EL BAUTIZO DE JESÚS
Jn 1, 29-34
- Estamos comenzando un nuevo tiempo litúrgico: el así llamado “Tiempo Ordinario”, que por cierto, no es tan “ordinario”, pues invita a reflexionar nada menos que sobre la vida pública de Jesús: si misión como Mesías. Por caer este año en domingo, la Adoración de los Reyes, el tiempo de la Epifanía -terminado el lunes pasado con la fiesta del Bautismo de Jesús- no permitió desarrollar bien el tema “epifánico”, tan importante para nuestra espiritualidad cristiana. Por fortuna, las lecturas de hoy nos permiten aún hacerlo.
- Como les decía el domingo pasado, la palabra griega έπιϕάνεια se compone del verbo ϕαινέιν (brillar, manifestar, dar a conocer, brillar) y del prefijo επι: algo que brilla o se manifiesta desde arriba. También explicaremos que tradicionalmente la fiesta comprende tres “manifestaciones” o sucesos en la vida de Jesús: la adoración de los reyes magos, bodas de Caná y bautizo de Jesús, y finalmente, trataremos nuevamente de aplicar la reflexión a nuestro compromiso bautismal.
- Para entender mejor estas tres “epifanías” importa fijarnos en “qué” se manifiesta. Se trata primeramente Nos encontramos con un signo (estrella, voz del Cielo, milagro), con los cuales Dios manifiesta que este Jesús, verdadero hombre, es al mismo tiempo el Hijo amado del Padre y el Mesías esperado. Importan también conocer los destinatarios -“a quienes” se da a conocer-. Los santos reyes fueron destinatarios, símbolos del llamado que Dios hace a todas las naciones. Ahora parece que los destinatarios fueron sólo Jesús mismo y Juan el Bautista (el Evangelio no registra ningún cambio en la multitud congregada; probablemente sólo escuchó un simple trueno).
- Esto nos remite a la antigua disputa teológica sobre la conciencia que tuvo Jesús: ¿sus dos “naturalezas”, la divina y la humana, implicaba una doble conciencia? ¿Por el hecho de ser Dios, conocía Jesús la existencia de nuestro Continente americano, la teoría de la relatividad, la evolución de las especies? Si así fuera, habría sido un monstruo y no hombre verdadero. Incluso Jesús mismo afirmó que nadie sabía cuándo llegaría el fin del mundo, “ni el Hijo”. Jesús era un hombre como cualquiera de nosotros (salvo el pecado). Personalmente creo que la conciencia de su propia identidad como persona se fue desarrollando paulatinamente. Seguramente ya desde joven se sentía alguien especial, a quien Dios le pediría una misión importante. Es probable que María le hubiera narrado su Anunciación; pero las palabras podían ser interpretadas de varias maneras. Jesús fue, pues, un buscador. Informándose con interés de los movimientos espirituales más significativos de su tiempo, concluyó que el que el nivel espiritual más elevado lo representaba entonces el movimiento que había desencadenado su primo Juan, caracterizado por su rito original de bautismos en el río.
- Juan fue hijo del sacerdote Zacarías: Le correspondía, por tanto, por derecho de su tribu, el sacerdocio de Leví, sacrificando corderos en el Templo de Jerusalén. Pero él no continuó con la tradición familiar. Dejó su casa y se fue a vivir en el desierto, a fin de clarificar la misión que intuía tener. Se instaló en la región de La Perea, en un recodo del río Jordán, justamente frente a Jericó, por donde, tiempo atrás, Gedeón había conducido al pueblo de Israel para entrar a la tierra prometida. Su mensaje era enérgico y contundente: el pueblo de Israel se alejó de la Alianza de Dios, de ese ideal ético de solidaridad con los sencillos, degradando su cumplimiento al sacrificio de animales que Juan había rehusado hacer. Era la última oportunidad: “Ya el hacha está a la raíz del árbol”. Lo que correspondía a cada cual era arrepentirse de sus pecados. El ritual imaginado por Juan era atrayente: la persona era sumergida por el Profeta, el agua corriente se llevaba los pecados y el converso salía en la otra orilla, en la Tierra Prometida, para un nuevo ingreso, frente a Jericó.
- Jesús llegó humildemente al río y pidió a Juan ser también bautizado. Esperaba que su Padre le manifestaría algo acerca de la propia persona, y efectivamente, en el momento mismo del bautismo, oyó claramente una voz del Cielo que decía: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”; pero además, el Espíritu Santo se posó sobre Él en una especie de paloma, lo que en aquella cultura religiosa se trataría de una unción (la palabra “ungido” en Arameo se dice “mesías” y en griego, “cristo”). Jesús, pues, es nada menos que el Hijo, el Verbo encarnado; el Mesías esperado de siglos atrás.
- Seguramente que Jesús ha de haber salido del río anonadado. Claramente conciente ya de su identidad y sabiendo que tenía todo el poder de Dios en sus manos, se preguntaba: ¿Cómo habría de desarrollar su misión como Mesías? Su primo le ha de haber aconsejado irse al desierto a poner en orden sus pensamientos, pues a él le había dado buen resultado, de modo que Jesús, poco tiempo después se retiró allá.
- Quizás podamos aprender nosotros de esta interpretación acerca de Jesús: Así como Él fue un buscador, también nosotros, quizás intuyamos que Dios quiere algún cambio de rumbo para nuestra vida. Es lo que teológicamente se llama una “vocación” (no necesariamente la que algunos jóvenes escuchan para entrar al seminario): la vida de un cristiano se transforma cuando se vive con una misión que cumplir; una misión más importante que la vida misma; una misión por la cual vivir, y tal vez, por la cual morir.
- Una vez discernido el llamado, no hemos de esperar que una voz del Cielo nos clarifique los detalles. Habremos de realizar una investigación intelectual para saber los ¿cómo? ¿cuándo? ¿dónde? ¿con quiénes?, y quizás acudir a quienes sepan algo de esto. Refrendando la consagración que recibimos en nuestro bautismo que nos hizo tendencialmente vivir nuestra fe como reyes, sacerdotes y profetas.
- Con esto empezamos nuestro Tiempo Ordinario siguiendo de cerca el desarrollo de la misión de Jesús, que seguramente obedece a su plan fraguado en el desierto.