muerte al “ego”. Podemos negarnos a nuestros intereses más fácilmente cuando tenemos fe en la resurrección.

·         Por eso la alegría de la Pascua no trata simplemente del “happy-end” de nuestro héroe, quien después de muchas desventuras logra triunfar. El Misterio pascual –la muerte y resurrección de Jesús- es también el misterio de nuestra propia muerte y de nuestra propia resurrección. La liturgia nos permite un doble salto mortal mistérico: primero, morir con la muerte de otra persona (¡¡¡), y segundo, con la muerte de aquella persona que vivió dos milenios atrás (!!!). Este proceso se inició el día de nuestro bautismo y se irá completando en el día-a-día, hasta que nos llegue el momento crucial de nuestra propia Pascua, “paso”) de nuestra muerte a la vida eterna.

A-01 LOS REYES MAGOS ¿QUIÉNES FUERON?

¿Quiénes fueron estos personajes? ¿ficticios? ¿verosímiles dentro del contexto de su tiempo?. ¿Tienen algo que ver con nuestras vidas actuales?

  • Hoy es la fiesta de la “Epifanía”. La palabra es griega –έπιϕάνεια, del verbo ϕαινέιν (brillar) y del prefijo επι (por encima): “acción de mostrarse o aparece por encima”; manifestación a la superficie; manifestación mágica del poder divino. Dios mismo manifiesta que ese bebé nacido en una cueva (en la periferia de Belén, periferia de Jerusalén, periferia del Imperio Romano) es nada menos que el Mesías largo tiempo esperado, el Hijo de Dios. En la Iglesia primitiva –y todavía hoy en las iglesias orientales-, la fiesta abarcaba tres “epifanías”: la adoración de los reyes, el bautismo de Jesús y la conversión de agua en vino en Caná. La Iglesia Latina separa estos actos: este año, ayer el evangelio narró las bodas de Caná, hoy la adoración de los Santos Reyes y el domingo próximo, el bautismo de Jesús. Ahora nos toca celebrar la primera: la adoración de los Santos Reyes.
  • Los evangelios de la infancia no tienen la misma precisión histórica que el resto del Evangelio. De hecho, San Mateo es el único que narra este episodio, para que por fines catequéticos, se vea que en Jesús se cumplen las antiguas profecías. Su relato ha recibido complemento de tradiciones medievales legendarias; pero Mateo no dice que fueran tres, ni menciona que sus nombres fuesen Melchor, Gaspar y Baltazar, ni dice que uno fuera negro, ni que vinieran montados en un dromedario, un caballo y un elefante (poco probable en las travesías por el desierto). Sin embargo el relato no deja de tener verosimilitud histórica. ¿Quiénes eran estos personajes? Debieron ser clanes nómadas de comerciantes, que traficaban mercancías exóticas para las élites de las ciudades -marfiles, sedas, especias, perfumes, etc.- a través del terrible desierto de Arabá, en los grandes centros civilizatorios junto a los ríos Éufrates (Babilonia, el actual Irak) y el Nilo (Egipto). Llevaban, obviamente, gente armada, para defenderse de los asaltantes y vivían en tiendas de campaña con cierto lujo. Los patriarcas del clan eran naturalmente los jefes (del árabe “jeques”), que traducimos como “reyes”, connotando, en la imaginería popular, a los reyes medioevales, con corona, capas y atuendos que hubieran resultado totalmente imprácticos en aquellas travesías. Ya que las dunas del desierto son muy cambiantes debido a los ventarrones del simún, no sirven de puntos de referencia. La única forma de orientarse en aquellas arideces era mirando al cielo. Las posiciones del sol y de la luna marcan los puntos cardinales; pero no basta, por lo que importa mirar las estrellas. Se dice que en aquella región es donde se pueden mirar el mayor número de estrellas, y no en balde en Asiria surgió la astrología que supone que los astros influyen en la historia personal y social. La ignorancia astronómica de la mayoría de la gente de los clanes pudo atribuir a sus jefes poder adivinatorio para guiar la caravana hacia los lugares adónde pretendían llegar, y de ahí su calificación de “magos”. Así que los “reyes magos” fueron en realidad “jeques astrólogos”
  • ¿Podría haber algún registro en la historia astronómica que explicase este fenómeno celeste? En 1614 el astrónomo Johannes Kepler registró que una serie de 105 conjunciones de los planetas Júpiter y Saturno (hecho poco frecuente) que tuvieron lugar en el año 7 AC, lo que daba impresión de una nueva estrella más luminosa. Según la astrología asiria, las estrellas influían en la vida de los humanos, y en el zodiaco, una constelación aparentemente es fija y sirve de eje a las demás; aunque también gira mucho más lento, pues cada 2,000 años se da un cambio de eje. Justamente entonces Aries (Abraham y el cordero) estaba siendo sucedida por Piscis (Jesús, el pez), y en esa región se suponía que el nacimiento de un rey o personaje importante era predicho por el nacimiento de una estrella. Esto explicaría el cambio de ruta, para reconocer este gran personaje recién nacido.
  • No es difícil sacar conclusiones de este pasaje para alguna llamada para nuestra vida espiritual, eso que suele llamarse “vocación”, y que no es exclusivo para entrar al seminario o al convento. Responder en la vida a una llamada o destino para cierta encomienda (misión), suele dar sentido a la existencia y orientar nuestras metas y esfuerzos en alguna dirección. Algo que pudiera ser oportuno al inicio de un año. También nosotros solemos estar inmersos en nuestros negocios (como los reyes magos en sus rutas comerciales); pero es posible que nos encontremos con un evento que parece significativo. Requiere de nosotros una actitud de discernimiento para ver si no es sino un acontecimiento azaroso o si constituye una señal. En este caso nos obligaría hacer un alto y cambiar de rumbo nuestra vida. No se tratará ahora, por supuesto, de maravillosos signos celestes, sino de los “signos de los tiempos”, es decir, ciertos fenómenos sociales significativos que pueden indicarnos por dónde el Espíritu señala que hay que caminar para implementar la voluntad del Padre. (Jesús recriminó a quienes predecían la lluvia o el calor por signos metereológicos: “Saben interpretar el aspecto de la tierra y el cielo, ¿cómo entonces no interpretar el momento presente?”).
  • Ya que la superposición de ambos planetas Júpiter y Saturno no era total, podría notarse un chipotito o especie de flecha en una vaga dirección hacia Palestina, posiblemente algún oasis del Jordán, y hacia allá se dirigieron. Si bien cada jeque de clan, por su lado, hizo la misma interpretación del fenómeno celestial, la estrella los hizo encontrarse en el camino. Igualmente nosotros, al atender esos “signos” para reorientar el rumbo de nuestra vida hacia metas supraindividuales, encontraremos compañeros de viaje que podrán convertirse en amigos y hermanos en la misma causa.
  • Ya en tierra Palestina se dirigieron, como era natural, a Jerusalén, confiados en que si se trataba del nacimiento de un rey glorioso, seguramente allá les darían razón y ellos podrían entonces darle reconocimiento, para su propia conveniencia.
  • Una vez llegados a la gran ciudad, la estrella ya no les era suficiente (se ocultó). Ahora se requería más bien de indagar. Tampoco a nosotros nos basta con interpretar ciertos sucesos como “signos” epifánicos de la voluntad del Padre sobre nuestro actuar. Necesitamos también del arduo trabajo investigativo y crítico. Para saber el “cómo”, “cuándo”, “dónde”, “con quiénes”… nos ayudarán los dones del Espíritu Santo: los de Ciencia, de Entendimiento, y también el de Consejo -la consulta a los profesionistas especializados-. Toda la ciudad se conmocionó con la llegada de aquellos personajes exóticos del desierto, al punto que el mismo rey se interesó alarmado y llamó a los escribas para ver si existía en las viejas profecías algún indicio del nacimiento de algún rey-mesías. Ellos le recordaron la del profeta Miqueas (5, 1) “Tú Belén, en territorio de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un “jeque, el pastor de mi pueblo, Israel”.
  • Los reyes magos se encaminaron, pues, hacia Belén y allí no les fue difícil indagar entre los lugareños. Unos pastores les hablaron del niño nacido en una cueva. Con el testimonio de los sencillos, “limpios de corazón”, nuevamente el signo (la estrella) se les hizo brillante. Ante la luz de la fe de los sencillos, terminó su búsqueda, dando con la casa de los parientes de José, donde se encontraba pasado el censo.
  • Por aquel entonces se esperaba la venida inminente de cierto personaje misterioso –el “Mesías”-, a quien se atribuían funciones reales, y Mateo apoya su relato en la profecía de Isaías –a quien leímos en la primera lectura-: “Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti… Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes al resplandor de tu aurora… Entonces verás esto radiante de alegría; tu corazón se alegrará y se ensanchará cuando se vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos… Te inundará una multitud de camellos y dromedarios procedentes de Madián y de Efá. Vendrán todos los de Sabá trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor” (60, 1-6). El Mesías esperado habría de ser un rey reconocido por muchos pueblos, no para sustentar el dominio de Israel, sino atraídos por una luz: su mensaje de paz y fraternidad, que tiene potencial para iluminar a las diversas culturas e incluso, otras religiones o a personas de buena voluntad que no crean en un Dios; pero dispuestos a vivir sus valores éticos. Es ese misterio revelado a San Pablo (segunda lectura); pero ya manifestado antes por los apóstoles y profetas: “que también los paganos son coherederos de la misma herencia…partícipe de la misma promesa en Jesucristo”.
  • Los viajeros no se desilusionaron al constatar que aquel Rey preclaro anunciado por la naciente estrella, como habían creído, era en realidad un pequeño niño pobre; el Niño-Dios que se “manifiesta” en los más oprimidos y empobrecidos. Entonces, nuestros jeques astrólogos (“reyes magos”) le ofrecieron dones de su tesoro: oro, incienso y mirra. Nosotros también podemos ofrecer como dones, la disponibilidad para cumplir la voluntad del Padre, la fidelidad a nuestro compromiso bautismal y un corazón amoroso hacia los sufrientes.
  • Como todo signo, la estrella fue objeto de interpretaciones ambivalentes: para los Reyes Magos fue bendición; pero para Herodes, fue amenaza. Desde su nacimiento, el Niño tuvo enemigos de muerte; varios bebés fueron masacrados, y tuvo que ser exiliado para salvarse. En nuestra búsqueda por cumplir la voluntad divina, tendremos enemigos, las fuerzas del Anticristo, que no se detienen ni ante el asesinato de inocentes. Hemos de hacer continuamente discernimiento crítico para buscar continuamente, con astucia y audacia, caminos alternativos para defender la esperanza. La “Epifanía” nos evoca todas las búsquedas interculturales e interreligiosas de Dios; nuestras nostalgias y anhelos, nuestro caminar por el desierto árido de la vida, en la incertidumbre. Tan sólo guiados por leves signos de luz.

A-01 LA SAGRADA FAMILIA ¿PARADIGMA PARA NUESTRO TIEMPO?

Lc 2, 41-52

  • Dentro del clima navideño, nuestra mirada se dirige espontáneamente hacia aquella casita de Nazareth, donde vivía José y María, y donde el niño Jesús “crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y el favor de Dios lo acompañaba”
  • La familia es una institución primordial; es la “célula de la sociedad”, el oasis en medio del ajetreo citadino; aunque también puede ser causa de tensiones, abusos y problemas. La antropología cultural registra gran variedad de estructuras de parentesco, que se han dado y se dan en diversos tiempos y lugares. La familia de José estaba organizada de modo muy diverso a las familias nucleares modernas.
    • En Galilea, el núcleo familiar era el del clan. En el solar patriarcal (del varón de más edad), los hijos o hermanos casados construían sus respectivas viviendas, compartiendo un mismo patio, dónde guardaban sus aperos comunes, lavaban la ropa, tenían el horno para el pan, e incluso, un lagar. Una barda rodeaba ese espacio y un portón que se atrancaba por la noche. En ese espacio convivían los niños, considerados como “hermanos”, que entraban indiferentemente en cualquier vivienda.
  • Frente a este modelo (aún presente no hace mucho entre las familias del campo mexicano), la actual familia nuclear urbana presenta claras diferencias. En primer lugar, la pareja vive en un pequeño departamento con pocos hijos (el recurso a los anticonceptivos). No son raros otros tipos de familia, como la monoparental o en la que conviven los hijos de la pareja con hermanastros, hijos de una pareja anterior. Pero no hay que olvidar que aunque vivan distantes, los miembros ancestrales del clan siguen influyendo en la dinámica personal y familiar.
  • Los ancianos, que en la familia tradicional eran los “patriarcas” que controlaban la economía y el poder, y gozaban de prestigio y autoridad, ahora quedan solos, acaso internados en alguna casa de reposo, careciendo de poder
  • Antes, el varón era el que salía a trabajar y la mujer se dedicaba exclusivamente a los quehaceres domésticos. En cambio, ahora ambos cónyuges trabajan fuera y por tanto, ambos hacen las tareas del hogar, quedando menos tiempo para la convivencia intrafamiliar
  • Los adolescentes se dedicaban únicamente al estudio, y les quedaba tiempo para jugar en la calle con los vecinos. Ahora, en cambio, la escuela organiza mucha actividad extracurricular y en casa se quedan solos. entretenidos con las redes sociales o los videojuegos.
  • En efecto los bienes tecnológicos de hace apenas unas décadas eran los electrodomésticos, destinados para toda la familia. Los bienes tecnológicos actuales, en cambio, son individuales -cada cual sus cosas-, y cada cual tiene su propia televisión, su laptop, su IPhon, quizás su auto, y el horno de microondas permite comer cada cual cuando puede. Ya no es posible el control total de los programas por parte de los padres y se les tiene que formar en la responsabilidad personal…
  • Estos cambios sociológicos se convierten en desafíos para la construcción creativa de nuevos estilos familiares, que al mismo tiempo conserven algunos valores y virtudes tradicionales. En la Biblia se recomiendan a los hijos el respeto, el honor, la obediencia y el cuidado hacia sus padres. Estas virtudes son imprescindibles; pero ahora aquel autoritarismo patriarcal, que antes funcionaba, tiene que ser complementado o sustituido por relaciones más circulares, de diálogo, respeto recíproco, tolerancia, participación, equidad, escucha y libertad; y esto no sólo entre los cónyuges, sino también para con los hijos.
  • Aunque la estructura familiar se modifique, existen ciertos valores vividos por la Sagrada Familia en Nazareth y que no tienen por qué desaparecer. De entrada está el amor, que es la argamasa que construye esta convivencia. Sin embargo, a veces este amor se presupone, una vez expresado solemnemente en el rito nupcial de los esposos y vivido en la intimidad familiar de lo cotidiano. El diálogo es fundamental en la familia. No sólo entre los esposos, sino también entre los padres y los hijos. El Evangelio de hoy nos da una muestra de cómo era la cotidianidad de la sagrada familia.
  • Jesús tenía ya 12 años, que si lo comparamos con los adolescentes actuales, nos parece un poco precoz, pues los muchachos de ahora maduran más despacio. Como muchas familias piadosas, José y María subían a Jerusalén cada año, con motivo de las fiestas de Pascua, donde se quedaban pocos días. Los adultos iban al templo a cumplir sus rituales de purificación –la mayoría, nimiedades involuntarias– y a los niños les dejaba en el “catecismo”, es decir, los encargaban a una instrucción a cargo de un escriba de bajo nivel. Su madre le había recomendado atención, pues los escribas del templo sabían mucho de la Palabra de Dios; pero él noto que algo no corría bien. Cuando hablaban del Mesías que pronto habría de venir, lo pintaban como un rey-guerrero, más poderoso que el mismo rey David; pero eso contradecía lo que su mamá le había contado en los profetas, como Isaías, que lo describía más bien pobre e indefenso. El niño preguntaba y el escriba pretendía corregirlo fácilmente, citando a otros profetas; pero el niño contraponía otras profecías más… Así en la discusión llegó el momento de regreso, cuando tenía que unirse a sus padres en el lugar prefijado, según lo convenido. Clásico adolescente, el niño precoz pensaba que lo prioritario en ese momento era aclararles a los escribas su error, y no atendió al tiempo. Entre tanto, la caravana ya se ponían en marcha: los hombres por delante, marcando la ruta y cantando alabanzas; luego los muchachos con los camellos y las tiendas, y atrás, las señoras con los alimentos y los enseres de cocina. Los niños, correteaban en cualquiera de los grupos. María y José no se preocuparon de su hijo, pues era siempre sumamente responsable, de modo que hicieron una jornada. Descansaron cerca de un pozo y los señores levantaron las tiendas, mientras los muchachos llevaban los camellos a abrevar y las mujeres preparaban la comida. Cuando al llegar la noche se reencontraban las parejas, notaron que faltaba Jesús (“¿qué no venía contigo?”). Esa noche no durmieron, y ya cerca del alba, apenas cuando comenzaba a clarear, se regresaron presurosos a la Ciudad Santa. Fueron de inmediato con los parientes, quienes les tranquilizaron, pues por la noche se había quedado con ellos y temprano fue de nuevo a la doctrina. María se sorprendió, no sin cierto orgullo, al ver que había por lo menos tres escribas, de los más informados, y que en ese momento le hacían preguntas ellos a su hijo, quien respondía conforme a lo que ella le había enseñado. Fue la única vez que su madre corrigió al pequeño: “Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? ¡Tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia!” Como todo adolescente, el chamaco le contestó retobando “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?”
  • Hoy más que nunca, cuando las condiciones actuales hacen pasar tiempo fuera del hogar, se necesita de la comunicación intrafamiliar. Se requiere de gran esfuerzo para no abandonar a los hijos y para acompañarlos en el reconocimiento de los límites existentes, que no pueden transgredirse sin riesgos. Por lo tanto, hoy como antaño, los padres no deben eludir la responsabilidad de la corrección. Los padres piensan que ellos son los de la experiencia, que saben todo, que deben enseñar a los hijos y que estos, deben obedecerles sin chistar, pues “están sujetos a su autoridad”. Pero una relación madura implica diálogo, y éste es de escuchar y hablar ambas partes. La comunicación frecuente es algo ineludible. Los padres no sólo deben hablar a los hijos (enseñarles, reprenderlos), sino también escucharlos y respetarlos; aunque sean pequeños, y que ellos deben aprender ya desde pequeños a tomar sus propias decisiones. Una madre madura no sólo “enseña” a su hijo, sino que aprende de él, y “guardaba estas cosas en su corazón”.
  • Las tecnologías de información digitalizada son algo que ya se nos impone. La computadora y el celular, al mismo tiempo que acerca a los lejanos, también aleja a los cercanos. Si aprendemos a emplear mejor estas tecnologías podrían ser fuente de comunicación profunda y ser aprovechadas para la transmisión de la fe y para la formación de los hábitos cívicos, que anteriormente eran tareas delegadas a las abuelas.
  • En fin, la Sagrada Familia es un icono simbólico, un paradigma que no hemos de perder de vista ante los cambios culturales actuales y la crisis de la institución familiar, justamente para ser repensada y adaptada a los desafíos culturales de la vida moderna.