A-11 PARA HACER PLAUSIBLE LA MISIÓN

Mt 9, 36- 10, 8

  • Una vez concluido el Ciclo de Pascua, esta semana retomamos el llamado “tiempo ordinario” que interrumpimos el miércoles de ceniza. Por cierto, este “tiempo” no tiene nada de “ordinario”: es ni más ni menos la misión que Jesús vino a cumplir, así como las tareas que a nosotros nos corresponden en su seguimiento.
  • Como veíamos, se trató de una campaña bien planeada en toda forma. Para la cual, lo primero es allegarse un pequeño grupo cerrado de colaboradores. El Evangelio nos da sus nombres: todos ellos personas excelentes, elegidos entre los mejores (había pasado toda la noche orando para seleccionarlos). A ellos les debemos la transmisión de la fe que nos llegó hasta nosotros. Jesús cuidó especialmente de su formación y los capacitó muy bien, al punto de lograr en ellos una identificación plena con su proyecto.
  • Por otra parte, Jesús se da cuenta que existe ya un buen clima apropiado para recibir su mensaje –“La cosecha es mucha”—. Ha diseñado un itinerario para irse desplazando por los diferentes poblados; pero solo no se dará abasto y requerirá de trabajadores –“los trabajadores son pocos. Rueguen por tanto al dueño de la mies que envíe trabadores a sus campos”-. Para que su misión de más fruto requiere que le vayan preparando el camino. Será una tarea delicada; pero confía que sus apóstoles han adquirido ya capacitación suficiente y que le harán una buena labor.
  • La estrategia que había sido diseñada por el Padre fue haber elegido un pueblo, entre todos los de la Tierra, formándolo desde sus orígenes y tutelándolo con su Revelación, para que dicho pueblo fuese su instrumento de salvación para todas las naciones. Lamentablemente el pueblo había dejado que la Alianza se degradara y había caído en un mero formalismo, creyéndose con derecho a la salvación exclusiva. Había perdido la cohesión, y ahora la impresión que le daba a Jesús era la de “multitudes extenuadas y desamparadas”, disgregadas y desintegradas “como ovejas sin pastor”. Por lo tanto, era preciso congregarlas de nuevo y recuperar en ellas la mística y la pasión inicial para que Israel fuese “Luz de las Naciones”. Por lo tanto, conforme al plan original, les encarga a sus misioneros que “no vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien a las ovejas perdidas de la Casa de Israel”. Solamente cuando más tarde, el Viernes Santo, explícitamente Israel rechazó la Alianza –“Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”– les encargará, el Día de la Ascensión, “ir por todo el mundo y anunciar el Evangelio a toda creatura”
  • Los envía, pues, para que proclamen que “ya se acerca el Reino de los Cielos”. Este será la gran noticia y por tanto, habrá que hacerlo con pasión y con todo entusiasmo (pero sin fanatismos), aprovechando cualquier ocasión -“yendo en el camino”-, como el sembrador que desparrama el buen grado incluso a la vera del camino.
  • El mensaje resulta atractivo; pero para ser aceptado tendría que ir acompañado de signos que testimonien verdadera plausibilidad. Para esto Jesús dotó a sus misioneros de dos poderes (capacidades): “expulsar los demonios impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias”. Con esto sí que se trataría de una verdadera “buena noticia”.
  • Al enviar Jesús a los primeros misioneros, de alguna manera también a nosotros nos correspondería. No tenemos los poderes originales; pero hay situaciones semejantes que requieren ser atendidas. Cada sociedad y cada época tiene sus enfermedades y sus demonios. La credibilidad del mensaje está exigiendo de la Iglesia signos semejantes de consuelo a los receptores del mensaje. ¿Qué enfermedades padece la sociedad mexicana? ¿podríamos decir que una cultura de corrupción (no la clásica “mordida” para que se nos transmite lo que nos corresponde, pues en realidad esto es un atraco)? Estamos enfermos de indiferencia hacia las víctimas, de intolerancia para con los discriminados, de soledad entre las redes sociales, de consumismo, del hedonismo que rehúsa cualquier esfuerzo… Pero también estamos enfermando al Planeta. ¿Y cuáles serían los demonios que nos agobian? ¿La violencia, la impunidad, la ambición desmedida que se apodera de toda la riqueza mundial? Buena tarea tenemos los evangelizadores.

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