Jn 4, 5-42
- Los vivientes somos seres de necesidades. Requieren de satisfactores externos para mantenerse vivos, y esto es lo que les obliga a adaptarse continuamente a las cambiantes condiciones ambientales, lo que explica la evolución. Los humanos, además de esto, somos vivientes inacabados, somos seres de deseos, y esto nos empuja buscar siempre nuevo desarrollo. Al mismo tiempo, la especie humana es gregaria (como lobos de manada y no como lobos solitarios). Satisfacemos nuestras necesidades siempre en grupo, y esto es el origen de la diferenciación cultural, así como también, el origen del lenguaje: posibilitar el intercambio de satisfactores y el remedio de necesidades individuales. Nadie hay tan autosuficiente que no tenga ninguna carencia, y nadie tan necesitado que no pueda dar algo a otro.
- La solicitud comunicación se da siempre en relaciones asimétricas -el demandante está en situación desventajosa respecto al posible donante-; pero además de esto, hay otras asimetrías -las que se originan en situaciones de poder- que dificultan aún más la comunicación. Se trata de los estigmas discriminatorios de género, etnia, educación, religión, etc.
- De esto trata el Evangelio de hoy. Vemos a Jesús dirigiéndose hacia Jerusalén. Su camino tiene forzosamente que cruzar la región de Samaria, cuyos habitantes eran mal vistos por los judíos: la población local fue desterrada a Asiría, y había dejado ese campo descuidado. Por eso, el Imperio alentó la colonización del territorio, y los nuevos colonos se mezclaron con la población nativa, en mestizaje racial y en sincretismo religioso (daban culto a sus dioses de origen; pero también, culto a Yahvé, por ser el dios local).
- Jesús se detiene a la entrada del poblado, pues sufre varias carencias y necesidades: está cansado (se sienta en el brocal del pozo), tiene hambre (sus discípulos fueron al poblado a comprar alimentos), siente calor (es el mediodía), pero sobre todo, le abrasa una gran sed (que luego sabremos, no sólo para su garganta). La sed es el prototipo de cualquier necesidad; el agua es lo más apremiante para la vida: no por nada la torturante sed estuvo a punto de causar apostasía en el pueblo hebreo errante en el desierto.
- Pero en eso llega el “otro” –o mejor, la “otra”- que trae lo que le hace falta para remediar su carencia: un cántaro y una soga. Es la típica situación del necesitado, pues es a quien toca iniciar el diálogo con su posible satisfactor, de modo que formula su petición: “¡Dame de beber!”. Entablar un diálogo exige voluntad de ambas partes, y cuando la finalidad de la comunicación es satisfacer la necesidad del demandante, toca al demandado aceptarlo o rechazarlo.
- Además de la asimetría entre el necesitado y quien puede remediar su necesidad, cuentan también otras desiguales, las provenientes del rango social: el de rango superior no se rebajaría a iniciar un diálogo con un inferior, a no ser en caso de fuerte necesidad. En la presente situación, esta asimetría, que ateniéndose al rango operaría en favor de Jesús, la necesidad le hace depender de rangos inferiores. La mujer sabe que ahora ella está en situación más ventajosa, y le responde con ironía: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (como tú varón me pides a mí, mujer; como tú rabí me pides a mí laica; como tú judío ortodoxo me pides a mí, una heréje)…
- Jesus, que ve las cosas con mayor profundidad, descubre que quien tiene mayor carencia es la mujer, la que está sedienta de afecto, del sentido de la vida, de Dios… “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”… El diálogo ha quedado abierto, y ahora comienza una serie de encuentros y desencuentros derivados del doble plano en que se mueven Jesús y la mujer. Aquel, a partir de sus necesidades biológicas trata de elevar a la mujer hacia las necesidades espirituales que descubre en aquella, y la mujer, a la inversa, que trata de aferrarse a la evidencia de la realidad material, en la cual ella mantiene la ventaja (la vasija y la soga). “Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva?” De paso le advierte a ese fuereño israelita que ahora se halla en terreno ajeno, Samaria, con su propia cultura y religión que deben ser respetadas: “¿Acaso eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?”
- Jesús insiste en elevar a la mujer incentivando su imaginación, mediante una metáfora: “El que bebe de esta agua vuelva a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar vida eterna”. La mujer, por su parte, insiste en aferrase al significante mismo, donde mantiene la iniciativa y la ventaja, y rehúsa trascender hacia un significado místico: sabrá Dios hasta dónde la quiera llevar ese extraño forastero. Lo mejor es mantenerse como están, y en todo caso, jugar un poco con él y seguirle la corriente”: “Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla”, dice, quizás entre pícaros mohines. Jesús le dice: “Ve a llamar a tu marido y vuelve”. La mujer ha optado por mantenerse tercamente a nivel de la apariencia y en este nivel, el extranjero no es mal tipo. Ella, que ha conocido ya seis varones sin que ninguno la haya satisfecho, quizás el séptimo sea el bueno. De modo que, coqueta y seductora, le dice “no tengo marido”.
- “Tienes razón al decir ‘no tengo marido´, Haz tenido cinco y el de ahora no es tu marido”. En su respuesta, algunos han querido ver denotación a los cinco dioses de los samaritanos, y que con Yahvé, serían los seis. Tal vez no haya que ir tan lejos. Jesús descubre que la mujer -y no él- era la más necesitada, pues reflejaba una profunda carencia de afecto, una sed abrasadora de comprensión.
- Al hacerle ver su vulnerabilidad, la mujer reconoció que Jesús era un profeta visionario. El diálogo tomaba entonces otro giro quizás más peligroso: el de una discusión teológica, y siendo ella en estas cuestiones una neófita ignorante, prefiere no meterse en estos enredos: “Pues, mira, aunque como parece, eres un rabino judío, tampoco desde lo religioso nos vamos a entender: “nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes los judíos dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”. Las religiones, cuando se vinculan con los nacionalismos o regionalismos étnicos, refuerzan los fanatismos. Las guerras más crueles son precisamente las que se dan en estos tipos de alianza. El diálogo de religiones, en situaciones nacionalistas no son viables. Pero la concepción de Jesús es más secularizada. No defiende ningún “lugar sagrado” para la fe: “ya se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre”, a Él se le adorará “en espíritu y en verdad”. Su propuesta religiosa va más allá de la de las religiones cosmológicas, que dividen los espacios entre lo sagrado y lo profano, sino que se da desde “el espíritu y la verdad”. No esa “verdad” poseída como propiedad de una etnia o nación, sino aquella otra verdad para la cual lo único sagrado son los “pobres”, y desde esta perspectiva sí es posible el diálogo entre religiones diferentes, e incluso con quienes no tengan ninguna religión.
- La samaritana no entiende tales disquisiciones teológicas; aunque tampoco le desagradan: “Bueno, dicen que ya va a venir el Mesías, cuando venga, ya nos aclarará todo esto”. Y entonces Jesús le declara: “Yo soy (expresión con las mismas consonantes de Jehová), el que está hablando contigo”.
- En eso, regresan los discípulos con los víveres. Se extrañan de que Jesús se encuentre hablando con una mujer (¡esos seres inferiores!). La mujer aprovecha la situación para partir presurosa, abandonando el cántaro y la soga. Su sed de vida plena ha quedado finalmente saciada, y de “evangelizada” se convierte en “evangelizadora”: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será este el Mesías?”. Aunque ella tiene la convicción de que Jesús es el Mesías esperado, no le hace propaganda (su vergonzosa conducta no le ayudaría), sino que les plantea a sus paisanos un interrogante para que ellos mismos lo comprueben, y de parte suya, simplemente aporta su valiente testimonio, haciendo pública su vida privada, lo único que posee. Los vecinos salieron del pueblo, fueron al pozo y quedaron impactados por la sabiduría del profeta. Jesús ya no tiene hambre de alimento corporal, como tampoco tiene sed. Esa sed inmensa de ofrecer a los discriminados su comprensión y un sentido para su vida, ha quedado ya satisfecha, de modo que permaneció con ellos un par de días.
- Actualmente nos movemos en complicadas relaciones sociales, intercambiando satisfactores, demandados u ofrecidos. Todos estamos de un modo o de otro, necesitados de comunicación. Los cristianos tenemos que mirar por encima de las situaciones que separan a las personas -los rangos, los estereotipos, las condiciones de poder- y sentirnos hermanos y hermanas, todos necesitados y todos con dones qué aportar. Así descubrimos nuestra vocación de construir comunidades entre los diversos. Cuando vemos las situaciones con los ojos de Dios, trascendemos las circunstancias que impiden la comunicación, incluso aquellas que provienen de interpretaciones y “lugares” religiosos.
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