Jn 15, 1-8
- La relación entre los cristianos y Jesús es una relación misteriosa y del todo desusual. Por supuesto está la relación entre maestro y discípulo -aprender sus enseñanzas-. Está la relación entre un líder y sus seguidores –apasionarnos por su ideal, inclusive al punto de entregar la vida por la misma causa por la que Él vivió y por la que Él murió, como una causa más importante que la vida personal. Está también la relación entre un dios y sus adoradores, de dependencia, reconocimiento de ese “Mysterium Tremendum”, de la grandeza de su Infinita Majestad y la pequeñez de la creatura. Esto es muy importante; pero la unión entre Jesús y los cristianos es algo más que todo esto; es algo que difícilmente podríamos comprender fuera del género parabólico, como el que San Juan empleó el domingo pasado en la figura del Pastor y sus ovejas.
- Pero como observamos a semana pasada, estas metáforas (el “pastor”, la “puerta”), si bien por un lado clarifican una realidad profunda y misteriosa, por otro lado, la dificultan, ya que cualquier comparación es limitada y ambigua, y para el tema que trataremos, resultan siempre se quedan muy cortas. Además, como vimos la semana pasada, hay que tener en cuenta la diferencia de contextos, tanto del lugar donde se produce la metáfora, como el de donde se recibe. En el día de hoy, dicha alegoría es la vid: mientras que Palestina es tierra de vino y la vid es considerada como una planta nacional (nutre de identidad cultural); en cambio, en gran parte de México, la vid es casi desconocida. Recuerdo en una ocasión en que predicaba esto en una comunidad rural, un anciano propuso tomar como significante para este tema al maguey, nuestra planta cultural. Obviamente, al cambiar el significante se afecta al significado: en este caso, las distintas pencas del maguey destilan su aguamiel a la “cabeza” del agave, lo que podría connotar la “comunión de los santos”, es decir, cómo nuestra santificación o pecado personales afectan también a toda la comunidad eclesial. Esto sería otro bonito significado; aunque nos aleja un tanto del tema de hoy.
- Para comprender el significado de esta parábola hay que empezar por describir su significante: hay que distinguir entre el tronco de la planta (la vid propiamente), de sus “sarmientos” o guías, como hacen todas las plantas trepadoras (la calabaza, el chayote o grutas como la sandía o melón), y finalmente, el fruto (las uvas). El racimo de uvas se nutre de la planta misma, que absorbe los minerales necesarios de la tierra; pero lo hace a través del “sarmiento”, que busca trepar para que el fruto quede más expuesto al sol. El sarmiento es sólo una mediación que transmite la sabia; pero no es un nutriente fontal.
- La vida cristiana no se reduce a “imitar” a Jesús; menos aún, a admirarlo y proclamarlo a modo apologético, imponiéndolo como “único camino” (“one way, Jesus”). La relación del cristiano con Jesús habrá que entenderla desde el plano mistérico, de una inserción del cristiano en la vida misma profunda de Jesús. Él es el que produce fruto y nosotros somos sólo instrumentos mediadores. Hay cristianos que trabajan mucho; son incansables en otras apostólicas, empresas y relaciones múltiples; sin embargo, por alguna razón lo que hacen no convence. Probablemente se debe a que se trabaja confiando en las propias fuerzas y posibilidades -nuestra preparación y los recursos económicos que contamos-, y entonces percibimos -con santa envidia- como otras personas con menores recursos, producen fruto mayor. Las obras cristianas no se producen por el la fuerza de la voluntad y por los recursos que logramos obtener. Diremos que habría que revisar nuestro “sarmiento”.
- De igual forma, el “sarmiento” podríamos extenderlo a cualquier medicación que se interponga entre los creyentes y Jesucristo. Tales “mediaciones” -de las que no podemos prescindir-, pueden ser institucionales (estructuras eclesiales, movimientos apostólicos, espiritualidades, etc.), que ciertamente nos vinculan; con tal que a su vez se mantengan unidas al fuerte tronco.
- Con estas aclaraciones podemos ahora comprender mejor el “significado” de la alegoría. La vida espiritual en el Cristianismo no tiene su origen en la mera fuerza de voluntad (ejercicios ascéticos de meditación), sino en la capacidad que tengamos de “insertarnos” en Cristo, de configurarnos con Él, de vivir en Él, por Él y en Él. Nuestra fe contribuye a mejorar el mundo; pero para ello, pide de nosotros algo más que una mera actitud ética. Por supuesto, para “configurarnos” con Jesús hay que conocerlo mejor –leer los evangelios, estudiar algo de la antropología y sociología de su tiempo, imitarlo y seguirlo. Pero no se trata de un mero modelo. Hay que sentir lo mismo que Él sintió: su compasión amorosa, su ternura; pero sobre todo, su pasión por el “Reino”, el proyecto del Padre. Para ello, ser conscientes que Él está vivo y que nos podemos comunicar con Él. En una oración tratar de escucharlo y familiarizarnos con su Espíritu. Sabiendo que su presencia se realiza mediante sus “signos”. Empezando principalmente con los signos de la Eucaristía (por la comunión, recibirlo es unirnos a su cuerpo y sangre de la forma más cercana: el alimento). Pero también, saber descubrirlo en la Palabra (los Evangelios), en los pobres, en los Signos de los Tiempos. A no vivir sino desde Él; a permitir que Él siga actuando a través de nosotros… y poco a poco no iremos asumiendo otros anhelos, sentimientos y formas de ver el mundo: los suyos.