A-00 Adviento I: Conjugando el verbo venir

Mt 24, 37-44

Hoy inicia el nuevo Ciclo litúrgico (el Año Nuevo religioso), con el tiempo de Adviento –participio del verbo latino “venire”, con su preposición ad: “ad-venire” = “venir-hacia-aquí”-, en referencia a la venida de Jesús ¿A qué venida se refiere? Este tiempo litúrgico juega con la polisemia del verbo “venir”, por lo que para interpretarlo habrá que conjugarlo en algunos de sus tiempos:

  • Jesús habría de venir.- perífrasis verbal de obligación, de poco uso fuera del ámbito religioso. El Adviento recoge los vaticinios multiseculares de los antiguos profetas, quienes oteando el horizonte futuro, vaticinaban en presente de subjuntivo: “cuando venga el Mesías”, y entornaban sus ojos, soñando y vislumbrando un misterioso personaje esperanzador, que habría de venir… Lo anunciaban con esa alegría, expectación y fuertes imágenes poéticas que iremos leyendo como preparación a nuestra Navidad
    • En este domingo, Isaías sueña en un futuro mesiánico, cuando ese misterioso personaje habría de ser “árbitro de las naciones y juez de pueblos numerosos”, para que “de las espadas se forjen arados; de las lanzas, podaderas”; cuando “ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra” y pueda advenir la Paz universal. Todavía hoy podemos seguir soñando: si lo que el mundo invierte en armamentismo (casi un billón de dólares) se invirtiera en programas de desarrollo en apoyo del campo, tendríamos un mundo más seguro y más pacífico. El monte Sión, lugar donde se asienta la simbólica Jerusalén, habrá de ser punto de confluencia para todas las naciones, “porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén, la Palabra del Señor”.
  • Jesús vino (tiempo pasado).- En cumplimiento de aquellas profecías acaeció el nacimiento de Jesús: un hecho histórico fechado en el año 6 A.C. (por errores del calendario), cuyo día y mes no sabemos precisar, y cuyo aniversario de natalicio nos preparamos a celebrar esta Navidad.
  • Jesús viene (presente).- Jesús viene cada día, sobre cada altar, cuando el sacerdote consagra el pan y el vino para darnos en alimento su cuerpo y su sangre.
  • Jesús suele venir.- tercera persona del presente de subjuntivo: un presente que podría acaecer ahora (en gerundio). “Jesús está viniendo: se trata del Kayrós o una venida del Señor, cargado de su Gracia, que podría llegar “cuando menos lo esperemos”, por lo que hemos de vivir siempre atentos.
  • Jesús va a venir- Es una perífrasis verbal que alude a un hecho futuro como resultado lógico de lo que sabemos en el presente y que consideramos ya evidente. Jesús va a venir esta Navidad. No se trata un simple aniversario, como la fiesta del nacimiento de Benito Juárez. La liturgia piensa en una presencia mistérica en esa fiesta: Jesús nacerá en algún rinconcito de nuestro mundo (o de nuestro corazón) en donde aún no se encuentra.
  • Jesús vendrá.- Futuro inevitable: la última venida de Jesús al fin de los tiempos, cuando perezca el último sobreviviente de la especie humana, para juzgar la historia y la aventura humana sobre el Planeta y poner en descubierto en lo que cada uno de nosotros contribuyó, para bien o para mal.
  • Actitudes para el Adviento.- “Estar alerta”, como el Centinela en su atalaya pendiente de cualquier signo (ruido, luces) para dar la “alarma”; como aquel que recibió el “pitazo” de que por la noche del día siguiente unos ladrones irían a horadar la pared de su casa. Seguramente los estaría aguardando silenciosamente, junto con vecinos y amigos, vigilantes y muy atentos, para sorprenderlos: “velen y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor”.
  • No vivir enajenados: Jesús alerta a vivir en la conciencia y no en la disipación. No se trata tanto de hacer cosas diferentes, sino en hacerlas concientemente, orientándolas en la dirección correcta, pues quienes lo perciben -en los hechos históricos de la vida-, son quienes se enriquecen con ella: “de dos hombres que estén en el campo, uno será tomado, otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y otra será dejada”
  • Mucha gente ya está preparando la Navidad. No es infrecuente aprovechar estas fiestas para comilones, embriaguez, consumismo y disipación. Como la gente en tiempos de Noé antes del diluvio, que “comía, bebía, se casaba”, sin imaginar la catástrofe que ya se estaba gestando. Igualmente, San Pablo recomienda evitar una vida embotada por la disipación o el desenfreno: “ya es hora que despierten del sueño, porque ya está cerca nuestra salvación.”
  • Una espera esperanzadora.- Tal y cómo sea nuestro Adviento, así será nuestra Navidad. ¿Por qué no pensar en una Navidad alternativa, ahora ya es totalmente desusual: vivir el nacimiento de Jesús, preparándonos con la conciencia vigilante, saliendo de toda enajenación y adicción?

Sugerencia para nuestra oración expectante de todas estas “Venidas”: la súplica anhelante del mantram de los primeros cristianos: ¡”Marannhata”, ven Señor Jesús!”

C-Pascua III: ¿FIN O RECOMIENZO?

Jn 21, 1-19

  • Momentos de desilusión y frustración: No hacía mucho que la piedra, rodando, había cerrado el sepulcro. Parecía que todo había terminado. Las autoridades religiosas se ensañaron contra el Maestro, y los discípulos reconocen ahora lo demasiado poderoso que es el mal. No había ya nada qué hacer. Ahora vemos a siete de ellos -5 apóstoles y 2 discípulos-, juntos todavía; pero sumidos cada cual en sus propios recuerdos: en aquellos breves años todo había sido tan hermoso… Fueron contagiados por un gran sueño –ahora les parece un sueño imposible-; pero ya no queda sino despertar; volver atrás, por doloroso que sea.
  • La vida humana está compuesta por ciclos sucesivos. Antes de comenzar uno nuevo, es preciso darle un cierre al anterior; ritualizar el término, darlo por consumado, saldar las deudas y aprender de errores. Pero esto, no es para quedarse en el vacío, sino para iniciar otro nuevo ciclo, que a lo mejor irá en continuidad con el ciclo anterior: No se trata de un final, sino de un recomienzo.
  • Se cerraba un círculo. La mayoría se había dispersado, y los del grupo nuclear permanecen indecisos. La convivencia con el Maestro los aglutinó y ahora les cuesta trabajo separarse. Pero parece que no hay de otra. Simón toma la iniciativa: -“¡Voy a pescar!”-. Simón era pescador de vocación; pero aunque la pesca siempre fuera dura, eso de “pescar hombres y mujeres” sonaba bonito; pero ya no parecía realista. Había que volver a emplear las redes abandonadas. El grupo le reconoce a Pedro su liderazgo: si bien todos pensaban lo mismo, nadie se atrevía a ser el primero: –“¡Vamos contigo!”. Habían esperado a ver si algo sucedía; pero no pasaba nada. Ni siquiera la pesca resultaba -esa noche no mordió ningún pez y la red continuaba vacía, en sintonía con ese vacío de su espíritu-.
  • En la bruma del amanecer, alguien les aconseja desde la playa tirar las redes a la derecha. A nadie extraña: desde la lejanía de la orilla, resulta más fácil a una persona notar la mancha del cardumen… pero de inmediato las redes se llenaron y casi no pueden subirla por la gran cantidad de peces –más tarde tendrían la curiosidad de contarlos, y eran 153-. De inmediato recordaron aquella otra pesca milagrosa que ahora se repetía… y fue entonces cuando reconocieron a Jesús. Juan fue el primero en reconocerlo y Pedro, impulsivo, se lanza al mar pues no puede esperar.
  • Sabemos que Jesús resucitó, no creyendo un dogma abstracto, sino por tratarse de un hecho histórico, y como tal –como cualquier otro hecho histórico-, sólo es reconocido en su verdad por los testigos o fuentes testimoniales. Pero curiosamente, los testigos de aquella resurrección, las personas más allegadas, quienes más intimaron y siguieron de cerca… indefectiblemente, no lo reconocen a la primera: Magdalena lo confunde con el jardinero, los dos de Emaús, después de caminar con Él 12 kilómetros lo confunden con un viandante más… y ahora, estos discípulos pescadores lo toman simplemente por alguien –quizás un pescador- deseoso de ayudar. Pero finalmente, Jesús es reconocido, siempre por algún signo: el nombre “María”, pronunciado con aquella entonación peculiar que sólo Él daba, la fracción del pan, las llagas, la columna vertebral del pescado, y ahora… la pesca milagrosa.
  • Es verdad que Jesús ya no estará más visible, como antaño. Ya no podrán volver a ver aquel rostro cargado de fuerza, ya no mirarán aquellos ojos que calaban hasta lo profundo del alma; ya no escucharán aquellas palabras llevas de sabiduría… pero ahora se dan cuenta que su espíritu sigue vivo y que de algún modo los acompaña. Se abría un nuevo ciclo. Tan sólo era necesario un líder que los convocara para continuar la obra del Maestro. Jesús aparecido, procede ahora a elegir quien deberá aglutinar el naciente grupo eclesial, “apacentando corderos y pastoreando ovejas”. El criterio que tuvo para elegir a quien habría de ser el primer “Papa”, no fue ni por ser el más inteligente o estudiado, ni por tener más relaciones públicas, ni el de mayor capacidad administrativa u organizacional, ni el de mejor “don de mando”…, sino el que mostraba mayor capacidad de amar (“¿me amas más que estos?”) y firmeza para afrontar adversidades (como Pedro y Juan siendo azotados).
  • Y en la primera lectura, volvemos a ver a Pedro y a Juan; pero ya transformados. ¿Dónde estaban aquellos apóstoles dubitativos y acobardados? Allí están, valientes, proclamando a Jesús resucitado y denunciando su condena; predican en el Templo mismo, con gran unción y convencimiento.
  • En este tiempo, el mundo atraviesa por peligrosa crisis de esperanza. Prestigiosos sueños utópicos que hace unas décadas parecían aguardar a la vuelta de la esquina, ahora se derrumban. No aparecen por ningún lado alternativas hacia dónde dirigir nuestra mirada. Los sueños se alejaron; quedan sólo los problemas, más peligrosos que los de antaño. El Planeta no aguanta el deterioro por la ambición de unos pocos y la violencia se impone. La ciudadanía pierde rápida y peligrosamente su confianza en todas las instituciones, especialmente en las encargadas de brindar seguridad. No brindan garantías ni las inmensas fortunas equivalentes a la mitad de la población mundial, ni los casi dos billones de dólares invertidos en armamentismo, ni la manipulación de los media, ni el hedonismo abierto por el consumo superfluo, ni mesías políticos que anuncian tener -ellos sí- las soluciones; pero que a nadie extrañaría que luego fuesen destapadas sus empresas offshore ocultas en “paraísos” perdidos (en lo oscurito, pues quien obra el mal se aparta de la luz). Ni siquiera las religiones que publicitan tranquilizantes o soluciones mágicas a las múltiples carencias cada vez más en aumento, y sus venerados ministros aparecen luego envueltos en escándalos. Todo esto ahora se va revelando como ilusorio y más bien provoca la hecatombe… El mundo parece derrumbarse irremediablemente, sin haber nada que lo sustituya.
  • La Iglesia misma de Jesús, que se supone es la que custodiaría la Esperanza, después de casi dos milenios, perdió el poder político y económico de la antigua cristiandad. Hoy está siendo cribada por el desprestigio de algunos de sus hijos, pecadores como todos los demás. No pretende tener todas las respuestas a los difíciles interrogantes que plantea la cultura actual, ni es capaz de mantener esa organización que durante siglos le permitió subsistir y que ahora parece menos eficaz. Faltan vocaciones sacerdotales, los templos se han ido vaciando Pareciera que el ciclo de la Cristiandad estuviese acabándose, y se habla de sociedades “postcristianas”…
  • Lo peor de todo es que cuando no hay cabida para la Esperanza, sólo queda lugar para el entredevoramiento, para el egoísmo feroz y para la indiferencia. Pero es justamente ahora, cuando el sucesor de Pedro -que sabe “amar más que estos”- nos invita a no sucumbir a la tentación de la resignación. Parece que va habiendo un “recomienzo”, un nuevo modelo de Iglesia “en salida”; minoritaria y conciente; sin esa “mundanidad” que más que protegerla, la encadenaba; con cristianos que testimonien con su vida “la alegría del evangelio”, y con pastores “con olor a oveja”. Ahora nos damos cuenta que el mal hace mucho ruido; pero es estéril. El bien, en cambio, es discreto, no es noticia; pero es fecundo. Los cristianos haríamos bien en visualizar aquellos pequeños signos que aquí, allá y acullá están surgiendo y que son capaces de mantener viva la esperanza “contra toda desesperanza”, de que algo nuevo está empezando. Baste ver en esta semana a una organización globalizada de periodistas de investigación, con vocación de preservar la verdad sobre cualquier simulación o distorsión “histórica”; una ciudadanía preocupada por elaborar su propia Constitución de una ciudad convertida es nuevo Estado autónomo; hombres y mujeres, padres de hijos desaparecidos, persiguen tercamente la justicia; investigadores profesionales empeñados en que salga a luz la verdad… Es preciso convertirnos en testigos de que el Espíritu de Cristo resucitado sigue actuante, y que algo nuevo está surgiendo, en la discreta humildad de servicio compasivo y misericordioso, en la fraternidad horizontal y solidaria de unos para con otros, y que aún ahora, es posible mantener una esperanza, que no sea ingenua.

C-Pascua II: ENTRE LA CREDULIDAD Y LA INCREENCIA

Jn 20, 19-31

  • La fe es una virtud difícil. Como otras virtudes, se halla entre dos defectos opuestos (así como la valentía, que se halla entre la cobardía y la temeridad, o la templanza, entre la anorexia y la gula). Por un lado tenemos la increencia, la de aquellos que niegan la existencia de Dios (o su variante “agnóstica”, que piensa que no se puede, ni demostrar, ni negar, la realidad divina). Por el otro lado, tenemos la credulidad, la de aquellos que se inclinan cualquier tipo de “maravillosismo” –apariciones, milagros, posesiones, magia-; que son propensos a lo sorprendente, a quienes lo sobrenatural les resulta patente, ya que continuamente interfiere en las realidades “naturales” y que se tragan acríticamente cualquiera de sus supuestas manifestaciones (va “volando” a ver la aparición de la Guadalupana en la mancha de una pared, la de Jesús en las nubes, o que atribuye a una intervención de un santo cualquier mejoría de sus padecimientos. Simplificando, podríamos decir que los incrédulos “no creen nada de nada”; mientras que los crédulos creen “cualquier cosa de cualquiera”.
  • A veces se confunde la fe con la credulidad (“la fe del carbonero”), encomiando la religiosidad acrítica e ingenua. Sin embargo, el creyente con fe madura, por un lado sabe que ésta no puede contradecir ninguna verdad realmente científica (no así las provenientes de la seudociencia); pero por otro, requiere que no haya repugnancia epistemológica en lo que se cree. Si no es posible aducir “pruebas” de las intervenciones divinas (pues ya no sería fe), sí pide al menos signos de verosimilitud.
  • La resurrección de Jesucristo es el fundamento de nuestra fe cristiana, y por tanto, requerimos, con razón, algunos elementos en que la apoyen, a guisa de “criterios de credibilidad”. No se trata de un dogma abstracto, de formulación inasequible, sino de un hecho histórico (no cree que cierto enunciado dogmático sea verdad, sino que es acepta como verdadero lo que sucedió realmente). Por tanto, su aceptación únicamente es posible por la existencia de testimonios confiables.
  • Tales testigos no pueden ser otros que los más allegados a Jesús, lo cual nos presenta algunas dudas: ¿Quién dice que estando tan apegados a su maestro, los apóstoles no estuviesen propensos a “verlo” en alguna alucinación? ¿no estaríamos hablando de testigos “crédulos”?
  • Quizás por eso, los evangelistas presentan a los apóstoles un tanto escépticos. No le creyeron ni a María Magdalena cuando afirmara que lo vio y lo tocó, ni a los dos discípulos de Emaús. Incluso, cuando Jesús se les aparece mientras comían (pasando a través de la puerta cerrada), todavía seguían pensando que a lo mejor eran víctimas de alguna visión colectiva. Por eso les pidió de comer pescado.
  • No deja de llamar la atención la falta de reconocimiento de aquellos que habían estado tan cercanos de Él: María Magdalena lo confunde con el jardinero, los discípulos de Emaús caminaron con Él algunos kilómetros y lo tomaron por un caminante más; los apóstoles que estaban pescando, pensaron que Jesús era alguien que desde la orilla veía mejor la mancha del cardumen…
  • Tomás, cuando sus compañeros afirmaron haberlo visto, dijo que no creería hasta no meter su dedo en las llagas de las manos y su mano, en el costado. Estaba, al parecer, más cerca de la incredulidad que de la credulidad. Nosotros ahora le agradecemos sus dudas, pues nos garantizan mejor la veracidad de su testimonio.
  • El reconocimiento de Jesús se da mediante algún signo: que Jesús fuese más que una visión ante los apóstoles se confirma porque sólo dejó las vértebras espinosas del pescado; Magdalena lo reconoció por esa entonación única con que Jesús pronunciaba su nombre –“María”-; los discípulos de Emaús, en la repetición del ritual eucarístico; los apóstoles pescadores, por la pesca milagrosa… y ahora, Tomás, por su contacto con las llagas.
  • Tener fe en alguien es fiarse de él. Una actitud que tiene el riesgo de tomar una decisión sin certezas absolutas, sino confiados en la palabra de quien la tiene por ser “digno de crédito”. Los cristianos aceptamos la palabra –el Evangelio- de Aquel que es la Palabra; porque aceptamos el testimonio de quienes lo vieron –y tocaron- habiendo resucitado, “para que, creyendo, tengan vida en su nombre”. Como a Juan, escuchamos que nos dice: No temas. Yo soy el primero y el último. Estuve muerto y ahora, como ves, estoy vivo por los siglos de los siglos.
  • El mejor testimonio que dieron los apóstoles de la presencia del Espíritu de Jesús resucitado es su vida misma: ¿dónde están ahora aquellos discípulos temerosos que se escondieron desde el arresto de Jesús? Los vemos ahora, llenos de valor, reuniéndose públicamente, haciendo milagros y proclamando abiertamente su fe.
  • Si somos realmente “creyentes” (y no sólo “crédulos”), nos toca testimoniar nuestra fe de resucitados, desde nuestro bautismo, con actitudes que vencen la muerte: la alegría, la audacia, la esperanza y el amor compasivo.