A-49 TRINIDAD: UNIDAD Y COMUNALIDAD

No es sencillo formarse una idea acerca de Dios, y mucho menos, una imagen suya. Pero curiosamente, nuestra actitud ante la vida depende mucho de la imagen que tengamos de Dios. Incluso un ateo tiene su propia imagen del Dios y esa imagen es justamente la que niega. Un principio de la teodicea es atribuir a Dios las cualidades más excelsas que percibimos en las creaturas; pero en grado superlativo –cualquier creatura no puede menos de llevar impresa la firma de su Creador–. Ahora bien, ¿para caracterizar a Dios, ¿qué es más perfecto, la unidad o la diversidad? ¿la autonomía o la interacción? Para responder a esto necesitamos revisar la escala de los seres:

La autonomía.- Los seres del reino mineral nos parecen compactos, sólidos, autónomos. Las plantas poseen una unidad más compleja, ya que son organismos, por lo que su unidad implica diversas funciones complementarias (pueden repararse ellas mismas). En el reino animal, la conciencia les da otro tipo de unidad más perfecta, así como su capacidad de desplazarse, para huir o defenderse; en el proceso evolutivo, las especies más desarrolladas posibilitan mayor autonomía de sus miembros. La independencia humana mejora con su capacidad de decidir en libertad y la conciencia de la propia individualidad. Incluso, vemos que, en el proceso de desarrollo, consideramos más maduros a quienes tienen más capacidad de autonomía, a quienes son menos dependientes. Por tanto, pareciera que la perfección guarda relación directa con la unicidad y la autonomía.

La interacción.- Sin embargo, podemos volver a revisar la escala de los seres desde la interdependencia: en el reino mineral vemos que cada ente en realidad está constituido por un campo energético de moléculas y partículas que se hallan interactuando en atracción o repulsión. La planta depende de otros seres externos –el sol, la lluvia, los minerales de la tierra, los insectos que la polinizan- e incluso, otras plantas (hay plantas celosas que no permiten que haya otras bajo su sombra, y plantas parásitas que requieren de otras para ser). Hay especies animales solidarias y especies solitarias. En algunos insectos, hormigueros o colmenas constituyen formas sorprendentes de organización. Rebaños, manadas, bandadas, parvadas, cardumen, etc. son otras tantas formas de agrupación en las que los animales de la misma especie se ayudan. En el ser humano la sociabilidad deriva en complejísimas formas de sociedades. En la sicología evolutiva, la madurez va en relación con la capacidad de comunicación e interacción comunitarias.

Por lo tanto, no resulta tan sencillo constatar cómo el atributo más perfecto para Dios sea su peculiar forma de combinar lo unitario y lo autónomo, por un lado, y lo comunitario y lo comunicacional, por el otro. Entre un monoteísmo radical y el politeísmo extremo, tenemos el Misterio de la Trinidad: un solo Dios; pero tripersonal.

Algunos teólogos han realizado bellísimas reflexiones, no tanto para “comprender” este Misterio (imposible para la inteligencia humana), sino, al menos, constatar su no repugnancia cognitiva.

Santo Tomás parte del proceso de conocimiento humano: no podemos conocer algo directamente, sino lo hacemos construyendo modelos de los seres a ser conocidos. De modo analógico, el Padre, al conocerse a sí mismo; crea también un concepto de Él mismo, concepto que se adecúa plenamente a la realidad representada (Él mismo), incluso comprende su existencia misma. Nosotros “concebimos” conceptos como una mujer “concibe” su hijo, de modo que el Concepto (Palabra) de Dios es su propio Hijo. Padre e Hijo, al reconocerse, se aman, y esa huella de amor es tan perfecta que cobra existencia propia: el Padre y su Palabra “espiran” al Espíritu Santo.

Pero no es este un espacio para continuar reflexiones abstractas que aburren y nos parecen inútiles. Sostengo que el dogma de la Santísima Trinidad resulta de gran utilidad para nuestra vida. La Creación seguramente llevará signos o huellas del Creador, pues de alguna manera lo manifiesta. Por tanto, podemos rastrear en la creación –y particularmente en la vida humana- vestigios trinitarios que nos indiquen procesos a implementar:

A nivel de desarrollo personal y pedagógico- plantearnos un modelo de personalidad que conjugue la propia independencia y autonomía con la capacidad de relación interpersonal (el Personalismo Social de Mounier): hay soledades fecundas y necesarias; pero hay también soledades que empobrecen y aíslan. Hay compañías que enriquecen y permiten desplegar el amor; pero hay compañías que empobrecen, nos desvían, hacen sufrir y enajenan.

A nivel familiar- La familia es una unidad; pero una unidad comunitaria: se tienen objetivos y metas comunes; pero al mismo tiempo se respetan y favorecen las metas y los objetivos de cada miembro. Equilibrar entre los objetivos familiares y los objetivos individuales es un ideal a construir, y cuando se va logrando, la familia es fuente de madurez y de alegría en el amor (“amoris laetitia”).

A nivel político- En los años de la “Guerra Fría”, la polarización entre dos grandes potencias era caracterizada como oposición de contrariedad: el llamado “Mundo Libre” propugnaría la Libertad individual (el libre comercio, la propiedad privada); aunque con mengua de la justicia. En cambio, el bloque socialista propugnaría la Justicia social, aunque con mengua de la libertad. Entre ambos extremos –según la filosofía política de Jacques Maritain- algunos proponían una “tercera vía”: Justicia con libertad, o Libertad con justicia (una democracia social o un socialismo democrático), aunque nunca se haya implementado realmente su proyecto. Globalización uniformista por el Gran Capital o encerrarse tras el muro del proteccionismo nacionalista

A nivel cultural- Frente al imperialismo cultural occidental (imponer a todo el mundo la cultura hegemónica –“american-way-of-life” o cultura “etno-euro-norteamericano” globalizada), por un lado, se constata cierto pluralismo cultural (transcultural), compuesto por regionalismos aislados, que difícilmente pueden sostenerse ante las comunicaciones actuales, por lo que se suele derivar en el “folklore” o en formar a un estilo de vida compuesto de retazos de pautas culturales diversas. Ante ello, algunos sueñan con una interculturalidad de respeto a diversos “ethos” propios; pero abiertos hacia otras formas y dejándose influir por ellas.

Así pues, nuestro Dios Uno y Trino nos impulsa al mismo tiempo hacia la autonomía y la comunicación, tan necesarios en nuestra sociedad actual. Configurémonos místicamente en esta dinámica tripersonal divina para asemejarnos a este Misterio.

Clase 10. MAGISTERIO LAICO («La carta de la tierra»)

Carta de la Tierra


La Carta de la Tierra (del inglés The Earth Charter) es una declaración internacional de principios y propuestas de corte progresista.
• Promovida en el entorno de las Naciones Unidas y de sus organizaciones, ha sido traducida a más de 30 lenguas desde su lanzamiento en el año 2000. Desde entonces la Carta ha ido ganando difusión y reconocimiento en todos los países.
• La declaración contiene un planteamiento global de los retos del planeta, así como propuestas de cambios y de objetivos compartidos que pueden ayudar a resolverlos.
• La Carta de la Tierra no pretende ser la única respuesta posible a los problemas actuales de la humanidad, y tampoco ser exhaustiva. No obstante, al tener un contenido consistente, trabajado, fruto de un diálogo internacional muy amplio, goza de aceptación generalizada.
• Se ha ido desarrollando a la vez un movimiento internacional que trabaja para poner en práctica sus principios. Esta red civil global es conocida como la Iniciativa de la Carta de la Tierra.
• 1982: La Carta Mundial de la Naturaleza.- Es probablemente la declaración ecológica internacional más consistente hasta el 2000, cuando se lanza definitivamente la Carta de la Tierra. El documento, claramente progresivo para su tiempo, fue aprobado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1982.
• 1987: Informe Brundtland.- La Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo de Naciones Unidas (Comisión Brundtland), en su informe de 1987 Nuestro Futuro Común, conocido como Informe Brundtland, hace un llamamiento a la creación de una carta que contenga los principios fundamentales para una vida sostenible.
1990-1992: Cumbre de la Tierra en Río.- Siguiendo la recomendación del Informe Brundtland, se redactan diversos borradores de carta de la Tierra, dentro de la actividad de preparación de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo (Cumbre de la Tierra), en Río de Janeiro en 1992. En ellos se intentan establecer las bases éticas sobre las cuales se fundarían la aprobación de ese texto no es posible en la Cumbre de Río. De esta forma, la Agenda 21 (el documento más importante de aquella Cumbre) acentúa su carácter técnico, al quedar privado de fundamentación y de una visión de mayor alcance. En lugar de la carta, se decide redactar y aprobar lo que llega a ser la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo.
Sin embargo, durante el Foro Global de las ONG, desarrollado paralelamente a la Cumbre y con estatus consultivo en ella, las ONG de 19 países redactan una carta de la Tierra basada en el trabajo hecho durante el proceso preparatorio. Éste es el primer arranque real de lo que más adelante sería la Carta de la Tierra.6
• 1993-1994- Los organizadores de la Cumbre de Río, especialmente Maurice Strong, secretario general de la Cumbre y presidente del Consejo de la Tierra, y Mijaíl Gorbachov, presidente de Green Cross International, deciden en 1994 retomar la elaboración de una Carta de la Tierra, con el apoyo de Ruud Lubbers, primer ministro del gobierno de los Países Bajos. Lo hacen de una forma nueva, como una iniciativa de la sociedad civil, más que de organismos internacionales.
Se trata de promover un diálogo mundial para formular una Carta de la Tierra que nazca desde abajo hacia arriba.
Tras esta nueva orientación está la preocupación -compartida por representantes de gobiernos, empresas y sociedad civil – porque el debate respecto al desarrollo sostenible era demasiado limitado en su perspectiva:
Sigue siendo por ello clave el apoyo por parte de la sociedad civil, los pueblos del mundo.
• 1995-1999.- Se forma en 1997 la Comisión de la Carta de la Tierra, compuesta por 23 personalidades de varios continentes, para organizar un proceso mundial de consultas a través del que se dio forma al texto.
Participan, entre otros, además de Lubbers, Gorbachov (premio Nobel de la Paz 1990), y Strong, Amadou Toumani Touré (actual presidente de Malí), Mohamed Sahnoun (Argelia), Federico Mayor Zaragoza (España), Mercedes Sosa (Argentina), Leonardo Boff (Brasil), Erna Witoelar (Indonesia), Wangari Maathai (premio Nobel de la Paz 2004, Kenia), A.T. Ariyaratne (Ceilán), Wakako Hironaka (Japón).
Durante estos cinco años, a través de una secretaría de apoyo ubicada en San José (Costa Rica), se impulsan consultas y discusiones que involucran a 46 países y miles de personas, en uno de los procesos más abiertos y participativos que se hayan dado en relación con un documento internacional. Participan cientos de ONG’s, comunidades, colectivos, asociaciones profesionales y expertos internacionales.
• 2000.- La versión final de la Carta se aprueba por la Comisión en la reunión celebrada en la sede de la Unesco en París en marzo de 2000. El lanzamiento oficial de la Carta de la Tierra tiene lugar en el Palacio de la Paz en La Haya el 29 de junio de 2000, en un acto presidido por la reina Beatriz de Holanda.

Revisa la carta completa en https://cartadelatierra.org/

B-Pascua I LA RESURRECCIÓN

  • La presentación que los evangelistas hicieron de la Resurrección de Jesús sigue el esquema judicial. Las circunstancias habían colocado al pueblo ante un difícil discernimiento. Jesús les había planteado una propuesta religiosa basada en el “Sistema del Amor” a partir de los más vulnerables; pero aunque decía que no había venía a destruir la Ley antigua, sino “a darle su plenitud”, en la práctica resultaba un rompimiento respecto a aquella interpretación legalista y acartonada de los fariseos, con ese ritualismo y abusos del “Sistema del Sacrificio” (transferir las impurezas del oferente a su “chivo expiatorio”, le alienándolo de cualquier responsabilidad ética). Por la contraparte estaban las legítimas autoridades religiosas que gozaban del respaldo de la ley y de la tradición y que rechazaban a Jesús: no podía venir de Dios ya que no observaba el sábado -el respetable “Día del Señor”-, no cuidaba de “mancharse” tocando a leprosos, sus discípulos comían sin las lustraciones (lavarse las  manos antes de los alimentos), comía con publicanos y se rodeaba de pecadores, y esto, sin mencionar frases provocativas, como cuando llamaba a Dios “padre” suyo y que incluso pretendía identificarse con Él (“el Padre y yo somos la misma cosa”). Los indudables milagros que hacía –y que podrían probar la aprobación divina- también podrían provenir de un pacto diabólico y que los realizara “por el poder de Belzebú, príncipe de los demonios”.
  • Ambas propuestas religiosas se habían enfrentado como antagónicas e irreversibles y una de ellas tendría que caer. La gente estaba confundida. El único que podría resolver el dilema era Dios mismo; pero Él no le permitió a Jesús utilizar el poder divino en su propio beneficio. Lo que se le pedía era su fidelidad a su humanidad, incluso hasta la muerte. Si como decían las autoridades religiosas Jesús era un blasfemo, merecía la muerte por lapidación; pero los romanos se habían abrogado la pena capital, y no entendían ellos de cuestiones religiosas judías, de modo que la única forma de que los romanos mataran a Jesús había sido fabricarle un delito: la sedición, que merecía la crucifixión. Pero incluso en el último momento, la agonía en la cruz, Dios calló y Jesús experimentó el abandono de su Padre. Todo parecía que Jesús habría fracasado y que Dios estaba de parte de las legítimas autoridades religiosas. Pero una vez que Jesús murió y fue sepultado, finalmente, Dios se pronunció por Él, resucitándolo de entre los muertos. El libro de los Hechos de los Apóstoles repite varias veces el mismo esquema a propósito de la Resurrección: “a ese Jesús, a quien ustedes dieron muerte entregándolo a los paganos, a ese, ¡Dios lo resucitó!” Dios no estaba de parte de las autoridades religiosas, sino del ajusticiado, del rechazado.

·         Ciertamente el pronunciamiento de Dios fue muy discreto; apenas lo necesario; pero suficiente (fenómenos meteorológicos -el terremoto, el oscurecimiento del sol- podrían aparecer azarosos). Siendo la resurrección un hecho histórico, su veracidad dependerá de testigos, con las cualidades requeridas: ser sujetos de crédito, tener conciencia y que les constara personalmente. Las mujeres que fueron al sepulcro a ungir el cuerpo con perfumes, únicamente vieron removida la losa de entrada y asomándose, sólo vieron los lienzos. Los testigos que confirman la resurrección fueron, ciertamente, allegados suyos; pero no parecían predispuestos a creer cualquier alucinación (por eso Jesús pide que lo toquen, que le den de comer). Tan no estaban predispuestos que a pesar de estar tan familiarizados con su persona, lo confundían y sólo lo reconocen mediante algún signo: las llagas, las espinas del pescado, la palabra “María” pronunciada con ese tono tan peculiar, la pesca milagrosa, la fracción del pan, etc. ¿Será que el cuerpo resucitado sufre algunas transformaciones (atraviesa puertas cerradas, viaje rápidamente a Galilea, etc.)? ¿O será que más bien estaban inclinados a no aceptar la resurrección (lo habían visto: ¡tan bien muerto!)?

·         También es cierto que hubo testigos de la versión contraria: los soldados que guardaban el sepulcro afirmaron que mientras dormían, los apóstoles habían hurtado el cuerpo del sentenciado para hacer creer en la resurrección. Pero su versión era claramente un falso testimonio, ya que si estaban durmiendo, no pudieron saber si realmente algunos discípulos robaron el cadáver; máxime, como se supo posteriormente, que los Sumos Sacerdotes les habían dado monedas para sobornarlos.

·         De todos modos, aceptar la resurrección de Jesús no es fácil. Menos después de dos milenios de aquel suceso. Si aquel hecho sólo pudo ser creíble por el testimonio de alguien a quien le consta, ¿cómo pueden nuestros contemporáneos creer en este hecho, tan fundamental para nuestra fe? ¿Quién podría testimoniarlo? Sólo los auténticos creyentes. ¿De qué manera podemos ser creíbles de esta fe? Sólo mediante actitudes testimoniantes:

o   Vivir alegres.- Si la muerte subyace en cualquier tristeza profunda (enfermedades, separaciones, fracasos), la actitud de alguien que cree que la muerte puede superarse es la alegría. “La alegría –dijo Chesterton- es el gigantesco secreto de los cristianos”, pues como decía Santa Teresa, “un santo triste es… un triste santo”.

o   La valentía.- El miedo más hondo se produce ante el riesgo de morir; es el pavor ante nuestra desaparición. Pero quien cree realmente que la muerte no es definitiva; que hay vida más allá de la tumba, puede enfrentarse a los riesgos con valentía. Un cristiano cobarde no merece ser tomado en serio por nadie.

o   La esperanza.- Para actuar necesitamos de ideales que proyecten hacia el futuro nuestra vida. Pero la muerte frustra todos nuestros anhelos y proyectos, y esta llega fatalmente, tarde o temprano, de modo que la frustración parece inevitable. Pero al creer que hay vida más allá, se genera la esperanza, virtud que nos da seguridad y confianza de que nuestros anhelos más profundos –nuestra ansia de justicia, de paz, de libertad, de amor– habrán de tener cumplimiento.

o   El amor.- Por último, es una actitud que no se comprende plenamente sin un más allá: “El amor es más fuerte que la muerte”. El egoísmo siempre acecha e impide una entrega amorosa total, por lo que en toda entrega generosa siempre hay algo de muerte al “ego”. Podemos negarnos a nuestros intereses más fácilmente cuando tenemos fe en la resurrección. ·         Por eso la alegría de la Pascua no trata simplemente del “happy-end” de nuestro héroe, quien después de muchas desventuras logra triunfar. El Misterio pascual –la muerte y resurrección de Jesús- es también el misterio de nuestra propia muerte y de nuestra propia resurrección. La liturgia nos permite un doble salto mortal mistérico: primero, morir con la muerte de otra persona (¡¡¡), y segundo, con la muerte de aquella persona que vivió dos milenios atrás (!!!). Este proceso se inició el día de nuestro bautismo y se irá completando en el día-a-día, hasta que nos llegue el momento crucial de nuestra propia Pascua, “paso”) de nuestra muerte a la vida eterna.