B-Pascua II: ENTRE LA CREDULIDAD Y LA INCREDULIDAD

Jn 20, 19-31

  • La resurrección de Jesús es el fundamento de la fe cristiana. No se trata, empero, de un dogma abstracto que “haya que creer aunque no lo comprendamos”, sino, ante todo, de un hecho histórico; de algo que es verdad porque sucedió realmente. ¿Cómo nos consta esto? Pues como nos consta cualquier hecho histórico: por los testimonios orales o escritos. Por fortuna, contamos con ellos. Es verdad que hubo también testimonios que afirmaron lo contrario: los soldados, quienes aseguraron que el cadáver fue robado por los apóstoles. Pero según ellos mismos dijeron esto sucedió “mientras dormían”, por lo tanto, no les constó; su testimonio no es válido, y menos aun cuando uno de ellos confesó después haber sido sobornado por los sacerdotes del templo. En las cuestiones judiciales siempre suele haber algún tipo de fe, pues hay que creerle a testigos oculares, siempre y cuando posean condiciones que comprueben su credibilidad: honorabilidad, capacidad (un ciego, un mentiroso, un borracho, un demente… no son “dignos de crédito”), lugar adecuado, que hayan verificado y constatado, etc.
  • La fe es una virtud y como la mayoría de ellas, se ubican entre dos defectos opuestos (v.gr., la valentía está entre la cobardía y la temeridad). La fe se haya entre la credulidad y la incredulidad. Se dice de una persona que es “crédula” cuando está propensa a creer cualquier cosa sin verificar su aserto. En lo religioso, la credulidad se manifiesta en la tendencia a aceptar milagros o apariciones sin prueba alguna (una imagen de la virgen que se apareció en el piso del Metro o en el vidrio de una ventana; la creencia en rumores de posesiones diabólicas, las supersticiones o a algún otro fenómeno parasicológico). Hay muchos mexicanos crédulos, de quienes se suele decir que “tienen mucha fe”; pero que en realidad denotan propensión a lo mágico, y tienden a interpretar acontecimientos del azar como si se tratase de “milagros”.
  • Por el otro extremo está la incredulidad: aquellos que, prejuiciosamente, están bloqueados de antemano a cualquier actitud religiosa. En realidad, algunos de estos a lo que se oponen más bien es a la credulidad. Consideran cualquier manifestación religiosa como producto de manipulación o ignorancia. Supuestamente “racionales”, no caen en la cuenta que confunden la verdadera ciencia con el “cientificismo”, que también tiene sus “dogmas”; y que una auténtica fe cristiana no aliena del compromiso transformador por la justicia, ni es refugio de almas débiles.
  • Mientras la credulidad se cree todo de cualquiera, la incredulidad no cree nada de nadie. La fe auténtica, en cambio, se encuentra entre ambos extremos: Está abierta a lo divino; pero, para creer, exige ciertas condiciones de credibilidad, no para “probar” los asertos (pues ya no sería fe), sino de premisas racionales de que tales asertos -signos o testimonios- indiquen la posibilidad de la realidad connotada.
  • En cuanto al testimonio de los apóstoles, alguno podría pensar que se mostraron crédulos, ya que por su amor a su maestro estaban propensos a creer en la resurrección profetizada; pero más bien parecen haber estado más cerca de la incredulidad que de la credulidad: cuando ocho días después de la resurrección, encontrándose los apóstoles reunidos, quizás frustrados, decepcionados o confundidos, Jesús se les apareció. Ellos quedaron estupefactos, sin saber si esa aparición fuese una alucinación. Jesús, para probar su corporalidad, les pidió de comer y le sirvieron un pescado. Jesús lo comió y sólo dejó el puro esqueleto y las espinitas. ¡Los fantasmas no comen! Tomás, en aquella ocasión no estaba con ellos, y cuando le contaron lo de la aparición, dijo que no creería a no ser que metiera su dedo en las llagas y su mano en el costado. Las llagas y las espinas del pescado fueron signos que les llevó a la fe; pero habían estado más cerca de la incredulidad que de la credulidad.
  • Creer no es fácil en nuestro tiempo. Seguimos propensos, por un lado, a la credulidad, ahora con ropaje de seudociencia (los ovnis, la ouija, la astrología). Por otro lado, la mentalidad científica lleva a no aceptar más que lo que se pueda medir y pesar, a lo demostrable con los aparatos técnicos. Pero creer en alguien; tenerle fe a alguien es confiarse de él. En la fe cristiana es apostar vivir la vida desde la visión del Evangelio. Sólo se vive una vez, y según testimonios de quienes vivieron su vida cristianamente, se puede ser auténtico y feliz. En cambio, “quien no vive para servir, no sirve para vivir.” Expresemos nuestra fe en el Resucitado con una vida de alegría, de valentía, de esperanza y de amor.

Deja un comentario