A-38 Cuaresma III: COMUNICACIÓN PARA SATISFACER LAS NECESIDADES

Jn 4, 5-42

  • Los vivientes somos seres de necesidades. Requieren de satisfactores externos para mantenerse vivos, y esto es lo que les obliga a adaptarse continuamente a las cambiantes condiciones ambientales, lo que explica la evolución. Los humanos, además de esto, somos vivientes inacabados, somos seres de deseos, y esto nos empuja buscar siempre nuevo desarrollo. Al mismo tiempo, la especie humana es gregaria (como lobos de manada y no como lobos solitarios). Satisfacemos nuestras necesidades siempre en grupo, y esto es el origen de la diferenciación cultural, así como también, el origen del lenguaje: posibilitar el intercambio de satisfactores y el remedio de necesidades individuales. Nadie hay tan autosuficiente que no tenga ninguna carencia, y nadie tan necesitado que no pueda dar algo a otro.
  • La solicitud comunicación se da siempre en relaciones asimétricas -el demandante está en situación desventajosa respecto al posible donante-; pero además de esto, hay otras asimetrías -las que se originan en situaciones de poder- que dificultan aún más la comunicación. Se trata de los estigmas discriminatorios de género, etnia, educación, religión, etc.
  • De esto trata el Evangelio de hoy. Vemos a Jesús dirigiéndose hacia Jerusalén. Su camino tiene forzosamente que cruzar la región de Samaria, cuyos habitantes eran mal vistos por los judíos: la población local fue desterrada a Asiría, y había dejado ese campo descuidado. Por eso, el Imperio alentó la colonización del territorio, y los nuevos colonos se mezclaron con la población nativa, en mestizaje racial y en sincretismo religioso (daban culto a sus dioses de origen; pero también, culto a Yahvé, por ser el dios local).
  • Jesús se detiene a la entrada del poblado, pues sufre varias carencias y necesidades: está cansado (se sienta en el brocal del pozo), tiene hambre (sus discípulos fueron al poblado a comprar alimentos), siente calor (es el mediodía), pero sobre todo, le abrasa una gran sed (que luego sabremos, no sólo para su garganta). La sed es el prototipo de cualquier necesidad; el agua es lo más apremiante para la vida: no por nada la torturante sed estuvo a punto de causar apostasía en el pueblo hebreo errante en el desierto.
  • Pero en eso llega el “otro” –o mejor, la “otra”- que trae lo que le hace falta para remediar su carencia: un cántaro y una soga. Es la típica situación del necesitado, pues es a quien toca iniciar el diálogo con su posible satisfactor, de modo que formula su petición: “¡Dame de beber!”. Entablar un diálogo exige voluntad de ambas partes, y cuando la finalidad de la comunicación es satisfacer la necesidad del demandante, toca al demandado aceptarlo o rechazarlo.
  • Además de la asimetría entre el necesitado y quien puede remediar su necesidad, cuentan también otras desiguales, las provenientes del rango social: el de rango superior no se rebajaría a iniciar un diálogo con un inferior, a no ser en caso de fuerte necesidad. En la presente situación, esta asimetría, que ateniéndose al rango operaría en favor de Jesús, la necesidad le hace depender de rangos inferiores. La mujer sabe que ahora ella está en situación más ventajosa, y le responde con ironía: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (como tú varón me pides a mí, mujer; como tú rabí me pides a mí laica; como tú judío ortodoxo me pides a mí, una heréje)…
  • Jesus, que ve las cosas con mayor profundidad, descubre que quien tiene mayor carencia es la mujer, la que está sedienta de afecto, del sentido de la vida, de Dios… “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”… El diálogo ha quedado abierto, y ahora comienza una serie de encuentros y desencuentros derivados del doble plano en que se mueven Jesús y la mujer. Aquel, a partir de sus necesidades biológicas trata de elevar a la mujer hacia las necesidades espirituales que descubre en aquella, y la mujer, a la inversa, que trata de aferrarse a la evidencia de la realidad material, en la cual ella mantiene la ventaja (la vasija y la soga). “Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva?” De paso le advierte a ese fuereño israelita que ahora se halla en terreno ajeno, Samaria, con su propia cultura y religión que deben ser respetadas: “¿Acaso eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?”
  • Jesús insiste en elevar a la mujer incentivando su imaginación, mediante una metáfora: “El que bebe de esta agua vuelva a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar vida eterna”. La mujer, por su parte, insiste en aferrase al significante mismo, donde mantiene la iniciativa y la ventaja, y rehúsa trascender hacia un significado místico: sabrá Dios hasta dónde la quiera llevar ese extraño forastero. Lo mejor es mantenerse como están, y en todo caso, jugar un poco con él y seguirle la corriente”: “Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla”, dice, quizás entre pícaros mohines. Jesús le dice: “Ve a llamar a tu marido y vuelve”. La mujer ha optado por mantenerse tercamente a nivel de la apariencia y en este nivel, el extranjero no es mal tipo. Ella, que ha conocido ya seis varones sin que ninguno la haya satisfecho, quizás el séptimo sea el bueno. De modo que, coqueta y seductora, le dice “no tengo marido”.
  • “Tienes razón al decir ‘no tengo marido´, Haz tenido cinco y el de ahora no es tu marido”. En su respuesta, algunos han querido ver denotación a los cinco dioses de los samaritanos, y que con Yahvé, serían los seis. Tal vez no haya que ir tan lejos. Jesús descubre que la mujer -y no él- era la más necesitada, pues reflejaba una profunda carencia de afecto, una sed abrasadora de comprensión.
  • Al hacerle ver su vulnerabilidad, la mujer reconoció que Jesús era un profeta visionario. El diálogo tomaba entonces otro giro quizás más peligroso: el de una discusión teológica, y siendo ella en estas cuestiones una neófita ignorante, prefiere no meterse en estos enredos: “Pues, mira, aunque como parece, eres un rabino judío, tampoco desde lo religioso nos vamos a entender: “nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes los judíos dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”. Las religiones, cuando se vinculan con los nacionalismos o regionalismos étnicos, refuerzan los fanatismos. Las guerras más crueles son precisamente las que se dan en estos tipos de alianza. El diálogo de religiones, en situaciones nacionalistas no son viables. Pero la concepción de Jesús es más secularizada. No defiende ningún “lugar sagrado” para la fe: “ya se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre”, a Él se le adorará “en espíritu y en verdad”. Su propuesta religiosa va más allá de la de las religiones cosmológicas, que dividen los espacios entre lo sagrado y lo profano, sino que se da desde “el espíritu y la verdad”. No esa “verdad” poseída como propiedad de una etnia o nación, sino aquella otra verdad para la cual lo único sagrado son los “pobres”, y desde esta perspectiva sí es posible el diálogo entre religiones diferentes, e incluso con quienes no tengan ninguna religión.
  • La samaritana no entiende tales disquisiciones teológicas; aunque tampoco le desagradan: “Bueno, dicen que ya va a venir el Mesías, cuando venga, ya nos aclarará todo esto”. Y entonces Jesús le declara: “Yo soy (expresión con las mismas consonantes de Jehová), el que está hablando contigo”.
  • En eso, regresan los discípulos con los víveres. Se extrañan de que Jesús se encuentre hablando con una mujer (¡esos seres inferiores!). La mujer aprovecha la situación para partir presurosa, abandonando el cántaro y la soga. Su sed de vida plena ha quedado finalmente saciada, y de “evangelizada” se convierte en “evangelizadora”: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será este el Mesías?”. Aunque ella tiene la convicción de que Jesús es el Mesías esperado, no le hace propaganda (su vergonzosa conducta no le ayudaría), sino que les plantea a sus paisanos un interrogante para que ellos mismos lo comprueben, y de parte suya, simplemente aporta su valiente testimonio, haciendo pública su vida privada, lo único que posee. Los vecinos salieron del pueblo, fueron al pozo y quedaron impactados por la sabiduría del profeta. Jesús ya no tiene hambre de alimento corporal, como tampoco tiene sed. Esa sed inmensa de ofrecer a los discriminados su comprensión y un sentido para su vida, ha quedado ya satisfecha, de modo que permaneció con ellos un par de días.
  • Actualmente nos movemos en complicadas relaciones sociales, intercambiando satisfactores, demandados u ofrecidos. Todos estamos de un modo o de otro, necesitados de comunicación. Los cristianos tenemos que mirar por encima de las situaciones que separan a las personas -los rangos, los estereotipos, las condiciones de poder- y sentirnos hermanos y hermanas, todos necesitados y todos con dones qué aportar. Así descubrimos nuestra vocación de construir comunidades entre los diversos. Cuando vemos las situaciones con los ojos de Dios, trascendemos las circunstancias que impiden la comunicación, incluso aquellas que provienen de interpretaciones y “lugares” religiosos.

A-37 Cuaresma II: PERSISTENCIA DE LA TENTACIÓN

Mt 7, 1-9

  • Como vimos la semana pasada, Jesús en el desierto superó la tentación. Pero cuando vencemos las tentaciones, estas no suelen desaparecer del todo, sino que se quedan por ahí, agazapadas. De hecho, la imagen de Mesías hegemónica en aquel tiempo y compartida casi universalmente (ejercer el mesianismo desde el Poder), aparte de resultar más fácil y tener ciertos fundamentos bíblicos (Satanás conoce bien las Sagradas Escrituras), ofrecía posibilidades no desdeñables; trabajar desde el poder da muchos recursos, por lo que la Iglesia, desde Constantino cayó frecuentemente en esta tentación: en la Nueva España, gracias al Patronato Real, las autoridades cobraban el diezmo, construían templos y conventos, prohibían cualquier otra religión, daban a la Iglesia el monopolio del matrimonio civil, etc… Pero en el desierto Jesús quedó convencido que el Padre quería un Mesías que trabajase desde el no-poder, ya que era lo que correspondía para superar la primera desobediencia de Adán y Eva, pues el fruto prohibido fue justamente el “poder de dominación”.
  • La tentación, empero, no quedó destruida y se volvía a presentar por medio de quienes menos podría pensarse, por ejemplo, Simón Pedro: cuando Jesús le advierte que el Mesías será rechazado y asesinado, lo llama aparte y le corrige: “eso no te puede suceder a ti: no te olvides, eres el Mesías, tienes el poder de Dios: ¡Compórtate como tal! Jesús le llama “Satanás” (tentador) y lo pone en su lugar: el discípulo de seguir al maestro y no ponérsele al frente y darle la clase.
  • Realizar el proyecto del Padre desde el no-poder –el “Reino de Dios”- implicaba renunciar a la utilización de sus poderes divinos para utilidad propia, o incluso para la realización del proyecto (los milagros serían una forma de poder). Preveía que un Mesías solidario con los oprimidos de todos los tiempos (crear fraternidad) le iba a acarrear la enemistad del Poder mismo, de los opresores y poderosos, cuyos intereses y privilegios quedarían afectados con esa forma alterna de organización desde los que menos poder tienen. Seguramente que las autoridades religiosas lo “excomulgarían” (expulsión de la Sinagoga) y tratarían de eliminarlo, pero ya que los romanos se habían reservado la pena capital, seguramente le tendrían que fabricar un delito político (una supuesta rebeldía contra el Cesar) para que los romanos pudieran condenarlo a la crucifixión. Esta tentación, pues, continuaba soterrada.
  • Había algo más: ese rechazo iba a resultar muy escandaloso para sus discípulos, que no concebían un Mesías fracasado y reprobado por la religión oficial. Por lo mismo, más que para confirmarse Él (que sí lo necesitaba), le preocupaba ir preparando a sus discípulos, al menos los más concientes. Jesús recomendará más tarde: “Vigilen y oren para que no caigan en tentación”, y dándonos ejemplo, cuando le volvía la tentación se retiraba a orar a un lugar solitario, y fue lo que hizo en esta ocasión, cuando decidió subir a un monte elevado para orar: invitó a que lo acompañaran los tres más despabilados -Pedro, Santiago y Juan- y ante ellos se “transfiguró”, es decir, permitió que se revelara claramente su divinidad. Es lo que significan los símbolos empleados por San Mateo: el rostro resplandeciente denota el rostro de Moisés después de estar en el Sinaí (que incluso tuvo que cubrirlo con un velo); la vestidura blanca, la visión del profeta Daniel; la nube, la presencia de Dios en el campamento o en el templo de los hebreos, la voz del Cielo (incluso con las mismas palabras), su propio bautismo… La conversación de Jesús con Moisés y Elías significa que Jesús se está confrontando con la Palabra de Dios: la Biblia que entonces existía se dividía en dos partes (obviamente distintas de las actuales): la Ley (atribuida a Moisés) y los Profetas (cuyo principal exponente era Elías). En la Escritura hay varios textos referentes al Mesías. Algunos, ciertamente, dan pie a ser interpretados como un nuevo David, con gloria, grandeza, para una redención desde el poder; pero observando con más finura, otros textos (por ejemplo, lo referente al “Siervo de Yahvé” de Isaías) hablan de un Mesías sencillo, solidario con los pobres, perseguido, rechazado por la oficialidad religiosa; pero eficaz en cuanto a promover la justicia y el derecho.
  • Los apóstoles, arrobados por la visión y cautivados por ese rostro resplandeciente y sereno, apenas se fijaron en lo que se discutía. Pedro, hablando por los tres, expresó su deseo de instalarse allí. Habló de “tres chozas”, para cada uno de los personajes (no pedía una para ellos. No importaba que se quedaran a la intemperie); pero de inmediato, la voz atronadora y la visión desapareció: ¡No, Pedro! El maestro no subió al monte para quedarse allí, huyendo de los conflictos. Hay que bajar del monte, allá, adonde están Anás y Caifás, Herodes, Pilatos, los fariseos… La oración que huye del mundo, para refugiarse en un intimismo confortable, dulce, tranquilizador… es “opio del pueblo”. En cambio, una oración para recargar las baterías, para fortalecerse; una oración que se nutre de las Escrituras y de los Signos de los Tiempos para discernir la voluntad del Padre, es “levadura” que informa toda la masa, que sostiene a luchadores y mártires, que cambia el corazón.
  • En nuestra Cuaresma, cuando, si la tomamos en serio, nos estaremos dejando cuestionar y revisar el rumbo de nuestra vida, seguramente volverán tentaciones que creíamos superadas. Recordemos el ejemplo de Jesús. Volvamos a las Escrituras (Moisés y Elías; pero sobre todo, los Evangelios) y prestemos atención a los Signos de los Tiempos, y no nos refugiemos en una oración tranquilizadora para nuestra “zona de confort”, sino una oración que nos ayude a vencer esta tentación, que nos inquiete, nos sacuda y nos empuje hacia un mayor compromiso

A-36 Cuaresma I: LA TENTACIÓN

Mt 4, 1-11

  • El cambio de color de ornamentos es signo de cambio de un tiempo litúrgico. Los dos ejes: el nacimiento y la muerte de Cristo, ambos dependientes de los ciclos astronómicos: la Navidad, el “sol invictus” (el sol-sticio de Invierno, cuando el sol, que parecía morir, comienza a crecer) y Pascual, la luna, el sábado más cercano al plenilunio próximo al equinoccio de primavera. Las dos fiestas principales en nuestra liturgia son enmarcadas, antes y después, por sendos períodos de 40 días. La apertura del ciclo inició el “miércoles de ceniza”, que este año “cayó” en el pasado 1° de marzo.
  • El sentido de la Cuaresma lo da el Evangelio de hoy. Hay que ubicarlo en el relato evangélico: En el momento de su bautismo por Juan, Jesús cobró conciencia de su misión como Mesías: era el Hijo primogénito de Dios, tenía todo el poder divino en sus manos. ¿Cómo iba a diseñar y realizar su misión de acuerdo a la voluntad de su Padre Dios? Al escuchar esa voz quedó abrumado. Necesitaba poner en orden sus pensamientos, y para ello, quizás su primo le sugirió irse al desierto, el lugar más apropiado: es lugar de penitencia, de silencio, propicio a la búsqueda y la reflexión. Fue al desierto adonde Dios envió a Abraham, sacándolo de la seguridad de la civilizada ciudad de Ur de los Caldeos.
  • Allí habría de pasar 40 días ¿Por qué precisamente 40? Se trata de un número religioso que evoca los 40 años que pasó el naciente pueblo de Israel viajando a través del desierto desde su liberación de Egipto hasta la Tierra Prometida. También los 40 días de Diluvio y los otros 40 de la predicación de Jonás en Nínive. Tiempo, pues, de purificación y discernimiento.
  • “Pasó allí cuarenta días y cuarenta noches sin comer”- Para el tiempo de Cuaresma se aconseja practicar lo que Jesús recomendaba -oración, ayuno y limosna-, realizados con discreción, sin exhibicionismo. Para nosotros, para que este ejercicio tenga sentido cristiano es atender las razones que tuvo el Maestro: La supervivencia en el desierto era trabajosa. Comer significaba ir a buscar alimento -algún roedor y algunas hierbas (cacería y recolección), y luego, encender una fogata para cocer la presa: a nosotros se nos dificulta hacer una fogata en el campo, teniendo gasolina y cerillos, en aquella aridez barrida por el viento, podría resultar toda una proeza. Por tanto, si alimentarse iba a costa del precioso tiempo de su reflexión, parecía más práctico pasarlo en ayuno. Aquellas personas que pasan largo tiempo con poca comida dicen que después de los primeros días -cuando se siente el hambre-, uno se habitúa, y sin los procesos digestivos, la mente queda despejada y serena.
  • Hay, pues, diversas formas de ayuno, algunas más agradables a Dios.
    • El ayuno forzado y crónico de esas casi mil millones de personas que pasan hambre crónica en el mundo. Este ayuno, decididamente, no le agrada a Dios, pues no quiere que sus hijos sufran injustamente el hambre, mientras otros desperdician alimento.
    • El ayuno ascético, que algunos practican para disciplinar el cuerpo, fortalecer la voluntad y remedio de algunas compulsiones (no sólo de comida). Esta es una forma de ayuno cuaresmal que en otro tiempo se practicaba durante este tiempo.
    • El ayuno terapéutico, recomendado por los naturistas. Sus partidarios lo recomiendan para que el cuerpo se purifique, no teniendo trabajo de digestión y que sane de algunas afecciones. Algunos comen únicamente un solo tipo de fruta y otros, algo de limón o potasio para no descompensar.
    • El ayuno de protesta: la llamada “huelga de hambre”, con el que algunos activistas pretenden atraer la atención del público a una causa que ellos consideran más importante que la vida propia. Efectivamente, para algunos esto ha sido útil, como para Ghandi en su lucha por la Independencia de la India. La Iglesia no lo ve mal, cuando se pone como límite el riesgo de la pérdida de la vida.
    • El ayuno solidario: “partir el pan con el hambriento”, compartir: quedarse con algo de hambre para que algunos de los que ayunan habitualmente puedan comer un poco mejor. Este es un recurso muy recomendable para este tiempo. Se trata de que lo que uno ahorra al abstenerse de comer algunos alimentos lo vaya depositando en una alcancía y que al llegar la fiesta de la Pascua, ese dinero se destine a una buena limosna en beneficio de personas realmente necesitadas (p. ej.: cuando estudiaba en una Universidad católica de Bélgica, el ayuno de los universitarios de ese año se destinó para iniciar una biblioteca en un país africano).
  • Juntamente con el ayuno que tuvimos el miércoles pasado y tendremos el Viernes Santo, la Iglesia manda también la abstinencia de carne los cuatro viernes de Cuaresma. Quizás la razón inicial se haya dirigido a favorecer la oración, ya que para la gente del medievo, hartarse de la carne de alguna presa de cacería entorpecía la mente. En la austeridad medieval, los cristianos se abstenían de comer carne roja durante toda la cuaresma. La carne se guardaba en el sótano bajo tierra, el lugar más fresco, para conservarla algunos días, y la víspera del Miércoles de Ceniza –el Martes de Carnaval- se sacaba toda la carne que quedaba en la bodega para consumirla en un atracón y despedirse de ella. La palabra deriva del italiano “carne-vale” (adiós a la carne), como se ve también con la expresión latina “carnis tollendas” (quitar la carne). La Iglesia prohíbe la carne de animales de la tierra; pero no de las del mar.
  • Por supuesto, si de lo que se tratara era “hacer penitencia”, comer langosta o un coctel de mariscos saldríamos ganando. Ahora, más que “carne” habría que abstenernos de aquellas compulsiones, adicciones o malos hábitos que no nos permiten vivir libres: no comer carne… “de prójimo”, abstenernos del cigarro, el alcohol, los pastelitos, la pereza, la falta de ejercicio, el juego… y lo que nos ahorremos… ¡va para la alcancía! La mejor “penitencia” cuaresmal es trabajar por corregir alguno de nuestros defectos dominantes.
  • “Entonces se acercó el tentador”… En esos momentos de discernimiento radical, cuando nos enfrentamos a alguna decisión importante o cuando planeamos un proyecto de vida, no faltan las tentaciones. La tentación es un componente de la vida humana, por lo cual, incluso Jesús –hombre como nosotros en todo, menos en el pecado- también sufrió. En la oración del Padre nuestro, no dice que pidamos a Dios que no seamos tentados, sino sólo que “no nos deje caer en tentación
  • El Tentador sabe bien qué nos puede tentar y qué no. La tentación de Jesús no fue invitarlo a algo pecaminoso (era obvio que no caería), sino presentar un tipo de Mesías diferente del que Dios quería y que se apartaba del modelo de Mesías prevalente en el medio ambiente (difundido desde el Santuario), es decir, un Mesías espectacular y milagrero (tirarse desde el pináculo del templo en un día de fiesta y esperar a que los ángeles lo depositaran suavemente en el suelo), un Mesías que remediara compasivamente el problema del hambre en el mundo en forma mágica (convertir piedras en panes), sin modificar el corazón egoísta del ser humano –cuando “multiplicó” los panes, lo hizo haciendo que la gente compartiera sus “cinco panes y dos peces”, o sea, lo que se traía para remediar individualmente el hambre del día-, un Mesías que salvara a la humanidad desde el poder, haciendo de Israel la potencia mundial hegemónica, en vez de Roma (“te daré todo esto si te postras y me adoras”). Si Jesús hubiera escuchado al Tentador, no sólo hubiera muerto anciano tranquilamente en la cama, sino que hubiera recibido los apoyos de Anás y Caifás, quizás de Herodes mismo, y Judas hubiera sido su más entusiasta colaborador. Pero por otro lado, Jesús percibía en algunos textos clave de las Escrituras (Moisés y Elías), la figura del “Siervo de Yahvé” iba en la línea de solidaridad con los oprimidos y por tanto, no emplear sus poderes para sí mismo, ni para reforzar la imagen del Poder coercitivo de Dios, sino que siempre trabaja desde el “no-poder”, como María comprendió cuando le ofreció a Dios su virginidad (la fecundidad, único poder retenido por las mujeres).
  • La primera tentación se dio justamente a nuestro inicio como humanidad: si lo que nos caracteriza como tales -“imagen y semejanza de Dios”- es nuestra razón y nuestra libertad, al despuntar la libertad (ante la cual el Creador mismo se arrodilla), primer acto plenamente libre de aquellos homínidos libertad versaría sobre la caracterización de la nueva especie y por tanto, quedaría inscrito en el ADN mismo de todos los descendientes. Se trataba de optar en una alternativa para la especie: o bien que cada uno de sus miembros se corresponsabilizara de todos los demás -y que por tanto, los más fuertes defendieran a los más débiles-, o bien, desde el “poder de dominación”, que los más fuertes se aprovecharan de los débiles. Y así fue que nuestros primeros ancestros, seducidos por aquel fruto, descubriéndolo como bueno para satisfacer el cuerpo y la mente, cayeron en la tentación.
  • Jesús, en cambio, supero la tentación, al menos por esta ocasión. Nunca se supera una tentación para siempre. La Cuaresma, pues, nos coloca en la misma situación de Jesús: la búsqueda de la voluntad del Padre. Para ello, necesitamos retirarnos a nuestro “desierto” (los tradicionales ejercicios espirituales cuaresmales, o algún rato en la tranquilidad del campo, o en nuestra azotea, incluso). Sabemos de antemano que seremos tentados a implementar decisiones más cómodas, menos radicales y menos exigentes; pero con la ayuda de Dios, las venceremos, como Jesús, por más que tengamos que hacerlo una y otra vez. En Getzemaní Jesús recomendó “vigilar y orar para no caer en la tentación” para desenmascararla. Se requiere una actitud constante de alerta, ya que la tentación es ubicua y sutil. Viviremos la Cuaresma en penitencia, no tanto sufrir por sufrir, sino en beneficio de nuestra libertad-de vicios, compulsiones o adicciones- compartiendo lo que tenemos con algunos necesitados, sin recurrir a lo mágico (convertir piedras en panes). Como sea nuestra Cuaresma será nuestra Pascual, por tanto, aprovechemos esta circunstancia para crecer en nuestro compromiso.