c-16 LA ATENCIÓN Y LAS ATENCIONES

Lc 10, 38-42

  • Dicen que los mexicanos somos buenos anfitriones. Serlo es todo un arte. En nuestros pueblos, todavía se conserva esa tradición. Te reciben en sus casas y te colman de atenciones: cuarto muy arregladito, comida con los antojos locales, sábanas calentadas, botanas o colaciones entre comidas, paseos programados… A veces llegan a hostigar un poco con tantas atenciones, pues nos sentimos con poca libertad. En cambio, en las ciudades actuales, el hospedaje que se está imponiendo ahora es “siéntete como en tu casa. Nosotros salimos a trabajar, tú tienes las llaves, aquí está el refrigerador, la cafetera, cómo se enciende el calentador… y el sábado salimos a comer fuera, de paseo”. Son dos estilos de acogida; pero a veces a lo que fue el huésped es a visitar a conversar con sus amigos y lo que espera es que le presten un poco de atención.
  • Esto lo podemos ver en nuestras lecturas de hoy. En la primera, vemos a Abraham descansando fuera de su tienda de campaña, a la sombrita en un pequeño oasis del desierto a la hora de mayor calor. Se le acercan tres caminantes, que dada la dureza de aquella naturaleza van siempre necesitados, por lo que el hospedaje se vuelve un imperativo. Abraham los acoge y les proporciona las mejores atenciones que puede: agua para refrescar su cuerpo, prepara pan, mata un ternero y lo acompaña de leche y requesón… en fin, se muestra como excelente anfitrión, y al ponerles atención, descubre que –como siempre- Dios está en el necesitado.
  • Igualmente en el texto evangélico. Jesús, cerca de Jerusalén, va a hospedarse a una villa cercana -Betania- con una familia amiga: dos hermanas, cuyo recibimiento ejemplifica sendas formas de ser anfitrionas. Marta, la mayor, se preocupaba por darle a Jesús las mayores atenciones posibles: se la veía en todas partes, preparando los alimentos, el cuarto, el arreglo de la mesa… Entre tanto, María, la menor, se encontraba a los pies del Maestro, prestándole toda su atención. En cierto momento, con un enojo contenido, le llama la atención… ¡al huésped! y lo corrige no sin cierto autoritarismo: “Señor: ¿no te has dado cuenta [¿qué, no pones atención?] que María me ha dejado sola con todo el quehacer? [y le ordena] ¡Dile que me ayude!”.
  • Al quedarse en aquella casa, Jesús sólo quería descansar y compartir su pasión evangelizadora con alguien capaz de comprenderlo. No buscaba “atenciones”, sino “atención”. Había encontrado en María unos oídos atentos y una magnífica interlocutora. “¡Marta, Marta!: muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte, [y advierte con energía] y ¡nadie se la quitará!
  • Algunos han visto en este episodio la contraposición entre dos “vías” para acercarse a Dios: la “vía activa”, del apostolado, las obras, y la “vía” contemplativa. Quizás esta distinción en la práctica no sea tan pronunciada. Jesús está consagrado plenamente a su misión y nunca se distrae de ella, por lo que en aquella conversación va afinando su campaña. Al mismo tiempo, mientras va de camino, es un contemplativo en la acción y presta atención a los detalles, aún insignificantes: las florecillas, los pájaros, el sembrador, el pastorcillo… Pero en la escena sí hay cierta crítica al activismo religioso. En nuestro tiempo, llevamos la vida a un ritmo frenético, “muchas cosas nos preocupan e inquietan”, empezando con los traslados y las tecnologías de comunicación. La “rapidización” denunciada por el Papa Francisco. En medio de tanto ajetreo, es importante replegarnos con frecuencia y estar “a los pies del maestro” en actitud de contemplación y escucha, justamente para reorientar nuestra actividad (un huésped es magnífica ocasión para escucharlo y aprender de él). Pero es igualmente importante desplegar nuestras actividades en servicio de los más necesitados, y trabajar y fatigarnos, pues en la acción misma podemos también ser contemplativos y descubrir en ellos el rostro de Jesús.

C-14 CONTRAPUBLICIDAD CRISTIANA

Lc 10, 1-12. 17-20

  • Jesús está preparando la última fase de su campaña mesiánica, misma que planea terminar en Jerusalén. Viajará despacio, aprovechando para visitar los más pueblos posibles, para lo cual enviará una avanzada que le vaya preparando el terreno, los poblados a los que consideró que tenían más oportunidades de acogida. Está satisfecho con los resultados, pues ha provocado una verdadera movilización, e incluso podría visitar más poblados, de tener cuadros confiables suficientes –“La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”- Sin embargo, no le interesa reclutar indiscriminadamente colaboradores -los números no le interesan-, se conforma con los discípulos indicados; pero entrenados y entregados. Elige a 72, número preciso, simbólicamente calculado -12 tribus de Israel X 12 apóstoles = 144 ÷ 2 = 72-, a quienes da instrucciones precisas:
  • Los envía en parejas, algunas de ellas seguramente serían esposos. No envía a un discípulo solo, para evitar protagonismos o subjetivismos y para dar testimonio de integración –clave para su proyecto-, así como para protección y apoyo. Los envía directamente a la misión, sin “detenerse a saludar a nadie por el camino”. Obviamente no está prohibiendo dar los buenos días, sino más bien “detenerse”, desviarse de la misión, cultivando relaciones distractoras.
  • Más que preocuparse por sus medidas de seguridad, fortaleza y protección, los envía totalmente vulnerables, “como ovejas en medio de lobos”. No sólo les manda no llevar dinero; pero ni siquiera un morral para guardar los mendrugos que le regalasen, como el que tenía Antístines, filósofo griego de los llamados “cínicos”, poco antes de Cristo. Ni siquiera sandalias, para echar a correr en caso de peligro… Otros evangelistas descartan incluso un bastón para defenderse de los perros y ni siquiera una muda para cambiarse… los envía prácticamente con lo que llevan puesto.
  • Hoy en día quizás valoramos demasiado los recursos para una buena campaña publicitaria. Pensamos, con Joseph Goebbels (ministro de propaganda de Hitler), que la eficacia de la recepción de cualquier producto es su visibilización y grabación en el oído (“repite una mentira un millón de veces y se convertirá en una gran verdad”). Se sabe que los costos de publicidad van en proporción inversa a la calidad del mensaje:
    • un anuncio comercial de 20 segundos en Televisa cuesta $278,600.
    • En 2014, en horario de 9 a 10 pm, se cotizaba en $1.400,000 de pesos.
    • Un comercial a la hora de la sobremesa, en la televisión española, puede costar hasta 20,000 euros.
    • En EEUU un comercial de 30’’ en un programa de “American Idol” puede venderse en $475,000 dls.
    • Los partidos políticos se repartieron $5,356 mdp para las elecciones de 2015 (al PRI le tocaron $1,376 mdp).

La mayoría de estas mercancías (un artículo, un candidato, un logo de Partido, una ideología, una versión de cierta noticia) no lo valen… Ya no creemos más en las supuestas “excelencias” de aquellos productos que nos ofrece la publicidad.

  • En cambio, la Palabra de Jesús se propaga por sí misma. Para que esto quede patente, Jesús exige a su avanzada de evangelizadores ir totalmente inermes, sólo armados de la Palabra. Con Ella podrán “aplastar serpientes y escorpiones” y quedarán protegidos “para que nadie pueda hacerles ningún daño”. Cualquier palabra de verdad, palabra fuerte, provoca siempre hostilidad en una sociedad que vive en la mentira; pero con un buen testimonio (cuando “sus nombres están inscritos en el libro de la vida”), tales ataques o calumnias no les dañarán. La Palabra de Verdad y de Vida no será acogida por aquellos que se benefician de palabras mentirosas y de muerte. En casos de esas colectividades que no la reciban, el discípulo amenaza serán tratadas con más rigor que la depravada Sodoma, y cuando se vayan, habrán de sacudir sus pies, para que se vea que “no se llevan ni el polvo”, pues su misión es desinteresada. Pero aún a aquellos que se bloquearon, de todos modos les dejan el anuncio esperanzador de la inminente llegada del Reino de Dios.
  • Les da también poder para curar enfermos. Actualmente, los sucesores de aquellos evangelizadores podremos también disfrutar de ese mismo poder -curar las enfermedades de nuestro tiempo (cada época y cada sociedad las tiene)-, ya que la Palabra es siempre sanadora, pues da consuelo, compasión y misericordia. Otro beneficio más: los evangelizadores compensarán a sus anfitriones con la Paz. Esa paz que no es resultado del equilibrio de los miedos, sino de la tranquilidad de la conciencia, y por lo mismo, transmisión de bendición.
  • La recomendación de Jesús es que se queden en la misma casa a la que llegaron, sin andar cambiándose de casa en casa para mayor comodidad, pues de lo que se trata es de que pongan los fundamentos de una incipiente comunidad. Comer lo que les pongan, sin remilgos; pero tomarlo con todo derecho, pues fueron a realizar un trabajo en beneficio de aquella comunidad, y como todo trabajador, se hacen acreedores a su justa remuneración. Igual que los maestros o los médicos, realizan una vocación en beneficio de los necesitados; pero a cambio, tienen derecho a un salario justo.
  • Por último, al ver los resultados, no alegrarse satisfechos, como si los resultados fueran recibido gracias a sus habilidades, esfuerzos o carismas. No. El efecto se debe en exclusiva a la Palabra (por eso mismo se difundió sin recursos). El evangelizador no es sino un mero mensajero, que no es responsable del mensaje que portó, ni para bien, ni para mal (entonces se “mataba al mensajero”, cuando la noticia no era grata o se le premiaba si era buena).
  • Creo que muchos evangelizadores actuales deberíamos releer este evangelio. La imagen que mucha gente tiene de la Iglesia es que es una empresa comercial, que cada semana pide dinero para algo, cuya utilidad no siempre es clara. No hagamos depender una acción pastoral de los recursos invertidos (incluso de las llamadas “nuevas tecnologías”, las TICs, la reclamación de tener canales televisivos propios, de costosas campañas vocacionales…). Lo que se precisa son cristianos auténticos que den testimonio de solidaridad y compasión, que hablen con la verdad y que ofrezcan sus bienes religiosos con desinterés, sin ambición, sin mercantilizar el culto… Entonces recuperaremos credibilidad.

C-13 LOS NÚMEROS NO CUENTAN

Lc 9, 51-62

  • La vida adquiere su sentido más pleno cuando se entrega a una causa. Hay causas que atraen a gran número de seguidores; sin embargo, estas causas no siempre vencen. Las que triunfan son aquellas causas nobles que ganan a personas que las consideran más importantes que la propia exigencia. Quienes se apasionan por ellas tienen que abandonar hábitos y rutinas inveterados: apegos arraigados por más sagrados que parezcan; abandono, incluso, del pasado mismo, al que nos aferramos en conservar como si fuese algo que nos pertenece…
  • Jesús había pasado tres años de intensa actividad recorriendo todos los poblados de Galilea, y durante esta campaña misionera había ido reclutando discípulos y simpatizantes. Algunos de ellos permanecían en sus casas y contribuían a preparar la infraestructura de hospedaje cuando Jesús y sus discípulos llegaban al pueblo. A otros, más confiables, les encomendaba adelantase y preparar una posible visita. A veces ellos veían que el hospedaje allí esta no iba a ser posible, pues había rechazado, como en el caso de Samaria, cuando los aldeanos supieron que Jesús iba sólo de paso hacia la odiada Judea, y que no quería poner su sede allí, agravio que indignó a los intransigentes “hijos de Zebedeo”, al punto de pretender hacer descender fuego sobre ellos.
  • Considerando que en Galilea el ambiente ya estaba maduro, Jesús percibía que ya era momento de dar un fuerte testimonio en Jerusalén misma, en el templo, y poner en esto toda la carne en el asador, así que tomó “la firme decisión” de emprender un viaje hacia allá, a sabiendas que en ello podía jugarse su vida.
  • Entre sus numerosos discípulos iba seleccionando algunos, a quienes invitaba a acompañarlo. A Jesús no le importaban demasiado los números. Más que cantidad de discípulos quería calidad y compromiso, puesto que preveía no sólo molestias y problemas en el camino, sino, incluso, serios riesgos a correrse. El texto nos habla de tres casos paradigmáticos, que pueden servirnos también hoy en día para quienes deseamos seguir a Jesús.
    1. El primero de ellos no fue llamado. Él mismo se autoinvitó, dispuesto a mudar su habitación al pueblo adonde Jesús se instalase -“te seguiré donde quiera que vayas”-. Jesús no le agradeció su generosidad, ni lo alentó pintándole el agradable ambiente que encontraría con sus nuevos hermanos. Su respuesta fue más bien desalentadora (un cubo de agua fría): “las zorras tienen sus madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar su cabeza”.

En la gesta mesiánica de Jesús, sus discípulos tenían que dejar físicamente su vivienda e incorporarse a una campaña itinerante -como los pastores nómadas del desierto-, ya que el maestro solía impartir su principal magisterio aprovechando cualquier evento o detalle encontrado “en el camino” (“on the road”) para extraer de él, contemplativamente, alguna sabrosa parábola. Hoy en día, para seguir como discípulos a Jesús también se nos pide “dejar nuestras madrigueras”, es decir, nuestra “habitación”, donde “habitamos”: nuestros “hábitos”, rutinas y todo aquello que nos es familiar, incluyendo nuestro propio bagaje de ideas y prejuicios. Es cómodo aferrarnos a lo que nos es “habitual”, a lo “ya conocido”, a lo que “siempre se ha hecho así”, a pensar lo que nos enseñaron, lo que nuestros vecinos hacen o dicen. Se nos pide salir de nuestro “hábitat”, ver la vida con otros ojos y adoptar un nuevo estilo contracultural de vida.

  1. “A otro Jesús le dijo ‘¡sígueme!’; pero él respondió: ´¡Señor! Déjame primero enterrar a mi padre´. Jesús le replicó: ´Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios’. Solemos presuponer que el padre de este joven acababa de morir y lo estaban velando, que se encontraba en ese momento amoroso y triste de la despedida, memorable para siempre. Pareciera entonces una exigencia cruel no permitirle al menos esperar a enterrarlo. Otros intérpretes, empero, suponen que el padre de este chico gozaba aún de cabal salud, y lo que estaba dando a entender, era que Jesús le permitiera esperar hasta que su padre falleciera y entonces sí lo seguiría.

Colocar al Reino de Dios como primer objetivo en la vida es condición para los discípulos de Jesús. A esto debe subordinarse todo, incluso el amor a la familia. Para Jesús los lasos de sangre no son sagrados ni determinantes. Él mismo dejó a su clan (lo que no agradó a los suyos). La disponibilidad total para el Reino sigue siendo hoy el ideal del seguimiento. Muchas veces –incluso entre los mismos Consagrados con votos religiosos- esta disponibilidad tiene muchos “a segunes”, y confundimos el peso institucional, con el discipulado. Jesús quiere discípulos totalmente entregados, y será sólo con ellos como su ideal podrá hacerse realidad.

“Deja que los muertos entierren a sus muertos”. Parece duro; pero en verdad. En nuestro tiempo hay muchos muertos vivientes –zombies-, de quienes denuncia el Apocalipsis: “parece que vives; pero estás muerto”. Muertos en vida, que deambulan, comen, ganan dinero, compran o incluso, matan; pero que están vacíos y viven en un perpetuo “stand-by”. Hay algunos zombies que son buenos enterradores y que saben hacerlo bien: buenos para sepultar proyectos pasados; pero que no proponen nuevos. Nosotros, en cambio, hemos de consagrarnos a la vida, sin dejar de amar a quienes dejamos.

  1. A un tercero –“Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia”-, Jesús le contestó: “el que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”. La respuesta connota la anécdota de Eliseo narrada en la primera lectura: estaba arando en una fila de doce yuntas de bueyes cuando pasó Elías y le echó encima su manto. Eliseo dejó sus bueyes para seguir al profeta; pero le pidió que le dejara dar a sus padres el beso de despedida. Hizo todo un ritual para sus amigos: sacrificó a los bueyes, con el arado hizo una hoguera y en ella los asó. La despedida de Eliseo fue un “quemar las naves” -como Cortez- para un viaje sin retorno. En cambio, algunas de nuestras despedidas se convierten en peligrosas tentaciones: partir, sí; pero dejando atrás el corazón. Esto, como es de suponerse, impide la entrega. La exigencia del seguimiento llega hasta el sacrificio de las nostalgias, del apego al pasado, para quedar sólo libres para los sueños, para la esperanza de un futuro que quizás no nos toque ver.
  • Ahora que en la Iglesia, el vaciamiento de los templos, la ausencia de jóvenes, la falta de vocaciones en nuestros seminarios, producen una sensación de fracaso y provocan angustia, no olvidemos que Jesús desconfiaba de los números y en cambio, pedía calidad. Cuando después de un sermón fuerte la gente se le empezó a ir, preguntó a sus apóstoles: ¿“también ustedes se van”? Pero Pedro respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,67-68)