- ¡Por fin llegó la Navidad! Aunque la cultura secularizada actual despoja a las tradiciones de su contenido religioso original, que es lo que les daba sentido, todavía la Navidad sigue siendo la mejor fiesta del año. Lucecitas multicolores, cantos de villancicos, olor a pino y vistosos adornos son su espléndido escenario. La Navidad sigue proporcionando símbolos y ritos domésticos que suscitan sentimientos de bondad y refuerzan los lasos familiares, expresando a consanguíneos y amigos nuestros mejores deseos. Tales reuniones son importantes; aunque al olvidarse ya el hecho fundante, ahora se convocan mediante dos recursos: el primero es el alimenticio: a lo largo del gran “puente de Guadalupe Reyes” -pero sobre todo en la abundante cena de Nochebuena-, ganamos algunos kilitos de más. El segundo recurso consiste en el intercambio de “regalos”, generalmente mercancías superfluas o inútiles envueltas vistosamente, en las que invertimos buena parte de nuestro aguinaldo. Para conmemorar el nacimiento de un Niño (en un pesebre, calentado por animales y socorrido por algún alimento compartido por pastores solidarios), la Sociedad de Consumo organiza la Gran Venta de Fin de Año, supuestamente rememorando los regalos traídos por el Niño Dios. Esta Navidad, con sus adornos encantadores, semeja a una de esas esferas del arbolito: de colores brillantes y atractivos; pero frágil y vacía. Urge, por tanto, recuperar un sentido más profundo para esta fiesta.
- Dicha recuperación no parece que vaya a transitar por revivir costumbres tradicionales que hasta hace pocos años, en los diversos países eran signo de identidad nacional o regional. En la ajetreada y anónima vida urbana, a las jóvenes generaciones no les dicen mucho esas reminiscencias bucólicas (los cándidos pastorcitos con sus borreguitos, protagonistas de villancicos, nacimientos y pastorelas), ni tampoco les entusiasman nuestras “posadas”, con sus “peregrinos”, “nacimientos” y “piñatas”, que a lo más persisten como folklore. En la globalizada “american-way-of-life” se impuso irremediablemente el imperialismo cultural del Norte, con pinos, nieve, renos y trineos aún en los calores veraniegos del hemisferio Sur, y su versión travestida de San Nicolás, convertido en motivo publicitario para el consumismo.
- El significado teológico de esta fiesta nos lleva “al principio”, cuando según San Juan, “estaba el Verbo (la Palabra), por quien todo fue hecho”. El Dios Trinidad, que siendo Amor es difusivo, y esto implica, aunque gratuitamente, un “otro”, que sea destinatario conciente y lo reconozca igualmente en libertad. En el Universo en expansión, entre miles de millones de galaxias y estrellas, se elige un pequeño planeta con condiciones excepcionales, donde tiene lugar el milagro de la vida. Dotada de un increíble impulso evolutivo, después de un largo proceso, hará apenas unos 200,000 años, una familia de homínidos alcanzó condiciones de posibilidad para la libertad. El primer acto plenamente libre de toda la creación versó sobre la descendencia de aquellos ancestros, decisión que caracterizaría y posicionaría a toda la especie, quedando sus consecuencias inscritas en el ADN de los descendientes. La naciente humanidad habría podido optar por lo que fuera la voluntad divina -que cada miembro de la especie se corresponsabilizara de todos los demás y que los fuertes protegieran a los débiles-; pero también cupo la alternativa opuesta: que los fuertes se aprovechasen de los débiles, convirtiéndose a cada humano en “lobo” de sus semejantes. Este fue el “fruto prohibido”, símbolo del Poder de Dominación, que desde sus orígenes mismos se convirtió en la inclinación determinante de nuestra naturaleza. Dios respetó la decisión, pues siendo la libertad la que nos hace imagen y semejanza suya, todo acto libre debe ser respetado. Pero siendo un Dios bondadoso, quiso hacerse cercano y darnos otra segunda oportunidad que enmendase el yerro de la primera decisión originaria. Para ello se eligió un pueblo que custodiara y preparara aquella promesa, y de él preservó a una Mujer de la inclinación al mal, y sin concurso de varón, para evitar toda vinculación con la primera fatídica decisión, su propio Hijo se encarnaría, haciéndose uno de nosotros, en todo semejante, menos en el pecado. Manifestación visible de la bondad compasiva de Dios, Jesús, el Cristo, vino a revelarnos el verdadero rostro de Dios, así como su voluntad fáctica “así en la Tierra como en el Cielo”, que concretizaría en su gran utopía y primer proyecto de globalización: la venida a nosotros del “Reino de Dios”.
- Para recordar las circunstancias históricas de este evento, nos trasladamos a Nazaret, una remota aldea galilea de apenas unos 350 habitantes. Un buen día fue visitada por un mensajero del Imperio. El sonido del tamborcito y de la trompeta convocó primero a los niños y luego a las mujeres, curiosos, pues nunca antes habían visto soldados romanos (las legiones estaban instaladas en Siria). Por la tarde, cuando los aldeanos regresaron de las labores del campo, el mensajero desenrolló el pergamino (o abrió unas tablitas embadurnadas de cera) y con voz ronca y fuerte leyó: “Por orden del Cesar Augusto se decreta un censo” Firmaba Quirino, Gobernador de Siria. Nadie sabía qué significaba esto. ¿Para qué querrían los romanos contar a la gente? ¡Estaba claro!, para cobrar mejor el tributo. La indignación creció cuando su supo que el edicto obligaba a los varones ir a empadronarse al lugar de origen del clan. José era hijo de una familia de emigrantes, de aquellos colonos alentados por la política demográfica de Judea para repoblar la región de Galilea, pues se encontraba deshabitada por las deportaciones. Ya que el clan de José provenía de la ciudad davídica de Belén, tuvo que encargar sus animalitos, atrancar la puerta y disponerse al viaje. Se había organizado entre las aldeas vecinas una caravana que iba hacia Jerusalén, a unos 100 kms de distancia de Nazaret, más otros 20 kms desde la desviación hacia Belén, un viaje que podría hacerse en unos 5 o 6 días (que en México recuerdan nuestras “posadas”). Pero con eso del censo, había mucha gente en el pueblo. En la casa de su primo, ya otros parientes se les habían adelantado y no había lugar. Por otra parte, la posada estaba atestada y no era decoroso que su mujer diese a luz en cualquier rincón, por lo que aceptó el ofrecimiento de su pariente, de una cueva donde éste guardaba sus animales. Después de asear un poco el lugar e ir por agua, ya en la noche, le llegó a su mujer el momento del parto. José no sabiendo bien qué hacer, les pidió ayuda a unos pastores cercanos, y su grito sonó como un coro de ángeles. Así fue como nació Jesús, envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Nació entre los “últimos”, en la mayor pobreza y desvalimiento. Su nacimiento mismo enseña que sólo a partir de los últimos, de los más vulnerables, es como puede pensarse cualquier proyecto válido para todos. Lo opuesto al proyecto del Poder, que buscando la maximalización de beneficios para los más poderosos, se encierra en un coto de “exclusividad” (o sea, “exclusión”).
- Para la Navidad de este año 2015, nuestro nivel de conciencia social ha crecido. Ayudados por el magisterio sociopolítico del Papa Francisco, por los riesgos de una conflagración bélica inédita, por la información difundida por la COP21 sobre el cambio climático y por los datos de la tremenda desigualdad en el reparto de la riqueza, etc., vista la realidad desde esos “últimos”, los más vulnerables, parecen verosímiles los riesgos para la supervivencia de nuestra especie y del Planeta mismo. Aquí en México, uno de los países más desiguales, más violentos y más corruptos de la Tierra, vemos con tristeza cómo el salario obrero se sigue deteriorando y lamentamos la falta de credibilidad de nuestras instituciones. La utopía” de Jesús se nos ha vuelto “distopía”. Todo esto hace que la Esperanza, actitud propia del Adviento y Navidad, parezca no tener ya cabida; pero cuando no hay esperanza, sólo queda espacio para el entredevoramiento, la ambición y el egoísmo. Bernanos decía que cuando se llega a la desesperanza total es cuando puede surgir la esperanza. Pero para que no sea una esperanza ingenua, necesita de una señal -“una doncella concebirá”-. Un niño recién nacido siempre significa algo de esperanza; con tanta mayor razón el nacimiento de éste Niño-Dios, proclamado por los coros angélicos como “una gran alegría”, la “buena noticia”, de ser “gloria de Dios en los Cielos y Paz en la Tierra a hombres y mujeres de buena voluntad”. La recuperación del espíritu cristiano de los orígenes de la fiesta, pero ubicado en nuestro tiempo, será la condición de posibilidad para que tengamos ¡UNA FELIZ NAVIDAD!
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