A-21 HETEROIMÁGENES

Mt 16, 13-20

  • Conocerse a sí mismo es punto de partida de la sabiduría y cuestión de vital importancia. Contra lo que parece, no es, empero, tarea fácil. Si así fuera no habría pasado a la historia el aforismo inscrito en el pronaos del templo de Apolo en Delfos: “γνῶθι σεαυτόν” (“conócete a ti mismo”), que también fue uno de los adagios del gran sabio Sócrates. Aunque todos tenemos una imagen de nosotros mismos (autoimagen), mientras hay tienen una imagen sobrevaluada de ellos mismos (“se creen mucho”), la autoimagen de otros, en cambio, está demasiado desvalorizada (“los acomplejados”). Para conocernos corporalmente a nosotros mismos nos valemos de un espejo, y para conocernos sicológicamente nuestro espejo son los demás: “¿quién dice la gente que soy yo?”, esto es, necesitamos conocer nuestra “heteroimagen”.
  • Cuando Jesús, en Cesarea de Felipe, preguntó a sus discípulos acerca de las imágenes que circulaban entre la gente sobre su persona, además de la normal curiosidad, como todos, por cómo lo veía la gente, perseguía explícitamente dos objetivos: El primero era sondear entre ellos -ya que la gente solía hablarles a ellos con más confianza- si ya se le estaba descubriendo como Mesías. Esto, por supuesto, no era fácil, dada la imagen mesiánica tan difundida desde el Templo, que vinculaba al Mesías a la gloria temporal de la monarquía davídica. Por eso les pregunta “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Lamentablemente la gente no se daba cuenta todavía que el mesianismo de Jesús iba en continuidad con la línea profética del “Siervo de Yahvé”, compasivo y solidario con los empobrecidos, los vulnerables y los abyectos, y más bien se inclinaba o por el maravillosismo milagrero o por la reducción a “lo-ya-conocido”: tal vez fuera Juan Bautista que habría resucitado; tal vez Elías, subido a un carro de fuego, cuya venida se aguardaba; tal vez Jeremías o algún profeta, de quien se rumoraba que volvería como signo premonitorio del fin del mundo… en fin, pesaba la mitología más que el conocimiento de la Palabra de Dios.
  • Pero “la gente” es una abstracción. Para mis enemigos, soy de lo peor; para mis aduladores lambiscones, soy lo máximo. O como se dice por ahí: “si quieres conocer tus defectos, cásate; si quieres conocer tus cualidades, muérete (‘tan bueno que era’)”. Por eso es una bendición tener un amigo que nos diga, sin adulaciones ni rebajamientos, con toda honestidad y buen juicio, la imagen que proyectamos. Quien tiene un amigo tal, ha encontrado un gran tesoro. De ahí que a Jesús le interesara de manera especial lo que sus íntimos, los apóstoles, pensaban de Él: “y ustedes; ¿quién dicen que soy yo?”
  • Pero además, Jesús se proponía un segundo objetivo, prácticamente presentado como un test: Ya que era previsible que lo iban a eliminar más temprano que tarde, y estaba sondeando quién sería el más capacitado, entre los Doce, para sucederle en la función de convocar y guiar al grupo. Habría de ser, por supuesto, alguien dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo y con conocimiento de los profetas y capacidad de discernimiento para descubrir en cada situación la voluntad del Padre. El test implícito consistía en verificar quién de ellos sería el primero en descubrir qué Él era el Mesías. Lograrlo demostraría discernimiento y fidelidad. Por eso les formuló una segunda pregunta: “Y para ustedes ¿quién soy yo?”. Y fue Simón quien le respondió “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús lo felicitó: ese descubrimiento no era producto del mero saber humano (“la carne y la sangre”), pues ese tipo de mesianismo contracultural iba a contrapelo a los criterios mundanos del poder, del prestigio, del reconocimiento placentero. Por lo tanto, tenía que venir del Padre celestial. En compensación, Jesús le dio a Simón su heteroimagen: ¿qué imagen de su persona le proyectaba Simónn a Jersús? Yesa imagen era la de una roca, una piedra, de ahí su nuevo nombre: “te vas a llamar Piedro” (Pedro). Y además, Jesús le nombra su sucesor: confiarle las llaves del Reino, así como Dios le confió a Eliacín la mayordomía y la llave del palacio de David: “lo que él abra nadie lo cerrará, y lo que él cierre nadie lo abrirá”. También Pedro, “lo que abras en la Tierra quedará abierto en el Cielo, y lo que cierres en la Tierra, quedará cerrado en el Cielo”
  • También a los cristianos nos toca revisar nuestras imágenes que tenemos de Jesús, pues tendemos a fabricarnos un mesías a nuestro gusto, un salvador “de bolsillo”, bien educadito, que no nos exija, y que sea objeto de dulces coloquios y arrobamientos. Hemos de conocernos mejor en nuestra calidad de seguidores de Jesús, y para ello, no viene mal preguntar a otros, amigos y compañeros de camino, cómo ven nuestro compromiso y si Dios nos estará pidiendo algo más. Quizás como Iglesia nos convenga conocer “quién dice la gente que somos nosotros”, pues frecuentemente vivimos en la autorreferencialidad. Quizás también haya momentos en que nos toque a nosotros la labor caritativa de mencionar a otros cómo “los vemos” o “como los ve la gente”, sea para levantar su autoestima, sea para corregirlos.

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