- Jesús dedicó unos tres años –según la tradición- a impulsar su campaña mesiánica en misión itinerante. Recorrió las aldeas de Galilea contagiando pasión por su utopía –el “Reino de Dios”-, enseñando en las sinagogas los sábados, predicando al aire libre en parábolas inspiradas en lo que veía, sanando enfermos, y desenmascarando aquella religiosidad legalista, acartonada, ritualista, difundida desde el Santuario de Jerusalén por los omnipresentes fariseos. Por otro lado, ya le quedaba claro que los Sumos Sacerdotes rechazaban su interpretación de la Ley, y no lo iban a reconocer como el “Mesías”. Ni ellos ni Él estaban dispuestos a ceder, ni había lugar para componendas, de modo que se anunciaba un “choque de trenes”. Viendo que esta etapa podía darse por cumplida, decidió dar un testimonio fuerte y definitivo, una “acción de choque” en el Templo mismo, poniendo en ello “toda la carne en el asador”.
- De modo que se puso en marcha hacia Jerusalén para la fiesta anual de la Pascua (“Pésaj”), la fiesta principal en el calendario ritual. Se dice que subían a la Ciudad Santa unos 60,000 peregrinos, muchos de ellos llegando de lejos, de la “Diáspora,” de modo que su denuncia sería más difundida y la multitud misma podría protegerlo un poco. Mientras llegaba el día fijado, prudentemente, se quedó unos días cerca de allí, junto al río Jordán, adonde había estado bautizando con su primo Juan. Sabía que los peregrinos irían llegando en grupos, de modo que llegado el momento, Jesús y sus discípulos también subieron. Envió a dos de ellos a un poblado próximo, en avanzada, a casa de uno de sus simpatizantes, a que le pidieran prestado su burro y lo llevaran a Betfagé, donde los esperó, y entonces los apóstoles pusieron sus túnicas sobre el animal.
- De este modo Jesús que hizo una entrada triunfal, no montado en brioso corcel -como solían hacerlo los reyes después de alguna conquista victoriosa-, sino en un manso pollino. Algunos lo reconocieron. Se corrió la voz, y los muchachos se treparon a las palmeras a cortar hojas o ramos de encina, y empezaron a entonar el salmo 118:25 de interpretación mesiánica: “¡Hossana! (“salva ahora”) ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. En la Fiesta de los Tabernáculos, en Jerusalén se cantaba “el gran halel” (los salmos 113-118), y a intervalos la congregación coreaba agitando ramas de sauce y palmera. A pesar de que su actuación no correspondía a la imagen oficial de “mesías” (ese rey que superaba en gloria a David mismo; ese guerrero invicto, milagrero por tener todo el poder de Dios…), el canto manifestaba que el pueblo, finalmente, lo reconocía como el Mesías esperado, recuperando algunas claras profecías olvidadas que así lo anunciaban.
- Se armó un gran alboroto. La gente estaba entusiasmada, y –de ser cierta la interpretación de algún estudioso- esa euforia fue aprovechada por grupos de zelotas, y uno de ellos (quizás ese tal Barrabás “preso por un homicidio perpetrado durante ´el motín’”) mató a un soldado romano. Las autoridades religiosas estaban horrorizadas: Seguramente que Pilatos –quien ya había llegado de Siria como solía hacer para esta fiesta- en esos momentos ya estaría enterado. Si notara que los Sumos Sacerdotes habrían perdido su autoridad moral-religiosa para controlar al pueblo, les podría quitar su Ley, su diezmo, sus privilegios… y los romanos no se tentaban el corazón para las represalias, de modo que le mandaron exigir a Jesús que calmase y silenciase a las turbas, a lo que Él respondió: “Aunque éstos se callaran, gritarían las piedras”.
- Para este día, el símbolo central es la palma bendita. Hay que evitar convertirla en un amuleto (no sirve ponerla detrás de la puerta para que no entren los ladrones ni para que se vaya la suegra). Es simplemente un símbolo de reconocimiento de este Jesús como la referencia última en nuestra vida (el Mesías). Aclamar a Jesús con palmas, en aquel momento fundante de la tradición, había sido signo de rebeldía contra el Imperio y la teocracia judía, y por tanto, objeto potencial de represión. Esa palma laudatoria se vuelve símbolo de nuestra valiente confesión de Jesús y de su utopía, en este mundo “distópico”; es aclamarlo a Él solo, en su entrada a nuestra Semana Santa; es, finalmente, signo de nuestro compromiso de entregar la vida, con todas sus consecuencias, para su gran proyecto.
- Al entrar en la Ciudad Santa, posiblemente Jesús hizo lo que cualquier israelita piadoso: visitar el Templo (para San Juan, esa visita fue un par de días más tarde). Allí se topó con el triste espectáculo que a muchos peregrinos –y a Él mismo en otras ocasiones- desagradaba: el atrio se había convertido en un mercado, con lo que suele haber en todo mercado (aguardiente, palabras soeces, etc.). Algunos peregrinos influyentes manifestaban su disgusto; pero los sacerdotes les respondían que, por más que insistían, la gente no los obedecía (pero las malas lenguas aseguraban que aquel tráfico era negocio particular de Anás, quien cobraba “derecho de piso”). Se suponía que a los peregrinos les resultaba demasiado incómodo llevar desde el pueblo el cordero para ser inmolado y muchos lo compraban en el atrio mismo. Por otra parte, las fiestas religiosas eran aprovechadas para pagar el “diezmo” para gastos del Santuario. Con la invasión romana circulaban dos monedas, la romana y la hebrea. En la primera estaba esculpida la efigie e inscripción del Cesar autodivinizado (“Divus Caesar Augustus”), por lo que las autoridades religiosas mandaban que no se arrojasen a las alcancías del Santuario tales “medallas” o fetiches, y esto implicaba instalar en el atrio mismo, “casas de cambio” entre ambas monedas. Jesús sabía que la raíz de toda esta profanidad era el “Sistema de Sacrificio” mismo. Este consistía en transferirle a un animal (el “chivo expiatorio”: una oveja o un becerro) todas las “impurezas”, es decir, aquellas transgresiones, a veces involuntarias, a algunas de las 640 contempladas en la Toráh. Uno de los levitas inmolaba el cordero y se quedaba con parte de su carne, con lo cual el oferente quedaba purificado y podía regresar, limpio de sus “manchas”, a incorporarse nuevamente a las asambleas sabatinas de su sinagoga. Pero de acuerdo con los profetas, el holocausto agradable a Dios no podía ser otro que las obras de misericordia.
- De modo que ese día, se detuvo frente al mercado. Los comerciantes –alguien calcula en unos 3,000 mercaderes-, presintiendo algo, se fueron agolpando ante él. En otras ocasiones se había reducido a manifestar su repudio; pero esta vez tenía detrás de sí a toda una multitud de seguidores. Si no hubiera manejado bien la situación, habría habido una trifulca y la guardia del Santuario habría tenido justificación para intervenir. Contra algunas pinturas de todos conocidas, en las que se presenta a un Jesús iracundo, corriendo a latigazos a los mercaderes, supongo que sabía que aquellos hombres eran gente creyente y practicante, y que más bien había que golpearles sus conciencias –“Está escrito: mi Templo es Casa de Oración, pero ustedes la están convirtiendo en cueva de ladrones”-. Los vendedores no podían negar su crítica; pero como allí tenían su inversión y su “modus vivendi”, no se animaban a renunciar. Fue entonces cuando Jesús, tomando una cuerda, comenzó a arriar alguna vaca, que al salir tiró la mesa de un cambista… y viendo que su mercancía se iba, sus dueños fueron yéndose en pos… Y así el atrio quedó limpio (¿no que no se podía?).
- Esto fue la puntilla. Con tal acción Jesús desacreditaba todo el “Sistema de Sacrificios”. Los sacerdotes lo sabían, por lo que convocaron de inmediato al Sanedrín y resolvieron detener a Jesús (“más vale que un hombre muera, y no que todo el pueblo sea víctima de la represión romana”). Hacerlo no era fácil: de día, la multitud lo protegía. Incluso los soldados, a quienes enviaron a arrestarlo, regresaron sin Él –“Nadie jamás ha hablado como este hombre”-. De noche, en cambio, se escondía. No habrían podido detenerlo sin el recurso de un traidor…
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A-40 Cuaresma V: MÁS VALIOSO QUE LA VIDA
Jn 11, 1-45
- La vida es el don más maravilloso de Dios y muestra de su inmensa generosidad y poder. Sin embargo, no es lo más valioso: el amor a nuestros amigos, padres, hermanos o hijos puede motivar a alguien a dar la vida por ellos. Para los cristianos hay algo todavía más valioso que el amor de “filía” (el que se da entre familiares), el Reino de Dios (“si alguien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí”), y gracias a nuestra fe en la Resurrección es posible entregar la vida por este ideal supremo. Es el tema que trataremos hoy, a propósito de la narración que hace San Juan de su séptimo signo.
- En esta ocasión vemos a Jesús enfrascado en una misión evangelizadora, ante un público muy bien dispuesto. En esto llega un mensajero a notificarle que su amigo Lázaro, se encuentra gravemente enfermo. Lázaro, junto con sus hermanas, eran una familia muy entrañable para Jesús; sin embargo, juzgaba que la tarea que entonces le ocupaba era prioritaria, de modo que cuando posteriormente llegó a Betania, Lázaro ya había muerto (recordemos que en otra ocasión tampoco interrumpió su evangelización para atender a su madre y a sus “hermanos”, cuando le avisaron estaban allí fuera).
- Siempre que Jesús iba a Betania, María se adelantaba a recibirlo, pues entre ellos había una especial afinidad; pero en esa ocasión, ella no quiso ir a su encuentro –-¡estaba resentida!–, por lo que Marta, siendo la hermana mayor, tuvo que encargarse del recibimiento debido. Seguramente que al encontrarse con Jesús se echó a llorar; pero al reponerse, con su genio característico, le hizo un reproche: “si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano; pero yo sé que lo que le pidas, Dios te lo concederá”. Jesús la consuela “tu hermano resucitará”. Ella responde: Eso ya lo sé. Yo soy de quienes creemos en la resurrección del último día”. En efecto, entonces la mayoría de los escribas –filohelénicos- habían dejado de creer en la posibilidad de la vida de ultratumba; pero la familia de Betania seguía creyendo en esto. Jesús le confirma: “Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera vivirá… para siempre”.
- En eso llega también María, y al encontrarse con su llanto, Jesús también lloró. Su sensibilidad exquisita denotaba ese amor solidario, y conoció y compartió también el dolor humano ante la pérdida de un ser querido. Pero su compasión, como siempre, fue más grande que la muerte. Insistió en ir a la sepultura, a pesar de la advertencia de la hediondez del cadáver y ordenó al muerto que saliera de la tumba. Ante la sorpresa de los presentes, el muerto salió trabajosamente. Jesús manda que le quiten las vendas, las que le impedían moverse, y lo entregó a sus amigas.
- Morir es la forma exclusiva que posee ser humano para terminar sus días. Sólo nosotros morimos; los animales o las plantas simplemente “perecen”; y la diferencia entre “morir” y “perecer” es la conciencia de que todos vamos a morir, es decir, la “posibilidad de nuestra imposibilidad”, y esto va siempre acompañado de la incertidumbre. Esta certeza genera un sentimiento peculiar nuestro: la angustia que notan los filósofos. Por esto, la conciencia de la muerte subyace en todo dolor humano (las enfermedades son antelación de nuestra muerte, lo mismo que las separaciones, las ausencias, los simples desencuentros). La muerte es el la frustración de todos nuestros anhelos, el fracaso de todos nuestros proyectos y la humillación de nuestra autosuficiencia, pues nos coloca ante nuestra vulnerabilidad y nuestra soledad existencial. Por lo mismo, la creencia en la Resurrección final nos alivia y conforta. Sabemos que Jesús es la Vida, y por tanto, fuente de todo consuelo. Fiarnos de Él nos permite superar nuestra condición de mortales y nos da la esperanza de volver a ver a nuestros seres queridos y nos alienta a trabajar. La resurrección de Jesús, que ya se adelanta este domingo, alentará nuestra esperanza pascual, dando a la Cuaresma otro significado.
A-39 Cuaresma IV: Historia del ciego que veía más que los “videntes”
Jn 9, 1-41
La vida moderna está afectando nuestros sentidos. La vista se debilita con los largos ratos de computadora; nuestra mirada está atrapada por la TV haciéndonos ver el mundo a través de los filtros de los multimillonarios dueños de las televisoras: con la contaminación visual de la publicidad nos sumergimos en la oscuridad del consumismo; estamos enceguecidos al agotamiento de los recursos de nuestro Planeta; no vemos a un desafortunado que tiene necesidad de ayuda y lo ignoramos volteando hacia otra parte… Por eso, es sugerente la historia de un invidente que llegó a mirar más que cualquier otro vidente.
- Jesús y sus discípulos van de camino y a la vera, ven a un conocido ciego pidiendo limosna. Esto les motiva a una cuestión teológica: si entonces se pensaba que ciertas enfermedades (ceguera, sordera, parálisis, lepra, etc.) eran castigo por algún pecado, siendo aquel un ciego de nacimiento, la causa no podía ser castigo por su pecado. ¿Entonces la culpa habría sido de sus padres? A Jesús no le importaban las causas del dolor, sino el sufrimiento mismo era objeto de su compasión, y también se fijaba en las consecuencias de esta: iluminar con la luz de la fe tanta oscuridad de su época, que impedía ver las realidades con los ojos de Dios. Por eso, dijo: “Yo soy la luz del mundo”.
- Jesús curó al ciego; pero un hecho tal exigía un discernimiento que evidentemente reclamaba una toma de posición. La primera reacción fue negar la evidencia –“Este no es el ciego, sino alguien que se le parece”–. El clásico “bloqueo” -no hay peor ciego que el que no quiere ver-. El ciego curado tuvo que levantar la voz reclamando “¡Soy yo! ¡Soy yo!” (expresión que connotaba un ámbito divino, las mismas consonantes del impronunciable nombre de Yahvé). Más adelante llevarán al ex-ciego con sus padres para que certificaran si en efecto era su hijo, y en caso afirmativo, si había nacido ciego. Ellos lo certificaron, sin comprometerse, pues sabían que las autoridades religiosas wstaban excomulgando a los seguidores de Jesús.
- Ya que no se podía negar la evidencia, lo procedente era un “discernimiento de espíritus”: ¿Qué espíritu actuaba a través de Jesús? Y ante un milagro tal, cabían sólo dos alternativas, o el Espíritu de Dios o el espíritu del Mal. Por esto, una segunda resistencia fue encontrar una interpretación que descalificara el milagro: analizar el procedimiento para ver si había alguna práctica reprochable, tal como algún ritual idolátrico o de brujería. El ciego entonces narró simplemente lo que hizo Jesús -hizo lodo con saliva, se la untó en los ojos y lo envió a lavarse en la piscina de Siloé del Templo-: Si bien la curación había sido más compleja que en otros milagros, no aparecía nada reprobable. Sin embargo, el hecho de que la curación se hubiese realizado en sábado, indicaba a los fariseos que no podía venir de Dios, ya que supuestamente habría violado este precepto; aunque Jesús en otro lugar replicara: “el hombre no es para el sábado, sino el sábado para el hombre”: ¡Que mejor manera de honrar el Día del Señor que mostrando compasión a los sufrientes!
- A este punto es necesario hacer una distinción: el discernimiento propiamente dicho presupone suspender el juicio hasta no verificar los hechos probatorios. En cambio, cuando se ha tomado ya una posición y se recurre a tales hechos solamente para reforzar la interpretación que previamente se ha tomado, entonces no hay un verdadero “discernimiento”, sino un “pre-juicio”, una condena ya tomada de antemano, es decir, el falseamiento de la verdad.
- Las autoridades religiosas ya habían condenado a Jesús, tachándolo de pecador y endemoniado, ahora trataban de usar su “autoridad” para coaccionar al ahora vidente, para que cometiera perjurio, exigiéndole nada menos que un falso testimonio. El ciego, naturalmente, no se prestó a esa infamia. Insistieron en preguntarle nuevamente la forma cómo fue sanado, pero eso ya no tenía caso —“Ya se los dije a ustedes y no me dan crédito ¿para qué quieren oírlo otra vez?”–. Evidentemente estaban guiados por su prejuicio, y simplemente trataban de descubrir la menor rendijilla que confirmara su sentencia. El ex ciego tampoco se prestó a continuar por esa insensata vía y les preguntó con sorna: “¿Acaso también ustedes quieren convertirse en discípulos suyos?”. Respondieron reconociéndose discípulos de Moisés, de quien sabían que Dios le habló, “en cambio, ese no sabemos de dónde viene”
- Aquel limosnero ciego e ignorante ahora no sólo ha recobrado la vista, sino también recobró su dignidad, y lo vemos refutando con autoridad a las mismas autoridades religiosas, cuya autoridad quedaba ya desacreditada: “Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Todo mundo sabe que Dios no escucha a los pecadores… Jamás se había oído decir que alguien le abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si este no viniera de Dios no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Tú eres puto pecado desde que naciste (nació ciego y la ceguera es castigo por pecados), ¿cómo pretendes darnos lecciones?”, y lo excomulgaron…
- Cuando Jesús lo encontró de nuevo, le manifestó ser el Mesías, y el antiguo ciego creyó en Él. Jesús explicita su misión de definir los campos: que los ciegos vean y los que ven queden ciegos. Un fariseo todavía le arguye: “¿Entonces estás diciendo que nosotros somos ciegos?” Y Jesús entonces les acusa de lo mismo que ellos pretendían condenar al enfermo: “si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado (la ceguera como tal no es signo de pecado); pero como dicen que ven, siguen en su pecado”. En efecto, quienes se aferran a sus racionalizaciones y no las quieren abandonar, no son capaces de conversión.
- Esto puede ser una lección para nosotros cuando estamos demasiado apegados a nuestros pre-juicios y caemos en falacias para no modificarlos. A esto se le llama “vivir en la mentira y el engaño”. Rectificar nuestros juicios, en cambio, es lo que nos hace ver la realidad en espíritu y verdad, y “¡la verdad nos hará libres!”
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