CÓMO ANUNCIAR EL “KERYGMA” ACTUALMENTE
EL «CREDO«
Desde que Jesucristo fundó su Iglesia, ésta ha cambiado mucho a lo largo de la historia; pero al mismo tiempo, sigue siendo la misma. Somos mil trescientos millones de católicos en un mundo globalizado ¡Cuántas teologías, movimientos apostólicos, institutos religiosos, razas y culturas, ritos, ensayos pastorales…! Sin embargo, continuamos cohesionados en la unidad de nuestra fe común. ¿Cómo es que la Iglesia haya podido conservar su unidad, en medio de tanta diversidad? En buena parte de debe a que todos compartimos un mismo “corpus” doctrinal al que nos remitimos explícita o implícitamente. A ese “corpus” le denominamos nuestro κήρυγμα (‘anuncio’, ‘proclamación’). Se trata de un género literario bíblico que actualmente podría estar representado como el anuncio de una buena noticia. Es el conjunto doctrinal proclamado por todos cuantos compartimos la misma fe y el mismo bautismo. Obviamente, el kerygma es suficientemente flexible para que pueda ser reinterpretado en diferentes tiempos, lugares y teologías; pero con tal que no pierda la función de ser punto de referencia común. En el Nuevo testamento ya existen algunas fórmulas kerymáticas iniciales, como las enunciadas en los Hechos de los Apóstoles:
“Israelitas, oíd estas palabras: A Jesús el Nazareno, hombre acreditado por Dios ante vosotros por los milagros, signos y prodigios que realizó Dios a través de Él entre vosotros (como bien sabéis), lo matasteis clavándolo por manos impías, entregado conforme al designio previsto y aprobado por Dios. Pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte…” (Hechos 2, 22-25).
A éstas, que resumen la misión de Jesús Hijo de Dios, se fueron añadiendo otros enunciados que describen los principios básicos de la fe, los cuales ya no son redactados en forma histórica, sino como dogmas abstractas. Son los “credos” –como el niceno-constantinopolitano, el más conocido-, consensuado en los dos Concilios del siglo IV. Hay acuerdo que dichos credos forman parte de nuestra identidad católica, para cualquier tiempo y lugar (el adagio de Vicente de Lerinis: “quod semper quod ubique quod ab ómnibus credatur”). Sin embargo, siempre se podrán hacer “relecturas” de dicho corpus dogmático desde contextos diversos (culturales, de época, de teologías, etc.). Ahora les presento una reflexión que podría ser una de estas relecturas, como una versión del “kerygma” que, me parece, podría ser comprendido mejor por algunos sectores de nuestra época. He procurado combinar la fidelidad doctrinal con la audacia interpretativa. Quizás no se logre del todo; pero es así como entiendo la fe. Ojalá pueda suscitar otras interpretaciones que complemente o corrijan esta presentación, o que vayan adelante con mayor audacia, pues es mucho lo que tendríamos que revisar de nuestro “credo” para hacerlo más “creíble”.
CREO
La fe no es la disposición de aceptar racionalmente enunciados “aunque no los comprendamos”. Curiosamente, las formas más elementales de la vida religiosa no iniciaron con la creencia en Dios. Parece ser que originalmente, lo que existió fue cierto sentimiento vago y difuso: lo “sagrado”, lo “santo”, el “Mysterium tremendum” que abruma e intimida, que nos sobrecoge por su poder y grandeza, ante lo cual nos sentimos insignificantes y vulnerables en nuestro ser de “creatura”. Es todo ese ámbito “sacro”, que contrapuesto a lo “profano”, está al origen de toda religión.
Pero creer es algo más que un objeto desafiante al intelecto; es la presencia de alguien que despierta en nosotros confianza, y que nos invita a seguirle. Nosotros nos confiamos de él, puesto que su persona nos ha dado muestras de que es “confiable”. Quizás un médico (“le tengo fe a este doctor”), un líder político (le creo, puedo confiarle mi adhesión), el cónyuge (tiene defectos, incluso me ha agraviado; pero sé que en lo fundamental -y a pesar de todo-, lo sigo amando y creyendo en él.
Por supuesto no se trata de una “fe ciega”, que nos haga aceptar absurdos o adhesiones imprudentes. La fe requiere también del intelecto, primeramente, para saber que al menos no hay repugnancia racional, que es verosímil y que está expuesta por testimonios creíbles. Posteriormente, una vez supuesta la voluntaria adhesión de fe, se busca el intelecto para profundizaren lo creído y convertirlo en convicciones
CREO EN DIOS
Buena parte de nuestra existencia, de nuestras acciones y de nuestro quehacer en el mundo, dependen de la imagen que tengamos de Dios. La búsqueda de esta imagen ha sido preocupación de la humanidad a lo largo de su historia, y se cristaliza en las diversas religiones. Todas ellas son “verdaderas” (aceptación del Incomprensible); aunque imperfectas. Todas son simples balbuceos –incluyendo nuestra propia fe cristiana–, ya que los conceptos que de Él tenemos son simples aproximaciones que nunca podrán adecuarse totalmente a su realidad.
Paralelamente, esa fuerza ominabarcante puede concretizarse en entidades, sucesos, personalidades…, que revestidos de poder, son capaces de realizar efectos maravillosos, con tal que alguien (un chamán, un guerrero, un rey) se apodere de ella y la someta a su voluntad. Nos encontramos con la magia.
Antes que la creencia en algún ser personal, para algunos antropólogos la experiencia primordial sería la del “anima”, relacionada con el fenómeno de los sueños. Antes de que los primitivos distinguieran el sueño de la vigilia, pensaban que de noche se podía viajar a otros lugares. Al caer en la cuenta de que mientras soñaban, el cuerpo quedabas roncando en la cama, supusieron dos componentes de cada persona, uno de los cuales permanecía y el otro -el “ánima”- salía por la nariz para vagabundear. Ante la muerte del durmiente, esa “ánima” no pudo regresar al cuerpo inerte, y quedó por ahí, convertido en “espíritu” intimidante, por lo que para congraciarse con él y con todo ese innumerable mundo de entes etéreos, se habría iniciado el culto divino.
Otros investigadores –lingüistas- pensaron que los fenómenos naturales, por su impacto inexplicable, fueron divinizados y objeto de culto. Mientras algunos sociólogos atribuyeron a la organización social más primitiva –la división de la tribu en clanes-, por la que cada clan se reconoce descendiente de un ancestro común (por lo general un animal) que sería su tótem, de modo que sería la sociedad divinizada la que daría origen a la religión.
Como quiera, en el advenimiento de las grandes civilizaciones, el Imperio se divinizó, con sus diversos dioses, divinización de las diversas actividades esenciales de la colectividad o de fenómenos naturales. Estamos en las teogonías del paganismo, siendo los más conocidos los de las culturas grecorromanas, dándoles caracteres humanos (con sus pasiones propias).
EL DIOS EN QUIEN NO CREO[1]
- No creo en un dios titiritero
Un dios algo caprichoso, que a su antojo moviera las piezas de un juego, es decir, acontecimientos. Un dios así sería un dios cruel y arbitrario, racista y sexista, insensible a las víctimas de la injusticia. Un dios que se dejaría sobornar… ¿A cambio de qué? ¿de una veladora? ¿de una peregrinación a algún santuario? ¿de algunos sufrimientos infligidos voluntariamente?. Ese dios estaría sujeto a necesidades reales de sus devotos; pero también a sus intereses o caprichos mezquinos
- No creo en un dios relojero
Mirando la armonía del Cosmos, Aristóteles y antiguos filósofos dedujeron la existencia de Dios. Era, según algunos apologetas, como decir que un reloj se habría hecho solo. La argumentación puede ser válida: siguiendo una concatenación de causalidades, dado que sería impensable prolongarla al infinito, se tendría que concluir en una Causa Primera, incausada; pero el dios al que se llega sería simplemente el “motor inmóvil”, un dios abstracto, existencia pura, sin cualificación. Quizás la ciencia llegue algún día a responder sobre el cómo de la creación; pero no sobre el por qué.
- No creo en un dios “genio de la lámpara de Aladino”
El dios de la magia, el de los brujos y chamanes que, mediante ciertos ritos impactantes, se apoderan de las fuerzas naturales actuantes en la realidad, y si logran hacerlo, las obligarían a producir los efectos demandados; aunque se tratase de meros caprichos, sin atender a la bondad o maldad de los mismos. Hay algo de eso en ciertas devociones, que recitando determinada oración (cual fórmula mágica), ciertos días en secuencia, se obtiene infaliblemente lo demandado. Esta concepción de divinidad mágica parece estar retornado en la esoteria o paraciencia, ahora formulada como “energía magnética”, o también en la milagrería pentecostal de fenómenos supuestamente místicos, tales como la “glosolalia” o “don de lenguas”
- No creo en un dios neutral
Dios “hace salir el sol sobre buenos y malos”, es verdad. Lo cual no quiere decir que no tome partido, ni que sea un simple “referi”. Sería blasfemo considerar en un dios que legitime el injusto “status quo” imperante, con sus estructuras de violencia, corrupción o que solapase intereses inconfesables. En nuestras sociedades disimétricas, en las que los poderosos se aprovechan de los débiles e indefensos, Dios toma partido. El Abbá de Jesús es el Dios de los pobres, de las víctimas, y no de los poderosos victimarios. Esto no quiere decir que Él intervenga en la historia impidiendo abusos. A la vez que no es indiferente, Dios se arrodilla ante la libertad humana; aunque le pesen las consecuencias. Justamente envió a su Hijo para transformar esta situación; pero desde la condición de libertad debilitada por el pecado.
- No creo en un dios idolátrico
No creo en esos dioses fabricados por los humanos, a imagen y semejanza de sus arbitrariedades; un dios que reclamase de sus devotos la adoración ciega. Precisando, los ídolos a los que me refiero no son aquellas esculturas, a veces no carentes de excelsa belleza, a veces alegórica, en las que muchos pueblos significaron sus valores más preciados, y cuyo fetichismo, por cierto, no era tan burdo como a veces se suponía. Los ídolos a los que ahora me refiero son ídolos modernos, a los que sacrificamos nuestra salud, nuestro descanso, nuestra familia y amistades, nuestra felicidad… e incluso nuestra conciencia: los ídolos de el tener, el poder y el placer egoísta”. Estas hechuras humanas se hipostasían, se combinan con pequeñas omisiones, indiferencias, egoísmos y ambiciones de unos con otros, que dan lugar a las poderosas “estructuras de pecado”.
- No creo en un dios “opio del pueblo”
Un dios celoso, cuya adoración oscurece el compromiso por transformar esta tierra, vista como un “valle de lágrimas”, por la que no vale la pena que los creyentes pierdan su tiempo en mejorarla, pues las penurias humanas son sólo pasajeras y serán recompensadas en el Cielo, la “patria verdadera”. No creo en ese dios “corazón de un mundo sin corazón”, quien, a lo más, adorna con florecitas las cadenas, que finalmente, colabora a que no se rompan. Tampoco creo en un dios que niegue las tendencias biófilas y el gozo del vivir, pidiendo sacrificios ascéticos y que recela siempre de cualquier placer. Ese dios, definitivamente “ha muerto”.
- No creo en un dios juez severo
No creo en esa deidad que se la pasa examinando con lupa lo que hacen sus creaturas, para detectar cualquier transgresión que merezca enviarlas al infierno. Ese dios controlador “que ve una hormiga negra sobre una piedra negra, en medio de la noche más negra”; ese dios moralizante que castiga la satisfacción de fuertes tendencias que él mismo puso en el corazón humano.
- No creo en un dios antropomórfico
Solemos imaginar a Dios como si fuese una persona humana, es decir, con sentimientos y pasiones. Así decimos que Dios llora, se entristece, se arrepiente, se contenta… Dios es espíritu, y los sentimientos radican en el ámbito cerebral corporal, si bien es posible espiritualizarlos. Los sentimientos son pasajeros, y por tanto, implicaría que Dios muda de estado anímico, lo cual ya no sería un Dios eterno, inmutable. A veces, los devotos lo aconsejan, le indican lo que más les conviene y lo tratan de convencer, Incluso sobornándolo (mandas, promesas, ofrendas) o chantajeándolo (exponiéndole sufrimientos voluntarios para moverlo a compasión). Un dios así sería un dios sádico, a quien le gusta ver sufrir a sus hijos y les condiciona su benevolencia a esos dolores suplementarios o accesorios a las ya de por sí difíciles condiciones de vivir. No creo, pues, en un dios comprensible para el minúsculo entendimiento humano, ya que es el trascendente, el Misterio insondable que no podemos abarcar.
- No creo en un dios meramente trascendente o meramente inmanente
La
trascendencia de Dios, enfatizada por el judeocristianismo y el islam, tiene la
ventaja de reconocer la plena autonomía de las realidades terrenales, lo cual
favoreció a la modernidad secularizada. Dios es el Otro, el que está más allá
de la Creación; aunque por otro lado pudo derivar en la idea de un dios lejano,
que habitara en un plano supraempírico, del que, incluso, podríamos prescindir.
En cambio, la inmanencia de Dios, enfatizada por Oriente y que ahora va
incursionando en nuestros ambientes, nos hace sentirnos como parte del Cosmos y
vincularnos a la totalidad; pero al mismo tiempo, podríamos identificar a ese
Dios con la energía cuántica del Universo. El Dios en quien creo, al mismo
tiempo es el Tú, con quien puedo comunicarme, relacionarme y sentirme amado por
Él. Es el Otro, más allá de todo lo creado; pero no indiferente a nuestro ser
de creaturas. Al mismo tiempo, es la misma intimidad de nuestra propia esencia.
Al comunicarme con esa interioridad, me conecto con todo lo existente; pero
siempre es un Dios que se halla más allá…
[1] Estas ideas las expuse en el libro “La Idea de Dios en Guadalajara”, editado por Celina Vázquez Parada y Wolfgang Vogt, publicado por la Universidad de Guadalajara en noviembre de 2011, pp 233 a 235.
PADRE TODOPODEROSO
Fue así que pronto, al Dios supremo (supongamos a Zeus) se le tuvo que caracterizar con algunos atributos. La “teología negativa” sostiene que más que aspirar a conocer lo que Dios es, humildemente nos tenemos que conformar con atribuirle lo que “no es” (in-finito, in-mortal, in-pecable, etc.). Otros opinan que siendo Dios un Artista Creador, no pudo menos de dejar su “firma” en las obras por Él creadas. Por lo tanto, si vemos alguna cualidad repetida en grado diverso en todos los seres, podemos atribuirle esta cualidad a Dios, pero en grado absoluto y pleno. Así, si toda creatura tiene cierto grado mayor o menor de poder –entendido como capacidad de hacer algo–, el dios supremo sería “todo-poderoso”. En la teología hebrea se le conocerá como el Dios de los Ejércitos, el Santo, el Fuerte, el Inmortal, su Divina Majestad.
La evolución de la idea de Dios alcanzó el monoteísmo, en las religiones superiores –al mismo tiempo son “religiones del libro”—cuyas tres principales son el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam. Las tres concuerdan en su creencia que sólo existe un único Dios y que es protector de un pueblo concreto. Podría presumirse que siendo único, se coincidiría en los atributos, y lo es; pero con matices significativos: no es lo mismo Yahvé distante y justiciero, que Alá belicoso que el Abbá-Padre predicado por Jesús. Evidentemente que el significante quedaría corto, ya que esa imagen de paternidad se acuñó nada menos que en una cultura con un fuerte patriarcado, donde el jefe de familia tenía poder casi absoluto sobre las mujeres y los niños. Era totalmente impensable que Jesús hubiese dado a su dios una imagen femenina; pero de hecho, los atributos que privilegia este Padre son el de ser amoroso, bueno, compasivo y misericordioso, pronto para proteger y perdonar, que viéndolo bien, suelen ser atributos femeninos. Sería, pues, un Dios Padre y Madre, teniendo tan sólo cuidado de no dar pie en la antigua creencia de una Diosa madre, creadora de los dioses mismos.
DIOS TRINO Y UNO
Volviendo al principio de otorgar a Dios el mismo atributo que reconocemos exista en todos los seres; aunque en grado de perfección diverso, analizando la escala de los seres percibimos que todos ellos, de una manera o de otra y analógicamente, muestran cierta predisposición al reconocimiento y a la atracción, y que entre más perfectos sean los seres (p.ej., los animales superiores) mostrarán mayor participación de dichas capacidades. Entre los humanos estas disposiciones se traducen en conocimiento y amor. En lo referente a nuestro entendimiento, nuestra mente finita no puede conocer directamente la realidad. Si deseamos conocerla, lo que hacemos es construir modelos de la realidad, engendrar “palabras mentales” o “conceptos” (nosotros los concebimos, como un mujer concibe al hijo). Al conocer las cosas, las nombramos. El “nombre” es traer a las cosas a la existencia, destacándolas del caos amorfo primigenio; es una forma de re-crearlo; es privilegio humano el engendrar palabras.
Ningún concepto de adecúa totalmente a la realidad; pero sin ellos sería imposible conocer nada. Incluso la idea que tenemos de nosotros mismos tampoco corresponde totalmente a la realidad. Vemos que algunos tienen una imagen de sí mismos sobrevalorada (los “creídos”, los que “se creen la gran cosa”), mientras que en otros, el concepto de sí está infravalorado (los “acomplejados”). Por lo tanto, al atribuirle a Dios el conocimiento total de todo, también el concepto de tiene de sí mismo total y plenamente corresponde a la realidad, y consecuentemente, siendo Él “el Existente” (“yo soy El que Soy”), el concepto o Palabra mental que engendra (que “concibe”) también es “existente”. Es ese Padre-Madre: “Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: “En el principio era la Palabra; y la Palabra estaba en Dios, y la Palabra era Dios… Todas las cosas fueron hechas por Ella, y sin Ella nada existió de cuanto ahora existe.”
Otro tanto sucede con el amor, la cualidad más elevada de todo cuanto existe incluyendo a Dios mismo, al punto de que el Amor es constituir su esencia. Para Jesús, el atributo divino principal no es la omnipotencia, sino la compasión y misericordia infinitas. Si todas las creaturas poseen de cierta manera una suerte de atracción amorosa, esta será tanto más clara cuanto las creaturas más ascienden en la escala de los seres. Por tanto, en Dios será el Amor que Él se tiene a sí mismo, o mejor dicho, el amor que se tengan el Pensante engendrador y su Palabra engendrada; el Amante por esencia y el Amado por existencia. En el amor sucede algo analógico al conocimiento: no podemos conocer algo directamente, sino a través de “modelos” o conceptos, así también, del amante y del amado se espira una huella imborrable –“hasta la muerte”-, que entre el Padre y su Palabra resulta el Espíritu de Amor. La Palabra engendrada por Dios (“su Concepto concebido”, su Verbo) expresa la inmensa comunicabilidad divina, y fue así que la Palabra concibe palabras mentales, las “nombra” y al nombrarlos, llama a las creaturas a la existencia. Para la comunicación interpersonal, las comunidades acuerdan ciertos sonidos inconfundibles para asignar a sus respectivos seres, de los que son sólo símbolos.
Del mismo modo, el amor es difusivo, tiende a expandirse, y por ello el amor de Dios es generoso, lo empuja a expandirse y a difundirse. La creación es un don divino gratuito, ya que Dios no necesita de nada ni de nadie. Él solo se basta a sí mismo. Por tanto, la esencia íntima de Dios-Amor, su primera característica, más que su ser “Todo-poderoso”, es su donación de inmensa ternura, pues su esencia es el Amor.
EL DIOS EN QUIEN NO CREO
CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA
“En el principio…”
La Biblia es una colección de libritos, algunos de hace más de 4,000 años. Setenta sabios israelitas seleccionaron algunos textos de entre los que circulaban y que eran tenidos por sagrados, y los agruparon de determinada manera como un “corpus”. Desde inicios del cristianismo, se complementaron con los del Nuevo Testamento, razón por la cual, a pesar de ser varios libros, pudo tener un principio (Génesis) y un final (Apocalipsis).
El género literario del Génesis es “mítico”, lo que no quiere decir –como suele pensarse- que los mitos sean falsedades (“¡eso es puro mito!”), como si fueran meros cuentos fantasiosos a los que no hay que otorgar credibilidad. Por el contrario, los mitólogos han descubierto que estos relatos contienen verdades profundas y son relatos muy importantes. Algunos de estos son registros históricos de hechos que realmente ocurrieron (como fundación de ciudades o guerras), y que para ser transmitidos más fácilmente a las generaciones subsiguientes, se mezclaron con elementos maravillosos. Otros son justificaciones de leyes o principios morales; otros más, como inspirados en el remoto inconciente colectivo de una cultura, y finalmente, hay ocasiones en las que responden a los interrogantes más profundos que se planteaban en lugar y tiempo remotos, y que no son pensados desde la razón lógica –como haríamos en nuestro tiempo–, sino que se presentan en forma simbólica, con construcciones legendarias o imaginativas. Además, los mitos son susceptibles de ser interpretados de diversas maneras, ya que su intención es la de sugerir, estimular y transmitir.
Así como los cuentos tienen siempre un mismo principio introductorio –“había una vez”-, los mitos suelen remitirse a los orígenes –“en el principio”-. Se trata de los “tiempos primigenios”, cuando tuvieron origen todas las cosas (“mitos etiológicos”), cuando todo era maleable (el cóndor tiene su cuello pelón porque metió la cabeza en un agujero de lava; San Pedro, bajando en la cárcel Mamertina, se golpeó la cabeza en una roca de la pared y dejó allí su hueco).
Desde la visión mítico-teológica del Génesis, “en el principio”, la Tierra era algo “todo revuelto”, un caos primordial: “la Tierra no tenía forma; las tinieblas cubrían el abismo…” La Creación inició “poniendo orden en el caos”. Según la cosmología veterotestamentaria, la Tierra era plana; estaba cubierta por una bóveda en la que se fijaban los astros y las estrellas- Sobre ellas estaban las aguas primordiales, y sobre dichas aguas, estaba Dios. Para hacer llover simplemente abría la llave de la “regadera”. Desde esa visión, aquel “principio” fue la separación de las aguas –las “aguas de arriba” y las “aguas de abajo”–; separación de lo “seco” y lo “mojado” (emergieron los continentes), y después ya se dedicó a crear las obras “de ornato” (animales del cielo, del agua y de la tierra).

“Los Cielos narran la Gloria de Dios”
Dios no queda aprisionado por la medición del tiempo, sino que se mueve en un eterno instante presente. Para nosotros los modernos –a diferencia de los antiguos-, el pensamiento mítico confunde, más que aclarar. Necesitamos, por tanto, recurrir a otro tipo de lenguaje, el de la Ciencia (¿realmente más “verdadero”?). El tiempo no existe; es una mera construcción humana (un “imperativo categórico”, dijo Kant). Si no existiera el ser humano no habría tiempo. Nosotros no podemos pensar sin las categorías espacio-temporales, y nos gusta medirlo todo. Es así que los astrónomos formularon la teoría del “Big-Bang” (la Gran Explosión”) -la más aceptable hasta ahora, pues encaja con muchas observaciones. Con esta teoría se calculó el origen del universo: hace 15,000 millones de años. Esto se deduce por la observación de que el Universo está en expansión, por lo que supone un principio explosivo, dando inmediatamente origen a la radiación y la materia. Eran al principio simples átomos; pero estos se combinaban con otros afines para formar las moléculas. El 80% del universo lo constituye la “materia oculta”: que no es ni energía oscura, ni materia bariónica (materia ordinaria), ni neutrinos. Su nombre hace referencia a que no emite ningún tipo de radiación electromagnética (como la luz). Su existencia se puede inferir a partir de sus efectos gravitacionales en la materia visible, tales como las estrellas o las galaxias.
“En el principio era la Palabra; y la Palabra estaba en Dios, y la Palabra era Dios… Todas las cosas fueron hechas por Ella, y sin Ella nada existió de cuanto ahora existe”
- Se han calculado que existen unos dos billones de galaxias. La nuestra –la Vía Lactea- contiene a su vez unas 300,000 millones de estrellas. En torno a una de estas estrellas –una “enana”, el Sol-, desde hace 4,700 millones de años gira un puñado de planetas.
- Entre estos planetas está la Tierra (“Gaia”),
“El Planeta Azul”. Un planeta extraordinario. Con una composición química
totalmente precisa:
- BIÓXIDO DE CARBONO: Venus 96%; Marte 98%; Tierra 0,03%.
- NITRÓGENO: Venus 3,5%; Marte 2,7% Tierra: 79%.
- OXÍGENO: Venus y Marte: 0%; Tierra: 21% (si fuese el 26% se incendiarían los bosques)
- NIVEL DE SAL: en los mares es de 3.4%. Si subiese a 6% sería imposible la vida.
- TEMPERATURA, entre 15° y 35°, es la óptima para los seres vivos.
- Fue en este Planeta, que disfrutaba de condiciones excepcionales, en el que hace 4 mil millones de años apareció el prodigio de la vida. Se dice que dada la inmensidad del universo, según el cálculo de probabilidades, seguramente tendría que haber también vida en otros planetas; sin embargo, otros científicos consideran que nuestro planeta puede bien ser una excepción en todo el universo. En todo caso, si no se encuentra vida en nuestro “vecindario”, será imposible descubrirla, dadas las distancias inconmensurables medidas en años luz.
- Si el Verbo creó todas las cosas, no las hizo como un artesano, produciéndolas cosa por cosa, ya bien acabadas. Más bien la creación es la puesta en marcha de un proceso, dotado de una misteriosa teleología, que una vez desencadenada, marcha por sí misma.
- La vida no es explicable sin las sustancias orgánicas. Por tanto, la primera etapa del origen de la vida fue la formación de esas sustancias básicas. En ellas, el elemento fundamental es el carbono: los seres orgánicos, calentados a altas temperaturas, arden, y si no encuentran aire, se carbonizan. Esta sustancia puede combinarse con otros elementos: con el hidrógeno y con el oxígeno (el agua) y también con nitrógeno, azufre, fósforo, etc. ¿Cómo pudieron formarse las moléculas orgánicas, dado que lo que sabemos es que estas moléculas se forman a partir de materias orgánicas precedentes y estas no existían? En algunas estrellas se genera carbono en altísimas temperaturas (7,000°), lo que genera átomos disgregados; pero en la Tierra faltaban elementos propios de la vida.
Un descubrimiento importante fue el estudio de la composición química de los meteoritos que caen en la Tierra. Su composición es similar a lo que se encuentra en el interior de nuestro Planeta (indica un origen común), y fácilmente contienen carbono, a veces combinadas con metales. En algunos se encontraron los hidrocarburos (hidrógeno y carbono) y otros minerales que aquí no existían. De ellos pudieron derivarse las primeras proteínas, y de allí surgir la vida, primeramente en el mar.
- Aquí hay que advertir de algo totalmente excepcional: la tendencia que tiene todo el universo es la “entropía”, es decir, todo concurre a la inercia, el desorden, el caos, el reposo. Pero únicamente la vida evoluciona hacia formas cada vez más complejas y orgánicas, a contracorriente de todo lo demás.
- La estrategia de la vida, desde su comienzo, es evolucionar hacia la biodiversidad. Gracias a esto es como ha podido irse adaptando a las cambiantes condiciones ecológicas y medioambientales (una especie al reproducirse, genera entre su descendencia, continuas anomalías genéticas, algunas de las cuales se adaptan mejor a las nuevas condiciones, y a través de ella es como la especie sobrevive).
- Así fueron diversificándose los seres vivos, adaptándose al aire, al agua y a la tierra, después de procesos milenarios. Los grandes reptiles (dinosaurios), cuando había mucha vegetación y que fueron disminuyendo en tamaño conforme el alimento faltaba.
“Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza”
En esta diversificación de especies animales, dentro del gran género de los mamíferos, hace unos 65 millones de años se separó la familia de los primates. Se trata de mamíferos placentarios (tienen cinco dedos, un patrón dental común y una adaptación corporal no especializada). Uno de los subórdenes de los primates fueron los haplorrinios (monos, gibones, grandes simios y humanos), que le permite al primate repartir el peso de su cuerpo entre diferentes soportes pequeños evitando la oscilación del cuerpo. Algunos de ellos han desarrollado la braquiación como modo de desplazamiento entre las ramas o utilizan la cola prensil como quinto miembro.
- Entre la multitud de especies de esta familia haplorrinios, hace unos 4 millones de años se deslindaron los australopithecus, la especie de primates que fue nuestro antecesor. Estos ensayaron un desplazamiento sobre las extremidades posteriores y asumieron la posición del bipedismo (homo sapiens). Al ponerse de pie sucedieron muchas cosas: pudieron liberar las manos y con ello, emplear herramientas, comunicarse cara a cara y perder la callosidad posterior del cuello propia de los cuadrúpedos, lo cual permitió su desarrollo cerebral. Dicho desarrollo fue favorecido, además, con un cambio de dieta, ingiriendo la proteína de la carne. Sin embargo tales ventajas tuvieron un precio: si en los cuadrúpedos pueden descansar horizontalmente por igual todas las vértebras de su columna vertebral, en la posición erguida las vértebras superiores descansan sobre las inferiores, lo que facilitará la osteoporosis. En esto las hembras llevaron la peor parte, ya que los embarazos las desequilibraban. La estrategia de la especie fue parir antes de tiempo (el bebé humano nació el mamífero más débil, incapaz de bastarse a sí mismo, como sucede en los demás animales), por lo que la hembra tendrá que estar cerca de su cría, amamantarla y cuidarla un buen tiempo.
- Fue así que surgió la especie humana. Sin embargo, inicialmente esta especie la componían ocho subespecies distintas que durante un tiempo llegaron a coexistir, siendo las principales el Cromagnón y el Neanderthal. El primero era más fuerte; pero el segundo, más inteligente, y pudo utilizar armas de largo alcance. El Neanderthal sobrevivió, no tanto debido a la violencia, sino porque fue más capaz de procurarse el alimento, disputándoselo a su hermano.
EL PECADO ORIGINAL
Los sabios israelitas de hace 4,000 años, mirando la condición humana, pudieron reflexionar más o menos así: Si Dios creó todas las cosas y “vio que todo era bueno”, ¿cómo es posible que el ser humano, “corona de la creación”, sea una especie tan cruel y abusiva? Los tigres o los tiburones matan para comer, es parte de su naturaleza; pero el humano mata por dominio y ambición. ¿Algo saldría mal en la creación? Y tratando de hallar una respuesta construyeron un bello relato, en forma mítica, tratando de explicar esto. Al crear al ser humano, Dios quiso que disfrutara de toda la creación:
“Y creó Dios al ser humano a su imagen y semejanza; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó” (…) “El Señor Dios plantó un jardín en el Edén, hacia el oriente, y colocó en él al hombre que había modelado (…), para que lo guardara y lo cultivara”.
Los creó para que fueran felices. Los hizo conscientes para que reconocieran el bondadoso poder de su Creador. Los creó también para que lo amaran. Los hizo “a su imagen y semejanza”, es decir, libres, por ser la libertad la cualidad divina diferenciadora. Quizás esto implicaba que al llegar a las condiciones de humanización, de alguna manera condujeran su propia evolución. Permítaseme ahora exponer al respecto una teoría teológica del “pecado original” a partir del proceso evolutivo, si bien reconozco que su fundamento es endeble.
Parece que dos especies de primates haplorrinios, hace 2.5 millones de años tuvieron un ancestro común. De dicho ancestro se diferenciaron pocas subespecies de antropoides, entre las cuales, los “chimpancés” y los “bonobos”. No sabemos cuál sería la situación compartida por ambas especies y cómo fue que se diferenciaron siguiendo, cada cual desde su propia evolución, hacia los antropoides. Es probable que en determinado momento, el homínido que dio origen al homo sapiens pudo tomar cualquiera de los dos caminos para proseguir su camino de humanización: El liderazgo de los chimpancés lo tiene el macho alfa, que es abusivo, se apropia de las hembras y arrebata las mejore porciones de alimento. Por el contrario, entre los “bonobos”, el liderazgo lo tienen las hembras, las cuales, por su género mismo, tienden a cuidar a toda la manada y a proteger a los débiles. ¿La vía evolutiva fue totalmente determinada por la situación ambiental? ¿O acaso, en algún momento del proceso evolutivo pudo intervenir ya un embrión de libertad?

En efecto, son las decisiones libres las que caracterizan al homo sapiens, y que en lenguaje teológico es lo que nos configura como “imagen y semejanza” de Dios. En este caso, si se tratara del primer acto plenamente libre, en dicha decisión comenzaría la nueva especie y además, la posicionaría: ésta podría caracterizarse, o bien porque cada miembro de la especie se corresponsabilizara de todos los demás miembros y que los fuertes protegieran a los débiles –que esa era la opción que Dios quería-; o bien, otra posibilidad podía ser optar por el poder de dominación, y que los fuertes oprimieran a los más débiles (“el fruto prohibido”). Esa decisión originaria, por ser radical, quedaría incrustada en el ADN de la especie y se heredaría a todos los descendientes. Según la teoría anterior, la descendencia se habría acercado más a la de los chimpancés que a la de los bonobos (¿apoyada por una Eva bonoba?), y esta decisión sería justamente el “pecado original”, mismo que ha sido interpretado como el “poder de dominación”. Lo anterior puede corroborarse por las consecuencias bíblicas del pecado original:
- Ruptura con el propio cuerpo: “Sentí vergüenza porque estaba desnudo”
- Explotación laboral: Al inicio, cuando Dios puso a Adán en el Edén (la tierra amiga), el trabajo al que lo destino fue “para que fuera su jardinero”, agradable y llevadero. Pero cuando se desfiguró el precepto y se trabajó por explotación de los fuertes, cambió: “comerás el pan con el sudor de tu frente” (que se convirtió en “comerás el pan con el sudor del “de enfrente”): el trabajo coaccionado por la explotación se vuelve insoportable.
- Discriminación de género: La mujer dejó de ser “carne de mi carne y hueso de mis huesos”, para convertirla, en el patriarcado, en una sierva a su dominio: “Tenderás a tu marido y él te dominará”
- Ecocidio: “Trabajarás la tierra y te producirá espinas y abrojos” Del Edén se pasó al erial: el ecocidio se revierte contra su perpetrador.
- Ruptura con Dios: Dios dejó de comunicarse cara a cara, y su imagen (rostro) se les escondió “Se escondieron para que Dios no lo viera”
- Violencia con el hermano: el fratricidio de Caín.
“Crezcan, multiplíquense, llenen la Tierra”
En un Planeta prácticamente vacío, los sapiens sapiens emprendieron un proceso migratorio, poblando todos los nichos ecológicos –las costas, las selvas, los desiertos, las montañas, los glaciares del Polo Norte, etc.–. Aquellas primeras migraciones, debido a su necesidad de sobrevivencia en nichos ecológicos tan diferentes y desafiantes, mutaron el color de su piel y en su proceso de adaptación, generaron diversidad de culturas, comenzando por la diferenciación lingüística.
CONFLICTOS CULTURALES
Según la mitología del Génesis, la primera víctima se perpetró por fratricidio. Si interpretamos simbólicamente aquel crimen, el mito daría cuenta de una tremenda guerra habida hace unos 10,000 años atrás, cuando los sapiens sapiens dieron uno de los saltos más trascendentales de su historia. Ese saltó dejó atrás unos 2.5 millones de años dedicados a la recolección y cacería, para ensayar otros modos de producción más seguros y capaces de satisfacer a mayor número de comensales. Por el Medio Oriente, por lo que hoy es Turquía se cocieron los primeros panes; pero más arriba, allá por el actual Irak, hacia 9,000 años A.C., se domesticaron al mismo tiempo el trigo y las cabras, enfrentándose así tribus con formas de producción y de organización antagónicas –pastores nómadas y agricultores sedentarios-, que todavía hoy se enredan en conflictos (aunque hoy sean los ganaderos los “ricos” mestizos y los milperos, los indígenas pobres). Así, por la vasta y árida extensión del desierto, Abel, ancestro de los pueblos de pastores nómadas, ante cierta sequía, llevando su rebaño en busca de pastos hacia el Gran Río, se encontró con que Caín (ancestro de los agricultores sedentarios) ya se había asentado allí y no permitía que nadie lo invadiera, y de esta manera Caín (pueblos agricultores) mató a Abel (pueblos pastores nómadas), sin necesidad de la quijada.
Algunos se preguntan si valió la pena la opción civilizadora. Durante la recolección, la dieta era más rica (raíces, frutos, insectos, animalitos, setas, cacería…), en lugar de manipular la vida para favorecer unas pocas especies de animales y de plantas (cereal generalizado: trigo, arroz o maíz). Se habla de que los humanos “domesticaron” a las plantas; pero más bien sucedió al revés, fueron las plantas las que domesticaron a los humanos (hicieron que les llevaran agua, les quitaran abrojos y piedras, etc.), abonaran la tierra, etc. Con la civilización nacieron los imperios y con ellos, la diferenciación social, la esclavitud y el crecimiento demográfico. Lo que se consiguió fue disminuir mucho el tiempo de ocio y aumentar el trabajo monótono, fatigoso y explotado. Israel, ya desde los orígenes de su historia tuvo malas experiencias con las primeras civilizaciones agrícolas: estuvo como esclavo en Egipto y fue cautivo en Asiria y Caldea. Conoció las civilizaciones desde el polo de los dominados por los grandes imperios situados a los márgenes de gigantescos ríos (el Nilo y el Eufrates). Estando en su exilio en Babilonia, seguramente a los hebreos les llamaron la atención unos grandes monumentos, los zigurats, tan altos que parecían alcanzar el Cielo, y que sin embargo se habían quedado sin concluir. Ya sus ancestros habían conocido algo similar, las pirámides de Egipto, en cuya construcción ellos también colaboraron haciendo ladrillos. Es propio del llamado “Modo de Producción Asiático” emprender grandes monumentos, símbolos de la grandeza del Imperio (También México conoció este mismo modo de producción y construyó pirámides). Por supuesto, aquellos babilonios no fueron directamente quienes construyeron los zigurats, sino que quienes realmente lo hicieron fueron los pueblos derrotados y convertidos en esclavos. Ahora bien, para dirigir una empresa digna de una Imperio divinizado se requiere de una política lingüística, para poder dirigir y aprovechar la fuerza de trabajo extranjera –la “lengua imperial”-. Los esclavos constructores de aquellas torres resistieron a la dominación negándose a aprender la lengua de sus amos, con lo que aquellas torres se quedaron sin terminar. Es lo que les permitió su liberación; pero con ello vino la dispersión. Desde los localismos (lingüísticos o tecnológicos) no se puede construir nada notable. La solución a esta alternativa llegará mucho más tarde, en Pentecostés, cuando Pedro abrió la casa donde se habían encerrado y predicó a una multitud llegada de todas partes, y “cada uno oía a los apóstoles hablando en su propio idioma”
A pesar de la distribución geográfica de los humanos, el proceso demográfico ha explotado en las últimas décadas, de modo que se puede decir que la primera encomienda que hizo Dios al humano, en cierta manera ya se ha cumplido, y que lo que resta para el acabalar el cumplimiento de dicha encomienda es asumir en nuestras manos la propia potencia reproductiva. Cuando yo nací, en 1939, encontré un Planeta con unos 1,500 millones de seres humanos. Treinta años después, en 1969, se organizó el Club de Roma, agrupación de un centenar de científicos de todo el mundo y de primer nivel, para estudiar los más grandes problemas mundiales. Contaron para ello unas grandes computadoras muy sofisticadas (por cierto, con menor capacidad que mi laptop) y conocieron que el mundo tenía ya entonces 3,000 millones de humanos. Es decir, se había duplicado en 30 años, y predijeron que de no haber cambios importantes, dentro de los siguientes 30 años volvería a duplicarse. Y así fue: el milenio terminó con 6,000 millones de seres humanos. Al escribir esto andaremos por los 7,500 millones. “Llenar la Tierra” es una misión que ahora entra en otra fase. Se tratará de asumir y regular la propia potencia reproductiva de la especie, hacia un equilibrio entre población y recursos, mediante educación y auxiliares bien utilizados y dentro de la libertad de cada pareja
“Custodien la Tierra”
Dios incorporó a su creatura humana a su proceso de Creación, encomendándoles dos tareas. La primera –“Llenad la Tierra”- la vimos ya cumplida. Recientemente hemos cobrado conciencia de que el Planeta que Dios nos legó no tiene recursos infinitos, por lo que tenemos que cuidarlos… y esta fue la segunda encomienda para poder participar en el proceso creador de Dios. Como dicen los italianos, “traduttore, tradittore” (“todo traductor es un traidor”), ya que muchas veces, del diccionario de la lengua a traducir se selecciona determinado significado de una palabra, excluyendo otros significados quizás más apropiados, sin atender al contexto histórico cultural del texto. Esto viene a cuento por la traducción que circula del Génesis en este pasaje, donde comúnmente se escribe la consigna de Dios a los humanos, “cultiven la tierra y domínenla”; pero queatendiendo a los procesos actuales, parece que la traducción correcta debiera ser “cultiven la tierra y custódienla”. En efecto, “dominar” fue el pecado original: el poder de dominación, causa de todas las desgracias. En cambio, “custodiar” evoca al jardinero anterior al pecado, que ama su trabajo y cuida de su Paraíso. Pero hoy, el cumplimiento de esta misión creadora debe cumplirse de otro modo.
- Desde que la humanidad decidió utilizar la energía fósil, efecto del entierro de toda la exuberancia del Pleistoceno, empezamos a depender del petróleo, del carbón y del gas natural. Frívolamente, sacamos de las entrañas millones de barriles a ritmo vertiginoso (desde la II Guerra mundial, el aumento de los motores de combustión interna pasó de 40 a 680 millones). Las reservas petroleras se hallan en el hemisferio Sur del Planeta, pero se consumen en el hemisferio Norte, acentuando así la diferencia (el Sur se empobrece y el Norte se enriquece). Esto gestó la revolución industrial, cuyas consecuencias ya se resienten. Pero ya que no se utiliza toda esta sustancia extraída, los sobrantes (“desechos”) se arrojan a la atmósfera. Cada año seis mil millones de toneladas de CO2 pasan al aire, ocasionado el 10% del total de las defunciones. El ritmo de extracción es creciente: los residuos fósiles aumentaron 400% respecto a 1850. Esos gases (bióxido de carbono, metano, clorofluorocarbonos, etc.) se acumulan en el aire, captan y conservan el calor solar. De modo que así estamos cambiando la composición química de la atmósfera y la temperatura ambiental.
- Desde la mitad del siglo XIX, el bióxido de carbono ha aumentado en la atmósfera en un 30% y se prevé que para el año 2040 su incremento llegará al 60%. Si se comprimiera toda la historia humana en un año, este tiempo representaría tan sólo un segundo. La capa de gases contaminantes no permiten que el calor salga del Planeta, sino que fungen como un invernadero al refractar el calor, aumentando así su temperatura promedio. Si desde 1850 al año 2,000 la temperatura promedio del Planeta aumentó 1.5°, de continuar como vamos a finales del siglo XXI habrá aumentado 5° (las “Cumbres” internacionales para tomar medidas cautelares lograrían, en el mejor de los casos, 2°), lo que sería desastroso. Ya ahora, la capa de hielo de los Polos se ha adelgazado 42%. Al derretirse los icebergs, se prevé que este siglo el nivel del mar subirá 88 cms., sepultando varias islas y ciudades costeras; aparecerán enfermedades tropicales en nuevos lugares, siendo los países pobres quienes más lo sufran. Hoy, el cumplimiento de nuestra encomienda resulta más apremiante que nunca
“La descendencia de la Mujer te quebrantará la cabeza”
Las consecuencias de aquella opción “original” –orientar el rumbo evolutivo de la especie humana- fueron tremendas. Si bien la herencia del ADN teológico es ya irreversible (la tendencia al poder de dominación), inmediatamente después del pecado, Dios, compasivo y misericordioso, nos dio una segunda oportunidad, que esta vez habría de depender de la libertad de cada cual. A la “serpiente”, advirtió Dios que de la descendencia de Eva vendría un Salvador a “quebrantar su cabeza”.
Para preparar el cumplimiento de esta promesa, Dios inició la preparación de ese cumplimento eligiendo un pueblo del que habría de nacer el Redentor. Eligió al pueblo de Israel desde antes de que existiera como tal, sacando a Abraham de la seguridad de la gran civilización asiria y su Imperio divinizado (los zigurats “que llegarían al Cielo” por la fuerza de la dominación). Lo condujo al inclemente desierto, para probar su confianza total en este dios, único existente, cuya elección fue rubricada con un ritual de alianza. Una crisis puso en peligro su supervivencia –una sequía y hambruna- y hubiera sucumbido a no ser porque las circunstancias lo radicaron en Egipto, la otra gran civilización de entonces-donde se multiplicaron. Ante el cambio de la situación política, los emigrados fueron convertidos en esclavos. Aun así, a pesar de la explotación de Egipto, la otra gran civilización de entonces–, el pueblo se multiplicó. De aquella situación opresiva los liberó Dios con mano poderosa, anduvieron errantes por el desierto durante 40 años, donde adquirieron su identidad como pueblo (gracias a su Ley y al liderazgo de Moisés), y después de una larga peregrinación, conquistaron finalmente la Tierra Prometida. En Israel se consolidaron como gran potencia, gracias a un gran rey, David, quien venció a todos los pueblos comarcanos.
Al consolidarse como pueblo, juntamente con aquella grandeza, la idea original de elección se pervirtió, llegaron a creerse con “derecho” a la salvación, a cambio ofrecer un solemne culto a Yahvé su Dios. Con el culto creció el cuerpo sacerdotal, en número y en importancia. Durante su largo pasado tuvieron contacto con otros pueblos, y es posible que por su influencia adoptaron lo que podría ser las restricciones “tabú”: las impurezas, la “Mancha”. Se refiere a contaminaciones contraídas por el contacto –voluntario o no- con ciertos objetos (instrumentos de culto, sangre, etc.), personas (enfermos, mujer en período de “regla”), alimentos (rumiantes de pezuña dividida), tiempos (sábado). Al quedar contaminada una persona, quedaba ella misma “impura”, y con ello, no podía ya participar de la asamblea de la sinagoga, y en algunos casos, tenía que ir hasta el Templo de Jerusalén y ofrecer un sacrificio de expiación: el oferente transfería sus “manchas” al animal, y al ser sacrificada la ofrenda, el oferente quedaba limpio (sin cambiar su corazón, pues no se trataba de “pecados” propiamente tales). Al Decálogo de Moisés se fueron añadiendo multitud de preceptos, prohibiciones y tradiciones (algún curioso contó 647). La religión devino legalista, obsesiva y formalista, en la que el culto se sobrepuso a la ética de solidaridad y la compasión (“atender al huérfano, a la viuda y al forastero”).
El pueblo fue educado por “profetas”, o líderes espirituales espontáneos, que surgían del pueblo mismo, en momentos en que éste se desviaba de la Alianza pactada con Abraham. La visión futura que tenían aquellos visionarios no provenía de alguna especie de revelación interior, sino al don de discernimiento sobre los “Signos de los Tiempos”, descubriendo en los acontecimientos indicadores de cómo actuar ante determinada situación; veían la realidad, pues, con los ojos de Dios. Aparte de VER la realidad, ESCUCHABAN y prestaban atención al clamor de los pobres, a su llanto y a su dolor. DENUNCIABAN también las desviaciones de las autoridades civiles y religiosas, así como también las del pueblo mismo, y finalmente, ANUNCIABAN un futuro mejor, siempre y cuando enmendaran su conducta y volvieran a confiar únicamente en el Dios que salva, en su religión que proporcionaba signos de identidad. Iluminados por el Espíritu, vislumbraron la venida de un misterioso personaje ungido de sacralidad (“ungido” latino, “cristo” griego, “mesías” arameo), que haría recuperar el sentido original de la Alianza, salvaría a su pueblo y –a través de él– al mundo entero.
FUE CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO
Y fue así que “al llegar la plenitud de los tiempos” (cuando ya se había inventado la escritura para que la palabra se comunicara a futuras generaciones), La Palabra (Verbum) –la Segunda Persona de la Trinidad-, tomó carne mortal en el vientre de una doncella israelita, haciéndose un ser humano, igual que a cualquier otro de nosotros, en todo menos en el pecado (pues el pecado es antihumano). Siendo la única persona humana que pudo elegir las condiciones de su nacimiento: hijo de emigrados, Jesús nació durante un penoso viaje en la cueva cercana a un poblado (Belén), cercano a la capital Jerusalén, durante la invasión romana. Es decir, nació en la periferia (cueva), de la periferia (Belén), de la periferia (Jerusalén), de la periferia (Imperio Romano), y fue desde allí, en la casita de Nazareth, que aprendió a ver el mundo, desde los marginados de aquella región.
Creció en Nazareth (pueblo de unos 350 habitantes), trabajando con su padre como tecné o “artesano”, que arreglaba prácticamente cualquier cosa, desde un arado, un lagar o las hojas de palma de un techo. Después de la muerte de José, su padre, un buen día dejó la casa solariega de su clan -con todo y tíos y primos- y como buscador, se fue a encontrarse con aquel que le representaba el nivel espiritual más elevado de su época: su primo Juan. Este, renunciando a la profesión de sacerdote como su padre, instauró un ritual de bautismo en un recodo del Río Jordán, exhortando a la penitencia. Jesús, humildemente, pidió ser bautizado por su primo, y en ese preciso momento, algo bajó del cielo como lo hace una paloma y se posó sobre su cabeza, a guisa de unción, y una voz del Cielo proclamaba que era el Hijo de Dios. Salió del agua consternado: como Hijo tenía todo el poder de Dios en sus manos, y gracias a la unción del Espíritu, era también el Mesías esperado para desempeñar una misión trascendental. Aconsejado por su primo, se fue al desierto a poner en orden sus pensamientos, y como suele suceder en tales ocasiones, pasó por una tentación o discernimiento sobre el tipo de “mesías” que su Padre-Dios requería de él. Todo dependía de la imagen o atributo de Dios que se privilegiara: A un Dios omnipotente, de Divina Majestad, correspondería un “mesías” glorioso, milagrero y guerrero invencible que convirtiera a Israel en la gran potencia mundial. Su “lanzamiento” de campaña podría ser un verdadero lanzamiento desde la torre del Templo esperando que los ángeles con la punta de sus alas lo depositaran en el suelo. Pero si optaba por el atributo devino del inmenso amor misericordioso y compasivo, siendo Él imagen visible del Dios invisible, le correspondería un mesianismo solidario con los vulnerables y proscritos de la Tierra, y por tanto, habría que correr su misma suerte, sin usar de sus poderes en provecho propio o de su misión, sino únicamente por compasión con los sufrientes.
Su misión por Galilea tuvo gran éxito: lo seguían multitudes, muchos de tales seguidores, simplemente, por solicitar sanación. En misión itinerante, recorría todos los pueblitos, predicaba en las sinagogas, denunciaba la religiosidad formalista y acartonada de los omnipresentes fariseos -simples cumplidores de leyes de pureza y contaminación-, y por el camino, aprovechaba cualquier escenario para relatar sus famosas parábolas que describían el Reino de Dios. Ese era su ideal y su pasión –primer proyecto de globalización-: hacer de todo el Mundo una única familia que tenga como Padre a Dios, y por tanto, anunciar que todos somos hermanos y que hay que amarnos unos a otros como Él nos ama, en la fraternidad, la justicia, la vedad y la paz. Obviamente, muy pronto se topó con el rechazo del Centro religioso de Jerusalén, representado por escribas enviados desde la Ciudad Santa. Jesús veía ese rechazo y notaba lo lento que era su reconocimiento por parte de los discípulos, por lo que decidió que habría que adelantar el desenlace y trasladarse hasta la ciudad Capital para dar un fuerte testimonio; aunque de eso le costase la vida.
LA PASCUA
Entró en Jerusalén cerca de la Pascua (el “Pesaj”), fiesta que conmemoraba la salida de la esclavitud del pueblo en Egipto. La Noche de Liberación, Moisés prescribió que cada clan mataría un cordero, y con la sangre del animal debía marcar el dintel de la puerta, esa noche pasarían los “ángeles exterminadores” matando al primogénito de cada familia; pero respetando las casas que tuvieran la señal de la sangre. Por lo mismo, en la fiesta de Pascua (el Paso del Señor), en conmemoración cenarían el cordero pascual. Era muy concurrida esa fiesta. Se calcula la asistencia de unos 200,000 peregrinos, muchos de ellos de la Diáspora. Jesús también asistió ese año y preparó una entrada muy cuidada a la Ciudad Santa, desde una población distante poco más de un kilómetro de la ciudad. Muchos peregrinos lo reconocieron (pues había estado en su pueblo), y lo reconocieron como el Mesías esperado, a pesar de que su práctica no correspondía a la imagen de mesías difundida en todo el país por los omnipresentes fariseos. La gente cantó el hosanna y el salmo 118 (salmo mesiánico) y fue así que Jesús entro entre aclamaciones como un anti-rey (entra montado en un burrito, y no en el brioso corcel del emperador victorioso). En el Templo tiene una acción significativa: arrojar a los vendedores para ofrendas y a cambistas de moneda romana. Con ese signo, Jesús rechazaba todo el sistema del Sacrificio, la Mancha, la expiación, que era precisamente la raíz última de la profanación mercantil en que se había degradado el Templo.
La Cena Pascual de aquel año se convierte en memorial de despedida, dejando el pan y el vino como cuerpo y sangre suyos. En la intimidad de la Cena, Jesús les anunció –como lo había hecho antes- su entrega y su muerte en la cruz. Esa muerte –y su posterior resurrección- era ni más ni menos que el cumplimiento de la redención del pecado original. El memorial suele ser leído, todavía hoy, desde el sistema del sacrificio (Jesús sería el “cordero que quita el pecado del mundo”), desplazando a su persona todos los sacrificios de animales que en la antevíspera había desaprobado. Así lo piensa el autor de la Carta a los Hebreos, que en el altar de la cruz, rememoraba el antiguo culto, ejecutado cada año por el Sumo Sacerdote mismo, entrando él solo, rociado en sangre de animales, en lo más íntimo del Santuario. Ahora en cambio, Jesús, en sola su muerte, se ofrece como víctima de expiación por todos nuestros pecados. Sin embargo, me parece que el cordero comido en la Pascua no era el cordero levítico, de los sacrificios en el Templo, sino el Cordero Pascual, memorial de Liberación. Lo que nos redime fue su entrega total, plena a la construcción del Reino de Dios, que es a lo que en nuestro bautismo nos comprometemos. No fue tanto la sangre derramada sino esa intensa pasión, fiel a la imagen de Dios, que no es la del Rey, sino más cercada al Profeta de compasión y misericordia infinitas: nada menos que el estilo de Mesías que le encomendó a su Hijo.
Aunque Jesús no haya buscado el martirio, sino que más bien lo trataba de evitar, para adelantar lo más posible su proyecto, llegado el momento lo asumió, y entre la angustia del sudor de sangre en Getsemaní, aceptó el sacrificio que evidenciaría la religión del Templo como homicida. Las autoridades religiosas lograron –mediante la traición de uno de los suyos- aprehenderlo, someterlo a un juicio amañado, torturado y entregado a los romanos, después de haberle fabricado un delito de insurrección. Murió crucificado –como todos los rebeldes en contra del Imperio–; pero al tercer día resucitó de entre los muertos, signo de que el Padre-Dios, que había permanecido en silencio durante todo el proceso, se pronunciaba finalmente de estar de parte del ajusticiado y no de parte de las autoridades del Santuario. Después de haberse mostrado fugazmente en algunas pocas ocasiones, Jesús se aparece por última vez, ya en Galilea, y envía a sus apóstoles por todo el mundo anunciando su mensaje del Reino y su resurrección, para finalmente pasar a otra dimensión (“asciende al Cielo”) y promete regresar al final de los tiempos, a recoger la abundante cosecha de su Reino.
“Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica, apostólica y romana”
Con la intervención que tuvo Jesús durante la Pascua y sus fuertes y explícitas enseñanzas en el Templo, éste había quedado bajo su autoridad. La ejecución, perpetrada pocos días más tarde, no fue óbice para que su propuesta religiosa quedara ya prácticamente cimentada: había devuelto a la Ley y a las tradiciones a su sentido original, había enfatizado como lo verdaderamente importante las obras de consuelo en favor de aquel pueblo sometido a tremenda opresión económica, política y religiosa. Su asesinato (el juicio había sido ilegal) fue la mejor denuncia de un proyecto religioso de muerte a los inocentes. La traición, la negación y el abandono de sus apóstoles fueron quizás más lejos de lo previsible, a pesar de que Él, en varias ocasiones, lo había predicho como inevitable. Cuando las cosas parecían calmarse, convocados por María, volvieron a reunirse, oraron, discutieron y resolvieron seguir adelante. Fue el momento en que nacía “La Asamblea” (etimológicamente es lo que significaba ἐκκλησία, una asamblea de ciudadanos para discutir asuntos políticos). ¿Dónde quedaron aquellos hombres cobardes y bloqueados a la comprensión de la propuesta de su maestro? Fue el Espíritu de Jesús resucitado quien les infundía sus dones para continuarla. Obviamente, en la medida en que iban haciendo suya la enseñanza de Jesús, estarían corriendo la misma suerte, y la persecución selló el origen mismo de la Iglesia. Pero paradójicamente, fue también la persecución misma la que ocasionó la difusión de la nueva fe.
Un hecho imprevisto fue la conversión de Saulo de Tarso, hombre muy preparado, conocedor tanto de la filosofía griega (era ciudadano romano) como de la hebrea, pues había sido fariseo, hijo de fariseo y educado a los pies del célebre escriba Gamaliel. Además de su genial síntesis teológica con incorporación de algunos elementos helénicos, fue un apasionado propulsor de la nueva fe dentro de los ambientes paganos del Imperio. Su intuición fue organizar esta doctrina a partir de comunidades locales dentro de mayoría pagana, y de alguna manera interrelacionarlas, reconociendo como núcleo la comunidad de Jerusalén. Tanto Pablo como Pedro llegaron a Roma y formaron aquella comunidad; aunque por razones políticas de Nerón, que encontró en los cristianos un chivo expiatorio ideal, se desencadenó nuevamente la persecución, contando con numerosos mártires.
Uno de los últimos emperadores romanos, Constantino, allá por el siglo IV, también por razones de legitimidad religiosa, se convirtió al cristianismo –entonces religión de esclavos– y oficializó a la Iglesia como religión de Estado, es decir, fundamento y legitimidad de la autoridad imperial. Probablemente las persecuciones religiosas hicieron menor daño a la primitiva Iglesia que esta oficialización. Ahora el emperador mismo garantizaba la recolección del diezmo, nombraba obispos y financiaba Concilios. Numerosos cristianos vieron mal este contubernio y huyeron a las cuevas, empezando con las de Egipto, y se volvieron “anacoretas” o “eremitas” (eremo=desierto), embrión del monacato.
La Edad Media, con su régimen feudal y su jerarquía de nobles, se apoderó de la institución eclesial. Ciertamente, con esto se lograron conversiones masivas; pero la fe cristiana pasó a ser parte de la cultura dominante, llegando a excesos de perseguir a los herejes con la Inquisición. Fue esa Iglesia europea, de modalidad hispana, la que trajo la fe cristiana al continente americano. El Patronato Real siguió nombrando obispos y al Rey de España mismo se le encomendó el cuidado pastoral de la nueva Cristiandad de Indias. Por supuesto, hay que darle merecido reconocimiento a aquella pléyade de religiosos, franciscanos, dominicos y agustinos (posteriormente los jesuitas y otros), que además de interesantes iniciativas pastorales, contribuyeron a la formación de la ciencia moderna europea.
La modernidad europea fue cuna del liberalismo y la visión secular de la vida. Con indudables aportes de los derechos humanos, la democracia y una racionalidad liberada de dogmatismos y “maravillosismos”, de la organización política como Estado Confesional se pasó al Estado Laico, con los consiguientes conflictos entre el poder religioso y el poder político. Fue el clima que favoreció la independencia de los países latinoamericanos. Al conseguirla, el Estado en México quedaba totalmente desinstitucionalizado, ya que durante la época colonial todo estaba centralizado en la Metrópoli. Fue así como todos los grupos más identificados con el viejo régimen colonial se fueron agrupando en torno a la institución más estable, la Iglesia Católica. Pero al mismo tiempo, nuevos grupos de profesionistas (abogados, periodistas, burócratas, cuadros bajos del ejército y miembros del bajo clero.) formaron el Partido Liberal, el cual, al acceder al poder decretó las Leyes de Reforma, despojando al clero de sus bienes y sus privilegios.
Si bien durante el Porfiriato la Iglesia en México tuvo ligera recuperación, la Revolución Mexicana cobijó grupos anarquistas inspirados en el “ateísmo militante” soviético, que promovieron la persecución religiosa de 1925 a 1929. Desde entonces, al mismo tiempo en que el jacobinismo oficial proclamaba el anticlericalismo, en la práctica había discretos entendimientos, casi clandestinos, que permitían una relativa libertad religiosa. El Catolicismo Social, inspirado en la Doctrina Social Cristiana, abrió nuevos horizontes, hasta que en 1994 se promulgó la Ley de Cultos y Asociaciones Religiosas. El Partido Comunista se abrió a la inclusión de cristianos y en el campo de la Iglesia, la Teología latinoamericana de Liberación tendió los puentes necesarios para que el ejemplo del Jesús histórico acercara a militantes de las dos fuerzas más importantes -no en sendas versiones dogmáticas- para un nuevo tratamiento de acción social: los católicos progresistas y los socialistas dialogantes.
Esa es nuestra Iglesia, a la que amamos y con quien a veces nos peleamos. Es una pese a contar más de un 1,3 millones de católicos en todo el mundo, con su multiplicidad de teologías, apostolados, ideologías, rituales, razas y tradiciones. Es católica, es decir “universal”, y por lo mismo, inculturada en todas las culturas y todas las etapas de la historia habidas y por haber, pues al mismo tiempo en que se deja evangelizar por lo más sano de las tradiciones de los pueblos y de los tiempos, también ejerce la función de ser crítica de las culturas, al confrontarse con los valores más profundos del Evangelio. Es apostólica, pues se remonta a las enseñanzas de los apóstoles, privilegiados testigos de la gesta de Jesús, y es romana, por reconocer el primado del descendiente de San Pedro, a quien Jesús le encomendó la misión de ser vínculo de unidad eclesial. También es santa; aunque a la vez sea pecadora. Institucionalmente muchas veces se ha apartado de la enseñanza del Evangelio, es verdad; pero también lo es el que la Iglesia guarda celosamente un tesoro de espiritualidad, de heroísmo martirial, de enseñanzas y de preocupación por los más vulnerables de cada situación. Hay que reconocer que los pecados de los hijos de la Iglesia le han dañado más que las persecuciones, como es el caso de la pederastia clerical; pero ha sabido mantener su profetismo en la tremenda situación de nuestro mundo que nos espera.
“Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y su Reino no tendrá fin”
El “fin del mundo”, supuestamente anunciado por Jesús, no es el final del Planeta (la Tierra tiene aún muchos recursos para continuar girando en torno al Sol por muchos milenios más). La expresión connota más bien el fin de la especie humana (de los “sapiens sapiens”). Jesús mismo reconoció su ignorancia de cuándo sucedería esto. Sabemos que ningún planeta es eterno, y que la Tierra tiene todavía capacidad de absorber todo el estropicio de nuestro hábitat, que hemos venido haciendo al menos desde hace unos 200 años. Nuestro Planeta tiene recursos limitados. Frívolamente derrochamos los recursos no renovables, en un consumismo sin sentido, como si los recursos fuesen inagotables… Y cuando perezca el último espécimen de nuestra raza, entonces sí será el “fin de la historia”.
“Entonces verán llegar al Hijo del Hombre entre nubes, con gran poder y gloria”. Sólo entonces Jesús podrá juzgar a la especie sapiens-sapiens en su conjunto total. En los primeros milenios, los habitantes del Planeta eran una cantidad insignificante y tenían demasiado terreno como para pensar que llegaría un día en que los recursos se terminarían, consumidos por una minoría ávida e indiferente a respecto a los más vulnerables. De continuar como vamos, no queda ya mucho tiempo: el agua potable ya no alcanzará para todos, el aire será cuidado o sustituido por mascarillas de oxígeno, la ganadería intensiva evidenciará una alternativa impensable –las vacas o los humanos-. Muchas ciudades colapsarán y habrá desastrosas epidemias de enfermedades hoy día exclusivas del maldito Sur y que debido al calentamiento global hoy ya se contraen también en el privilegiado Norte, y tampoco se excluye la guerra atómica, destinada, quizás, para exterminar a la llamada “población sobrante”. El criterio del juicio no será el Decálogo de Moisés, sino más bien las “Obras de Misericordia”, es decir, la contradicción entre la indiferente ambición de los menos o la solidaridad global. El combate escatológico se dará entre el “proyecto de vida” –el Reino de Dios, anunciado por Jesús–, o el “proyecto de muerte” del Anticristo. Quizás los campos no se den tan claros como la alegoría pastoril –corderos blancos diestros vs chivos negros zurdos–, pues la mayoría somos a la vez víctimas y perpetradores; oprimidos y cómplices.
“Creo en el perdón de los pecados”
Ante el misterio insondable de la bondad de Dios, no es menos incomprensible el “Misterio de la Iniquidad”. Si Dios es lo único que calma nuestra sed existencial; si sólo Dios puede colmar el vacío y otorgar la felicidad plena; si su proyecto es lo único que puede salvar nuestro Planeta, el de todos, ¿cómo entender que haya una creatura lo niegue y rehúse su aceptación? El pecado, pues, es oponerse concientemente al proyecto de amor de Dios; es preferir otro bien creado, cualquiera, que si bien, mientras tenemos cuerpo, ilusoriamente nos podría satisfacer, al desaparecer las alucinaciones nos queda un vacío inmenso de soledad.
Antes de conceptualizar el pecado, será conveniente distinguirlo de otras realidades con las que se suele confundir:
- Distinguir la conciencia de pecado del sentimiento patológico de “culpabilidad”. La conciencia de pecado se obtiene mediante la argumentación racional. Nuestros principios ético- morales están fundamentados y sabemos que cuando actuamos en contra de estos, nos apartamos del bien y damos cabida al mal. En cambio, la culpabilidad es un sentimiento difuso, no fundamentado, que nos hace sentirnos mal ante ciertas acciones, sin que podamos dar cuenta clara del porqué o de la desproporción de dicho malestar. Ese sentimiento de culpa puede ser más o menos fuerte y coincidir o no con los principios morales, pues depende de un continuum que va desde la laxitud extrema (amoralismo) al rigor extremo (escrúpulo), y suele provenir desde nuestra educación familiar durante la infancia. Su efecto es esclavizante, ya que, al no tener fundamento racional, no podemos liberarnos fácilmente de él, mientras no nos reeduquemos.
- Distinguir el pecado de las neurosis. Las neurosis son enfermedades que se caracterizan por la presencia de trastornos nerviosos y alteraciones emocionales sin que haya ninguna lesión física en el sistema nervioso. Para que haya pecado se requiere de la libre voluntad, es decir, que tengamos capacidad de elección; mientras que las neurosis se nos imponen, a veces compulsivamente (como en el caso de las adicciones) y muchas veces no podemos salir de ellas sin la ayuda exterior de una terapia.
- Distinguir el significado del Mal con alguno de sus significantes. Antiguamente, en varias culturas El Mal se hipostasiaba en figuras míticas; en el antiguo Israel era Satanás (“el adversario”) o Lucifer, el ángel caído; pero en el mundo helénico fue identificado como el Diábolo (Diablo). Si un “sím-bolo” es lo que une a las colectividades, el “diá-bolo” es el que las separa. En todo símbolo hay que distinguir el significado y e significante. La figura más antigua que fungió como significante del Mal es un actante que suele representarse en figura caprina (cuernos, patas y cola de chivo), cuyo antecedente más remoto llega a los pueblos del paleolítico, que subsistieron refugiados en las marismas al Norte de Escocia. Los celtas trataron infructuosamente de conquistarlos, pues, aunque poseían armas de hierro, desconocían aquellos peligrosos terrenos y sus habitantes eran protegidos por una deidad muy poderosa, Cernunnus, un dios cornudo y caprino. Cuando los romanos los conquistaron, difundieron exitosamente esa deidad, a veces convertido en Baco/Dionisio.
- El pecado existe. Es una realidad distinta de sus deformaciones que hemos visto. El humano es el animal más peligroso de todos, pues a diferencia de los carnívoros, que matan por su naturaleza, para comer, aquel, mata por odio o ambición. Tendemos al mal, como consecuencia del desorden original, y con ello nos colocamos de parte del “Anti-cristo” y su proyecto de Muerte, oponiéndonos al proyecto de vida, el “Reino de Dios”.
- El pecado daña; perjudica a otros hombres o mujeres, a la naturaleza y a nosotros mismos; deforma tendencias sanas y los bienes dados por Dios (fuerza libidinal, drogas, bienes de consumo…), cuya posesión se necesita educar y saber utilizar sin que dañen.
- Existen pecados personales y sociales. Hemos de distinguir a quienes daña la acción pecaminosa, si sólo nos dañen a cada persona, si daña a los demás y en especial, al “bien público” como son los “pecados sociales”: ese tinglado de relaciones, que combinan pequeñas ambiciones, indiferencias, antipatías, egoísmos… y se convierten en las “estructuras de pecado”, de las que cada uno de nosotros somos a la vez víctimas y victimarios.
- Ante el pecado: arrepentimiento y perdón. El pecado cometido no es algo irreparable, que nos persiga hasta la muerte. Existe una forma de acabar con él y con algunas de sus consecuencias; el perdón. Jesús conoció la condición humana, pues participó plenamente de ella: en todo, menos en el pecado (pues más que “humano” es “anti-humano”). Comprendiendo nuestra debilidad, insistió mucho en la confianza que podemos tener en nuestro Padre-Abbá, bueno, compasivo y misericordioso, siempre dispuesto a perdonar. Lo único que nos pide es el arrepentimiento, y como signo de nuestro arrepentimiento es que a imitación suya, sepamos nosotros perdonar a quienes nos ofenden, pues de la misma manera como nosotros perdonamos, será el perdón que Dios nos conceda (“con la misma medida que midamos seremos medidos”).
- Actitudes
en el perpetrador. Jesús
dice: “Si tu hermano peca, corrígelo, y
si se arrepiente, perdónalo” (Lc 17,3). Es decir, el perdón –especialmente por parte de la víctima hacia su
victimario, pero también vale para cualquier pecado- está condicionado al arrepentimiento de quien comete el
agravio. Ni Dios perdona a quien no está arrepentido, pues simplemente permanece
fuera del espacio de la misericordia mientras no haga su parte que le
corresponde. Sin embargo, el
arrepentimiento, a su vez, queda condicionado a la corrección. Hay ciertas actitudes de quien corrige que debe tener
su acción correctora:
- Que se haga con amor- Las actitudes vindicativas o de recriminación, únicamente dan cabida a autojustificaciones y a bloqueos. En vez de restregarle la corrección al rostro de quien peca, hay que mirarlo con amor.
- Justificar al menos la intensión, cuando no se pueda justificar la conducta en sí misma- Como Jesús en la cruz, ante sus verdugos: “Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”. Ciertamente las torturas y burlas nunca son justificables, y de algún modo esto debe siempre tenerse en cuenta; pero esa soldadera, alentada por las autoridades, no conocía quién era verdaderamente el supuesto reo, y menos que era el Hijo de Dios. Se puede –y a veces, se debe- hacer juicios críticos sobre conductas, pues de otro modo es difícil elaborar principios éticos propios; pero con tal de que dicha crítica verse sólo sobre las acciones conductuales, pues las motivaciones no las conocemos, y por eso se las dejamos a Dios
- Humildad- La corrección no se hace desde las alturas prepotentes de quien se siente superior. Requiere también de parte de quien corrija, el autoexamen; el reconocer la parte de culpa que toca al agraviado mismo, pues de lo contrario, se corre el riesgo de “mirar la paja en el ojo ajeno y no ver la viga que se lleva en el propio”. Junto con esto, hay que saber hacerlo con mansedumbre y dulzura, sin altisonancias
- Oportunidad y prudencia- Buscando el momento oportuno. Por lo general, no cuando quien ofende se encuentra furioso, para no dar pie a actitudes defensivas.
- Con firmeza y valentía.- la corrección pide ser realizada con tres órganos: mente, corazón e hígado. Combinar el afecto y la firmeza y con claridad de lenguaje para no dejar malentendidos.
- Condiciones
para un “perdón y olvido” del
agravio. En los reclamos en
los que la colectividad como tal haya resultado agraviada, sería de utilidad
recordar las condiciones que la Iglesia exige al pecador individual para una
buena confesión:
- Examen de conciencia. Antes de acercarse al Sacramento de la Reconciliación, la Iglesia pide que el penitente analice objetivamente la situación: la falta, las condiciones agraviantes o mitigantes, el grado de conciencia o de vigilia, as presiones sociales, la ignorancia, las consecuencias, etc.
De igual manera, para los agravios sociales a la comunidad, para obtener un perdón comunitario se requiere que se conozca realmente lo que pasó: todos los responsables, sus autores intelectuales, las presiones, las deformaciones de información, etc. Por eso suelen pedirse “Comisiones de la Verdad” que reconstruyan el hecho lo mejor posible, ya que ahora, cuando se habla de “posverdad” y hay medios de comunicación que mal informando, ocultan o desinforman; cuando hay “chivos expiatorios” o indolencia en investigar, la sociedad tiene derecho a conocer lo que realmente pasó y todos los implicados.
- Arrepentimiento (dolor de los pecados).– El confesor debe darse cuenta si el
penitente se haya realmente arrepentido. Sería deseable que hubiera verdadera contrición, es decir, dolor honesto por
haber ofendido a Dios, por oponerse al proyecto del Padre y por haberle hecho el
juego a las fuerzas del Mal. Pero por lo menos se pide atrición, o sea, deseo de no haber realizado la acción, no tanto
por arrepentimiento real, sino por las consecuencias que se deriven, especialmente,
el miedo a la condenación eterna. En el caso social, los perpetradores sienten
arrepentimiento por las consecuencias que se sigan: si se investiga y se conoce
la culpa, puede recibir una condena social o en el caso de un delito, un
castigo penal. También para los pecados sociales hace falta algún signo de
arrepentimiento real
- Propósito de la enmienda. Mientras no exista este propósito no se puede hablar de arrepentimiento. Debe haber disposición para “evitar las ocasiones próximas de pecado” (v.gr., ponerse en situaciones peligrosas que faciliten la recurrencia). Se pide, por tanto, romper con ciertas relaciones o situaciones que resulten tentadoras. En lo social, se pedirá que las autoridades implementen ciertos “candados” normativos que garanticen que tales conductas no habrán de repetirse -como, por ejemplo, prohibirle al transgresor visitar a quien fue su víctima-. En lo social también se pueden pedir estas medidas de garantía
- Confesar la falta. Para las faltas mayores, la Iglesia pide la confesión oral hacia la Comunidad. Al inicio se hacía delante de toda ella; ahora, cuando se perdió la viveza comunitaria, se reduce a confesarla humildemente con su “representante” (el sacerdote, antes que ser “representante de Dios”, es “representante de la Comunidad”). En las faltas sociales, el perpetrador, para obtener “perdón y olvido” debe reconocer su responsabilidad o la parte del agravio que le haya tocado, y expresar su arrepentimiento.
- Cumplir la penitencia. Antiguamente, las penitencias puestas por los confesores eran muy pesadas. Podían ser meses de renuncias o abstenciones. Aunque es verdad que en esos tiempos primitivos los pecados que eran materia de confesión oral eran muy pocos (la apostasía, el homicidio y algún otro). Ahora ya se perdió ese sentido de expiación y suele quedar reducido a alguna oracioncilla. Socialmente, cumplir la penitencia es más grave, y necesario para evitar la nefasta impunidad. Se trata de no eludir la pena jurídica que haya merecido su acción, que incluso significa la cárcel, y renunciar a trapisondas o sobornos para abreviar o mitigar la condena.
- Reparar el daño. No puede haber perdón si no se hace lo posible por reparar el daño: si hubo robo o fraude, hay que restituir lo robado. Para cuidar el sigilo sacramental, en la confesión individual esto puede realizarse sin necesidad de exhibirse, de manera oculta (v.gr., si hubo robo en una tienda, volviéndose cliente asiduo de la misma). Más difícil es la restitución de la honra, cuando hubo, por ejemplo, calumnia o maledicencia. En los pecados sociales, toca al Estado la indemnización de las víctimas o sus familiares. A veces, a nombre de las víctimas –en especial cuando éstas hayan sido “criminalizadas” o vituperadas, al Gobierno toca construir algún monumento simbólico para reconocer la afrenta social (como es el caso del monumento a los feminicidios de Ciudad Juárez, el “anti-monumento” con motivo a los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, o la corrección de libros de texto (aun no lograda del todo) para narrar la matanza del 2 de octubre de 1968.
- Recibir la absolución. Es la declaración alegre, misericordiosa y esperanzadora de un Dios que perdona y olvida, cuando hubo arrepentimiento. En lo social, una vez realizado esto, sí es posible hablar de “Perdón y Olvido”, pues entonces, si ya se realizaron todas las condiciones mencionadas, insistir en el “2 de octubre no se olvida” sería simple venganza, pues es ya la historia quien juzgó y condenó.
“Creo en la resurrección de la carne y la vida perdurable”
Pensada con categorías espacio-temporales, la “postmortem” se podría imaginar como un “stand-by” atemporal; pero contemplado lo escatológico desde la eternidad, el sueño durará apenas un segundo, justo lo que necesita el “alma” para separarse del cuerpo (para los indígenas de Oaxaca, esa separación se da después del novenario). Si nos salimos del marco dicotómico griego (materia y forma, cuerpo/alma) y volvemos a la unicidad hebrea, después de la muerte estaremos en Dios, en contemplación activa y plena. Hablar de “resurrección de la carne” supone la materia, y esta supone el espacio y el tiempo. Pero si ya estamos en el ámbito de la eternidad… ¿cómo será? ¿Cuáles funciones somáticas permanecerán? Si ya no necesitaremos comer, no necesitaremos el aparato digestivo, y si no respiraremos, obteniendo oxígeno, sobraría el aparato pulmonar; otro tanto. si ya no necesitamos reproducirnos, ni copular, sucedería con el sistema reproductorio… Quizás la única materia indispensable sea el cerebro (suponiendo una comunicación telepática); pero ese órgano requerirá de un soporte material: ¿Por qué no, al resucitar, Dios no nos podría colocar a cada uno en un planeta diferente (como Santo Tomás pensaba que los ángeles pilotearían cada cual su Planeta)? Así se justificaría tanto derroche del universo (seguramente sobrarán planetas, previendo todos los años de historia que aún faltan para acabalar la totalidad de los sapiens). Yo imagino como una apertura total hacia un Dios infinito, con amplificaciones por la eternidad ilimitada. Es Dios mismo que penetra y fecunda nuestra pequeñez de creatura. Sin embargo, dice un adagio escolástico: “Quid quid recipitur, ad modum recipientis recipitur” (“todo lo que es receptible, es recibido según el tamaño del receptor): Supongamos que cae un tormentón en alguna población que antes hubo sufrido de sequía: la gente saca al patio todos sus recipientes (un vaso, una cubeta, una olla, un tambo, un tinaco). Todos quedan igualmente llenos; pero la cantidad de agua recogida varía según el tamaño del recipiente. Así también. Dios es el destino de toda creatura, y todos seremos llenos de Dios hasta el tope; pero según haya sido nuestro trabajo de crecimiento espiritual, de configuración con Cristo y de seguir las mociones del Espíritu para trabajar por el Reino de Dios, así será la dicha eterna. Unos reciben más que otros; pero como ya no habrá lugar para la envidia o las comparaciones, todos quedamos plenamente satisfechos.
AMÉN