C-25 “¡NO A LA IDOLATRÍA DEL DINERO!”

Lc 16, 1-13

  • La corrupción de la administración pública es quizás el peor cáncer que corroe a nuestro país. Le cuesta casi dos billones de pesos al año (más del 10% del PIB), y no parece haber voluntad política para combatirla (para el presupuesto del 2017 se le recortaron 25% respecto a lo que se destinó para combatirla en 2012). Lo que pasa es que ahora tales fraudes se ha sofisticado con gran astucia, de modo que cada vez resulta más difícil descubrirlo (por ejemplo, la de los “Panama papers”).
  • Por eso, en la parábola de hoy Jesús nos desconcierta cuando nos propone para imitación a aquel administrador corrupto a quien van a aplicar una auditoría por sus malos manejos, y que para granjearse a los deudores de su patrón, falsea los recibos. Me parece que no basta notar que la parábola no pretende ser directamente moralizante ni edificante, y que Jesús nos está presentando simplemente un modo de actuar como ejemplo de proceder de los que se dedican astutamente a los negocios, contra la ingenuidad de creyentes en tarea tan delicada como la construcción del Reino. Pero no parece convincente cómo el acto de corrupción de aquel hombre fuese una forma astuta para que los beneficiados, agradecidos, lo contratasen como administrador para sus negocios, pues si fue capaz de robarle a su amo, lo más probable es que también con ellos hiciese lo mismo. Quizás Jesús toma simplemente una práctica común de su tiempo como punto de partida: cuando un propietario de una hacienda vivía en una ciudad retirada, contrataba a una persona que se la administrase. No le pagaba un sueldo, sobreentendiendo que podría inflar un poco los recibos de lo que prestaba a otros propietarios para obtener de ahí su comisión. La astucia del administrador estribaría en renunciar al resarcimiento que le correspondía, dentro de aquel sistema de relaciones económicas injustas. Según esto, los nuevos recibos sí reflejaban las cantidades reales prestadas y los propietarios beneficiados habrían visto en ese administrador un hombre hábil y honrado, y eso los inclinaba a su favor.
  • Entonces queda clara una advertencia de Jesús sobre la ambición de las riquezas, crítica que ya desde antiguo hacían los profetas veterotestamentarios. A Amos le tocó vivir en tiempos de prosperidad en Israel, en situación que favorecía los negocios y el enriquecimiento. Siendo pastor y cuidador de higos estaba cerca del pueblo y veía que para ellos, aquella acumulación de riqueza era correlata del empobrecimiento de las mayorías. Por esto denunciaba la falta de religiosidad de los comerciantes, despreocupados por los ritos formales, mientras su “culto” verdadero eran sus negocios –“¿Cuándo pasará el descanso del primer día del mes para vender nuestro trigo, y el descanso del sábado para reabrir nuestros graneros?”-. La denuncia de las tranzas de aquellos comerciantes no se diferencian mucho de las actuales: suben los precios ilegalmente, alteran las balanzas, venden el salvado como trigo… y compran a los pobres por una despensa o por una tarjeta de Monex. Para aquellos comerciantes ricos, su verdadero dios era el dinero.
  • Es conocida la lucha antiidolátrica de aquellos profetas: siendo Israel custodio del primer monoteísmo, que sólo reconocía la existencia de un único Dios, tuvo que defenderse de los pueblos circunvecinos que adoraban otros dioses. Entre ellos estaba Moloch -también conocido como Mommón-, dios fenicio del beneficio y de la utilidad, que dio al arameo la palabra “mammon” con significación de “riqueza”.
  • Jesús es categórico: “¡No pueden ustedes servir a Dios y al dinero!”, que en la lengua aramea era, justamente, el ídolo Mammón. Ante el “doblechambismo” (esa práctica de servir a dos patrones, con resultados mediocres), la actitud “religiosa” -es decir, aquella que concentra todas las energías mentales y pasionales en una causa única-, no admite componendas. Se trata, pues, de un problema “religioso”, de culto y adoración.
  • Actualmente, este dios del comercio y del dinero tiene más adoradores que entonces. Se trata de un ídolo cruel[1], que exige el sacrificio de la propia salud, del descanso, de la propia familia… y hasta de la propia conciencia. En aras de la maximalización de la ganancia, se destruye el medio ambiente, se agotan los recursos naturales y se condena a grandes sectores de la población mundial a una situación de moderno esclavismo, en fatigosas jornadas laborales a cambio de un mísero sueldo que no alcanza para sobrevivir.
  • Lo más interesante es la conclusión de Jesús: “con el dinero, tan lleno de injusticias, gánense amigos que cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo”. ¿Quiénes podrían ser tales amigos? ¡Los pobres, los injusticiados, las víctimas, los discriminados! Hoy, los poseedores de grandes fortunas y bienes, los responsables de los principales problemas del mundo, los que renunciando a ganancias injustas (aunque legales)… podrían alentar nuevas estructuras y políticas económicas que contribuyesen a mejorar las condiciones de los empobrecidos; aunque esto fuese contra sus propios intereses. Así, los directamente beneficiados, los pobres, serían sus mejores anfitriones cuando llegasen al Cielo.
  1. “ídolo”, para los profetas veterotestamentarios era una imagen construida por un ser humano, al que luego se le daba adoración como a un dios.

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