MISTERIO ABRUMANTE QUE PREPARA LA ENTREGA
C-05 Lc 5, 1-11
Habiendo lanzado su campaña mesiánica, el paso siguiente en la estrategia de Jesús sería reclutar su equipo central de trabajo. Cada colaborador testimonia su propia llamada. Lucas nos presenta la de los primeros cuatro: los pescadores Simón, Andrés, Santiago y Juan. Los vemos a la orilla del Lago lavando sus redes. Como acontece con los que consideran su trabajo como vocación y no como los simples “ganapanes”, se compenetran en cada paso de la tarea; aunque en esa ocasión, más que a su trabajo, estaban prestándole atención a lo que Jesús, el profeta que ya conocían, estaba enseñando. Había demasiada gente apiñada en torno suyo que le impedían hacerse oír por todos, de modo que Jesús les pidió a los pescadores que le permitiesen subir a una de sus barcas y que la alejasen un poco, y con aquella fuerte voz, predicaba un mensaje fresco y novedoso. Al terminar, les sugirió que pescaran algo. El trabajo de pescadores suele ser tranquilo y reflexivo: estar en medio del agua, a la luz de las estrellas y en silencio para no espantar a los peces, se presta a esa meditación que engendra sabiduría. También es verdad que a veces, como en aquel entonces, hay momentos de frustración: habían pasado toda la noche sin pescar nada. Simón, conocedor del oficio, sabe que entonces no había lugar para expectativas; pero la personalidad de Jesús le ha cautivado y –confiado- en su nombre lanza sus redes… y obtienen tal cantidad de pescados que las dos barcas corren peligro de hundirse. Como expertos pescadores que son, saben que esto no es natural, y se sobrecogen de temor.
- Simón y sus compañeros se hallan ante el “Mysterium Tremendum”, es decir, esa experiencia de la majestad infinita de Dios que suscita el estremecimiento: el “temor de Dios”. Frente a su excelsa santidad, queda patente la distancia abismal de la propia indignidad de creatura, que ni siquiera podría subsistir por sí misma: “Aléjate de mí, que soy un pobre pecador,” exclamó Simón.
- Es la misma actitud de la de Isaías, quien ante la sobrecogedora visión de la esplendorosa Gloria de Dios que llenaba la Tierra, que asentado sobre el trono excelso era servido por una pareja de serafines seis veces alados y alabado por miríadas, cuya voz hacía templar las puertas en medio de una gran humareda… La inenarrable visión hizo exclamar al profeta: “¡Ay de mí! Estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros… porque he visto con mis propios ojos al Rey y Señor de los ejércitos”… Pero uno de los serafines tranquiliza al profeta, le toca sus labios con un tizón ardiendo: “tu iniquidad ha sido quitada y tus pecados te son perdonados”… y entonces Dios lo envía a una misión.
- También Simón y sus compañeros son tranquilizados por Jesús: “No tengan miedo”-, y de modo similar los invita para una misión: -“¿Les gusta pescar, verdad?”-. Cuando Él llama no frustra aquellas satisfacciones más profundas que hasta entonces han dado sentido a nuestra existencia, sino que nos invita a realizarlas desde un nivel más profundo. A Simón, pescador de vocación, lo invita: “Sígueme y te haré pescado de hombres y de mujeres”. Sonaba bien. Toda elección implica renuncia; pero ante aquella promesa, ésta apenas se sentía. Inmediatamente dejando barcas y redes, lo siguieron.
- Jesús también había echado sus redes y había obtenido buena pesca: sus excelentes colaboradores. Hay que “dejarnos pescar” por Él. Es posible que en algún momento hayamos tenido la sensación de encontrarnos ante el Misterio; la intuición de la grandeza de Dios; de su existencia sublime y de nuestra pequeñez de creatura. Esto es un don del Espíritu, el “Temor de Dios”, que no es “tenerle miedo a Dios”, sino el presentir lo excelso de su divinidad. Ante esta intuición, reconocemos la relatividad de nuestra existencia, pues sabemos que ella depende de Dios. Sobrecogidos, escuchamos que Jesús nos pregunta: “¿estás dispuesto a entregar tu vida para la misma causa que la entregué yo?” Sabemos que no nos queda sino entregarnos a su voluntad. Lo hacemos confiados en que no frustrará nuestros anhelos más profundos, sino que nuestra vida encontrará su finalidad y su sentido al aceptar su invitación.