Mt 1, 18-24
- Seguramente todos nos estamos preparando para la Nochebuena. ¿Cómo? un poquito con el modelo consumista de “Santa Claus” (los adornos, el arbolito, los foquitos de colores, la cena, los regalos, etc.). Otro poco con el modelo de San Juan Bautista (allanar el camino para la Última Venida de Cristo en nuestro mundo más igualitario; la “matánoia” o conversión para posibilitarlo), ¿y por qué no preparar también la Navidad con las tradiciones de nuestro pueblo? Muchos países tiene formas culturales muy propias para estas fiestas, y México es uno de los que poseen tradiciones prenavideñas con mayor identidad. Provienen de la creatividad de nuestros primeros misioneros, aquellos grandes franciscanos que supieron adaptar sus costumbres andaluzas para fines de evangelización. En estas fechas, algunos ya habremos puesto nuestro “nacimiento”, esa maqueta que despliega la creatividad y las nostalgias bucólicas de pastorcillos. En el “nacimiento” la atención se centra en sus dos figuras principales, José y María. Pero además, el tiempo prenavideño en México lo llenaban las “posadas”.
- En la semana pasada nos quedamos en que un mensajero leía el pergamino prescribiendo un censo. Su realización no es como ahora, cuando una simpática señorita, algo chismosa, nos pregunta ¿cuántos somos? ¿qué comemos? ¿si tenemos regadera en el baño? y demás. Para aquel ceso se prescribía a cada habitante empadronarse en su lugar de origen mismo. Siendo las familias de José y de María de aquellos emigrados del sur, que invitados por la política demográfica de Judea se habían ido a instalar en la descuidada región de Galilea, a José le correspondía empadronarse en Belén, de modo que era ineludible realizar ese incómodo viaje. José estaba muy enfadado: justo ahora que había tanto trabajo; justo ahora, cuando el embarazo de su esposa estaba tan avanzado y que en cualquier momento podía nacer el niño… Pero ni modo que María se quedase sola en esas circunstancias… Así que contactó una caravana que se iba formando con vecinos de otras aldeas hacia aquella dirección. Encargó los animales a los vecinos (“el burro nos lo llevamos, pues nos va a ser útil”) y atrancó bien la puerta.
- La organización del viaje no era difícil. Siendo pueblos de pastores seminómadas, habituados, además, a subir hasta Jerusalén para las fiestas principales, tenían experiencia para tales viajes: adelante iban los señores cantando salmos y alabanzas; venían luego los muchachos con los camellos y las tiendas de campaña; luego las mujeres con la comida y los enseres, y los niños correteando de uno a otro grupo. Para acampar cada noche, los muchachos llevaban los camellos a abrevar, los hombres armaban las tiendas colectivas y las mujeres preparaban los alimentos… De Nazareth a Jerusalén hay unos 100 kms. Y poco antes de llegar está la desviación hacia Belén, otros 20 kms más. Buenos caminantes, el recorrido podía hacerse en cinco o seis días. La tradición mexicana calcula un novenario. Los Santos Peregrinos van, pues, caminito de Belén. María no presta mucha a las molestias e incomodidades, pues iba recogida en contemplación, recordando el momento preciso de su embarazo, cuando el ángel la saludara, pidiéndole su consentimiento para ser la madre del Mesías. De inmediato recordó la profecía hecha a Ajaz: “la Virgen concebirá y dará a luz un hijo”…
- ¿Qué mejor para preparar un nacimiento que hacerlo con una mujer embarazada que está esperando el parto? A nosotros los varones esto nos resulta difícil imaginar. Dejemos, pues, la palabra a alguna señora que nos comparta aquellos sentimientos que tuvo durante el embarazo de su hijo primogénito [nerviosismo, ansiedad, temor]… pero también con la esperanza de dar vida a un nuevo ser que hará un buen aporte a la humanidad… María se sentía embargada de una “espera esperanzada”.
- Hay diferencia entre la “espera” y la “esperanza”. La lengua castellana confunde ambos términos; pero esto no se da en otras lenguas -en inglés se distingue “to wait” y “to hope”; en francés, entre “attendre” y “spoir”; en italiano, entre “attendere” y “sperare”-. La espera es pasiva (esperamos que llegue el camión, nuestro turno para el dentista, la cita en el café…); mientras que la esperanza es activa (es una bendición posible que guía en cierta dirección nuestros esfuerzos). Esa “espera esperanzada” es similar a la de una madre que aguarda al nacimiento de su primogénito.
- Pero también el varón suele experimentar sentimientos extraños durante el embarazo de su mujer, al saber que será papá de su primer hijo. También los varones tienen palabras qué compartir… [responsabilidad, sacrificios, protección…] Cuando José notó el embarazo de María se recriminó por haberla dejado viajar sola hasta las montañas de Judea a visitar a su prima. Sintió fuerte desilusión, pues al formalizar su relación, ella le había objetado su decisión de mantenerse virgen. Denunciarla, por otra parte, implicaba condenarla a muerte por lapidación –tal y como actualmente todavía se da en algunas regiones musulmanas–. Estaba tomando la dolorosa decisión de abandonarla y cargar con la ignominia, cuando, en ese estado de semi vigilia propicio para los sueños, oyó que lo llamaban –“¡José, hijo de David!”–. ¡Claro, ahora entendía todo! Según las profecías (que San Pablo nos las recuerda en la lectura de hoy), el Mesías tenía que pertenecer al linaje de David, e incluso más concreto, habría de nacer en la aldea de Belén (“y tú, Belén, no eres la más pequeña entre las aldeas de Israel…”). Cayó en la cuenta que el embarazo de su esposa era divino, y que la Providencia se había valido de él, descendiente del linaje real de David, para posibilitar que el niño de su mujer pudiera llamarse “rey” con toda legitimidad, puesto que los padres adoptivos también heredaban su estirpe… Pero, justo ahora, cuando superada la crisis, ambos esperaban llenos de amor aquel nacimiento milagroso, llegaba el famoso censo… y así los vemos, en amorosa pareja, viajando hacia Belén.
- La tradición mexicana revive esos momentos angustiosos; pero luego también, como desenlace, la algarabía de la piñata, con todo su simbolismo catequético: los 7 picos de la estrella serían los 7 pecados capitales. La olla recubierta con papeles de colores, signo de nuestro egoísmo. El palo es la fortaleza para romper esa dura caparazón. Los ojos vendados, son la fe (iluminada por las orientaciones de otros niños). La lluvia de fruta que cae son los frutos del Espíritu Santo…
El proceso de globalización, conducido por el consumismo secularizante, pervierte las tradiciones, las degrada o las comercializa convirtiéndolas en folklore. El imperialismo cultural impone a todo el mundo las pautas culturales propias de los centros hegemónicos. Así, la Navidad, con sus pinos, nieve y trineos, se impone hasta en el hemisferio sur, justo cuando el verano está comenzando. Las “posadas” se convierten en parte de las fiestas de fin de año, pretexto para francachelas o para finalizar ciclos laborales anuales. La resistencia cultural de las tradiciones, en este contexto, no se da tanto por una vana repetición de costumbres ya petrificadas, cuanto con la innovación creativa a partir de lo tradicional. Aprovechar estas fiestas para recordar a los sin-techo, a los migrantes y a quienes peregrinan por el desierto de la vida, dejando segurid
Debe estar conectado para enviar un comentario.