B-Cuaresma II: ¿OPIO O LEVADURA?

Mc 9, 2-10

  • En el desierto Jesús superó la tentación del demonio; sin embargo, aunque se superen las tentaciones, estas no desaparecen, sino que se esconden, agazapadas por ahí,, por los rincones del subconciente, prontas a salir en cualquier momento, cuando bajemos la guardia. Por eso Jesús nos recomienda orar continuamente al Padre para que “no nos deje caer en tentación”. Es justamente esto lo que en este episodio Jesús se dispone a hacer: subir a un monte a orar. Pero además de esto, tiene otro objetivo secundario: está preocupado de que cuando Él ya no se encuentre presente en la Tierra, todo su movimiento decaiga y se olvide. Es necesario preparar al menos a las personas que mejor lo hayan comprendido. Es por eso que llama a sus tres apóstoles más cercanos, Pedro, Santiago y Juan, que lo acompañen a orar. Se aparta unos pasos y entra en oración profunda. Los apóstoles, después de un rato, quizás aburridos, dormitan…. Pero de pronto, cuando voltean a verlo, lo descubren “transfigurado”
  • El género literario de los evangelios recurre mucho al simbolismo. Se requiere cierto conocimiento del Antiguo Testamento para comprender lo que los evangelistas nos quieren decir. Su vestidura inmaculadamente blanca evoca la visión de Daniel; la nube evoca el Éxodo; el rostro resplandeciente evoca al de Moisés; la voz del Cielo —“Este es mi Hijo amado. ¡Escúchenlo!…”– evoca numerosas teofanías y en especial su bautismo… Detrás de estos símbolos, cualquier israelita de aquel tiempo leía que Jesús, transfigurado, dejó traslucir su divinidad. La presencia de Moisés (a él se le atribuía la redacción del Pentateuco, la Ley) y Elías (Los Profetas, de los cuales fue el mayor), significaban las dos partes de la Biblia de entonces. Puede colegirse el tipo de oración: la confrontación con las Escrituras, y consiguientemente, cómo debe ser cualquier oración cristiana. Aquellos personajes hablan con Jesús sobre los hechos que prevén puedan suceder: el rechazo de las autoridades religiosas y su condena a muerte.
  • Lucas y Mateo añaden otro elemento más: los tres apóstoles quedan arrobados por la visión; sienten que una gran paz y tranquilidad los embarga en su interior, y entonces Pedro, a nombre del grupo expresó: “qué a gusto sería quedarnos aquí”, y propuso armar tres carpas o chozas, una para cada uno de las tres personajes de la visión (conste que no pedían una cuarta para ellos, pues estaban dispuestos a quedarse a la intemperie). En efecto, hay en las espiritualidades cierta contemplación que se queda en el goce personal y que enajena del compromiso con el mundo. Es esa religiosidad que Marx llamara “opio del pueblo”, pues nos consuela de los sufrimientos; pero nos aleja de cualquier compromiso por remediar los problemas.
  • De inmediato la visión desapareció. No, Pedro, no se trata de eso. Si Jesús los invitó a subir al monte para una teofanía, ésta sólo fue para que en los momentos críticos no dudaran de que Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías. No para quedarse arriba en una estéril y placentera contemplación. Hay que bajar del monte, allá, donde están los ubicuos fariseos, Herodes, Pilatos, Anás y Caifás. Es allá dónde se tiene que realizar la misión de Jesús, y no separada y alejada de esos ambientes tan injustos y dolorosos. Es necesario, sí, subir al monte de la contemplación; pero sólo para cargar batería para nuestra lucha y luego bajarnos del monte para actuar con mayor entusiasmo y entrega.

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